Cartas

…es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré… a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.

Coloquio El comunicador necesario, Maracaibo, 19 de mayo de 1994

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El siglo XX se inicia, en términos del conocimiento humano, con la ruptura de uno de sus marcos conceptuales en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. Esto es, que la energía calórica no es continua, como se pensaba hasta entonces; no puede ser entregada en paquetes de tamaño infinitamente pequeño, pues hay un tamaño mínimo (quantum, cuanto) de los paquetes energéticos, específico para cada frecuencia de radiación. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de cuantos a todas las manifestaciones de la energía—no solamente la calórica, sino toda radiación electromagnética, muy especialmente la luz—e introduce el modelo de la relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye, sin destruirlo para fines prácticos, al esquema newtoniano. En 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su principio de indeterminación, que admite el azar en los fundamentos de la física; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente. Energía limitada, velocidad limitada (la de la luz es máxima), pensamiento limitado, certidumbre limitada, matemática limitada. El logro general del siglo XX es el descubrimiento de los límites. Y cuando se creía, a su término, que al fin había un modelo coherente de la materia—el Modelo Estándar—se descubre que sus leyes sólo describen el 4% de la materia presente en el universo. A empezar y pensar de nuevo.

Esta revolución en la física, en la matemática y la lógica continúa desarrollándose, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería o programación de autómatas y la inmensidad de la ecología. Lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la economía y la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el espacio que puede contener todo lo pensable por esta época.

Si algo es verdaderamente revolucionario en la ciencia más reciente es su atrevimiento de sumirse en el reino de la complejidad, en el estudio de los sistemas complejos. Innumerables universidades, departamentos e institutos se han creado para describirlos, comprenderlos, aprovecharlos. (El más famoso de estos centros, y la Meca de la nueva disciplina, es el Instituto de Santa Fe, en Nuevo México, cuyo más vistoso líder ha sido Murray Gell-Mann, Premio Nóbel de Física de 1969).

Estamos rodeados por sistemas complejos; el más inmenso de todos el universo mismo: el clima, los fluidos turbulentos, el sistema cardiovascular y el sistema nervioso, la economía, la red ecológica de las especies vivientes, las sociedades nacionales y la sociedad planetaria, los enjambres, cardúmenes, rebaños y bandadas, la Internet. Lo sorprendente es que a sistemas de sustrato tan disímil subyacen las mismas leyes y su expresión matemática, y por esto un hallazgo sobre la distribución de los terremotos ilumina la comprensión de las burbujas económicas o los infartos del miocardio.

Si algo, entonces, es importante para configurar la competencia profesional de los políticos modernos es una familiaridad, aunque sea somera, con las nuevas nociones y paradigmas de la complejidad. (Una buena introducción es el libro “Caos: la creación de una ciencia”, de James Gleick, publicado por Seix-Barral en versión castellana. La contraportada de la edición explica: “La nueva ciencia… ofrece un método para ver orden y pauta donde antes sólo se observaba el azar, la irregularidad, lo impredecible y, en suma, lo caótico. En palabras de Douglas Hofstadter: Acontece que una misteriosa clase de caos acecha detrás de una fachada de orden, y que sin embargo, en lo hondo del caos acecha un género de orden aún más misterioso”). Nuestros políticos típicos se aproximan a la delicada tarea de entrometerse en el curso de nuestras sociedades con una dotación conceptual que, en el mejor de los casos, proviene de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los modelos de comprensión de lo social se construyeron sobre metáforas de la mecánica más simple. Difícilmente, por tanto, pueden concebir las estructuras y tratamientos requeridos para gestionar una complejidad social que crece por minutos, sin las herramientas nuevas de la ciencia de, precisamente, la complejidad.

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Entre los muchos sistemas complejos del planeta se encuentran, notoriamente, las diversas economías que en él funcionan. El pensamiento ideológico, inevitablemente simplista, desprecia la diversidad de las mismas para hablar de dos sistemas contrapuestos: el capitalismo y el socialismo. Pero decir capitalismo o socialismo es realizar una gigantesca abstracción. Ni siquiera es lo suficientemente preciso hablar de mercados y, en cualquier caso, los existentes no se formaron por decisión central o por una conspiración que se propusiera establecer “el” capitalismo. Los mercados son emergencias naturales, desarrollo natural de la actividad económica del hombre, que implica intercambio de bienes. No hay sociedad de suficiente complejidad que no haya desarrollado sus mercados.

