Gustav Klimt: Friso de Beethoven (1901)

La música tonal a la que estamos acostumbrados se construye, por su mayor parte, con notas y acordes que pertenecen a una cualquiera de las 24 escalas mayores y menores, cada una de ellas hecha con siete notas ascendentes; Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, por ejemplo, que forman la escala de Do mayor. Así, cuando decimos que una pieza está en la tonalidad de Do mayor, encontraremos que la mayoría de sus notas son de la escala que acabamos de describir y, comúnmente, concluye con el acorde fundamental o básico de Do mayor: Do, Mi, Sol. Lo mismo ocurre con las tonalidades menores; la escala de Do menor, por caso, se construye con la serie Do, Re, Mi bemol (un semitono más grave que Mi natural), Fa, Sol, La bemol y Si bemol. Por supuesto, dentro de una misma pieza la música puede “modular” de una tonalidad a otra, pero siempre regresa (en la música tonal) a la tonalidad principal.

En principio, pues, dos piezas diferentes en una misma tonalidad deben tener afinidad sonora; se convienen. (DRAE: convenir. 6. prnl. Ajustarse, componerse, concordarse). Esto es el pretexto para construir aquí un concierto para violín y orquesta y una sinfonía, armados ambos a partir de compositores y obras dispares con la única excusa de que han sido compuestos en una misma tonalidad.

Hagamos, primero, un Concierto para Violín y Orquesta en Re mayor. Hay muchos compuestos en esa tonalidad (Mozart, Beethoven, Brahms, Paganini, Tchaikovsky, Stravinsky, Prokofiev…) La razón es que la digitación de Re mayor en un violín es más cómoda que la de otras tonalidades. (Cualquiera que haya tocado Compadre Pancho en un modesto cuatro criollo habrá comenzado por Re mayor su aventura en ese instrumento; no exige mucho a los dedos de la mano izquierda de un principiante).

Compuso lo que le dio la gana

El primer movimiento de nuestro Concierto potpourri para violín y orquesta, Allegro moderato, es del opus 35 de Pyotr Illich Tchaikovsky. Compuesto en 1878 a orillas del Lago de Ginebra—donde el compositor se recuperaba del desastre de su matrimonio—fue completado en un mes y luego revisado. Tardó tres años en estrenarse y no fue muy auspiciosamente recibido; algunos críticos lo encontaron “largo y pretencioso”, incluso “olorosamente ruso” como obra que “hedía al oído”. (Las metáforas olfativas son de Eduard Hanslick, un influyente crítico de la época). Tchaikovsky había pensado dedicarlo a su alumno de composición, el violinista Iosif Kotek, quien le había aconsejado técnicamente en varias partes del solista, pero creyó que el tributo se entendería mal, como prueba de una relación amorosa con su discípulo, la que de todos modos tuvo por un tiempo. Terminó dedicándolo a Leopold Auer, quien se sorprendió y agradeció la distinción, aunque sólo consideró de valor el primer movimiento y se excusó de estrenarlo en marzo de 1879. Fue finalmente presentado al público en Viena por Adolph Brodsky, y en éste recayó la dedicatoria definitiva. En todo caso, esta obra se ha convertido en uno de los más apreciados conciertos de violín, y es ciertamente uno de los de mayor dificultad. Henryk Szerying toca de seguidas su primer movimiento mientras Antal Doráti dirige la Orquesta Sinfónica de Londres.

Allegro moderato

La nobleza humana y musical

Exactamente el mismo año en que se compuso el concierto anterior, Johannes Brahms concluía su Concierto en Re mayor para violín y orquesta, que dedicó al gran violinista Joseph Joachim. El día de Año Nuevo de 1879, Joachim estrenaba en Leipzig el concierto, al que contribuyó con asesoría técnica y consideraba uno de los cuatro más grandes conciertos para violín de la música alemana. El virtuoso ejecutante fue quien determinó el curioso programa: comenzaría con el Concierto, también en Re mayor, de Ludwig van Beethoven y concluiría con el de Brahms. Éste comentó que había demasiado Re mayor en la sesión. Tal como con Tchaikovsky, el concierto de Brahms fue criticado por los entendidos, quienes se apresuraron a calificarlo como un “concierto contra el violín”. Pero el público lo recibió con entusiasmo, mientras continuaban las críticas. Acá oiremos el segundo movimiento, Adagio, en el violín de Itzhak Perlman “contra” la Orquesta Sinfónica de Chicago dirigida por Carlo Maria Giulini. (Este movimiento era la razón por la que el violinista español Pablo de Sarasate se negaba a tocar la obra; no quería estar en el proscenio sosteniendo el violín mientras escuchaba “al oboe tocar la única melodía del Adagio”). Advertencia de una trampa: aunque el concierto, en su conjunto, pertenece a la tonalidad de Re mayor, el Adagio está armado en la de Fa mayor, que se conviene con la tonalidad principal.

