Código de Ética Política

Juro por Dios que por lo que me quede de vida practicaré el arte de la Política según las siguientes estipulaciones:

*Recomendaré o aplicaré, según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas o asociaciones que pidan mi consejo o asistencia.

*Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.

*Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general.

*Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia.

*Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.

*Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tales cargos con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.

*No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.

*Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo.

*Me asociaré, para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento.

Séame dado, si cumplo con las estipulaciones de este juramento, vivir y practicar el arte de la Política en paz con mis semejantes y sus asociaciones, y reconocido y compensado justamente por mis servicios. Sea lo contrario mi destino si traspaso y violo este juramento.

Luis Enrique Alcalá

24 de septiembre de 1995

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REF #14-15 – Contribución a la ética política

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Amables oyentes de Unión Radio: a través de Platón sabemos que hacia el año 400 antes de Cristo, un nativo de la isla griega de Cos, contemporáneo de Sócrates, vivía como practicante y maestro del arte de la Medicina. Este griego de la antigüedad llevaba el nombre de Hipócrates, y sostenía que el conocimiento del cuerpo humano dependía del conocimiento acerca del hombre completo. Hipócrates viajaba de ciudad en ciudad, y como muchos grandes filósofos de la época, llegó hasta Atenas para practicar y enseñar su profesión.

De los textos que forman la llamada colección hipocrática, es el más difundido el que se conoce como juramento hipocrático o Juramento de Hipócrates, el texto primario y fundamental de la práctica médica, y el primer código de ética profesional que se conoce en la historia.

Varias veces hemos hecho alusión en este programa a los preceptos de ese juramento, y hemos hecho analogía de los mismos con preceptos que deberían regir otro arte, otra profesión de los hombres, como es la Política. Más de una vez he fastidiado a los oyentes asiduos de este programa con la idea de que hay una similitud importante entre la Medicina y la Política, concepto que por otra parte sostienen varios autores. Esa idea es ya vieja compañera mía, y la expuse explícitamente por primera vez un domingo de diciembre de 1984, hace ya casi once años, a los amigos Diego Bautista Urbaneja y Gerardo Cabañas Arcos, y al día siguiente a un grupo que incluía a estos dos y también a Tulio Rodríguez, Alberto Krygier y Andrés Sosa Pietri. En unas memorias prematuras que escribí entre diciembre de 1985 y febrero de 1986, registré esos hechos del modo siguiente:

En esa reunión en mi casa expuse por primera vez mi noción de la ruta que estaba marcada para nuestra legitimación en tanto políticos como un camino «médico». La llamé «la metáfora médica»… El acto político es un acto médico, dije, pues en el fondo se trata de proponer, seleccionar y aplicar tratamientos a los problemas. De hecho, tesis como la que propuse en «Válvula» o aun la misma receta de la «sociedad política de Venezuela» no eran otra cosa que tratamientos, propuestos para ofrecer respuestas que, a diferencia de las respuestas insuficientes, las respuestas «substandard» emitidas por los actores políticos tradicionales, fuesen al menos un intento de atacar los problemas en sus dimensiones más importantes. En efecto dije que sería posible distinguir entre la «sociedad política de Venezuela» como asociación que intervendría en la política concreta del país, y una «Sociedad Política» en el sentido de una asociación de profesionales que entendía la política como una actividad médica, con una clara conciencia de la grave responsabilidad que significaba tratar de modificar la realidad social.

Y también registré en esas memorias esto que sigue:

A comienzos del año siguiente, 1985, recibí copia de unos trabajos de Yehezkel Dror, enviados a mí por intermedio de Suhail Khan, gerente de planificación de CORPOVEN. En uno de ellos Dror, amigo y maestro desde el año de 1972, decía lo siguiente: «…policy sciences are, in part, a clinical profession and craft». (Las ciencias de «las políticas» son, en parte, una profesión y un arte clínicos). Esto fue para mí una confirmación de que andaba por el camino correcto. Yehezkel Dror es uno de los hombres que más experiencia tienen con los problemas y los sistemas concretos de la política. Su posición era sólo ligeramente menos radical que la mía, puesto que lo que a mí me interesaba era  el territorio conceptual que se define, justamente, por esa parte que es una profesión y un arte «clínicos». Por esos días pasaban por el canal 8 de televisión una de esas buenas telenovelas brasileñas, tal vez la mejor de todas: Una mujer llamada Malú. Malú es socióloga, mi colega, pues seguí los estudios de sociología en la Universidad Católica Andrés Bello entre 1963 y 1968. Un día trata de explicarle a su hija por qué le resulta tan difícil conseguir un empleo y le dice: «Es que la sociología no es una profesión». Tiene razón. La sociología no es una profesión, sino una ciencia, bastante incipiente, por cierto. Si uno va a los laboratorios del IVIC y se topa con alguien que trabaje, digamos, en fisiología celular y uno le pregunta cuál es su profesión, no oiremos que nos contesta que su profesión es la fisiología. Nos dirá que su profesión es la de investigador. La fisiología es un campo, una disciplina, una ciencia, pero no una profesión. Del mismo modo son ciencias y no profesiones la sociología, la antropología, la politología y aún la misma economía. Es la política, la ocupación  de resolver problemas públicos, lo que es una profesión. Profesión que se ejerce desde distintas posiciones. Hay algunos políticos que ejercen su profesión clínicamente, limitando su acción hasta la prescripción de los tratamientos. Otros son más médicos de cabecera o políticos terapeutas o cirujanos, más directamente involucrados en operaciones o aplicaciones de los tratamientos. Hay políticos generales, análogos a los médicos que hacen  medicina general. Hay políticos especialistas, como los hay también en la profesión médica.

Estas son cosas, entonces, que escribía o decía en 1984 y 1985, de modo que sostengo esa noción de una afinidad arquitectónica de la Política y la Medicina desde hace un buen tiempo. Esto se debe, tal vez, a una deformación profesional pues, como quizás algunos de ustedes sepan, estudié los primeros tres años de la carrera de Medicina en la Universidad de Los Andes en Mérida. Todavía hoy mi señora madre lamenta mi decisión de abandonar por la mitad los estudios médicos. El pasado miércoles fui a que me vieran un esguince de la rodilla izquierda en el Hospital Universitario de Caracas, donde mamá trabaja como voluntaria de hospitales y no perdió la oportunidad de regañarme de nuevo, treinta y tres años después de que yo abandonara la carrera de Medicina para mudarme a los temas sociales. Yo prefiero pensar que continúo siendo médico en el campo de lo político.

Ahora bien, desde hace mucho tiempo he sentido que sería necesario y útil formalizar un código de ética para el ejercicio de la Política tal como la concibo: como arte, profesión y oficio similar a la Medicina, y esta semana he podido concluir la redacción de algunas estipulaciones que componen un juramento hipocrático para la Política. Quiero leer esas estipulaciones para ustedes, amables oyentes, como modo de comprometerme públicamente con un código ético de la profesión política. Permítanme leer, sin más preámbulo, el siguiente juramento:

Yo, Luis Enrique Alcalá, venezolano, juro por Dios ante quienes hoy—domingo 24 de septiembre de 1995—me escuchan, que por lo que me quede de vida practicaré el arte de la Política según las siguientes estipulaciones:

• Recomendaré o aplicaré según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas o asociaciones que pidan mi consejo o asistencia.

• Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad  puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas o lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.

• Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general.

• Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia.

• Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y en lo posible enmendaré inmediatamente las equivocaciones que haya transmitido y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando estos se debiesen a mi negligencia.

• Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tales cargos con suficiencia y honradamente. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.

• No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.

• Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo.

• Me asociaré para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento.

Séame dado, si cumplo con las estipulaciones de este juramento, vivir y practicar el arte de la Política en paz con mis semejantes y sus asociaciones, y reconocido y compensado justamente por mis servicios. Sea lo contrario mi destino si traspaso y violo este juramento.

Lo que acabo de leer es, pues, un compromiso público, y ruego a ustedes me sirvan de testigos y de fiscales, y que me exijan el fiel cumplimiento de las estipulaciones contenidas en el juramento que he expresado.

Por otro lado, seguramente las cosas juradas por mí hoy ante ustedes necesitan un poco de explicación adicional, razón por la cual explico un poco más a continuación.

