Dos enfoques

 

Del autor de La rebelión de las masas

 

Resulta simplemente banal, e incluso enojoso, para un observador el transportar consigo mismo, vaya donde vaya, el centro del paisaje que atraviesa. Pero ¿qué es lo que le sucede al paseante si las circunstancias le llevan hacia un punto naturalmente privilegiado (encrucijada de caminos o de valles), desde el cual no ya sólo la mirada, sino las mismas cosas irradian? Es entonces cuando, al coincidir el punto de vista subjetivo con una distribución objetiva de las cosas, se establece la percepción en toda su plenitud. El paisaje se descifra y se ilumina. Se ve.

Pierre Teilhard de Chardin S. J. – Verprólogo a El Fenómeno Humano

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Una nueva ola de proposiciones jesuíticas para “la transición” moja las playas políticas venezolanas. Hace seis días, se publicó un artículo (Acuerdo obligado) de Luis Ugalde S. J. (comentado en el programa #316 de Dr. Político en RCR), y Benigno Alarcón Deza, el Director del Centro de Estudios Políticos y Gobierno de la UCAB, ha promovido en la página web de esa unidad y en su servicio de correos las proposiciones—Cómo producir una transición democrática en Venezuela I y II—que ha llevado a “partidos políticos y plataformas de la sociedad civil, como Creemos Alianza Ciudadana y el Frente Amplio Venezuela Libre, así como a otros actores representativos”. En general, puede decirse que ambas iniciativas son meritorios esfuerzos bien encaminados, incluyendo la pieza de Ugalde labores concretas, principalmente económicas, una vez completada “la transición” y las de Benigno Alarcón un método para conducir en el camino hacia ella. También, por supuesto, Ugalde se refiere al método: “una salida pronta y negociada con espíritu de reconciliación, no de venganza sino de perdón”,* en la que a su juicio se debe dar participación a militares y el “chavismo democrático”. Por su parte, Alarcón propugna algo similar: “es esencial que el liderazgo democrático pueda posicionarse del lado de la tolerancia y la justicia, que es lo opuesto a la venganza” y también hace referencia a un “plan de gobierno que atienda la gobernabilidad durante la transición” sin especificarlo, así como recomienda “[p]repararse para una elección presidencial”.

Alarcón va más allá en lo metodológico; así expone: “la ruta descrita demanda un factor esencial, hasta ahora inexistente: un liderazgo responsable de la dirección del proceso. Tal como sucede con una orquesta, ésta no puede funcionar sin un director y una partitura (plan bien definido) y tampoco con varios directores que dan instrucciones simultáneamente siguiendo partituras distintas. Se necesita un director y una partitura. Sin tal liderazgo resulta imposible lograr avances significativos en ninguna de las tareas necesarias”. Sobre esto abunda proponiendo que ese “director”, ese líder único, sea elegido directamente por la ciudadanía y recomienda una forma de hacerlo:

…en una elección de participación abierta se corren dos riesgos principales: uno es la dispersión de votos entre candidatos (conocidos o emergentes), lo que pudiese traer como consecuencia que quien gane por una mayoría relativa no cuente con el reconocimiento de parte importante del resto de electores. El otro es que tal elección, como algunos temen, termine generando una importante pugnacidad que haga más difícil la posterior cohesión de todo el movimiento democrático en torno a un liderazgo. Ambos obstáculos pueden superarse con una solución sencilla que ha sido probada en procesos electorales en otros países: una elección con selección múltiple; para ello existen varias metodologías con distintos niveles de complejidad. Creo que en nuestro caso lo más sencillo puede ser lo más eficiente. Cada elector tendría la oportunidad de votar por tres candidatos de su preferencia. Esta metodología tendría dos ventajas. La primera es que todo candidato, al necesitar de los votos de los electores de sus contendores, se vería obligado a reducir su pugnacidad hacia los otros candidatos. Si alguien necesita los votos de otro, nadie que dedique su campaña a descalificarlo tendrá los votos necesarios para ser una de las tres opciones mayoritarias. La segunda ventaja es que el ganador será el que tenga el mayor consenso y el menor rechazo entre todos los competidores y se convertiría en una de las opciones para la gran mayoría de los electores.

Hace más de catorce años, la Carta Semanal #91 de doctorpolítico (17 de junio de 2004) había sugerido esa misma modalidad:

Estas cosas las perciben algunos entre los aspirantes a la sucesión de Chávez, y se han reunido, como en gremio, para acordarse en algunas cosas—acuerdo que Américo Martín llama “el contrato”—y urgir a la Coordinadora Democrática un cronograma hacia la celebración de elecciones de base para la determinación del candidato único. (…) Parece ser que Tejera París recomendó una segunda vuelta de esta elección, para cimentar aun más el apoyo al candidato. Es lo más probable que se decida que no hay tiempo para, además, hacer una segunda vuelta. Pero hay un modo de simularla. Consiste en el modelo que los norteamericanos llaman run-off election. (Elección por vaciado; “elección de pérdida”. Debemos el dato, desde hace varios meses, al Dr. Ramón Adolfo Illarramendi). En una elección por vaciado uno puede seleccionar más de un candidato en orden de preferencia. Por ejemplo, si el Sindicato Único de Aspirantes a la Sucesión de Hugo Chávez (SUASHCH) terminara admitiendo diez—o veinte—candidatos en la elección “primaria”, los Electores podríamos señalar, digamos, tres nombres en orden de preferencia. Si el que recibe más votos no obtiene la mayoría absoluta, entonces se va pasando sucesivamente un colador que finalmente determinará el aspirante elegido. Quien queda de último en los votos que postulan como primera opción es eliminado. Pero quienes votaron por él no dejan de estar representados, porque su segunda opción será acumulada a los votos de los candidatos correspondientes. De nuevo se repite el proceso. Se elimina al último —los eliminados no pueden ya recibir las transferencias—y se adjudican sus segundas opciones. (En algunos casos muy apretados puede llegarse a las terceras opciones antes de arribar a un ganador). Llega un momento en que este proceso produce un ganador con suficiente mayoría. (Es muy fácil programar computadores para que hagan los cálculos con gran rapidez. Bastará iterar un algoritmo, diría un programador). No es un método perfecto, pero se le señalan dos ventajas. Los candidatos no pueden con facilidad transar apoyos entre sí y reciben menos ventaja de campañas de descrédito de oponentes, puesto que su suerte puede depender del apoyo secundario de quienes opten por sus contendores. Las campañas tenderán a ser más positivas y los aspirantes se respetarán más.

………

En todo caso, las prescripciones de Ugalde y Alarcón son esencialmente metodológicas, del reino del cómo y no del qué, aunque el primero adelante tareas a cumplir desde el gobierno “de transición” y el segundo afirme: “La ruta descrita demanda un factor común para su desarrollo exitoso, un liderazgo que asuma la dirección y vocería única del proceso, que debe desarrollarse bajo un plan debidamente concebido”. Nadie propondría, supongo, un plan indebidamente concebido, pero la expresión de Alarcón revela que ese plan no existe aún.

La confusión de la herramienta con el fin explica mucho de los resultados de la política nacional. La discusión pública venezolana se halla a punto de agotar los sinónimos castellanos del término conciliación. Acuerdo, pacto, concertación, entendimiento, consenso, son versiones sinónimas de una larga prédica que intenta convencernos de que la solución consiste en sentar alrededor de una mesa de discusión a los principales factores de poder de la sociedad. Nuevamente, no hay duda de que términos tales como el de conciliación o participación se refieren a muy recomendables métodos para la búsqueda de un acuerdo o pacto nacional. No debe caber duda, tampoco, que no son, en sí mismos, la solución. (…) Es decir, se insiste en hablar de la herramienta sin hablar del producto que ésta debe construir. (De la herramienta al producto, en Los rasgos del próximo paradigma político, 1ª de febrero de 1994).

