Yehezkel: el profeta necesario

Es un lamentable registro de la historia que la razonabilidad se impone en las sociedades humanas sólo muy lentamente. Todos los especímenes de Homo sapiens podemos pensar, únicamente, dentro de paradigmas o marcos mentales, y aunque los hay enteramente erróneos o claramente disfuncionales, el salto psicológico requerido para abandonarlos y sustituirlos por otros—es imposible pensar sin alguno—es muy difícil para la inmensa mayoría de los hombres. El abandono de nuestras certezas, aquellas nociones básicas que nos parecen obvias, es un acto que requiere valentía muy fuera de lo común, y ésta no es virtud muy generalizada entre nosotros.

El carácter refractario de los paradigmas es tan acusado que Thomas Kuhn, el inventor del uso del término paradigma en el sentido que es ahora más frecuente, apeló a una cita de Max Planck para decir: “Una nueva verdad científica no triunfa convenciendo a sus oponentes, haciéndoles ver la luz sino, más bien, porque esos oponentes mueren tarde o temprano, y se desarrolla una nueva generación que está familiarizada con aquélla”.

El discurso de Kuhn fue pronunciado—The Structure of Scientific Revolutions, 1962—en el ámbito de la ciencia, pero el significado fundamental y el mecanismo de operación de los paradigmas es legítima y útilmente aplicable al reino político: hay paradigmas políticos—las ideologías y doctrinas son casos particulares—que exhiben la misma resistencia al cambio que los descritos por Planck y por Kuhn. Y en este caso esa resistencia es mucho más dolorosa que un retraso, digamos, en la adopción de un punto de vista de Big Bang para imaginar el origen y desarrollo del cosmos, puesto que se trata de la felicidad o el sufrimiento de contingentes humanos como, por ejemplo, los que habitan el Cercano Oriente, afectados cotidianamente por conflictos de raíces milenarias y que, tan sólo modernamente, ya llevan unos sesenta años sin resolución.

Remachemos el punto: si llegamos a sospechar que una situación como el monstruo pluricefálico del conflicto judeo-islámico es fundamentalmente una batalla paradigmática—no sólo dos opuestos prontuarios, repleto cada uno con anécdotas que verifican la maldad del lado contrario—, sabremos que la resolución de ese conflicto será dificilísima, pero al menos sabremos asimismo de qué clase tendrá que ser la solución. (La dificultad estriba en una descripción central del modelo de Kuhn: los paradigmas competidores no son conmensurables; no pueden ser traducidos el uno al otro).

Finalmente, a un nivel más personal, quienes tienen dotes proféticas—y estoy pensando específicamente en uno que vive en Jerusalén, uno cuyo nombre revelaré al final—experimentan un dolor más localizado, más agudo. Me explico: Alexis de Tocqueville sostenía que el verdadero arte del Estado consistía en poseer “una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro”. Hay personas que no tocarán bien ningún instrumento musical o serán ineptos para la astronáutica, pero que poseen en grado elevado la visión exigida por el gran observador francés. No siempre quieren ser ellos mismos protagonistas de la política, y se conforman con el papel de consejeros pero, cuando sienten también un llamado o vocación pública, sufren mucho, según el testimonio de Richard M. Nixon: “La persona que cree que su propio juicio, aunque falible, es el mejor, y que se impacienta viendo a hombres de menos categoría manejar mal las riendas del poder, por fuerza tiene que ansiar, hasta dolorosamente, hacerse con esas riendas. Ver las chapuzas y los patinazos de otros puede resultar hasta físicamente atormentador para él”.

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En el longevo conflicto entre árabes e israelíes—más propiamente, entre judíos y musulmanes—gravita con el mayor de los pesos una discrepancia de fundamento teológico, la abrasión que se produce entre dos cosmovisiones de origen religioso que son aparentemente inconmensurables. A pesar de que Mahoma aclarara que Alá es el mismo Dios de Abraham, por tanto el mismo de judíos y cristianos (que comparten sagradas escrituras), el hecho de que el Profeta de Medina hubiera producido una nueva escritura sagrada, y que en ella se encuentren referencias muy intolerantes hacia los infieles dificulta la coexistencia de pueblos hermanos—ambos semíticos—, sobre todo si el otro insiste en que es el pueblo elegido de ese Dios común.

