Tras la huella de Savonarola

Muchos mecanismos han sido propuestos como explicación del persistente enlace entre el presidente Hugo Chávez y una proporción muy significativa de la población venezolana, aún hoy considerable a pesar de una paulatina declinación, recientemente más apresurada, de su popularidad. Desde la mera relación clientelista y utilitaria, hasta la inmediata identificación con un presidente venido de los estratos pobres, pasando por la convicción de que Chávez ha traído a las capas de población “excluida” una visibilidad que antes no tenían.

Seguramente, todas estas vinculaciones funcionan como explicación parcial del fenómeno de su arraigo político, pero una poco explorada ofrece una estructura más convincente: Hugo Chávez es un líder religioso. Se adquiere fe en Hugo Chávez del mismo modo que se la pone en un predicador elocuente, en un líder de culto o secta.

El fenómeno no es nuevo. Un caso de antonomasia es el de Girolamo Savonarola (1452-1498) en Florencia, ciudad-estado renacentista que controló a partir de 1492, el mismo año en el que, sin intención, Colón descubría un mundo desconocido para los afro-euro-asiáticos. (Tampoco conocían Oceanía a la fecha).

Savonarola predicaba fieramente contra la corrupción de la iglesia y las costumbres. Alcanzó su cumbre cuando patrullas de jóvenes organizadas por él fueron casa por casa para recoger ostentosos y vanos objetos, que iban desde cosméticos hasta obras de arte, pasando por vestimentas, libros, instrumentos musicales, que quemarían luego en inmensa hoguera de las vanidades en la plaza principal. Era un orador mesiánico y carismático, que creía que Dios le hablaba y le pedía que hiciera cosas. Para él era malo ser rico, y pretendió instaurar una democracia teocrática y un modo de vida en extremo puritano.

Ese exceso fue su perdición. La bondad compulsiva no era del agrado de muchos, y él no sabía que no se puede restaurar la moral de la noche a la mañana y que no se la puede forzar. Excomulgado por Alejandro VI (el papa Borgia), comenzó a perder apoyo cuando el pontífice amenazó con lanzar un interdicto contra Florencia, lo que impediría su comercio. Savonarola fue apresado por el propio pueblo que lo había encumbrado y luego juzgado—sobre pruebas forjadas de herejía—y colgado y quemado en la hoguera.

Hay una diferencia de escala—y naturalmente de tiempo y tecnología—entre Chávez y Savonarola. Chávez es el primero entre los demagogos planetarios (honor que le cabe a Venezuela). Es el Savonarola global del siglo XXI. Preside, como el monje dominico que murió en la pira, sobre una previa hoguera de las vanidades—“ser rico es malo”, “el rico no es humano”—con el mismo frenesí moralizante y la misma convicción de ser un iluminado necesario. Pero su prédica se extiende, gracias a los modernos medios de comunicación sobre los que tanto arroja sospechas y críticas, por un ámbito mucho más extenso que el de una ciudad-estado renacentista.

A pesar de eso, y de haber conseguido entusiastas defensores fuera de las fronteras venezolanas—Sean Penn, por ejemplo o, por otras razones, Ignacio Ramonet—los seguidores que lo consideran infalible están prácticamente todos dentro de Venezuela. Y su asociación con Chávez tiene todos los visos de un fanatismo religioso.

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El 4 de marzo publicaba el Diario de América un claro y sencillo artículo de Jesús Seguías—Dilemas del pueblo chavista—, en el que apuntaba: “Hugo Chávez no es Dios (lamento la decepción de muchos). Nadie en el planeta lo es. Por lo tanto, Hugo Chávez sí se equivoca, comete errores, y si no hay nadie que lo controle y regule, entonces se irá al barranco en cualquier momento y se llevará con él a todo el país y al pueblo chavista también”. También dijo con la mayor sencillez, directamente: “Reconozco que la mayoría de los chavistas confiaron ciegamente en su líder (es lógico y comprensible), pero ya comenzaron a descubrir que éste no sólo es falible sino un pésimo gobernante”.

La pedagógica pieza de Seguías apunta, sin decirlo, a la altísima conveniencia de controlar el poder acumulado por Hugo Chávez mediante una nueva Asamblea Nacional que no sea obsecuente. Así pone: El pueblo y las autoridades chavistas están comprobando que no es verdad que Hugo Chávez gobierne mejor cuanto más poder tiene. Ha sido todo lo contrario. A medida que ha acumulado poderes, más incompetente ha sido”. Y ofrece esta simple lección: “El equilibrio de poderes no es ningún capricho aristotélico. Desde la antigua Grecia se viene hablando de la necesidad de mantener a raya a los gobernantes. Es lo sano. Es lo recomendable para todos los pueblos del mundo. Nadie jamás ha logrado éxito a base de disponer del poder absoluto. Los gobiernos más fracasados de la historia han sido los gobiernos caudillistas, totalitarios, unipersonales. Por el contrario, los gobiernos más exitosos son aquellos donde el poder está repartido entre distintas manos, que se controlan mutuamente. Es el poder colectivo. Es el poder democrático”.

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Los fanatismos son—así lo mostró Eric Hoffer en The True Believer (1951)—fenómenos inestables: “…donde los movimientos de masas están en violenta competencia entre sí, no son infrecuentes las instancias de conversos—incluso los más fervientes—que cambian sus lealtades de uno a otro”. A pesar de que Hugo Chávez ha sabido desarrollar un vínculo seudorreligioso con sus más fervientes adeptos—con su constante referencia a figuras como Jesucristo, con la que se compara—, que le creen tan infalible como un papa, nada le garantiza que esa afiliación será eterna. La opinión pública es pendular, y puede cambiar de un extremo a otro de modo repentino.

Es ese rasgo esencial de la opinión de las masas lo que llevó a Savonarola a la hoguera. En cuanto las masas florentinas entrevieron que Savonarola les ponía en peligro, le dieron la espalda. La opinión pública venezolana viene mostrando consistentemente una mudanza paulatina y creciente, desde un decisivo apoyo a Chávez hacia un rechazo mayoritario. No es la primera vez que esto ocurre, por supuesto, pero esta vez el escenario de llegada no es, como en 2004, la revocación de su mandato, sino la elección de una Asamblea Nacional que pudiera equilibrar su excesivo poder, controlarlo, pararle el trote. LEA

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