En la Plaza Tahrir, El Cairo

Con estímulo de mi profesor de Filosofía Política y Social

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La gente de Dublín con apellido Edwards (castellanizado como Eduardo en las Islas Canarias en 1739) tiene un blasón cuyo lema reza: “Con Dios todo, sin Dios nada”. (Cum Deo Omnia Nihilque Sine Deo). Para Roland Carreño, Dios ha sido sustituido por la Constitución de la República “Bolivariana” de Venezuela. En una cuña promocional del programa Buenas noches, que Globovisión transmite, dice: “Fuera de la Constitución nada; dentro de la Constitución todo”.

Se trata de una fórmula incorrecta; sobre la Constitución, fuera de ella, está el Poder Constituyente Originario, el Pueblo en explícita condición de Soberano supraconstitucional. Ésta es noción fundamental de la teoría de la democracia y, particularmente, de la doctrina constitucional venezolana (19 de enero de 1999).

Aun tal soberanía no es ilimitada; la soberanía popular está constreñida, primeramente, por los derechos humanos. (Ni siquiera un referendo popular de abstención cero y votación positiva unánime puede ordenar que se me caiga a palos). Una constitución cualquiera no es la creadora de esos derechos; ellos existen en cada persona por el sólo hecho de ser humana. Las constituciones no hacen otra cosa que reconocerlos y, más modernamente, en la conciencia de que los derechos humanos son progresivos. La humanidad crece y cambia, y por ello crecen también sus derechos.

Luego, la soberanía de una nación, esto es, de sus ciudadanos, no es la única. Hay otras naciones de soberanía equivalente, y por tal razón los pactos válidamente establecidos entre ellas también la limitan. De resto, el Enjambre Soberano de la ciudadanía puede hacer cualquier cosa; la Constitución sólo limita a los poderes constituidos, no al Poder Constituyente que le dio origen.

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En la Carta Semanal #95 de doctorpolítico (No ha pasado nada, 15 de julio de 2004), se escribía:

No hace mucho tiempo… desde que Per Bak y su grupo de colaboradores del Centro de Investigaciones Thomas Watson de IBM registraran lo que pasaba en un modelo a escala de avalanchas orográficas. Con un aparato tan sensible que era capaz de hacer caer arena grano por grano sobre una superficie circular, observaban la formación de colinas con una determinada “pendiente crítica”, a partir de la cual la caída de un solo grano de arena podía provocar avalanchas. Largos períodos de observación documentaron la regularidad de una distribución con sentido intuitivamente previsible: que una secuencia larga de granos de arena cayendo sobre la colina genera un buen número de pequeños aludes; que en menor medida ocurren aludes de mediano tamaño; que son posibles avalanchas de gran talla, aunque muy poco frecuentes. Y, dicho sea de paso, que no se observó jamás ninguna avalancha que desmorone la colina íntegra.

Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios… Los enjambres humanos, que a diferencia de las piedras y las arenas cuentan con un creciente grado de intercomunicación, están gradualmente adquiriendo la capacidad de catastrofizar a escala transnacional. No es solamente el comercio lo que se globaliza: también el alcance de la conflictividad social. No está lejos el día de un 27F a escala subcontinental o intercontinental.

Un año antes, en la carta #42 (La crisis como antifaz, 26 de junio de 2003), se anticipaba:

A la larga, una sociedad informatizada… aprenderá a exigir de sus sucesores una utilidad de soluciones a problemas públicos, y por tanto forzará un cambio al paradigma médico de la política: que el político procurará la salud de su comunidad con su aporte a la solución de problemas públicos.

¿Es que podemos afirmar que falta mucho para que ocurran “caracazos” a escala planetaria, continental o subcontinental? ¿Podemos decir que son imposibles? Por más que avancen las tecnologías del poder, el poder último es el de la humanidad, que perfectamente puede manifestarse en alteraciones del orden público a escala del mundo, como la misma tierra parece alterar el clima, la marcha de los océanos, el vulcanismo, en reclamo por nuestras agresiones. Pobladas simultáneas en las principales ciudades suramericanas tendrían efectos tan drásticos y extensos como los del Niño.

