Cartas

Nature and Nature’s Laws lay hid in Night.
God said, Let Newton be! and all was Light.

Alexander Pope

If I have seen a little further it is by standing on the shoulders of Giants.

Issac Newton

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En este año bicentenario del nacimiento de Charles Darwin es apropiado leer en las ciencias de su elección, las biológicas, lecciones y moralejas utilísimas a la política. Sobre todo en lo conocido sobre la evolución, ese monumental despliegue del cambio del universo, la vida misma y las especies que pintara él por vez primera junto con Alfred Russel Wallace, y más aún y más particularmente sobre la evolución de los sistemas nerviosos de los seres vivos, puesto que la política es la actividad nerviosa más desarrollada de las sociedades.

Y es una lección estupenda la que recoge Carl Sagan en Dragones del Edén, su libro de 1977: la realidad de un cerebro trino en los animales superiores, especialmente en los humanos, un cerebro que es en verdad tres cerebros superpuestos. A su vez, Sagan se limita a explicar el cuadro descrito por Paul MacLean, quien fuera Jefe del Laboratorio de Evolución del Cerebro y la Conducta del Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos.

Traduzco de Sagan: “…MacLean ha desarrollado un cautivador modelo de la estructura cerebral y su evolución que llama el cerebro trino. ‘Estamos obligados’, dice, ‘a vernos a nosotros mismos y al mundo a través de los ojos de tres mentalidades muy diferentes’, dos de las cuales carecen del poder de la palabra. El cerebro humano, sostiene MacLean, ‘equivale a tres computadores biológicos interconectados’, cada uno con ‘su propia y especial inteligencia, su propia subjetividad, su propio sentido del tiempo y del espacio, su propia memoria, sus propias funciones, motores y otras’. Cada cerebro corresponde a un gran paso evolutivo separado. Decimos que los tres cerebros se distinguen anatómica y funcionalmente…”

Lo interesante del asunto es que el cerebro que es evolutivamente más primitivo (cientos de millones de años), llamado por MacLean el Complejo R—rodea a la estructura que denominamos mesencéfalo—sigue existiendo y funcionando en el sistema nervioso central de los humanos que es, por supuesto, el más poderoso y sofisticado del reino de la zoología. A pesar de que más adelante en la evolución se superpondrán a él dos estructuras distintas y más evolucionadas—el llamado sistema límbico y el neocortex (corteza nueva)—la naturaleza no lo ha desechado: construye sobre él y lo preserva. El sistema límbico, asiento fundamental de las emociones, es posterior al Complejo R y anterior al neocortex, pero tampoco es desplazado por éste, que se le superpone sin anularlo cuando añade, al fin, las funciones superiores del pensamiento analítico y el lenguaje.

No deja de parecer a Sagan divertido que MacLean haya “demostrado que el Complejo R juega un rol importante en la conducta agresiva, la territorialidad, el ritual y el establecimiento de las jerarquías sociales”. Y comenta Sagan: “A pesar de bienvenidas excepciones ocasionales, me parece que esto caracteriza una buena cantidad de la conducta burocrática y política moderna. No quiero decir por esto que el neocortex no esté funcionando en absoluto en una convención política norteamericana o una sesión del Soviet Supremo; después de todo, mucha de la comunicación en estos rituales es verbal y por tanto neocortical. Pero es sorprendente cuánto de nuestra conducta real—distinta de lo que decimos y pensamos de ella—puede ser descrita en términos reptilianos”. (El Complejo R, de allí su nombre, es el cerebro ya presente en los reptiles. Con penetrante intuición de filósofo natural, Pedro León Zapata hace frecuentes alegorías presidenciales con la imagen de un dinosaurio: “A mí me absolverá la Prehistoria”).

A pesar de esto, y como se evidencia del apunte de Sagan, nuestro cerebro reptil continúa modelando buena parte de nuestra conducta, principalmente nuestra conducta política que entendemos, las más de las veces, como modo de dilucidar territorios a base de comportamiento agresivo y establecer jerarquías sociales que los rituales confirman. Y a pesar de esta preservación, el progreso de las especies inventa y supera el Complejo R.

Con otras palabras, Kevin Kelly—Getting smart from dumb things, en Out of Control—señala lo mismo: “El cerebro y el cuerpo se hacen del mismo modo. De abajo hacia arriba. En vez de por aldeas, uno comienza por conductas simples: instintos y reflejos. Uno hace un pequeño circuito que realiza un trabajo simple, y pone muchos ejemplares a circular. Entonces uno superpone un nivel secundario de comportamiento complejo que puede emerger de ese montón de reflejos funcionales. La capa original continúa trabajando, sea que la segunda lo haga o no. Pero cuando la segunda capa logra producir una conducta más compleja, subsume la acción de la capa que está abajo”.

De algún modo Isaac Newton, que no conocía estas exquisiteces de la neurofisiología evolutiva, celebraba la misma estrategia de preservar y honrar lo previamente construido. Fue en latín que escribió a Robert Hooke, honrando a quien fuera su rival al comparar sus aportes con los de Descartes: Pigmaei gigantum humeris impositi plusquam ipsi gigantes vident. (“Si vi más lejos fue porque subí sobre los hombros de gigantes”). Aunque su propio logro era inconmensurablemente mayor que el de Hooke—eran sus pedestales enormes Kepler, Galileo y Copérnico y, en fin de cuentas, también el descomunal Aristóteles cuya física él deponía—Newton sabía que sin los precursores no hubiera visto lo que vio. Él mismo era el más gigantesco de los gigantes—no a todo el mundo puede escribírsele “Dios dijo: hágase Fulano”—y doscientos veintinueve años después de que publicara su epifanía un judío de Ulm se subiría sobre sus hombros para lanzar la mirada más lejos todavía.

