¿Rebelión en la granja?

Algo extraño ocurre por los lados del Tribunal Supremo de Justicia. El 5 de agosto de 2008, la Sala Constitucional del Máximo Tribunal había procedido, bajo la guía del cirujano magistrado Arcadio de Jesús Delgado Rosales, a la amputación de la Constitución Nacional, exactamente a la altura de su Artículo 42, para sostener arbitrariamente las medidas dictadas por el Contralor General de la República, Clodosbaldo Russián, en inhabilitación política de una larga lista de ciudadanos.

Dice el Artículo 42: “Quien pierda o renuncie a la nacionalidad pierde la ciudadanía. El ejercicio de la ciudadanía o de alguno de los derechos políticos sólo puede ser suspendido por sentencia judicial firme en los casos que determine la ley”.

Ahora bien, Delgado Rosales argumentó retorcidamente, apoyado por los cirujanos asistentes de la Sala ConstitucionalLuisa Estella Morales Lamuño, Presidenta del Tribunal y de la Sala, Carmen Auxiliadora Zuleta de Merchán, Marcos Tulio Dugarte Padrón y Francisco Antonio Carrasquero López—que el Art. 42 no dice lo que cualquier hispanoparlante entendería, sino otra cosa: “…cuando el artículo 42 de la Constitución pauta que ‘el ejercicio de la ciudadanía o de alguno de los derechos políticos, sólo puede ser suspendido por sentencia judicial firme, en los casos que determine la ley’, está refiriéndose a la pérdida de la nacionalidad venezolana adquirida (revocatoria de la carta de naturaleza)… y así se declara”.

Es decir, Delgado Rosales sostuvo que la protección contenida en el Artículo 42 de la Constitución sólo es válida para los venezolanos naturalizados. Dicho de otra manera, el ponente de la Decisión 1.265 de la Sala Constitucional considera que la Constitución concede a los venezolanos por naturalización una protección que estaría negada a los venezolanos por nacimiento. A los venezolanos por nacimiento podría suspendérseles el ejercicio de su ciudadanía o de alguno de sus derechos políticos sin necesidad de una sentencia judicial firme, pero esto no podría hacerse contra los venezolanos naturalizados, que estarían protegidos por el Artículo 42. Los venezolanos por naturalización serían, de acuerdo con Delgado Rosales, los consentidos de la Constitución, que los preferiría por encima de los venezolanos por nacimiento. (Ficha Semanal #208 de doctorpolítico, del 19 de agosto de 2008. http://doctorpolitico.com/?p=2531).

Pero resulta que ahora la Sala Electoral del TSJ sostiene algo de efectos enteramente distintos: la decisión #151 (25 de noviembre de 2009), redactada por el magistrado ponente Luis Martínez Hernández, declara que la inhabilitación política que impide, entre otras cosas, postularse para cargos de elección popular, es una pena accesoria que no puede ser impuesta sino complementariamente a una condena judicial de cárcel. Consideró la sentencia que “esta interpretación del dispositivo legal, además es la que mejor se ajusta tanto a la letra como a la finalidad del artículo 65 de la Constitución”. (Art. 65: “No podrán optar a cargo alguno de elección popular quienes hayan sido condenados o condenadas por delitos cometidos durante el ejercicio de sus funciones y otros que afecten el patrimonio público, dentro del tiempo que fije la ley, a partir del cumplimiento de la condena y de acuerdo con la gravedad del delito”). El ponente reforzó su punto de vista con el Artículo 24 del Código Penal, cuya primera cláusula reza: “La inhabilitación política no podrá imponerse como pena principal sino como accesoria de las de presidio y prisión y produce como efecto la privación de los cargos o empleos públicos que tenga el penado y la incapacidad, durante la condena, para obtener otros y para el goce del derecho activo y pasivo del sufragio”.

¿Qué destino aguarda al magistrado Martínez Hernández? ¿Un sótano de la DISIP, en prisión ordenada al estilo de la que pesa, en grosera violación de todo procedimiento y por instrucciones específicas del Presidente de la República, contra la jueza María de Lourdes Afiuni? (La jueza tuvo la ocurrencia de restituir el derecho en la causa seguida contra Eligio Cedeño y está sometida a prisión luego de su recta sentencia. La Comisión Internacional de Juristas emitió, el 21 de este mes de diciembre, un comunicado en el que pone: “En el marco de los ataques a la independencia judicial en Venezuela, éste reviste particular gravedad, puesto que se observa la reacción inmediata entre las declaraciones del Presidente de la República y la posterior confirmación de la detención de la jueza, mediante una orden judicial de privación preventiva de su libertad“. Y añadió: “Recordamos al Estado venezolano que según los estándares internacionales los jueces sólo podrán ser suspendidos o separados de sus cargos por incapacidad o comportamiento que los inhabilite para seguir desempeñando sus funciones, y siempre respetando el debido proceso… Este tipo de acciones y discursos presidenciales confirman el deterioro del estado de derecho en Venezuela”).

¿Qué batalla interna se prepara dentro de salas opuestas en el Tribunal Supremo de Justicia? En época del referendo revocatorio presidencial, la Sala Constitucional presidida por Iván Rincón Urdaneta logró acallar la acción a favor del Pueblo de la Sala Electoral presidida por Alberto Martini Urdaneta, a quien la “sociedad civil” y la Coordinadora Democrática dieron la espalda entonces. Pero ahora parece estar gestándose una nueva rebelión en la granja tribunalicia. Seguramente, los rebeldes consiguen ánimo en posturas como la mencionada de la Comisión Internacional de Juristas y la de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que la semana pasada elevó, ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, una demanda contra el Estado venezolano, precisamente por la aplicación de las inhabilitaciones perpetradas por el Contralor General.

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Testamento político

Además de un mensaje breve de tono personal, cuyo contenido ha sido en parte revelado por medios de comunicación, el Dr. Rafael Caldera nos legó una última lección magistral, el último de sus elocuentes discursos. DoctorPolítico ha tenido acceso a él gracias a la amabilidad de su sobrino, el gentil oftalmólogo Arturo Ramos Caldera. Por creerlo de gran importancia se reproduce in toto a continuación.

………

1

Al término de una extensa parábola vital, puedo decir que he sido un luchador. Desde mi primera juventud, cuando Venezuela salía de la larga dictadura de Juan Vicente Gómez, hasta comienzos del siglo xxi, mi meta ha sido la lucha por la justicia social y la libertad.

Dos veces me tocó servir al país como Presidente constitucional y las dos fue mi primer empeño el que en mis manos no se perdiera la República. El pasado autocrático del país, su propensión militarista, los extremismos de la izquierda y las desigualdades sociales heredadas conspiraban contra el fortalecimiento de la vida democrática iniciada en 1958.

Los líderes civiles luchamos durante largos años por construir en Venezuela una república democrática. Un país donde la presencia activa del pueblo en la decisión de los asuntos públicos se viera asegurada por la elevación de las condiciones de vida, el respeto a los derechos y la educación de los ciudadanos. Un país donde la firmeza de las instituciones acrecentara la separación de los poderes públicos y el imperio de la Constitución y las leyes.

2

Es necesario retomar hoy esa lucha para sacar a la República del triste estado en que la ha sumido una autocracia ineficiente. Es preciso detener el retroceso político que sufrimos y poner remedio a la disgregación social.

Me siento obligado a repetir algo que pude decir hace años. El reto —decía— que enfrenta Venezuela podría sintetizarse en los objetivos fundamentales a lograr:

La paz política y social, para superar la angustia y la zozobra y para encontrar convergencia fecunda a la pluralidad democrática.

La promoción del hombre, a través de la libertad, para realizar la justicia.

El desarrollo económico y social, para impulsar la marcha vigorosa del país y vencer la marginalidad.

