La franqueza valiente de Alberto Ravell

Alberto Ravell Cariño (1905-1960) fue el Senador del Pueblo. Así lo llamaron sus electores yaracuyanos, que llevaron su candidatura independiente hasta la Asamblea Constituyente en 1946, apoyada por el partido que contribuyó a fundar: Acción Democrática.

No tuvo nunca educación superior formal, pero es obvio en cualquiera de sus textos que era persona culta y cuidado escritor. Periodista y político, su compromiso tenaz con la verdad y la justicia le significó prisión, tortura y exilio, en más de una de las frecuentes temporadas de dictadura y mengua que han aquejado a Venezuela.

Cuando su antiguo compañero de reclusión, Germán Suárez Flamerich, asumió la Presidencia de la Junta de Gobierno a raíz del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud (13 de noviembre de 1950), Ravell meditó varias semanas una carta pública que le dirigiría y escribió en La Habana—entonces podía hacerse—el 31 de diciembre de ese año y dio a la luz al día siguiente, como parto de Año Nuevo. Su texto, que pude conocer gracias al Dr. José Rafael Revenga, es el contenido de esta nueva ficha.

La carta no hace concesiones al encumbrado mandatario, no da cuartel. Al propio tiempo, es conmovedora, al registrar sin vergüenza alguna las privaciones y dolores que habían caído sobre su familia “por el delito de amar la Democracia y la Justicia”. Cuando la escribe cree acercarse a la mitad de su vida, sin saber que ya había consumido las cuatro quintas partes de ella.

De su oficio en el destierro destaca una sola cosa: que estaba “enseñando a [su] hijo pequeño el camino del deber”. Es hijo que aprendió muy bien la lección y heredó su inteligencia y su temple: Alberto Federico Ravell, el ecuánime Director General de Globovisión. LEA

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Carta Pública que dirigiera Alberto Ravell el 1º de enero de 1951 a su antiguo compañero de cárcel gomecista, Dr. Germán Suárez Flamerich, Presidente de la Junta de Gobierno, luego del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud.

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Mi estimado Germán: en realidad no sé cómo empezarte esta carta. Yo, que tengo la brusca y desaliñada espontaneidad de los sinceros, me siento un poco molesto, al tratar de darle encabezamiento y forma. Te escribo desde el destierro.

A lo mejor ni siquiera sabes—todo puede suceder—que me encuentro en exilio no voluntario sino forzado desde hace un año; que conmigo están mi mujer y mi hijo pequeño, que mi madre anciana llora mi ausencia, después de haber padecido más de dieciocho años de angustia bajo el régimen de Gómez, y que viva decorosamente de mi trabajo como ayer. Ignoras tal vez, que mi único crimen fue serle leal a un mandato que el pueblo de Venezuela puso entre mis manos de hombre y permanecer fiel a principios democráticos irrenunciables que han informado toda mi vida. Ignoras quizás, que no se me levantó expediente, ni se me hizo interrogatorio, ni se me acusó de nada en concreto, como en los buenos tiempos en que el terror campeaba por sus respetos en la ancha y noble tierra venezolana. Ignoras probablemente—asómbrate como jurista, Germán—que me pusieron a bordo de un avión junto con treinta y dos compañeros—abogados, maestros, escritores, poetas, obreros, comerciantes—con uno de entre ellos gravemente enfermo—el ex constituyentista J. R. Silva Yaraure, quien fuera operado de urgencia al llegar a Guayaquil—, y que en el avión nos trataron como si fuésemos hampones, gracias a las oficiosas recomendaciones del funcionario del Ministerio de Relaciones Interiores.