La primera de las estipulaciones del juramento dice: “Recomendaré o aplicaré según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas u asociaciones que pidan mi consejo o asistencia”. Esto significa que nadie, que ninguna organización podrá pedirme, en virtud de que yo haya entrado con ella en una relación profesional, nunca podrá pedirme, repito, una lealtad tal que implique buscar el beneficio particular de esa persona o esa asociación hasta el punto de hacerlo a expensas del daño a la sociedad u otras personas y asociaciones. Por ejemplo, podré ayudar a una persona o asociación de personas a conseguir sus objetivos siempre que éstos sean legítimos y no produzcan daño. De lo contrario preferiré el bien general de la sociedad por encima de cualquier deseo de beneficio o lucro de quien pida mi asistencia.

La segunda de las estipulaciones dice así: “Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad  puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros”. Y esto significa entre otras cosas, que me opondré siempre al estilo de comunicación que se alimenta del escándalo y de las interpretaciones torcidas e interesadas, sobre todo de aquellas que lamentablemente se ven con tanta frecuencia en Venezuela, y que tienden a presentar nuestra sociedad como indigna o definitiva e irreversiblemente dañada.

La tercera estipulación es muy clara y no necesita explicación, y dice así: “Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general”.

La cuarta estipulación dice: “Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia”. Nadie, por tanto, podrá contar conmigo para la confidencia de proyectos dañinos. Si me encuentro con alguien que me confíe una cosa de tal naturaleza, procuraré disuadirlo de sus propósitos por todos los medios a mi alcance. Si no puedo convencerlo podrá ocurrir entonces que tenga que comunicar lo que me haya dicho en secreto para evitar daño a la sociedad.

La quinta de las estipulaciones del juramento dice: “Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y en lo posible enmendaré inmediatamente las equivocaciones que haya transmitido y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando estos se debiesen a mi negligencia”. Esto tiene que ser así porque la Política es un arte y no una ciencia, mucho menos una ciencia exacta. Lo que puedo prometer es lo mismo que prometió Hipócrates, quien decía: “Seguiré aquel sistema de régimen que, de acuerdo con mi capacidad y juicio, considere beneficioso a mis pacientes”. La sociedad es un paciente bastante más complicado que una persona que un médico atienda, por una parte, y por la otra, las sociedades cambian, sufren metamorfosis. Un tratamiento adecuado para cierto momento de una sociedad no necesariamente será eficaz para un momento posterior.

La sexta postulación, nuestro sexto mandamiento, dice lo siguiente: “No buscaré postulación alguna para ningún cargo público ejecutivo cuyo nombramiento dependa de los Electores, aunque podré admitirla en caso de que estos Electores consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tal cargo con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida”.

Entre otras cosas, ese mandamiento no impide que pueda buscar la postulación para cargos que no sean ejecutivos. Por ejemplo, podría aspirar pública y legítimamente a cargos legislativos o constituyentes. Pero tampoco impide que acepte cargos ejecutivos que no sean determinados por los Electores.

Lo que sí quiero evitar es el postularme yo mismo a cargos ejecutivos por elección popular, aunque pudiera aceptarlos si es la voluntad de los Electores. Aquí hay, tanto un eco de Hipócrates, quien en su juramento declaraba que no practicaría la cirugía, como una analogía con la correcta práctica médica que rechaza la publicidad de los médicos como si se tratase de un producto de supermercados. Finalmente, creo que el mejor médico es aquél que cree en la sabiduría fundamental del cuerpo humano, y que el mejor político es aquél que cree en la sabiduría del cuerpo social considerado como conjunto. El mejor médico es aquél que procura hacerse prescindible, innecesario. De allí la parte de la estipulación que me obligará a ejercer los cargos que pueda desempeñar en el lapso más breve que sea posible.

La séptima estipulación sólo necesita ser leída de nuevo, pues no tiene nada de ambigüedad: “No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías”.

La octava estipulación reza así: “Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo”. Creo que es lamentable la mezquina práctica de presentar como propias ideas o tratamientos que han sido formulados por otras personas con antelación. Dicho en criollo: “No debe ganarse indulgencias con escapulario ajeno”.

La última estipulación del juramento dice lo siguiente: “Me asociaré para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento”. Esto es, que a pesar de que lo que he jurado es un compromiso individual y personal, uninominal podría decirse, daré la bienvenida a la asociación con personas que quieran honrar el mismo compromiso. Una sola persona puede hacer poco. Es por tanto preferible que seamos muchos los que queramos servir a los hombres como políticos guiados por los preceptos éticos que hemos expuesto.

Quiero dar a ustedes las gracias por su paciencia al escucharme. Quiero también ofrecer a quien desee tener una copia por escrito de este código de ética profesional para la Política el ponerla a su disposición. Pienso firmar las copias personalmente, como señal de compromiso no sólo público, sino con cualquiera que consienta en ser vigilante exigente del cumplimiento de mi compromiso.

Tengo confianza en ustedes. Creo que todos juntos podemos hacer que la Política sea digna de su nombre.

LEA

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REF #14-15 – Vendedor de agendas

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Robin Hood ha ido a Nottingham a conversar con el sheriff de Su Majestad. Luis Raúl Matos Azócar, que en una época decía que en Venezuela había más de un Hood Robin que quitaba a los pobres para darle a los ricos, ha presidido una misión a Washington para buscar un acuerdo de apoyo de los principales entes financieros multinacionales.

Desde el punto de vista noticioso, la visita de Matos al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, constituyó una sorpresa equivalente a la del anuncio del aumento en los precios de la gasolina que hiciera el propio Presidente de la República, el doctor Rafael Caldera. Como si se hubiera propuesto dejar sin argumentos a la oposición, el gobierno ha iniciado una secuencia de decisiones que van poco a poco acercándose a las recomendaciones críticas a su gestión de política económica.

Otra manera de ver la serie de medidas es, sin embargo, como una aceptación a regañadientes de ciertas realidades económicas. Así, el gobierno intervino bancos en contra de su voluntad, pues primero buscó salvarlos con sus administraciones intactas, y sólo después de que este expediente fracasara fue que procedió a la intervención. Más tarde impuso un impuesto al valor agregado por otro nombre, en contradicción directa de la siguiente promesa de la Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela: “…se impone la suspensión del Impuesto al Valor Agregado en cuanto constituye una carga injusta sobre los consumidores de menos recursos”. (Página 14).

Luego llegó el gobierno al control de cambios, a pesar de que el propio Presidente, el mismo día en que fue proclamado oficialmente Presidente Electo en la sede del Consejo Supremo Electoral, se declaró decididamente opuesto a tal medida. Igualmente, decretó el aumento en los precios de los combustibles para el mercado interno, contraviniendo una expresa postura contraria de la campaña electoral. Ahora va a negociar con el Fondo Monetario Internacional.

Yehezkel Dror tiene una expresión muy acertada para referirse a este tipo de decisiones—opción trágica—y que aplica a aquella situación en la que se encuentra un gobernante cuyas opciones son todas de un elevado costo social. Esta figura describe adecuadamente el proceso en el que se ha visto envuelto el gobierno de Rafael Caldera, puesto que no es sostenible la hipótesis de duplicidad en una trayectoria política cifrada precisamente en una alta credibilidad.

Ninguna de estas medidas, por otra parte—salvo en lo ya apuntado del impuesto al valor agregado—tuvieron alusión alguna en la Carta de Intención del candidato Caldera. En este documento no existe referencia, ni a favor ni en contra, al precio de la gasolina, el control de cambios o los avenimientos con el Fondo Monetario Internacional. (Tan sólo se dice que se restablecerá “el diálogo sobre la deuda con los organismos financieros internacionales”).

Desde este punto de vista, no hay técnicamente una violación del compromiso explícito de Rafael Caldera con los Electores, salvo en el punto, otra vez, del IVA. (A este respecto es interesante recordar que la primera idea de un impuesto al valor agregado se produce en Venezuela durante el primer período presidencial de Rafael Caldera, cuando su Ministro de Hacienda era Pedro Rafael Tinoco hijo y el Director General del Despacho era el doctor Luis Ugueto Arismendi, quien luego sería Ministro de Hacienda de Luis Herrera Campíns).