Por eso este mensaje constituye una reafirmación de fe democrática.

Representa la vigencia de las ideas que alentaron el surgimiento de los partidos demócrata cristianos, ideas y principios que marcan un rumbo claro y justo.

De nuevo presenciamos cómo se combaten los extremos del liberalismo económico y el socialismo colectivista. Y de nuevo hemos constatado el fracaso de ambas posturas. Vemos el mundo sumido en una grave crisis económica, fruto de un capitalismo que quiso eludir toda forma de control. Vemos en la América Latina la propaganda de nuevas manifestaciones de socialismo, que sólo han traído dictadura y miseria allí donde han sido gobierno, como en la hermana nación cubana.

Encuentro, además, ahora una ocasión de esperanza. Esperanza apoyada en los ideales que nos alimentan y que toma cuerpo en la nueva juventud de la patria.

3

Ha sido larga la lucha por la libertad y la democracia. Esa lucha debe continuar. No cabe duda de que la democracia constituye la forma política más apta para garantizar y realizar la libertad. Pero aparte de su contenido sustancial, la democracia se reviste de formas, que aparecen como insustituibles, para expresar la voluntad del pueblo y permitir el libre juego de opiniones. El sufragio universal, la representación mediante el parlamento de la voluntad general, la existencia de partidos políticos, el régimen pluralista de corrientes y su expresión a través de los medios de comunicación social, viene a ser, si no la esencia misma, por lo menos la arquitectura para que la democracia se organice y funcione, el conjunto de medios prácticos para que opere un régimen político alimentado por la libertad.

Pensar que puede lograrse el desarrollo sin libertad, o a costa de la libertad, es olvidar que el desarrollo no tiene sentido si no es capaz de promover al hombre. Ni siquiera en su aspecto material es aceptable la posibilidad, porque un desarrollo material sin libertad sería incapaz de realizarse según un programa integrado, equilibrado y armónico, si a los puros objetivos materiales de aumentar la producción de bienes o transformar los sistemas productores, no los guían consideraciones de justicia, capaces de llevar su beneficio a todos los sectores y grupos de la sociedad.

Un gran aliento de libertad será el motor para la promoción del hombre. Creo en la libertad como la mejor condición de ascenso humano. No olvidemos las hermosas palabras de Albert Camus, testimonio de toda una generación: “La libertad es el camino y el único camino de la perfección. Sin libertad, se puede perfeccionar la industria pesada, pero no la justicia o la verdad”.

4

La democracia que hemos defendido es una democracia con sentido social. Una democracia donde se valore y se proteja el trabajo, pieza fundamental de la civilización.

Una sociedad democrática que enaltezca la familia, célula de la vida social. Por eso un gran empeño nuestro fue siempre la construcción de viviendas, a todo lo largo y ancho del territorio nacional, para dotar de hogares a tantas familias venezolanas que tenían derecho a aspirar a un futuro mejor.

Una sociedad volcada en la educación de las nuevas generaciones, no sólo para vencer el analfabetismo ancestral sino para desarrollar los niveles de educación superior que nuestro país requiere en el manejo de sus propios recursos. Si no somos capaces de formar, de capacitar, de darle sentido de seriedad, de trabajo, de responsabilidad y de técnica a las generaciones universitarias estaremos comprometiendo, irremediablemente, la verdadera soberanía nacional.

Hemos luchado también por la integración de nuestros países latinoamericanos, meta hacia la cual hemos procurado dar pasos firmes, a pesar de las dificultades antiguas y recientes.

Nuestra lucha ha sido siempre por la paz, convencidos de que ella es fruto de la justicia y el mayor bien que puede alcanzarse en la vida social.

5

Hoy tenemos que decir sin embargo que nuestro gran desafío sigue siendo el desarrollo de nuestros pueblos.

Un desarrollo sustentable, con atención a las condiciones y recursos del medio ambiente. Un verdadero desarrollo, fundado en las personas y respetuoso de su dignidad.

He sostenido al respecto que los cambios deben afectar a las estructuras sociales pero para renovar y fortalecer las instituciones. Las instituciones representan o deben representar lo permanente; no lo permanente inmutable —porque la inmutabilidad en los hechos humanos conduce al anquilosamiento y a la muerte— sino lo permanente dinámico, continuamente renovado. Las estructuras en cambio representan lo contingente, la disposición de los elementos dentro de la vida institucional y han de ser ajustadas y modificadas para que cumplan su función. Por eso hay cambio y hay revoluciones.

En América Latina se ha usado y abusado del término “revolución” hasta el punto de que los pueblos se van tornando escépticos ante su reiterada invocación. En esta nueva encrucijada decisiva hay que tener bien claro qué es lo que debemos cambiar y cuáles son las metas que tenemos que alcanzar. Destruir por destruir no vale.

La conciencia de la comunidad está predispuesta contra esos sacudimientos revolucionarios que, en definitiva, conducen a acentuar el atraso y que, a vuelta de diversas peripecias, llevan a aumentar la dependencia.

Las nuevas generaciones, por su parte, anhelan lanzarse a la conquista de la tecnología, al dominio efectivo de los recursos naturales, a la integración armónica que dé a nuestras naciones entidad suficiente para no estar sujetas al capricho de las grandes potencias. En suma, aspiran a una revolución tan diferente de las revoluciones tradicionales que envuelva, si se permite el juego de palabras, una concepción revolucionaria de la revolución.

El instinto certero de las masas desconfía de la revolución sin libertad, de la revolución que menosprecia la libertad, de la revolución que amenaza con extinguir la libertad. Porque la libertad, si no significa por sí misma la plenitud de la liberación, es el presupuesto de la liberación, es el instrumento para obtenerla.

6

Queremos la libertad para lograr la justicia y ejercer la solidaridad humana. Muchas veces he recordado que la Declaración de Filadelfia, en la Conferencia Internacional del Trabajo de 1944, en pleno conflicto mundial, dijo: así como la guerra, en cualquier parte, es una amenaza para la paz de todo el mundo, asimismo la miseria en cualquier país de la tierra es una amenaza ineludible para la prosperidad y el bienestar en todos los países.

En el programa del partido COPEI en 1948, reclamamos “la aplicación de los principios de la Justicia Social, que implican la defensa del más débil, en el campo de las relaciones económicas internacionales”.

Al transcurrir el tiempo, la meditación en el problema y el enfrentamiento de soluciones concretas me fue llevando más y más a una constante y decidida convicción en favor de la Justicia Social Internacional.

He señalado el hecho de que todos los esfuerzos por la justicia social dentro de cada país se estrellan ante las dificultades derivadas de la falta de justicia social en las relaciones internacionales. No se trata solamente de que se establezca un nuevo orden económico internacional; se trata de que ese nuevo orden arranque de la convicción de que todos los pueblos deben contribuir al bien común internacional mediante el cumplimiento de los deberes que la justicia social exige.

En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el Romano Pontífice ha recordado al mundo que “la lucha contra la pobreza necesita hombres y mujeres que vivan en profundidad la fraternidad y sean capaces de acompañar a las personas, familias y comunidades en el camino de un auténtico desarrollo humano” (n. 13). “Por sí sola —añadía—, la globalización es incapaz de construir la paz, más aún, genera en muchos casos divisiones y conflictos. La globalización pone de manifiesto más bien una necesidad: la de estar orientada hacia un objetivo de profunda solidaridad, que tienda al bien de todos y cada uno. En este sentido, hay que verla como una ocasión propicia para realizar algo importante en la lucha contra la pobreza y poner a disposición de la justicia y la paz recursos hasta ahora impensables” (n. 14).

7

Necesitamos, para ello, un resurgimiento de los partidos políticos. A veces, el lenguaje contestatario de las estructuras políticas de la democracia formal se concentra en un ataque severo contra los partidos políticos. Se llega a oír la afirmación de que los partidos están llamados a desaparecer, para ser sustituidos por otras formas de organización social. Pero los partidos son necesarios como instituciones de formación y de expresión de los programas políticos, como vehículos para establecer en doble vía la comunicación entre pueblo y gobierno y entre gobierno y pueblo, como estructuras indispensables para llevar en la vasta extensión del país una aspiración armónica y establecer una coordinación jerárquica entre las diversas partes que concurren a la vida común.

Ningún otro tipo de asociación puede llenar este papel; y si se crea, con otro nombre, un organismo para sustituir al partido, pronto se verá —sea cual fuere el nombre que adopte— que en definitiva lo que ha surgido es un partido más: con frecuencia sin las virtudes, pero con los defectos que al partido se achacan.

Los propios regímenes políticos que niegan el pluralismo ideológico y establecen una organización estatal a base de una exclusiva concepción doctrinaria, no niegan la existencia del partido sino su multiplicidad, y caen en el sistema de partido único, oficial y totalitario.

No habrá sin embargo resurgir de los partidos sin una verdadera calidad humana de sus dirigentes.

Nuestros pueblos volverán a valorar las soluciones propuestas por la Democracia Cristiana en la medida en que la línea seguida por quienes la propugnan sea capaz de interpretar a la gente sencilla, hablar un lenguaje directo hacia su corazón e inspirarle confianza en su rectitud de intenciones, en su convicción sinceramente vivida de que hay que realizar la justicia y la solidaridad social.

8

Hemos de abrir caminos a la esperanza.

Tenemos una larga lucha por delante. La lucha es hermosa cuando la guía un ideal. Por eso la nuestra —que creemos en la persona humana, su libertad, la solidaridad y la justicia social— no aminora sino más bien alimenta la alegría, esa alegría interior que constituye la mayor fuerza para la constancia y predispone al éxito.

En mi larga vida de luchador, he tenido la oportunidad de ver altos y bajos en el camino de los pueblos de América Latina. Me llena de esperanza para el porvenir de nuestra nación la conciencia clara de que hay una nueva juventud que lucha por la libertad y quiere cambiar los actuales rumbos negativos.

Contamos con la ayuda divina, el don de la gracia, que viene de Dios, como recordaba el venerado Papa Juan Pablo II. Por medio de ella —nos dijo—, en colaboración con la libertad de los hombres, se alcanza la misteriosa presencia de Dios en la historia que es la Providencia (Centesimus annus, n. 59).

Al final, el tiempo de nuestra vida, intensamente vivido, también con el sufrimiento que marca el destino de todo hombre en esta tierra, está en manos de Dios. A su infinito amor y misericordia me confío.

Rafael Caldera

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El amor de la palabra

Bajo el imperio de los grandes hombres, la pluma es más poderosa que la espada.

Edward George Bulwer Lytton

Richelieu o la conspiración

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El año que Rafael Caldera escoge para morir es el centenario del nacimiento de Pedro Grases, su gran amigo. Simón Alberto Consalvi escribió en El Nacional el domingo pasado (20 de diciembre) acerca de esa efeméride, no suficientemente celebrada en tiempos de mengua de la cultura venezolana, y compuso un justísimo reconocimiento de ese titán de nacimiento catalán y muerte venezolana.

Entre mis posesiones más preciadas se encuentra una amable, cálida y generosa carta que me enviara Don Pedro el 7 de julio de 1987, en la que me ponía:

Probablemente, si yo no hubiese pasado la terrible experiencia de la guerra civil, habría terminado en persona de actividad política, el arte más profundamente humano, según Aristóteles. Pero en 1936 la lucha feroz entre hermanos en la Península y el espectáculo que me tocó vivir en sus inicios me indujeron a tomar el camino del destierro, primero a Francia por unos meses y luego a Caracas, donde llevo medio siglo de residencia. Curado de toda tentación política. A lo que aspiro es a la paz, al silencio y a la vida recoleta de lectura, meditación y de escribir (si se tercia).


Como se ha escrito—Alexis Márquez Rodríguez—la deuda de Venezuela con Grases es impagable. Tan sólo la restitución que hiciera de Andrés Bello, a quien dio el título de Primer Humanista de América, sería inmensa acreencia que tuvo de nosotros al devolvernos al ilustrísimo caraqueño.

Fue esta pasión bellista el primer vínculo entre Pedro Grases y Rafael Caldera. Éste había ganado a sus diecinueve años, apenas dos años antes de que la guerra trajera a Grases a nuestra tierra,  “el prestigioso premio Andrés Bello instituido por la Academia Venezolana de la Lengua con un ensayo sobre la vida, obra y pensamiento del insigne humanista”. Cuatro años más tarde, Grases recibía en Santiago de Chile la sorpresa de su vida. Cuenta el profesor Márquez Rodríguez:

El descubrimiento de Andrés Bello por Grases ocurrió en circunstancias muy peculiares. En 1939 Grases realiza un viaje por toda Suramérica. En Santiago de Chile, según cuenta Oscar Sambrano Urdaneta, sin duda el discípulo por excelencia de don Pedro, quien a su vez lo supo por boca del mismo Grases, éste se acerca un día a una librería callejera, donde se exhibían las Obras completas de un tal Andrés Bello, de quien el joven catalán apenas si había oído hablar. Quiso el azar que tomase un tomo de aquellos, en el que estaba el trabajo de Bello sobre el Poema del Cid, un tema por el que Grases se había apasionado hacía tiempo. Le bastó con ojear aquel ensayo para comprender que el autor era una figura singular de las letras continentales. Y al darse cuenta, además, de lo desconocido que era en su país decidió contribuir a llenar ese vacío imperdonable en el conocimiento de los venezolanos.

Ramón J. Velásquez refiere—Prólogo a El legado de Grases en Venezuela, Fundación Pedro Grases, 2006—la temprana colaboración entre Caldera y Grases: “Cuando el gobierno nacional confió a Rafael Caldera y a Pedro Grases la tarea de rescatar el nombre y la obra de Andrés Bello, la casa de Grases se convirtió en el centro bellista que nunca había tenido Venezuela”. También dejó constancia de la opinión de Caldera:

Esta tarea de rescatar la obra de Andrés Bello se realizó con toda la profundidad en los estudios y toda la paciente investigación que el caso del gran caraqueño olvidado por Venezuela reclamaba. Fue una tarea concluida en forma admirable, pues editadas por el Estado venezolano por primera vez circularon en Venezuela las obras de Andrés Bello, se promovió estudios sobre su obra en centros académicos y universitarios de España y toda América, y, por primera vez, se reunía en Caracas una representación del humanismo latinoamericano con ese mismo fin. Rafael Caldera dijo: “La persona que sabe más sobre Andrés Bello y su obra es Pedro Grases”.

El 17 de junio de este año,  Rafael Arráiz Lucca publicó una entrevista que hiciera al gran maestro. Allí confluyen los nombres de la gente buena, de los grandes hombres. Le dijo Don Pedro, con la sencillez que le caracterizó siempre: “Entre mis amigos, Ramón J. Velásquez ha sido de los más entrañables. Yo he sido un fiel amigo de Rafael Caldera”.

Esto, del mismo gran señor que una vez dijera: “La bondad nunca se equivoca”.

Verdaderamente, la pluma es más poderosa que la espada. Grases, Velásquez y Caldera; todos hombres tranquilos. Bulwer Lytton apuntó asimismo: “La calma es tan característica del poder, que la calma misma tiene el aspecto de la fortaleza”.

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Pedro Grases en Washington, 1946, el año de la fundación de COPEI

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Una biografía de Rafael Caldera

Hoy será enterrado Rafael Caldera. Se reproduce acá, con mínimos ajustes, una compacta biografía obtenida en la página web del Centro de Estudios Internacionales de Barcelona (España).

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Biografía

1. Ejemplo de precocidad intelectual y política
2. Introductor de la democracia cristiana en Latinoamérica
3. Primera Presidencia (1969-1974): pragmatismo reformista y diplomático
4. Segunda Presidencia (1994-1999): terapia de choque económica

1. Ejemplo de precocidad intelectual y política
Entre 1932 y 1934 se desempeñó de secretario del Consejo Central de la Asociación de Juventudes Católicas Venezolanas y en mayo de 1936 colaboró en la fundación de la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) como una escisión moderada y antimarxista de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV). Caldera dirigió el órgano de difusión de la UNE hasta que abandonó la universidad. En el curso de un viaje a Roma en 1933 para participar en el Congreso Iberoamericano de Estudiantes Católicos trabó contacto con intelectuales del pensamiento cristiano social, con todo de imposible articulación como partido en Italia mientras existiera la dictadura fascista de Mussolini.

Su vínculo profesional con el mundo de los libros y el periodismo se remonta a su etapa preuniversitaria, cuando con sólo 15 años trabajó como archivero en la UCV. En 1935, con tan sólo 19 años, ganó el prestigioso premio Andrés Bello instituido por la Academia Venezolana de la Lengua con un ensayo sobre la vida, obra y pensamiento del insigne humanista, y en 1936 realizó unas prácticas en la Biblioteca Nacional de Caracas.

A través de una serie de artículos periodísticos expuso a la opinión pública la necesidad de introducir en Venezuela una legislación laboral moderna, así que el mismo 1936 el presidente militar Eleazar López Contreras le puso al frente de una subdirección en la recién creada Oficina Nacional del Trabajo, puesto que desempeñó hasta 1938 y que le implicó en la redacción de la Ley del Trabajo promulgada en julio de 1936.

Obtenida la licenciatura en Derecho y, en 1939, el doctorado en Ciencias Políticas summa cum laude con una tesis sobre Derecho laboral, en 1943 Caldera inició una actividad docente que prolongaría en el cuarto de siglo siguiente, como profesor de Sociología y, desde 1945, de Derecho del Trabajo, tanto en la UCV como en la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.

Tras su etapa en la UNE, Caldera contribuyó a poner en marcha y dirigir agrupaciones propiamente políticas, cuales fueron, sucesivamente, Acción Electoral, Movimiento de Acción Electoral, Movimiento de Acción Nacionalista y, desde 1941, Acción Nacional (AN), partido este último con el que ese mismo año salió elegido diputado al Congreso por el estado de Yaracuy, mandato que prolongó hasta 1944.

2. Introductor de la democracia cristiana en Latinoamérica
En 1945 cesó como secretario general de AN y se adhirió al movimiento revolucionario del 18 de octubre que derrocó el régimen militar de Isaías Medina Angarita. Dispuesto a jugar un papel en el nuevo orden político, el 13 de enero de 1946 fundó el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), más conocido como Partido Social Cristiano.

Caldera concibió el COPEI como una opción moderada pero progresista a los partidos de izquierda, con un programa basado en los principios demócrata cristianos y el reformismo social. Tomando como referencia las experiencias exitosas de Alcide De Gasperi en Italia y Konrad Adenauer en Alemania Occidental, Caldera fue el pionero en la introducción de la ideología democristiana en Sudamérica. Entre 1945 y 1946 desempeñó el importante puesto de procurador general de la nación, hasta que entró en conflicto con el Gobierno Revolucionario de Rómulo Betancourt y presentó la dimisión. A continuación representó al Distrito Federal en la Asamblea Nacional Constituyente.

El 14 de diciembre de 1947, con 31 años, Caldera sometió a las urnas su primera candidatura presidencial y obtuvo el 16,5% de los sufragios, aventajando ampliamente a Gustavo Machado, del Partido Comunista de Venezuela (PCV), pero quedando muy detrás del novelista Rómulo Gallegos, del gubernamental Acción Democrática (AD, socialdemócrata). Durante dos años ostentó el cargo de consejero en orientación política del partido y en 1948, coincidiendo con su elección como diputado, asumió la Secretaría General de COPEI, que retuvo hasta 1969. COPEI siguió funcionando tras el derrocamiento de Gallegos por los militares en noviembre de 1948, aunque desde 1952, al consolidarse la dictadura personal del coronel Marcos Pérez Jiménez, el partido sufrió una etapa de prohibición.

Caldera fue reelegido diputado en las elecciones legislativas del 30 de noviembre de 1952, de las que debía salir una Asamblea Nacional Constituyente y que fueron ganadas limpiamente por la Unión Republicana Democrática (URD) de Jóvito Villalba Gutiérrez. Sin embargo, el líder copeyano no llegó a tomar posesión de su escaño en protesta por el autogolpe del 2 de diciembre de Pérez Jiménez, que anuló la consulta democrática y asumió plenos poderes.

En 1957 Caldera sufrió un breve período de prisión en un ardid del dictador para abortar las perspectivas de una candidatura suya, consensuada por la oposición, que habría de enfrentársele en las elecciones presidenciales previstas para finales de aquel año. Una vez puesto en libertad, optó por exiliarse para excusar nuevos contratiempos.

El 23 de enero de 1958 una revuelta popular derribó la dictadura de Pérez y el 31 de octubre siguiente Caldera firmó en su quinta caraqueña con Betancourt y Villalba el denominado Pacto de Punto Fijo (tomando el nombre de la propiedad residencial del anfitrión del evento), un consenso fundamental de las principales fuerzas políticas venezolanas (el PCV fue excluido) para establecer un mínimo programa común de Gobierno, asentar la normalización democrática, defender la legalidad constitucional y evitar los monopolios políticos en la composición de las instituciones. La primera consecuencia del Pacto fue el Gobierno de coalición tripartito presidido por Edgard Sanabria Arcia desde el 14 de noviembre.

Caldera perdió dos elecciones presidenciales consecutivas: la del 7 de diciembre de 1958, cuando quedó tercero tras Betancourt y Wolfgang Larrazábal Ugueto, candidato de la URD y el PCV, y la del 1º de diciembre de 1963, en que quedó segundo con el 19% de los votos tras el adeco Raúl Leoni Otero. Recuperado el escaño para la legislatura de 1959-1964, hasta 1961 fue presidente de la Cámara de Diputados en una concreción más del Pacto, tomando parte en los trabajos de redacción de la nueva Constitución. Villalba retiró a la URD del Gobierno de coalición en 1960 y Caldera se atuvo al espíritu del puntofijismo hasta la toma de posesión de la administración de Leoni, en marzo de 1964: en lo sucesivo, COPEI y AD no compartirían responsabilidades en un ejecutivo.

De las abundantes participaciones de Caldera estos años en todo tipo de foros merecen destacarse la dirección del Instituto Venezolano de Derecho del Trabajo (1958-1966) y las presidencias de la Asociación Venezolana de Sociología (1958-1967), la Organización Demócrata Cristiana de América Latina (1964-1968) y la Unión Mundial Demócrata Cristiana (1967-1968).

3. Primera Presidencia (1969-1974): pragmatismo reformista y diplomático
En el cuarto intento, el 1 de diciembre de 1968, Caldera consiguió la victoria por 32.000 votos de diferencia y el 29,1% de los sufragios totales sobre el candidato de AD, Gonzalo Barrios, y el 11 de marzo siguiente tomó posesión para un período de cinco años. En este su primer Gobierno, que no integró a ningún ministro que no fuera copeyano o apartidista, Caldera introdujo una política de reformas desarrollistas tendente a superar la exclusiva dependencia del petróleo, ya que el 90% de los ingresos nacionales procedían de su exportación, y a crear industrias complementarias.