Que una cosa así es operante e importante a nivel de las conductas se entiende si atendemos a los trabajos de Abraham Kardiner sobre la “personalidad básica de las culturas”. Tomás Millán sintetiza así su aporte:

En su libro EL INDIVIDUO Y SU SOCIEDAD (1939) Kardiner escribió que la experiencia social en la familia (especialmente durante la crianza de los niños) y las técnicas de subsistencia (es decir, las instituciones primarias), dan lugar a estructuras de personalidad básica comunes para la mayoría de los miembros de la sociedad. (…) Puesto que la estructura básica de la personalidad es un producto inducido en los miembros de una sociedad por las formas específicas de las instituciones de cada sociedad, la forma, contenido, estilo y los medios para resolver los problemas de la vida, varían, en consecuencia, ampliamente de cultura en cultura… (…)  Las instituciones secundarias, también llamadas proyectivas, influyen mucho en lo que los antropólogos llaman sistemas de creencias, religión, mitología. Éstas son vistas como productos de fantasía colectivas, o proyecciones grupales de deseos, necesidades y conflictos subjetivamente compartidos. Kardiner alega que, una vez formadas, la estructura básica de personalidad de una sociedad moldearía el contenido y significado de las fantasías proyectadas, tales como las creencias acerca de lo sobrenatural. Así, un tipo de personalidad básica fuertemente autoritaria debería ser correlacionada con las creencias proyectadas acerca de dioses muy altos y poderosos.

Musulmanes o judíos no oponen dioses distintos los unos a los otros; lo que discuten es cuál de los dos es el pueblo consentido del Dios de Abraham; ambos son semitas, descendientes de Sem, el primer hijo de Noé, quien vino de Lamec, que fue hijo de Matusalén, hijo a la vez de Enoc, quien procede de Jared y éste de Mahalalel, y éste de Cainán, producto de Enos cuyo padre fue Set, el tercer hijo de Adán.

Desde el punto de vista religioso, la tensión no es ni siquiera territorial. Es muy importante para la Weltanschauung judía, por supuesto, el concepto de “tierra prometida” (por primera vez a Abraham, luego consigna operativa para la hazaña de Moisés), pero es que el propio Corán lo reconoce; en su versículo 017.104 dice: Y entonces Nosotros [Alá] dijimos a los Hijos de Israel: “Habiten con seguridad en la Tierra Prometida”.

Hay quienes sostienen, en cambio, que el Islam es de suyo una religión irreversiblemente violenta e intolerante. Para sostener este punto de vista se cita del Corán, con frecuencia, la Sura del Arrepentimiento, que incluye la siguiente prescripción: “Maten a los paganos donde los encuentren”. Es esta consigna la que se emplea, con pasión fundamentalista, para justificar una idea de “guerra santa” que ha permitido, por mencionar una sola cosa, condenar a muerte al escritor Salman Rushdie, por hacer mofa de la religión musulmana en su libro Los versos satánicos.

Pero los musulmanes que adoptan esa posición extrema son una minoría. Intelectuales islámicos respetadísimos, como por ejemplo Muhammad Shahrour, sostienen que aquella orden asesina sólo podía aplicarse a la guerra concreta de Mahoma por establecer un estado musulmán en la Península Arábiga, y no debe ser entendida como un mandato general de Alá válido para todo tiempo y lugar. Son claridades como ésa las que terminarán desasociando la religión musulmana de la violencia que se comete en su nombre.

Entretanto, es refrescante pasearse por la consideración de la sorprendente conducta, durante la Segunda Guerra Mundial, de todo un país de mayoría musulmana: Albania. Esta nación fue el único país de Europa ocupado por los nazis que emergió de la Segunda Guerra Mundial con una población judía mayor que la que alojaba al comienzo. Sólo una familia judía de seis miembros fue deportada de Albania y muerta durante toda la duración de la guerra. Los albaneses no sólo protegieron sus propios judíos, sino que ofrecieron refugio a los judíos que llegaban de países vecinos. Negándose a las exigencias de los nazis, en vez de suministrarles listas de judíos proveyeron a éstos con documentos forjados y les ayudaron a ocultarse dispersándolos en el seno de la población albanesa. Ni un sólo judío cayó en manos de los nazis en febrero de 1944, cuando éstos atacaron los refugios en las montañas de Albania.

No fue este insólito resultado la obra de unos pocos héroes individuales, de unos cuantos señores Schindler; fue todo un pueblo, en su mayoría musulmán, el que ahorró a su población judía y a la de naciones vecinas la atrocidad de los nazis. La tolerancia religiosa de los albaneses es proverbial, y es ella la causa de numerosos y habituales matrimonios interreligiosos de su gente. Y si esto es posible en Albania puede serlo en cualquier otro punto del mundo islámico.

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Lo que sí debe quedar claro es que el fundamentalismo religioso, de lado y lado, no puede ser la base sobre la que pueda fundarse la resolución del persistente conflicto. El judío adora a Dios 1.0, el cristiano a Dios 2.0, el musulmán a Dios 3.0; tres versiones sucesivas del mismo Dios de Abraham, pero ninguno aceptaría esta caracterización irreverente; cada uno reivindicaría que adora al Dios verdadero.

