Cartas

En su primera alocución presidencial al país desde el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, todavía en febrero de 1999, Hugo Chávez hizo la primera de sus promesas de austeridad. Entonces no sufría de elefantiasis discursiva. La alocución no fue demasiado larga, pero lo suficiente como para condenar ante el país televidente de esa noche, y la concentración de personalidades en la sala, la propiedad pública de activos excesivos como automóviles, algunos blindados—ofreció uno en venta a Marcel Granier, amenazándole de modo poco velado—, y aviones. Todavía no había pasado por su apetito el antojo del Airbus A319CJ, su avión, por el que Venezuela invirtió 172 millones de bolívares de hoy si CADIVI le autorizara, que lo haría, 80 millones de dólares a la tasa de 2,15 (172.000 millones de aquellos a los que estuvimos acostumbrados desde el inicio del control de cambios, hacen ya seis años). Es bueno leerlo con guarismos: Bs. 172.000.000.000. Es como si el presidente Chávez se hubiera ganado el equivalente de 57 billetes del Kino Táchira únicos el domingo pasado, y los hubiera cambiado por un avión.

Ahora dice: “Se prohíbe el gasto suntuario o superfluo en el sector público nacional: primero, la adquisición de servicio de telefonía celular y de discado directo internacional, así como el uso de Internet; hay que cuidar lo que se tiene y revisarlo bien, y ver dónde hay exageración: por ejemplo, en el uso de teléfonos celulares”. Reporta María Lilibeth Da Corte en El Universal: “Chávez dijo que en Miraflores tenían la costumbre de dar relojes o arreglos florales en cumpleaños y en tono jocoso comentó que ahora recibirán una felicitación firmada por él”.

Ahora dice: “Cuidado con las tarjetas de crédito; todo eso tiene que ser recogido, revisado, rectificado. Así como la adquisición y alquiler de vehículos ejecutivos”.

Ahora dice: “Prohibido asignación de misiones oficiales al exterior: sólo con la autorización del Vicepresidente Ejecutivo y previa exposición de motivos que justifique tal aprobación, solo así podrá cualquier funcionario del gobierno estar haciendo asignaciones de misiones al exterior”.

Ahora dice: “Material promocional, publicidad y publicaciones que no se correspondan con las actividades que cumplan ese órgano o ese ente; todo eso queda prohibido”. (Ya no más, es de suponer, gigantografías con su efigie para propósitos de culto personal en, por ejemplo, las paredes exteriores de las distintas sedes del SENIAT, ni publicidad electoral, que no se corresponde con las actividades que debieran cumplir los entes de la administración pública. ¿Será por esto que las elecciones de concejales han sido diferidas?)

Ahora dice (se traduce aquí de nota de Associated Press): “Debemos poner fin a los megasalarios, a los megabonos”. Y añade: “Quien quiera ser rico que se vaya a otro lado”. Y vive del aire. Según explicó, gana 2.800 bolívares al mes. La mitad de ese sueldo lo envía a la hija menor (las demás tampoco comen), y la otra mitad es convertida en becas para niños pobres. Es el gobierno entero el culpable de boato innecesario, salvo él, que es un sacrificado.

Ahora dice: “Luchemos contra eso sin descanso, a la raíz de la vieja cultura del derroche y el gasto irresponsable; ahorremos hasta el ultimo bolívar que debe ser para solucionar y ayudar tantos problemas de la gran deuda social que nos dejó todo el pasado capitalista neoliberal”. (¿Es que no forman parte del pasado los diez años que ya lleva mandando?)

Hugo Chávez ha necesitado que se desate y desarrolle una crisis económica y financiera de magnitudes planetarias inusitadas, que se estreche gravemente el ingreso del fisco nacional, para firmar un decreto que debía desde hace diez años. Le tomó cuatro años y medio darse cuenta del tamaño de “la gran deuda social que nos dejó todo el pasado capitalista neoliberal”. Fue en 2003, cuando enfrentaba la posibilidad de perder su cargo por revocación, cuando inventó las misiones que comenzarían a pagar esa deuda. Cinco años y medio después, a los diez de su primera y antepenúltima toma de posesión, es cuando llega a pensar que su administración pudiera tener un problema de gastos suntuarios o superfluos. (¿Será que pasa tanto tiempo fuera del país que, en cuanto llega, tiene que ocuparse del análisis de los proyectos de magnicidio en su contra y no pudo percatarse hasta ahora del desperdicio presupuestario?)

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En su campaña de 1998 Hugo Chávez fustigó a todo el pasado político venezolano por corrupto, y esto fue una de las coartadas de su abusiva intentona de 1992. Pero todavía en 2006, el día que inscribió su candidatura a su primera (y última) reelección, formuló su pretensión como una petición a los electores: que le ayudaran a “continuar la lucha contra la corrupción”. Tres años más tarde se despereza y comienza a estirar su musculatura anticorruptelas con la presentación de una nueva coartada. Y justifica así la centralista deglución de puertos y aeropuertos estadales: “Ahora tenemos un reto nosotros, recuperarlos para ponerlos eficientes y más eficientes al servicio de la causa nacional; y para acabar en estos espacios con lo que ya dije: mafias, ladrones, traficantes, contrabandistas, etcétera. ¡Lucha a muerte contra las mafias enquistadas y contra los viejos vicios! Eso es el reto que tenemos por delante”. (La corrupción sólo existiría donde perdió las elecciones en noviembre pasado).

