P. P. Fernández: "La culpa es de los críticos"

P. P. Fernández: La culpa es de la gente críticona

 

Recibí hoy de Eduardo Fernández un artículo de su hijo Pedro Pablo, por correo electrónico. El trabajo se llama La mejor apuesta, y su tesis es simple: “Un gobierno de Unidad Nacional es la mejor apuesta que podemos hacer todos”.

En camino a esa conclusión, el articulista argumenta:

Algunos plantean que la solución de todos los problemas es la salida de Maduro. Son los mismos que decían que todo se resolvería cuando la providencia se llevara a su antecesor. El problema es muy complejo y hay demasiadas variables que nadie controla. (…) Hay gente que plantea salidas muy sencillas: “Convocamos el RR, o mejor, convocamos la gente a la calle para que Maduro renuncie de inmediato, constituimos un gobierno nuevo, resolvemos el problema de las divisas con una lluvia de inversiones internacionales que van a venir y con eso resolvemos también el problema de desabastecimiento, removemos a todos los poderes públicos (Lo vamos a hacer bien, no como Carmona), destituimos al Alto Mando Militar y sometemos la Fuerza Armada al poder civil (Ya eso está hablado) y enfrentamos a los colectivos y a los “Pranes” con el SEBIN y la Dirección de Inteligencia Militar”. Actúan como que fueran los directores de una película que dominan el desenlace de la trama y escogen el final feliz. Me recuerdan a aquellos que en los años 80 y 90 iniciaron la campaña antipolítica para destruir a los partidos, con Marcel Granier a la cabeza, pensando que iban a ser ellos los llamados a salvar a la patria a la caída del sistema. No se imaginaron que el llamado sería el Teniente Coronel nacido en Sabaneta, ni tampoco que su régimen político duraría, por lo menos, 17 años.

Nada hay de novedoso en el último y tramposo razonamiento; el 27 de julio de 2013, Leopoldo Castillo participaba en un conversatorio de la Casa de América en Madrid y esgrimió idéntico argumento: “Leopoldo Castillo creyó ver, en la crítica de la sociedad española a los principales partidos políticos de su país, un grave peligro: que España siga un camino parecido al venezolano, en el que el descrédito de Acción Democrática y COPEI habría abierto la puerta a la llegada del chavismo en las elecciones de 1998”.  (A llorar p’al valle). Allí comenté:

Lo malo no fue, según Castillo, que AD y COPEI se portaran mal sino decirlo; no la sordera de los políticos sino la locuacidad de quienes nos atrevimos a criticarlos. (…) Es realmente irónico que quienes fueron los principalísimos responsables de la llegada de Hugo Chávez Frías a Miraflores quieran cargar la culpa a los que se preocuparon de advertir a tiempo la necesidad de corrección, que pretendan pasar factura a Ibsen Martínez y RCTV por la transmisión de un registro de la realidad: la magnífica telenovela Por estas calles.

Dicho sea de paso, la exitosa telenovela—resonaba con el sentir nacional—se inició después de la asonada del 4 de febrero de 1992 (3 de junio); mal ha podido causar la insurrección de Chávez y el resto de conjurados, que por propia admisión había comenzado desde al menos el 17 de diciembre de 1983, un poco más de ocho años antes del alzamiento y cinco antes de que Eduardo Fernández fracasara en su intento por alcanzar la Presidencia de la República. (Ver la relación de esa campaña en Un reconocimiento mezquino). Criticar a los partidos políticos es etiquetado fácilmente como “antipolítica”, cuando lo que muchos pedíamos era una política distinta.

Por esos días [junio de 1985] publicó Eduardo Fernández un artículo que llamó “La conspiración satánica”, haciendo uso de la frase de Caldera de hacía unos meses. En este artículo, publicado en el diario El Nacional, Eduardo hacía una especie de retrato hablado de los “conspiradores”, advirtiendo contra quienes osaran cuestionar a los partidos, puesto que criticar a los partidos equivaldría automáticamente a denigrar de la democracia como sistema. No hacía más, pues, que repetir la falacia de la identificación de partidos concretos con democracia. (Comentario en Krisis: Memorias prematuras).

El 23 de febrero de 2009, el mismo Eduardo Fernández predicaba a la Peña de los Lunes en casa de Luis Ugueto Arismendi, ocho días después del éxito de Chávez en el referendo sobre la enmienda que lo autorizaba a reelegirse indefinidamente: “Con estos partidos [de la MUD] no vamos p’al baile; es necesaria una organización política nueva”; es decir, no es que criticaba a los partidos sino que los desahuciaba, y entonces, según él mismo, denigraba de la democracia como sistema. No me fue fácil creer lo que oía veinticuatro años después de su denuncia a la crítica a los partidos, por lo que tardé un día para llamarlo y decirle: “Es muy importante que tu apreciada voz haya pronunciado esa recomendación; si estás hablando en serio, me gustaría mostrarte un diseño que he elaborado para la organización que se requiere”. Aceptó la cosa y nos reunimos; la presentación que le hice en su propio computador no recibió de su parte la más mínima objeción. Este estado de cosas fue anunciado a la misma peña el 30 de marzo de 2009—Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi—, a la que se dijo: “Es la construcción de una organización que porte y difunda ese [nuevo] paradigma la tarea política más importante del nivel estratégico. En la actualidad, se inicia en el IFEDEC, en labor de ingeniería genética, el desarrollo de una opción para la organización requerida”, explicando de seguidas las “hipótesis fundamentales”* que guiaban ese desarrollo: lo que Fernández había aceptado. Poco después, supe que había decretado su rechazo, y nunca más hablamos del asunto.

