Caldera y mi suegro estrechan sus manos

Caldera y mi suegro estrechan sus manos

 

En una de mis visitas al Dr. Rafael Caldera en sus oficinas del Escritorio Liscano, en 1990, quise expresarle mi empatía con su tenaz “postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha” (ver en este blog El orgullo de ser venezolano), expresada concretamente en su exitosa conducción de la reforma a la Ley del Trabajo. (La original, de 1936, fue mayormente su obra, cuando tenía sólo veinte años de edad). Ese día le dije que cuando los más importantes líderes políticos parecían haber adoptado el punto de vista neoliberal, él era “el único que arrimaba una bola al mingo de los trabajadores”, lo que a la postre resultaría ser una premonición. Una persistente inclinación mía a la travesura, sin embargo, me hizo aguarle la fiesta del elogio, al decirle: “Ahora, Dr. Caldera, permítame opinar que éste es un país sobrelegislado, y no estoy seguro de que una ley de más de trescientos artículos sea una buena idea”. El sereno maestro no se inmutó, pero más tarde me cobraría la insolencia.

Mi señora asentó la factura en su blog (lamentablemente inactivo, por los momentos), en nota—Los juegos que nos unen—de la que tomé prestada la fotografía y que reproduzco entera a continuación:

El libro que Armando Sucre Eduardo sostiene con la mano izquierda está ahora en poder de mi esposo: El Arte de las 28 Piedras, de Alfredo Fernández Porras. (Muerto mi padre, mi mamá se lo regaló). Eduard Petreñas, Presidente fundador de la Federación Internacional de Dominó, ha escrito de él y de su obra: “Sabio del dominó y autor de un libro que es el catecismo dominocístico de muchos campeones. Es arte, el mejor pentagrama, el mejor libreto”, y el Presidente de la Federación Rusa de Dominó llamó al libro “la Biblia del Dominó”. La obra recibió su bautizo en el Club Camurí Grande el 19 de noviembre de 1996 (ocasión que registra la fotografía), cuando ya el país había capeado la crisis bancaria que debió enfrentar Rafael Caldera al comenzar su segunda presidencia. En la dedicatoria puso Alfredo: “A mi gran compañero de lid”. En efecto, tal vez hayan sido él y mi padre la pareja de dominó ganadora más brillante en la historia del club.

El Dr. Caldera fue el prologuista del libro y un razonable jugador de dominó, amén de miembro de Camurí. (El apartamento de él y Doña Alicia quedaba al extremo este del piso 6 del edificio Miramar, a pocos metros del 604, el de mis padres). Y hay una larga relación Caldera-Sucre; mi tío Andrés firmó el 13 de enero de 1946, junto con Caldera y una docena de primigenios socialcristianos, el acta constitutiva del partido COPEI en los altos de la Lavandería Ugarte en la Plaza de la Candelaria. Por su parte, Armando fue el pediatra de los Caldera-Pietri, y recibió el encargo de dirigir el Hospital de Niños J. M. De Los Ríos de manos de su amigo-presidente. (Ya había ejercido la Dirección de la Maternidad Concepción Palacios).

Antes de jugar dominó por las tardes, la rutina del club comenzaba para los varones mayores con el juego de bolas criollas al final de las mañanas, y Caldera, así como mi tío y mi padre, gustaba de intentar arrimes y boches. Una vez en la que mi esposo logró superar todas las bolas del Presidente de la República, éste declaró sin que viniera a cuento: “Luis Enrique es amigo mío, pero su suegro Armando es más amigo mío que él”. Más allá de un buen número de votos, Caldera no ganó nada notable en Camurí, ni en bolas ni en dominó; ni un bingo, que se recuerde.

En cambio, como quedó dicho, Armando Sucre siempre estuvo en el podio de ganadores. Alfredo Fernández da cuenta de tal cosa en el apéndice de su libro: El dominó en Camurí.

