Cartas

El título de este artículo es la transliteración al alfabeto romano del cirílico Что делать, que dice en ruso: ¿qué debe hacerse? o ¿qué debemos hacer? Sirvió primero como título de una novela políticamente radical, escrita en prisión por Nikolai Chernyshevsky. Completada en 1863, increíblemente pasó los filtros de la prisión e, incluso, fue recuperada por la policía zarista una vez que el censor de la revista Sovermennik anunciara en la gaceta policial que había extraviado el manuscrito en un coche de alquiler. La policía del Zar, por supuesto, no leyó el texto que procedió a encontrar, y así sirvió de cómplice involuntario en la publicación de un libro extraordinariamente subversivo.

La obra fue criticada por Dostoievsky y por Tolstói (quien escribió un panfleto argumentativo con el mismo título), pero se convirtió en un clásico entre los socialistas y anarquistas europeos hasta que, finalmente, el mismísimo V. I. Ulianov, o Lenin para los íntimos, escribiera su propio panfleto político y preguntara de nuevo (1902): ¿qué debemos hacer? Éste es el libro del que Hugo Chávez pretende entregar un ejemplar a Barack Obama, después de haberle obsequiado el obsoleto Las venas abiertas de América Latina. (Debe ser para que el Presidente de los Estados Unidos entienda su socialismo del siglo XXI a partir del socialismo soviético del siglo XX, para ver si se empata).

Es ésa—¿qué debe hacerse?—la misma pregunta que se hacen muchos venezolanos, especialmente quienes ejercen o quieren ejercer, eficazmente, oposición al régimen político encabezado por ese mismo Chávez. Algunos, más aún, creen—creemos, para ser sinceros—tener la respuesta a esta cuestión. La semana pasada, se daba cuenta acá de cómo hay quienes creen que ella es la formación de una nueva organización, bajo la premisa de que la oposición formal expresada en los partidos aliados en la Mesa de la Unidad no sería capaz de capitalizar el creciente deterioro del gobierno en materia de apoyo político a su favor (lo que no es, ni con mucho, la única razón válida para proponerla). Una de las corrientes de tal convicción sostiene que la alternativa a esos partidos es un “movimiento social”.

Quien escribe tuvo oportunidad de escuchar directamente este último planteamiento de boca de su vocero más connotado: un joven político profesional, a quien un trabajador de la opinión pública preparó el terreno mediante una hora de interpretación de datos procedentes de encuestas diversas. Y comoquiera que este último, con no poca indignación, preguntó más de una vez “¿por qué no puede discutirse estas cosas públicamente?”, como si alguien se lo impidiera, en lo que sigue se procederá a disecar su análisis y la descripción del “movimiento social” que después hizo el político para el que trabaja. Esta discusión no les identificará, para ceñirse exclusivamente a lo que fueron los componentes de su tesis.

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El encuestólogo y prologuista ofreció como premisa inicial la siguiente declaración: “Apartando el 2 de diciembre de 2007, nunca hemos sido mayoría”. Y ese plural de la primera persona gramatical no necesitaba ser explicado; aquello a lo que ese implícito “nosotros” se refería era a quienes se oponen a Chávez y, más específicamente, a la audiencia que tenía por delante mientras hablaba. Ése es el conglomerado que entiende como determinante, ésa sería la clientela que esperaba sus palabras.

Tal óptica no es nueva; desde que Chávez asumió por vez primera la Presidencia de la República, en los inicios de 1999, el resto de las iniciativas políticas ha optado por entenderse como mera oposición a Chávez. En terminología relativamente reciente, se la nombra como “comunidad opositora”. Un artículo en el diario El Nacional aducía poco después de la derrota de Manuel Rosales en las elecciones presidenciales de 2006: “La votación que el CNE le adjudicó al candidato opositor es importante, siempre y cuando éste sepa ejercer el liderazgo del antichavismo…” (Felices perdedores, 12 de diciembre de 2006). Exactamente ese mismo día, un análisis que circuló privadamente se expresaba en términos como los siguientes (se subraya un cierto término repetido insistentemente):