Es sobre esta naturalidad de los mercados, y no sobre grandilocuentes enunciados libertarios, que hay que fundar su defensa. Los mercados existen por la misma razón que existen el aparato circulatorio de los vertebrados o las montañas: porque en las reglas que gobiernan la realidad está implícita su aparición.

Por supuesto, quienes logran ventajas y acumulación de bienes en el intercambio económico obtienen asimismo influencia política, y a través de ella la capacidad para determinar regulaciones y leyes que les favorecen. Pero en esto no hay misterio; también en el “mercado político” se produce la misma cosa, y asimismo en el mero intercambio social, incluso en especies animales inferiores. Siempre hay algún león o algún gallo en la posición alfa, dominante, de la manada o el gallinero. La cosa está implícita en los genes y en la dinámica de una especie en relación con su hábitat, con los recursos que necesita.

Ahora bien, la humanidad lleva ya un poco más de doscientos mil años de presencia en la tierra, una vez que la evolución de los homínidos desembocara en la aparición de Homo Sapiens. Para el Pleistoceno Tardío—hace unos 126.000 años—no había en el planeta entero más de 10.000 parejas de esta especie capaces de reproducción; hoy habitamos el planeta unos 6.700 millones de seres humanos. La complejidad asociada a este crecimiento, potenciada por el asombroso desarrollo de las técnicas de comunicación, es prácticamente inconmensurable.

En particular, las economías humanas han alcanzado gran complejidad, con el crecimiento poblacional y el incesante desarrollo de nuevos productos. Cuando eran pocos—ganado, los primeros cereales, la sal, la cestería y la cerámica primitivas, etc.—bastaba el trueque directo entre unos y otros. Cuando fueron más, y la frecuencia de los intercambios se acrecentó a partir de cierto punto, el comercio no pudo ya sostenerse a base de permuta. El dinero y los mercados fueron la evolución requerida para permitir una nueva economía.

Al multiplicarse las clases de productos y servicios diferentes, por otra parte, se diversificó igualmente la dotación profesional de las sociedades. Para la Edad Media bastaba una clasificación tripartita de los roles (estamentos) sociales—oratores (el clero), bellatores (quienes hacían la guerra), laboratores (artesanos y siervos de la gleba)—y se distinguía sólo tres profesiones: Teología, Medicina, Derecho. ¿Cuántas profesiones y roles diferentes hay hoy en el mundo? Una estimación gruesa, obtenida de listados en varios países, indica que es posible distinguir hoy en día no menos de un millón de oficios diferentes.

Esta complejidad gesta, de suyo, instituciones y sistemas complejos. No es posible controlar esa diversidad desde un centro único de poder, ni siquiera mediante el empleo de los más poderosos computadores. (Ingenuamente, teóricos de un nuevo socialismo, como el baduelista ex chavista Heinz Dieterich, creen que el aumento de la capacidad computacional en el mundo permitiría que funcionaran ahora estructuras socialistas—de planificación centralizada—que fracasaron en la época soviética). Su modelación o simulación puede hacerse, sí, en computadores; el registro de las operaciones cotidianas debe hacerse en muchísimos computadores; su control y, sobre todo, las decisiones escapan a las capacidades de una autoridad central. Si bien su manejo descentralizado conduce, cada cierto tiempo, a situaciones harto indeseables—como la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos—la posibilidad de error está siempre en el intento de manejo centralizado y, por su propia estructura, un error centralizado es siempre más catastrófico.

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En la Ficha Semanal #214 (anteayer) de doctorpolítico decían Per Bak y Kan Chen, acerca del modelo de avalanchas en una pila de arena: “Un observador que estudie un área específica de una pila puede fácilmente identificar los mecanismos que hacen que la arena caiga, y podría incluso predecir si ocurrirán avalanchas en el futuro próximo. Sin embargo, para un observador local las avalanchas grandes serían en gran medida impredecibles, puesto que son consecuencia de la historia total de la pila entera”. En estricto sentido puede decirse, pues, que si a Julio César no se le hubiera matado de veintitrés puñaladas el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo, el desplome de 777 puntos de la Bolsa de Valores de Nueva York del lunes de esta semana no habría ocurrido, o por lo menos no idénticamente. La historia de la pila humana está innumerablemente imbricada, y es de alguna manera un ejercicio poco constructivo privilegiar un “dato expiatorio”.