A tal fin, el 31 de diciembre de 1971 notificó a Estados Unidos, país al que había viajado en visita oficial el 2 de junio del año anterior, la expiración del Tratado de Reciprocidad vigente desde 1939, por el que a cambio de facilidades aduaneras a las materias primas venezolanas (básicamente petróleo), las mercancías de aquel país entraban en Venezuela prácticamente libres de aranceles, en grave perjuicio de la producción nacional. Igualmente, se procedió a nacionalizar la industria del gas y se aprobaron medidas para explotar los recursos vírgenes de los extensos territorios selváticos del sur, en Bolívar y Amazonas.

Este programa moderadamente nacionalista, cuyo elemento principal era la Ley de Revisión de los Hidrocarburos promulgada en 1971, contemplaba la plena soberanía del Estado venezolano para decidir los precios del producto y la asunción exclusiva de las exportaciones de petróleo para 1983, perspectiva que inquietaba a Estados Unidos. Por otro lado, Caldera viajó a Lima el 12 de febrero de 1973 para sumar su firma al Pacto Andino, puesto en marcha cuatro años atrás en Colombia. La decisión se interpretó como el abandono definitivo de la doctrina de Betancourt sobre la no aceptación de relaciones de cooperación con países de la zona desprovistos de regímenes democráticos.

Invocando una política de “solidaridad con el pluralismo ideológico” en el subcontinente, la administración de Caldera practicó la distensión con la Cuba de Fidel Castro, si bien sin llegar a restablecer las relaciones diplomáticas rotas en 1959, y otros países comunistas fuera del continente, empezando por la URSS. Cuando en 1970 triunfó en Chile la Unidad Popular del socialista Salvador Allende, Caldera no hizo la lectura alarmista pregonada por otros gobiernos del hemisferio y se avino a establecer unas relaciones amistosas.

Estadista conservador pero sin hacer bandera de la doctrina anticomunista entonces en boga, con su pragmatismo ideológico Caldera propició un clima de entendimiento y pacificación que animó a las diversas guerrillas izquierdistas a abandonar la lucha armada, activa desde 1960; el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) abjuró de la violencia subversiva y obtuvo el estatus de partido legal en 1973, cuatro años después de que los comunistas venezolanos, también lanzados a la agitación revolucionaria, fueran autorizados a portar su sigla de nuevo.

Caldera finó su primer mandato el 12 de mayo de 1974 con la transferencia de la banda presidencial al vencedor en las elecciones del 9 de diciembre de 1973 (caracterizadas por la multiplicidad y pluralidad ideológica de las candidaturas), Carlos Andrés Pérez Rodríguez, de AD. Ese mismo año, en condición de ex Presidente, fue nombrado Senador Vitalicio, atribución que jurídicamente cesó en 2000 con la desaparición de la Cámara alta y la entrada en funcionamiento de la nueva Asamblea Nacional unicameral en sustitución del Congreso bicameral.

En los veinte años de interludio hasta su segunda experiencia de gobierno, Caldera siguió plenamente activo en la vida pública, como presidente de la Conferencia Mundial de Reforma Agraria y Desarrollo Rural (Roma, 1979), la Corte Asesora de la Unión Interparlamentaria (1979-1982), el Comité Especial de Naciones Unidas para la creación de la Universidad de la Paz (1980-1981), la Comisión Bicameral Revisora del Proyecto de Ley Orgánica del Trabajo (1990) y su homóloga para el Proyecto de Reformas Generales de la Constitución (1989-1992), entre otras participaciones.

4. Segunda Presidencia (1994-1999): terapia de choque económica
Una década después de su quinta concurrencia electoral, el 4 de diciembre 1983, en la que con el 33,5% de los votos pagó por el mediocre resultado de la administración saliente de su camarada copeyano Luis Antonio Herrera Campins y fue derrotado por el adeco Jaime Lusinchi, y seis años después de perder la nominación para las presidenciales de diciembre de 1988 ante el entonces secretario general del partido, Eduardo Fernández, Caldera decidió romper con el COPEI, el cual a su vez le declaró “autoexpulsado” de sus filas. El 5 de junio de 1993 Caldera presentó su propia candidatura presidencial por Convergencia, formación sobre la que pronto pivotó una coalición de hasta 17 partidos de amplio espectro, entre ellos Movimiento al Socialismo (MAS), el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) y el PCV.

Esta alianza, que pasó a llamarse Convergencia Nacional (CN), tenía como aglutinadores la personalidad patriarcal—y ahora, para muchos, providencial—de Caldera, el objetivo de la lucha contra la corrupción y la oposición a la política de ajuste económico del Gobierno de Pérez, suspendido de sus funciones por corrupción el 21 de mayo de 1993 y definitivamente destituido por el Congreso el 31 de agosto. En las elecciones del 5 de diciembre Caldera se impuso con el 30,5% de los sufragios a una larga lista de aspirantes encabezada por el candidato de su antiguo partido, Oswaldo Álvarez Paz, Claudio Fermín, de AD, y Andrés Velásquez, de Causa Radical.

En el éxito de Caldera confluyeron su proyección de padre de la patria, su imagen de hombre honesto y conciliador y el hastío del electorado frente a AD y COPEI, que habían monopolizado el poder desde 1959, todo ello en un contexto de excepcional crisis económica y social agudizado por la turbulenta administración de Pérez. En las legislativas, empero, la coalición pro Caldera sólo consiguió hacerse con el 24,4% de los votos y 54 de los 205 escaños de la Cámara de Diputados (Convergencia individualmente obtuvo 28), demostrando aquí los partidos tradicionales su arraigo en muchas circunscripciones.

Tras tomar posesión el 2 de febrero 1994 de su mandato quinquenal, sustituyendo al presidente interino Ramón José Velásquez Mújica, y formar un gobierno de coalición con los partidos que le apoyaban, Caldera hubo de manejar una vertiginosa espiral inflacionaria y un paralelo descenso de las reservas de divisas, empleadas generosamente para el sostenimiento del bolívar frente al dólar. El 27 de junio anunció la suspensión con carácter temporal de algunas garantías constitucionales, fundamentalmente las relacionadas con la propiedad privada y la libre actividad económica, que supuso el control estatal sobre el mercado de cambios, el sistema bancario y los precios.

Las entidades financieras en bancarrota por la fuga de capitales y las afectadas por prácticas especulativas iban a ser intervenidas y saneadas por el Estado, y de hecho el Banco Central de Venezuela (BCV) anunció la suspensión inmediata de todas sus operaciones de compra-venta de dólares. Dado lo extraordinario de la situación, las draconianas medidas fueron toleradas por la opinión pública y comprendidas por la comunidad internacional.

La suspensión constitucional fue levantada el 4 de julio de 1995 y, ante el nulo efecto en la alarmante coyuntura económica de la práctica intervencionista (1996 registró una histórica inflación del 103% y la recesión fue del -1,6% del PIB por la desaparición de decenas de entidades privadas de crédito), Caldera optó por aplicar medidas de corte neoliberal de acuerdo con las recomendaciones del FMI, que hasta entonces se había resistido a adoptar en cumplimiento de una promesa electoral, a cambio de un primer préstamo de 7.000 millones de dólares. Así, se devaluó el bolívar en un 70%, el control de cambios fue levantado, los combustibles se encarecieron en un 800% y se liberalizaron los tipos de interés. De los presupuestos del Estado se reservó un tercio para atender el servicio de la deuda exterior, elevada hasta los 36.000 millones de dólares.

En agosto de 1998 las perturbaciones financieras y bursátiles en Sudamérica, espoleadas por la crisis brasileña, más la súbita caída de los precios del petróleo arruinaron la expectativa de una recuperación prenunciada por el 5,1% de crecimiento con que acabó 1997, si bien la inflación pudo ser contenida en torno al 35%. Así, 1998 registró una recesión del -0,4% del PIB y nuevas desvalorizaciones del bolívar.