La oposición… decidió no participar en las elecciones legislativas… la Oposición ya había perdido sus Gobernaciones y Alcaldías… para una parte importante de la Oposición el contrincante mayor no era Chávez, era el CNE… Muchos pensaban que la oposición era mayoría… la ausencia de la Oposición de la contienda electoral… La Oposición se debatía entre el método de escogencia del candidato único y la campaña por condiciones… Muestra un liderazgo indiscutible en la oposición durante la campaña… Se ganó al lograr la unidad de toda la oposición… Que la oposición es minoría… ¿Cuál es el estado de la oposición un día después?… La Oposición amanece como un conglomerado nacional de importante magnitud… no desperdiciar esfuerzos en combatir a la oposición desde la oposición misma…

He allí la falla de origen de la inmensa mayoría de los planteamientos políticos distintos del chavismo: que sólo atinan a definirse como antichavistas. Desaparecido Chávez, dejarían también, entonces, de tener sentido sus existencias. Ésa es la misma falla de origen de la iniciativa que acá se discute.

Una nueva acción política que quiera ser viable no puede pensarse como oposición a Chávez; es preciso que procure superar el actual estado de cosas por superposición, por salto a un nivel superior de la política. (A fin de cuentas, el régimen de Chávez no es otra cosa que la exacerbación oncológica de una política que no inventó él: la política de poder posicionada en algún punto del eje decimonónico de izquierda y derecha). La refutación de Chávez debe venir, para usar términos evangélicos, por añadidura, nunca como única justificación.

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Luego de iniciar su presentación desde esa perspectiva equivocada—que reiteró a lo largo de aquélla—el encuestólogo que hacía la cama a su cliente procedió a instruir a los circunstantes con interpretaciones harto conocidas, presentadas como si nunca hubieran sido pensadas. Por ejemplo, que la aceptación de Chávez había sido alta porque ponía énfasis en la agenda social: salud, alimentación y educación, principalmente; esto es, por las famosas “misiones”. En cambio, la oposición se habría concentrado en la agenda política: la libertad, la crítica a la corrupción y el militarismo, la defensa de los presos políticos y el derecho de protesta, etcétera. Allí estaría la clave de la diferencia en el desempeño del régimen y el de la oposición, entre el oficialismo y “nosotros”.

Pero esto es, obviamente, una necedad. Los partidos de oposición no tienen cómo establecer un Mercal competidor, ni módulos equivalentes a los de Barrio Adentro, por un lado (no son gobierno); por el otro, la oposición formal ha sido muy cuidadosa de no atacar a las “misiones”, y hasta entendió que en la campaña de 2006 debía prometer programas “sociales”. (No otra cosa era la oferta de la “tarjeta Mi Negra” por Manuel Rosales, en evolución de la noción petkoffiana de un “cesta-ticket petrolero”). Y tampoco es que el gobierno no haya tenido una agenda política. ¿Qué fue, entonces, la Asamblea Constituyente de 2009? ¿Qué han sido las innumerables elecciones y campañas? ¿Qué era, entonces, la Batalla de Santa Inés, sino la campaña de Chávez contra su revocación en 2004? ¿Qué ha sido su incesante prédica socialista o los ataques a los medios de comunicación (al menos desde 2001)? ¿Qué fue entonces la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario y las restantes cuarenta y ocho leyes decretadas por Chávez en 2001 con el poder de una ley habilitante? ¿Qué es su política exterior si no precisamente eso, política? Decir que Chávez le gana a la oposición formal porque su agenda es social y la de los contrincantes es política resulta ser un simplismo abismal.

Sostener eso, por otra parte, es partir de la impresión, equivocada, de que el insólito y prolongado apoyo popular a Chávez sólo tiene una raíz clientelar, utilitaria, en desconsideración o ignorancia del hecho de los intensos lazos afectivos que ha sabido establecer, de la sensación de presencia y reconocimiento de quienes se han entendido como excluidos o discriminados, de su sintonía con tesis de moda como la multipolaridad planetaria o la democracia participativa, del aprovechamiento de fenómenos como el fracaso del Consenso de Washington y la más reciente crisis financiera.

Pero, además, la simplista explicación del éxito de Chávez no duró consistentemente en la exposición del asesor retained por el político que hablaría después. Expuso una caracterización del fracaso opositor en el intento revocatorio de 2004 como un “salto al vacío”. En él se habría fracasado porque la oposición no acertó a poner en escena a una “contrafigura de Chávez”—explicación parcial posiblemente correcta—y, sobre todo (fue en lo que más insistió), porque el documento del llamado “Consenso-País” de la Coordinadora Democrática no fue suficientemente promovido o publicitado, porque no se imprimió y repartió una cantidad suficiente de ejemplares entre la población, porque no se hizo con él una campaña publicitaria con pegada. Es decir, desapareció de esta teoría la previa explicación de la agenda social del gobierno, las “misiones”, que precisamente arrancaron en 2003 cuando el gobierno se vio enfrentado al referéndum revocatorio, y que recibieron no menos de 5.000 millones de dólares durante su primer año.

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Otras cosas dijo el encuestólogo asesor que querían causar un efecto preparatorio pero eran, por decir lo menos, inexactas. Por ejemplo, afirmó que los electores no alineados (los vilipendiados Ni-ni) habrían venido a la existencia a partir del “carmonazo”. Bueno, los electores que llegaron a conformar hasta 70% de intención de voto por Irene Sáez, ya en 1996, no querían nada con partidos, ni de izquierda ni de derecha (Ni-ni), y la encuestadora Gaither registraba en agosto de 1984 que 43% de sus consultados no identificaba un mejor partido entre las opciones AD, COPEI, MAS y Otros (Ni-ni-ni-ni). Para esos momentos, Gonzalo Barrios alertaba sobre la posibilidad de un outsider como candidato presidencial exitoso (en portada de la revista Auténtico), y la encuestadora Datos medía la preferencia de casi sesenta por ciento de sus entrevistados por un candidato que no viniera de los partidos en 1986.

Sin embargo, y a pesar de una crítica insatisfactoriamente explicada a los partidos—“la población los rechaza por sus errores”—parecía ser su preocupación más apasionada la opinión, presuntamente entorpecedora, de Teodoro Petkoff. La discordia se centraba sobre dos temas: la tarjeta única opositora para las elecciones de Asamblea Nacional y la celebración de elecciones primarias de la oposición como método de arribar a las candidaturas que todos debieran apoyar. El expositor acusaba a Petkoff de querer silenciar la discusión pública de estas cuestiones. (“¿Por qué no se puede discutir públicamente estas cosas?”, insistía en preguntar en tono indignado).

Desde esta publicación se lee con atención (sin aprobarlos enteramente), entre muchas otras fuentes, los editoriales de Petkoff en Tal Cual (que precisamente son su participación en la discusión pública de estas cosas; mal puede endilgársele que impide esa discusión pública cuando él mismo discute de la manera más pública posible). Lo que esta carta ha entendido que Petkoff señala respecto de la discusión de la tarjeta única es que se requiere una operación previa: la determinación de los candidatos únicos; es decir, que no se ponga la carreta delante de los caballos.

Luego, en cuanto a las elecciones primarias, Petkoff las acoge como un posible método que pudiera ser empleado según los casos concretos, junto con el método consensual y el de la guía de las encuestas.

Y esto debe tener como base—es suposición no autorizada que esta publicación hace sobre el razonamiento de Petkoff—la constatación de que estado por estado y circuito por circuito las cosas cambian. Por ejemplo, puede prácticamente asegurarse que Un Nuevo Tiempo es capaz, por sí solo, de llevar más diputados zulianos que el PSUV a la Asamblea Nacional, y probablemente Primero Justicia puede hacer algo análogo en el estado Miranda. No puede decirse lo mismo de todo otro estado, y entonces es muy aconsejable analizar las cosas caso por caso.

La tesis final del asesor-encuestólogo anclaba en la premisa de la agenda social como ganadora: después de señalar, con veracidad, que la identificación electoral con los partidos opositores arroja un total que no supera el 10%, concluyó que la alternativa a estas organizaciones políticas era una organización social. Así sacó el toro de los picadores y lo dejó servido a su cliente en medio del redondel.

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El matador habló veinte minutos menos que su prologuista, y entró de lleno a explicar en qué consistía la organización, el “movimiento social” que estaría construyendo desde febrero de este año. (“Contactando estudiantes, sindicalistas, políticos, académicos…”) Este movimiento se constituiría sobre cinco líneas de acción.

Primera. Consiste en una acción social a partir de “redes” y voluntariado.

Segunda. La línea de la formación a través de cursos de autoestima, dinámica de grupos, autogestión de proyectos, etcétera.

Tercera. La organización de la protesta ciudadana.

Cuarta. La defensa de la voluntad popular. (¡Incluyendo elecciones sindicales!)

Quinta. La discusión de una propuesta de país para la generación de esperanza. (Propuesta no explicada. Tendría que venir expresada en propuestas “sencillas”, “claras”, “viables”, “creíbles” y unos cuantos adjetivos más por el estilo).

