Fichero

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Una brevísima Ficha Semanal #227 de doctorpolítico recoge los epígrafes y los párrafos iniciales del último capítulo—La evolución futura del cerebro—de un libro de Carl Sagan: Los dragones del Edén: Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana.

Sagan era, en verdad, astrónomo y astroquímico, indudable líder de la comunidad científica estadounidense y un extraordinario comunicador. A pesar de sus antecedentes profesionales—y tal como ocurrió con Francis Crick, biólogo molecular—experimentó la fascinación que sobre muchos científicos ejerce la doble maravilla del cerebro y la inteligencia humana. Fue excelso divulgador de la ciencia de frontera; en Cosmos, serie para televisión, y el best seller absoluto de los libros de ciencia basado en ella, construyó un majestuoso marco para la comprensión de nuestro papel en el universo, en un terreno que le era más familiar. En cambio, El cerebro de Broca y Los dragones del Edén le adentraron por la historia natural de la inteligencia. (Este último libro le valió el Premio Pulitzer en 1977).

Una vez que la evolución opta por la ruta de los cordados (animales dotados de un eje nervioso como la médula espinal), las estructuras neurales progresan en dirección de—término de Teilhard de Chardin—una cefalización creciente. El progreso ocurre por aposición de nuevos pisos nerviosos sobre los más primitivos, sin que éstos desaparezcan en los aparatos de los seres más evolucionados. Por ejemplo, el cerebro de un ofidio es mayormente un bulbo olfatorio, pero es obvio que el tigre es muy capaz de oler. En el texto reproducido, Sagan menciona las estructuras conocidas como neocortex, sistema límbico y complejo R. Explica en el capítulo tercero que el complejo R (por la palabra “reptil”) es la más primitiva de las tres y el principal motor psíquico de un cocodrilo o dinosaurio. Superpuesto a esa formación se encuentra el sistema límbico (del latín para “límite” o “borde”), ya presente en los mamíferos. Los humanos tenemos ambas estructuras, pero sobre ellas nuestros cerebros han colocado el techo del neocortex, asiento fisiológico de las capacidades intelectuales superiores. Paul MacLean, citado por Sagan, demostró que el complejo R es suficiente para generar la conducta agresiva, la territorialidad, el ritual y el establecimiento de las jerarquías sociales. (En una palabra: el chavismo). El sistema límbico añade, a la “sangre fría” de los reptiles, la profundidad de las emociones. El neocortex, finalmente, incorpora la posibilidad de análisis, reflexión y decisión.

Los trozos escogidos para esta ficha encierran al menos dos lecciones: primera, que la repetición de conductas tradicionales difícilmente podrá redundar en adaptación a un ambiente cambiante; segunda, que aunque lleve tiempo se impondrá a la larga la civilización sobre la agresiva infancia humana del cazador o el militar.

LEA

Cambio y fuera

Es de la naturaleza del futuro ser peligroso… Los grandes avances de la civilización son procesos que prácticamente destruyen las sociedades en las que ocurren.

Alfred North Whitehead

Aventuras en las ideas

La voz del intelecto es suave, pero no descansa hasta que ha obtenido audiencia. En último término, luego de interminables rechazos, alcanza el éxito. Es éste uno de los pocos puntos en los que uno puede ser optimista sobre el futuro de la humanidad.

Sigmund Freud

El futuro de una ilusión

La mente es capaz de cualquier cosa puesto que todo está en ella: todo el pasado, así como todo el futuro.

Joseph Conrad

El corazón de la oscuridad

El cerebro humano pareciera hallarse en un estado de inquieta tregua, con escaramuzas ocasionales y raras batallas. La existencia de componentes del cerebro con predisposición a ciertas conductas no es una invitación al fatalismo o la desesperación: tenemos control sustancial sobre la importancia relativa de cada componente. La anatomía no es el destino, aunque tampoco es irrelevante. Al menos algunas enfermedades mentales pueden ser entendidas en términos de un conflicto de los partidos neurales en pugna. La represión mutua entre diversos componentes ocurre en muchas direcciones. Hemos mostrado cómo hay represión límbica y neocortical del complejo R, pero en la sociedad puede también darse la represión del neocortex por el complejo R y represión de un hemisferio cerebral sobre el otro.

En general, las sociedades humanas no son innovadoras. Son, más bien, jerárquicas y ritualistas. Las sugerencias de cambio son saludadas con sospecha: implican una variación futura desagradable en el ritual y la jerarquía: el intercambio de un conjunto de ritos por otro, o quizás una sociedad menos estructurada con menos rituales. Y sin embargo, hay momentos cuando las sociedades deben cambiar. “Los dogmas del tranquilo pasado son inadecuados para el tormentoso presente”; así describía Abraham Lincoln tal verdad. Mucha de la dificultad encontrada en los intentos por reestructurar las sociedades, incluyendo la estadounidense, se deriva de esa resistencia de los grupos con intereses creados en el statu quo. Un cambio significativo requiere que aquellos en los sitios superiores de la jerarquía desciendan muchos escalones. Tal cosa les luce indeseable y de allí su resistencia.

Pero una cierta cantidad de cambio—de hecho algún cambio significativo—es aparente en la sociedad occidental, ciertamente insuficiente pero más que en casi cualquier otra sociedad. Las culturas más viejas y estáticas son mucho más refractarias al cambio. En el libro “La gente del bosque”, de Colin Turnbull, hay una punzante descripción de una infante pigmea lisiada, a quien antropólogos visitantes le ofrecen una sorprendente innovación tecnológica: una muleta. A pesar del hecho de que pudiera mitigar el sufrimiento de la niña, los adultos, incluyendo sus padres, no prestaron particular interés al invento. Hay muchos otros casos de intolerancia a la novedad en las sociedades tradicionales; ejemplos diversos pudieran extraerse de las vidas de hombres tales como Leonardo, Galileo, Desiderio Erasmo, Charles Darwin y Sigmund Freud.

El tradicionalismo de las sociedades en estado estático es generalmente adaptativo: las formas culturales son producto de una evolución penosa en muchas generaciones, y se sabe que funcionan bien. Como ocurre con las mutaciones, es probable que un cambio azaroso funcione peor. Pero también como con las mutaciones, los cambios son necesarios para el logro de adaptaciones a nuevas circunstancias ambientales. La tensión entre estas dos tendencias determina en buena medida el conflicto político de nuestros tiempos. En una época caracterizada por un ambiente externo físico y social que cambia con rapidez, como la nuestra, la acomodación y la aceptación del cambio es adaptativa; en las sociedades que habitan ambientes estáticos no lo son. Los estilos de vida del cazador-recolector han servido bien a la humanidad durante la mayor parte de su historia, y creo que hay suficiente evidencia de que en cierta manera fuimos diseñados por la evolución para una cultura de esa clase; cuando abandonamos la vida de caza y recolección abandonamos la infancia de nuestra especie. La cultura de la caza y la recolección y la cultura de alta tecnología son ambas productos del neocortex. Estamos ahora irreversiblemente encaminados por el segundo de estos senderos. Pero tomará tiempo acostumbrarnos a él.

Carl Sagan

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