Ignoras también, que a mi esposa trataron de ultrajarla en el aeródromo de Maiquetía porque se acercaba a despedirme al autobús donde permanecía recluido y que se salvó de la infamia del vejamen gracias a la intervención de un militar, cuyo nombre silencio no por  faltar el respeto a la verdad sino para evitarle represalias. Ignoras quizás, que millares de venezolanos, hombres, mujeres y niños viven la misma suerte. Ignoras que en las cárceles hay detenidos ancianos y mujeres. Ignoras que los hogares son allanados a diario y que el terror se ha enseñoreado del país. Ignoras que en torno tuyo—candidato civil de última hora—se mueven en la sombra sordas ambiciones y abismos de odio. Ignoras que no es ya un grupo político, derrocado el 24 de noviembre por un golpe de fuerza, el que solicita en todos los tonos un cambio radical  en los métodos empleados hasta hoy, sino la totalidad de la Nación, la masa del pueblo, el que piensa y el que crea, el que construye y el que siembra, el que sufre y el que aguarda, en fin, todos los que aspiran a que el orden social se instaure y les sean devueltos sus derechos.

Ignoras, quizás, que el problema básico del pueblo venezolano no puede resolverse con persecuciones brutales y con procedimientos salvajes erigidos en normas de Gobierno. Ignoras tal vez, que en el fondo de ese pueblo, que llevó en sus mochilas la libertad por todo un continente, está latente la virtud de ayer, el sacrificio de ayer, la voluntad heroica de construirse a sí mismo. ¿Hacia dónde van ustedes, los hombres civiles que apoyan a los que derrocan gobiernos legítimos y desgarran constituciones discutidas en amplio debate político? ¿Hacia dónde va Venezuela cuando sus hijos, defensores de principios ayer, los que tenían tradición civilista y revolucionaria, se hacen sordos a su llamado de madre y, halagados por el poder o la fortuna, claudican o se entregan?

¿Hacia dónde vamos, Germán? Yo quiero que me respondas de hombre a hombre, de corazón a corazón, categóricamente y sin esguinces, sin que intervenga para nada la pasión política que a ratos enturbia la mente de los hombres.

¿Sientes que tu autoridad está basada en algo de contenido jurídico, o político, o social? ¿Eres el producto de una elección—tan siquiera amañada para satisfacer la escurridiza y arbitraria opinión internacional—o el hombre signo que aparece de pronto ante los militares como una solución? ¿Qué eres en el fondo, Germán? Yo no he usado nunca el insulto para combatir a mis enemigos políticos. Tú lo sabes muy bien. Me jacto de contarme entre los escasos venezolanos que, con derecho de sobra, no reclamaron contra los bienes de Gómez, y tú no ignoras que cuando se instauraron los juicios por peculado yo intervine generosamente en favor de algunos reos, concitándome malevolencias y hasta provocando malentendidos. Como todo hombre he cometido errores de visión o de conjunto, pero a mi mano no la ha movido nunca ni el odio ni el rencor. Lo sabe Medina, de quien fui amigo, de quien soy amigo, de quien seguiré siendo siempre amigo personal, a pesar de que combatí ásperamente su política con armas que siempre fueron leales.

Lo sabe López Contreras, hijo mimado y putativo del viejo dictador, lo sabe Gómez, ya muerto, lo saben inclusive los militares del triunvirato a quienes di batalla franca desde una trinchera de principios. Pero no puedo silenciar mis pensamientos, Germán. Nací a la vida pública hace más de treinta años. Era el obscuro dependiente de una tienda en Puerto Cabello, frisaba apenas en los quince años y no venía ni del Colegio ni de la Universidad.

Siguiendo el camino que mi padre me trazara, abracé con noble pasión la causa del pueblo y hoy, al cabo de muchos años, sufro nuevamente otro destierro por defender los mismos principios y las mismas ideas que un día encendieron mi adolescencia. Sólo tengo conmigo en esta hora, como capital invalorable, a mi mujer y a mis hijos y a mi pluma modesta, pero insobornable.

