La reina roja rojita: "¡Exprópiese! Off with his head!"

I pictured to myself the Queen of Hearts as a sort of embodiment of ungovernable passion – a blind and aimless Fury.

Lewis Carroll

furia. (Del lat. furĭa). Mit. Cada una de las tres divinidades infernales en que se personificaban la venganza o los remordimientos.

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El alma de las personas se revela con luminosidad máxima en las situaciones difíciles. Hay quienes saquean comercios luego de un terremoto, como hienas, como aves de rapiña; hay quienes, por lo contrario, se comportan como héroes generosos y valientes, altruistas.

Es una situación verdaderamente muy difícil la que atraviesa el presidente Chávez, y por ello su carácter como persona se pone de manifiesto con diafanidad. En verdad, debe estar harto de tantos problemas, por más que la mayoría haya sido su propia creación. ¡Qué fastidio lidiar con alimentos podridos, cuando lo de él es una autopsia épica con ciento ochenta años de retraso!

Un primer nivel en el que esto se manifiesta es en las equivocaciones tácticas. Chávez no es un buen estratega, como lo demuestra el hecho de haber optado por mercadear el socialismo marxista, de congelarse ideológicamente en una comprensión contrahistórica de las cosas. A estas alturas del tortuoso camino de la humanidad, nadie que insista en ideologizar la política tiene las cosas claras.

Pero Chávez siempre había sido un buen táctico; de hecho, su estrategia es una sumatoria de tácticas que buscan homogeneidad bajo una etiqueta nominal, en una marca. Pero, por un lado, ya las repite demasiado, aunque varíe terminológicamente, aunque ya no diga escuálidos sino burguesía. “¡Exprópiese!” es un método que no rinde ya los beneficios políticos que antaño le reportaba. Luego, por el otro, su ocurrencia terminológica ya no tiene el tino de sus mejores tiempos. El domingo decía, creyendo que se la comía, en el ataque ritual a Globovisión: “Ellos son pudrevisión, alma podrida, un millón de veces más podridos están ustedes que los alimentos que han conseguido y que se puedan conseguir”. Es obvio que el intento de transferir la gigantesca culpa de PDVAL a entidad distinta, por vía de un juego de palabras pretendidamente ocurrente, no hace otra cosa que reforzar la conciencia ciudadana acerca de la propiedad de ese pecado, ninguna otra cosa que asegurar la vigencia del escándalo socialista. Un Chávez más atento, menos distraído por los numerosos problemas, no habría cometido esa imprudente equivocación.

Más allá del deterioro de su idoneidad como conductor de batallas, la clase de persona que es emerge con gran definición. Ahora va dando bandazos; el 9 de julio decía: “Que Dios perdone a Urosa; no me ocuparé más de él”. Pero al darse cuenta del daño político que las sencillas, pedagógicas y, sobre todo, veraces notas del Cardenal del día previo han hecho a su proyecto socialista, se ha olvidado de la promesa y anuncia todo lo contrario. Anteayer, sólo nueve días después, ha dicho: “Cardenal: me aguantarás toda la vida, por meterte no conmigo sino con el pueblo. Te la voy a dedicar toda mi vida. No te vas a poder quitar el chin chin de Chávez, no te lo vas a quitar, compadre, porque sé quién eres, Cardenal, sé la estatura moral chiquitita que tienes”.

¿Qué clase de persona anuncia de tal modo un rencor vitalicio? ¿Qué tipo de alma aloja tal furia? ¿Qué venezolano podrá sostener que un presidente suyo deba ser tan vengativo, tan encarnizado?

Hugo Chávez se la pasa ofreciendo pretendidas lecciones morales, se la pasa viviendo de glorias pasadas, de las hazañas de nuestros libertadores. Pero no respeta sus restos ni se parece en nada moral a ellos. Si algo caracterizó a Bolívar y a Sucre fueron sus buenas maneras, su cortesía con los enemigos. En su trato no cupo nunca la saña, la venganza, la chabacanería, el insulto. Bolívar procuraba hablar y actuar con la mayor urbanidad, especialmente si se dirigía a algún enemigo. Luego de su entrevista con Morillo en Santa Ana (27 de noviembre de 1820), el general español pudo escribir: “Acabo de llegar del pueblo de Sta. Ana, en donde pasé ayer uno de los días más alegres de mi vida en compañía de Bolívar y de varios oficiales de su estado mayor, a quienes abrazamos con el mayor cariño… Bolívar estaba exaltado de alegría; nos abrazamos un millón de veces, y determinamos erigir un monumento para eterna memoria del principio de nuestra reconciliación en el sitio en que nos dimos el primer abrazo”. Sucre dijo, simplemente: “Honor al vencido”.

A Hugo Chávez, en cambio, le manda a callar el Rey de España por maleducado. No hay peor conserje del Panteón Nacional que el actual Presidente de la República. LEA

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