Cambio climático-político deshiela los polos

Cambio climático-político deshiela los polos en Venezuela

El dato político más decidor de los últimos tiempos fue aportado el último día de agosto por Eugenio G. Martínez en El Universal. Así anuncia el sumario de su nota: “En las elecciones municipales previstas el 8 de diciembre próximo, según el balance general anunciado tardíamente por el CNE, competirán 16.088 candidatos para el total de 2.972 cargos a elegir. La cantidad de aspirantes postulados entre la Mesa de la Unidad y el Gran Polo Patriótico se estima en 5.584, por lo cual 67% de los admitidos no cuentan con el aval de los dos bloques políticos”.

Ya esto no es una medición de opinión proporcionada por Datanálisis, Hinterlaces o IVAD. Ahora se trata de un hecho político que corrobora la interpretación de Schemel en junio: “El país es mucho más homogéneo de lo que parece. La muerte del presidente Chávez está reconfigurando la cultura política, está desradicalizando y despolarizando a la sociedad venezolana, que se está moviendo más hacia el centro y está rechazando mayoritariamente las posiciones extremas”.

A pesar de esta realidad, Henrique Capriles ha planteado que las elecciones del 8 de diciembre próximo deberán ser entendidas como un “plebiscito”—DRAE: 1. m. Resolución tomada por todo un pueblo a pluralidad de votos. 2. m. Consulta que los poderes públicos someten al voto popular directo para que apruebe o rechace una determinada propuesta sobre soberanía, ciudadanía, poderes excepcionales, etc.—que determinaría los tamaños relativos de los polos de la película en blanco y negro: el “grande y patriótico” que apoya a Nicolás Maduro y el “unitario y democrático” que comanda el Gobernador del estado Miranda.

"Se parecen igualitos..."

“Se parecen igualitos…”

De este modo, Capriles incurre en imitación de conductas y posturas del difunto Hugo Chávez; para las últimas elecciones regionales (gobernaciones, alcaldías y concejales) del 23 de noviembre de 2008, Chávez se autoungió como jefe de campaña de todos los candidatos del socialismo, tal como Capriles se autopropuso respecto de los candidatos de oposición a las que vienen. Hace casi cinco años, comencé así la Carta Semanal #312 de doctorpolítico (20 de noviembre de 2008):

Aunque las candidaturas auspiciadas por Hugo Chávez triunfen en todas las alcaldías del país, aunque veintitrés gobernadores electos sean los que él quiso, aunque absolutamente todo cargo electivo a determinar el próximo domingo 23 de noviembre quedase en manos de algún partidario suyo, de estos hechos no se desprende que él queda libre para promulgar que se reelegirá indefinidamente. Primero, porque ya esa posibilidad fue negada el pasado 2 de diciembre, cuando una mayoría expresa del Poder Constituyente Originario negó tal pretensión; segundo, porque eso no es lo que se estará preguntando el próximo domingo. Ni de una totalidad de triunfos en los estados y municipios puede sacarse conclusiones sobre asuntos de exclusivo dominio nacional.

Luego vino, por supuesto, el referendo sobre la enmienda constitucional del 15 de febrero de 2009, que terminó aprobando la reelección indefinida, a pesar de que los estudios de opinión parecían indicar que el proyecto de enmienda sería derrotado. Creo que vale la pena refrescar lo siguiente:

Se habla ahora de sondeos recientes de la opinión que retratarían una pelea más o menos pareja entre el pro y el contra de la enmienda. En verdad, los sondeos posteriores a los trucos más obscenos—la ampliación de la reelegibilidad a todo funcionario por elección y la camuflada redacción final de la pregunta—están todavía en proceso. (La encuestadora Datos, por ejemplo, a pesar de lo que sugiriera hace poco algún articulista, no ha concluido el procesamiento de su encuesta). Pero los que fueron hechos en diciembre reflejan todos una ventaja marcada para la negativa.

Un estudio particularmente interesante fue el dirigido por Roberto Briceño León, John Magdaleno, Olga Ávila y Alberto Camardiel. Este esfuerzo combinó una encuesta nacional (22 de diciembre) y la realización de focus groups bastante especiales, pues fueron compuestos de modo que no se mezclaran partidarios del gobierno, sus opositores o gente no alineada con ninguno de esos polos.

