La strada

 

Anthony Quinn en la obra maestra de Fellini: La calle (La strada), película favorita del papa Francisco

 

Hay protesta de calle contra el chavismo-madurismo desde el 20 de enero de 2001, cuando una marcha de padres y representantes, principalmente mujeres, llevó la consigna que se oponía a los primeros intentos de manipular, con fines de adoctrinamiento socialista, los programas de educación: “Con mis hijos no te metas”. Desde entonces, no ha cesado de protestarse en la calle; en 2002, inolvidablemente, la grandiosa manifestación del 11 de abril de 2002 precedió con sus muertos el golpe de Estado que se conoce como Carmonazo. A partir de allí, la cosa adquirió visos de fórmula de encantamiento; hace once años fue posible hacer esta observación (en Enfermo típico):

El tipo ideal de opositor que estamos considerando es, por otra parte, simplista y trillado. Va por la vida (política) armado de dogmáticas prescripciones estratégicas: “Hay que calentar la calle” (de allí la marcha del domingo 22 para conmemorar el 23 de enero)…

Más recientemente, la fórmula se ha compactado para convertirse en mantra de un solo vocablo: “calle”.

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Quien ahora se muestra más afanado en la convocatoria de manifestaciones callejeras de oposición, Henrique Capriles Radonski, convocó una en marzo de 2013 con la pretensión de lograr con presión ciudadana su proclamación como Presidente electo; algún ramalazo de sensatez lo llevó a desmontar inmediatamente su llamado, argumentando que la exigencia popular conduciría a una seria represión y unas cuantas muertes—varias ha habido en las que por estos días “dirige”—, pero se pasaría un año refiriéndose a Nicolás Maduro con el cognomento de “El Ilegítimo”. Hubo quienes lo criticaran amargamente por aquella reculada; María Corina Machado y Germán Carrera Damas coincidían en condenar el retroceso en conversación que les fuera grabada ilegalmente en junio de ese año. (Puede oírse el audio ya público en María Corina me quiere gobernar).

Dos grandes manifestaciones opositoras se han producido en los últimos ocho meses: el 1º de septiembre del año pasado, cuando se habló de un millón de personas en el este de Caracas, y la del día de ayer. El servicio de noticias de Costa del Sol FM trajo hoy un cálculo de la más reciente asistencia:

Medición de fuerzas

El oficialismo, con todos sus recursos halagadores y coercitivos, con todos sus autobuses y ventajas comunicacionales, sólo habría logrado movilizar una cuarta parte de la masa opositora. Ésta fue a marchar principalmente para drenar su sensación de angustia y preocupación, para expresar su repudio a un régimen agudamente pernicioso, para decir lo que todo el mundo sabe: que una mayoría abrumadora del Pueblo de Venezuela no quiere que nos presida Maduro un minuto más. Un buen número de los marchistas cree que con “presión de calle” el gobierno caerá, un buen número piensa que algunos militares debieran alzarse y deponer a Maduro—¿los “militares decentes” de Juan Carlos Sosa Azpúrua o el “Larrazábal II” que predica Luis Ugalde S. J.?—, la mayoría que se trata de un deber ciudadano contra un gobierno que cierra las vías electorales. Las cosas no son tan simples, sin embargo, y procurar salidas militares a un régimen militarizado es un contrasentido.

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Un afanoso asesor de la dirigencia opositora me decía anoche que la manifestación de septiembre de 2016 había sido mayor, aunque el movimiento en el interior de la República habría sido ayer mucho más significativo en términos de asistencia. Al preguntarle por el próximo paso estratégico de la Mesa de la Unidad Democrática, contestó que su dirigencia no parecía tener idea de cuál sería; el día antes me había enviado por Whatsapp un microvideo de “Decisión Ciudadana”, con lo que parecía ser la consigna dominante: “Presidenciales 2017”. Pero me dijo que sobre esto no había consenso en la MUD y que, por lo contrario, había una profunda zanja entre quienes querían esas elecciones este mismo año y quienes preferían que ocurrieran en 2018. Entonces le recordé que desde 2014 ya había importantes dirigentes de la MUD (reservaré sus nombres) que predicaban lo segundo, sobre el argumento de que Maduro debía cocinarse en su misma salsa y pagar los costos políticos del deterioro. (Sin importar que el sufrimiento popular aumentara). Por último, le pregunté si la dirigencia de oposición estaría dispuesta a procurar una alianza del Poder Constituyente Originario y la Asamblea Nacional—como propuse el 9 de enero de 2016, a cuatro días apenas de su instalación (en el programa #178 de Dr. Político en Radio Caracas Radio)—, para que ese poder supremo mandara elecciones presidenciales inmediatas según el procedimiento descrito el 22 de octubre pasado, hace casi seis meses, en Prontas elecciones. Su respuesta: “No, no hay disposición para eso”.

