Fichero

LEA, por favor

Irving Stone (1903-1989) explotó como nadie el género biográfico en forma novelada. Dos de sus novelas biográficas, o sus adaptaciones, llegaron al cine. En 1956 Kirk Douglas representó a Vincent Van Gogh en Anhelo de vivir, una película basada en un libro de Stone del mismo nombre. Más famoso filme fue La agonía y el éxtasis (1965), en el que Charlton Heston interpretó a Miguelángel y Rex Harrison al papa Julio II. Como era característico en el escritor, la obra sobre la que se basó la película fue meticulosamente documentada: no sólo vivió Stone varios años en Florencia y en Roma, donde trabajó incluso como aprendiz de escultor, sino que hizo traducir del italiano al inglés 495 cartas del genio renacentista, encargando la tarea a Charles Speroni, Profesor de Italiano en la Universidad de California en Los Ángeles. El gobierno italiano confirió a Stone varias distinciones honoríficas por su contribución al conocimiento del Renacimiento en Italia.

Entre las casi dos decenas de novelas biográficas escritas por Stone se encuentra Pasiones del espíritu, su biografía de Sigmund Freud. La Ficha Semanal #259 de doctorpolítico se construye con algunos extractos traducidos de la versión original inglesa: Passions of the Mind, Doubleday, 1971.

La presentación que Stone hace de Freud nos habla de un hombre tenaz e intelectualmente honesto, que debió pagar años de incomprensión a causa de su fidelidad a los hallazgos de su ciencia, la que inventó prácticamente solo en una Viena mojigata en la que, por fortuna, todavía no se había instalado oficialmente el antisemitismo a fines del siglo XIX y principios del XX. Es una trayectoria, no obstante, que culmina en triunfo.

La historia en Pasiones del espíritu, pues, es la de las dificultades que todo pionero confronta, que todo profeta debe pagar si no puede callarse, y es una maqueta de los obstáculos que debe superarse si se quiere innovar en materia política.

En una de sus novelas (Overload, 1979), Arthur Hailey inventa al vicepresidente de la ficticia compañía de suministro eléctrico Golden State Power and Light, Nimrod Goldman, quien sufre como Freud por haber pronosticado con bastante antelación y mucho rechazo una falla mayor de energía en California. Goldman recibe una lección de la dama parapléjica a la que ama, quien le enseña la postura correcta que debe asumir, cuando llegue la hora de su reconocimiento, en un poema con ecos de Omar Khayyám que escribe para él. He aquí una traducción apresurada:

El dedo móvil a veces retrocede / No para escribir de nuevo sino para releer: / Y lo que una vez fue desechado, objeto de ridículo, / Puede, en la plenitud de una luna o dos, / O incluso años, / Ser aclamado como sabiduría / Dicha francamente tan temprano, / Necesitada de valor / Para enfrentar la maledicencia de otros menos perceptivos, / Aun abrumada de diatriba. / Querido Nimrod! / Recuerda: Un profeta es rara vez elogiado / Antes del ocaso / Del día cuando por primera vez proclama / Verdades desagradables. / Pero cuando tus verdades / Se hagan obvias con el tiempo, / Su autor reivindicado, / Sé, en ese momento de cosecha, clemente, piadoso / Amplio de mente, con propósito grande, / Y que la contrariedad de la vida te divierta. / Porque no son a todos, sólo a los pocos, / Los dones présbitas—larga visión, claridad, sagacidad— / Por suerte, con la lotería del nacimiento, / Conferidos por la atareada naturaleza.

El padre de un amigo solía decir: “Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón”.

LEA

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El precio de la profecía

“Te aconsejaría ir poco a poco, Sig; sé discreto. No arriesgues la ridiculización de Viena con tu idea de la histeria masculina. Lo único que puedes es hacerte daño”.

Sigmund caminaba nerviosamente por el cuarto.

“Pero Josef, ¿tú no me estarás pidiendo que abandone lo que he aprendido?”

“Usa tu intuición y tu adiestramiento en tus pacientes. Construye primero un portafolio de pruebas”.

“Una vez que mi traducción de Charcot aparezca en alemán el material definitivo estará disponible para que todos lo lean. Estaré comprometido”.

Breuer negaba con la cabeza, vacilante. “Leerán la neurología de Charcot con gran respeto; y cuando lleguen al material sobre la histeria masculina lo desecharán como el pecado venial pasajero de un gran científico. Y en cuanto a tu parte en el libro, estás traduciendo, no abogando”.

“Josef, estoy planeando escribir sobre el tema para mi conferencia en la Asociación Médica…”

“¡Entonces no lo hagas! Es demasiado peligroso. Los escépticos sólo pueden ser convencidos a su propio ritmo, no al ritmo del proselitista”.

(Discusión de Breuer y Freud). Pág. 199.

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“Sigmund, el adversario que más te combate es el que está más convencido de que tienes razón”.