En efecto, no hay plan; no hay, más operativamente, una estrategia para causar la transición, tan sólo la prescripción de un liderazgo único que debe dirigir la orquesta en la interpretación de una única partitura que no ha sido escrita. Bueno, conocemos dos de sus temas principales: presión—”Ya dijimos que la mayor parte de las transiciones democráticas en el mundo se han producido por la movilización y presión social masivas” (Alarcón)—y negociación—“una salida pronta y negociada con espíritu de reconciliación” (Ugalde)—; el mismo Alarcón trae a colación sobre este punto:

Shimon Peres, cuando se le preguntó si veía la luz al final del túnel en el conflicto entre su país, Israel, y Palestina, dijo: “veo la luz, pero lo que aún no veo es el túnel que nos llevará a ella”. Si alguien tiene una propuesta más realista que no implique sentarse a esperar a que otros decidan o hagan algo que nosotros no hemos sido capaces de hacer, seré el primero en reconocer, con la mayor humildad, la pertinencia de otra alternativa y poner mi mayor esfuerzo en la construcción de un camino que sea factible hacia una Venezuela libre, próspera y democrática.

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Hay una manera eficaz y supremamente democrática de causar, de producir la transición; ésa no es otra que la decisión del Pueblo en referendo. El poder supraconstitucional del Pueblo y sólo él, a menos que Nicolás Maduro se avenga a renunciar a su nuevo período, puede causar una nueva elección presidencial, ésa para la que Alarcón aconseja prepararse:

El Poder Constituyente Originario, el Pueblo llamado a referendo en ese carácter, tiene la potestad de superponerse a la Constitución y aprobar una norma que ella no contemple. En consecuencia, puede preguntársenos a Nosotros, la Corona, el Soberano, lo siguiente: ¿Está Ud. de acuerdo con la convocatoria a elecciones, en el plazo de tres meses a partir de esta fecha, que escojan al ciudadano que se encargue de la Presidencia de la República hasta el 10 de enero de 2019, elecciones ésas en las que podrá participar como candidato el ciudadano Nicolás Maduro Moros, actualmente en el cargo? Que el presidente Maduro pueda presentarse como candidato marca, primeramente, una diferencia sustancial con la figura del referendo revocatorio; no se trata de una revocación, no la sustituye, y por consiguiente no puede recibir contravención jurídica alguna sobre la base de que la revocación está expresamente normada en la disposición del Artículo 72 de la Constitución. Luego, tal vez funcione como disuasivo de lo que pudiere ser su explicable tentación de oponerse a la solución descrita, con igual denuedo con el que ha entorpecido la revocación. (Prontas elecciones, 22 de octubre de 2016).

La misma fórmula, presentada hace dos años en este blog y en el programa #219 de Dr. Político en RCR, puede ser ajustada al momento actual. En la copiosa literatura oposicionista de estos años brilla por su ausencia el Pueblo, al que sólo quiere convocarse para “la movilización y presión social masivas”. Pero una decisión inapelable del Soberano es más eficaz que la mera presión, y ella puede ser causada por la organización de un referendo consultivo de iniciativa popular (con 10% de los electores, o la mitad del esfuerzo requerido para un referendo revocatorio).

Pero mandar es muy preferible a protestar. (…) Para esto es necesario, naturalmente, que el pueblo venezolano adquiera conciencia de Corona. Que se percate de que no tiene que desfilar para pedir o protestar, que no tiene que rogar pues puede mandar. (La marcha de la insensatez, 12 de febrero de 2014).

Todavía es tiempo de causar esa conciencia, de apostar al Pueblo. Es él, antes que los conciliábulos negociadores que probablemente no podrán ser obviados, el actor decisivo. Es él la luz al final del túnel. LEA

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*Sobre la prédica de Ugalde y Alarcón de no buscar venganza en la eventual transición, en Recurso de Amparo (14 de julio de 2015) debí contestar la pregunta que me hiciera la Sra. Amparo Schacher de Wiedenhofer: “Tomando en cuenta su visión de la política como acto médico ¿cuál sería el método y cuáles las primeras medidas a tomar si Ud. fuese elegido presidente actualmente?” Allí se encuentra lo siguiente:

Lo primero que haría como Presidente es comunicar al país mi convicción de que las personas de convicción socialista, en su mayoría, son gente que privilegia la virtud de la solidaridad, y que no debe llegarse a la Jefatura del Estado con ánimo altaneramente justiciero. Ya en septiembre de 1987 escribía (en Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela):

Si un aspirante a outsider sorpresivo, a “tajo” de las elecciones, plantea su campaña con un grado apreciable de vindicta, de falta de comprensión de lo que en materia de logros políticos debemos aun a los adversarios, obtendrá temprana resonancia y fracaso final. El outsider con posibilidad de éxito no se impondrá por una mera descalificación de sus contendientes y, en todo caso, no por descalificación que se base en la negatividad de éstos sino en la insuficiencia de su positi­vidad. El propio Isaac Newton reconoció: “Si pude ver más lejos fue porque me subí sobre los hombros de gigantes.”

Creo, por supuesto, que el socialismo, en tanto ideología, es terapia equivocada, medicina antigua, concebida en el siglo XIX como toda otra ideología—liberal o libertaria, social-demócrata o social-cristiana (o eso que ahora presentan como si fuera nuevo, un tal progresismo)—con la pretensión de saber cuál es la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que la sociedad actual no lo sea. Su presunción fundamental es errónea: a partir de unos pocos casos observables de empresarios nocivos para el grupo social, razonan que la empresa privada en general es perniciosa y por tanto debe ser establecido un “Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes”. (Diccionario de la Lengua Española; definición de socialismo). Si tal proceder fuese correcto, entonces habría que acabar con el Estado, pues son numerosos los casos de estados harto inconvenientes. Toda institución humana exhibe patologías, y la solución no es eliminarla, sino curarla.

Pero eso no es lo mismo que condenar al chavismo a la Quinta Paila del Infierno por toda la eternidad. Es posible hacer ver a quienes se inscriben en esa variedad del socialismo, aunque con dificultad, que su enfoque de la política es equivocado, como lo es toda posición ideológica. El error de mi contendiente no es causa de mi acierto, y nuestra tarea principal es la de reunir a un país ideológicamente dividido. Vale.

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George Clooney for President

 

Un político para el presente y el futuro

 

La idea expresada en el título de esta nota vino a la mente mientras veía una entrevista, de este mismo año, del mítico David Letterman a George Clooney. En ella se hizo aparente la evidente inteligencia del notable actor, así como otros rasgos de su personalidad, de los que no es el menor su compasión de persona con indudable vocación humanitaria. En Test para Trump (3 de agosto de 2016), se echó mano de cuatro rasgos necesarios descritos en El político virtuoso (18 de octubre de 2007), para examinar si alguno de ellos estaba presente en Donald Trump. (El artículo original de 2007 se proponía lo mismo para evaluar a Hugo Chávez). Por ejemplo:

Una tercera virtud política, exigible de los líderes que adquieren poder público y complementaria de la anterior o muy cercana a ella, es la compasión. (…) Quien odia es un mal político; quien se mueve con el poder en pos de sus resentimientos es un mal político, pues desecha parte integral del tejido social y niega a otros la libertad de mejorar, de dejar atrás sus errores y progresar moralmente.

