Después de lo moderno

Después de lo moderno

 

La primera fuerza que dirige el mundo es la mentira.

Jean-François Revel – El conocimiento inútil

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Supe por José Rafael quien supo por Marena que el Diccionario Oxford había escogido como “palabra de 2016” el término “post-truth”. Dice Wikipedia en su artículo Post-truth politics (traducción de este blog):

La política post-verdad (también llamada post-fáctica) es una cultura política en la que el debate se enmarca mayormente con apelaciones a la emoción inconexas con los detalles de las políticas, y por la afirmación repetida de alegatos cuya refutación fáctica se ignora. La post-verdad difiere de la contrastación y falsificación de la verdad tradicionales presentándolas como de importancia “secundaria”.

A su vez, la gente del Diccionario Oxford informa: “[Post-verdad] se define como un adjetivo relativo a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la conformación de la opinión pública que las apelaciones emocionales”.

Volvamos a Wikipedia:

Precursor de la expresión

Precursor de la expresión en 2004

Un rasgo definitorio de la política post-verdad es que quienes están en campaña continúan repitiendo sus alegatos aunque los medios de comunicación o expertos independientes revelen su falsedad. Por ejemplo, durante la campaña del referendo sobre la Unión Europea en Gran Bretaña, Vote Salir sostuvo repetidamente que ser miembro de la Unión Europea costaba 350 millones de libras por semana. Esta cifra, que ignoraba el reintegro al Reino Unido y otros factores, fue descrita como “potencialmente engañosa” por la Autoridad Estadística del Reino Unido y como “insensata” por el Instituto de Estudios Fiscales, y rechazada en cotejos con los hechos de BBC News, Channel 4 News Full Fact. A pesar de esto, Vote Salir continuó usando la cifra como pieza central de su campaña hasta el día del referendo, después del cual adujo que el argumento sólo había sido “un ejemplo”. (…) Michael Deacon, un cronista parlamentario de The Daily Telegraph, sintetizó el núcleo del mensaje de la política post-verdad así: “Los hechos son negativos. Los hechos son pesimistas. Los hechos son antipatrióticos”. (…) En su modalidad más extrema, la política post-verdad puede hacer uso del conspiracismo. La crítica basada en hechos de una cierta campaña se atribuye a un enemigo poderoso—tales como el establishment, el Sionismo o los medios de comunicación más influyentes—que supuestamente buscan desacreditarla, lo que a su vez aleja a los votantes de esas fuentes de información. En esta forma de política post-verdad, los rumores falsos (como el “birther” o las teorías de conspiraciones musulmanas acerca del presidente Obama) se convierten en temas noticiosos de primera importancia.

El término post-verdad está muy bien puesto; es lo que viene después de la verdad; es decir, la verdad se ha dejado atrás, ha sido superada. Cuando el Diccionario Oxford escogió la expresión como palabra del año, hizo referencia a acontecimientos como, precisamente, el Brexit y la campaña de Donald Trump: “Its selection follows June’s Brexit vote and the US presidential election.” Las muy numerosas notas periodísticas sobre la campaña presidencial de este año en los Estados Unidos incluían frecuentemente secciones especiales de fact checking (cotejo con los hechos), o fueron enteramente redactadas con el fin de verificar si lo que decían los candidatos Trump y Clinton se ajustaba a la verdad. A pesar de ese ingente trabajo, muchos electores estadounidenses tragaron las post-verdades y contribuyeron a su difusión. No es poca la gente en el mundo que prefiere creer lo más estrafalario antes que un hecho cierto pero aburrido.

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Por acá llevamos nosotros diecisiete años de post-verdades:

Razón tiene Fernando Egaña cuando dice: “Las armas más efectivas que ha tenido el señor Chávez y su supuesta ‘revolución bolivariana’, no están en el arsenal de las FAN, o en los reales de la bonanza petrolera, o en la legitimidad de origen. Se encuentran en un reducido conjunto de conceptos y categorías de pretensión político-histórica que han logrado imponer en la opinión pública, y que buena parte de sus adversarios repiten como verdades bíblicas”. Cuarta República, por ejemplo. (Mea culpa. Hemos usado el término más de una vez). Egaña nos explica lo que nos tragamos como marco lingüístico cada vez que admitimos la denominación cuarta república: “Como las primeras tres ocurren entre 1811 y 1830, y la quinta empezó propiamente el 15 de diciembre de 1999, entonces la ‘cuarta’ comprende los 168 años que incluyen el paecismo, la Federación, el dominio andino y el surgimiento de la democracia. Para la nueva enciclopedia del régimen son un mismo magma tenebroso que separa la gesta libertadora de la ‘revolución bolivariana’. Semejante mamarracho historiológico no resiste el menor soplido y, sin embargo, es la ‘versión oficial’ que el actual régimen difunde a diestra y siniestra, con el conformismo escandaloso de buena parte de la opinión pública y publicada”. (El método Bushávez, 22 de enero de 2004).

Pero el “otro lado” también es ducho en el lenguaje post-fáctico; por ejemplo, en la longeva prédica del presunto fraude en el referendo revocatorio contra Chávez. (Ver Bofetada terapéutica y, para un tratamiento más extenso, Suma contra gentiles abstencionistas). Es toda nuestra clase política quien alimenta una polémica fácticamente infundada en la población, que mayormente discute emociones porque se la estimula emocionalmente: “Chávez, el corazón de la patria”, “Maduro es pueblo” o—como nos decía Manuel Rosales—”Atrévete”.  Así es muy difícil conseguir caminos para la solución de nuestros males; mientras las verdades sean en verdad post-verdades, blandidas por gente disímil involucrada en una veintena (¿cincuentena?) de campañas personales diferentes, las decisiones públicas que deben ser tomadas responsablemente, con apego a los hechos, serán muy mal tomadas. Así no se puede.

Es una post-verdad decir que “lo que quiere” la Mesa de la Unidad Democrática—Aquiles Nazoa, que acuñara batebaño, habría escrito loquebusca—es una salida insurreccional, y tampoco es cierto que Nicolás I de Chavia es nacional colombiano, por más pre-moderno que pueda ser. LEA

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