Adagio

Sordo, pero no mudo

Podemos aprovechar la ocurrencia de Joseph Joachim para cerrar el mosaico de conciertos de violín con el de Ludwig van Beethoven que, como ha quedado dicho, también fue compuesto en Re mayor. Éste, su opus 61, fue completado en 1806 y estrenado el mismo año en Viena. No fue bien recibido y desapareció del circuito de conciertos, hasta que Joachim lo tocara, cuando tenía 12 años—en 1844, diecisiete años después de la muerte del compositor—, acompañado de una orquesta dirigida por Félix Mendelssohn Bartholdy. Al igual que la obra de Brahms, son el primero y el tercer movimiento los segmentos que están en Re mayor; el movimiento lento está en Sol mayor. Es el último movimiento—Rondó-Allegro—el que aquí interpreta, de nuevo, Itzhak Perlman con Daniel Barenboim al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín.

Rondó – Allegro

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Bueno, hagamos ahora una sinfonía. Me apetece componer una en Mi menor, y la ensamblaré con movimientos de Brahms, Khachaturian, Rachmaminoff y Dvořák.

Comenzaré por la cuarta y última sinfonía de Johannes Brahms, una de sus más nobles composiciones (op. 98). Le tomó un año escribirla; fue estrenada en concierto dirigido por el compositor el 25 de octubre de 1885, en Meiningen. El necio de Eduard Hanslick volvió a repetir su desaprobación. Del primer movimiento que aquí se escucha—Allegro non troppo—en los instrumentos de la Sinfónica (no Filarmónica) de Viena conducidos por Wolfgang Sawallisch, el arrogante crítico dijo: “Durante todo este movimiento tuve la sensación de recibir una paliza de manos de gente increíblemente inteligente”. Bueno, la sinfonía es muy inteligente y Hanslick merecía sin duda ser apaleado.

Allegro non troppo

Los sonidos de Armenia

En agudo contraste con el movimiento anterior, el segundo—Allegro risoluto—de la Sinfonía #2 de Aram Khachaturian (de la Campana) introduce los típicos ritmos y armonías armenias de este compositor soviético, dueño de una rica paleta orquestal. (El apodo de la sinfonía se debe al uso de campanas en un motivo del primer movimiento que se repite en el movimiento final). Es el propio compositor quien dirige a la Orquesta Filarmónica (no Sinfónica) de Viena, uno de los primeros conjuntos musicales del mundo. (A lo largo del movimiento se escucha el sonido del piano como miembro de una sinfónica, no como solista, cosa del todo impensable en la época de Brahms).

Allegro risoluto

El hombre melodioso

El tercer movimiento—Adagio—de la Segunda Sinfonía en Mi menor, op. 27 de Sergei Rachmaninoff, es característico del compositor. Su marca de fábrica es la dulzura de sus melodías, que producía copiosamente. Uno de sus grandes intérpretes fue Eugene Ormandy, quien dirige para nosotros, en la que puede ser la versión definitiva de la sinfonía, el lujoso sonido que supo extraer de la opulenta Orquesta de Filadelfia. En ese movimiento también puede apreciarse la textura contrapuntística de muchas de las obras de Rachmaninoff: el canto simultáneo de dos melodías distintas, a cual más bella.

Adagio

El visitante de América

La conclusión de nuestra abigarrada sinfonía en Mi menor queda confiada al compositor bohemio Antonín Dvořák. De su Sinfonía #9 (del Nuevo Mundo, antes Sinfonía #5) es su cuarto movimiento (Allegro con fuoco) el cierre de este experimento. La Orquesta Sinfónica de la Radio de Stuttgart es dirigida aquí por Gustavo Dudamel, ciertamente un director con fuoco, en concierto ante Benedicto XVI y buena parte de la Curia Romana. Como se sabe, la sinfonía de Dvořák fue llamada del Nuevo Mundo porque la compuso durante su estadía en los Estados Unidos entre 1892 y 1895, cuando dirigió la orquesta del Conservatorio de Nueva York; melodías del folk afroamericano se colaron en sus compases. Es un movimiento digno de clausurar nuestro concierto.

Allegro con fuoco

¿Encore? Está bien. Para no salirnos de la tonalidad de Mi menor, he aquí el primer movimiento—Allegro piacevole—de la Serenata para cuerdas de Edward Elgar, a cargo de Vernon Handley y la Orquesta Filarmónica de Londres.
Allegro piacevole

Ya es hora de conseguir una buena arepera. Buen provecho. LEA

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