Cartas

El 24 de junio de 1998, cuando faltaba un poco más de cinco meses para la elección presidencial de ese año, un importante encuestador venezolano recomendó, a una reunión que concluyese ya por ese entonces que Henrique Salas Römer no podría ganarle a Hugo Chávez Frías, lo siguiente: “Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato”. Esto es, el experto proponía deslindar el trabajo de un posible presidente y el de alguien que pudiera darle un revolcón argumental a Chávez.

De ese consejo ha transcurrido, a estas alturas, más de una década, y el problema principal de la política venezolana continúa siendo estructuralmente el mismo. Un angloparlante diría: You can’t fight somebody with nobody. (No puedes combatir a Alguno con Ninguno). Quienes se han enfrentado a Chávez como cabeza de su oposición—Salas Römer, Arias Cárdenas, Carmona Estanga, Rosales Guerrero—no han podido con él; no sólo no pudieron parar a Chávez, sino que ni siquiera pudieron parársele.

Además de estos nombres, por supuesto, ha habido muchos otros que han pretendido ser, si no candidatos presidenciales (más de uno lo ha querido), al menos la contrafigura necesaria. Alfredo Peña, Guaicaipuro Lameda, Herman Escarrá, Miguel Henrique Otero, Alejandro Armas, todos antiguos colaboradores de Chávez, han ocupado importante espacio comunicacional en estos últimos años, pero ninguno ha tocado la fibra nacional para hacerla resonar a su favor en forma suficiente. De otros, que siempre han estado en la oposición, puede decirse exactamente lo mismo. Prácticamente cada uno de ellos comanda algún partido o, al menos, algún grupo de simpatizantes de sus teóricas candidaturas futuras.

Naturalmente, 2008 no es un año en el que se elija Presidente de la República; nuestro calendario político marca ahora, para el 23 de noviembre, la elección de gobernadores de estado y alcaldes. Pero más de un avezado analista percibe que no hay refutación de Chávez—más allá de la acusación ritual—mientras los numerosos candidatos se concentran, como es lógico, en la problemática local de las circunscripciones en las que aspiran a cargos electivos. Así, por ejemplo, el Grupo La Colina preparó en septiembre pasado una presentación en la que destacaba: “…la disminución de la resistencia que le hacen sus contendores en el ruedo del día a día, habida cuenta de la focalización de Partidos y Candidatos en lograr la nominación Unitaria”. Y también: “…la Oposición estuvo ausente del escenario político-social los pasados 6 meses. La discusión interna y la dificultad de la unidad tomaron tiempo y dejaron a Chávez con muy bajo costo político por los males que se desprendieron de su gestión y por la radicalización de acciones y discursos que él desarrolló. En pocas palabras, Chávez tuvo pocos contendores en los pasados meses”. A partir de este análisis, el Grupo La Colina recomienda: “Desarrollar y mantener una campaña comunicacional diferenciada del discurso de candidatos y con foco en Chávez. (Paraguas)”.

Esto es, que como no pertenece a la temática municipal de Brión en Miranda la visita de la flota rusa o la ayuda a Cristina Kirchner, entonces alguien que no sea candidato a estas elecciones debe asumir la vocería nacional contra el Presidente de la República y su discurso. (En sentido estricto, los colineros no abogan por un vocero único, aunque sí resaltan que la contrafigura de Chávez se llama Ninguno). También, como más de un candidato opositor fuera de los Estados Vaticanos de Chacao y Baruta debe apelar al “chavismo light” para tener posibilidades de triunfo, no debe pedírsele que emprenda un ataque antipresidencial.

La necesidad a la que se refieren estos análisis y varios otros—los de John Magdaleno, por ejemplo, que hace focus groups—recrece porque Chávez, que incurre en abuso de poder e ilegalidad al tomar parte muy directa en las campañas individuales de candidatos que le son afectos, introduce un envoltorio nacional para elecciones que de suyo son locales. Y si queda poco por hacer a este respecto antes del 23 de noviembre, esa necesidad recrudecerá más para cuando sobrevengan las elecciones de Asamblea Nacional, cuyos miembros, aunque son elegidos por estados, conforman el componente legislativo del Poder Público Nacional. De aquí a diciembre de 2010, la necesidad de la contrafigura de Chávez será más aguda.

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Siendo así las cosas ¿cuáles serían los rasgos imprescindibles en tal contrafigura?

