La menor suma de felicidad posible

En vista de la miseria sin paralelo que los regímenes totalitarios han significado para sus pueblos—horror para muchos e infelicidad para todos—es doloroso darse cuenta de que siempre estuvieron precedidos por movimientos de masas y que mandan y descansan sobre el apoyo de las masas hasta el final. El ascenso de Hitler al poder fue legal en términos de la regla de la mayoría, y ni él ni Stalin podrían haber mantenido el liderazgo de grandes poblaciones, sobrevivido a muchas crisis interiores y exteriores y capeado numerosos peligros de las incesantes luchas intrapartidistas si no hubieran tenido la confianza de las masas. Tampoco puede atribuirse su popularidad al triunfo de una propaganda hábil y mentirosa sobre la ignorancia y la estupidez. La propaganda de los movimientos totalitarios que precedió y acompañó a los regímenes totalitarios es invariablemente tan franca como mendaz, y los futuros gobernantes totalitarios usualmente comienzan sus carreras jactándose de sus crímenes pasados y perfilando meticulosamente los futuros.

Hannah Arendt

Los orígenes del totalitarismo

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En una carta a Arturo Sosa hijo, ex Ministro de Hacienda del gobierno de Luis Herrera Campíns—fechada el 7 de septiembre de 1984 y recogida en Krisis: Memorias Prematuras—, describía un nuevo tipo de organización política, pues ya hacía más de un año que había diagnosticado a nuestros partidos de la época como asociaciones con esclerosis de sus marcos mentales, constitucionalmente ineficaces ante los problemas públicos más importantes de la época. En una compacta enumeración de rasgos de la nueva organización le puse:

Una sociedad (…) que al mismo tiempo establezca una comunicación regular con sus miembros que trascienda la esporádica convocatoria a un “acto de masas”. Una sociedad que nunca más se refiera a sus miembros como “masa”.

Me es, por tanto, chocante la redacción de Hannah Arendt, que reitera la referencia a los pueblos de Alemania y Rusia con el cognomento, usualmente despectivo, de “masas”. Pero Arendt habla con la verdad en todo el resto del epígrafe; el totalitarismo es sólo posible con la anuencia popular. Es una sociedad de psiquis enferma, que normalmente corresponde a una dolencia o varias del soma social, lo que presta base a la implantación de un régimen totalitario en su seno. Un siglo antes que ella, John Stuart Mill describía, en lenguaje propio del romanticismo, la misma patología:

Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho.

La sociedad que permite lo que Mill describe sufre grandemente antes de escoger la dominación, antes de creer que en ella puede estar la solución a sus males. Al comentar en junio de 1986—en la Introducción a Dictamen—la manera “realista” de ejercer comúnmente la actividad política, quise describir la paciente espera de un pueblo sufrido, que tiene límite:

El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pue­blos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la Realpolitik. Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el re­levo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiendan, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernan­tes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la “política realista”. También le ocurre a los pueblos que en oca­siones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios.

La parodia de Chaplin

No es, entonces, por placer irresponsable que los pueblos se ponen en las manos de un líder de clara vocación autocrática. La República de Weimar que Hitler sucediera no pudo resolver la pobreza extendida en Alemania desde la primera posguerra mundial hasta 1933. Antes, incluso, del crash bursátil de 1929, los alemanes vieron cómo su moneda dejaba de tener el más mínimo valor: llegó a cambiarse un dólar por trescientos millones de marcos, y la gente que podía iba forzosamente a la casa de abasto para comprar víveres con una carretilla llena de billetes. En tal circunstancia, tenía sentido el repudio nacionalista a las imposiciones del Tratado de Versalles sobre Alemania, que la hacía única culpable de la guerra desatada en 1914 y le cobraba onerosísimas reparaciones monetarias, y Adolfo Hitler estaba allí para dirigirlo y para señalar al expiatorio chivo judío que su locura imaginó como explicación de todo el sufrimiento.

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Los mecanismos de esta patología política son casi evidentes. En Locos egregios, el psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera expone cómo funcionan: “¿Qué es lo que impulsa a las masas a unirse en torno a un hombre y someterse a sus dictados? Básicamente, la proyección de sus anhelos en la persona del líder y la esperanza de que éste los satisfaga. Estos deseos, en parte conscientes, pero también inconscientes, se polarizan en: a) La búsqueda de seguridad. Se obedece para sentirse protegido; b) Resentimiento y deseos de revancha. Se unen y obedecen para ser más potentes en la agresión”. Un autor venezolano, José Manuel Briceño Guerrero, profesor de Filosofía de la Universidad de Los Andes, ensambló entre 1977 y 1982 El laberinto de los tres minotauros, obra que, por tanto, no podía referirse a Hugo Chávez, puesto que faltaba una década para su primera impronta en la conciencia nacional. En la última sección de su libro, Discurso salvaje, Briceño Guerrero describe el contenido de la indignación que Chávez explotaría:

Las colinas, los bosques, los prados, los animales y las plantas tienen amo, tienen propietario. Yo camino sobre tierra ajena, donde soy tolerado como sirviente; y no hay ningún sitio que yo pueda llamar mío. Con mi trabajo pago a duras penas las cosas que consumo y el alquiler de las que uso. Uso y consumo las peores y aun así logro escasamente sobrevivir. Todas las cosas se cambian por dinero; mi trabajo también. Pero la cantidad de dinero que obtengo no me alcanza para comprar las que necesito. Ando manga por hombro y crío hijos malsanos condenados a vender su sangre. (…)

Camino encogido, con la cabeza gacha, reverente y como pidiendo perdón por existir, sobre la misma tierra donde mis ancestros se erguían altivamente para respirar a pleno pulmón el aire de su mundo en la holgura de la patria; pero hubo un combate y fueron vencidos. Pelearon y perdieron; nosotros heredamos el oprobio de su derrota así como ellos, los otros, los de arriba, aquellos a cuya merced estamos, heredaron los privilegios de la victoria. ¿Podemos preparar otro combate, la revancha, una batalla a campo abierto, con clarines, en un día brillante de banderas y metales bruñidos, o perseveraremos en esta sórdida situación de resentimiento, saboteo, doblez, odio reprimido, envidia y papel?

J. M. Briceño Guerrero

El ojo del filósofo penetra más adentro, y predice la nueva alienación del oprimido a los jefes de la revolución que se planteó para, supuestamente, reivindicarlo:

Suele ocurrir también que pardos de ambición impaciente quieran forzar el ascenso dentro de su categoría, acelerarlo para llegar por un canal extraordinario al rango superior. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando logran llegar a importantes magistraturas desde donde se acomodan, se desligan de nosotros o nos mantienen organizados en las capas bajas de partidos políticos reformistas, en calidad de clientela y tropa de choque. (…)

En cambio ellos sí logran sus fines; además de mantenerme en cintura, canalizan mi torrente hacia sus molinos, me cogen de escalera, arriman mi brasa a su sardina.

Amonedan mi furia para comprar poder los dirigentes revolucionarios. Se vuelven ricos con la plusvalía de esa empresa llamada lucha revolucionaria en la que yo pongo mi fuerza de combate, mi capacidad de sacrificio, mi agonía, Plusvalía revolucionaria. (…)

He visto también—deseara no haberlo visto—que la revolución, caso de ser practicada en serio y caso de triunfar, conduce a formas de injusticia y opresión más abominables que las actuales. Esas formas nuevas de injusticia y opresión las he visto en los ojos y en las palabras de los dirigentes más sinceros, más esforzados, más leales a la causa. Se sienten salvadores mesiánicos, avatares de la historia; creen conocer mis intereses, mis deseos y mis necesidades mejor que yo mismo; no me consultan ni me oyen; se han constituido por cuenta de ellos en representantes míos, en vanguardias de mi lucha; son tutelares y paternalistas; prefiguran ya el Olimpo futuro donde tomarán todas las decisiones para mi bienestar y mi progreso; las tomarán y me las impondrán en nombre mío, a sangre y fuego en nombre mío. Yo bajo la cabeza diciendo “Sí camarada, sí compañero, eso es lo que hay que hacer, tiene razón, viva”. Les sigo la corriente para que no me peguen y para no desanimarlos; pueden producir esos momentos de relajo, de caos, cuando parpadea la vigilancia de los gendarmes, cuando puedo descargar impune mi rencor, mi cólera reprimida, mi odio; después de todo, ese alivio esporádico es el mendrugo que me toca en el tejemaneje revolucionario mientras llegan días peores, los del triunfo revolucionario.

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Vallejo-Nágera pregunta y responde, en el capítulo que dedica a Consideraciones sobre el poder político y psicopatología:

¿Está condicionada la humanidad a sentirse arrastrada sólo por líderes de gran potencia carismática, enraizada en tendencias neuróticas de agresividad tan fuertes e insatisfechas que despiertan y agrupan a las del mismo sentido que tienen latentes las masas? ¿Puede engañársenos con el señuelo artificial de un carisma inventado por los creadores profesionales de una imagen política, que al montarse sobre una personalidad endeble se derrumbará en los momentos de crisis, cuando su fuerza carismática, en realidad inexistente, sería necesaria para la defensa colectiva? ¿No es posible la agrupación en torno a un líder, sereno, equilibrado, que a la vez con fuerza y mesura sepa conducir sin avasallamiento? Sí, es posible, pero hemos querido mostrar con estos comentarios lo fácil que resulta el engaño.

Esto es, las sociedades enferman, pero también se curan. La enfermedad venezolana, por más desesperante que sea para una parte importante de la nación, es mucho más leve que la que aquejara a Alemania con Hitler. Éste país aprendió de su horrorosa dictadura y fue capaz de recomponerse a partir de la esquizofrenia posterior, representada por el muro de Berlín, que le dio una doble personalidad. Debiera ser más fácil la recuperación para nosotros. LEA

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Para descargar como .pdf Una sociedad neurotizada

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