Contradicciones y posibilidades

El padre del nacionalismo musical ruso

En la emisión #273 de Dr. Político en RCR, se discutió primeramente la crisis mundial de la política, ejemplificada por los casos venezolano y estadounidense, y luego se retomó el tema de la figura preferible para hacerse cargo de la Presidencia de la República al término del período del actual mandatario. Transcrita para piano solista, se escuchó La alondra, de Mikhail Glinka; el cierre musical fue provisto por Holiday for strings, del estadounidense Dave Rose. Acá abajo, el archivo de audio de la sesión de hoy:

LEA

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Aquí nacimos, aquí moriremos

 

Gracias a Teunis Felipe Stolk, amigo desde siempre y hasta siempre

 

 

La segunda virtud a exigir de un político es la humildad. El mejor de los médicos, graduado en Boloña, con postgrados sucesivos en París y Boston y una longeva experiencia clínica, sabe que el cuerpo humano es mucho mejor médico que él. Sabe, por ejemplo, que nada en el arsenal terapéutico que domina es tan sabio, o tan refinado y preciso, como el sistema inmunológico natural del organismo humano. Del mismo modo, un político responsable debe entender que el cuerpo social le supera en entendederas, y que no debe jamás creerse autorizado a imponer al pueblo su criterio individual. El primer día de este mes de octubre, la revista Newsweek reportaba sobre los problemas novísimos que ha traído a la Física la constatación de que el cosmos contiene inconmensurables cantidades de materia y energía “oscuras”, las que son muchísimo mayores que la materia y energía para las que existen teorías más o menos aceptables. Es decir, que ignoramos cómo es y cómo se comporta el 96% de la materia y la energía contenida en el universo. Nuestra ciencia más avanzada ha conseguido, a duras penas, articular explicación acerca del comportamiento de sólo el 4% del cosmos. Newsweek escogió el siguiente título para el artículo referido: “En la ‘energía oscura’, humildad cósmica”. (…) Pero los políticos, en abrumadora mayoría, se conducen por la vida como si fuesen seres inerrantes, y eso que su campo profesional es bastante más complejo que el asumido por las ciencias naturales. Su discurso es usualmente enfático, muchas veces furibundo, como si hubiesen alcanzado una certidumbre que les da derecho a la imposición de sus criterios e ideologías. En particular, son más arrogantes cuando rebasan el discurso meramente político para pontificar como jueces morales, con la condena de amplios conjuntos humanos y pretender que su opinión es moralmente superior. Los electores debiéramos bajarle el copete a los políticos que pretenden tener toda la razón. (El político virtuoso, 18 de octubre de 2007).

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Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra. (Tiempo de incongruencia, en Proyecto SPV, 8 de febrero de 1985).

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5. Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.

6. No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo o que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.

7. Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo.

(Estipulaciones 5ª, 6ª y 7ª del Código de Ética de doctorpolítico, jurado públicamente el 24 de septiembre de 1995).

 LEA

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Dolor de incomprensión

 

Recuerda: un profeta es rara vez elogiado/ Antes del ocaso/ Del día cuando por primera vez proclama/ Verdades desagradables./ Pero cuando tus verdades/ Se hagan obvias con el tiempo,/ Y su autor sea reivindicado,/ Sé, en ese momento de cosecha, clemente, misericordioso,/ Amplio de mente, con gran propósito,/ Y que la contrariedad de la vida te haga sonreír. (Karen Sloan, poetisa imaginaria en Overload, novela de Arthur Haley).

 

Cuando el tiempo le dio la razón, Yehezkel admitió: “Tengo sentimientos encontrados por haber tenido razón: a la vez satisfacción y pesar; satisfacción intelectual y pesar como ser humano”. (…) Resueno, pues, con la tristeza de Yehezkel Dror; no hay diversión en ver cómo se desenvuelve un resultado negativo del que uno advirtiera.

Hallado lobo estepario en el trópico – 28 de mayo de 2011

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A la memoria de Margaretha Geertruida Zelle (Mata Hari)

Hoy me leyó alguien de una nota en el diario Tal Cual, que decía que Nicolás Maduro estaba contento con el desmembramiento de la Mesa de la Unidad Democrática, lo que comenté escuetamente sin pensarlo mucho: “¡Por supuesto!” El retruécano de mi informante, persona que me conoce, me dejó sin habla, pues fue esta pregunta, pronunciada en anticipado tono de desaprobación: “¿Y tú también estás contento?”

Mi interlocutor me conoce desde hace tiempo, y sabe de mis críticas a la MUD y a su madre, la fallecida Sra. Coordinadora Democrática; cuatro días después del referendo revocatorio de 2004, escribía en el #100 de la Carta Semanal de doctorpolítico (Bofetada terapéutica):

Si tuviéramos, Dios no lo permita, un pariente con tan grave dolencia que ameritara la atención de toda una junta médica; si este cuerpo de facultativos intentase primero una cierta terapéutica y con ella provoca a nuestro familiar un paro cardiaco; si a continuación prescribe un segundo tratamiento que le causa una crisis renal aguda; si, finalmente, aplica aún una tercera prescripción que desencadena en nuestro deudo un accidente cerebro-vascular, con toda seguridad no le querremos más como médicos. Y ésta es la estructura del problema con la Coordinadora Democrática. La constelación que se formó alrededor de ella, no sin méritos que hemos reconocido, nos llevó primero a la tragedia de abril de 2002, luego a la sangría suicida del paro, finalmente a la enervante derrota del revocatorio. (Para no agregar al inventario una nutrida colección de derrotas menores). No hay vuelta de hoja. No podemos atender más nunca a esa dirigencia. El Informe Stratfor, publicación electrónica norteamericana, a todas luces conservadora, insospechable de chavismo, dictaminó de ella, lapidariamente, el pasado 6 de agosto: “Afortunadamente para Chávez, si hay algo que la oposición venezolana ha demostrado es que es estratégicamente torpe, profundamente impopular y moralmente cuestionable”. Nunca hemos sido tan implacables con la dirigencia opositora autoungida en esta publicación, aunque ya antes hemos hecho algunas caracterizaciones por las que la considerábamos constitucional o genéticamente impedida de producir lo que fue necesario y no se hizo, a pesar de reiteradas y longevas advertencias y recomendaciones.

La sustitución de ese liderazgo nunca ocurrió, “a pesar de reiteradas y longevas advertencias y recomendaciones”. Por muchos años asistí a la reunión semanal de la peña política más duradera de Caracas. En ella expuse, antes del primer triunfo electoral de Hugo Chávez, la proposición de que Rafael Caldera convocara una asamblea constituyente, que naturalmente elevé a quien entonces presidía la República.

En mayo de 1998 asistí a una reunión de análisis en el bufete de Humberto Bauder Fontúrvel, donde expuse mi argumentación sobre la conveniencia de la constituyente. Con metáfora informática, dije que el “sistema operativo” del Estado venezolano no funcionaba bien y había que instalar uno nuevo. (No se pasaba de Windows XP o Vista a Windows 7 poniendo remiendos al sistema más antiguo, sino dominándolo con la superposición del nuevo). El “constituyente ordinario” (el Congreso de la República) quedaría excedido en sus facultades, puesto que él mismo era creación de la constitución que había que sustituir enteramente con nuevos conceptos constitucionales. Ante esta declaración, Corina Parisca de Machado, presente en aquella sesión, encontró virtud en el planteamiento, al suponer que “le arrancaría una bandera a Chávez”. Admití ese efecto colateral beneficioso, pero recalqué que la constituyente debía operar aunque Chávez no existiera. De más está decir que si se hubiese seguido ese camino, la constituyente habría sido muy distinta de la que Chávez terminó convocando. (Las élites culposas).

Cuando Chávez llevaba sólo dos meses gobernando, también en la peña, argumenté que una oposición por negación de él no funcionaría; que lo que sería eficaz era una superposición, y que antes se debía refutar su discurso—”ser rico es malo”, por ejemplo—en vez de su mera acusación ritual y cotidiana:

El opositor patológico es adicto al objeto de su oposición. Si Chávez no ha dicho nada últimamente siente una desazón de carácter obsesivo-compulsivo y busca encontrar en el territorio de alguna gobernación, o un municipio fronterizo, una manifestación más de la maldad de su régimen. Pero, atraído irremisiblemente hacia el objeto de su odio, como quien se deja cautivar por la mirada de una serpiente, como mariposa que busca la lumbre en la noche (así se achicharre), procura estar enterado de todos los pasos del actual Presidente de la República, y esto realimenta su angustia, su odio, su estrés. Chávez sabe que causa ese efecto y disfruta dando pie a que esas emociones cundan en el número de sus opositores; hace a propósito lo que él presume que causará mayor irritación a sus opositores. El niño es llorón y la mamá lo pellizca. Ésta no es, por otro lado, la única realimentación que se produce en esta dinámica. La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puedo hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentro, yo soy por implicación una mejor persona. Como no soy como él—¡Dios me libre!—entonces soy bueno. Mi bondad progresa relativamente, sin que yo haga mérito independiente, porque su maldad crece todos los días. Así obtengo satisfacción moral. Y todavía hay un segundo mecanismo psicológico que refuerza la adicción: que en la execración ritual, en saborear una mezcla de amargura y angustia porque el hombre no ha caído, el opositor adicto ha encontrado la trascendencia. Ahora es un patriota, ya no sólo un ejecutivo financiero, un comunicador social o un dentista. Ahora soy héroe, pues he sentido en carne propia la gaseosa y lacrimógena represión. Ahora soy valiente. (En Enfermo típico, enero de 2006).

 Dos años después del texto citado, retomé la prescripción de 1999 en Retrato hablado (octubre de 2008):

…la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Y ante la misma audiencia semanal el año siguiente:

El aparato de contención debe responder a la guía de un jefe único. Al independizarse trece colonias del dominio de Jorge III de Inglaterra, no se produjo el nombramiento de trece generales en jefe, sino el de uno solo: Jorge Washington. Lo mismo debe hacerse en Venezuela ahora. La solución no es una instancia suprema colegiada, como se probó ya con poco éxito en tiempos de la Coordinadora Democrática. Al jefe del aparato deberá darse autoridad y recursos para que establezca el estado mayor y las unidades funcionales que hagan falta. Deberá ser persona inteligente y experimentada, que comprenda la verdadera naturaleza de la guerra y no sea meramente algún fanfarrón que sólo atine a predicar valentías radicales e inviables con envoltura moralista. (…) El aparato no debe exigir a gobernadores y alcaldes de oposición su participación en la lucha. Éstos deben en principio restringirse al cumplimiento de las funciones para las que fueron electos, y a la defensa de sus administrados y sus atribuciones, en ocasiones federados con colegas amenazados. Si el oficialismo abusa de los cargos que acumula involucrándolos en el combate partidista, no debe reproducirse esa conducta de este lado. El aparato puede y debe, eso sí, facilitar información a los gobernadores y alcaldes de oposición y defenderles. El aparato de contención hará bien en alejarse del protocolo de acusación ritual que cada día añade unas cuantas páginas al prontuario del régimen, sin atinar a refutarlo. El trabajo de fondo es el esbozado en la sección anterior: superponer al discurso chavista uno de nivel superior, capaz de extinguirlo. Pero mientras eso está disponible, es preciso construir refutaciones. (En Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi (3), marzo de 2009).

Y tres meses después me negaba al desahucio definitivo de la federación opositora en Nacimiento y conversión (junio de 2009):

Para que sea eficaz es necesario trabajar en el logro, justamente, de la coherencia. Tal cosa es imposible de lograr en el promedio de las posiciones de oposición, en la combinación negociada de sus respectivas ideologías. Una cosa así sólo puede provenir de un discurso esencialmente diferente, de una nueva especie de organización política. Pero esto último puede ser alcanzado de dos maneras. La más radical es la construcción de esa nueva opción desde cero, la inauguración de una asociación política fresca. La otra es la metamorfosis de organizaciones existentes, y en principio ésta sería la ruta más económica. (…) Claro está, esta segunda posibilidad sólo es viable—esto sí una “política realista”—a partir de la disposición de los actuales partidos democráticos a transformarse en especímenes políticos inéditos, y entonces tendrían que autorizar que en ellos se practicara lobotomía frontal e implante de nuevos circuitos conceptuales, en los que venga impreso un paradigma clínico de la política. Sería necesaria mucha valentía y una elevación grande, en nuestros políticos convencionales, para lograr lo que se necesita a partir de una metamorfosis de lo existente. Pero ¿quién sabe? A lo mejor el aprendizaje de diez años de sobresaltos y desafueros, de ineficacia y de fracaso, ha puesto las conciencias políticas a punto de caramelo.

Ha habido de mi parte, por tanto, proposición y no mera crítica (por mejor fundada que haya estado); varios años después de que comparase por la primera vez a la Mesa de la Unidad Democrática con el bote salvavidas de Enrique Jardiel Poncela—”Lancha que sirve para que se ahoguen juntos los que se iban a ahogar por separado”—, recomendé a la segunda venida de Jesús (Torrealba)*:

El trabajo metamórfico es éste: convertir la Mesa de la Unidad Democrática en el Movimiento de la Unidad Democrática. No sólo se trata de preservar las siglas; el asunto es dejar atrás el esquema de organización de organizaciones, de “movimiento de movimientos”, para establecer un movimiento de ciudadanos. Si el objetivo no fuera el de unir a la oposición sino el de unir al país, toda la cosa cobraría un sentido profundo y podría augurársele éxito. (En ¿Jesús Gorbachov?, octubre de 2014).

Por lo demás, mis diagnósticos y pronósticos acerca de las “fuerzas” políticas convencionales antecedieron en catorce años la llegada del chavismo en 1999:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla in­volucra una responsabilidad bastante grande, una responsa­bilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte? Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicio­nales es justamente la afirmación que hacemos. Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tra­dicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales. Los descalificamos porque nos hemos convencido de su in­capacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio in­telectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los ver­daderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa. Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de enten­der la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experien­cias y conocimientos distintos. Las organizaciones políticas que operan en el país no son canales que permitan la emergencia de los nuevos actores que se requieren. Por lo contrario, su dinámica ejerce un efecto deformante sobre la persona política, hasta el punto de imponerle una inercia conceptual, técnica y actitudinal que le hacen incompetente políticamente. (En Proyecto SPV, febrero de 1985).

En septiembre de 1987—Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela—anticipé el golpe de Estado fallido de febrero de 1992: “el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabi­lidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable”. (Más tarde se sabría que los conjurados planeaban insurgir el 16 de diciembre de 1991, para amanecer en Miraflores en fecha aniversaria de la muerte de Simón Bolívar). Para Alexis de Tocqueville, el “verdadero arte del Estado” requiere una capacidad de predecir el futuro. (L’Ancien Régime et la Révolution).

Hasta ahora no me ha disuadido la desatención, que ya lleva treinta y dos años; me es poco menos que imposible dejar de proponer tratamientos que considero correctos luego de someterlos yo mismo a un método autocrítico implacable. (“Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia”. Estipulación Quinta de mi Código de Ética, septiembre de 1995).

No, la desatención no ha podido frenar mis ímpetus de terapeuta pronosticador—es lo que los médicos son profesionalmente—; lo que si admito es la pena que me causa la incomprensión de gente que se supone me conoce y estima. No estoy contento con la implosión de la Mesa de la Unidad Democrática. LEA

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*Jesús Torrealba era el vocero de la Coordinadora Democrática para la época del referendo revocatorio contra Hugo Chávez, en 2004.

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La despedida de una sonrisa

 

Carlos Moreán: la alegría como dedicación exclusiva

La ocasión #272 para reunirse con los oyentes de Dr. Político en RCR era la de saldar un compromiso de la semana anterior: acometer el tema de los rasgos deseables en un sucesor de Nicolás Maduro o, más generalmente, en un Presidente de la República. A tal fin, se echó mano de trabajos almacenados en este blog: Retrato hablado, del 30 de octubre de 2008, y El político virtuoso, del 18 de octubre de 2007. Se trajo en recuerdo de mi primo hermano, Carlos Moreán Corothie, su versión de Here, there and everywhere (Paul McCartney y John Lennon) y de Gustav Holst el inicio de Júpiter, portador de la alegría (de su suite orquestal Los planetas). Éste es el archivo de audio de la nueva transmisión:

LEA

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Venezuela al día

Al día desde Radio Venezuela

Manuel Felipe Sierra me invitó amablemente, una vez más, a conversar en el espacio que conduce en Radio Venezuela (790 AM) de lunes a viernes. Dominó el intercambio la interacción entre la Asamblea Nacional Constituyente y los gobernadores de oposición elegidos el pasado 15 de octubre, y hubo interesantes contribuciones de los oyentes, así como referencias históricas proporcionadas por el conductor del programa. He aquí el audio de esta nueva reunión con el Maestro Sierra:

LEA

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