El debate, entonces, sobre las culpas del desplome bursátil del lunes 29 de septiembre, no sirve de mucho. A pesar de que, ex post facto, es posible trazar la trayectoria de los mercados financieros—en realidad una miríada de trayectorias entrecruzadas—que llevó a la gigantesca pérdida, lo más constructivo es percatarse de que los grandes agregados, los sistemas complejos, tendrán una historia que incluirá episodios catastróficos, y por ende debe aprenderse de la experiencia para mejorar los sistemas e instalar protecciones para el manejo de las emergencias que seguramente ocurrirán de nuevo. Es esa “robustez”—la persistencia—de los crashes económicos a la que se refiere el trabajo citado en el número anterior de esta carta: The Robustness of Bubbles and Crashes in Experimental Stock Markets, publicado hace ya quince años. (Artículos más recientes sobre el mismo fenómeno, como The Social Life of Financial Bubbles o el más técnico The Effect of Short Selling on Bubbles and Crashes in Experimental Spot Asset Markets, ambos de 2006, pueden obtenerse gratuitamente en Internet). No es otra cosa que un costoso aprendizaje social lo que ha motorizado el rechazo popular y parlamentario a la primera proposición, simplista y arbitraria, del gobierno de los Estados Unidos para el tratamiento de la crisis, y la prescripción terapéutica, por la misma razón, ha ido refinándose con el paso de los días.

Por supuesto, al nivel emotivo provoca linchar a cierta gente que supuestamente es sofisticada y no entiende asunto tan evidente. La semana pasada, el “Estratega Político Jefe”—ése es su pomposo título—de un grupo financiero de mediana importancia, dedicado al wealth management, opinaba que las discrepancias sobre el paquete que el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos llevó al Congreso de su país no eran de republicanos contra demócratas, sino de un nuevo “populismo” contra el establishment, es decir, contra los que sí saben del asunto. Es penoso leer tan horrible descripción cuando fue precisamente el establishment del mercado de valores, que supuestamente sabía lo que hacía, el protagonista de la película de horror. No contento con esa altanera evaluación, todavía descargó el analista una observación acerca de lo que sería realmente preocupante: que el latigazo populista conduciría a una era de regulaciones más estrictas y a ¡una limitación en las remuneraciones de los ejecutivos financieros! (Stanley O’Neal, de Merrill Lynch, una de las firmas desaparecidas, percibió remuneraciones de 172 millones de dólares entre 2003 y 2007. En la misma empresa, John Thain obtuvo 86 millones de dólares al cabo de sólo un mes de trabajo el año pasado. Los ejecutivos tope de Goldman Sachs, Morgan Stanley, Merrill Lynch, Lehman Brothers Holdings Inc. y Bear Stearns, recibieron un total de 3.100 millones de dólares de remuneración en los últimos cuatro años. Esta cifra es tres veces mayor que lo que debió erogar J. P. Morgan para adquirir Bear Stearns). ¡Qué desalmada esa lectura del tal Estratega Político Jefe en momentos cuando centenares de miles de personas, en los Estados Unidos y en muchos otros países, ven esfumarse el valor de sus propiedades por causa de la crisis!

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Los recientes acontecimientos catastróficos en los mercados financieros estadounidenses, y los de países estrechamente conectados con ellos, han sido saludados con arrogancia socialista que proclama el fin del capitalismo. Se trata de una soberbia, de una hibris, equivalentes a los de Francis Fukuyama cuando decretaba “el fin de la historia” a la caída de la Unión Soviética. La hecatombe financiera del mes que acaba de concluir es ciertamente terrible, pero lo es más la catástrofe crónica del pueblo cubano o la que duró setenta años en Rusia bajo la égida comunista. Vale la pena, entonces, recordar palabras de John Haldane, prestigioso genetista inglés que dirigiera el Daily Worker, el periódico del Partido Comunista de Inglaterra: “Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca”. (On Being the Rigt Size, 1928).

LEA

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