Una fanfarria de veinte segundos, compuesta por Alfred Newman en 1933, basta para decir triunfalmente cine al comienzo de cualquier película distribuida por 20th Century Fox, para disponernos favorablemente a la inminente y excitante experiencia. Es más música que imagen, en su caso, y aquí está en tres versiones, la última computarizada.

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Admito haber pasado por una época de lectura de sabrosos bestsellers de gente como Irving Wallace o Arthur Hailey, y fui a ver tres veces la adaptación de una de las más exitosas novelas de este último: Aeropuerto. ¿Por qué? Bueno, me gusta la aviación en general, naturalmente, pero la segunda y la tercera vez que vi la película lo hice por volver a experimentar un instante audiovisual, un fragmento de segundo en el que la toma hizo un corte a otra vista simultáneamente con un golpe sonoro, en el que un profundo y noble acorde orquestal apoyaba y potenciaba lo que la imagen decía. El avión peligrosamente averiado lleva un rato buscando la pista del aeropuerto; así nos cuenta la edición de la película al mostrar en sucesión lo que mira el piloto, a través de un parabrisas por el que no se ve otra cosa que niebla, y una toma de perfil del avión rodeado de nubes, alternadamente. Súbitamente, desde la cabina se percibe la salvadora pista iluminada en el aeropuerto O’Hare de Chicago, y es en ese preciso instante cuando el editor del filme lanza el poder sónico de una gran orquesta para que reine la música compuesta, precisamente, por Alfred Newman.

La música añade poderosos tonos emocionales a la imagen. Salvo excepciones contadísimas—Silent Movie, de Mel Brooks (1976), o Dr. Plonk, de Rolf de Heer (2007)—todo cineasta contemporáneo incluye en sus películas una banda sonora musical, sin la que ellas serían experiencias más bien planas, una suerte de teatro filmado.

Y es que antes hubo cortes reales, ducales, condales que sostenían el trabajo de los buenos músicos, e iglesias que podían contratar un Kapellmeister que se encargara de tocar órgano, dirigir coro y orquesta y, de paso, componer una que otra cantata, como hizo Juan Sebastián Bach para cada día del año litúrgico. Es decir, había que empatarse con la realeza o la nobleza, o con los apoderados de Dios en la tierra, para hacer música y comer al mismo tiempo. Pero ahora son las cortes de Hollywood o Bollywood o Cinecittà las que hacen económicamente posible mucha música bien compuesta.

Aquí siguen once temas musicales fílmicos que vale la pena recordar.

El primer tema en esta selección es de la agridulce película Verano del 42, sobre el amor de un adolescente virgen con una bella mujer (Jennifer O’Neill) cuyo esposo ha muerto en la guerra europea, dirigida por Robert Mulligan. La música fue compuesta por Michel Legrand, quien ha producido más de doscientas partituras para cine y televisión y unos cuantos musicales.

Justamente es uno de los musicales de Michel Legrand—hijo de gato (Raymond Legrand) caza ratón—el que lanza a Catherine Deneuve a la fama mientras uno se enamora del rostro más hermoso del cine (digo yo) en Los paraguas de Cherburgo. (¿No es ella, acaso, la Grand Dame? Dígalo ahí). El gran violinista de concierto Itzhak Perlman es el solista en esta banda original.

John Williams, pero no el compositor de música para cine, sino el magnífico guitarrista clásico inglés, interpreta acá la Cavatina de El cazador (The deer hunter, 1978) película en la que intervienen Robert De Niro, Meryl Streep y, en un rol muy especial, Cristopher Walken. La música de este punzante filme acerca de la guerra de Vietnam es de Stanley Myers.

La ancha elocuencia de una moderna orquesta sinfónica está mandada a hacer para comunicar el gran espacio humano de la hazaña, de la epopeya más expansiva, para sugerir nobleza. John Barry la emplea con maestría en el gran tema de Danzas con lobos, la película cúspide de Kevin Costner. Hay una versión larga y una reducida, que es la que aquí se escucha.

 

Tal vez sea el tema más famoso de Ennio Morricone el que compuso para La misión, que narra la aventura de un misionero jesuita en el Iguazú. En cualquier caso, el American Film Institute le ha adjudicado el puesto 23 en su lista de mejores partituras fílmicas. Al inevitable Robert De Niro se unieron Jeremy Irons y Liam Neeson bajo la dirección de Roland Joffé.

In the mood for love es una magnífica y revolucionaria película hecha en Hong Kong por el director Wong Kar-wai. Su técnica narrativa de líneas paralelas es asombrosa, y también lo es su música, que contó con dos compositores, Michael Galasso y Shigeru Umebayashi. De este último es la muy hermosa Canción de Yumeji, cuya textura semeja la estructura fílmica.

En lugar de dos, tuvo tres compositores la obra maestra de Bernardo Bertolucci, El último emperador: Ryiuchi Sakamoto, David Byrne y Cong Su. Es de Sakamoto una perfecta miniatura contrapuntística: Rain – (I want a divorce). La película de Columbia Pictures (1987) ganó nueve premios Oscar, incluidos el de Mejor Película y Mejor Director.

Se debe al maestro Steven Spielberg el filme La lista de Schindler, con las actuaciones inolvidables de Liam Neeson, Ben Kingsley y Ralph Fiennes. Entre los siete premios de la Academia que cosechó estuvo, además de los de Mejor Película y Mejor Director, el de Mejor Partitura Original. Spielberg eligió al veterano John Williams para hacer música de tristeza infinita.

Pablo Neruda (Philippe Noiret) hace que el cartero ensaye la magia de un dictáfono y le insta a grabar algo bello. “Beatrice Russo” (Maria Grazia Cuccinotta), dice Il postino (Massimo Troisi) porque es el nombre de quien lo tiene enamorado. Michael Radford confió la composición de su música al muy competente argentino Luis Bacalov.

No es fácil conseguir un tema más reconocible que el que Henry Mancini compusiera para La pantera rosa, usado en los cortos animados y la serie de comedias que hizo Peter Sellers en el papel del inspector Clouzeau—“Ai vant a rœm”—antes de que Steve Martin se atreviera a continuarla en 2006 y 2009. Cristophe Beck compuso para estas últimas versiones.

El cierre de la colección es de lujo, y lo proporciona el músico inglés Richard Addinsell, quien compuso Concierto de Varsovia para la película Dangerous Moonlight (1941), dirigida por Brian Desmond Hurst. La pieza es perfecta; en poco menos de nueve minutos desarrolla tres hermosísimos temas, como la maqueta de un concierto de piano al estilo de Sergei Rachmaninoff.

El séptimo arte es hoy por hoy, no cabe duda, el mejor promotor de la buena música. ¡Qué viva el cine! LEA

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