Donald Trump por Michael Vadon

Donald Trump por Michael Vadon

 

¿Está condicionada la humanidad a sentirse arrastrada sólo por líderes de gran potencia carismática, enraizada en tendencias neuróticas de agresividad tan fuertes e insatisfechas que despiertan y agrupan a las del mismo sentido que tienen latentes las masas? ¿Puede engañársenos con el señuelo artificial de un carisma inventado por los creadores profesionales de una imagen política, que al montarse sobre una personalidad endeble se derrumbará en los momentos de crisis, cuando su fuerza carismática, en realidad inexistente, sería necesaria para la defensa colectiva? ¿No es posible la agrupación en torno a un líder, sereno, equilibrado, que a la vez con fuerza y mesura sepa conducir sin avasallamiento? Sí, es posible, pero hemos querido mostrar con estos comentarios lo fácil que resulta el engaño.

Juan Antonio Vallejo-Nágera – Locos egregios

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Cada cierto tiempo coinciden una crisis y un loco que parece ser respuesta a lo primero. Los mecanismos de esta patología política son casi evidentes; en Locos egregios, el psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera* expone cómo funcionan: “¿Qué es lo que impulsa a las masas a unirse en torno a un hombre y someterse a sus dictados? Básicamente, la proyección de sus anhelos en la persona del líder y la esperanza de que éste los satisfaga. Estos deseos, en parte conscientes, pero también inconscientes, se polarizan en: a) La búsqueda de seguridad. Se obedece para sentirse protegido; b) Resentimiento y deseos de revancha. Se unen y obedecen para ser más potentes en la agresión”.

Alemania crujió bajo el peso de la locura de Adolfo Hitler, que inicialmente fue una respuesta al resentimiento contra las humillaciones del Tratado de Versalles y las privaciones de la República de Weimar. El gran histrión estaba listo para hipnotizar a los alemanes; Denis de Rougemont recoge en L’Amour et l’Occident (1939) el reporte de Eugène Ionesco: se encontraba de paso en Berlín antes de la guerra y pasó por una plaza en la que Hitler arengaba a sus seguidores. No entendía el alemán, no comprendía las palabras del orador, pero se quedó clavado en la calle ante la potencia magnética que lo mesmerizaba, dominado por su carisma avasallador. La patria de Goethe y de Schiller, de Beethoven y de Brahms, se dejó embaucar por un loco irresponsable que desencadenó la II Guerra Mundial, esa tragedia que produjo más de 55 millones de cadáveres.

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Estatua de Savonarola en Ferrara

Estatua de Savonarola en Ferrara

Nosotros tuvimos a Chávez, como Florencia a Savonarola, quien también opinaba que ser rico es malo. Un autor venezolano, José Manuel Briceño Guerrero, profesor de Filosofía de la Universidad de Los Andes, ensambló entre 1977 y 1982 El laberinto de los tres minotauros, obra que, por tanto, no podía referirse a Hugo Chávez, puesto que faltaba una década para su primera impronta en la conciencia nacional. En la última sección de su libro, Discurso salvaje, Briceño Guerrero describe el contenido de la indignación que Chávez explotaría:

Las colinas, los bosques, los prados, los animales y las plantas tienen amo, tienen propietario. Yo camino sobre tierra ajena, donde soy tolerado como sirviente; y no hay ningún sitio que yo pueda llamar mío. Con mi trabajo pago a duras penas las cosas que consumo y el alquiler de las que uso. Uso y consumo las peores y aun así logro escasamente sobrevivir. Todas las cosas se cambian por dinero; mi trabajo también. Pero la cantidad de dinero que obtengo no me alcanza para comprar las que necesito. Ando manga por hombro y crío hijos malsanos condenados a vender su sangre. (…)

Camino encogido, con la cabeza gacha, reverente y como pidiendo perdón por existir, sobre la misma tierra donde mis ancestros se erguían altivamente para respirar a pleno pulmón el aire de su mundo en la holgura de la patria; pero hubo un combate y fueron vencidos. Pelearon y perdieron; nosotros heredamos el oprobio de su derrota así como ellos, los otros, los de arriba, aquellos a cuya merced estamos, heredaron los privilegios de la victoria. ¿Podemos preparar otro combate, la revancha, una batalla a campo abierto, con clarines, en un día brillante de banderas y metales bruñidos, o perseveraremos en esta sórdida situación de resentimiento, saboteo, doblez, odio reprimido, envidia y papel?

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Médico y político

Médico y político

David Owen define en In sickness and in power (2008): “No es ‘hibris’ todavía un término médico. El significado más básico fue desarrollado en la antigua Grecia, simplemente como la descripción de un acto: un acto hibrístico era uno en el que una figura poderosa, inflada con excesivos orgullo y confianza en sí misma, trataba a los otros con insolencia y desprecio. (…) Una carrera hibrística procede más o menos por el siguiente cauce. El héroe obtiene gloria y aclamación por haber logrado un éxito desusado en contra de las probabilidades. La experiencia se le sube a la cabeza: comienza a tratar a los demás, meros mortales ordinarios, con desprecio y desdén, y desarrolla tal confianza en su propia capacidad que comienza a creerse capaz de cualquier cosa”.

Después advierte: “Los síntomas en la conducta que pueden justificar un diagnóstico de síndrome hibrístico se hacen típicamente más intensos mientras más tiempo permanezca en el poder un jefe de gobierno”, y completa la descripción señalando los “factores externos” que aumentan la probabilidad del cuadro clínico: “éxito abrumador en la obtención y preservación del poder, un contexto político en el que hay mínimas limitaciones del líder que ejerce su autoridad personal y la duración del tiempo de su permanencia en el poder”. De seguidas, Owen sugiere que se diagnostique ese síndrome cuandoquiera que tres o cuatro síntomas, de la lista que sigue, estén presentes en los gobernantes:

—Una propensión narcisista a ver el mundo primariamente como una arena en la que pueden ejercer poder y buscar gloria, antes que un lugar con problemas que necesitan se les aproxime de manera pragmática y no autorreferencial.

—Una predisposición a emprender acciones que probablemente les exhiban favorablemente, esto es, para resaltar su imagen.

—Una preocupación excesiva con la imagen y la presentación.

—Una manera mesiánica de hablar acerca de lo que hacen y una tendencia a la exaltación.

—Una identificación de sí mismos con el Estado, hasta el punto de considerar la perspectiva y los intereses de los dos como idénticos.

—Una tendencia a hablar de sí mismos en tercera persona o con el plural mayestático.

—Confianza excesiva en su propio juicio y desprecio por el consejo o la crítica de otros.

—Exagerada fe en sí mismos, rayana en un sentido de omnipotencia, respecto de lo que pueden alcanzar.

—Una creencia en que antes que ser responsables ante el mundano tribunal de sus colegas o la opinión pública, el tribunal al que tienen que responder es muy superior: la historia o Dios.

—Una convicción inamovible de que serán reivindicados en ese tribunal.

—Inquietud, irreflexión e impulsividad.

—Pérdida de contacto con la realidad, a menudo asociada con un aislamiento progresivo.

—Una tendencia a permitir que su “gran visión”, especialmente su convicción de la rectitud moral de un determinado curso de acción, obvie la necesidad de considerar otros aspectos, como la factibilidad, el costo y la posibilidad de consecuencias indeseadas; una terca renuencia a cambiar de curso.

—Como resultado, un cierto tipo de incompetencia en la implementación de una política, que puede ser llamada incompetencia hibrística. Es aquí donde las cosas van mal, precisamente porque el exceso de confianza hace que el líder no se moleste con la carpintería de una política. Aquí puede haber una desatención a los detalles aliada a una naturaleza indiferente.