A pesar de tales consideraciones, es obvio que el gobierno y, específicamente el presidente Caldera, no han disfrutado la mayoría de las decisiones que ha debido tomar en materia de política económica. Pero también debe anotarse que la secuencia decisional de este gobierno ha comenzado a dejar temáticamente desamparada a la oposición.

La visita de Matos fue anticipada por declaraciones de que no se iría “de rodillas” ante el Fondo Monetario Internacional. La declaración tiene un estilo algo demagógico, y también algo de descortesía. No era necesaria de parte de un gobierno que ha sido muy celoso guardián de las prerrogativas implicadas en el ejercicio de nuestra soberanía. (De lo que queda de ella). Pero en todo caso el gobierno cumplió, a través de su Ministro de Hacienda, con solicitar auxilio financiero sujeto naturalmente a un cierto programa, siempre y cuando sea tomada en cuenta la poca disposición del gobierno en aplicar políticas de shock y su constante preocupación en materia social. Algo se aprendió del 27 de febrero de 1989.

En principio, Luis Matos logró estos propósitos. Un documento con las líneas generales de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional será firmado antes de que concluya 1995; no habrá una devaluación por decreto; se desmontará parcialmente el control de cambios durante el primer trimestre de 1996 (para la cuenta corriente, no para la cuenta de capital); se congelará el 80% de los puestos vacantes de la administración pública; se reducirá el número de ministerios. A cambio, el gobierno aspira recibir a corto plazo no menos de 1.500 millones de dólares. Del Fondo Monetario Internacional procederían los recursos para apuntalar las reservas del país y para contribuir a la estabilización del sistema financiero nacional. Del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo provendrían los fondos que serían destinados a atender problemas sociales.

Tal cosa representará un alivio considerable de la agujereada y exigua Tesorería Nacional. Sobre ella pesan innumerables demandas por recursos. Por mencionar una que pudiera ser aprovechada criminalmente para excitar agitación estudiantil y luego general, las presiones provenientes de los sectores universitarios son un factor de presión que pacientemente intenta ser negociada por el gobierno. (Por ejemplo, representantes de la comunidad universitaria venezolana han solicitado recursos, solamente en materia de presupuesto operativo de 1996—sin considerar homologación de sueldos, tratamiento de prestaciones sociales, cláusulas de contingencia, etcétera—por un monto de 223 mil millones de bolívares, mientras el gobierno ha ofrecido 177 mil millones).

Pero también hay signos de racionalidad por parte de las universidades. El Consejo Nacional de Universidades recibió las proposiciones del Ejecutivo—no sólo sobre el punto del presupuesto “ordinario”—el 29 de septiembre, y consideró que tal oferta constituía una base posible de negociación entre las partes.

El periplo de nuestro Ministro de Hacienda por las sedes de los organismos financieros domiciliados en el Distrito de Columbia, fue entendido como muy auspicioso por parte de autoridades de la banca comercial norteamericana. Llegó incluso a decirse que las percepciones de Venezuela comienzan a cambiar entre los potenciales inversionistas extranjeros, y que esto habría ayudado a una acogida positiva de los planteamientos de Matos ante los organismos financieros internacionales.

Naturalmente, las voces que exigían el aumento de la gasolina hasta minutos antes de la alocución presidencial que lo anunció, y que al día siguiente encontraron modo de criticar una muy pensada y equilibrada decisión, hicieron todo género de críticas al viaje del Ministro de Hacienda.

Parece ser que en principio no hay mucho fundamento para las críticas. Los resultados del viaje de Matos parecen tanto adecuados como dignos. Y vale la pena recordar que a fines del año pasado, cuando ya habían sido decretados los controles de cambio y de precios, el mismo Michel Camdessus, Director-Gerente del Fondo Monetario Internacional, declaró luego de entrevistarse con el presidente Caldera que la política económica de su gobierno era bastante razonable y que veía un futuro brillante para Venezuela. Asimismo, los pronunciamientos oficiales conocidos del Banco Interamericano de Desarrollo han sido muy comprensivos, mientras que un informe del Banco Mundial de junio de 1995 sobre nuestro país reconoce la racionalidad y cree en la eficacia de los planes gubernamentales para la estabilización y recuperación de nuestra economía. En otras palabras, el FMI ha comprado la Agenda Venezuela.

LEA

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