A comienzos de 2007, cuando se aprestaba a dar uno de sus zarpazos, esta vez contra la telefonía privada con la estatización de la CANTV, Chávez puso a Jesse Chacón, su peón más empleado, a propalar una falsa razón de la medida. (Venía de explicar a unos cuantos presidentes sudamericanos, en Brasil, que se iba a ver forzado a estatizar la empresa, porque era estratégica y porque grababan sus conversaciones). Chacón adujo que “la falta de cobertura en gran parte del país es producto de la posición del dominio del principal operador, que ha limitado con prácticas restrictivas la entrada de nuevos operadores”. En el papel y disfraz de Ministro del Poder Popular para las Telecomunicaciones, Chacón acusó a la CANTV de impedir la libre competencia, sin que esto se demostrara jamás. (Procompetencia nunca procesó un expediente en tal sentido y, en cualquier caso, si la CANTV era algo cercano a un monopolio ¿qué es ahora en manos del Estado?)

Pero este modo falaz no es nuevo. Una de sus reiteradas explicaciones, cuando intenta defender su infeliz ocurrencia del 4 de febrero de 1992, es que el frustrado levantamiento de esa fecha se produce como rectificación “bolivariana” de los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989. La lógica chavista procede más o menos de este modo: primero, Simón Bolívar había señalado que un ejército sería maldito si enfilaba las armas contra su pueblo; segundo, Carlos Andrés Pérez ordenó al ejército venezolano enfilar sus armas contra el pueblo en 1989; tercero, en consecuencia, la asonada del 4 de febrero no fue otra cosa que el castigo merecido por el pecado perecista. Eso es mentira. Mentira dicha con el mayor desparpajo, con el mayor irrespeto por la inteligencia y la memoria de ese pueblo que él dice defender. Durante su breve prisión en el penal de Yare, cuando no preveía aún el posterior desarrollo de los acontecimientos y por tanto se encontraba algo descuidado, Hugo Chávez Frías admitió que el grupo que encabezó el intento de golpe de Estado de 1992 llevaba muchos años conspirando, por lo menos seis años antes de que se produjeran los disturbios de 1989, la excusa que después ofreciera como explicación.

Esto es la constante y característica principal de la dominación de Chávez: la falta de apego a la verdad, la ligereza para difamar, el cinismo de sus explicaciones. En dos platos: Hugo Chávez—y con él unos cuantos de sus personeros—es un mentiroso contumaz.

Y su mentira favorita es la difamatoria. No puede haber, dice, cinco millones de ricachones en Venezuela, y sólo quien fuera ricachón pudo haber votado contra su capricho continuista el 15 de febrero. Por tanto, es su astuta deducción, la mayor parte de la votación contraria se debe al engaño de millones por parte de unos medios ricachones (uno en particular, aunque su audiencia no pase de 6%) que manipulan la verdad.

¿Puede creerse, entonces, a quien negara inclinaciones socialistas ante una pregunta directa en una reunión con hombres de negocios de la ya lejana campaña de 1998? (Chávez negó tenerlas, y contestó que no era socialista sino bolivariano). ¿Qué puede sacarse en claro del siguiente intercambio (año 2000) con El Mundo de España? “Presidente, ¿es usted comunista? No tengo nada de comunista, pero respeto el comunismo, porque los comunistas no son esos diablos que siempre nos han dicho que eran. Son gente que quiere la justicia social, como yo”.

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“La duración”, señalaba Anne Morrow Lindbergh, “no es una prueba de verdad o falsedad”. Una década de dominación chavista no convierte en verdaderos sus argumentos.

Y una conducta típicamente asociada al mentiroso es la evasión. Chávez sabe eludir los debates incómodos, evita la confrontación argumental con quienes pueden revolcarlo. Alude sarcásticamente con indirectas, por ejemplo, al Editor del diario Tal Cual, Teodoro Petkoff, pero no se atreve a enfrentarlo o siquiera a nombrarlo. Sabe que saldría muy mal parado. No se le ocurriría debatir con Fernando Egaña, prefiere ignorar lo que denuncia Argelia Ríos, ni de casualidad comenta lo que aquí se escribe y le llega.

De resto, desempeña el papel de valiente, de héroe valeroso que se enfrenta, con el pecho desnudo (tras el chaleco antibalas), al mayor de los contendores, el imperio, y sale airoso ante conspiraciones regionales separatistas.

Pero no tiene el valor de debatir; sólo el de imponer por la fuerza, con gas del bueno, lo que es incapaz de fundar sobre la razón.

luis enrique ALCALÁ

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