Explicó que “nosotros nos propusimos”—él en plural mayestático—desde 2005 penetrar las redes populares existentes en Venezuela.

Declaró que “la única manera de organizar a los venezolanos es ésa”, refirió estar “absolutamente convencido de que el mecanismo para lograr candidaturas unitarias es el de las elecciones primarias” y volvió a la distinción entre el oficialismo y “nosotros”.

¿Qué puede decirse de un esquema tan escueto e inexplicado?

Bueno, puede apuntarse que el esquema de redes significa en este caso el contacto (penetración) de redes “sociales” existentes. Una red deportiva en La Bombilla, a la que tendría que enredarse con una red cultural en La Dolorita. Puede apuntarse que este tipo de politización de organizaciones civiles creadas con otros fines fue camino recorrido por los viejos partidos, que postulaban planchas para elecciones de centros de estudiantes o la Junta Directiva del Club Puerto Azul. Puede apuntarse que se trataría, otra vez, de una organización de organizaciones, y no de una organización de ciudadanos, que es lo que hace falta. Puede apuntarse que la alternativa política a organizaciones políticas no puede ser una “organización social”, sino otra organización política, que naturalmente puede llevar un código genético distinto—otras reglas de operación—del de las organizaciones clásicas o convencionales. Puede apuntarse que el uso de la expresión “redes”, sin mayor explicación, lleva la intención mercadológica de sonar a nuevo o moderno.

Puede señalarse que el adiestramiento sugerido es sobre puras herramientas, y que no se mencionó la formación en conceptos políticos, paradigmas políticos, teoría o filosofía o ética política.

Puede comentarse que hay mucha gente en Venezuela que ya procura organizar la protesta social y la defensa de la voluntad popular, y que no se explicó qué traería de nuevo o esencialmente distinto la iniciativa expuesta a estos fines.

Puede indicarse que la “propuesta de país”—suponiendo que sea necesaria—no parece estar desarrollada y que, por consiguiente, siendo que tal cosa parece constituir la justificación última de la iniciativa, tendría que ser completada antes de convocar a su apoyo. La cantidad de adjetivos adosados al término “propuestas” es de suyo sospechoso. El 20 de noviembre de 2003 se exponía en la Carta Semanal #63 de doctorpolítico (Consenso bobo, en comentario sobre el “Consenso-País” de la Coordinadora Democrática, abuela fallecida de la Mesa de la Unidad):

Era práctica ritual de muchos economistas venezolanos reunirse en diciembre de cada año durante el segundo período de Caldera—usualmente en el IESA—para echar predicciones sobre la inflación y la tasa de cambio del año siguiente. Los periodistas hacían su agosto, pues cada economista de alguno de estos “paneles de expertos” estaba muy dispuesto a conceder declaraciones. La declaración estándar era algo más o menos como lo siguiente: “Lo que propongo es un verdadero programa económico integral, armónico, coherente y creíble”.
Ya el mero hecho de que tal afirmación se compusiera de un solo sustantivo y cinco adjetivos debía llamar a la sospecha. Pero, por otra parte, una sencilla prueba podía evidenciar que se trataba, en realidad, de una seudoproposición. La prueba consiste, sencillamente, en construir la proposición contraria, la que en este caso rezaría así: “Propongo un falso programa económico desintegrado, inarmónico, incoherente e increíble”. Resulta evidentísimo que nadie en su sano juicio se levantaría en ningún salón a proponer tal desaguisado. Ergo, la proposición original no propone, en realidad, absolutamente nada.

Repetición: la semana pasada se recordó una exigencia formulada en febrero de 1985. Es la siguiente. “No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones”.

La presentación del “movimiento social de las redes” no cumple con esa especificación. De hecho, después de argumentar retóricamente sobre la necesidad impostergable de elecciones primarias, el torero fue inquirido sobre la inscripción de su novísima organización en el Consejo Nacional Electoral, único modo de hacer postulaciones válidas. Explicó entonces que no podía hacerlo, por tratarse de un “movimiento social”.

Si este tal movimiento, inmedido en sus proporciones, seguramente no mayores que las de un partido cualquiera, no puede postular, entonces la exigencia de elecciones primarias es insincera. Estaría jugando al fracaso electoral opositor, para salir luego a decir que eso ocurrió porque los partidos resistieron su proposición, la “única forma” de conseguir candidaturas plenamente unitarias.

luis enrique ALCALÁ

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