El test propuesto concluía así: “Sería fácil añadir otras virtudes a esta exigua lista, pero si los ciudadanos tomáramos conciencia de que debemos exigir a nuestros políticos responsabilidad, humildad, compasión y honestidad, y así lo hacemos, podríamos al fin construir entre todos una buena república. Sería utilísimo, por caso, preguntarnos si el gobernante de turno ha sido adornado con las cuatro virtudes cardinales de un buen político. ¿Es Donald Trump responsable, en el sentido expuesto? ¿Es humilde? ¿Es compasivo? ¿Es honesto?”

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Apartando su muy destacada carrera cinematográfica, Clooney ha hecho su impacto de activista en el campo de derechos humanos, que certificara la revista TIME en 2009 al incluirlo en su lista de “Personas más influyentes en el mundo”. Pone Wikipedia: “También destaca por su activismo político y económico, y ha servido como uno de los Mensajeros de la Paz de las Naciones Unidas desde el 31 de enero de 2008. Su trabajo humanitario incluye su postura de encontrar una resolución para el conflicto de Darfur, la recaudación de fondos para Haití por el terremoto de 2010, el reconocimiento del genocidio armenio, la ayuda a las víctimas del tsunami de 2004 y las del 11 de septiembre de 2001, y la creación de documentales tales como Arena y Dolor para elevar la conciencia general acerca de las crisis internacionales”. Por supuesto, su matrimonio con Amal Alamuddin, ella misma una eficaz abogada de derechos humanos, ha potenciado esta notable actividad de Clooney.

Viéndolo conversar con Letterman, creí encontrar una posibilidad presidencial en él; sus ideas son claras, son humanitarias, compasivas, algo muy distinto de las desalmadas, erráticas e irresponsables actuaciones de Donald Trump. No perteneciendo al establishment de la tradicional bipolaridad política estadounidense, y vividas las experiencias de competentes gobernantes que fueron antes actores de cine (Ronald Reagan y Arnold Schwarzeneger), me pregunté ¿por qué no Clooney como Presidente de los Estados Unidos? LEA

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Pataleo de “comeflor”

 

Vladimir y Benjamín conversandito

 

A JRR

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Hace un rato me envió un amigo el enlace a un artículo en The Harvard Gazette: Choosing partners or rivals, cuyo sumario anuncia que un reciente estudio de Martin Nowak y colaboradores examina cómo las estrategias pueden promover o destruir la cooperación. La dicotomía entre socios y rivales es la estructura lógica de los autores del estudio, que emplearon como modelo el clásico juego de estrategia que la literatura especializada conoce como Dilema del prisionero.

En vísperas de la Navidad de 2007, la aguda comentarista Argelia Ríos y su esposo invitaron a su casa a un compacto grupo de comensales: Cristina Guzmán, Bernardo Paúl (Q. E. P. D.), Arístides Hospedales, mi señora y yo. Estábamos contentos, luego de que el 2 de diciembre de ese año los proyectos socializantes de reforma constitucional de Hugo Chávez y la Asamblea Nacional de la época fueran derrotados en referendo, lo que el suscrito había predicho. Uno de los circunstantes aconsejó una actitud acogedora de la figura del general Raúl Isaías Baduel, pues pensaba que luego de su publicitada oposición a los proyectos mencionados pudiera emerger como líder nacional y eventual Presidente de la República. Otro me acusó de pensar la política románticamente*, y declaró como dogma que todo político venezolano quería en realidad ponerle la mano a la bolsa de treinta mil millones de dólares de la renta petrolera nacional. “A ver, nómbrame uno que no quiera eso”, me conminaba.

A partir de allí se agrió el feliz ambiente, pues rechacé con molestia tanto el dogma como la acusación. Tres días después (jueves, 27 de diciembre de 2007) tocaba publicar la Carta Semanal #269 de doctorpolítico, que decidí dedicar al examen de la discrepancia y envié a cada uno de los presentes en el gentil agasajo. Al leer hoy la nota en The Harvard Gazette me pareció que su análisis había sido anticipado en aquello que entonces había escrito, pues incluso eché también mano del “juego del prisionero”. De esa carta transcribo ahora lo fundamental de ella:

El protagonista de ¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes? (por Enrique Jardiel Poncela) se propuso, con ánimo de naturalista de lo más empírico, una exploración que pudiera rebatir la noción de que alguna vez hubiera once mil vírgenes. Su método: yacer con toda mujer que tuviese a tiro. Después de una catalogación sexual que le llevó años y a muchos sitios, después de una dilatada carrera de fornicador, jamás encontró una virgen. Así, razonó, nunca hubo once mil vírgenes, pues si alguna vez las hubiera habido debería haber quedado aunque fuera una.

Respecto de la existencia de un himen, sin embargo, es fácil pensar dicotómicamente. O una mujer lo tiene o no lo tiene, es tautología que se insinúa de inmediato. O es virgen o no lo es. O está preñada o no lo está; no puede estar medio preñada. Pero los políticos no son categorizables de modo tan elemental, a pesar de que, con autocomplaciente vulgaridad, admirados de su propia y pretendida astucia, haya quienes digan con frecuencia que a Perencejo le hace falta mucho burdel político. Implícita en una caracterización tal, está la idea de que cierta inmoralidad es imprescindible para ejercer la política, que la conducta inmoral o amoral es consustancial a la política.

Atendamos, entonces, a lo que las ciencias, sociales y biológicas, tienen que decir sobre este asunto, pues, quiéralo o no el cínico, es deber moral del político ser responsable y serio, puesto que se entromete en la vida de un amplio contingente humano, y no puede hacer eso con seriedad o responsabilidad si no procura abrevar de lo científico.

Una primera constatación, evidente, es que ciertamente hay conductas observables que responden a motivaciones egoístas, que hay comportamientos que se rigen por la suspensión de otra moralidad que no sea el propio interés o beneficio. La palabra “maquiavelismo” ha llegado a ser un término técnico; los psicólogos sociales y de la personalidad lo emplean para describir la tendencia de una persona a engañar y manipular a otras personas para fines de ganancia personal, y también aluden a “inteligencias maquiavélicas”. De hecho, Richard Christie y Florence Geis diseñaron un test destinado a medir el nivel de maquiavelismo presente en una persona cualquiera. El test MACH-IV, desarrollado hacia 1960, se ha convertido en la herramienta estándar de los psicólogos para la evaluación cuantificada de la presencia de maquiavelismo. Algunos, bastante interesantemente, han creído encontrar una correlación entre maquiavelismo y desórdenes psicopáticos o sociopáticos y, más específicamente, con el desorden narcisista de la personalidad, de indudable importancia política en Venezuela. Sobre todo los sociópatas se caracterizan, como las personalidades maquiavélicas, por la maquinación astuta. Estos tipos de personalidad no son, por fortuna, los más frecuentes.

