La calle en estado salvaje

 

 

A quien me ha brindado innumerables copas de vino de Jerez

 

Dice la primera parte de la séptima estipulación de mi código de ética política: “Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación…” Esto es, ese código me impide ganar indulgencias con escapulario ajeno.

He visto cosas que no había pensado gracias a otras personas y trato de darles crédito por lo que me han enseñado, pero eso no siempre es posible; tengo un amigo que por razones de peso me exige que lo mantenga en el anonimato, así que sólo puedo decir cuando me impone el silencio que lo que me ha explicado no es de mi autoría. Me hizo tomar conciencia en dos oportunidades en el año 2002, y de la primera sé el día exacto: le visitaba en compañía de un amigo común el 24 de febrero de ese año, un domingo. Al día siguiente asistiría a una edición del programa Triángulo, que conducía Carlos Fernandes en Televén. De hecho, el programa había sido concebido por mi insistencia, y su tema fue: ¿Existe el derecho de rebelión? Poco antes, Ernesto Ecarri Hung nos entrevistó a Ángel Álvarez (Director del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela) y a mí en momentos (3 de febrero de 2002) cuando una buena parte del país barajaba modos de salir del gobierno de Hugo Chávez. A Ecarri le llamó mucho la atención una clara formulación del derecho de rebelión, que mencioné, en la Declaración de Derechos de Virginia. (Wikipedia: “El artículo tres consagra el derecho [de] la mayoría de la comunidad a reformar o abolir un gobierno, cuando considere que no está orientado al bien común. Se define aquí las bases del derecho a la resistencia o de rebelión contra la opresión”):

“…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—[el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad]—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública”.

Yo había llamado a Carlos Fernandes, a Marta Colomina y al mismo Ecarri, preocupado por una prédica posterior de Jorge Olavarría en la prensa y en la televisión:

…Jorge Olavarría escribió para El Universal dos artículos bajo el título Derecho de rebelión, y fue el jueves 21 de febrero a la edición meridiana del noticiero de Televén a exponer su particular interpretación de tal derecho. En su opinión, se justificaba una rebelión clásica, un golpe de Estado contra el gobierno de Chávez. En el primero de sus artículos, indicó que el procedimiento convencional era que los rebeldes expusieran al país los motivos de su alzamiento una vez que tuvieran éxito en deponer al Presidente. (Las élites culposas).

Fue Fernandes quien propuso de inmediato una de sus sesiones de Triángulo para tratar el asunto, y la víspera comenté al amigo incógnito mi propósito de enfatizar que el titular del derecho de rebelión, como postula el documento virginiano, era una mayoría de la comunidad, y no un grupo de militares que decidiera alzarse por su cuenta. Mi lúcido amigo hizo entonces esta observación: “Sí, pero la Declaración de Derechos de Virginia fue redactada por súbditos de Jorge III de Inglaterra, y nosotros no somos súbditos de Chávez”.

Entonces me cayó la locha proverbial; al despedirme en la puerta de su casa le dije: “Clarísimo, es verdad; no somos sus súbditos, somos sus jefes, sus mandantes”. A la tarde de ese día ya había concebido que si una mayoría de venezolanos firmaba un documento que declarase abolido el gobierno de Hugo Chávez, un acta de abolición, ese gobierno quedaría abolido de pleno derecho. Así lo expuse en Televén el 25 de febrero de 2002, sin que los demás participantes en el diálogo moderado por Fernandes atinaran a refutarme. (El 17 de diciembre del año pasado, adapté lo que luego redactaría para el caso de Chávez al de Nicolás Maduro: Manda Su Majestad).

………

Mantuve informado al amigo sin nombre de la evolución de la idea abolicionista, que ahora imaginaba cristalizada en Internet; el Artículo 4 de la Ley de Mensajes de Datos y Firmas Electrónicas—decretada por Chávez con poderes de ley habilitante en enero de 2001—establece: “Los Mensajes de Datos tendrán la misma eficacia probatoria que la ley otorga a los documentos escritos…”, y añadió él otra intuición: “Puede hacerse, sin duda, con las firmas ciudadanas que visualizas, pero a lo mejor la cosa ocurre espontáneamente en la calle; puede darse un referéndum en sauvage”. (Salvaje, en estado puro). A mi vez, no pude menos que asentir y comenté: “De nuevo tienes razón; si vas a elegir al Presidente de la Asamblea, es procedimiento válido declarar electo a alguien si al mencionar su nombre los diputados prorrumpen en vítores. El director de debates lo declara electo por aclamación sin necesidad de contar votos”. Faltarían en ese momento unas dos o tres semanas para la manifestación caraqueña del 11 de abril de 2002.

Así que más de una vez este amigo ha expandido mi comprensión de la realidad política, y anoche recordaba estas cosas al enterarme por Twitter de la onda expansiva de protestas simultáneas en muchos puntos del país, en muchos de Caracas, luego de que el violento repudio de Nicolás Maduro en San Félix prendiera la mecha.

Las hormigas, también, tienen mente de colmena. Una colonia de hormigas, en movimiento de un nido a otro, exhibe el substrato kafkiano del control emergente. Cuando hordas de hormigas abandonan su campamento y se dirigen al oeste, llevando huevos, larvas, pupas—las joyas de la corona—en sus picos, otras hormigas de la misma colonia, obreras patrióticas, cargan el tesoro hacia el este con la misma velocidad, mientras aun otras obreras, quizás reconociendo mensajes conflictivos, corren en una y otra dirección con las manos vacías. Un día de oficina típico. Y, sin embargo, la colonia se mueve. Sin que haya una toma de decisiones visible en un nivel superior, escoge un nuevo sitio para anidar, instruye a las obreras que comiencen a construir y se gobierna a sí misma. (Kevin Kelly, Out of Control1994).

No puedo saber si todo lo que ocurrió anoche en una docena de ciudades venezolanas fue espontáneo—”Los enjambres actúan sin líder” (Dinámicas de enjambre)—; cabe la posibilidad de que haya habido algo de ingeniería, pero me inclino a pensar que en Martes Santo la protesta nacional fue, simplemente, seguir el ejemplo que San Félix dio. LEA

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