A Nacha, Eugenia, María Ignacia y Maya, las mujeres de mi vida.

En anteriores oportunidades he mencionado la fábula de Jacquetta Hawkes (Jessie Jacquetta Hopkins), arqueóloga británica de profusa vena poética: A Woman as Great as the World. Con admirable concisión, la aparición y desarrollo de la vida en el planeta—dinosaurios y glaciaciones incluidas—son presentados en una parábola con moraleja: la serísima advertencia al género humano, ocupado en molestar a la Tierra con su actividad destructiva y contaminante, acerca de la posibilidad de cataclismos que acaben con la vida. El conmovedor texto de Hawkes es ¡de 1953! Bastante antes de que la conciencia ecológica hiciera presencia significativa entre nosotros. (La obra que en su momento fuera tenida por biblia de la futurología—The Year 2000, de Herman Kahn, 1966—no hizo mención alguna, en sus centenares de páginas, del problema ambiental).

Nunca, sin embargo, había publicado su breve admonición, que encontré en 1973—mediante préstamo de Diego Arria Salicetti—en Subversive Science: Essays Towards an Ecology of Man (1969). Recuperada por mí hace poco, gracias a Internet, he hecho de ella una traducción apresurada, que aquí publico. Mi entusiasmo por la poderosa fábula me ha llevado a leerla en alta voz y grabarla. También he colocado a continuación el archivo de audio correspondiente. LEA

 

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Una mujer tan grande como el mundo

 

Había una vez una mujer tan grande como el mundo. Ella era de disposición plácida y, sabiéndolo todo, no tenía preocupaciones. De hecho, difícilmente hubiera estado consciente de su hermosa y completa existencia si no hubiera sido por el Viento visitante que venía a perturbar su paz. Él soplaba alrededor de donde ella yacía, inflando las nubes que lamían sus miembros ociosos; a veces la acariciaba tiernamente, su tacto como el de una mano firme que palpa el hueso y aviva la carne; a veces soplaría tormentoso hasta que su cabello ondeara entre las nubes. Cuando venía, siempre llenaba su mente con imágenes de sí misma suspendidas ante ella, que parecían, por su mera presencia, exigir una explicación. Ella deseaba que él no viniera a perturbarla, y cuando él no venía sentía hambre de él.

Algunas veces, aunque raramente, él llegaría como un remolino, reunido en un solo cetro, como espiral de vidrio derretido. Entonces le ordenaba que se abriera a él, y ella obedecía hasta sentir el desmayo de su conciencia, sorbida por las cuevas y lechos marinos de su ser. Después de estas visitaciones se sentía pesada, llena de bostezos y letargo, hasta que al fin abría sus muslos de nuevo, permitiendo la salida a una nueva creación.

Quizás su progenie serían peces: muchos suaves y simples con sus escamas plateadas, otros intrincados con aletas, barbas y espinas; algunos delicados y bellos, sus aletas y colas como velos de sedas irisadas; algunos feroces y feos, con rostros que eran máscaras de furia. O pudiera ser una fantástica creación de reptiles: monstruos acorazados gigantescos, armados como para resistir la colisión de planetas; o pájaros: cada especie alojando sus propios cantos y gritos, sus propias destrezas para formar nidos, y un plumaje específico hasta la más débil línea de la pluma más pequeña. Todas estas criaturas exhibían en cada una de sus partes la interminable inventiva, la inconmensurablemente poderosa imaginación del Viento generador; ellas se hacían una con la Mujer, acrecentando su belleza como un fino vestido.

El Viento estuvo lejos por muy largo tiempo; a la Mujer le pareció que habían transcurrido eones desde que él hubiera, meramente, soplado los canales del dorso de su mano o agitado una sola hebra de su frente. Toda su vieja resistencia a recibirlo había sido olvidada; sin él estaba inquieta y sin vida; su hermoso cuerpo empezó a tener frío, a congelarse y destruir su propia vida. Entonces, por fin el Viento estuvo sobre ella; ella escuchó sus rápidos suspiros y vio como las nubes se separaban ante él como un rebaño de ovejas primaverales. Él embistió entre ellas y, sin caricia ni ternura, la penetró; todas las partículas de su vaga conciencia de sí misma explotaron juntas, reforzadas, y barrieron su interior como si hubiese sido inundada por una ola cargada de guijarros.

La Mujer quedó sumida en su pesadez usual; de hecho, era aun más profunda que nunca, mientras las imágenes que se le presentaban eran más que nunca claras y perturbadoras; se sintió más cerca de entender el secreto de su vida. Cuando llegó el tiempo de abrir sus muslos esperaba dar a luz una creación de maravilla insuperable, a criaturas más fuertes que los reptiles o más exquisitas que los pájaros. Cuando de su vientre surgieron feos espantapájaros, que caminaban torpemente en dos patas y de una vez empezaron a cubrirse con hojas y pieles, estuvo primero alicaída. Esta progenie, seguramente, no podría hacer nada para glorificarla y enriquecerla. Pero entonces la Mujer se extrañó al sentir en ella una nueva cosa desconcertante, una persistente conciencia de sí misma, como si el Viento estuviera siempre con ella, como si él estuviera presente entre los tejidos de su cuerpo. Y ella empezó a sentirse agradada por lo que había ocurrido, pensando, con una claridad que antes hubiera estado fuera de su alcance: “Ahora soy tan lista e imaginativa como el Viento; puedo ser su igual y ya no meramente su obediente querida, el instrumento que él toca”.

Pronto, sin embargo, descubrió que la nueva relación no le acomodaba; ella y el Viento se la pasaban peleando, golpeando con terribles tormentas, inundaciones, terremotos y volcanes en su furia. Algunas de sus peleas eran provocadas por los intentos de la Mujer de argüir lógicamente, algunas por sus celos al comprobar que el Viento gustaba de vagar entre las nuevas criaturas, susurrándoles y, sospechaba ella, acariciándoles. Pronto, además, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente.

Sus querellas con el Viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron a la larga demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa.

Cuando se calmó, y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción. Así como toda mujer puede disfrutar la visión de su carne limpia y tibia, estirada en el baño mientras rizos de vapor ascienden livianos del pálido paisaje de su cuerpo, ahora se examinó a sí misma apreciándose, sin hacer caso, mientras descansaba entre las nubes.

Jacquetta Hawkes

 

Michael Thompson – Woman at rest (2009)

 

 

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