Tampoco puede servir a ese fin resolutorio un tipo de pensamiento que, siendo en apariencia clínico y desapasionado, en realidad procede de percepciones etnocéntricas. Tomemos, por caso, un reciente artículo—Can a Nuclear-Armed Iran Be Deterred?—del muy respetado sociólogo Amitai Etzioni en el número de la semana pasada de Military Review. Etzioni desaconseja primeramente el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán, porque la localización de instalaciones clave es desconocida, en general están bien protegidas y algunas están en áreas densamente pobladas, lo que causaría una gran cantidad de bajas civiles. En cambio, prescribe con la mayor tranquilidad la destrucción de bases militares, aeropuertos, puentes, estaciones de ferrocarril y otra infraestructura importante. Según Etzioni, esto llevaría a Irán a la suspensión de su programa nuclear. En sus palabras: “La aproximación básica no busca degradar las capacidades nucleares de Irán (como blanco del bombardeo) sino obligar a su régimen a cambiar su comportamiento, causando niveles de ‘dolor’ cada vez más grandes”. La secuencia precisa que Etzioni prescribe es descrita con bastante detalle en The Jerusalem Post, en artículo destacado que ha recibido una calificación promedio por 34 lectores de 4,54 sobre 5 y concluye así:

Etzioni advierte que el tiempo se está acabando, y que “no podemos demorar la acción mucho tiempo más si debemos impedir que Irán cruce un umbral después del cual una acción militar sea de implementación más peligrosa, para nosotros y para ellos”.

El Post israelí ha sacado el récipe de Etzioni del ámbito relativamente restringido de una publicación especializada, para difundirlo masivamente a la opinión pública de Israel, alimentando también cualquier radicalismo paranoico en Irán en momentos cuando, con o sin razón técnica, política y jurídica, los israelitas son censurados por prácticamente todo el mundo a causa de las muertes en el buque Mavi Marmara. No parece una conducta muy sensata: aun si a corto plazo se detuviera la potencial amenaza iraní, con acciones como las que Etzioni recomienda Israel realimentaría el conflicto con nuevos agravios, y la paz se alejaría de nuevo, quizás para más nunca volver.

Es preciso romper unos cuantos paradigmas.

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Puedo considerar al científico-profeta Yehezkel Dror, con orgullo y agradecimiento, como mi amigo y mentor en el oficio de pensar y hacer lo que él llama “la Gran Política”. Es una deuda de amistad y ayuda intelectual que cumplirá en pocos días treinta y ocho años. Yehezkel vino por primera vez a Venezuela en julio de 1972, cuando dictó en un salón del IESA un taller de tres días para “tomadores de decisiones de alto nivel”.

Ya venía con una estela de considerable prestigio, desde sus inicios de analista senior en la Corporación RAND y apuntalado por unas cuantas publicaciones que se habían convertido en textos matrices en el campo de las policy sciences. Luego asesoraría a los gobiernos de Canadá, Gran Bretaña y Holanda; después sería Científico Jefe del Ministerio de Industrias de Israel y de su Partido Laborista; más tarde aconsejaría a la Comunidad Europea desde Maastricht y sería llamado por el Club de Roma para la elaboración de un texto crucial. Yehezkel Dror fue por unos buenos años el Wolfson Professor of Political Science de la Universidad Hebrea de Jerusalén; ahora preside un importante think tank: el Instituto de Planificación de Políticas del Pueblo Judío.

En 2008 completó un trabajo extraordinario, un estimulante texto al que llamó The New Ruler: Leadership for the 21st Century. Su sección undécima trata de la base de valores para los líderes del siglo XXI, y prescribe el tránsito de una “razón de Estado” a una “razón de Humanidad” (Value Basis: From Raison d’Etat to Raison d’Humanité). Sus primeros tres párrafos, en lenguaje típicamente droriano, pueden ser así traducidos:

Es crucial la base de valores fundamentales sobre la que se asientan todas las opciones y acciones del Nuevo Gobernante. Aunque esto sea un asunto de elección subjetiva, independientemente de su condicionamiento por la cultura y el ambiente, se requieren la propia conciencia de los valores que el Nuevo Gobernante trata de realizar, un esfuerzo por adoptar una mirada “desde fuera” sobre los propios valores, un reconocimiento de la legitimidad de otros valores dentro de algunas líneas de alarma, y una buena dosis de razonamiento moral para mejorar los propios valores.

Para concentrarnos en el marco de valores que más distingue a la mayoría de los políticos contemporáneos del Nuevo Gobernante, es esencial que éste acepte en algún grado la razón de Humanidad sobre la razón de Estado.

Las opiniones pueden diferir, y de hecho lo hacen, respecto de algunas de las especificidades de la razón de Humanidad, pero su principio general está claro: lo que es bueno para la humanidad en su conjunto en lugar de lo que es bueno para el propio país.

¡Qué bueno sería que así razonaran Benjamín Netanyahu y Mahmoud Ahmadinejad, Knesset y Hamas! LEA

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