Pero antes de que se pusiera de moda descalificar la crítica con el cognomento de “antipolítica”, a un año de la “conspiración satánica” fernandina, ya un tocayo del articulista comentado, Pedro Pablo Aguilar, que fuera Secretario General de COPEI (el partido de los Fernández), regañó a la sociedad que se atrevía a quejarse de los partidos: “Mi planteamiento es que los intelectuales, los sectores profesionales y empresariales, los líderes de la sociedad civil no pueden seguir de espaldas a la realidad de los partidos, y sobre todo, a la realidad de los partidos que protagonizan la lucha por el poder.” (El Nacional, 7 de junio de 1986). La cosa era que nosotros estábamos en contra de los partidos, que no los comprendíamos; no que los partidos estuvieran de espaldas a la realidad del país.

Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión racional de alto nivel, fue invitado por un ministro central de un gabinete de esta última mitad de siglo venezolana. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro de investigación y desarrollo de políticas—con una cierta propensión al largo plazo, bien dotado de recursos, escudado del poder—; una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, naturalmente sometida al corto plazo, con capacidad de respuesta instantánea; y un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: “El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el país”. (Carmelo Lauría, Ministro de la Secretaría de la Presidencia de la República de Carlos Andrés Pérez, a Yehezkel Dror en 1977 y en mi presencia, durante una entrevista que él mismo había solicitado; en De héroes y de sabios, junio de 1998).

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Claro que la postura conciliatoria de Fernández hijo, en sí misma positiva, tiene antecedente en Fernández padre (“tigrito” y “tigre”, o “pollo” y “gallo” en avícola terminología de Salas Römer):

Entretanto, ya figuras de oposición pintan a Maduro con colores casi tan apetecibles como los que adornarían a Capriles. Eduardo Fernández ha propuesto que se conceda al Vicepresidente “el beneficio de la duda”; según él, ha demostrado ser “proclive al diálogo”. (En declaraciones a Noticias 24 Radio del 11 de diciembre de 2012, citadas al día siguiente en La desembocadura).

Ahora esgrime P. P. otra vez una tesis paterna: “Un gobierno de Unidad Nacional es la mejor apuesta que podemos hacer todos”. Naturalmente, siempre y cuando lo presida su progenitor, el papá de P. P. (Después se queja de quienes, según él, “pensaban que iban a ser ellos los llamados a salvar a la patria a la caída del sistema”). Pero ¿es que a eso de “un gobierno de Unidad Nacional” no se aplica lo de “salidas muy sencillas”? ¿No es Fernández el joven el director de una película que “domina el desenlace de la trama y escoge un final feliz” para él y su padre? LEA

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En artículo posterior (Últimas Noticias, 15 de junio), Pedro Pablo Fernández escribe, ya sin careta: “Apoyar e impulsar al gobierno para que profundice las medidas que viene tomando es lo mejor que podemos hacer en beneficio del país, del gobierno, y sobre todo, en beneficio de los que pretenden sucederlo, porque las medidas que no se tomen hoy se tendrán que tomar mañana a un costo político mayor”. ¿Querrá decir, por ejemplo, apoyar, impulsar y profundizar los CLAP?

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* 1. La organización no es un partido político convencional definido por una ideología, ni nace para oponerse o desplazar a los partidos; se rige por una metodología y pueden pertenecer a ella miembros de partidos. 2. La organización no lo es de organizaciones, sino de ciudadanos. 3. La organización no se define como instrumento de la “comunidad opositora”, y su apelación universal pretende ayudar a subsanar el problema de un país dividido. 4. La misión fundamental de la organización es la de elevar la cultura política de la ciudadanía en general, y la de formar a personas con vocación pública en el arte de resolver problemas de carácter público, esto es, en Política. 5. La organización establecerá una unidad de desarrollo de políticas públicas, a ser sometidas a la consulta más amplia posible. 6. La organización facilitará la emergencia de actores idóneos para el ejercicio de las funciones públicas. 7. La organización será establecida inicialmente en los espacios de Internet; el país contaba con 7.167.000 internautas a fines de 2008 (desde el nivel de 5.500.000 a comienzos de año), de los que más del 60% se ubican en las clases D y E; el 90% de esta población usa conexión de banda ancha. 8. La organización deberá estar en condiciones operativas en un plazo no mayor de seis meses desde ahora, a tiempo para incidir determinantemente en las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional.

 

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