Una genio de 26 años

Una genio de 27 años

A mi estrellita, otra vez, en el mes de sus 28

Por amable aviso de Gonzalo Pérez Petersen he sabido de la existencia del video visible al final de esta nota; da cuenta del desarrollo civilizatorio posiblemente más importante, más fundamental de todo el siglo que comienza. Sobre la red digital que se expande y se llena de significados en cantidades multimillonarias, sobre ese complejo cerebro del mundo en construcción, Kira Radinsky, investigadora israelí de 27 años de edad, ha logrado implantar un nuevo lóbulo frontal de interpretación y predicción. Reporta The Times of Israel: “Radinsky, junto con su socio Eric Horvitz, co-director de Microsoft Research en Redmond, Washington, desarrolló un software que analiza la web en busca de señales de patrones, en sitios de noticias y archivos históricos, que han conducido a la emergencia de enfermedades, muerte o motines en el pasado y los compara con las condiciones actuales. Es una forma muy sofisticada de minería de datos, que permite un análisis profundo de eventos dispares y percibe cómo se repiten una y otra vez”. La aplicación de los algoritmos que ha desarrollado permitirá la prevención de tragedias.

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El 19 de mayo de 1994, participé en el Coloquio El comunicador necesario, organizado en Maracaibo en honor al influyente profesor Sergio Antillano, formador de varias generaciones de brillantes periodistas. (El texto de mi participación fue reproducido en la Ficha Semanal #215 de doctorpolítico, que dediqué a mi hija María Ignacia—pluma y carácter—, comunicadora social de la UCAB que ahora se apresta al Master en Arte y Comunicación de la Universidad de París). Allá expuse hace casi veinte años:

…estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.

Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.

Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.

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Cuando aprendíamos historia universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la prehistórica y la histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.

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Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.

Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prygogine.

Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.

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Existe la matemática de la complejidad: la geometría fractal.

Los fractales son estructuras matemáticas cuyo desa­rrollo comienza a princi­pios de siglo, con el trabajo del matemático polaco Waclaw Sierpinski y del francés Gaston Julia, pero su designación por ese nombre se produce en 1975 y re­almente se toma conciencia general de ellos en 1983, con la publi­cación de la obra de Mandel­brot, “La geometría fractal de la naturaleza”.

Los fractales ofrecen un método extraordinariamente compacto para la descripción de ciertos objetos y formaciones. Muchas estructuras exhiben una regularidad geométrica subya­cente que se conoce como invariancia a la escala o autosimilaridad. Este es el caso, por ejem­plo, de la línea de las costas, en las que uno se topa con la misma “fractalidad” a medida que las mira desde diferentes distancias. Si se somete al examen a estos objetos en diferentes es­ca­las, se encuentra repetidamente a los mismos elementos fundamentales. El patrón repetitivo de­fine la dimensión fraccional, o fractal, de esas estructuras. Mandelbrot acuñó la expresión “fractal” a partir del latín fractus, partido o fraccionado.

La geometría fractal describe las formas naturales de un modo mucho más sucinto que la geometría de Euclides. De aquí su poder descriptivo y una de sus principales aplicaciones prác­ticas. La descripción de un cierto objeto complejo por medio del lenguaje fractal puede redu­cir significativamente la cantidad de datos necesarios para transmitir o almacenar una imagen. La hoja de un helecho, por ejemplo, puede ser completamente descrita por un algo­ritmo fractal que se basa en 24 números. Un procedimiento euclidiano que pretendiera hacer lo mismo punto a punto requeriría el manejo de varios cen­tenares de miles de valores numéricos. Es por esto que las técnicas fractales son hoy objeto de intenso estudio por los especialistas en transmisión de imágenes por televisión. El tiempo, la complejidad y el costo de transmitir imágenes de saté­lites podrían ser reducidos drásticamente con el empleo de códigos basados en fractales.

Es difícil imaginar a los fractales sin recurrir a imágenes. Esto, que para un matemático clásico constituiría una concesión de mal gusto y atenta­toria contra el estilo de las matemáticas puras, es hoy en día herramienta co­tidiana de los matemáticos de la fractalidad, quienes hacen uso intensivo de computadores de alto poder para estudiar las estructuras generadas por sus ecuaciones. Que son estructuras complejísimas, de una riqueza insólita, gene­radas a partir de ecuaciones sencillísimas.

Este hecho es lo que hace que la geometría fractal sea el lenguaje ma­temático del “caos”, otra teoría contemporánea y novísima que promete una comprensión mucho más profunda de los procesos del universo. La teoría del caos estudia aquellos fenómenos que siguen reglas deterministas estrictas y sin embargo son impredecibles en principio. La turbulencia atmosférica, el latido del corazón humano, el movimiento de los precios en un mercado, el “ruido rosado” que los ingenieros de sonido emplean para calibrar sus equi­pos, son algunos de los fenómenos que tienen comportamiento caótico y que comienzan a ser entendidos ahora con ayuda de la ciencia fractal. Esos fenó­menos exhiben patrones de variación similares si se les considera en di­feren­tes escalas temporales, del mismo modo que los objetos con invariancia a la escala exhi­ben patrones estructurales similares a diferentes escalas espaciales. Hay, pues, una profunda rela­ción entre la geometría fractal y los comporta­mientos caóticos: la geometría fractal es la geometría del caos.

El dominio del lenguaje fractal hace entrever la posibilidad de mejo­res y más profundas intuiciones acerca de los procesos básicos del universo, de la evolución de las especies, de la conducta humana. Se trata de una revo­lución excitante, que posiblemente sea el componente más profundo y pode­roso de una nueva episteme, de una nueva concepción del mundo. (Tratamiento al problema de calidad de la educación superior en Venezuela, diciembre de 1990).

Los algoritmos descritos en el video hacen uso de nociones de fractalidad, puesto que encuentran similaridades de los fenómenos, y es la autosimilaridad fractal de la historia lo fundamental para los historiadores venideros; haremos historia fractal. Kira Radinsky es el producto de una estrategia educativa como la esbozada arriba, y nada debiera impedir su adopción en Venezuela: “Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro”.  (El mes de Jano, referéndum #11, enero de 1995). Una edad nueva de la historia ha comenzado. Después de malversar trece años de un nuevo siglo en política regresiva, es tiempo de lanzarnos al porvenir. LEA

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