Disfraz de monarca

 

De lleno en vena carnavalesca, Hugo Chávez volverá a usar uno de sus atuendos preferidos para las fiestas: su disfraz de Rey Sol, de L’État c’est moi, de monarca absoluto. El anuncio de que alternará, a pesar de todo, este embozo con el de mediador humanitario en Libia—apropiado desde que pernocta, por razones pluviosas, en la carpa de príncipe beduino que le regalara Muammar Gaddafi; familiar desde que lo empleara como intermediario entre Álvaro Uribe y las FARC—, fue hecho en el acto de juramentación de los equipos estadales del PSUV en el Teatro Teresa Carreño. Allí dijo: “¡Chávez es candidato, y ya!” La explicación de este democrático edicto es sencilla: “Yo estoy seguro [de] que si nosotros hacemos elecciones internas sería perder el tiempo ¿Para qué vamos a perder el tiempo?”

Chávez estima que el PSUV debe ser sacudido, porque al irse “como enfriando” y “burocratizando” ha permitido que se instalen “caudillos y caudillitos” y, naturalmente, caudillo hay sólo uno: él, ¿quién más? Los 360 miembros de los equipos juramentados recibieron esta admonición presidencial, que evidentemente contiene un lapsus linguæ: “Tenemos que ser muy autocríticos”. Habrá querido decir “autocráticos”.

Ya Carlos Escarrá había citado hace años, como es natural fuera de contexto, del discurso de Simón Bolívar ante el Congreso Constituyente de Bolivia (25 de mayo de 1826): “El presidente de la República viene a ser, en nuestra Constitución, como el sol que, firme en su centro, da vida al Universo. Esta suprema Autoridad debe ser perpetua; porque en los sistemas sin jerarquías se necesita más que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los Magistrados y los ciudadanos: los hombres y las cosas”. O sea, los 360 juramentados serían sólo los radios, en cada uno de los grados que componen el halo circular que rodea al astro rey, que deben emanar de la intensa fuente luminosa que Hugo Chávez pretende ser.

El “libertador” libio, que Chávez equiparó a Bolívar, habla locuras de muerte. Pero hasta los libertadores verdaderos, como este último, son muy capaces de decir pendejadas.

LEA

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Luciano Pavarotti canta aquí, en el Teatro de la Scala de Milán, el aria última—Si tuviera que perderte—de Baile de máscaras, ópera de Giuseppe Verdi. (“¿Qué mal presagio abruma mi espíritu/ que al volverte a ver anuncia un deseo casi mortal/ como si fuera la última hora de nuestro amor?”)

Ma se m’è forza perderti/ Per sempre, o luce mia,/ A te verrà il mio palpito/ Sotto qual ciel tu sia,/ Chiusa la tua memoria/ Nell’intimo del cor./ Chiusa nell’intimo del cor.

Ed or qual reo presagio/ Lo spirito m’assale,/ Che il rivederti annunzia/ Quasi un desio fatale…/ Come se fosse l’ultima/ Ora del nostro amor?

Come se fosse l’ultima,/ L’ultima ora –/ Ora del nostro amor!/ Del nostro amor…

O qual reo presagio m’assale!/ Come se fosse l’ultima/ Ora del nostro amor?/ Se fosse l’ultima del nostro amor…

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