Nosotros, Germán, sin ser de la misma generación, estuvimos juntos en los patios y calabozos del Castillo “Libertador” de Puerto Cabello, Bajo el mismo toldo comimos el mismo pan y amasamos los mismos sueños. La misma boina azul del estudiante cubría nuestras cabezas y leíamos bajo aquel sol de fuego los mismos libros. Me recuerdo a Felipe Massiani, común amigo nuestro, gran escritor y gran ciudadano, hojeando los textos de Derecho, junto al anafe de la “peña Beatriz” en la cual cocinábamos los frijoles. Arrastramos los mismos grillos y oímos el clamor de los flagelados—por las noches—al son de la “Juana Bautista” y sentimos llegar hasta nosotros, envuelta en pañuelos de lágrimas, la ternura de nuestras madres, de nuestras mujeres, de nuestras hermanas y de nuestras novias. Luego, Germán, estuvimos juntos en aquel Frente Electoral Independiente que se reunía por las noches, casi clandestino, en la vieja casa de Martín Pérez Guevara y fuimos a elecciones para concejales en plancha conjunta.

Yo aplaudí, hasta hacerme sangre las manos, tu exaltación a la Presidencia del Concejo Municipal de Caracas. Tú Diputado y yo Senador, votamos en la misma urna por la candidatura simbólica de Rómulo Gallegos el año 41 y juntos, Germán, seguimos hasta el año 47 cuando, llamado por la Junta Revolucionaria de Gobierno que presidía Rómulo Betancourt, pusiste al servicio de la República tu innegable capacidad intelectual para colaborar en la redacción de la Constitución libérrima que un día nos dio, por abrumadora mayoría de votos, en limpia elección, que fue reconocida públicamente por las mismas Fuerzas Armadas, un noble Presidente civil a todos los venezolanos.

Luego te perdí de vista, Germán. Vino el golpe del 24 de noviembre y yo regresé de los Estados Unidos a asumir, frente a mi pueblo, posición leal y responsable. Mis Caminos de Venezuela fueron silenciados por la censura, mi Espejo de La Ciudad fue roto de un manotazo brutal y un día ya mi Noticiero Silka no pudo ser nunca más vocero de las angustias del pueblo de Venezuela. No quiero aparecer como víctima, porque es triste papel que no se acomoda con mi temperamento combativo. Di pelea doctrinaria frente a los triunviros, defendiendo los principios en los cuales creo y creeré toda la vida y me derribó la fuerza, la misma que parece haberse entronizado dentro de nuestra propia Historia desde su mismo comienzo. Ganó la batalla Pernalete, el personaje sombrío, y aquí me tienes en el destierro, enseñando a mi hijo pequeño el camino del deber y comiendo pan limpio y honesto con mi mujer que me acompaña.

Aquí me tienes, Germán, contemplando conmovido cómo Venezuela se convierte de pronto en un vasto escenario dramático, viendo cómo los ciudadanos carecen de garantías y derechos, viendo cómo las cárceles se llenan de hombres de todos los partidos y de todas las tendencias y cómo los niños sin pan y sin amparo lloran la ausencia de sus padres. Por los escasos países libres que aún quedan en la Tierra, andamos muchos hombres aquí sin patria, por el delito de amar la Democracia y la Justicia. Cuando conocí tu designación para reemplazar al coronel Delgado Chalbaud, hice una pausa y una tregua en mi propio pensamiento. Esperaba de ti cuando menos una demostración de calidad moral, un acento puro, una actitud responsable.

Ha llegado el final del año, Germán, y el pobre Estatuto Electoral, confeccionado en mesa redonda, con la sola participación de dos partidos semilegalizados, duerme sueño de justo en la gaveta de un escritorio cualquiera de Palacio, mientras continúan las persecuciones y los allanamientos, y siguen los secuestros y las expulsiones y ha corrido sangre y se vive en zozobra y en temor y las gentes hablan en voz baja y se anudan lazos innobles y se esconde la verdad tras bambalinas que todos conocemos.

Sin pedantería, pero con autoridad moral suficiente para hacerla, quiero emplazarte públicamente a que me respondas esta carta. Yo, que monologué muchos años en el fondo de un calabozo, quiero abrir cauce para entablar un diálogo con tu propia conciencia y con la conciencia de mi pueblo que es también el tuyo. Y en nombre de nuestro compañerismo de ayer, en ese Frente Electoral Independiente de que te hablaba anteriormente, de ese voto depositado en las urnas por Rómulo Gallegos, de la ponderación de juicio que tú me aconsejabas frente a mis desbordamientos, te pido categórica respuesta para algo que no es exclusivamente mío sino que pertenece a todos y está en los labios de todos los venezolanos.