Como caso excepcional es menester mencionar que Armando Sucre y Gustavo Márquez llegaron a ganar cinco torneos en menos de cinco años y por lo tanto son dignos de figurar en nuestro cuadro de honor y en los anales de la República [de Camurí]. Más aún, los últimos tres campeonatos ganados por esta pareja fueron en serie: Carnaval 85, Semana Santa 85 y Batalla de Carabobo 85. Ésta ha sido una de las grandes hazañas protagonizadas por una pareja en el Club. Como dato curioso, en el primero de los campeonatos ganados por Armando, inicialmente estaba comprometido con Julio Pacheco, quien no pudo acompañarlo. Así, entonces y telefónicamente, Gustavo y él acordaron hacer la poderosa llave. Más tarde Armando Sucre ha sido mi compañero de triunfos y derrotas. Ganamos tres torneos y desde 1994 no hemos podido alcanzar otro primer lugar. Ya lo lograremos.

Dos veces más lo menciona por manos inusuales en el mismo epílogo: “El Dr. Armando Sucre en dos oportunidades levantó 69 tantos en una mano, es decir, el máximo posible de levantar en siete piedras”. Luego: “Muy curiosa resultó una mano jugada por la pareja conformada por el Dr. Carlos Obregón y Carlos Luis Peyer, contra la pareja integrada por el Dr. Armando Sucre y Germán Chuecos. El salidor fue Germán. Carlos Obregón jugó y pasaron los jugadores #3 y #4, y por el resto de la mano sólo intervinieron Obregón y Chuecos. Al terminar la misma los jugadores #3 y #4 conservaron las siete piedras. Ganó el jugador #2. Un caso realmente raro”. (Sortario, el pediatra).

Otra generación Sucre es asimismo reseñada en el libro de Alfredo, quien cierra su obra con esta anécdota:

El cuento comienza con un campeonato de bolas criollas, en el que la final se juega a sangre y fuego, siendo uno de los equipos el conformado por Christian Borberg, Luis Valera, Ernesto Gramcko, Francisco Colonelli y Ricardo Castro. Este último, casado con Andreína Sucre, hija de Armando, estaba junto a ella, para aquel momento esperando un bebé: su primer varón después de dos hermosas hijas, Andreína e Isabella. Ante una jugada fundamental, Christian, uno de los mejores gineco-obstetras de Venezuela, le ofrece encargarse del parto, sin costo alguno, con la condición de que Castrico sorteara con felicidad una difícil jugada. Ricardo lo consigue y Christian, siempre atento a los llamados de su vocación, caballerosamente cumplió su palabra, en la ocasión en que nació Manuel Ignacio Castro. Hoy, el varón de la dinastía Castro Sucre.

En la quinta La Veguita hemos hecho dos torneos en memoria de Armando, con piedras que fueron de él y libretas con su nombre—mi esposo las mandó a imprimir en 1980 en la prensa del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas—y prácticamente todas las semanas se juega con la asistencia de mis cuñados. Mi marido admite que ya juego mejor que él, cuidándose al calificar: “Eso no es nada del otro mundo”. En efecto, dos meses después de nuestro matrimonio, papá invitó a Luis Enrique a jugar con él en la verbena del Colegio San Ignacio de 1979. Lograron llegar al juego final contra mi tío Bernardo y el Cachete Medina, después de derrotar en zapatero a la pareja previa. Las partidas se jugaban a 150 puntos, e iban ganando 130 a 30, o algo así, cuando Armando pensó largamente antes de cerrar un seis indicando, of course, que tenía unos cuantos más. Cuando tocó el turno a su novato compañero, éste trancó la mano para una pérdida segura, cantada. No contento con eso, repitió la misma cosa en la mano siguiente, cuando mi padre pensó de nuevo largo tiempo antes de cerrar un cinco. Bueno, después no de uno sino de dos errores vino el hit, y Medina y Sucre (tío) se alzaron con la copa. Al regresar a la casa, papá entró furioso y me dijo: “¡Ese marido tuyo no sirve pa’un carajo!” NS

Recuerdo haber tomado la sentencia del patio de bolas como una velada advertencia; su significado habría sido: “Mira carajito: te tengo en la lista gris. Cuidado con pasar a la negra”. Ahora que lo pienso, creo muy probable que la prodigiosa memoria del Dr. Caldera haya recordado lo del “mingo de los trabajadores” y la admonición haya salido sola, pues se produjo cuando él y varios esperábamos el arrime final alrededor del de Camurí. LEA

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