Fue un ataque de la enfermedad de la victoria, de hibris o senshobyo lo que llevó a los japoneses al desastre de Midway, poco después de su espectacular bombardeo de Pearl Harbor y su precoz extensión por islas y costas del Pacífico; fue la enfermedad de la victoria lo que llevó a Napoleón a la catastrófica invasión de Rusia, y a Hitler más de un siglo después a concebir y fracasar estrepitosamente, con su Operación Barbarroja, en el mismo intento. A comienzos de 2007, eso mismo estaba pasando a Hugo Chávez, enfermo de triunfo, en el año cuando sufriría a su término la única derrota electoral de su trayectoria. Hugo Chávez exhibía muy notoriamente no tres o cuatro de los síntomas enumerados por Owen sino todos los catorce. Y eso que Owen** no se ocupó de Chávez en su reveladora obra.

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De la locura del líder dependen sus ayudantes, y una de sus más importantes funciones es la de construir un culto a la personalidad que magnifica tóxicamente sus desvaríos. Describe Vallejo-Nágera:

Los trucos psicológicos se siguen empleando allí [en los EEUU] y en todos los países, y así ha sido siempre. Maquiavelo hizo un agudo análisis de “cómo se adquiere el poder, cómo se conserva y por qué se pierde”. Napoleón, con su mente obsesivamente organizadora, creó un departamento de prensa “Buró de la opinión pública”, orientado publicitariamente. Se recurre crecientemente al uso de la proyección sentimental inconsciente de los símbolos para aprovechar estímulos que sería incómodo manejar al descubierto. Por ejemplo, desde la televisión en color es frecuente que los políticos americanos, dirigiéndose a auditorios conservadores, cuando citan frases de sus oponentes, lean esas anotaciones en un papel rojo o rosa, para por asociación de ideas, proyectar una imagen “roja” en el rival citado. Desde el campo contrario, se vio en la campaña presidencial portuguesa de junio de 1976, cómo Otelo Saraiva de Carvalho usó constantemente un símbolo del mismo color, el clavel rojo, en todas sus apariciones, para fijar en la mente del espectador la vinculación a él, y sólo a él, de la “Revolución de los claveles” en su optimista imagen inicial. La profesionalización del uso de tales imágenes, que a caballo sobre su vigorosa resonancia afectiva distorsionan la supuestamente libre y razonada decisión del elector, ha hecho exclamar a Kenneth Boulding que: “Hacen viable una situación de dictadura invisible, incluso funcionando bajo las fórmulas de un gobierno democrático”.

“Chávez, el corazón de la patria”. “Maduro es pueblo”.

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Ahora se hunde Donald Trump en los Estados Unidos, y en su desplome amenaza con incendiarlos: asegura que las elecciones presidenciales del próximo 8 de noviembre en Norteamérica están amañadas en su contra, y ya excita a sus seguidores más radicales para que actúen como vigilantes de los centros de votación, sin importar que así suscite hechos violentos que afecten gravemente al sistema político estadounidense. Roguemos para que la cordura fundamental del pueblo de los EEUU, eludiendo la insensatez del Brexit o el No al acuerdo de paz en Colombia, diga al enloquecido candidato lo que el Partido Republicano no ha sabido hasta ahora pronunciar: “Mr. Trump, you’re fired!” LEA

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El original

El original

* Locos egregios fue publicado por primera vez en 1977 por Editorial Dossat, pero la decimoquinta edición fue impresa especialmente para Mediciencia Editora, la casa creada por el fundador de la Librería Médica París de Caracas, el egregio pero muy cuerdo Pierre Paneyko, cuya amistad y la de su esposa María siempre han sido un honor para mí. De hecho, Vallejo-Nágera, psiquiatra hijo de psiquiatra, vino a Caracas en marzo de 1985 para la presentación de Mediciencia y la más reciente edición del libro, que fue debidamente bautizada; entonces me dedicó un ejemplar: “A mi colega en la afición a escribir, Luis Enrique Alcalá, muy afectuosamente. 19 – III – 85”.

** Lord Owen es un médico inglés que investigó sobre la química del cerebro y trabajó con neurólogos y psiquiatras, pero también ha sido un destacado político que sirvió como miembro del Parlamento, sub-Secretario de Estado para la Marina, Ministro de Salud Pública y Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra. Está particularmente calificado para disertar sobre la enfermedad de poder.

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