La ciencia de la serenata

 

Una noche de mediados de 1973 escuché por primera vez Alfonsina y el mar, en voz de barítono que se acompañaba de una guitarra. No tenía idea de cuán hermosa es esa canción. La velada con comida transcurría en la casa del arquitecto Elías Toro, quien al cabo de una década se convertiría en escultor. Cantaba alguien casado con una prima de Elías, la fallecida amiga Carmen Elena Toro. El serenatero que me convenció esa noche se llama Horacio Vanegas, y tampoco a él lo conocía.

Después conseguí la pieza cantada por Mercedes Sosa, cuya interpretación me decepcionó. Horacio siempre la ha cantado en ritmo valseado algo vivaz, en contraste que añade drama a la melancolía de su letra, y la larga languidez de doña Mercedes me resultó dormitiva. Si el orden de conocimiento hubiera sido inverso, quizás me habría gustado el canto lentísimo de la dama sureña. Soledad Bravo tiene una versión de tempo intermedio que no está mal, pero no llega a entusiasmarme porque mi oído exige el movimiento que le imprimen la guitarra y la voz de quien hoy es mi compadre: el cantor que me la dio a conocer.

Se hizo la amistad, y la música siempre ha sido ingrediente esencial de la relación. El Dr. Vanegas no sólo ama los boleros; también es capaz de pegarse una ópera interminable de Wagner en—¿dónde más?—un Festival de Bayreuth. Ha formado parte del Coro Ruso de la Universidad de Yale, donde el médico que él es obtuvo un Doctorado en Fisiología antes de ingresar al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, del que llegaría a ser su mejor Director.

Allí estaba él, en el Centro de Biofísica, desenmarañando las vías ópticas de ratas blancas, cuando me tocó asumir la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, en enero de 1980. A mediados de ese año, el Departamento de Relaciones Públicas me informó que debía autorizar los regalos navideños que la institución solía enviar a sus allegados. Viendo la lista que se me presentó de personas a obsequiar, me percaté de que el regalo prototípico era una botella de güisqui. Algunos menos afortunados recibirían una de vino. Me costó entender la propiedad de tales obsequios y me di a pensar en un sustituto correcto; no creía que el CONICIT debiera repartir caña en Navidad, como un despacho público vulgar y ordinario.

Para ese momento, siete años de estrecha amistad con Horacio me habían brindado muchas ocasiones de escucharlo cantando tangos, corridos, pasodobles y boleros, sobre todo boleros. Para ese momento, me había presentado a Miguel Delgado Estévez, un estupendo guitarrista y gente de humor, y este señor también trabajaba en el IVIC bajo la guía de José Antonio O’Daly. Entonces se me prendió el proverbial bombillo.

Dispuse que Horacio cantaría acompañado por Miguelito en un estudio de grabación, y que produciríamos un disco que el CONICIT regalaría en diciembre de 1980. Sabíamos que se trataba de músicos aficionados, pero hacían música con gusto y el capricho del Secretario Ejecutivo—hubo quien echara en falta su botella de costumbre—serviría para comprobar la veracidad de una tesis importante: que los científicos no son seres extraterrestres o anormales, que se enamoran, que sufren estreñimiento, que pueden jugar dominó y hasta pelota, que se saben la letra de una que otra canción.

Estos científicos hicieron el trabajo a título gratuito, y un equipo artístico y técnico se sumó al complot. Alejandro Blanco Uribe se encargó de la producción general, Antonio Huizi del diseño gráfico del álbum y Pancho Quilici dibujó con lápices y creyones una maravilla de ilustración para su carátula, de la que arriba se reproduce un fragmento. A todo el concepto se le llamó Otros experimentos.

Son esos diez experimentos los que acá se traen ahora, a treinta años de distancia, a treinta años de agradecimiento. LEA

………

Mujer divina

¿Qué dirías de mí?

Malena

Vida

Concha nácar

Una mujer

Vete de mí

María

Celos de amor

Delirio

_________

Share This: