Un delfín que filosofa

A mi hijo Luis Armando, que hoy se casa religiosamente

Parece seguro que la causa principal del retraso (dos años y nueve meses) en conseguir el sí de mi esposa es que la hubiera espantado desde un principio. Enamorado con angustia desde la noche en que la conocí, le dejé caer como primera cosa tres páginas y media mecanografiadas de Disquisiciones sobre un tema de arepera, el 3 de junio de 1976. La había visto por vez primera el 11 de mayo, y en una visita a la arepera Las Tres Esquinas—en la esquina de la Avda. Rómulo Gallegos con la Cuarta de Los Palos Grandes—acompañados de Eduardo Plaza Aurrecoechea, mi compadre, y Gisela Marrero Santana, nuestra futura comadre (que apostó en 1979 una caja de champaña que no ha pagado a que Nacha Sucre y yo no duraríamos seis meses de casados), emergió en la noche del 2 de junio una tesis corrosiva y escéptica acerca de las posibilidades del amor.

Comoquiera que yo necesitaba que me quisiera, me pareció harto inconveniente permitir que las cínicas tesis de esa noche permanecieran sin refutación: “La renuncia a construir el futuro. La reducción de uno mismo a caja de resonancia que depende de la cuerda exterior y no de sí misma. Ésa es la más grande declaración de inferioridad que pueda hacer una persona. Sólo aquél que rescata puede inventar. Se necesita, siempre, inventar el amor. Con un realismo orgulloso y apasionado, que también viva el presente con fruición”.

Era inevitable que quien todavía no era mi señora se formara la impresión de que mi cerebro estaba, en verdad, tostado. (Ya la habían informado de que yo era medio loco). ¿A quién se le ocurría cortejar de esa manera? Pronto confirmaría su hipótesis.

En agosto volvía por mis fueros; me propuse como su tutor privado para un curso al que llamé El hombre y su mundo. Es decir, pretendía darle clases que tuvieran el objetivo de “Ofrecer una visión global de la información disponible en 1976 para la comprensión de ese fenómeno llamado hombre y el mundo en el que se desenvuelve y contribuye a crear”. Entonces fueron once páginas escritas a máquina las que dejé en su casa, que contenían el esquema del curso y la lección introductoria. Naturalmente, el programa nunca se llevó a cabo. ¿A quién se le ocurre semejante locura?

Esas páginas han sido preservadas en una gran carpeta de argollas que recopila mis ocurrencias escritas durante el asedio, el que culminó en éxito el 22 de febrero de 1979. Dice el comienzo de la lección inicial:

Imaginemos lo siguiente: un delfín—podría haber sido cualquier otro animal—desarrolla súbitamente una capacidad intelectual diferente a la que le impele naturalmente a curiosear lo que le rodea. Cruza así una tenue frontera psicológica y empieza a hacerse curioso de sí mismo. Empieza a cuestionarse de repente, de las múltiples formas como los hombres habitúan preguntarse cosas a sí mismos.

¡Ah, si ella me hablara!

Supongamos que ese delfín mutante se plantease cuestiones como éstas: “¿Por que nací? ¿Para qué vivo? ¿A quién le importo? ¿Qué relación tengo con esos puntos luminosos que veo cuando nado de noche en la superficie? ¿De qué estoy hecho? ¿Por qué floto yo y no flota ya aquella embarcación hundida? ¿Por qué me disgustan tales y cuales delfines y me gustan tales otros, en particular, muy en particular, aquella delfina de chillido ronco? [Nacha, of course, que era contralto del coro que dirigía Eduardo] ¿Por qué demonios (quizás diría ‘por qué tiburones’) debe pesar sobre mí la contradicción de querer ser libre e inmortal y encontrarme limitado y perecedero?” Etcétera, etcétera, etcétera.

El delfín estaría en una situación relativamente más cómoda que la nuestra, si continuamos imaginando que se encuentra un día con un hombre y se le hace posible “hablarle”. Contaría con un interlocutor distinto a él, superior a él en la escala zoológica, que podría verlo desde afuera y suministrarle una información objetiva que quizás le facilitara la contestación de esas preguntas.