Naturalmente, este estudio combinado encontró un cincuenta por ciento de claro rechazo a la enmienda, mientras que registró sólo treinta y seis por ciento de apoyo. (La gente más joven y la población femenina es la que más repudia la pretensión continuista; en términos etarios, el proyecto sólo tiene mayoría en las personas mayores de cincuenta y cinco años; en términos socioeconómicos, sólo el estrato E—numéricamente menor que el D—le da una mayoría de apoyo. También registra la conocida aprobación mayoritaria a la gestión de gobierno, 61,4%; pero al mismo tiempo computa en 52% la proporción de la población que tiene poca o ninguna confianza en Hugo Chávez).

Los focus groups arrojaron detalles muy significativos; tal vez el principal es la presencia de dudas e incomprensiones, hasta vergüenza, en los grupos conformados con partidarios del gobierno. La interpretación de la encuesta, por su parte, pone de manifiesto el carácter crucial de los electores no alineados ni con el gobierno ni con la oposición.

Quien escribe tuvo la fortuna de asistir a una rica presentación de Briceño León y Magdaleno sobre estos resultados. Como es su costumbre, no se limitaron a la medición y el diagnóstico, y enhebraron a partir de sus datos una serie, mayormente sensata, de recomendaciones estratégicas para afirmar el rechazo a la proposición continuista. Una recomendación específica llama la atención.

Briceño y Magdaleno, luego de expresar su convicción de que la inminente consulta ofrece una oportunidad para “reposicionar” a la oposición, argumentaron que era de la suprema importancia la elección de quienes debieran hacer ostensiblemente frente—fronting—al proyecto de enmienda. Hablaron de una disyuntiva—falsa, a mi manera de ver—entre estudiantes y líderes convencionales, dando a entender que no había otras voces posibles. (En intento pedagógico hablaron, debe reconocerse, de encontrar los “badueles” o “marisabeles” de 2009). Esto es, la recomendación de Briceño y Magdaleno es la de constituir un coro de tres voces: la de aquellos que aún no están listos (estudiantes), la de los rechazados (líderes convencionales), la de los saltadores de talanquera (“badueles” y “marisabeles”). ¿Es que no hay otras voces en Venezuela?

Llama la atención que, después de haber expuesto que sería decisiva la participación de los electores no alineados—el estudio combinado mide su tamaño a la par de quienes apoyan a Chávez y mayor que el de sus opositores, como lo han hecho desde hace al menos seis años todas las encuestadoras, en proporciones cambiantes que oscilan entre 35% y 50%—, no se saque la conclusión obvia. Antes que “badueles” o “marisabeles”, urge conseguir voces no alineadas, con discurso no alineado y argumentos no alineados para asestar el golpe definitivo a las pretensiones continuistas de Hugo Chávez. (En la Carta Semanal #316 de doctorpolítico, 22 de enero de 2009).

La enmienda que nunca debió prosperar

A esta prescripción no se le hizo caso, y el 15 de febrero de 2009—¡con una abstención de casi 30%!—resultó aprobada la enmienda propuesta por 54,16% de síes contra 45,13% de noes. Una vez más, los insuficientes conceptos estratégicos de la dirigencia opositora nacional condujeron a su derrota; una vez más, esa dirigencia dilapidó (como en 2004) una clara mayoría con su inepta conducción. Naturalmente, el gobierno hizo gala de su arraigada práctica ventajista, como en todo proceso electoral desde que el chavismo agarró por vez primera el coroto en diciembre de 1998.

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De nuevo, pues, la dirigencia opositora reitera su ineficaz planteamiento estratégico de polarización el que, por lo demás, no es otra cosa que la aceptación del planteamiento polarizante oficialista, solemne, ridículamente épico: Bolívar, la Patria, la Revolución, contra la derecha golpista, fascista y vendepatria. Y cuando digo la dirigencia opositora debiera decir la dirigencia encarnada en Capriles; es él, y no tanto la Mesa de la Unidad Democrática, el tesista plebiscitario, como es él el autoungido jefe de campaña de candidatos a unas elecciones locales (“se parece igualito” a Chávez). La oposición venezolana se ha cansado de fustigar al oficialismo por su negación de lo alcanzado antes de 1999 en materia de descentralización, pero ahora niega ella misma esta doctrina al convertir elecciones que son de suyo locales en un “plebiscito”, casi un referendo revocatorio del mandato de Maduro.

Los mecanismos constitucionales están a la disposición de iniciativas verdaderamente nacionales. Por ejemplo, basta la décima parte de los electores registrados para forzar un referendo consultivo sobre “materias de especial trascendencia nacional”. (Artículo 71 de la Constitución). Si Capriles está tan seguro de comandar una marcada mayoría nacional, ¿por qué no, en vez de adulterar elecciones locales, recoge las firmas necesarias para preguntar al Poder Constituyente Originario si es su preferencia que Nicolás Maduro renuncie a su cargo, dado que aún no es tiempo para el doblemente costoso referendo revocatorio? (Posible a partir de 2016, con veinte por ciento de los electores como convocantes). En estos momentos, el Registro Electoral computa un total de 19.066.431 electores, por lo que 10% de ellos viene siendo 1.906.643 con capacidad de convocar un referendo consultivo. Ni siquiera necesita Capriles aplicar la abrumadora mayoría que dice tener; le bastaría solicitar las firmas de quienes votaron por él en las primarias de la MUD del 12 de febrero de 2012: un total de 1.911.648; le sobrarían 5.005 electores.

Teoría incompleta del plebiscito

Teoría incompleta del plebiscito

En una de las veces cuando planteó lo del pretendido carácter plebiscitario de las venideras elecciones municipales, Capriles reveló sus intenciones: “El 8 de diciembre será definitivo para lo que venga en Venezuela. Esos que están allí no van a estar seis años en el poder, tengan la plena seguridad”. Ha apostado a resultados que, aunque no lleguen a representar una mayoría de alcaldías para la oposición, sumados todos reflejen una mayoría nacional. En esto se siente apoyado por Luis Vicente León, quien ha dicho que el 8D contendrá un “componente plebiscitario”. El 18 de agosto escribió en El Universal:

Está claro que el Gobierno ganará la mayoría de las alcaldías del país. Su penetración en poblaciones remotas, donde se escoge un alcalde con un puñado de votos, es evidente, frente a una oposición con ventaja en grandes centros poblados y pocos alcaldes. Pero el total de votos es otra cosa y ahí la batalla será campal. Si el Gobierno gana, dirá que el pueblo apoyó a Maduro y si pierde dirá que es un evento local que no pretende evaluar la gestión presidencial, mientras muestra el gráfico con su porcentaje de alcaldes. Pero es evidente que ganar o perder en el número de votos totales manda un mensaje político potente y la gente no debería ser tan bolsa como para no entenderlo, aunque con los años he comenzado a pensar que lo único realmente democrático… es la estupidez.

León especula sobre las interpretaciones oficialistas en uno u otro caso, pero no se refiere a las hipotéticas evaluaciones de Capriles, que pudieran ser éstas: si la votación total arrojare mayoría nacional de oposición revindicará la salida anticipada del gobierno (“no van a estar seis años en el poder”), pero, si no logra esa mayoría, ¿va a repetir que le robaron las elecciones? ¿Hará otros viajes de turismo opositor al exterior? ¿Admitirá alguna vez lo que sus más radicales partidarios sostienen—quizás él mismo en privado, como María Corina Machado y Germán Carrera Damas—: que “esta gente” no sale por votos?

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Eugenio Martínez escribió el 31 de agosto: “En total para los comicios del 8 de diciembre el CNE admitió 1.964 candidaturas para burgomaestre. Considerando que los partidos que integran a la MUD presentaron 335 candidatos e igual cantidad inscribieron las organizaciones del GPP, existen 1.294 aspirantes (65,8%) que se presentarán a la contienda electoral sin el apoyo de los principales partidos del país”. Se trataría entonces de un plebiscito entre opciones que sólo representan el 34,2% de las candidaturas. ¿Cuán representativa sería tal cosa? ¿Hasta cuándo se negará la realidad de que la polarización no es Venezuela? LEA

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