Texting en el Rijksmuseum

Texting en el Rijksmuseum

 

La foto parece ser de alumnos de algún colegio en Ámsterdam: separados por sexo, ninguno pone atención a la monumental Ronda nocturna, de Rembrandt. Lo indicado parece ser clavar la vista y los dedos sobre teléfonos móviles, y quien pudiera ser la maestra a cargo tampoco se ocupa de la pintura o de ellos, embebida como está en su propio teléfono celular a la izquierda del grupo.

Envié esta inquietante imagen a Cornelis Zitman en busca de explicación; a fin de cuentas, él es artista y además es holandés. Su conjetura: “Posiblemente los muchachos están conectados con la app del museo y ven el mismo cuadro en sus teléfonos inteligentes (más que ellos mismos), mientras ‘textean’: ¿Viste qué cuadro tan arrecho?”

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El 9 de enero hice los trámites para un pasaporte fresco en las oficinas del SAIME en Los Ruices. Hoy recibí un mensaje SMS en mi celular, que copio sin alteración: “Estimada se ora Barbara Gil, el pasaporte tramitado al menor Luis Alcala fue enviado a la oficina Los Ruices”. Primero intenté contestar con mi propio SMS, identificándome como Luis Enrique Alcalá, explicando que no conozco a la señora Bárbara Gil y no soy menor de edad, y preguntando si por casualidad mi pasaporte estaba esperando por mí. Como ignoro si el mensaje fue recibido y leído por alguien—recibí dos respuestas automáticas e idénticas con ortografía (no caligrafía) similar: “Direccion de Regiones SAIME Acortando Distancia. Siempre Mas cerca de ti”—, intenté llamar a un teléfono (2387818) que la web del servicio presenta como el de la oficina en cuestión. Tono de teléfono incorrecto. Por último, obtuve del servicio de información de CANTV (113) otro número (2325757), que disqué con el mismo resultado: pirirí, pirirí, pirirí… Días antes, procuré infructuosamente solicitar el servicio de entrega a domicilio del pasaporte que el propio SAIME me recomendó, otra vez por mensaje SMS. Los números telefónicos proporcionados en el mensaje nunca sirvieron para nada. Estando cerca de la oficina de Los Ruices, allí pregunté si la cómoda entrega, a un costo de Bs. 200 (algo así como US$ 1,20), podía solicitarse en persona. La respuesta fue negativa, y al explicar que nunca contestaban al teléfono, fui enterado: “Hay problemas con esa gente”.

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La gente de Esdata (Alfredo Weil Reyna—con quien me gradué de bachiller en 1959—et al.) pretendió debatir conmigo en Twitter, a base de mensajes limitados a 140 caracteres—el primer párrafo de esta nota tiene 303—, si es que existió demostración de fraude por alteración de resultados en el referendo revocatorio de 2004, argumentando que un tal teorema de Benford así lo demuestra. Debí defenderme de una andanada de tuits que incluyeron cosas como éstas: “Este trabajo: esdata.info/pdf/medina-es.… se DEMUESTRA el fraude y no tiene nada que ver con Benford”; “En nuestro website explicamos Benford ya que es más facil de entender que el Trabajo del Dr. Medina”; “Los resultados siguen este modelo lo cual solo debe ocurrir cuando se repite un mismo evento”; “Una recolección de firmas es un evento muy diferente a un referendo. Ese modelo no se podia dar sino con fraude electrónico”; “La deducción de ese modelo y prueba de que se cumple es independiente de exit polls”. También incluyeron una imagen.

Bueno, sugerí que la comprobación de un fraude, un asunto penal, consiste en mostrar quién lo cometió y cómo, pero invité a esa gente a este blog, donde hay amplio espacio para discutir, y le envié un enlace para descargar un artículo (The Irrelevance of Benford’s Law for Detecting Fraud in Elections) que refuta la aplicabilidad de la “ley” de Benford a estos casos. ¿Cómo podía poner en 140 caracteres la traducción del sumario de ese trabajo?

Con creciente frecuencia, ciertas webs parecen argumentar que la aplicación de la Ley de Benford—una predicción sobre la frecuencia observada de números en los primeros y segundos dígitos de resultados electorales oficiales—establece fraude en ésta o aquella elección. Sin embargo, considerando datos de Ohio, Massachusetts y Ucrania, así como los datos artificialmente generados por una serie de simulaciones, sostenemos acá que la Ley de Benford es esencialmente inútil como indicador forense de fraude. Pueden surgir desviaciones de las versiones de los primeros o segundos dígitos de esa ley independientemente de si una elección ha sido libre y justa. De hecho, un fraude puede mover los datos en una dirección que satisfaga esa ley y por consiguiente ocasionar conclusiones enteramente erróneas.

Ésos son 800 caracteres de Joseph Deckert, Mikhail Myagkov y Peter C. Ordeshook, profesores de la Universidad de Oregón y el Instituto de Tecnología de California y autores del artículo. Me habría tomado seis tuits sólo para reproducir el texto aunque, claro, he podido llevarlo a archivo de imagen, luego de haberlo escrito en un procesador de palabras, mediante una captura de pantalla y después recortarla en un procesador gráfico. Nada engorroso, naturalmente. (Ver comentario de José Álvarez Cornett, que postula un medio alterno más económico, y mi respuesta).

De todos modos, ya me ocupé de las peregrinas pretensiones de Esdata en Suma contra gentiles abstencionistas (1º de enero de 2012). Pero mi negativa a participar en un simposio en Twitter produjo este examen de conciencia: ¿no habré sido rebasado ya por la moderna tecnología de comunicaciones? LEA

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