Una segunda fuente científica mana de la Biología, y crea un río que corre en dirección distinta. Escribiendo para The New York Times (Científicos hallan inicios de la moralidad en comportamiento de primates, 20 de marzo de 2007), Nicholas Wade reporta:

Algunos animales son sorprendentemente sensitivos a peligros que acosan a otros. Los chimpancés, que no saben nadar, han llegado a ahogarse en estanques en zoológicos tratando de salvar a otros. Ante la posibilidad de obtener comida halando una cadena que también administra una descarga eléctrica a un compañero, los monos rhesus pasan hambre durante días enteros. Los biólogos arguyen que éstas y otras conductas sociales son las precursoras de la moralidad humana… El año pasado Marc Hauser, un biólogo de la evolución en Harvard, propuso en su libro Mentes morales que el cerebro tiene un mecanismo, conformado genéticamente, para la adquisición de reglas morales, una gramática moral universal similar a la maquinaria neural para el aprendizaje del lenguaje. En otro libro reciente, Primates y filósofos, el primatólogo Frans de Waal defiende, contra filósofos críticos, su punto de vista de que las raíces de la moralidad pueden encontrarse en la conducta social de monos y simios… La vida social requiere empatía, la que es especialmente obvia entre los chimpancés, así como sus métodos para terminar las hostilidades internas. Toda especie de simio o mono tiene su propio protocolo para la reconciliación después de las peleas, según hallazgo del Dr. de Waal. Si dos machos no logran reconciliarse, los chimpancés hembras a menudo reúnen a los rivales, como si sintieran que la discordia empeora a la comunidad y la hace más vulnerable al ataque de vecinos. Incluso llegan a evitar una pelea arrebatando piedras de las manos de los machos. El Dr. de Waal cree que estas acciones son emprendidas para el mayor bien de la comunidad, distinto de las meras relaciones entre individuos, y son un precursor significativo de la moralidad en las sociedades humanas.

Pero es que hasta en disciplinas más abstractas, como la Teoría de los Juegos (John von Neumann y Oskar Morgenstern), es posible asistir a la emergencia de la cooperación. El famoso “dilema del prisionero” es un juego de estrategia matematizable—inventado en la Corporación RAND, el más grande think tank del mundo—, que modela cómo es posible llegar a un resultado que daña a todos los jugadores cuando éstos siguen una estrategia perfectamente racional que se cierra a la cooperación. Llevado a computadores que juegan entre sí, y a pesar de sembrar en ellos una estrategia inicial de retaliación (tit for tat), al cabo de numerosas repeticiones los computadores típicamente “aprenden” a cooperar.

El altruismo, pues, es tan real como el egoísmo, por lo que cualquier esfuerzo serio y responsable de entender el comportamiento social, y de hacer política, debe tomarlo en cuenta.

En febrero de 1985 escribía el suscrito: “Si se piensa en la distribución real de la ‘honestidad’—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama corrientemente ‘las cualidades morales’: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía… Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes, y, por tanto, en una sociedad económicamente justa, no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres”.

Una “Política Clínica”, pues, no cree que “el maestro es el apóstol de la juventud”, como titulaba Luis Beltrán Prieto Figueroa uno de sus recordados artículos, ni tampoco que la universidad es “fundamentalmente una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre”, como reza nuestra Ley de Universidades. (1970). Ese lenguaje hiperbólico no es bueno para fundar repúblicas, y ya Bolívar alertaba contra las que llamaba “aéreas”. Para ser político clínico no es necesario chuparse el dedo.

Pero una aberración contraria, si queremos hacer dicotomías, es desconocer el altruismo en política. El político profesional serio debe ser, sin duda, realista. Esto no conduce a tener el realismo como sinónimo de cinismo. Nadie menos que Federico el Grande de Prusia quiso escribir un breve ensayo—corregido y ampliado por el cáustico Voltaire, su protegido—para refutar a Maquiavelo. En Anti-Maquiavelo (1740), Federico expuso que el italiano había ofrecido un punto de vista parcial y sesgado del arte del estadista. Además de reivindicar un lugar para un genuino interés por la prosperidad de los ciudadanos, el gran monarca apuntó agudamente cómo Maquiavelo había escamoteado la evidencia del término infeliz o desastroso de más de un gobernante malhechor por él alabado.

Y es que, asimismo, no es nada difícil recabar comprobación empírica de que la bondad es eficaz. La bondad funciona en la práctica. Los expertos en gerencia de personal ya abrazaban, a fines de los años sesenta del siglo pasado, la “Teoría Y”, que se oponía a una “Teoría X” que contemplaba cínicamente las motivaciones de los empleados de las empresas privadas. Sin darse cuenta de lo que hacían, eran, como Federico el Grande, antimaquiavélicos. Habían descubierto que, con mucho, era preferible ser amado que temido.

El líder temido, no cabe duda, puede ser muy eficaz. Con frecuencia logra sus propósitos. Pero para lograr metas más elevadas es necesario ser líder amado. No se puede convocar a grandes cosas desde el miedo.

Es en este sentido práctico, plenamente realista, que Don Pedro Grases, el gran catalán venezolano, afirmaba en su septuagésimo quinto cumpleaños: “La bondad nunca se equivoca”. Para quien había logrado escapar de la muy real y concreta tragedia de la Guerra Civil Española, eso no era poesía, sino constatación práctica.

Una política fundada en ese sentimiento, a pesar de su hermosura, es perfectamente posible. (Y muy necesaria). LEA

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*El 20 de marzo pasado escribí a un amigo distante acerca de mi presunta ingenuidad, que recientemente ha sido presumida como la posición desde la que predico un referendo por iniciativa popular que pueda disolver la Asamblea Nacional Constituyente en funciones. Así le puse:

Hay quienes razonan que siempre he sido un iluso comeflor, que no entiende que “el régimen” nunca va a permitir ese referendo. Yo creo que le será al gobierno muy difícil impedirlo.

Conozco al enemigo; tú hiciste universidad en el “monasterio” de la UCAB, yo también allí, pero antes estuve tres años en Mérida (donde fui el participante más destacado de un curso antiguerrillero bajo instrucción de un capitán cubano anticastrista) y uno en la UCV, adonde fui armado a rescatar cuatro decanos no izquierdistas secuestrados en el salón del Rectorado. He debatido más de una vez con comunistas, y ellos siempre salieron en derrota. Sé cómo piensan y cómo operan, sé qué trampas emplean y dónde las colocan; sé rebatirlos. (En 1962, fui elegido como primer Presidente del Movimiento Universitario Católico de la ULA porque dos días antes logré revolcar a un mirista y un comunista en su Facultad de Humanidades). Sé también que, en último caso, pueden matarme, pero ya estoy demasiado mayor como para que eso me importe. En Retrato hablado (30 de octubre de 2008), escribí:

Finalmente, y no menos importante, la persona en cuestión deberá estar dispuesta a arriesgarse grandemente. Una tarea como la descrita [contrafigura de Chávez] pondrá en peligro, indudablemente, su seguridad personal. Chávez no es José Gregorio Hernández, y aun si quisiere respetar a ese contendiente, tan distinto de los que ha confrontado hasta ahora, su círculo inmediato incluye gente violenta con lógica revolucionaria que autoriza, en nombre de valores pretendidamente superiores, prácticamente cualquier cosa. Lo de Chávez y sus principales aliados es un protocolo de poder sine die, eterno. El outsider del que se viene hablando deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que represente comience a significar una posibilidad clara de éxito.

No soy un comeflor; no me chupo el dedo.

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Lo que a todos conviene

 

La facilitación de las cosas

 

Menos de un minuto de audio del programa #295 de Dr. Político en RCR (28 de abril de 2018)

 

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Pudiera ser que se extienda el consenso de que un gobierno presidido por Henri Falcón sería suficientemente mejor que una nueva presidencia de Nicolás Maduro y que, a pesar de las numerosas y justificadas reservas acerca de la elección presidencial del 20 de mayo próximo, suficientes electores vayan a votar en esa fecha para asegurar tal resultado y oponer un obstáculo prácticamente insalvable a cualquier tentación de adulterarlo. En ese probable caso, Falcón se convertiría en el sucesor de Maduro, pero no podría asumir la Presidencia de la República sino hasta el 10 de enero de 2019, ocho meses y medio después de la elección. Como salta de inmediato a la mente, ese prolongado lapso es realmente inconveniente a la Nación.

Pero habría un modo simple de convertirlo en un aconsejable período de transición. De perder Maduro la votación ante Falcón, el primero podría actuar como estadista para facilitar las cosas a su Pueblo (“Maduro es Pueblo”): podría renunciar en breve plazo—¿un mes?—luego de designar a su oponente como Vicepresidente Ejecutivo de la República. Dice el último parágrafo del Artículo 233 de la Constitución: “Si la falta absoluta se produce durante los últimos dos años del período constitucional, el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva asumirá la Presidencia de la República hasta completar el mismo”. Así, pues, se aseguraría que Falcón mismo condujera la transición hacia su propio período constitucional. (Una forma alterna, tal vez menos deseable, es que Maduro y Falcón acordaran el nombramiento de un tercero para la tarea transicional).

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Si algo es conveniente a la paz de la República es que no luce probable que Falcón llegue a la Presidencia de ella con ánimo de vindicta justiciera; no corresponde al Presidente actuar como juez o fiscal acusador, aunque esto haya sido conducta en la que tanto Chávez como Maduro incurrieran a lo largo de sus respectivos mandatos.

Lo primero que haría como Presidente es comunicar al país mi convicción de que las personas de convicción socialista, en su mayoría, son gente que privilegia la virtud de la solidaridad, y que no debe llegarse a la Jefatura del Estado con ánimo altaneramente justiciero. (…) Creo, por supuesto, que el socialismo, en tanto ideología, es terapia equivocada, medicina antigua, concebida en el siglo XIX como toda otra ideología—liberal o libertaria, social-demócrata o social-cristiana (o eso que ahora presentan como si fuera nuevo, un tal progresismo)—con la pretensión de saber cuál es la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que la sociedad actual no lo sea. (…) Pero eso no es lo mismo que condenar al chavismo a la Quinta Paila del Infierno por toda la eternidad. Es posible hacer ver a quienes se inscriben en esa variedad del socialismo, aunque con dificultad, que su enfoque de la política es equivocado, como lo es toda posición ideológica. El error de mi contendiente no es causa de mi acierto, y nuestra tarea principal es la de reunir a un país ideológicamente dividido. (En Recurso de Amparo, 14 de julio de 2015).

El esquema propuesto permitiría una transición pacífica, naturalmente sin impedir que los órganos apropiados del Estado venezolano—Fiscalía General de la República, Procuraduría General de la Nación—opten por llevar a juicio a funcionarios públicos que hayan incurrido en actividades dolosas o criminales, especialmente aquéllas que hayan afectado el patrimonio de la Nación. Es algo que Nicolás Maduro debiera aceptar.

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Finalmente, uno de los candidatos inscritos para la competencia democrática del 20 de mayo ha propuesto un procedimiento harto aconsejable, como titulaba El Universal el 24 de este mes: “Luis Alejandro Ratti propuso escoger candidato unitario para enfrentar a Maduro”. El sumario de la noticia explicaba: “Según el candidato presidencial por iniciativa propia, la escogencia debe realizarse a través de una encuesta nacional para que sea el pueblo el que decida quién debe enfrentar a Nicolás Maduro en los comicios presidenciales del próximo domingo 20 de mayo”.

Le tomaría la palabra. Rápidamente, una encuestadora confiable—hay varias; ni Hinterlaces* ni Meganálisis, por favor—podría hacer esa medición preguntando, por ejemplo: “Entre Javier Bertucci, Henri Falcón, Reinaldo Quijada y Luis Alejandro Ratti ¿quién prefiere Ud. que enfrente a Nicolás Maduro el 20 de mayo?” Si Falcón, como es presumible, superara claramente a los tres otros postulados no oficialistas, las organizaciones que les postulan pueden hacer hasta el 10 de mayo las sustituciones necesarias de retirarse estos últimos. (Artículos 63 y 64 de la Ley Orgánica de Procesos Electorales).

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Como me observara mi profesor de Filosofía Política y Social, la posibilidad de la transición delineada pudiera ser el mejor acicate del voto, pues propicia lo que ansía la casi totalidad de los venezolanos: un alivio instantáneo. LEA

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* Según TeleSur, la encuestadora de Oscar Schemel (Hinterlaces) acaba de medir una intención de voto de 51% a favor de Nicolás Maduro. Las siguientes son láminas de Datanálisis de su estudio de opinión del mes de marzo, en una muestra de 800 personas naturales de todos los niveles socioeconómicos, inscritas para votar y entrevistadas cara a cara en hogares. (Fecha de campo: 19 al 29 de marzo de 2018. Error máximo admisible ±3,39% Las figuras azules corresponden a opositores, las verdes a independientes y las rojas a oficialistas). Para este blog, Datanálisis es hoy bastante más creíble que Hinterlaces.

 

Juicio del actual Presidente

 

Acuerdo con el llamado de abstención

 

Disposición a votar

 

Preferencias de voto entre no abstencionistas

 

Preferencias de voto de quienes seguramente votarán

 

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Balmes y el futuro de la oposición

 

Filósofo, teólogo, apologista, sociólogo y tratadista político español (1810-1848)

 

Dicen que Jaime Balmes era tan intelectualmente capaz, que cuando llegaba a sus manos un nuevo libro se sentaba a la mesa con él y miraba fijamente su portada. Luego, lo apartaba a un lado y cavilaba un rato sobre lo que pudiera decirse bajo el título de la obra. Sólo entonces abría el libro y comenzaba a leer. Si después de un tiempo más bien breve, el texto no transitaba por donde había pensado, entonces lo desechaba por entero.

Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi (5) – 26 de octubre de 2009

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Hace unos minutos recibí de rebote una invitación por correo electrónico; esto es, no estaba dirigida a mi persona. La comunicación invita, en nombre de Ramón Guillermo Aveledo, a un foro en el Instituto de Teología para Religiosos (ITER, Universidad Católica Andrés Bello), y anuncia que su tema es: El Futuro de la Oposición en Venezuela. También avisa las intervenciones de José Virtuoso S. J. (Rector de la UCAB), María Gabriela Hernández (Diputada a la Asamblea Nacional) y Negal Morales (Secretario del mismo cuerpo legislativo). Tuve, pues, a mi disposición el título requerido a un ejercicio bálmico.

No me tomó mucho desechar cualquier idea de asistir (tal vez el remitente pensó que pudiera interesarme); el mero hecho de definirse como oposición es, lo he dicho muchas veces, un error fundamental. En 1999, a los dos meses de la primera toma de posesión de la Presidencia de la República por Hugo Chávez, dije a la peña mencionada en el epígrafe que antes que oposición lo indicado era una superposición, y que en vez de un protocolo de acusación se requería uno de refutación. Quince años después, recibí correo de alguien que se definía a sí mismo como chavista; había leído Las élites culposas y me ubicaba con “la oposición”. Así le contesté:

Debo corregir una impresión inexacta: no tengo “compañeros de la oposición”. Precisamente, he sostenido consistentemente que considerarse “de oposición” es la falla de origen de la oposición venezolana. (…) Un artículo de Manuel Felipe Sierra en el diario El Nacional aducía poco después de la derrota de Manuel Rosales en las elecciones presidenciales: “La votación que el CNE le adjudicó al candidato opositor es importante, siempre y cuando éste sepa ejercer el liderazgo del antichavismo…” Exactamente el mismo día de su publicación, un análisis que circuló por correo electrónico se expresaba en términos como los siguientes:

La oposición… decidió no participar en las elecciones legislativas… la Oposición ya había perdido sus Gobernaciones y Alcaldías… para una parte importante de la Oposición el contrincante mayor no era Chávez, era el CNE… Muchos pensaban que la oposición era mayoría… la ausencia de la Oposición de la contienda electoral… La Oposición se debatía entre el método de escogencia del candidato único y la campaña por condiciones… Muestra un liderazgo indiscutible en la oposición durante la campaña… Se ganó al lograr la unidad de toda la oposición… Que la oposición es minoría… ¿Cuál es el estado de la oposición un día después?… La Oposición amanece como un conglomerado nacional de importante magnitud… no desperdiciar esfuerzos en combatir a la oposición desde la oposición misma…

Allí se evidenciaba la falla de origen de la inmensa mayoría de los planteamientos políticos distintos del chavismo: que sólo atinan a definirse como antichavistas. Desaparecido Chávez, dejarían también, entonces, de tener sentido sus existencias. (…) Una nueva acción política que quisiera ser viable no podía pensarse como oposición a Chávez; era preciso que procurara superar el estado de cosas por superposición, por salto a un nivel superior del discurso político. (…) La refutación de Chávez debía venir, para usar términos evangélicos, por añadidura, nunca como única justificación. Que rechace el chavismo no significa que apoye a “la oposición” o tenga en ella compañeros.

Por supuesto, Chávez ya no está, sino su designated survivor; la conducta de “la oposición”, sin embargo, es exactamente la misma. El “Frente Amplio”, donde Aveledo y Virtuoso son protagonistas, es receta ya probada con idéntica vocación de ineficacia, pues se sigue pensando como oposición. En 1996, el partido COPEI se sintió impelido a explicarle el país—que no se lo preguntaba—sus líneas de estrategia:

Fue Oswaldo Álvarez Paz el dirigente escogido por el Comité Nacional del partido para hacer la explicación. Las líneas de estrategia de COPEI eran: 1. oponerse al gobierno de Rafael Caldera; 2. deslindarse de Acción Democrática; 3. continuar en la búsqueda de alianzas con el Movimiento Al Socialismo (MAS), la Causa R y otros partidos similares. (…) …se trataba de una estrategia alienada, fuera de sí, pues COPEI se definía en función de terceros actores, y no parecía tener nada sustancial que decir acerca de sí mismo. (Las élites culposas).

Cierro con una reiteración, esta vez del 30 de octubre de 2008 (Retrato hablado):

…la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del Pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos* mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Gracias, Balmes**, por el método. LEA

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* Datincorp, mayo 2015: Las soluciones a los problemas del país ¿vendrán de…?” Respuestas: del oficialismo, 17%; de la oposición, 18%; de nuevos liderazgos, 56%.

** Jaime Balmes nace el mismo año del Acta del 19 de Abril y muere en el de la publicación del Manifiesto Comunista.

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Catástrofe anticatastrófica

Sí, en cualquier partido político

 

A José Antonio Gil Yepes

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Una cierta forma de hacer política—reptiliana: agresiva, territorial, ritual, jerárquica—está muriendo ante nuestros ojos. (¿Cómo puede ser uno territorial en Internet? ¿Quién es su jefe?) Pero es la muerte de gigantes, sin los que nunca hubiéramos divisado la tierra prometida. Como tales ¿por qué tendrían que sentirse mal por haber sido enormes e indispensables? Ellos construyeron las posibilidades que hoy tenemos. No se justifica entonces que entorpezcan el progreso, pretendiendo que lo que hacen, cada vez de eficacia menor, es lo único posible. Nos deben la libertad de crear, como ellos mismos en su momento lo hicieron, una cosa distinta.

Política natural – Carta Semanal #324 de doctorpolítico, 19 de marzo de 2009

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Si he visto más lejos es porque subí sobre los hombros de gigantes.

Isaac Newton – Carta a Robert Hooke, 15 de febrero de 1676

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Cuando se usa la expresión inglesa nested (anidado), no siempre es referida a un único nido; frecuentemente, la idea alude a una serie de nidos: un nido que tiene dentro un nido menor que a su vez aloja otro nido más pequeño, y así sucesivamente. Por ejemplo, en un manual de Microsoft para su sistema operativo Windows se lee: You can create nested folders by dragging one folder into another”. (Ud. puede crear carpetas anidadas arrastrando una carpeta dentro de otra). Es ésta la estructura de los problemas políticos más persistentes y profundos: una cierta concepción cuya persistencia es responsable de insuficiencia o ineficacia política está alojada en un marco conceptual más básico, que a su vez está incluido en una concepción más general, und so weiter. En un cierto nivel, es aquello a lo que Thomas S. Kuhn llamara paradigmas en La estructura de las revoluciones científicas (1962): “En ciencia y filosofía, un paradigma es un conjunto diferenciado de conceptos o patrones de pensamiento que incluyen teorías, métodos de investigación, postulados y estándares de lo que constituye contribuciones legítimas a un campo”. (Wikipedia). Los alemanes tienen incluso un sustantivo singular para referirse a la concepción más general del mundo: Weltanschauung. Es ineludible a los humanos pensar dentro de cajas conceptuales de ese tipo y hacerlo de modo mayormente imperceptible.

Para McLuhan los medios (extensiones del hombre) constituyen un am­biente que modi­fica a su inventor y del que éste no está habitualmente cons­ciente. El mero hecho de tomar con­ciencia de un ambiente crea otro nuevo, y de este nuevo ambiente no poseemos conciencia. Es como si mirásemos hacia arriba a través de una serie de cúpulas transparentes. Sólo podríamos darnos cuenta de la más próxima si subimos sobre ella, pero entonces tampoco po­dríamos per­cibir las que la envuelven por arriba. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).

Nested domes: cúpulas anidadas, pudiéramos concluir.

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Empaques conceptuales de la acción política

La política, como la ciencia misma—el más autocrítico de los modos de discurrir—, no escapa al encierro de los marcos conceptuales. Así como hay paradigmas científicos, hay paradigmas políticos. Las ideologías son marcos particularmente importantes, y las existentes (con insustanciales variantes recientes, tales como el “progresismo”) fueron todas desarrolladas entre los siglos XVIII y XIX. El liberalismo, la más antigua, se la tiene fundada por John Locke en su Segundo Tratado sobre el Gobierno, publicado anónimamente doce años antes de iniciarse el siglo XVII (1689), pero fue la obra de su compatriota John Stuart Mill (1808-1873) el pináculo de la doctrina liberal; el socialismo marxista puede considerarse fundado en 1848, con el Manifiesto Comunista de Carlos Marx y Federico Engels; alrededor de 1890, sobre todo con los trabajos de Eduard Bernstein, se echó las bases de la socialdemocracia o socialismo reformista; en 1891, el papa León XIII establecía las de la democracia cristiana, pues el fundamento de ésta es la Doctrina Social de la Iglesia. (En 1919, el sacerdote italiano Luigi Sturzo, junto con otros, fundaría el Partido Popolare Italiano, del que fuera su Secretario General).

Prácticamente todo partido venezolano esgrime una ideología como tarjeta de visita: Acción Democrática, Alianza Bravo Pueblo, Un Nuevo Tiempo—que hizo un “congreso ideológico” (2008) sobre una ponencia enteramente socialdemócrata que proveyera Demetrio Boersner—y sorprendentemente hasta Voluntad Popular, están inscritos en la Internacional Socialista. (Todavía en 1959, el documento doctrinario central de AD postulaba como afirmación primera: “Acción Democrática es un partido marxista”). COPEI—cuyo precursor congreso ideológico sesionara en 1986—, Proyecto Venezuela, Convergencia (lo que quede de él) y Primero Justicia (que celebró su propio congreso en 2007), conforman la “familia socialcristiana”. (El último nombrado se refiere a su ideología como “humanismo cristiano”). El Partido Socialista Unido de Venezuela y, por supuesto, el Partido Comunista de Venezuela, son de corte marxista radical, aunque Hugo Chávez, declarado él mismo un marxista, se ocupó de aclarar que el PSUV no era marxista-leninista. No hay, nunca los ha habido, partidos liberales importantes en Venezuela; en la Mesa de la Unidad Democrática han figurado Fuerza Liberal, Unidad Visión Venezuela y, hasta agosto del año pasado, Vente Venezuela. El “progresismo” ha hecho su aparición con Avanzada Progresista, Cuentas Claras, Partido Progreso y Voluntad Popular (que se define en esa corriente de la socialdemocracia): “Está formado por diversas doctrinas filosóficas, éticas y económicas del liberalismo y el socialismo democrático”. (Wikipedia). La mera proliferación de partidos de una misma ideología pone de manifiesto que ella no es en verdad lo importante; si lo fuera ¿por qué no constituyen una sola organización, por caso, AD, ABP, UNT y VP? ¿Por qué la “familia socialcristiana” está dividida en cuatro pedazos?

Las ideologías han perdido su poder de producir soluciones. El registro de la Organización Internacional del Trabajo hace tiempo que superó el millón de oficios diferentes en el mundo. ¿Cómo puede un partido representar en la única categoría de trabajadores una riqueza así, una complejidad de esa escala? Ya no vivimos la Revolución Industrial, cuando toda ideología se inventara; ahora vivimos la de la Internet, la telefonía móvil, las tabletas, las interacciones instantáneas, las enciclopedias democráticas, las apps. La de la biogenética, la cirugía mínimamente invasiva, la posibilidad de introducir al planeta especies vegetales o animales nuevas. La de una sonda espacial posada sobre un cometa, la comprobación experimental de la partícula de Dios o Bosón de Higgs, la fotografía cada vez más extensa y detallada de los componentes del cosmos, la materia oscura, la geometría fractal y las ciencias de la complejidad. La de la explosión de la diversidad cultural, la del referendo, del escrutinio inmisericorde de la privacidad de los políticos y el espionaje universal. La del hiperterrorismo, las agitaciones políticas a escala subcontinental, el cambio climático. Nada de esta incompleta enumeración cabe en una ideología, en la cabeza de Stuart Mill, Marx, Bernstein o León XIII. Cualquier ideología—la pretensión de que se conoce cuál debe ser la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que aún no lo sea—es un envoltorio conceptual enteramente incapaz de contener ese enorme despliegue de factores novísimos y revolucionarios. Ésta es una revolución de revoluciones. (El medio es el medio, 29 de abril de 2015).

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Pero las ideologías funcionan principalmente como pretexto que autorizaría un elemento paradigmático omnipresente, común a todas las formaciones partidistas ideológicas; la lucha por el poder.

…digamos que una ideología es un sistema de creencias acerca de cuál es la sociedad humana perfecta o preferible. (…) Lo cierto es que todo partido político es, en el fondo, una organización con el pragmático propósito de obtener poder político y, si dispone de ideología, esgrime ésta como justificación (coartada) de su objetivo. Descrita como aglomeración de “principios” y “valores”, la ideología partidista santifica al partido y a sus líderes, pues éstos serían “hombres de principios”. (Panaceas vencidas, Carta Semanal #318 de doctorpolítico, 5 de febrero de 2009).

Satán llega a todas partes

A esto se añade el axioma cuasi-pitagórico de que “no hay democracia sin partidos”. A mediados de 1985, “publicó Eduardo Fernández un artículo que llamó ‘La conspiración satánica’, haciendo uso de la frase de Caldera de hacía unos meses. En este artículo, publicado en el diario El Nacional, Eduardo hacía una especie de retrato hablado de los ‘conspiradores’, advirtiendo contra quienes osaran cuestionar a los partidos, puesto que criticar a los partidos equivaldría automáticamente a denigrar de la democracia como sistema. No hacía más, pues, que repetir la falacia de la identificación de partidos concretos con democracia”. (Krisis – Memorias Prematuras). Al año siguiente, diría prácticamente lo mismo Pedro Pablo Aguilar al mismo periódico: “Mi planteamiento es que los intelectuales, los sectores profesionales y empresariales, los líderes de la sociedad civil no pueden seguir de espaldas a la realidad de los partidos, y sobre todo, a la realidad de los partidos que protagonizan la lucha por el poder”. (El Nacional, 7 de junio de 1986).

¿A qué reaccionaban, uno tras otro, ambos dirigentes socialcristianos? Pues a un diagnóstico del 8 de febrero de 1985, que ya identificaba la causa de la “insuficiencia política” luego descrita en Dictamen (21 de junio de 1986), que reproduciría las palabras de Aguilar: “La exploración de Venezuela pone de manifiesto la coexistencia simultánea—y en gran medida interactuante—de varios síndromes, cada uno de los cuales es la asociación de un conjunto de signos. Los síndromes no son todos de la misma clase, pues corresponden a procesos patológicos de distinta gravedad o se mani­fiestan en distintos componentes o estructuras sociales. Sin embargo, es posible resumir así el problema somático más importante de la actualidad venezolana: Ve­nezuela padece una insuficiencia política grave”. El trabajo del año anterior exponía justamente a su inicio:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla in­volucra una responsabilidad bastante grande, una responsa­bilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte? Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicio­nales es justamente la afirmación que hacemos. Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tra­dicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales. Los descalificamos porque nos hemos convencido de su in­capacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio in­telectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los ver­daderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa. (Proyecto SPV – Documento Base).

En cambio, se escribió con algo de más concisión y caridad dieciséis meses más tarde:

Todo actor político lleva a cabo su actividad desde un marco general de percepciones e interpretaciones de los acontecimientos y nociones políticas. Este marco conceptual es el paradigma político, y del paradigma que se sustente de­pende la capacidad de imaginar y generar las soluciones a los problemas públicos. Es ése el sustrato del problema. La insuficiencia política funcional en Vene­zuela no debe explicarse a partir de una supuesta maldad de los políticos tradi­cionales. Con seguridad habrá en el país políticos “malévolos”, que con sis­temati­cidad se conducen en forma maligna. Pero esto no es explicación suficiente, puesto que en la misma proporción podría hallarse políticos bien intencionados, y la gran mayoría de los políticos tradicionales se encuentra a mitad de camino en­tre el al­truismo y el egoísmo políticos. La explicación última de nuestra insuficiencia política funcional reside, pues, en la esclerosis paradigmática del actor político tradicional.

Ésa era “la conspiración satánica”; la lectura de su presunta inconveniencia sobrevive aún:

Leopoldo Castillo creyó ver—A través de la mordaza—, en la crítica de la sociedad española a los principales partidos políticos de su país, un grave peligro: que España siga un camino parecido al venezolano, en el que el descrédito de Acción Democrática y COPEI habría abierto la puerta a la llegada del chavismo en las elecciones de 1998. Lo malo no fue, según Castillo, que AD y COPEI se portaran mal sino decirlo; no la sordera de los políticos sino la locuacidad de quienes nos atrevimos a criticarlos. (A llorar p’al valle, 8 de agosto de 2013).