Un tsunami político se ha desatado en el mundo árabe y no ha cesado. Comenzó al norte de África, en Túnez; alcanzó al Yemen; llegó a tierra de faraones, donde la inundación de ciudadanos egipcios está dando al traste con una dictadura de 30 años; ha hecho que el Rey de Jordania ponga sus bardas en remojo y, poco después, que parezca inminente la llegada de la ola a Siria. Ahora Hosni Mubarak, otrora hombre fuerte de Egipto, se ha visto forzado a declarar que no buscará otra reelección en las previstas elecciones de septiembre de este año. Ya no podrá gobernar “hasta el 2021”, pero es muy poco probable que llegue a septiembre.

Este cambio a escalas gigantescas, político-telúricas, es de las mejores noticias en lo que va de siglo XXI, pues es la juventud árabe que no es religiosamente fundamentalista, de orientación secular, modernizada por Internet, favorable a la ecualización del derecho de las mujeres, la que se ha hartado de las dominaciones unipersonales, despóticas. Es el alma de un pueblo de 1.200 millones de almas lo que se rebela, un pueblo que un día fue el pináculo de la cultura occidental, albacea de la sabiduría grecorromana que trasladó a Europa. No es una revolución islámica, teocrática; es la Revolución del Jazmín.

El mundo aprende porque Internet teje los circuitos neuronales del cerebro del mundo (expresión y pronóstico de Yehezkel Dror). Es la socialización no socialista que profetizara Pierre Teilhard de Chardin. Y como se trata de un fenómeno global, de un caracazo “a escala planetaria, continental o subcontinental”, puede cruzar también el Atlántico y llegar a costas de Cuba… o de Venezuela.

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Acá tenemos un despotismo más breve, de sólo doce años. Pero vuelve el país mayoritario a desear la cesación del mando de Hugo Chávez. Así lo quería en 2002, y la torpeza de Pedro Carmona, y el suicida paro petrolero, y la incompetencia de una oposición que no ha cambiado sino de Coordinadora Democrática a Mesa de la Unidad Democrática—con algún aprendizaje, aunque insuficiente—, llevaron al fracaso en el referendo revocatorio de 2004. Como en Egipto, una elección presidencial venezolana está en el horizonte; la reincidencia del presidente Chávez en su incompetente, arbitrario y canceroso modo de gobernar, sin embargo, pudiera hacer que el Enjambre Soberano se canse mucho antes y se africanice.

Cuando, a comienzos de 2002, se barajaba ya las cartas de una posible remoción presidencial—renuncia, enmienda de recorte de período, nueva constituyente—, recordé la doctrina constitucional venezolana establecida en jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia para proponer un Decreto de Abolición del Pueblo Soberano. No es imposible que el tsunami árabe alcance costas venezolanas, y convendría tener a mano un cauce racional, enteramente constitucional (no todo lo que es constitucional está contenido en la Constitución, dijo la Corte el 19 de enero de 1999), para eludir los manejos de actores indeseables que querrían colarse en un fenómeno caótico que causara la cesantía de Hugo Chávez.

Pero la cosa puede suscitarse de modo más enjambroso. En Salir de la caja (25 de marzo de 2004), escribía: “Esto es, la calle puede perfectamente, por aclamación, abolir el régimen del teniente coronel. (En situación de retiro). En cuanto cada protestante ciudadano, en abrumadora mayoría, se percatara de que ya no marcha para solicitar la renuncia del déspota o meramente expresarle su rechazo, sino para, premunido y consciente de su derecho como componente del Pueblo Soberano, abolir su satrapía, la manifestación equivaldría—referéndum en sauvage—al decreto formal”.

A lo mejor no somos tan pacientes como los egipcios, que esperaron treinta años. LEA

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