Fichero

LEA, por favor

La semana pasada se reprodujo acá el texto de una conferencia, pronunciada en Caracas en 1964, del experto marxólogo Jean-Yves Calvez S. J. Resulta oportuno, por tal razón, traer a esta Ficha Semanal #198 de doctorpolítico algún texto de quien fuera objeto focal de su estudio: Carlos Marx. En realidad, se reproduce en esta edición un texto escrito a cuatro manos por él y por Federico Engels, su amigo, su socio político y su protector. (Engels diría reiteradas veces que las ideas, y la mayor parte de la redacción, se debían a Marx). Se trata de buena parte de la primera sección del muy famoso Manifiesto Comunista, publicado en Londres en 1848 (21 de febrero), con motivo de la reunión de la Primera Internacional Socialista. (Como anticipaba el mismo manifiesto, originalmente en alemán, sería publicado poco después “en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa”. Posiblemente no haya hoy lengua en el mundo que no cuente con una versión).

El manifiesto comienza y concluye con célebres palabras. Al inicio declara: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Contra este fantasma se han conjurado, en una santa jauría, todas las potencias de la vieja Europa, el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”. Al cierre exhorta: “Tiemblen si quieren las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Con ella, los proletarios no tienen nada que perder, sino sus cadenas. Por el contrario, tienen todo un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!” Es, sin duda, uno de los documentos políticos más influyentes de la historia.

El trozo escogido corresponde a la descripción marxista de la “burguesía”, la clase de empresarios y comerciantes que ejercía dominio sobre los asalariados o proletarios (de prole; DRAE, segunda acepción: “Se decía de quien carecía de bienes y solamente estaba comprendido en las listas vecinales por su persona y prole”). Está tomado de la sección que lleva por título “Burgueses y proletarios”. (La siguiente es “Comunistas y proletarios”, seguida del “programa general”, una sección sobre la literatura socialista y comunista y la sección final que ubica a los comunistas en posición diferenciada respecto de los distintos partidos de oposición).

Las medidas que contemplaba el programa para “los países más avanzados” (mencionadas por Calvez), y que tendrían que ser aplicadas “mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción”, eran las siguientes:

“1. Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos.

2. Fuerte impuesto progresivo.

3. Abolición del derecho de herencia.

4. Confiscación de la fortuna de todos los emigrados y rebeldes.

5. Centralización del crédito en el estado, por medio de bancos nacionales, con capital del estado y régimen de monopolio.

6. Nacionalización de los transportes.

7. Aumento de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo.

8. Proclamación del deber general de trabajar. Creación de ejércitos industriales, principalmente en el campo.

9. Organización de las explotaciones agrícolas e industriales. Tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.

10. Educación pública y gratuita para todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material, etc.”

La teoría marxista suponía que la revolución socialista debía ser precedida por la revolución industrial capitalista. Que los comunistas que hayan llegado originalmente al poder se hayan dado en países precapitalistas—Rusia, China, Cuba, etc.—es el primer y más rotundo mentís al socialismo “científico” de Carlos Marx.

A pesar de este desatino predictivo, puede admitirse que las palabras escritas por Marx son una vívida descripción de lo que hoy llamamos la “globalización”.

LEA

Proletarios, uníos

Hasta nuestros días, la historia de la humanidad ha sido una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores feudales y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, siempre frente a frente, enfrentados en una lucha ininterrumpida, unas veces encubierta y otras franca y directa, en una lucha que conduce siempre a la transformación revolucionaria de la sociedad o al exterminio de ambas clases beligerantes.

Desde el principio de la historia, nos encontramos siempre la sociedad dividida en estamentos, dentro de cada uno de los cuales hay, a su vez, una nueva jerarquía social con grados y posiciones. En la Roma antigua eran los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos. En la Edad Media eran los señores feudales, los vasallos, los maestros, los oficiales de los gremios, los siervos de la gleba. Y dentro de cada una de estas clases, nos encontramos también con matices internos.

La moderna sociedad burguesa, que ha surgido de las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho sólo ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha que han venido a sustituir a las antiguas.

Nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, y cada vez más abiertamente, toda la sociedad tiende a separarse en dos grandes grupos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.

De los siervos de la gleba de la Edad Media, surgieron los villanos de las primeras ciudades, y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América o la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la ascendente burguesía. El mercado de la China y de las Indias Orientales, la colonización de América, el intercambio comercial con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario, que se escondía en el seno de la sociedad feudal ya en descomposición.

El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos. A cada etapa histórica recorrida por la burguesía le correspondió una nueva etapa en el progreso político. Clase oprimida bajo el poder de los señores feudales, la burguesía forma en la “comuna”, una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses. En unos lugares se organiza en repúblicas municipales independientes, y en otros forma el Tercer Estado tributario de las monarquías. En la época de la manufactura, es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, conquista la hegemonía política y crea el Estado actual representativo. El poder público es, pura y simplemente, un consejo que gobierna los intereses colectivos de la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario. En donde ha conquistado el poder, ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales o idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales, y no dejó en pie más relación entre las personas que el simple interés económico, el del dinero contante y sonante. Echó por encima del santo temor a Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y de la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua fría de sus intereses egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero. Redujo todos los innúmeros derechos del pasado, que hacía tiempo que se habían adquirido y que estaban bien escriturados, a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Dicho en pocas palabras, sustituyó un régimen de explotación casi oculto por los velos de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen de explotación franco, descarado, directo, escueto.

La burguesía ha despojado de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso respeto. Ha convertido en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían a la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares.

La burguesía ha demostrado que esos alardes de fuerza bruta de la Edad Media, que los reaccionarios tanto admiran, sólo tenían su sustento en la más absoluta vagancia. Hasta que ella no nos lo reveló, no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre. La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, que los acueductos romanos y que las catedrales góticas. Ha acometido movimientos de población mucho mayores que las antiguas emigraciones de los pueblos o las Cruzadas.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando permanentemente los instrumentos y los medios de la producción, que es como decir todo el sistema de la producción y con él todo el régimen social. Todo lo contrario que las clases sociales que le precedieron, pues éstas tenían, como causa de su existencia y pervivencia, la inmutabilidad e invariabilidad de sus métodos de producción. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las precedentes por un cambio continuo en los sistemas de producción, por los continuos cambios en la estructura social, por un cambio y una transformación permanentes. Se derrumban las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, junto con todo su séquito de ideas y creencias antiguas y venerables, y las nuevas envejecen ya antes de echar raíces. Se esfuma todo lo que se creía permanente y perenne. Todo lo santo es profanado y, al final, el hombre se ve constreñido por la fuerza de las cosas a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.

La necesidad de encontrar permanentemente nuevos mercados espolea a la burguesía de una punta o la otra del planeta. En todas partes se instala, construye, establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da un sello cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Entre los lamentos de los reaccionarios, destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales caen por tierra, arrolladas cada día por otras nuevas, cuya instalación es un problema vital para todas las naciones civilizadas. Por industrias que ya no transforman, como antes, las materias primas del país sino las traídas de lejanas tierras, y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de sus fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas, que la producción del país no puede satisfacer suficientemente tal como lo hacía en otros tiempos, sino que se reclama para su satisfacción, productos de tierras remotas y otros climas. Ya no reina aquel mercado local y nacional autosuficiente, en donde no entraba nada de fuera. Actualmente, la red del comercio es universal y están en ella todas las naciones, unidas por vínculos de interdependencia. Y lo que acontece con la producción material, sucede también con la espiritual. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional son cada día más raras, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción y con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, arrastra a la civilización hasta a las naciones más bárbaras. El bajo precio de sus productos es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular hasta a los salvajes más xenófobos y fanáticos. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía, o a perecer. Las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Resumiendo, se crea un mundo a su imagen y semejanza.

La burguesía somete el campo al dominio de la ciudad y crea urbes enormes. Acrecienta en una fuerte proporción la población urbana con respecto a la rural, y rescata a una parte considerable de la población de la estrechez de miras de la vida en el campo. Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete a los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, a los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

La burguesía va concentrando cada vez más los medios de producción, la propiedad y la población del país. Reúne a la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos pocos la propiedad. Por lógica, este proceso tenía que conducir a un régimen de centralización política. Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una única nación, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

En el siglo escaso que lleva como clase dominante, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Pensemos en el sometimiento de las fuerzas naturales al hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación mediante el vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por milagro… ¿Quién en los pasados siglos pudo sospechar siquiera que en el trabajo de la sociedad yaciesen ocultas tantas y tales energías, y tales capacidades de producción?

Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló la burguesía brotaron en el seno de la sociedad feudal. Cuando estos medios de transporte y de producción alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, las condiciones en que la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, todo el régimen feudal de propiedad, ya no se correspondía con el estado de desarrollo de las fuerzas productivas. Obstruía la producción en vez de fomentarla y se habían convertido en un impedimento. Era necesario destruirlo y lo destruyeron. Vino a ocupar su puesto la libre competencia, con la constitución política y social adecuada para ello, mediante la hegemonía económica y política de la clase burguesa.

Actualmente, ante nuestros ojos, se está produciendo algo parecido. Las condiciones de producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la sociedad burguesa moderna, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de transporte, recuerdan al brujo impotente para dominar los espíritus que conjuró. Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las fuerzas productivas modernas, que se rebelan contra el vigente régimen de producción, contra el vigente régimen de propiedad, en el que residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía. Baste con mencionar las crisis económicas, cuyos ciclos periódicos suponen un peligro cada vez mayor para la existencia de toda la sociedad burguesa. Éstas, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En las crisis se desata una epidemia social, que en cualquiera de las épocas pasadas hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la sobreproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmada, sin recursos para subsistir. La industria y el comercio parece que hubiesen sido destruidos. ¿Y todo por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de propiedad, pues se han hecho demasiado poderosas para servir a este régimen, restringiendo su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazando con dar al traste con el régimen burgués de propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar las riquezas que ellas mismas engendran. ¿Cómo se sobrepone la burguesía a las crisis económicas? De dos formas: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistando nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente, los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis, preparando otras más profundas e importantes, y destruyendo los medios de que dispone para prevenirlas.

Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella. La burguesía no sólo forja las armas que han de provocarle la muerte sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros modernos, los proletarios.

En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, se desarrolla también el proletariado, esa clase obrera moderna, que sólo puede vivir encontrando trabajo, y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta el incremento del capital. El obrero, obligado a venderse a plazos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades del mercado, a todas las fluctuaciones del mercado.

Carlos Marx – Federico Engels

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