La mala coyuntura del mercado del petróleo tras dos años de alzas tuvo su efecto sobre las rentas del Estado, que había ingresado lo correspondiente a las privatizaciones que afectaron parcialmente a las industrias turística y siderúrgica, y a la Compañía Nacional de Teléfonos. Aquel comportamiento externo también influyó negativamente en la estrategia del equipo de Caldera de abrir al capital internacional la compañía estatal de petróleos PDVSA, a fin de repartir costes y abrir nuevas explotaciones. Estos vaivenes confirmaron que la economía venezolana seguía atrapada en el ciclo del petróleo, circunstancia de la que Caldera era plenamente consciente y que ya intentó flexibilizar en su primera presidencia en los años setenta.

El veterano dirigente concluyó su segunda ejecutoria, en opinión de los observadores, con un balance de luces y de sombras, figurando entre las primeras el mérito de haber llevado una durísima política de ajuste manteniendo la gobernabilidad, respetando las instituciones democráticas y asegurando una relativa paz social; y entre las segundas el hecho de que, debido a los bajos salarios, la falta de políticas sociales y la desigualdad en la distribución del ingreso, los índices de pobreza sólo hicieron que aumentar en estos cinco años, afectando, según la Oficina Central de Estadística, al 40% de la población la categoría de pobreza extrema y a otro 28% la cobertura solamente de sus necesidades básicas.

Concentrado en los avatares domésticos, Caldera no asistió a todas las cumbres de la Comunidad Andina (CAN). El 12 de octubre de 1997 recibió al presidente estadounidense Bill Clinton y el 8 y 9 de noviembre del mismo año fue el anfitrión en Isla Margarita de la VII Cumbre Iberoamericana. Por otro lado, en Caracas se desarrolló en junio de 1998 la sesión inagural de la XXVIII Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA).

CN no sobrevivió en el enrarecido ambiente previo a las elecciones legislativas del 8 de noviembre de 1998 y el partido de Caldera quedó reducido a la condición de fuerza testimonial, con el 2,4% de los votos y 3 escaños. En las presidenciales del 6 de diciembre, polarizadas en torno a la figura del ex coronel golpista Hugo Rafael Chávez Frías, responsable del intento de derrocar a Pérez de febrero de 1992 e indultado por Caldera en marzo de 1994, Convergencia no presentó candidato propio.

El 2 de febrero de 1999 Caldera concluyó su mandato con la toma de posesión de Chávez. A pesar de que había permitido su excarcelación en marzo de 1994 al sobreseer su caso a cambio de su baja en el Ejército, el flamante mandatario no excluyó a Caldera de sus críticas en su discurso inaugural. Tras las nuevas parlamentarias del 30 de julio de 2000 CN se quedó con un solo representante en la nueva Asamblea Nacional unicameral.

Hombre de vasta formación intelectual, figuró en su haber una extensa y variada producción ensayística, en la que ocupa un lugar de preferencia el estudio de la obra poética y lexicográfica de Bello. Caldera dominaba cuatro idiomas (español, francés, inglés e italiano) y tenía conocimientos en otros dos (alemán y portugués). Fue doctor honoris causa, presidente honorífico o miembro de más de una veintena de centros académicos y de investigación en los campos del derecho y las ciencias sociales de América y Europa, entre los que se citan la Asociación Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, el Instituto Internacional de Sociología (IIS), la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS), la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela (ACIENPOL) y la Academia Venezolana de la Lengua. Perteneció al Consejo de Presidentes y Primeros Ministros del Centro Carter de Atlanta.

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Rafael Antonio Caldera Rodríguez

Ha partido al descanso definitivo un venezolano verdaderamente excepcional, un gran compatriota, el dos veces Presidente de la República, a quien sus conciudadanos debemos mucho: Rafael Caldera.

La suerte dispuso que cuando yo fuera niño ya pudiera conocerlo, puesto que su familia y la mía eran vecinas de Las Delicias de Sabana Grande. Trabé amistad con sus hijos, especialmente con los tres mayores—Mireya, Rafael Tomás y Juan José—y visité la famosa quinta Punto Fijo un buen número de veces. Junto con doña Alicia, el doctor Caldera era un anfitrión de gran gentileza. También conocí y visité Tinajero, y el despacho del gran hombre en el Escritorio Liscano del edificio Austerlitz. Alguna tarde, esperé en la biblioteca mientras se desocupaba para atenderme y, desde un rincón poco pretencioso, un certificado enmarcado en formato pequeño llamó mi atención. Era la constancia que la Universidad Central de Venezuela había expedido de sus calificaciones definitivas en la Facultad de Derecho. Una sola mácula humanizaba la perfección del desempeño: en Derecho Internacional Privado había sido calificado con sólo diecinueve puntos.

Muchas cosas se dirán ahora sobre este venezolano eminente, constructor de la democracia venezolana (que todavía resiste), luchador contra la dictadura, pacificador del país y principal redactor de la Constitución de 1961. Acá quiero decir únicamente que Rafael Caldera tuvo la virtud de interesarse por las personas y sus vidas concretas. No pocos se sorprendían de cómo guardaba en la memoria nombres y circunstancias de los allegados de sus conocidos, a quienes preguntaba por los primeros con un cálido recuerdo infalible.

Se dirá de él cosas mezquinas; ya han sido dichas antes. Quiero reproducir abajo dos artículos en los que saliera en su defensa: el primero apareció publicado en referéndum a comienzos de su segundo gobierno, con el título Para entender a Caldera – Guía sencilla sobre su pensamiento económico (8 de agosto de 1994); el segundo, Tiempo de desagravio, fue publicado en El Diario de Caracas el 14 de diciembre de 1998, ocho días después del primer triunfo electoral del actual Presidente.

La fórmula acostumbrada diría paz a sus restos, pero ha sido que fue Caldera mismo quien echara el resto en mensaje póstumo. Redactado antes de fallecer, es él allí quien nos aconseja la paz desde sus restos. Dice El Universal:

Caldera expresó su deseo de que Venezuela viva en “libertad, con una democracia verdadera donde se respeten los derechos humanos, donde la justicia social sea camino de progreso. Sobre todo, donde podamos vivir en paz, sin antagonismos que rompan la concordia entre hermanos”.

Es decir, nos ha deseado una Feliz Navidad.

LEA

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Para entender a Caldera – Guía sencilla sobre su pensamiento económico

8 de agosto de 1994

El período constitucional de 1969 a 1974, el primer período presidencial de Rafael Caldera, culminó—a fines de 1973—en un enfrentamiento entre éste y el entonces Presidente de Fedecámaras, Alfredo Paúl Delfino. Ya antes de esas postrimerías de su primer gobierno se habían manifestado discrepancias de enfoque entre el Gobierno y algunos líderes del sector empresarial privado. Pero no fue sino hasta el final, con Caldera ya de salida, cuando Paúl Delfino se atrevió a confrontarlo, en un debate de declaraciones y remitidos por la prensa. Caldera no asistió a la asamblea de Fedecámaras de ese año. (Luis Herrera Campíns jamás asistió a las que se celebraron durante su mandato).

En cambio, el actual Presidente de la República hizo muy notable acto de presencia en la asamblea de este año, dándose el lujo de ser ovacionado por los asistentes al fustigar duramente a los banqueros “mafiosos” que habían malversado los dineros de sus depositantes.

Poco después del magno evento del empresariado nacional comenzó a leerse declaraciones de rechazo a ciertas expresiones del Presidente, y a escucharse interpretaciones acerca del ideario calderista que lo presentan como contrario a la empresa privada. Se dijo que Caldera había generalizado irresponsablemente, sin hacer distingos entre distintos banqueros o entre comerciantes correctos y comerciantes inescrupulosos y acaparadores, entre legítimos compradores de dólares y especuladores. En fin, según esas manifestaciones, Caldera sería un “enemigo de la actividad económica privada”.

Esa caracterización de Rafael Caldera dista mucho de la realidad. Su mano derecha, su amigo de muchos años, es el Dr. Julio Sosa Rodríguez, banquero e industrial destacado. Carlos Bernárdez, Presidente del Fondo de Inversiones de Venezuela, fue banquero hasta no hace mucho, como Gustavo Roosen, antes de su ingreso a las filas de la administración pública, fue muy importante ejecutivo del más grande grupo industrial privado venezolano. Esto, para comenzar y mencionar solamente los nombres más connotados de los colaboradores suyos que han llegado al Gobierno desde posiciones privadas.

Pero esto sólo es indicativo, no demostrativo, y a fin de cuentas pudiera argüirse que Caldera prefiere escoger sus ministros y comisionados de entre las filas de ciertos y determinados grupos económicos, por lo que no sería verdaderamente imparcial.

Más pertinente al tema en discusión es el conjunto de pasos iniciales de su gobierno en materia económica. Pareciera necesario un cierto tupé para decir que Caldera está en contra de la empresa privada cuando ahora se le critica por haber entregado gigantescas sumas de bolívares en auxilios financieros a los bancos en problemas, bancos que estaban, por cierto, en manos privadas. Antes de decretarse la intervención de los institutos intervenidos después del caso del Banco Latino, el Gobierno intentó salvarlos, y en esto arriesgó capitales considerabilísimos. Mal puede argumentarse entonces que Caldera ha actuado en contra de la empresa privada y planea seguir haciéndolo.

Pero más allá de estas ejecutorias tempranas, ilustradoras de una disposición en general favorable a la iniciativa privada, resulta lo más iluminador explorar en la ideología sustentada por Caldera. Esto es lo sensato porque en Caldera se tiene a un político que, junto con muy pocos otros, procede políticamente con arreglo a sus principios doctrinarios. Caldera es un demócrata cristiano auténtico, como hay unos cuantos en COPEI y unos cuantos también fuera de sus filas.

Para quienes se tomaron la democracia cristiana en serio, los principios de esta ideología están muy claros. Son fácilmente aprendibles en el trabajo de Enrique Pérez Olivares—Principios de la Democracia Cristiana—o en un pequeño libro del propio Rafael Caldera: Especificidad de la Democracia Cristiana.

El título del libro de Caldera es definitorio: los principios de la democracia cristiana le serían tan específicos que sin ellos no sería democracia cristiana. Uno de esos principios es el principio de la “subsidiaridad del Estado”. Lo que viene a significar, ni más ni menos, que el Estado concebido desde una perspectiva social o demócrata cristiana prefiere que la mayor parte de la actividad social y económica sea desempeñada por actores privados. Es cuando el agente privado no puede o no quiere acometer alguna labor necesaria que el Estado, subsidiariamente, decide entrar en funciones.

Obviamente, el Estado tiene funciones que le son propias, y en éstas su cometido es esencial, no subsidiario, pero en el resto de las cosas la democracia cristiana prefiere y estimula la actividad privada.

Tomándose muy en serio estos principios, ésa es la posición exacta de Rafael Caldera ante la actividad económica privada, y antes lo ha demostrado al presentar lucha frontal contra posturas socializantes, como la que antiguamente definía a Acción Democrática y como la que sostuvo por una época no muy lejana el actual Embajador en Colombia, el fugaz Presidente del Fondo de Inversiones, Abdón Vivas Terán. Cuando Vivas Terán despachaba como Secretario General de la Juventud Revolucionaria Copeyana y predicaba las excelencias de una cierta “propiedad comunitaria”, el mismo Rafael Caldera instrumentó su intempestiva salida y su suplantación por el menos “cabeza caliente” de Oswaldo Álvarez Paz.

Así pues, constituye una interpretación incorrecta la comprensión de Rafael Caldera como contrario a la empresa privada. A lo que Rafael Caldera es contrario, como lo es la ideología social cristiana desde sus inicios—desde aquella encíclica hito de 1891, la Rerum Novarum—es a la postura liberal que pone a la economía por encima de los intereses generales, del Bien Común. No hace mucho (1991) el Sumo Pontífice Wojtyla volvió a insistir sobre la inhumanidad de un capitalismo “salvaje”. No hace mucho, pues, que la ideología social cristiana ha recibido una reinyección de activación de sus líneas conceptuales básicas.

Lo que puede haber llevado a engaño respecto de Caldera no es su propia posición, perfectamente consistente y estable a lo largo de los años, sino la de otros muy notorios dirigentes de un partido que se llama a sí mismo demócrata cristiano y que ha venido desechando toda referencia ideológica para hacerse practicante del más puro estilo de Realpolitik.

La clave para entender a Caldera está en la lectura del muy sencillo código principista de la democracia cristiana original, del que nunca se ha desviado, y ese código incluye una muy decidida defensa de la propiedad privada como derecho natural. Lo que no obsta para que sea igualmente un principio demócrata cristiano la noción de una función social de la propiedad. Principio éste, por lo demás, que está inserto en el texto constitucional que nos rige. (Artículo 99).

A quien quiera hacer oposición o crítica a Rafael Caldera—empresa, por cierto, harto viable—puede aconsejársele con honestidad que busque un flanco distinto al de su supuesto prejuicio contra los empresarios privados. Por ejemplo, exigiéndole una definición de esquema estratégico general, la que continuamos echando en falta.

Es natural, tal vez, que Jorge Redmond, muy notorio orador de aquellas tristes sesiones de apoyo a Carlos Andrés Pérez por aquellos días entregolpistas de 1992, quiera ver en Caldera una especie de anticristo económico. Seguramente existen fundados motivos para sospechar de la excelencia de las decisiones económicas del gobierno de Rafael Caldera. Pero quienes antes no atentaron contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez carecen de toda autoridad moral para atentar ahora contra el gobierno de Rafael Caldera Rodríguez.

Luis Enrique Alcalá

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Tiempo de desagravio

14 de diciembre de 1998

Personalmente, no creo que tengo que agradecer nada del otro mundo a Rafael Caldera. De hecho, en los últimos años ha transcurrido entre ambos alguna corriente de velados disgustos mutuos. Por eso todo lo que tenga que agradecerle es a título de ciudadano. Acá creo sinceramente, y a pesar de que en mi personal evaluación pudiera tener razones de insatisfacción con él, que en tanto ciudadano tengo que agradecerle bastante.

Creo que los ciudadanos de la República de Venezuela tenemos que agradecer mucho a Rafael Caldera. Por eso me llenó de molestia leer un artículo reciente del profesor Aníbal Romero. (Caldera: El tiempo del desprecio, El Universal, 9 de diciembre de 1998).

Claro que el profesor Romero ha sido objeto de algo más que una gélida mirada o una altiva distancia presidencial. En 1994 su morada fue objeto de allanamiento, así como la de Ignacio Quintana y otros más. Era la época en la que se investigaba un plan de derrocamiento contra el presidente Ramón Velázquez, como modo de prevenir la llegada de Rafael Caldera al poder. En esos días alguien comentó, algo preocupado, el incidente allanatorio a Eduardo Fernández en sus predios de Pensamiento y Acción. Fernández explicó el asunto del siguiente modo: “Bueno, lo andaban siguiendo”.

Los motivos personales, por tanto, del profesor Romero, incluyen un resentimiento muy fuerte y particular. A nadie le gusta que le allanen la casa. El rencor del profesor Romero por este agravio público seguramente modifica en mucho lo que, sin aquél, su calidad profesoral tramitaría con mayor objetividad.

El profesor Romero, por ejemplo, celebra como ‘justicia histórica” que Rafael Caldera haya sido el Presidente de la República al momento del deceso del Pacto de Punto Fijo, al que llama “sistema de componendas entre élites mediocres”. Hoy en día, cuando algunas de las previsiones de este pacto—como la de elegir a un miembro del partido del Presidente Electo como Presidente del Congreso—parecen repetirse, no es tan claro que Punto Fijo ha muerto, por lo menos no totalmente. Por otra parte, si bien puede hablarse en Venezuela de un deterioro de las élites, en los comienzos de nuestra democracia esas “componendas” se dieron entre los mejores hombres públicos del país, que asentaron bases democráticas tan firmes que han soportado eventos tan poderosos como el Caracazo, el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, la deposición constitucional de Carlos Andrés Pérez y la elección de Hugo Chávez Frías. Además, y en todo caso, el mismo profesor Romero no ha dejado de participar en ese sistema de componendas elitistas, cuando ejercía indudable influencia como mano derecha política del antiguo presidente bancario Gustavo Gómez López y simultáneamente se desempeñaba como muy cercano colaborador (¿controlador?) de Eduardo Fernández.

Yo no creo, como expone el profesor Romero, que “el juicio de la historia será muy duro con la ya triste figura de Caldera”. Ni siquiera creo que Caldera exhibe una triste figura; creo que exhibe una figura dignísima. Y creo también que el juicio de la historia le será favorable en general, con una dosis variable de crítica ante algunos de sus procedimientos y algunas de sus decisiones.

Politología simplista

Se ha repetido hasta el punto de convertirlo en artículo de fe que Rafael Caldera fue elegido Presidente de la República por el discurso que hizo en el Congreso en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992. Esto es una tontería. Caldera hubiera ganado las elecciones de 1993 de todas formas. Sin dejar de reconocer que ese discurso tuvo, en su momento, un considerable impacto, Caldera hubiera ganado las elecciones porque representaba un ensayo distanciado de los partidos tradicionales cuando el rechazo a éstos era ya prácticamente universal en Venezuela y porque venía de manifestar tenazmente una postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha.

De mediados de 1991 data una encuesta que distribuía la intención de voto entre los precandidatos de aquellos días de modo casi totalmente homogéneo. Rafael Caldera, Luis Piñerúa, Eduardo Fernández, Andrés Velázquez, absorbían cada uno alrededor del 20% de la intención de voto (con pequeña ventaja para Caldera) y un restante 20% no estaba definido o no contestaba. Se trataba de una distribución uniforme, indiferente, que a la postre iba a desaguar por el cauce calderista por las razones anotadas más arriba. Las elecciones de 1993 contuvieron dos ofertas sesgadas a la derecha en lo económico, la de Álvarez Paz y la de Fermín, y dos sesgadas a la izquierda, la de Velázquez y la de Caldera. Con este último ganó, si se quiere, una izquierda sosegada, puesto que los candidatos furibundos eran claramente Álvarez Paz y Velázquez, que llegaron detrás de los más serenos Caldera y Fermín. El pueblo no estaba tan bravo todavía.

Se ha dicho que la “culpa” de que Chávez Frías haya ganado las elecciones es de Rafael Caldera, porque el sobreseimiento de la causa por rebelión impidió la inhabilitación política del primero. Esto es otra simplista tontería. Al año siguiente de la liberación de Chávez Frías se inscribe una plancha del MBR en las elecciones estudiantiles de la Universidad Central de Venezuela, tradicional bastión izquierdista. La susodicha plancha llegó de última. Y la candidatura de Chávez Frías, hace exactamente un año, no llegaba siquiera a un 10%. La “culpa” de que Chávez Frías sea ahora el Presidente Electo debe achacarse a los actores políticos no gubernamentales que no fueron capaces de oponerle un candidato substancioso. Salas Römer perdió porque no era el hombre que podía con Chávez, y ninguna elaboración o explicación podrá ocultar ese hecho.

Son explicaciones puntuales, ocasionales, tácticas, simplistas, que se ciegan ante las verdaderas explicaciones: las que están fundadas sobre la lectura de las más gruesas corrientes de la opinión nacional. Pasan por ser politología ocurrente y aguda, cuando no son otra cosa que superficial interpretación de las cosas, politología simplista.

Tenía razón

Escuché, con frecuencia creciente, una frase que expresaba una esperanza residual de seguridad durante las semanas inmediatamente precedentes a las elecciones presidenciales que acabamos de celebrar: “Gracias a Dios que es Caldera quien está en Miraflores en este momento”. Pensaban, quienes la decían, que lo único que podía impedir estallidos de violencia, fraudes electorales masivos, intentonas de golpe de Estado y otras violentas manifestaciones, era la presencia de Caldera en Miraflores. Aunque el profesor Romero no quiera reconocerlo, sí le debemos a Rafael Caldera una parte considerable de la paz del país. La otra parte se le debe, por supuesto, al país mismo.

Caldera fue quien rehabilitó a los partidos de izquierda proscritos por Betancourt, con lo que se cerró el capítulo guerrillero de la década de los sesenta. Caldera fue quien sobreseyó la causa de los alzados de 1992, reinsertándolos, ya sin uniforme, dentro de la pugna civil. Caldera fue también quien a conciencia pagó el costo de su yerno en la Comandancia General del Ejército, fue asimismo quien pone a Orozco Graterol al frente de la Gobernación del Distrito Federal para tenerle al mando de la Policía Metropolitana, e igualmente fue quien tomó todas las previsiones para impedir la interrupción de la constitucionalidad, como pretendió hacerse, profesor Romero, como usted bien sabe, poco antes de las elecciones de 1993.

Caldera fue quien llevó a uno de sus hijos a la Secretaria de la Presidencia para estar tranquilo mientras subsistían los coletazos de esa pretensión violenta de 1993, escarmentado con aquella mala pasada que jugaron al presidente Velázquez. Pero al mismo tiempo, y con el mayor dolor, es quien no ha tenido trato especial para otro de sus yernos, contado en el éxodo de banqueros prófugos que se produjo en 1994.

Caldera fue objeto, al arranque de su gobierno, de los más despiadados y prematuros ataques por su postura en materia económica, resistente a las imposiciones paqueteras que se fundaban—otra vez el simplismo—en el dogmatismo neoliberal imperante. Resulta que ahora, no después que los venezolanos rechazábamos de todas las formas posibles tan simplistas esquemas, sino luego del desplome de las economías asiáticas, incluido el Japón, y de la resistente gravedad económica rusa, los propios economistas norteamericanos están reconociendo que el mundo no es tan sencillo como lo creía Fukuyama y que el Fondo Monetario Internacional ha estado evidentemente equivocado. Ahora resulta que Chávez Frías se perfila como el nuevo consentido de los mercados financieros internacionales. Parece, pues, que al dinosaurio Caldera no le faltaba raz6n.

Seguramente Caldera es criticable en muchos sentidos, y seguramente sus altivos rasgos personales y su estilo de gobernar avivan la crítica, pero estoy seguro de que el juicio de la historia, profesor Romero, le tratará muy favorablemente. Por lo menos porque a quienes se investigó en relación con las conspiraciones de 1993 Caldera no los llevó, desnudos y en un camión de estacas, hasta Fuerte Tiuna, que es lo que algún ensoberbecido militar amenazaba hacer con él a las alturas de noviembre de 1993, si es que Caldera se negaba a reconocer el “triunfo” de Oswaldo Álvarez Paz en las elecciones que ocurrirían al mes siguiente.

Hasta Chávez Frías ha dicho, en las primeras cuarenta y ocho horas después de su elección, que Caldera había evitado que el barco se hundiera y que “últimamente” su gobierno había venido manejando lo económico de forma acertada. Así como ahora con Chávez Frías parecieran estar muchos poseídos del “síndrome de Estocolmo”, ya ha comenzado la reinterpretación positiva del gobierno de Caldera.

Luis Enrique Alcalá

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