Con la distinguida nefróloga Ana Blanco Díaz

Con la distinguida nefróloga Ana Blanco Díaz

Pocas cosas pudieran haberme causado más alegría que la invitación de la Profra. Ana Blanco Díaz a comparecer al espacio Ciencia y algo más…, que ella coordina desde la Cátedra de Fisiología Normal en la Escuela Luis Razetti de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. Vengo de recibir ese honor para alguien que una vez abandonó los estudios de Medicina, pero lleva 31 años involucrado en política entendiéndola como profesión médica. Tal fue el título de lo que ella llamó amablemente una ponencia: La política como arte de carácter médico.

En 1959, el primer año de la democracia venezolana, procuré inscribirme en esa facultad, pero era noviembre y el curso de primer año no se había iniciado por un conflicto relacionado con el cupo. La Universidad de Los Andes, como las de Zulia y Carabobo, queriendo aliviar a la UCV, ofreció algunas plazas y entonces decidí ir a Mérida, donde podría alojarme en la casa de mi tío materno, Harry Corothie, quien era allá profesor en la Facultad de Ingeniería Forestal, de la que había sido su Decano; estaba empeñado en empezar los estudios universitarios lo antes posible. No me fue mal; obtuve buenas calificaciones y formé parte del Departamento de Bioquímica como preparador y auxiliar de investigación, pero luego debatí con compañeros socialistas y comunistas, fui por eso electo a cargos políticos y gremiales y viví la universidad de la guerrilla. En 1962, ya agudamente contagiado con el virus político, interrumpí la carrera y regresé a Caracas y a la universidad caraqueña, pero a Estudios Internacionales, la carrera más corta de aquellos días (cuatro años sólo) que tuviera que ver con Política, pues sentía vergüenza con mis padres por haber abandonado los estudios de Medicina—sobre todo con mi madre, quien serviría luego 30 años en el Hospital Universitario de la UCV como una de sus damas voluntarias—; a ella le habría encantado verme hoy disertar cerca de sus predios.

 Ramón J. Velásquez con Ma. Josefina Corothie Chenel-Calcaño de Alcalá, dama voluntaria del Hospital Universitario

Ramón J. Velásquez con Ma. Josefina Corothie Chenel-Calcaño de Alcalá, dama voluntaria del Hospital Universitario

 

Continué envuelto en política, y un año más tarde fui a refugiarme en la Universidad Católica Andrés Bello a ver si terminaba algo, donde logré completar los estudios de Sociología, de nuevo una disciplina cercana a la Política. Ella me llevaría principalmente a la actividad privada, sin por eso alejarme de un todo de lo público. Tardaría 20 años en resurgir esa vocación política ya irreversiblemente; en 1983 renuncié a PDVSA para dedicarme a ella. Fue en diciembre de 1984 cuando por primera vez propuse el enfoque médico a unos amigos—Diego Bautista Urbaneja y Gerardo Cabañas Arcos—: “En esa reunión en mi casa expuse por primera vez mi noción de la ruta que estaba marcada para nuestra legitimación en tanto políticos como un camino ‘médico’. La llamé ‘la metáfora médica’. El acto político es un acto médico, dije, pues en el fondo se trata de proponer, seleccionar y aplicar tratamientos a los problemas”. (Krisis: Memorias prematuras). En junio de 1986, me atreví por fin a escribir un Dictamen acerca del soma político venezolano, que incluía un apéndice sobre el estado de la psiquis nacional. En su introducción escribí explícitamente:

Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recupe­rará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas ha­bituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su re­acción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento. La junta médica que pueda opinar debe hacerlo pronto, y debe también descartar, responsable y clara­mente, las proposiciones terapéuticas que no conduzcan a nada, las que no sean más que pseudotratamientos, las que sean insuficientes, las que agravarían el cuadro clínico, de por sí extraordinariamente complicado, sobrecargado, grave. Así, se vuelve asunto de la primera importancia establecer las reglas que determi­narán la escogencia del tratamiento a aplicar. Fuera de consideración deben quedar aquellas reglas propuestas por algunos pretendidos médicos, que quieren hacer prevalecer sus tratamientos porque son los que más gritan, o los que hayan tenido éxito en descalificar a algún colega, o los que sostengan que a ese paciente “lo vieron primero”. La situación no permite tolerar tal irresponsabilidad. No se califica un médico porque haya logrado descalificar a otro. No se convierten en eficaces sus tratamientos porque los vocifere, como no es garantía de eficacia el que algunos sean los más antiguos médicos de la familia. El paciente requiere el mejor tratamiento que sea posible combinar, así que lo indicado es contrastar los tra­tamientos que se propongan. Debe compararse lo que realmente curan y lo que real­mente dañan, pues todo tratamiento tiene un costo. Es así como debe seleccionarse la terapéutica. Será preferible, por ejemplo, un tratamiento que incida sobre una causa patológica a uno que tan sólo modere un síntoma; será preferible un tratamiento que resuelva la crisis por mayor tiempo a uno que se limite a producir una mejora transito­ria. Y por esto es importante la comparación rigurosa e implacable de los tratamientos que se proponen. Solamente así daremos al paciente su mejor oportunidad.

diploma-fisiologia

Timbre de orgullo

Hoy pude aclarar, como he hecho muchas veces, que no tengo doctorado alguno, a pesar del nombre de este blog y mi programa en Radio Caracas Radio. El tratamiento de doctor, aparente en el diploma que generosamente me obsequiara la Profra. Blanco, no me corresponde; sólo sugiere la aproximación médica a la política en la marca personal que mi hijo mayor—Leopoldo Enrique, hoy de cumpleaños—me recomendara inventar, y allí significa algo como “el doctor me recetó”, “vengo del doctor”.

También pude expresar mi deseo de volver definitivamente a la Facultad de Medicina de la UCV. A mi paso por Mérida, atesoré una inscripción latina a la entrada del Departamento de Patología del Hospital Los Andes: Hic locus est ubi mors gaudet socorrere vitae —”Es en este lugar donde la muerte se alegra de socorrer a la vida”—, y si no logré completar la carrera de médico ni aquí ni allá, preferiría que mi eventual cadáver sea disecado por estudiantes de Anatomía de la Escuela Luis Razetti, como yo hice con más de uno en la Universidad de Los Andes. Esto sería, por otra parte, una egoísta conveniencia: en esta época de dificultad económica nacional sería un ahorro en gastos de cremación o enterramiento para mis familiares sobrevivientes. Es igualmente mi deber reportar que me postulé, por iniciativa propia (Ley Orgánica de Procesos Electorales), a un Doctorado honoris causa en Medicina de la Universidad Central de Venezuela.

Hoy he sido feliz. LEA

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