Esta carta no me la dicta ningún sentimiento mezquino ni se mueven manos de trastienda tras mis palabras limpias. Es la primera actitud pública que asumo después de haberse cumplido un año de mi destierro. La he meditado largamente y es producto de una madura serenidad. Fija de una vez por todas mi posición frente al problema venezolano. He pensado en mí mismo y he pensado en los míos. Mi madre anciana y enferma puede esperar aún. Afortunadamente para mí y para los nuestros es de recia y noble ascendencia gallega y su apellido Cariño es símbolo de ternura, de pan, de bendición y de amor. Es miel y es leche bíblica. Afortunadamente para mí, mi noble mujer y mi hijo pequeño también pueden esperar.

Quienes no pueden esperar por más tiempo son las madres y los niños que lloran, quienes no pueden esperar por más tiempo son los derechos y las libertades conculcadas.

Como soy leal a mi pensamiento nada exijo de ti—teniendo el derecho de pedirlo todo como ciudadano y como hombre—pero estoy lleno hasta los bordes de angustia humana, de pavor humano por las cosas tremendas que suceden en Venezuela. Te pido en nombre de lo que fuimos, de la piedra infante que un día nos cobijó, de los hombres que en nosotros creyeron y en nuestras manos depositaron su confianza, que leas y medites esta carta que te escribe un hombre ya casi en la mitad del camino de su vida, sin ambiciones políticas de ninguna naturaleza y sin odios que le recoman el espíritu; te lo pido en nombre de mi propia vida atravesada de actitudes desaforadas y hasta a veces incomprendida, pero siempre leal a lo revolucionario, a lo integral, que los hombres más que los libros sembraron en mi ánimo, que pongas tu pensamiento en la Venezuela transida de dolor y devuelvas a sus hijos las libertades que les fueron arrebatadas en fecha infausta para la historia civilista y democrática de América.

Acerca de estos temas, el de la restitución plena de las garantías individuales y el derecho inalienable de nuestro pueblo a disponer de su propio destino, es que te pido, Germán, entables, si es hora todavía para ello, el diálogo que yo inicio con la presente carta desde mi modesto hogar en La Habana, frente a los muros mismos de la Universidad. O eres, Germán Suárez Flamerich, universitario, abogado, compañero nuestro de ayer, o han tomado en préstamo tu nombre o lo has prestado tú mismo para dar apariencia civil a algo que no puede ser justo ni decente ni honorable.

Hubiera querido no escribir esta carta públicamente. Lo he hecho con la sangre de mis propias venas y con clamor y con la angustia de mi pueblo. La he escrito en la vigilia del 31 de diciembre, junto al amor de mi mujer y a la cabeza de mi hijo, frente al retrato de mi madre anciana y estoica; pensando en mi Yaracuy poblado de negros sudorosos y palúdicos, en los altos repechos de la Cordillera con sus frailejones y sus nieblas, en Barlovento silencioso en su pascua como un tambor en duelo, en las sabanas alucinadas de los llanos por donde caminan las palabras en busca de horizontes; pensando en las costas luminosas de Margarita, de Güiria y de Coro donde los hombres aguardan el rescate de su propia historia, en el Lago poblado de taladros y en los músculos recios de sus obreros, en los seres sencillos que deletrean su destino a la luz de los candiles o bajo clamor de las estrellas; pensando en las madres que lloran ausencias, en las esposas, las hermanas y las novias que tejen recuerdos y en los hijos que mojaron su cena de Año Nuevo—si es que la tuvieron—con lágrimas de espera; pensando, Germán, en el dolor que punza con herida tremenda el cuerpo y el alma de ese pueblo nuestro que tanto ha dado en sangre y en hazaña para la libertad americana.

Cordialmente,

Alberto Ravell

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