No estiremos demasiado el ejemplo porque tiene obvias limitaciones. Volveremos a la consideración de algunas de esas fallas. Por ahora esa escueta fábula incompleta (no ha tenido ni conclusión dramática ni moraleja) nos sirve para ilustrar simplemente que cuando el ser humano, un ser humano concreto, se hace preguntas similares, no cuenta con la conversación posible (al menos hasta ahora) con otro ser de mayor calibre intelectual que él mismo.

………

Nacha cree que hay vida inteligente en muchos otros planetas del paisaje universal. Imagina que en cuanto establezcamos contacto con alguno, un baño sideral de modestia recaerá sobre nosotros, haciendo que muchos de los dolorosos conflictos humanos del mundo actual dejen de tener sentido. Acompaño su fe en la premisa; en diciembre de 1990 escribí:

Otras intuiciones pertinentes nos vienen, como de contrabando, junto con el tema de “los otros”: la presencia de otros seres inteligentes en el uni­verso. Los astrofísicos consideran muy se­riamente la posibilidad de vida in­teligente extraterrestre. En realidad, dado el gigantesco nú­mero de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos so­los en el cosmos resulta, decididamente, una conjetura presuntuosa.

Hasta ahora no hay resultado positivo de los incipientes intentos por es­tablecer comunica­ción con seres extraterrestres, a pesar de la seriedad cientí­fica de tales intentos. (Por ejemplo, el proyecto OZMA, que incluyó la transmisión hacia el espacio exterior de información desde el gran radiotelescopio de Arecibo*, en Puerto Rico, en códigos que se supone fácilmente desci­frables por una inteligencia “normal”).

¿Qué consecuencias podría esto tener para, digamos el paradigma cris­tiano, hasta cierto punto asentado sobre una noción de unicidad del género humano en el universo? Aun antes de cualquier contacto del “tercer tipo”, la mera posibilidad del encuentro ejerce presión sobre los postulados actuales de al menos algunas—las más “personalizadas”—entre las religiones terres­tres.

En otra dirección, ¿qué alteraciones impensadas podrían producirse en el sentimiento trascendental y religioso del hombre si efectivamente se lle­gara a construir “inteligencias arti­ficiales” operacionalmente indistinguibles de la de un ser humano? ¿Qué nuevas nociones éticas, qué nuevas figuras de de­recho requeriría un hecho tal? ¿Tal vez una bula pontificia que declare—como en Short circuit II, la película reciente—la “humanidad” de estos seres sintéticos? ¿Sería admisible su esclavización? ¿Es la especie humana la última fase de la evolución biológica, o será una nueva especie una combinación de metales y cerámicas que hayamos programado con inteligencia y con capacidad de au­torreproducción?

*(En 1978, en viaje exploratorio para la posible adquisición de una planta de anhídrido ftálico en la que Corimón, donde trabajaba, se había interesado, llegué a las afueras de Arecibo. El Gerente General de la fábrica obtuvo permiso para sobrevolar en su avioneta, conmigo adentro, el sobrecogedor radiotelescopio, suspendido en el aire sobre una excavación parabólica de cien metros de diámetro. Todavía Nacha no me hacía caso).

………

Por mi parte, encuentro sentido a la hipótesis o principio de Gaia. Dice Wikipedia:

James Lovelock cumplirá 93 años

La hipótesis Gaia, también conocida como teoría Gaia o principio Gaia, propone que todos los organismos y sus ambientes inorgánicos en la Tierra están estrechamente integrados para formar un único sistema complejo, que mantiene las condiciones para la vida en el planeta. [Destacado de este blog]. La investigación científica de la hipótesis Gaia se enfoca en la observación de cómo la biósfera y la evolución de las formas de vida contribuyen a la estabilidad de la temperatura global, la salinidad de los océanos, el oxígeno en la atmósfera y otros factores de habitabilidad en una homeostasis** preferible. La hipótesis Gaia fue formulada por el químico James Lovelock y co-desarrollada por la microbióloga Lynn Margulis en los años setenta. Inicialmente recibida con hostilidad por la comunidad científica, es ahora estudiada en las disciplinas de geofisiología y ciencia del sistema Tierra, y algunos de sus principios han sido adoptados en campos tales como biogeoquímica y ecología de sistemas. Esta hipótesis ecológica ha inspirado asimismo analogías e interpretaciones diversas en ciencias sociales, política y religión bajo una vaga filosofía y movimiento.