El primero de ellos, paradójicamente, es que no sea una contrafigura de Chávez. Es decir, que su razón de ser no sea oponerse al actual Presidente de la República. El discurso de una contrafigura exitosa, si bien tendrá que incluir una refutación eficaz del chavismo, deberá alojar asimismo planteamientos nacionales que debiera sostener aun si Chávez no existiese. El problema político venezolano es más grande que Chávez. Días antes de la reunión de mediados de 1998 referida al comienzo, alguien argumentaba que se requería un proceso constituyente en Venezuela, dado que el “sistema operativo” del Estado venezolano no funcionaba bien, y había que instalar uno nuevo. (No se pasa de Windows XP o Vista a Windows 7 poniendo remiendos al sistema más antiguo, sino dominándolo con la superposición del nuevo). El “constituyente ordinario” (el Congreso de la República) quedaría excedido en sus facultades, puesto que él mismo era creación de la constitución que había que sustituir enteramente con nuevos conceptos constitucionales. Ante esta declaración, uno de sus interlocutores encontró virtud en el planteamiento, al suponer que “le arrancaría una bandera a Chávez”. El proponente admitió ese efecto colateral beneficioso, pero recalcó que la constituyente debía operar aunque Chávez no existiera. De más está decir que si se hubiese seguido ese camino, la constituyente habría sido muy distinta de la que Chávez terminó convocando. En diciembre de ese año fue posible escribir: “Pero que [se] haya dejado transcurrir [el] período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida”.

Luego, y en estrecha relación con lo anterior, la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Quien sea capaz de un discurso así, por supuesto, deberá haber abrevado de las más modernas y actuales fuentes de conocimiento, y haber arribado a un paradigma de lo político que deje atrás tanto la desactualizada y simplista dicotomía de derechas e izquierdas—capitalismo o liberalismo versus socialismo—como el modelo de política de poder (Realpolitik). El discurso de Chávez es, obviamente, decimonónico, pero no podrá superársele con Hayek o Juan XXIII.

Quien pretenda el trabajo de contrafigura de Chávez deberá, en la misma línea, ser enciclopédicamente capaz. Esto es así, más que porque lo requiera la tarea política normal, porque la narrativa de Chávez, fuertemente ideológica, contiene una explicación y una respuesta para prácticamente casi todo. Hay una manera “bolivariana” de lavarse los dientes, de entender la historia de Venezuela y del mundo, de suponer el futuro, de estimar cómo deben ser los seres humanos, de prescribir la forma de la economía y los contenidos de la educación, de cambiar los nombres de todas las cosas, etcétera. La contrafigura tendrá que moverse con comodidad en más de un territorio conceptual, tendrá que ser tan “todo terreno” como Chávez. No bastará que sea “buen gerente”, o que haya hecho méritos como operador político convencional.

Después, la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por “Cuarta República”. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una “gente decente y preparada” que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denuesta frecuentemente del gentilicio y se presume “material humano” superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado.

Además de todo lo anterior, el candidato al empleo de contrafigura de Chávez deberá ser tan buen comunicador como él, capaz de sintonía y afinidad. No basta disponer de dotes intelectuales y morales. El acto político es esencialmente un acto de comunicación. Por supuesto, el contenido de la comunicación, el mensaje mismo, tendrá que ser sólido, serio, responsable, pero tendrá que ser comunicado con idoneidad. Los públicos no deberán oler en el líder buscado la mentira, ni detectar lenguajes corporales que contradigan su prédica.

Finalmente, y no menos importante, la persona en cuestión deberá estar dispuesta a arriesgarse grandemente. Una tarea como la descrita pondrá en peligro, indudablemente, su seguridad personal. Chávez no es José Gregorio Hernández, y aun si quisiere respetar a ese contendiente, tan distinto de los que ha confrontado hasta ahora, su círculo inmediato incluye gente violenta con lógica revolucionaria que autoriza, en nombre de valores pretendidamente superiores, prácticamente cualquier cosa. Lo de Chávez y sus principales aliados es un protocolo de poder sine die, eterno. El outsider del que se viene hablando deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que represente comience a significar una posibilidad clara de éxito.

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A lo mejor es muy difícil hallar candidatos que reúnan las condiciones enumeradas, pero la necesidad aconseja la contratación de head hunters que puedan encontrarlos tanto como la publicación de ofertas de empleo en los periódicos.

Por otra parte, es posible afirmar que ante una contrafigura de esa clase el juego cambiaría radicalmente. Es en gran medida porque los electores no perciben la encarnación de esos rasgos en alguien concreto, que la popularidad de Chávez sigue midiéndose alta. Como se ha reportado acá, hasta en círculos chavistas se echa ahora en falta la figura de un outsider idóneo, convincente, pues ya saben que la continuación de Chávez en el poder es inconveniente para el país.

Cuando ya una mayoría nacional rechazaba a Carlos Andrés Pérez en 1991, se detectaba igualmente la negativa a su sustitución porque se ignoraba quién podía sucederlo. LEA

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