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Requerimos un nuevo paradigma político, requerimos una organización novedosa que lo encarne y lo transmita, que realice funciones que los partidos actuales—PSUV incluido—no atinan a cumplir. Pero la construcción de ese nuevo piso cerebral de la sociedad venezolana no requiere la cesación de los partidos, como pidiera Bolívar en proclama testamentaria con otra de sus humanas equivocaciones. Tampoco, claro, es lo que debe hacerse políticamente en Venezuela una federación de partidos, esquema que ya se probara, sin éxito, en la especie extinta de la Coordinadora Democrática y con muy bajo rendimiento en el esquema de unidad de candidaturas para el 23 de noviembre de 2008. El neocortex no es el agregado de una docena de Complejos R. Se trata de una estructura nueva, y puede decirse que la persistente ebullición de la creatividad política actual terminará creándola, terminará superponiéndola a lo que hoy vemos funcionando.

Más de uno ha especificado, con más o menos alguna precisión, segmentos de su genoma. Por ejemplo, que una “sala situacional” sería necesaria. Se la predica, incluso, con urgencia llena de explicable angustia. Visto que no hay cesación de arremetidas gubernamentales, la inquietud crece, y el tema de las salas situacionales se puso dramáticamente de moda cuando el Presidente de la República saludó y agradeció a decenas de miembros de la que funciona en Miraflores, al ganar su proposición de enmienda (no confundir con propósito de enmienda).

Pero no existen las salas situacionales aisladas, pues necesitan un cliente: el agente de decisión para el que operan y les da sentido. Sería como trabajar solamente en el diseño de un quirófano cuando lo que se requiere es el plano de un hospital entero. Esto no obsta para que quienes saben lo que es una sala situacional y podrían concebiblemente establecerla u operarla vayan pensándola, pues la estructura final probablemente exhiba arquitectura modular y aquélla sería uno de los módulos que la compondrían. (Es el mismo Kevin Kelly quien señala una mutación estratégica en los cultores de la robótica. Sus primeros intentos eran ambiciosos: pretendían nada menos que lograr un robot que imitase, de una vez, a un ser humano. Ahora proceden con el desarrollo de circuitos simples pero exitosos, que con otros de función distinta podrán componer más adelante un sistema más complejo). Por otra parte, la decisión metapolítica de transplantar un órgano nuevo o, más todavía, la de procrear un organismo enteramente nuevo, no debe ser sino estratégica, jamás respuesta táctica a una estrategia que se nos opone. Aunque Chávez no tuviera una, sería aconsejable contar, si se quiere hacer política moderna, con una sala situacional.

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La raíz del asunto, sin embargo, es paradigmática, y esta circunstancia lo hace peculiarmente difícil. Tardó tiempo para que Arturo Úslar Pietri comprendiera el problema. Aunque se le propusiera la idea a comienzos de 1985, no fue sino hasta octubre de 1991 que escribiera en El Nacional: “…de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta”. Y añadía, delatando que no tenía solución para el problema: “Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación”. Y eso que no vivió lo suficiente para contemplar el despliegue del anacronismo chavista.

El caso es, entonces, el concepto mismo de la política. Se la entiende como combate por el poder—el antropólogo Rafael Rengifo indica que esta última noción es supuesta como una entidad asible, determinada como cosa en el tiempo y el espacio—y debiera ser entendida como la profesión de resolver problemas de carácter público. Esto tan simple es un profundo cambio paradigmático; los cambios de esta clase no son de la totalidad de un discurso, sino de una o unas pocas premisas que lo reorganizan en configuración diferente. (El judío de Ulm, Alberto Einstein, que subsumió a Newton encaramándose sobre sus anchos hombros, dedujo su revolucionaria teoría de la gravitación de sólo tres premisas inusuales).

El inventor del sentido más frecuente hoy del término paradigma, Thomas S. Kuhn (The Structure of Scientific Revolutions), sabía que uno nuevo, aun cuando sea muy superior al prevaleciente, provoca empecinadas resistencias. De hecho, dijo que el nuevo paradigma llegaría a entronizarse definitivamente cuando murieran quienes sustentan las concepciones más antiguas.

Una cierta forma de hacer política—reptiliana: agresiva, territorial, ritual, jerárquica—está muriendo ante nuestros ojos. (¿Cómo puede ser uno territorial en Internet? ¿Quién es su jefe?) El anacrónico experimento de Chávez representa los últimos estertores de una política vieja que agoniza. Es la política del poder, que él lleva a su exacerbación; es la autodefinición política sobre un eje izquierda-derecha que ya no existe, a pesar del último pataleo de Bernard Henri-Lévy. (Left in Dark Times, 2008).

Pero es la muerte de gigantes, sin los que nunca hubiéramos divisado la tierra prometida. Como tales ¿por qué tendrían que sentirse mal por haber sido enormes e indispensables? Ellos construyeron las posibilidades que hoy tenemos.

No se justifica entonces que entorpezcan el progreso, pretendiendo que lo que hacen, cada vez de eficacia menor, es lo único posible. Nos deben la libertad de crear, como ellos mismos en su momento lo hicieron, una cosa distinta.

luis enrique ALCALÁ

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