No me he inscrito en tal movimiento, pero sigue informando Wikipedia: “…la Hipótesis Gaia ha sido soportada por varios experimentos científicos, así como provisto unas cuantas predicciones útiles, de allí que debe hacerse referencia a ella como la teoría Gaia. De hecho, una investigación más amplia contradijo la hipótesis original, en el sentido de que no es sólo la vida sino el sistema entero de la Tierra que hace la regulación”.

Bueno, si no es descabellado entender a la Terre entière*** de Teilhard de Chardin como un superorganismo que mantiene una homeostasis que permite la vida en su superficie y sus océanos, sus ríos y cavernas, puedo yo permitirme una conjetura: el universo entero es un megasuperorganismo en el que fenómenos como la Tierra acontecen.

**(DRAE: homeostasis. 1. f. Biol. Conjunto de fenómenos de autorregulación, que conducen al mantenimiento de la constancia en la composición y propiedades del medio interno de un organismo. 2. f. Autorregulación de la constancia de las propiedades de otros sistemas influidos por agentes exteriores).

***Puisque, une fois encore, Seigneur, non plus dans les forêts de l’Aisne, mais dans les steppes d’Asie, je n’ai ni pain, ni vin, ni autel, je m’élèverai par-dessus les symboles jusqu’à la pure majesté du Réel, et je vous offrirai, moi votre prêtre, sur l’autel de la Terre entière, le travail et la peine du Monde. Pierre Teilhard de Chardin: La Misa sobre el Mundo, primera parte de Himno al Universo.

………

David Kaiser, Marvin Minsky y Ed Fredkin en MIT

En Proyecto Fénix: Teología conjetural, Edward Fredkin hizo su aparición con la idea de un computador coextensivo al universo, que una inteligencia ha dotado de un programa que ha puesto a correr “para ver qué pasa”. (Recordemos que la filosofía digital de Fredkin sostiene que lo biológico se explica por lo químico, lo químico por lo físico y esto último sería sólo comprensible en términos de información). Conversando con el autor de Three Scientists and their Gods, Robert Wright, es requerido por éste, que admite una inclinación teleológica, la preferencia por una visión que postula una intencionalidad o propósito en ese “proyecto” informático universal: “Desde su punto de vista, la razón por la que todo esto ha ocurrido… es porque algo se propuso resolver un problema por simulación ¿no es así?” Fredkin responde: “…uno debe ver dónde fue que [ese algo] puso sus recursos. Los puso en las galaxias y las estrellas. (…) Puede que haya más sistemas interesantes que los que conocemos. ¿Quién sabe lo que ocurre en el interior de una estrella? La idea de que todo lo que vemos en ella es un trozo de total desperdicio cósmico, natural y azaroso, y que nosotros somos el único material ordenado por estos lados es muy inverosímil. Así que creo que hay algo mucho más complejo en las estrellas y galaxias que lo que reconocemos”.

Le faltó el salto final. ¿No es mucho más complejo todavía el universo entero? ¿No mantendrá esta Hipergaia una homeostasis descomunal que permite que haya millones de galaxias, formadas de innumerables estrellas que atraen planetas en los que puede darse la vida como la conocemos? ¿No será el universo todo, él mismo, un inmenso organismo vivo?

De tener algo viviente una escala cósmica sería prácticamente imposible que no tuviera inteligencia y, si esto fuera así, espero que algún día nos hable, como nosotros podremos algún día hablar a los delfines, y conteste nuestras más azoradas inquietudes. Probablemente ese delfín conjetural nos vería como dioses; yo no tendría inconveniente en llamar Dios al universo entero si se dignara dirigirme la palabra. LEA

_________

Para descargar en .pdf: La casa del delfín

Una discusión recentísima sobre la mentalidad de criaturas no humanas es la de Robert W. Lurz, Mindreading Animals: The Debate over What Animals Know about Other Minds, MIT Press, 2011. Una reseña de esta obra por Kristin Andrews se lee en Notre Dame Philosophical Reviews.

………

Share This: