La defensa de Tomás

 

Cuando la retransmitía Venezolana de Televisión

 

La Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) ha ordenado “la suspensión y salida inmediata de las transmisiones del Canal de Noticias CNN en español en el territorio nacional”. En su justificación de la medida, adujo que a través de la cadena de noticias “sin argumento probatorio y de manera inadecuada difaman y distorsionan la verdad”. No deja de necesitarse cara dura para repudiar una conducta que justamente caracteriza al gobierno presidido por Nicolás Maduro. (Estoy dispuesto a retractarme de esta última afirmación cuando el gobierno termine presentando pruebas irrefutables de que, por ejemplo, Julio Borges escogiera los blancos que serían bombardeados en Caracas por un mítico avión Tucano a comienzos de 2015. También pudiera ser que eso no fuese para CONATEL difamación sin argumento probatorio; a fin de cuentas, los alzados del 4 de febrero de 1992 no eran golpistas; eran rebeldes).

Comoquiera que Cable News Network es una agencia noticiosa estadounidense, cabe acá que salga en su defensa uno de los más importantes abogados de los Estados Unidos: Thomas Jefferson, uno de sus Padres Fundadores.

Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, y ella no puede limitarse sin perderla. (Carta al Dr. James Currey, 28 de enero de 1786).

Siendo la base de nuestro gobierno la opinión del pueblo, su primer objeto debe ser el mantenimiento de ese derecho; si me fuere dado decidir si debiéramos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría un instante en preferir lo segundo. (Carta al coronel Edward Carrington, 16 de enero de 1787).

Estoy por la libertad de prensa, y en contra de toda violación de la Constitución para silenciar por la fuerza y no por la razón las quejas o críticas, justas o injustas, de nuestros ciudadanos contra la conducta de sus agentes. (Carta a Elbridge Gerry, 26 de enero de 1799).

Para preservar la libertad de la mente humana y la libertad de prensa, todo espíritu debiera estar presto a entregarse al martirio, puesto que mientras pensemos como queramos y hablemos como pensamos, la condición del hombre procederá a mejorar. (Carta a William Green Mumford, 18 de junio de 1799).

Ningún experimento puede ser más interesante que el que ahora intentamos, y que confiamos terminará estableciendo el hecho de que el hombre puede ser gobernado por la razón y la verdad. Nuestro primer propósito debe ser, entonces, mantener abiertas para él todas las avenidas que llevan a la verdad. La más eficaz encontrada hasta ahora es la libertad de prensa. Es, por consiguiente, la primera que es cerrada por aquellos que temen la investigación de sus acciones. (Carta al juez John Tyler, 28 de junio de 1804).

Si una nación espera ser ignorante y libre, en estado de civilización, espera lo que nunca fue y nunca será. Los funcionarios de todo gobierno propenden a ordenar a voluntad sobre la libertad y la propiedad de sus constituyentes. No hay seguridad de ambas que no sea el mismo pueblo, ni podrán estar seguras sin información. Donde la prensa sea libre, y todo hombre capaz de leer, todo estará seguro. (Carta al coronel Charles Yancey, 6 de enero de 1816).

La única seguridad de todo reside en una prensa libre. La fuerza de la opinión pública no puede ser resistida cuando se permite que se exprese libremente. Debemos someternos a la agitación que produzca. Ella es necesaria para mantener las aguas puras. (Carta al Marqués de Lafayette, 4 de noviembre de 1823).

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Claro, se trata del abogado que escribiera en carta a William Stephens Smith, fechada en París el 13 de noviembre de 1787: “El árbol de la libertad debe ser regado de tiempo en tiempo con la sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural”. LEA

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Pluma prestada

Comprobado: hijo de gato caza ratón

 

He debido titular Teclado prestado. No; más propiamente, sustraído. Traté sin éxito de obtener autorización de The Washington Post para que me permitieran traducir un lúcido artículo de Andrés Miguel Rondón, publicado el viernes de la semana pasada; sin permiso suyo o del venerable diario, pongo abajo una traducción apresurada. (Hoy pensé en él cuando elogiaba una inteligencia similar, la de Francisco Toro Ugueto, a su tío y padrino: José Toro Hardy. Mi intuición no andaba descaminada: Andrés Miguel Rondón escribe para Caracas Chronicles, el extraordinario blog iniciado por Toro).

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En Venezuela, no pudimos parar a Chávez. No cometan nuestros mismos errores.

Cómo permitir que un populista los derrote una y otra vez

 

Andrés Miguel Rondón – 27 de enero de 2016, 1:54 PM

Andrés Miguel Rondón es un economista que vive en Madrid y nació y fue criado en Venezuela.

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Donald Trump es un capitalista confeso; Hugo Chávez era un socialista con sueños comunistas. Uno construye rascacielos, el otro los expropiaba. Pero las políticas son sólo la mitad de la política; la otra mitad, la más oscura, es la retórica. Algunas veces, la retórica predomina. Tal ha sido nuestro destino en Venezuela durante las dos décadas pasadas, y ése es ahora el de ustedes, americanos. Porque, en un sentido, Trump y Chávez son idénticos. Ambos son maestros del populismo.

