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Una pequeña sección del Conjunto de Mandelbrot

A JRR

Por primera vez en mi vida dejaré de devolver un libro ajeno. Así lo he avisado descaradamente al prestamista, el Dr. José Rafael Revenga, quien ya en la lejana década de los fructíferos años sesenta, cuando estudiaba Sociología en la UCAB—fue mi profesor de Filosofía Política y Social—y, más tarde, cuando me contrató en el Instituto para el Desarrollo Económico y Social, me regaló la modernidad recomendándome la lectura de Operational Philosophy de Anatol Rapoport, Understanding Media de Marshall MacLuhan o The End of Ideology de Daniel Bell. El libro secuestrado es Complexity: The Emerging Science at the Edge of Order and Chaos. Su increíble autor es M. Mitchell Waldrop:

M. Mitchell Waldrop was the editorial page editor at Nature magazine from 2008 to 2010, and is currently a features editor at Nature. He earned a Ph.D. in elementary particle physics at the University of Wisconsin in 1975, and a Master’s in journalism at Wisconsin in 1977. From 1977 to 1980 he was a writer and West Coast bureau chief for Chemical and Engineering News. From 1980 to 1991 he was a senior writer at ­Science magazine, where he covered physics, space, astronomy, computer science, artificial intelligence, molecular biology, psychology, and neuroscience. He was a freelance writer from 1991 to 2003 and from 2007 to 2008; in between he worked in media affairs for the National Science Foundation from 2003 to 2006. He is the author of Man-Made Minds (Walker, 1987), a book about artificial intelligence; Complexity (Simon & Schuster, 1992), a book about the Santa Fe Institute and the new sciences of complexity; and The Dream Machine (Viking, 2001), a book about the history of computing. In his spare time he is an avid cyclist. He lives in Washington, D.C. with his wife, Amy E. Friedlander.

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A comienzos de los ochenta se inició en mí un enamoramiento, que no ha cesado, con la ciencia de la complejidad: caos, sistemas adaptativos, enjambres, avalanchas… (El lugar de la primera cita: algunas páginas en Scientific American, revista que sustituyó a Playboy en mis preferencias). Puse cuernos a Rapoport, MacLuhan y Bell con Benoît Mandelbrot, Mitchell Feigenbaum, Per Bak, Loren Carpenter y, sobre todo, con Stuart Kauffman, el gran biólogo teórico. En Maracaibo leí, en 1989, el libro de James Gleick: Chaos, the Making of a New Science. He predicado, hasta ahora con resultado nulo, que sin haber asido las nociones fundamentales del riquísimo campo de la complejidad no podrá haber verdaderos actores políticos del siglo XXI; los que tenemos piensan la sociedad con categorías mentales del siglo XIX.

Las ofertas provenientes de los actores políticos tradicionales son insuficientes porque se producen dentro de una obsoleta conceptualización de lo político. En el fondo de la incompetencia de los actores políticos tradicionales está su manera de entender el negocio político. Son puntos de vista que subyacen, paradójicamente, a las distintas opciones doctrinarias en pugna. Es la sustitución de esas concepciones por otras más acordes con la realidad de las cosas lo primero que es necesario, pues las políticas que se desprenden del uso de tales marcos conceptuales son políticas destinadas a aplicarse sobre un objeto que ya no está allí, sobre una sociedad que ya no existe. (Sociedad Política de Venezuela – Documento Base, febrero de 1985. Puse en su presentación: “…es mi creencia que la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces”).

O, más recientemente:

Es misión profesional de la política establecer su conexión con la verdad, y hoy en día los marcos mentales que soportan la idea de la política como lucha por el poder han dejado de funcionar. (Ver John Vasquez The Power of Power Politics, 1983). Son marcos mentales más recientes, derivados de las ciencias de la complejidad y el caos, de las avalanchas, de los enjambres, aquellos que pueden ofrecer la gramática necesaria, ésa que Arturo Úslar Pietri ansiaba en artículo suyo de 1991: Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo. Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación. (El medio es el medio, abril de 2015).

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Una gran historia

El libro prestado que expropiaré es mucho más que un catálogo de tales marcos mentales. M. Mitchell Waldrop ha construido la historia de las nuevas fronteras de la ciencia con una trama, ella misma compleja, hecha con biografías de los exploradores, ha penetrado en sus anécdotas de inspiración y creación del campo, y las que obtuvo milagrosamente de los actores de la gran película son iluminadoras, conmovedoras, profundamente humanas, detalladas como la vida misma. Eso es lo que hace fascinante y remuneradora la lectura de sus páginas, es lo que hace admirable la tenacidad de un puñado de intelectuales incomprendidos aun dentro de los círculos académicos de universidades excelentes, hasta que el Instituto de Santa Fe viera la luz:

Uno podía hablar hablar del instituto con una buena cantidad de gente excelente que simplemente no entendía adónde apuntaba. En su lugar, uno debía buscar una cierta clase de resonancia: “O los ojos de alguien se ponen vidriosos o comienza la comunicación, y si ella comienza entonces se ejerce una forma de poder que es extraordinariamente irresistible: el poder intelectual. Cuando se consigue alguien que entiende un concepto en las entrañas del cerebro, en sus tripas, donde la misma idea estuvo siempre, entonces se ha agarrado a esa persona. No se necesita hacerlo mediante coerción física, sino por un cierto tipo de apelación intelectual que equivale a la coerción. Los agarras por los cerebros, no por los testículos”. (P. 249).

Es George Cowan quien habla en el libro, el Presidente fundador del instituto, y el autor pone a hablar también a Stuart Kauffman, Murray Gell-Mann, William Brian Arthur, Kenneth Arrow, Chris Langton, John Holland… y un nutrido grupo adicional de mentes brillantes, los creadores de la ciencia del siglo XXI. Y como sus procesos mentales son presentados en su tiempo de desarrollo, en apartamentos modestos o cubículos incómodos, en ambientes hostiles, en medio de dificultades y hasta tragedias, esa historia recentísima resulta apasionante, pues nos permite a nosotros mismos el camino del descubrimiento.

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No parece haber sido traducido el libro al castellano. Esa tarea pudiera hacerla muy bien Bárbara Ellen Zitman Ross, la hija de Cornelis y Vera, quien llevó a un español impecable Why Mahler?, de Norman Lebrecht. Pienso proponérsela. LEA

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