(Theodor Meynert a Freud). Pág. 336.

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Breuer negaba con la cabeza. “No. No tenemos un vocabulario para describir lo que estamos encontrando. No tenemos mapas ni aparatos… porque los viejos son irrelevantes”.

(Breuer a Freud, cuando éste le decía “Hemos descubierto verdades universales acerca de la mente inconsciente y sobre cómo descarga la histeria. ¿Es que cincuenta casos concienzudamente investigados no son tan reveladores como cincuenta láminas de patología estudiadas con el microscopio?”  Freud pujaba para que Breuer se atreviera a la publicación conjunta de sus hallazgos, que lo eran más de Freud que de Breuer). Pág. 354.

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“Creo que mis servicios y obligaciones para con un paciente se han completado una vez que he revelado el significado escondido y secreto de sus síntomas. La cura reside en ese mismo acto. Realmente no es mi responsabilidad si acepta mi diagnóstico o no, aunque por supuesto no habrá cura a menos que lo acepte. Por tanto, para mí es urgente que ella crea en mi solución y trabaje fielmente con mis indicaciones. Si los dolores son la culpa de Emma obviamente no soy yo el culpable; por tanto, ella ha fracasado en su propia cura y no soy responsable de ninguna parte del fracaso”.

(Freud comentándole a Martha un sueño que había tenido y que relacionaba con una paciente renuente a aceptar su diagnóstico y su tratamiento). Pág. 407.

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“Freud, fuimos juntos a la Escuela de Medicina, trabajamos juntos en los laboratorios durante años, he admirado tu trabajo sobre parálisis en niños. Es por eso que te pido: no publiques tu conferencia. Eso te causará un daño irreparable. Perderás el respeto que ahora se tiene por ti. Tanto Kraft-Ebing como yo creemos que estás yendo demasiado rápido y tomando demasiados riesgos. Deberías trabajar varios años más, acumular evidencia adicional, probar tus hipótesis, erradicar la posibilidad de error”.

Sigmund se sentía mal. Estudió los rostros de los dos hombres exitosos que tenía delante.

Kraft Ebing añadió con suavidad, “Hemos desarmado tu conferencia pieza por pieza, y estamos convencidos de que cometes un error fundamental con tu concepto de ‘sexualidad infantil’. Es completamente repugnante a la naturaleza humana. Te encarezco, mi querido Freud, que no permitas que tu creencia se lleve por delante las evidencias que hasta ahora has encontrado, como lo hiciste en tu conferencia. No abandones los precisos métodos de la ciencia a la que has dedicado tu vida. Una publicación prematura dañaría más que tu reputación”.

Sorprendido, Sigmund preguntó, “A quién más dañaría?”

“A la Escuela de Medicina. Rundschau se lee mucho. Podrías hacer un gran daño a tu universidad”.

(Wagner-Jauregg y Kraft-Ebing, tratando de convencer a Freud de que no publicara su conferencia sobre la etiología de la histeria). Págs. 426 y 427.

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Como era poco probable que fuese invitado de nuevo a hablar ante alguna sociedad médica, y la publicación de su conferencia había conducido, en sus propios términos, “a la ruptura de la mayor parte de mis contactos”, preguntó a un viejo conocido de su padre en los negocios acerca de un grupo con el que pudiera discutir sus descubrimientos.

“¿Dónde puedo encontrar un círculo escogido de personas de carácter que me reciban amigablemente a pesar de mi temeridad?”

El hombre mayor respondió: “El B’Nai Brith es un sitio donde se encuentran hombres de ese tipo. Pero para el propósito de la reunión a que te refieres, te recomiendo a los jóvenes del Círculo Académico de Lectura Judío”.

Cerca de treinta jóvenes se reunieron en el salón del club en la Ringstrassen Haus en una noche de sábado. Nada sabían de lo que Sigmund denominó “los primeros atisbos en las profundidades de la vida instintiva del hombre” ni habían oído jamás acerca de la estructura arquitectónica de la mente inconsciente. Escucharon con fascinado respeto y luego hicieron preguntas que indicaban que, aunque sólo comprendían elementalmente lo que el Dr. Sigmund Freud tenía que decir, estaban ansiosos por saber más.

(Esta conferencia fue dictada por Freud a un público no iniciado luego de las primeras represalias de sus colegas. “Sus pacientes referidos por otros doctores se desvanecieron por completo, como si hubiera sido puesto en una lista negra. No venían los pacientes del Allgemeine Krankenhaus, del Instituto Kassowitz ni de los doctores que se los enviaban antes”). Pág. 430.

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La conferencia fue anunciada en el Neue Freie Presse  y generó considerable interés. Por la mañana del día de la conferencia llegó una carta expresa a la Berggasse. Excusándose, el vocero de la Sociedad Filosófica explicaba: se había filtrado algo acerca del contenido de la conferencia del Dr. Freud; algunos de los miembros, los hombres, no las mujeres, habían objetado. ¿No podría el Dr. Freud ser tan considerado como para comenzar con casos y ejemplos inofensivos, no sexuales? Luego, cuando llegase al material que algunos pudieran considerar ofensivo, no podría él anunciar, tan delicadamente como fuese posible, que se disponía a detallar ciertos asuntos objetables; y luego esperar unos instantes, en silencio por supuesto, “durante los cuales las damas pudieran abandonar el salón?”

Canceló la conferencia con una nota tan indignada que casi quemaba el papel. Martha preguntó: “¿No podrías haber disertado sobre la psicopatología de la vida cotidiana? Tú mismo has dicho que ése es el camino fácil hacia el inconsciente, y hay muy poco material sexual en el libro”.

“Sí hubiera podido, si para empezar me hubieran pedido esa conferencia. Pero después de que he presentado el cuerpo principal de mi obra, declarar noventa por ciento de ella indecente o reprensible sería admitir que estoy haciendo algo malo. Si estos hombres creen que los oídos de sus mujeres son demasiado delicados para oír acerca de la vida sexual de Homo Sapiens prefiero retirarme de su plaza de toros”.

“Si tuvieras que elegir” le echó en cara Minna, “¿qué preferirías ser, el matador o el toro?”

“En cada corrida salgo gloriosamente ataviado como el matador, pero al final de la prueba de algún modo me he transformado en el toro con la espada en el lomo, dobladas mis rodillas en la arena”.

(Freud comentando su frustración amargamente ante su mujer y su cuñada, pues hacía cinco años, desde la conferencia ante la Sociedad de Psiquiatría y Neurología, que no recibía invitaciones. La que le hizo la Sociedad Filosófica le había alegrado enormemente, sólo para que la conferencia nunca se llevara a cabo). Pág. 517.

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Esa noche Sigmund se sentó en su estudio y escribió a Fliess con sarcasmo:

“El Wiener Zeitung no lo ha publicado todavía, pero las noticias se han regado desde el Ministerio. ¡El entusiasmo público es inmenso! Las felicitaciones y los ramos de flores continúan lloviendo, como si el papel de la sexualidad hubiera sido reconocido súbitamente por Su Majestad, la interpretación de los sueños confirmada por el Consejo de Ministros, y la necesidad de la terapia psicoanalítica de la histeria aprobada por una mayoría de dos terceras partes del Parlamento. Obviamente, vuelvo a tener buena reputación, y mis más tímidos admiradores ahora me saludan desde lejos en la calle”.

Uno de los primeros en aparecer fue un efervescente Wilhelm Stekel. Su cara resplandecía de orgullo. Sigmund se sintió conmovido.

“¡Excelencia! Ahora que usted es el Profesor Sigmund Freud en vez de un simple e inferior Dozent, ¿no habrá llegado el momento de llevar a cabo su plan de formar su propio grupo? Creo que usted lo llamó un seminario, un círculo de gente interesada en el psicoanálisis…”

(Después de largos años Freud había sido nombrado Profesor, distinción que en el Imperio Austro-Húngaro era conferida por el propio Emperador. En la campaña final fue ayudado por la presión a su favor de la Baronesa von Ferstel, a la que había curado). Pág. 536.

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“Con todo, es mejor que ser ignorado. Es tradicional atacar salvajemente aquello que uno más teme”.

(Freud a Stekel). Pág. 562.

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“La herejía de una generación es la ortodoxia de la siguiente”.

(Freud a Jung). Pág. 563.

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“Para las decisiones sin importancia busca en tu mente consciente. Para las grandes decisiones de tu vida, deja que domine tu mente inconsciente. De esa forma no te equivocarás”.

(Freud a Theodor Reik, que le pedía consejo sobre su matrimonio y su vida profesional). Pág. 721.

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Desde el Armisticio la Sociedad Psicoanalítica Internacional había crecido tremendamente; ahora tenía doscientos treinta y nueve miembros, de los cuales ciento doce habían asistido al Congreso, con la adición de otros ciento cincuenta interesados. Once miembros habían hecho el viaje desde América, treinta y uno de Inglaterra, noventa y uno de Berlín, un testimonio del trabajo hecho por Karl Abraham, Max Eitingon y luego Hanns Sachs y Theodor Reik en el centro de adiestramiento. A pesar de la continua oposición y adversidad, veinte miembros habían venido desde Suiza. Mirando al gran salón y recordando los desafortunados quebrantos en el Congreso de Munich de hacía una década, Sigmund reflexionaba:

“Tenemos la cantidad y la fortaleza para sostenernos. ¡Hemos llegado! Puede que perdamos miembros a lo largo de los años, por razones relevantes o irrelevantes; pero estamos tan firmes sobre nuestros pies como cualquier sociedad psiquiátrica o neurológica”.

El psicoanálisis había llegado para permanecer.

(Congreso de Berlín de 1922). Pág. 764.

Irving Stone

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