La receta del populismo es universal. Consiga una herida común a muchos, encuentre alguien a quien echarle la culpa y construya una buena historia que contar. Revuélvalo todo. Dígales a los heridos que usted sabe cómo se sienten. Que usted ha encontrado a los malvados. Etiquételos: las minorías, los políticos, los empresarios. Caricaturícelos: como gusanos, conspiradores malévolos, gente que odia y que pierde, lo que sea. Entonces retrátese a sí mismo como el salvador. Capture la imaginación de la gente. Olvídese de políticas y planes, simplemente cautívelos con un cuento. Uno que comience en furia y concluya en venganza. Una venganza en la que puedan participar.

Es así como la cosa se convierte en un movimiento. Hay algo calmante en toda esa ira. El populismo se construye sobre el irresistible encanto de la simplicidad. El narcótico de la solución simple a una cuestión intratable. Ahora el problema se simplifica.

El problema es usted.

¿Cómo sé eso? Porque crecí como el “usted” en el que Trump se apresta a convertirlos. En Venezuela, la clase media urbana de la que vengo fue representada como el enemigo, en la lucha política que sobrevino luego de la llegada de Chávez en 1998. Durante años, vi con frustración que la oposición no pudo hacer nada ante la catástrofe que se sobreponía a nuestra nación. Fue más tarde cuando me di cuenta de que este fracaso fue autoinfligido. Así que ahora, para mis amigos americanos, he aquí algunos consejos sobre cómo evitar los errores venezolanos.

 

No olviden quién es el enemigo

El populismo sólo puede sobrevivir en medio de la polarización. Funciona mediante el incesante vilipendio de un enemigo de tiras cómicas. Nunca olviden que ustedes son el enemigo. Trump necesita que ustedes sean el enemigo, así como toda religión necesita un demonio. Un chivo expiatorio. “¡Pero los hechos!”, dirán ustedes, enteramente equivocando el punto.

¿Qué los convierte en el enemigo? Para un populista la cosa es muy simple: si Ud. no es una víctima, Ud. es culpable.

Durante las protestas lideradas por los estudiantes en 2007 contra el cierre de RCTV, entonces el segundo mayor canal de TV en Venezuela, Chávez iba al aire continuamente para representarnos a nosotros los estudiantes como “cachorros del Imperio Americano”, “partidarios del enemigo del país”, bebés malcriados y antipatrióticos que sólo querían ver telenovelas. Usando nuestra procedencia como su acusación principal, buscó estereotiparnos como los herederos directos de los oligarcas mayormente imaginarios de la generación de nuestros padres. Los estudiantes que apoyaban al chavismo eran “hijos de la Patria”, los “hijos del Pueblo”, “el futuro del país”. Ni por un momento fue el análisis del gobierno más allá de esas caricaturas.

El problema no es el mensaje sino el mensajero, y si ustedes no se dan cuenta de eso están perdiendo su tiempo.

 

No exhiban desprecio

No alimenten la polarización, desármenla. Esto implica dejar atrás el teatro de la decencia herida.

Esto incluye retruécanos como el que el elenco de “Hamilton” dedicó al Vicepresidente electo Mike Pence poco después de la elección. Aunque sincero, sólo antagonizó a Trump; seguramente no convenció a ningún seguidor de Trump para que cambiara su punto de vista. Avergonzar nunca ha sido un método de persuasión eficaz.

La oposición venezolana luchó durante años para obtener eso. No pudimos dejar de pontificar acerca de lo estúpido que era el chavismo, no sólo hacia nuestros amigos extranjeros sino también hacia la base electoral de Chávez. “En serio ¿este tipo? ¿Están locos? Ustedes deben estar locos”, decíamos.

Estaba claro el subtexto. “Miren, idiotas: él va a destruir el país. Se alía descaradamente con los malos: Fidel Castro, Vladimir Putin, los supremacistas blancos o las guerrillas. Él no es tan inteligente. Está amenazando con destruir la economía. No respeta la democracia ni a los expertos que trabajan duro y saben cómo se hacen los negocios”.

Oí tantas veces variaciones de tales comentarios que mi despertar político se produjo por la tectónica toma de conciencia de que Chávez, sin importar su maldad, realmente no era estúpido.

Tampoco lo es Trump. Llegar al cargo más alto del mundo no sólo requiere una gran fuerza de voluntad, sino también una precisión retórica grandemente calculada. La clase de precisión con la que nacen sólo unos pocos genios políticos, ésa que él blande con extravagancia.

“Estamos en un sistema amañado, y una buena parte de la causa está en esa gente deshonesta de los medios de comunicación”, dijo Trump hacia el final de la campaña, cuando sonaba más parecido a Chávez. “¿No es sorprendente? Ni siquiera quieren verlos a ustedes”. La conclusión natural es muy clara: apaguen el televisor, escúchenme sólo a mí. Al menospreciar a los seguidores de Trump, ya han perdido la primera batalla. En lugar de combatir la polarización, han caído en ella.

Lo peor que pueden hacer ustedes es empaquetar juntos a los moderados y los extremistas y creer que los EEUU se dividen en racistas y liberales. Ésa es la definición de librito de la polarización. Nosotros creímos que nuestro país estaba dividido en oligarcas traidores y la base de Chávez, crédula y sin educación. El único beneficiario fue Chávez.

 

No traten de deponerlo

Nuestra oposición probó todo truco del libro. ¿Golpe de Estado? Hecho. ¿Una ruinosa huelga petrolera? Hecho. ¿Boicotear elecciones con la esperanza de que los observadores internacionales intervinieran? Ya saben.

Miren, los opositores estaban desesperados. Teníamos razón de estarlo. Pero un puño enfurecido no es una estrategia.

Quienes están del otro lado—y crucialmente los independientes—se rebelarán contra nosotros si parecemos estar enloqueciendo. Sólo estaríamos demostrando ser precisamente lo que decimos combatir: un enemigo de la democracia. Mientras tanto, le estamos dando al populista y sus seguidores suficiente combustible retórico para llamarnos con derecho saboteadores e intrigantes antipatrióticos, durante años y años.

Para una gran parte de la población, la oposición venezolana es todavía ese intrigante malcriado y antipatriótico. Eso minó la eficacia de la oposición en los años cuando más la necesitaríamos.

Claramente, los Estados Unidos tienen instituciones más fuertes y un más justo equilibrio de poderes que Venezuela. Aun fuera del poder, los demócratas no tienen un deseo aparente de intentar algo como un golpe de Estado, lo que está bien. Tratar de deponer a Trump, en vez de cavar para combatir su agenda, sólo distraería al público de cualquier política fallida que su administración ponga en práctica. En Venezuela, la oposición se enfocó en tratar de rechazar al dictador por cualquier medio posible, cuando hemos debido seguir señalando cómo el régimen de Chávez dañaba a la gente que precisamente decía servir.

 

Encuentren una contraargumentación. (No, no la que están pensando).

No pierdan su tiempo intentando demostrar que esta gran idea es mejor que aquélla. Boten todas las palabras grandiosas. El problema, recuerden, no es el mensaje sino el mensajero. No es que los partidarios de Trump son tan estúpidos como para distinguir lo correcto de lo incorrecto, es que ustedes les son más valiosos como enemigos que como compatriotas. Vuestro reto es probar que ustedes son de la misma tribu que ellos, que ustedes son americanos en exactamente la misma forma que lo son ellos.

En Venezuela, caímos en esa trampa de mala manera. Una y otra vez escribimos acerca de los principios, acerca de la separación de los poderes, de las libertades civiles, el papel de los militares en la política, la corrupción y la política económica. Les tomó diez años a los líderes de la oposición darse cuenta de que realmente tenían que ir a los barrios y el interior del país. No para un discurso o un mitin, sino para un juego de dominó o a bailar salsa, para mostrar que también eran venezolanos, que no sólo regañaban severamente sino que podían batear una pelota, que podían contar eficazmente un chiste. Que podían romper la división tribal, descender de las carteleras y mostrar que eran reales. Esto no es populismo disfrazado. Es el único medio de establecer su postura. Es tomar la decisión de no vivir en una cámara de eco. Poner pausa al canto de sirena de la polarización.

Porque si la música sigue, sí, ustedes verán vecinos deportados y amigos de credos diferentes y orientación sexual diferente que vivirán con miedo y ansiedad, mientras la desigualdad económica de su país se profundiza por ese camino. Pero algo peor pudiera pasarles. En Venezuela, generaciones enteras se partieron en dos. Se borró el sentimiento de una cultura compartida. La retórica ocupó el lugar de nuestros libros de historia, de nuestro futuro, de nuestra percepción de nosotros mismos. Perdimos la libertad de ser algo más que caricaturas.

Esto no tiene por qué ser vuestro destino. Ustedes pueden ser diferentes. Reconozcan que ustedes son el enemigo que Trump necesita. Muestren preocupación, no desprecio, por las heridas de aquellos que lo llevaron al poder. Por sobre todo, tengan paciencia con la democracia y luchen incesantemente para liberarse de los grillos de la caricatura de ustedes que los populistas han dibujado.

Se trata de una gran exigencia. Pero la alternativa es peor. Créanme.

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La luminosa lección del Coronel

Un poco más de dos años antes de ser ascendido a General de la Compañia de Jesús, el 14 de agosto de 2014, el padre Arturo Sosa habló en el Centro de Fe y Culturas de Medellín* sobre el tema venezolano. Su certero análisis acerca de nuestra situación no ha perdido vigencia, salvo en un punto: Sosa afirmó entonces que el estatismo centralista de Venezuela, con tendencia a ser dictatorial, tenía apoyo de las masas; en un año y cuatro meses—6 de diciembre de 2015—ese apoyo se había perdido, y los registros de opinión miden la minoría electoral que hoy puede reivindicar. Pero eso no es su equivocación, pues hasta abril de 2013 y más aún en diciembre de ese año, cuando el oficialismo triunfara decididamente en las elecciones municipales, todavía había un apoyo mayoritario al gobierno. Eso, y la vida del país, es lo que Nicolás Maduro se ha empeñado en destruir.

Es una lástima que nuestra Constitución impida el ejercicio de la Presidencia de la República a quien no sea de estado seglar; no tengo dudas de que Arturo Sosa Abascal la ejercería con sabiduría, eficacia y justicia. He aquí el registro audiovisual de su espectacular conferencia, clarísima, imperdible. (Vale la pena cada minuto; veála a pantalla completa y registre su gesticulación veraz y su mirada, de la que Arturo Peraza S. J. dice que le enseñó a mirar a Dios en los ojos de los pobres):

 

 

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* “Una fundación que promueve la reflexión y el debate sobre la crisis ética de la sociedad y la apropiación de valores que garanticen el compromiso con la justicia, la equitativa y la pluralidad”.

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De Arturo sobre Arturo

 

El 3 de septiembre de este año tuve el honor de conversar con el padre Arturo Peraza S. J., Provincial de la Compañía de Jesús en Venezuela, en el programa #212 de Dr. Político en RCR; la ocasión permitió que nos ofreciera una compacta reseña de la presencia de los jesuitas en el país, que este mes de octubre cumple un siglo completo. Abajo se transcribe—con mínimos ajustes al original en la página web de la Congregación 36 de los jesuitas—el testimonio de su felicidad por la ascensión de Arturo Sosa Abascal al cargo de Padre General de la Compañía de Jesús, con evidentes admiración, cariño y gratitud.

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El General en Jefe

El rey Arturo, General en Jefe

 

“Me enseñó a mirar a Dios en los ojos de los pobres” – Arturo Peraza S. J. sobre el Padre General.

 

Escrito por Arturo Peraza S. J., Provincial de Venezuela.

Hoy puedo contar que durante cuatro días muchos compañeros me hicieron una y otra vez, de formas distintas esta pregunta: ¿quién es Arturo Sosa? Nunca había tenido que hablar tantas veces y particularmente tantas veces en inglés sobre una persona. Se trataba de repeticiones de una historia personal que en la medida que se repetía iba trayendo más recuerdos y a la vez una serena certeza interior de que realmente era alguien a quien yo veía como General.

Mientras yo estaba en el noviciado y en filosofía era un jesuita admirado por su capacidad. Era ya en ese tiempo una persona que tenía resonancia en los medios venezolanos. Fue nuestro profesor en la filosofía política, cercano y bastante exigente. Al segundo año de mi magisterio (período en el cual los jesuitas nos integramos a la vida apostólica de la Compañía y en algunos casos como el mío también se realizan estudios especiales, en mi caso Derecho) me envían a la comunidad Manuel Aguirre y pasa Arturo a ser mi acompañante espiritual por cuatro años. Esta experiencia marcó una fuerte cercanía que me permitió conocer la hondura espiritual de mi tocayo. Me vienen a la mente las celebraciones comunitarias en las cuales compartimos la Palabra y nuestras experiencias, en una comunidad conformada por cinco o seis miembros. En ellas Arturo explayaba su cercana relación con Dios como papá (incluso usar el término papito), como misericordioso y como Dios de la historia de nuestro pueblo que nos invita a leer los signos de los tiempos en la vida de nuestra gente. Me viene a la mente sus misas de domingo en el templo de La Pastora donde toda la comunidad también compartía la homilía para que al final Sosa concluyera con una suerte de síntesis y aportes personales.

Me enseñó a mirar a Dios en los ojos de los pobres, en la seriedad de los análisis para comprender la realidad que nos rodeaba, para mirar en la historia del país un modo de entender nuestro presente y los caminos de futuro. El analista Arturo puede ser leído superficialmente en sus escritos desde el ejercicio fenomenológico de descripción de la realidad y de propuestas, pero quien lo conoce sabe que hay mucho más. Debajo del texto hay un deseo de buscar y encontrar signos de la invitación de Dios en este tiempo, lecturas de los caminos que van ahondando en los seres humanos en su trascendencia, así como busca la misma trascendencia de la historia que vivimos. Yo diría me enseñó qué significa una fe encarnada.

Esta fe encarnada se puede encontrar en sus escritos y en su seriedad intelectual, pero aún más se puede encontrar en su modo de cercanía con todos, especialmente la gente más sencilla. En La Pastora los pobres viven en las quebradas y allá abría un camino de compromiso. Nuestra casa era un lugar de puertas abiertas a la comunidad popular que nos rodeaba, a la gente de las quebradas, en especial a los jóvenes del sector. Muchos eran amigos de Arturo. Por eso él no hablaba desde los libros simplemente, sino desde el corazón de esa gente que nos rodeaba. Luego será en la frontera venezolana, pero es una historia que describiré un poco más adelante.

Cuando concluí mis estudios de Derecho y por lo tanto mis experiencias de maestrillo, me encuentro que no sólo me mudo yo, sino que se muda también mi tocayo, pero él como mi superior del teologado. Un año me acompañará en ese proceso, pero pronto llegará el anuncio de que se le hacía Provincial de Venezuela. Era el año de 1996. Durará como Provincial hasta el año 2004. En este tiempo le regala a la Provincia el proceso de discernimiento que nos permitió construir el aún vigente Plan Apostólico de la Provincia de Venezuela. Un plan de visión para 20 años. La verdad es que resulta algo insólito que en un país como Venezuela en donde todo parece cambiar constantemente, nosotros hayamos podido conducirnos por un plan en el que nos reconocemos con facilidad todo este tiempo. Sus opciones nos siguen pareciendo clarificadoras y en especial la voluntad de trabajar en colaboración con otros y otras, que consideremos el sujeto apostólico de la Provincia (laicos y jesuitas), amén de la necesidad de trabajar en red. En él es claro la voluntad de colaborar en la constitución de organizaciones populares y civiles autónomas que puedan ser sujeto del proceso político, social y económico venezolano (tarea que hoy en día es más compleja que cuando comenzamos), entregar los ejercicios como don recibido y promover el fortalecimiento de los laicos y los jóvenes como sujetos en nuestra Iglesia.

En ese plan es claro que deseamos comprometernos con los pobres de nuestro país y un tema que aparece es la frontera. Se trataba de una novedad en ese tiempo. Teníamos presencia en el Alto Apure (Guasdualito, El Nula, La Victoria, El Amparo y Ciudad Sucre) Se asumió el reto del trabajo en la frontera como un trabajo de frontera humana, apostólica y social. La realidad de refugiados, la presencia de grupos irregulares de distinto signo, el comercio legal y no tan legal, especialmente de la gasolina, la realidad campesina y otros elementos se constituyeron en un llamado para la Provincia toda (Parroquia, Fe y Alegría, SJR y otros). Arturo al final de su provincialato es destinado a la Universidad Católica del Táchira (en la frontera) y asume el propósito de hacer de ésta una universidad de frontera en frontera.

Conocí a un Arturo en una de sus mejores facetas de creatividad e integración. Recibió una universidad de aproximadamente 4.000 estudiantes y la trasformó en una universidad de 9.000 estudiantes, lo que implicó hacer un nuevo campus en el contexto de una Venezuela donde ya había claros signos de crisis para los sectores productivos, encubierta por la riqueza petrolera. Recibió una universidad que era una buena escuela, pero que sólo se miraba a sí misma, y la abrió a toda la realidad de la frontera en términos de relacionarla con las comunidades vecinas, con la diócesis, con nuestras parroquias de frontera, con las escuelas de Fe y Alegría en la zona, con la realidad de refugiados, con el mundo campesino pobre, etc. Una relación que pasaba por la investigación y la publicación de datos sobre la zona, hasta el compromiso directo con acciones tendientes al cambio. Fue un camino que hizo con toda la comunidad jesuítica que lo acompañaba en la zona y con muchos laicos y laicas que de múltiples formas se sumaron en ese sueño.

De ese camino brotó en un encuentro, en el que yo participo como recién nombrado Provincial, el nacimiento de la Red Apostólica Interprovincial Fronteriza (RAIF). Una vinculación entre las provincias de Venezuela y Colombia para abordar nuestra frontera común en términos de evangelización encarnada que quiere reconocer la subjetualidad propia de quienes habitan en nuestra frontera. Arturo, a pesar de sus múltiples obligaciones (entre las que cabe destacar el ser consejero del P. General Adolfo Nicolás, Rector, Superior de la comunidad), asume la responsabilidad de animar esta red. Y como había hecho antaño con la Provincia, convoca a los diversos agentes pastorales de ambos lados de la frontera para soñar un camino que nos vinculará, considerando especialmente que durante ese tiempo se dio una particular agria relación entre el mandatario de Venezuela en ese entonces (Hugo Chávez Frías) y el de Colombia (Álvaro Uribe).

Pero no quiero olvidar quizás un detalle más humano. Mientras todo esto ocurría, en la comunidad Pedro Fabro (así se llama la comunidad de la universidad de la cual era superior Arturo) vivía un jesuita mayor que había sido un excelente profesor de teología especialmente en el área de Cristología: José Cruz Ayestarán. Lamentablemente tenía la cabeza algo perdida, pero en vez de enviarlo a nuestra enfermería, Arturo asumió el compromiso, mientras fuera posible, de acompañarlo y tenerlo en la comunidad. Todos los días preparaba las pastillas que debía tomar y se aseguraba que se las había tomado, sabía llevar con buen humor algunas impertinencias, que la condición de este compañero producía, y preocuparse con los demás de hacerlo sentir en casa. Igual Arturo era cercano a los estudiantes de la universidad, a la gente de nuestras parroquias de El Nula, Ciudad Sucre, Guasdualito y sus caseríos, a los laicos de los equipos de Fe y Alegría. Era su modo de expresar ese Dios papá, misericordioso y comprometido.

Me costó aceptar (aunque nada podía hacer) que el General (que ya lo había defendido en dos ocasiones anteriores de cargos internacionales) se lo llevara para Roma a dirigir las casas internacionales. Era claro que era una de nuestras expresas prioridades según la CG 35 y Arturo como buen jesuita simplemente asumió. Entre otras cosas debo decir que le tocó dejar a su mamá, que ya para ese momento (2014) tenía 90 años. Siempre que había consejo nacional de rectores él aprovechaba y la visitaba, pero esas visitas ahora se distanciaron a una vez al año, y al Skype. Quiero reconocer a Margarita Abascal de Sosa lo que ella también ha hecho, que es mucho.

Y en esos cuatro días narré una y otra anécdota, tratando de trasmitir una experiencia y junto con mi hermano Johnny Veramendi quien tiene mucho que contar, tratamos de forma honesta de contestar eso que nos preguntaban: ¿Quién es Arturo Sosa?

Arturo Peraza S. J. es el Provincial de Venezuela y elector – junto con Johnny Veramendi – en la Congregación General 36.

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¡Eh, fieras!

El autor de Amor se escribe sin hache

Del autor de Amor se escribe sin hache

 

A su regreso del discurso impronunciado ante el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos, Henry Ramos Allup fue retenido por guardias nacionales durante unos minutos en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar en Maiquetía. El irritante procedimiento sacó de sus casillas al Presidente de la Asamblea Nacional, quien procedió a insultar a los guardias de modo procaz. Regresó a mi memoria una narración de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), el divertido comediógrafo español. En Tragedia de abril (14 de junio de 2002), una interpretación del Carmonazo, la referí para destacar los efectos de la prédica constantemente agresiva de Hugo Chávez: 

El cuento viene al caso porque sobre el 11 de abril hay más de una interpretación y, más fundamentalmente, porque varios procesos coexistieron en paralelo el 11 de abril. Esto es, no hay una explicación lineal, unidimensional, del 11 de abril. Pero aun si lo que hubiera ocurrido fuese tan sólo lo que el gobierno de Chávez pretende vender como única verdad, que el 11 de abril solamente ocurrió un golpe de Estado en Venezuela, esa ocurrencia sería resultado de las pasiones que Hugo Chávez se cuidó muy bien de excitar por todos los medios a su alcance. Hugo Chávez estuvo buscando la fiera atroz que anidaría, según Jardiel Poncela, en el alma de cada venezolano, desde el instante mismo que tomó posesión del gobierno y aun mucho antes. Por mucho menos de lo que ha hecho Chávez, muchos presidentes recibieron un golpe de Estado.

El texto de Jardiel Poncela se reproduce a continuación.

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Figuraos que era una tarde primaveral, una de esas tardes de primavera que la Naturaleza confecciona “en serie” para descansar de la agotadora superproducción a que desde hace tantos siglos se ve obligada.

Figuraos que yo también paseaba por la calle de Alfonso XII (acera del Retiro) con el famoso domador de fieras Demetrio Mitsgoursky, polaco desde sus primeros sorbos de leche condensada y amigo mío desde las batallas del Somme. Demetrio era un hombre serio y grave, como la fachada de un Museo de Ciencias; reía muy de tarde en tarde, y a todo el que le quería oír le decía que “estaba aburrido de divertirse constantemente”. Pero esto no pasaba de ser una “frase”; en realidad, le encantaba “hacer frases” lo más sensacionales posibles.

Y figuraos, por último, que cuando aquella tarde primaveral paseábamos ambos por la calle de Alfonso XII, (acera Retiro) discutiendo sobre la naturaleza del hombre, el domador se apresuró a lanzar su frasecita correspondiente. Y he aquí la frase que lanzó: —“El hombre es un león con cuello planchado.”

Me pareció una tontería y así se lo dije. Y Demetrio entonces se detuvo y me detuvo. —No es una tontería —protestó—. Es una verdad indiscutible. Me alcé de hombros sonriendo.

—Muchas veces —siguió él— se ha dicho que el hombre es una fiera, pero jamás se ha demostrado, y la cosa ha quedado en el aire, como un vilano o una figura retórica.

—¿Y tú puedes demostrarme que el hombre es una fiera?

—Sí.

—¿Que cualquier hombre es una fiera?

—Sí.

—¿Ahora mismo?

—Ahora mismo. Y no sólo te demuestro que el hombre es una fiera, sino que soy capaz de domarlo en menos de media hora, como domé a “Mustafá”. (“Mustafá” era uno de sus leones; una criatura verdaderamente encantadora, capaz de hacer encaje de bolillos.)

Desparramé en derredor una mirada. De pronto, al otro lado de la verja del Retiro a lo largo de la cual paseábamos, descubrí dos ancianos apacibles que charlaban tomando el sol. Lo cierto es que jugué con ventaja, pues a uno de ellos lo conocía de antiguo: un hombre de tal bondad, que sólo podía compararse con un ángel de Forli o con un mantecado a la vainilla.

—Aquel anciano —le dije al domador—. ¿Puedes demostrarme que aquel anciano es una fiera?

—Te voy a demostrar que lo es, y que lo es también su acompañante. Antes de diez minutos verás rugir a esos caballeros; dentro de un cuarto de hora espumajearán de rabia, y de aquí a media hora habrán caído dominados a mis pies. Y Mitsgoursky se dirigió a la verja que nos separaba de los dos ancianos. Les llamó la atención al través de los barrotes de la verja:

—¡Eh! ¡Pchsss! ¡Eh!…

Los ancianos caballeros volvieron sus rostros, miraron a Demetrio y se miraron entre sí.

—¿Le conoce?

—Yo, no. ¿Y usted?

-No le he visto nunca hasta hoy.

—¡Es raro!

El domador siguió en sus gritos: —¡Eh! ¡Pchsss! ¡Eh!… Y metiendo su bastón entre los barrotes comenzó a azuzarlos, como hacía en el circo con sus leones. —¡Eh! ¡Fiera!… ¡Fiera! ¡Eh!…

Los ancianos se miraron de nuevo y murmuraron:

—Debe de estar mal de la cabeza.

—Sí, debe de estar mal de la cabeza.

Reanudaron su tranquila marcha. Pero Demetrio también reanudó su marcha a gritos:

—¡Eeeh! ¡Fiera!… ¡Fiera! ¡Eeeh!…

Unos por el interior del Parque y el otro por el exterior, separados únicamente por la verja, anduvieron seis u ocho metros. Mitsgoursky seguía azuzándolos: —¡Eeeh! ¡Fieeera!…

Noté en los ancianos un principio de desazón. Uno de ellos susurró: —¡Qué lata! El otro dijo con la vista fija en las puntas de sus botas: —Es sensible que esto pueda ocurrir.

Demetrio, implacable, seguía agitando el bastón por entre los barrotes y gritando: —¡Fieras!… ¡Fieras!… ¡Eeeh!…

La desazón de los ancianos crecía. Uno de ellos declaró: —Loco o cuerdo, empieza a fastidiarme…

El otro no replicó, pero vi perfectamente que se mordía los labios. Mitsgoursky continuó su trabajo sin perder terreno: —¡Fieras! ¡Heeeh! ¡Uuuh, uh!…

Entonces el anciano segundo miró torvamente a Demetrio y gruñó: —¡Idiota!

—¡Eeeh!… ¡Uh! ¡Fieras! ¡Uuuh!…

Y ahora fueron los dos ancianos los que se detuvieron para gritar:

—¡Idiota!

—¡Majadero!

—¡Uuuh!… ¡Uh! ¡Fieras! ¡Eeeh! —les azuzó, como siempre, Demetrio.

—¡Idiota! ¡Más que idiota!… ¿Quiere usted dejarnos en paz? Y el otro anciano clamó: —¡Cretino! ¡Voy a llamar a un guardia!

—¡Eeeh! ¡Fieeeraaaa!… ¡Uuuh! —replicó el domador sin alterarse.

Esta vez hubo un silencio que tenía ya categoría dramática. Los ancianos se detuvieron, tragaron saliva y avanzaron hacia la verja para encararse con Mitsgoursky; llovieron insultos:

—¡Sinvergüenza! ¿No se abochorna de su conducta?

—¡Fieeras! ¡Eeeh! ¡Uh! –dijo Demetrio como si nada oyese.

—¡Bandido! ¡Más que bandido! ¡Voy a salir para que pagues cara tu desvergüenza! —rugió uno de los ancianos enarbolando su bastón y corriendo en busca de una puerta. El otro le siguió. Pero la puerta estaba lejísimos, y Demetrio corrió también sin cesar de azuzarlos: —¡Fiera! ¡Fiera!…

Se pararon otra vez, rojos, congestionadísimos; la ira hacía sus palabras balbucientes: —¡Canalla! ¡Cana…! ¡Burlarse de dos…! ¡Perro judío! ¡Si pudiese agarrarte por la garganta!…

—¡Fiera! ¡Fieeera! —siguió tranquilamente, mi amigo.

Los ancianos se agarraron a la verja, gritando, insultando ferozmente a Demetrio, con los ojos saltones y las venas hinchadas.

—¡Fiera! ¡Fiera! —decía él con un ritmo mecánico.

—¡Judas! ¡Ladrón!

—¡Malnacido!

—¡Fieeera! ¡Fiera! ¡Eeeh!…

Uno de los ancianos intentó trepar por los barrotes; el otro quiso romperlos a mordiscos, mas no pudieron hacer ninguna de las dos cosas y sus pupilas parecían lanzar rayos; echaban espuma por la boca; un temblor convulso, que atacaba sus mandíbulas, entorpecía el buen desarrollo de los insultos que emitían. Daba miedo verlos. Daba más miedo ver a aquellos pacíficos ancianos que a los terribles leones de Mitsgoursky.

Así transcurrieron veinte minutos, al cabo de los cuales el agotamiento pudo más que la rabia y los dos caballeros cayeron al suelo, jadeantes; ya no gritaban; sólo se oía en ellos una especie de estertor.

Entonces Demetrio los dejó en paz. Se separó de la verja, se volvió hacia mí y dijo con una sonrisa: —¿Ves? Eran dos fieras y ya están domados. No me negarás que tenía razón…

Encendimos unos cigarrillos y continuamos nuestro paseo hablando de otras cosas menos discutibles.

Enrique Jardiel Poncela – El libro del convaleciente

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Quod erat demostrandum. Maduro, Ameliach, Cabello, Reverol, como lo era Chávez, son capaces de sacar indecencias de la boca de gente habitualmente amable. LEA

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Con pluma ajena

“Vladimir Flórez, conocido por el seudónimo de Vladdo, es un caricaturista, periodista y dibujante crítico colombiano”. Se reproduce acá un artículo suyo en El Tiempo de Bogotá de hace dos días. Resuena con una tesis de este blog, expuesta en Etiqueta negra el pasado 11 de abril: “El país que sufre agudos dolores y privaciones está atrapado en la tenaza de la perniciosidad del gobierno y la incompetencia de la oposición”. (Cuatro años antes, en el epílogo de Las élites culposas: “Y ésa es la tragedia política de Venezuela: que sufre la más perniciosa dominación de nuestra historia—invasiva, retrógrada, ideologizada, intolerante, abusiva, ventajista—mientras los opositores profesionales se muestran incapaces de refutarla en su discurso y superarla, pues en el fondo emplean, seguramente con mayor urbanidad, el mismo protocolo de política de poder afirmada en la excusa de una ideología cualquiera que, como todas, es medicina obsoleta, pretenciosa, errada e ineficaz. Su producto es mediocre”). LEA

La afilada pluma de Vladdo

La afilada pluma de Vladdo

 

Venezuela, sin gobierno ni oposición

 

Nicolás Maduro es un inepto; eso no se discute. La tragedia que vive Venezuela lo retrata de pies a cabeza; es un tipo de muy bajo nivel para manejar una situación tan delicada.

Sin embargo, el drama de ese pobre país es que así como no tiene Gobierno, tampoco tiene oposición. O, bueno, sí la tiene, pero deja mucho que desear. Mientras tanto, sus habitantes se hunden en un mar de desespero y pesimismo, con una clase media cada vez más débil; con muchos ciudadanos cercanos a la indigencia y unos pocos en medio de la opulencia.

En días pasados tuve una conversación que me dejó atónito. Una persona venezolana que lleva muchos años viviendo en Colombia me contó que hace poco asistió a un matrimonio en Caracas. Cuando le pregunté si no había sido terrible, con tanta escasez, me aclaró que no; que había comida y licor en abundancia; como si nada. Que todo estuvo normal, que fue una parranda común y corriente… Mientras me decía eso, me preguntaba si serán esos los mismos que salen a las marchas o se graban en YouTube diciendo que se están muriendo de hambre.

La verdad es que yo quisiera ir y ver con mis propios ojos lo que está pasando en el hermano país, pero no puedo; me ponen preso o me deportan desde el mismo aeropuerto, debido al “irrespeto” a los símbolos patrios de Venezuela del que me acusó Maduro el año pasado.

A juzgar por los reportes de prensa, la situación de Venezuela es muy difícil, pero me parece que la culpa no es exclusiva de la incapacidad del sucesor de Chávez ni de las políticas represivas de su régimen. Buena parte de esa responsabilidad la tiene la dirigencia política, social y empresarial de ese país.

Tras obtener la mayoría de escaños en la Asamblea Nacional, la MUD llegó a actuar muy torpemente. Al grosero retiro de las imágenes de Chávez de la sede legislativa le siguió una andanada de declaraciones y anuncios que dejaban ver, de entrada, su deseo de destituir a Maduro, quien—así tenga cada día más ribetes de dictadorzuelo—es el presidente legítimo, elegido en una votación popular con amplia participación ciudadana.

 

El gran lío es que a la oposición le interesa más el poder que resolver los problemas del país.

Creo que el gran lío es que a la oposición le interesa más el poder que la solución de los problemas que está atravesando el país. Si sus líderes actuaran con paciencia, con tacto, con inteligencia, con generosidad, otra podría ser la historia.

Lo triste es que desde aquí no ve uno una figura con la preparación, el respeto y la representatividad suficientes para aglutinar a la población y sacar a Venezuela adelante. En coyunturas como esta se necesita a alguien que esté por encima de la política menuda, despojado de intereses mezquinos; alguien capaz de empezar a trabajar para resolver la crisis, pero que a la vez deje a un lado el revanchismo y reduzca la confrontación; alguien que quiera tender puentes en vez de profundizar más en la división existente en la sociedad venezolana y que podría derivar en enfrentamientos con consecuencias imprevisibles.

Por otra parte, el papel de organizaciones internacionales de la región ha sido muy precario. Unasur es un chiste y al desprestigio actual de la OEA se sumó la salida en falso de Luis Almagro, quien, con sus descalificaciones personales contra Maduro no solo excedió los límites de su cargo sino que menoscabó su autoridad como secretario general. Alguien de su categoría no puede enzarzarse en discusiones con un presidente ni mucho menos hacer declaraciones que no le corresponden…

Es evidente que el caos de los venezolanos solo lo pueden resolver ellos; pero mientras el Gobierno, la oposición y la sociedad civil no se pongan de acuerdo para trabajar por unos propósitos comunes, de poco o nada servirán los buenos oficios de un Rodríguez Zapatero ni del mismísimo papa Francisco. Vladdo

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