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Política cotidiana

Siendo las ideologías sólo variantes de una coartada para luchar por el poder, y esta actividad el factor constante en la política cotidiana—en Venezuela tanto como en toda nación del mundo—, es ella lo que entienden los políticos como consubstancial a su quehacer: lo que alguna gente llamaría “la dinámica de la política real”. Pero a esto puede superarlo una visión transideológica, que entienda la política como el arte clínico de resolver los problemas públicos, sujeto a un código de ética profesional antes que a unos pretendidos “valores”. (Ver El lugar de los valores en la política). Tal era el contraste, lucha contra curación, en una discusión a distancia entre Diego Bautista Urbaneja y el suscrito. El 2 de mayo de 2015 hice explícitas nuestras diferencias en el programa #142 de Dr. Político en RCR; he aquí el archivo de audio de esa ocasión:

Claro que a quien pretenda negar que la política sea realmente una lucha por el poder, por más que se la maquille ideológicamente, se le reputa iluso, romántico, comeflor. Hay casos en los que esto no es así:

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga. Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro La Doble Hélice (1968), es una descarnada exposición a este respecto). Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida. En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social. (Los rasgos del próximo paradigma político, 1º de febrero de 1994. Ver, también, Política natural, 19 de marzo de 2009).

Esa práctica es posible, y sé eso porque es la que mantengo. El 28 de junio de 2015 me entrevistó el periodista Edgardo Agüero para el semanario La Razón. Una de sus preguntas fue la que pongo acá, seguida de mi contestación:

Hay quienes afirman que existen factores dentro de la MUD que en función de sus intereses políticos y pecuniarios, juegan a favor del gobierno. ¿Qué habrá de cierto en ello?

Mi aproximación a la política es clínica. Si un médico intentara curar un hígado enfermo tratando célula por célula se volvería loco; por eso no me intereso por la chismografía política acerca de actores particulares. Si tuviera que descalificar a algún actor político no lo haría por su negatividad, sino por la insuficiencia de su positividad. No me intereso por esa clase de asuntos.

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Como se insinuara en 1994, una mutación de esa clase en la actividad política se hará realidad a partir de la presión de los pueblos, y ahora es la Internet la mayor de las fuerzas que empujan en esa dirección. De nuevo, no hace falta chuparse el dedo: la red de redes tiene sus propias patologías y su propia vulnerabilidad, desde las noticias falsificadas (fake news) hasta los ataques intencionalmente dirigidos de los hackers, pero ese territorio “virtual” (tan real como cualquier otra realidad) es la “arena política” del futuro; está empezando a ser el asiento de una democracia más desarrollada y completa. Los efectos de tan gigantesca mutación son ya patentes, como la ola de denuncias de acoso sexual lo comprueba o, más recientemente, el cuestionamiento creciente de la sacrosanta National Rifle Association a raíz de la última masacre en un colegio en Estados Unidos. Los políticos no podrán escapar al escrutinio y la exigencia. Una política lúcida estimularía en Venezuela ese proceso:

Esa audacia es necesaria; esa audacia será bienvenida por los venezolanos, que queremos reto y acicate. Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. En una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento. (El mes de Jano, 21 de enero de 1995).

Somos una polis interconectada

 

Esa vocación debe ser acompañada

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Entre las cosas más difíciles de hacer, prácticamente heroicas, destaca como una de las más exigentes el cambio de paradigmas, de percepciones, de marcos mentales. Hace nueve años se delineaba este problema, al comentar la incoherencia de la segunda federación de partidos de oposición al chavismo-madurismo, la muy tenaz y valiente Mesa de la Unidad Democrática:

Para que sea eficaz es necesario trabajar en el logro, justamente, de la coherencia. Tal cosa es imposible de lograr en el promedio de las posiciones de oposición, en la combinación negociada de sus respectivas ideologías. Una cosa así sólo puede provenir de un discurso esencialmente diferente, de una nueva especie de organización política. Pero esto último puede ser alcanzado de dos maneras. La más radical es la construcción de esa nueva opción desde cero, la inauguración de una asociación política fresca. La otra es la metamorfosis de organizaciones existentes, y en principio ésta sería la ruta más económica. (…) Claro está, esta segunda posibilidad sólo es viable—esto sí una “política realista”—a partir de la disposición de los actuales partidos democráticos a transformarse en especímenes políticos inéditos, y entonces tendrían que autorizar que en ellos se practicara lobotomía frontal e implante de nuevos circuitos conceptuales, en los que venga impreso un paradigma clínico de la política. Sería necesaria mucha valentía y una elevación grande, en nuestros políticos convencionales, para lograr lo que se necesita a partir de una metamorfosis de lo existente. Pero ¿quién sabe? A lo mejor el aprendizaje de diez años de sobresaltos y desafueros, de ineficacia y de fracaso, ha puesto las conciencias políticas a punto de caramelo. (En Nacimiento o conversión, 4 de junio de 2009).

La tarea, aunque difícil, no es imposible, especialmente en políticos jóvenes, no totalmente esclerosados. Con menos benevolencia, se comentaba en 1985 (Proyecto SPV) este problema: “Las organizaciones políticas que operan en el país no son canales que permitan la emergencia de los nuevos actores que se requieren. Por lo contrario, su dinámica ejerce un efecto deformante sobre la persona política, hasta el punto de imponerle una inercia conceptual, técnica y actitudinal que le hacen incompetente políticamente”. Pero, de nuevo, hace treinta y tres años el país estaba en condiciones muchísimo mejores que las impensablemente desastrosas de estos días; la necesidad de reaprender es hoy una emergencia.

Y el cambio es posible, aunque sea exigentísimo: “…la actual crisis política venezolana no es una que vaya a ser resuelta sin una catástrofe mental que comience por una sustitución radical de las ideas y concepciones de lo político”. (De la presentación del Proyecto SPV). En Krisis – Memorias prematuras (1986), volvería sobre el concepto: “… la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces”.

Los nuevos y más apropiados marcos mentales—teorías de la complejidad, del caos, de las avalanchas, de los enjambres—están disponibles, aunque advierta Wikipedia:

Una revolución científica se produce cuando, de acuerdo a Kuhn, los científicos encuentran anomalías que no pueden ser explicadas por el paradigma universalmente aceptado dentro del cual ha progresado la ciencia hasta ese momento. El paradigma no es simplemente la teoría vigente, sino toda la cosmovisión dentro de la que existe, y todas las implicaciones que conlleva. (Cambio de paradigmaparadigm shift).

Las mencionadas teorías novísimas han sido desarrolladas a partir de la segunda mitad del siglo XX, a pesar de lo cual no hay garantía de que un nuevo paradigma no necesite jamás un reemplazo. Convendrá mantener incólume una sana modestia:

Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra. (En Tiempo de incongruencia, febrero de 1985).

Es la modestia intelectual que caracterizó a Ludwig Wittgenstein; en la penúltima proposición de su monumental Tractatus Logico-Philosophicus proclamó lúcidamente:

6.54 Mis proposiciones sirven como elucidaciones del siguiente modo: quienquiera que me entienda llegará a reconocerlas como sin sentido, cuando las haya usado—como escalones—para trepar más allá de ellas. (Debe, por así decirlo, arrojar lejos la escalera después de haber subido por ella).

En el verdadero largo plazo, la “cuenta larga” de los franceses, es cuestión de paciencia (mucha). Thomas Kuhn dijo en su obra magna, citando a Max Planck: “Una nueva verdad científica no triunfa convenciendo a sus oponentes para hacerlos ver la luz, sino más bien porque sus oponentes mueren tarde o temprano y surge una nueva generación familiarizada con aquélla”.

Yo prefiero con mucho que no muera ningún gigante, al menos todavía. LEA

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Para descargar esta entrada (11 páginas) en formato .pdf: Catástrofe anticatastrófica

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