Una rotativa Roland de segunda mano pero poco uso, comprada en San Cristóbal, añadió capacidad (incluyendo la impresión a color) a La Columna en 1990. En esta foto dañada por la lluvia, tomada en marzo de ese año, quien escribe conversa con Carlos Lazo, el experto que la instalara, y el Jefe de Prensa del periódico, Mario Ojeda.

 

Hace hoy veinte años exactos de una hazaña sin precedentes en el periodismo venezolano: el 27 de junio de 1990, el diario La Columna (Maracaibo) ganaba el Premio Nacional de Periodismo a escasos nueve meses de su reaparición. Entre los otros candidatos al galardón se encontraban El Nacional y el periódico que entonces era todavía “el decano de la prensa nacional”, La Religión, que cumplía un siglo de existencia. La Columna había sido cerrado por su dueño, la Arquidiócesis de Maracaibo, en junio de 1988, y volvió a la vida el 8 de septiembre de 1989, coincidiendo con la fecha convencionalmente aceptada como la de la fundación de la ciudad.

En un patio dominado por la presencia de Panorama, la hegemonía informativa de este periódico nunca había sido quebrada por otro diario; ni La Columna, que era más antigua, ni El Diario de Occidente, ni Crítica, ni El Nacional de Occidente, ni El Zuliano, habían podido hacer mella en un cuasi-monopolio que decidía el mundo que existiría oficialmente para los zulianos: el registrado en las páginas de Panorama. Pero La Columna nueva ya alcanzaba en febrero de 1990, a seis meses de su reaparición, una circulación pagada que superaba la de ese periódico en unos seis a nueve mil ejemplares diarios en la ciudad de Maracaibo; en abril alcanzaba (en ocho meses) el punto de equilibrio entre costos de operación e ingresos por publicidad (USA Today se conformaba con lograr esa meta en cuatro años) y en junio no hubo más remedio que reconocer su increíble proceso con el premio máximo del periodismo nacional.

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Es natural que una aventura de esa clase estuviera repleta de anécdotas, y que muchos factores contribuyeran al éxito de un periódico tabloide que, en enero de 1989, fuera apenas un edificio viejo y con goteras cuidado por un vigilante que vivía en el sitio, una rotativa echada a perder y un murciélago. De esa confluencia factorial es preciso destacar unos pocos.

La gente del periódico, por supuesto, fue el factor principal, la columna de La Columna. Una decena de periodistas jóvenes, recién egresados de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia—donde recibieron conocimiento y guía ética de profesores que incluyeron al legendario Sergio Antillano—conformó el equipo inicial, que el éxito permitió complementar luego con unos pocos más: Jesús Urbina Serjant, Lilia Montero, Carlos Caridad, Marco Tulio Socorro, Patricia Rincón, Vinicio Díaz, Judith Martorelli y los fotógrafos Gustavo Bauer y Fernando Bracho, un grupo al que se unían Paola Badaraco, Mayra Chirino y María Angélica Dávila desde la corresponsalía que se abrió en Caracas y, en Maracaibo mismo, Lucía Contreras, Sarita Chávez, Marlene Nava y Celalba Rivera. Con la excepción de unos muy pocos veteranos—como Francis Blackman, en deportes—La Columna de 1989-1990 fue la obra de jóvenes. Fueron ellos quienes hicieron el primer periódico venezolano compuesto íntegramente en computadores, desde la redacción, pasando por el diseño y la diagramación que comandaba el arquitecto Juan Bravo Sananes, hasta la impresión de planchas generadas mágicamente por máquinas RIB computarizadas y colocadas en la Color Press (que no imprimía color) que dirigía Mario Ojeda.

Ese equipo hizo cosas notables, como tubear (tener una noticia que otros no consiguieron) a nada menos que The New York Times y The Washington Post, que no alcanzaron a reportar, como sí lo hizo La Columna, la invasión estadounidense a Panamá para apresar a Manuel Antonio Noriega.

Además de esta plantilla especialísima para la redacción, composición gráfica e impresión del periódico, La Columna de la época tuvo la inmensa fortuna de contar con tres pivotes fundamentalísimos: Ana Osechas, la gran Secretaria Ejecutiva del periódico, don Juan Planas Alsina, el sabio Gerente de 73 años de edad, y Orlando Espina, el Gerente de la Distribuidora Onda, la empresa que se formó para distribuir el periódico, ideador de una estrategia de colocación que ayudó a alcanzar las cotas insólitas de 4% de devolución.

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Otros factores del éxito eran menos tangibles, pero fueron igualmente cruciales. Para el suscrito, a quien cupo el honor de dirigir el proyecto y el lanzamiento hasta abril de 1990, uno fue definitivo. Éste fue el concepto que La Columna postuló para entender al lector al que serviría; un mes antes de su salida quedó definido como un lector inteligente, que preferiría se le elevase a ser reducido a lo chabacano, y como ciudadano del mundo, no como marabino sojuzgado por un más bien mítico centralismo caraqueño. Esta concepción no fue nunca explicada a los lectores, pero penetró los cerebros y corazones de cuantos trabajaron en el periódico. Los lectores llegaron a entenderlo así y premiaron, con 49.000 ejemplares pagados diarios en febrero de 1990, al tabloide que arrancara con 18.000 seis meses antes.

En otro texto en este blog (De héroes y de sabios), he usado el caso de La Columna para justificar la siguiente conclusión:

Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.

La Columna que reapareciera en 1989 ya no existe. Luego de peripecias que negaron su espíritu franco e innovador, que destrozaron su enriquecido ambiente de trabajo, cerró sus puertas definitivamente diez años después. Pero hace veinte años fue—todavía lo es—el mejor periódico que se haya hecho en Venezuela. Sus proezas de entonces esperan todavía por un trovador que las cante. LEA

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