Éste sí era heredero de Bolívar

Hace tres días del fallecimiento de Don Ricardo Zuloaga, varón de bondad y de luz, y hoy se cumple una década de la ausencia de Úslar Pietri, maestro de lucidez y cultura. Es inevitable unir sus dos figuras amistadas. Cuando Úslar cumplía noventa años de vida, el recuerdo del padre del primero me sirvió de recurso retórico para iniciar un reconocimiento de la deuda que, como venezolano, tengo con el autor de Las lanzas coloradas. Reproduzco aquí el artículo Noventa años de luz, publicado el 17 de mayo de 1996 en la revista referéndum. Antes propongo la audición de la entrevista que hiciera Pedro Penzini López a José Rafael Revenga, amigo íntimo de Úslar, transmitida anteayer por Éxitos FM con ocasión de los diez años de la muerte del maestro. Está llena de la dimensión precisamente humana del gran humanista, que poco se comenta. (Puede escuchársela también en ABRA, el propio blog del Dr. Revenga).

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NOVENTA AÑOS DE LUZ

No hace muchas semanas de que se celebrara el centenario de la hazaña del generoso pionero, Ricardo Zuloaga, en el Teatro Teresa Carreño: cien años de iluminación eléctrica en la ciudad de Caracas. Con diez años menos que ese centenar, Arturo Úslar Pietri ha difundido inconmesurablemente mucha más luz, a muchas más personas, mucho más lejos, porque es su luz la del espíritu.

Uno era niño cuando ya aprendía de él porque, habiendo sido siempre de la modernidad, Arturo Úslar Pietri estuvo en nuestra primera televisión y así llegó a ser el maestro cimero de una muchedumbre de amigos invisibles. Su inconfundible hablar, sus palabras favoritas, su abundante discurso nos fascinaban, nos paralizaban ante la pantalla porque podía saborearse cada dato, cada certero juicio, cada regalo de luz. ¿Quién entre nosotros, los invisibles, puede decir que no aprendió de él?

En verdad, Úslar Pietri ha sido el venezolano más moderno de todo el siglo XX, a pesar de ser quien mejor conoce nuestra historia. También sabe como pocos la historia del hombre, así que su erudita y altiva cabeza es una aleación de su país y el mundo entero. Otra aleación le dio al nacer el substrato en el que brotaría y crecería su prodigiosa inteligencia: la de la germánica seriedad del Úslar y la valentía del Pietri corso. Al metal alemán le debe tal vez la acerada disciplina, el orden, la precisión. No pocos entrevistadores se han sorprendido con su absoluto dominio del tiempo del discurso. Les pregunta Arturo Úslar: “¿De cuánto tiempo dispongo?” Y le dicen: “Veinte minutos, ocho minutos, un minuto y medio, Doctor Úslar”. Luego no lo pueden creer cuando el sabio se acomoda en el sillón o yergue el pecho de pie frente al micrófono y trama una lección o una advertencia en la urdimbre de segundos y termina, con una eficaz y grácil curva del lenguaje, exactamente al agotarse el tiempo que le han dado.

De Córcega habrá venido el temperamento para la soberbia amalgama, pues no quiere esconder tras su serena sabiduría la pasión que sufre por los asuntos del hombre, por cada problema de la Patria. Pues no es sólo que nos ilustra, que nos alumbra los caminos, que nos aplica el acicate, sino que lo hace con vehemencia viril, jamás inelegante.

Uno ha discrepado de él, quizás a veces faltándole el respeto, pero siempre le venera y algo de temor siente uno en su augusta presencia. Desde que joven nos gobernaba bajo ilustre Presidencia, desde que redactara con otros nobles uno de los más solidarios y justicieros programas políticos de nuestra era—el del Partido Democrático Venezolano—desde que fundara, modernizando siempre, nuestra primera Facultad de Economía, desde que escribiese su primer relato, desde que dijera “Borges, soy Úslar”—muchas veces llama a los hombres por el apellido, como significando que allí esta el blasón, el gentilicio—, desde que tenemos conciencia Úslar es nuestra conciencia. Por eso es difícil decirlo mejor que como otros ya lo han dicho: Arturo Úslar Pietri ha sido la conciencia de la Nación. Pocos tienen el privilegio de usar ante él su nombre de pila, pero es que no hace falta más que decir Úslar y ya evocamos todo. La incesante excelencia, la grave mirada, la música de su voz, el manirroto corazón de su enseñanza.

Y es que Úslar Pietri jamás ha regateado la bolsa de su mente, y pródigo la ofrece cada día. A veces con la tiza del domingo, o va con sus edades hasta donde le requieran: hasta el estudio de la televisión o la radiofonía, el paraninfo, el hemiciclo, hasta la imprenta. Pero enseña también desde su casa: entre sus libros innumerables nos convida a sus ideas innumerables y oportunas, a su abundancia. Es el amigo visible. Que difícil, por lo mucho, estarle agradecidos. Que difícil ser, sin Úslar, Venezuela.

Úslar es Venezuela, y como eso es así es buena Venezuela. Porque un país en el que nace Úslar, en el que vive Úslar, al que regresa Úslar, en el que se queda Úslar prefiriéndolo entre todos los que le ofrecerían patria de inmediato, no puede ser un mal país. Es un país bueno, y que siempre ha sido su oficio. Es por esto entonces, visible Maestro, que somos mejores, porque Usted se ha ocupado de nosotros. LEA

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