P-3A "Orión" del escuadrón VP49 de patrullaje del mar

Para el mito griego, Orión era el gran cazador, a quien todos los animales temían; muere irónicamente—en algunas versiones—al ser picado por un enorme alacrán, que aun así es bastante más pequeño que un toro o un león. La astronomía de ese mismo pueblo nombró dos constelaciones celestes, justamente, en honor a Orión—cuyo arco apunta apropiadamente hacia la cabeza del Toro (Tauro) para enfatizar su vocación cinegética—y Escorpión, que aparece por el este cuando la figura de Orión desaparece en el poniente, en perfecta concordancia con la leyenda. La constelación es mejor divisada en los trópicos, donde estamos, durante los meses de noviembre a febrero, cuando estamos.

La Marina de los Estados Unidos no puso demasiada atención al sino de Orión, al escoger ese nombre para designar a su actual equipo estándar de patrullaje marítimo: el Lockheed P-3. Le bastaba su fama homérica de cazador destacado. Y es uno de este tipo de aparatos el que, Hugo Chávez asegura tropicalmente, penetró espacio aéreo venezolano en dos incursiones, ayer viernes 8 de enero de 2010: una de quince minutos y una de diecinueve minutos. El Presidente de la República añadió que dos aviones caza F16 de la Fuerza Aérea de Venezuela interceptaron al intruso y lo escoltaron cortésmente fuera de nuestros cielos.

El relato presidencial es consistente con su tesis, expuesta en Copenhague el mes pasado durante la cumbre mundial sobre el calentamiento global, acerca de la presunta y conjunta intención de Holanda y los Estados Unidos de intervenir militarmente en Venezuela. Con su peculiar sentido del calendario histórico, Chávez escogió el 17 de diciembre, aniversario de la muerte de Bolívar, para asegurar que ambas naciones conspiraban para agredir al país desde Aruba y Curaçao, islas vecinas desde las que militares norteamericanos operan vuelos de patrullaje antidrogas sobre el Caribe. Con igual consistencia, las cancillerías estadounidense y holandesa han negado esa acusación.

En materia de la concreta denuncia de ayer, los Estados Unidos equipararon al Presidente de la República con una sargenta de la Fuerza Aérea de su Comando Sur estacionada en Miami, Shanda De Anda, para responder (por correo electrónico): “Podemos confirmar que ningún avión militar de los Estados Unidos entró hoy al espacio aéreo venezolano. En seguimiento de nuestra política, no volamos sobre el espacio aéreo de una nación sin previos consentimiento o coordinación”. Esto, naturalmente, puede que sea una política reciente; los Estados Unidos tienen una larga historia de sobrevuelos no autorizados. (Por ejemplo, la Embajada de la República Popular China en los Estados Unidos afirmó, el 4 de abril de 2001, que un avión de reconocimiento EP-3, estadounidense, penetró tres días antes espacio aéreo chino sobre la provincia de Hainan y que, como Venezuela, China ordenó a dos de sus cazas militares aproximarse al avión para vigilarlo. El comunicado de la embajada señala que el aparato estadounidense violó regulaciones de vuelo y enfiló contra uno de los aviones chinos, causando su estrellamiento y la pérdida del piloto. Luego de la colisión, el EP-3 aterrizó, sin consentimiento de los chinos, en el aeropuerto militar de Lingshui. Naturalmente, los Estados Unidos sostuvieron que su avión se encontraba en espacio aéreo internacional).

Veinticuatro horas antes del anuncio del incidente denunciado por el presidente Chávez, Roy Daza, quien preside la Comisión de Relaciones Exteriores de la Asamblea Nacional, había revelado la existencia de la grabación de un intercambio entre la torre de control del aeropuerto de Maiquetía y un piloto estadounidense, que confirmaría la presencia de un avión de los Estados Unidos, en mayo de 2009, dentro del espacio aéreo nacional. El piloto en cuestión indica no haber estado consciente de haber penetrado nuestro espacio aéreo—200 kilómetros adentro, según el gobierno venezolano—, y asegura estar de regreso a su base en Curaçao.

Es justamente desde Curaçao que habría despegado el P-3 Orión denunciado por Chávez. Su primera penetración está precisada a las 12:55 p. m. de ayer y, luego de haber sido escoltado fuera de nuestro espacio aéreo, habría regresado a la 1 y 37 minutos para una incursión segunda de 19 minutos de duración.

De acuerdo con el análisis venezolano, la penetración estadounidense perseguiría la fabricación de un incidente, un casus belli, que justificaría una agresión militar abierta y completa contra nuestro país. Es difícil dar credibilidad a esta motivación. A menos que Barack Obama esté dominado por una personalidad realmente retorcida, el Presidente de los Estados Unidos no es guerrerista, y estos son tiempos en los que las intervenciones militares estadounidenses, particularmente en Afganistán, están siendo grandemente exigidas. No se ve con facilidad la ventaja que obtendrían los Estados Unidos de una guerra contra Venezuela, país que, a pesar de su permanente retórica insultante, no ha dejado de suplir fielmente con su petróleo al mercado del norte, y tampoco ha dejado de importar productos norteamericanos. Una intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela haría un daño incalculable a las relaciones del decadente gigante con América Latina, e incluso países habitualmente críticos de Chávez, como Colombia, Perú y Chile, se verían forzados a repudiar una aventura tal.

No deja de preocupar, sin embargo, que la política exterior estadounidense hacia América Latina, que prometía la reparación del estado en que la dejó George W. Bush, exhiba como rasgo más destacado el aumento de la presencia militar de los Estados Unidos en Colombia, asunto que ha irritado a la región y ha suscitado también internamente oposición en este último país. De haber ocurrido el incidente descrito por el presidente Chávez (y no tenemos base para ponerlo en duda), debe ser rechazado por todos nosotros, independientemente de nuestra posición política interna. Y Chávez, si no fuera quien es y fuera un verdadero estadista, hubiera debido convocar a los representantes de la leal oposición a Su Majestad, para informarles y exigir su apoyo en nombre de los intereses nacionales. Eso es conducta imposible: para Chávez, sus opositores internos forman parte de la misma conspiración. Tal acusación es falsa, por supuesto, pero, es triste decirlo, en Venezuela hay quienes se alegrarían de una ocupación de Venezuela por los Estados Unidos.

Además, la credibilidad de lo reportado ayer por Chávez se debilita gracias a él mismo. Como los griegos clásicos, Chávez es mitómano, y en este caso la especie de un proyecto agresor estadounidense-colombiano-holandés sirve a su política interior necesitada de distracción. El cuento del lobo se le aplica; son tantas las veces que ha denunciado cosas parecidas que no se le cree aunque diga la verdad.

En todo caso, nunca antes de Chávez estuvo Venezuela tan asediada, real o imaginariamente. En cierto sentido, el cuadro es enteramente creado por él; basta considerar su inocultable apoyo a los insurgentes colombianos, combatientes contra un gobierno tan legítimamente electo como el suyo y profundamente involucrados en el narcotráfico. El segundo mito de Orión tiene autor conocido.

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