Pero la masa que marcha y recibe gases y disparos sigue atendiendo los pedimentos de esa dirigencia carente de imaginación estratégica, que por ejemplo no considera otra posibilidad, si es que ya se ha convencido* de que las vías democráticas usuales son de imposible apertura: la abolición del régimen (Manda Su Majestad, 17 de diciembre de 2016) que, como se explicara acá al día siguiente del incidente de San Félix (Referéndum en sauvage), puede darse en la calle.

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En todo caso, la dinámica política venezolana, le strade venezuelane, está a punto de desaguar por algún cauce definitivo y el de la locura es uno harto probable; hay mucho loco suelto, y Diosdado Cabello es uno:

 

Es suprema responsabilidad de la dirigencia opositora evitar cosas como ésa. Puede asumir, sin rasgadura heroica de vestiduras, sin falsos orgullos—”No nos vamos a arrodillar”—, sin desplantes patrióticos en Facebook o por Twitter, el deber de evitar males mayores y finales. Puede tomar la palabra de los actores oficiales y recuperar la eficacia de la Asamblea Nacional, que entonces podría convocar referendos que disuelvan la altísima peligrosidad del momento (tanto Maduro como el Tribunal Supremo de Justicia han hablado de solucionar el desacato de la Asamblea), incluyendo uno que mande elecciones presidenciales inmediatas desde el poder del Pueblo. Puede tomar conciencia de que no debe exigir ciertas cosas, como la liberación sin condiciones de los “presos políticos”; entre los calificados así hay unos cuantos que están recluidos como consecuencia de sentencia judicial y su anulación no puede ser decidida en una “mesa de diálogo”. Pudiera aceptar entonces la fórmula preacordada de una “comisión de la verdad” que revise esto caso por caso, o desde una Asamblea con facultades plenamente recuperadas podría dictarse un decreto de amnistía—el numeral 5 del Artículo 187 de la Constitución establece que corresponde a la Asamblea “Decretar amnistías”, como se le advirtió acá ¡el 11 de diciembre de 2015! (Sobre amnistías) sin que, una vez más, hiciera caso—, un decreto que sea razonable, viable. Pudiera disponerse a coordinar con el Ejecutivo Nacional, como lo manda el Artículo 136 de la Constitución, el establecimiento de “una comisión de enlace que determinará urgentes acciones coordinadas entre ambos para resolver o paliar la crítica situación” (Plantilla del Pacto, 25 de abril de 2016), en lugar de requerir la apertura de canales “humanitarios”. Puede entender esa dirigencia que ninguna mesa de diálogo puede acordar “elecciones generales”, puesto que ellas comportan una modificación constitucional que sólo es válida después de un referendo aprobatorio. (Lo que debieran entender actores internacionales que opinan sobre nuestros asuntos con desconocimiento de nuestra armazón constitucional y legal; éstos pudieran también recapacitar sobre la contradicción de exigir al gobierno cronogramas electorales que son prerrogativa del Poder Electoral y al mismo tiempo afirmar que en Venezuela ¡no hay separación de poderes!).

La situación nacional es delicadísima, pero hay un resquicio aún no totalmente obliterado para que la sensatez se cuele. El gobierno debe, aun más que la oposición, amarrar a sus locos; el presidente Maduro debiera impedir que el Sr. Cabello incite crímenes con nombre y apellido, y si Luisa Ortega Díaz advierte que debe contenerse a tan alucinado y peligroso ciudadano, que Maduro no sugiera que ella es una traidora. El día de la escaramuza, que no de la batalla, de San Félix, recordé acá:

Es el enjambre, Presidente, lo que puede perfectamente matarle. No un asesino a sueldo, no un asalto militar. Ud. pudiera morir como Mussolini sin Petacci. Si Ud. continúa en su libreto, y busca dominar a Venezuela como Castro sojuzga a Cuba; si Ud. manda a atacar ahora a una decena de urbanizaciones en Caracas para aterrorizar las casas de sus enemigos; si Ud. llegare a ordenar una vez que se eche el común delincuente, con la seguridad de resultar impune, sobre los pobladores que le adversan, en alguna persecución de nombre y apellido, sepa que está sellando su suerte.

Lo mismo pudiera pasarle a Cabello, por más protegido que se encuentre, y el gobierno está aun más obligado que la oposición a procurar la paz y la prosperidad de la Nación.

No es frecuente, lamentablemente, que procesos como el nuestro se resuelvan con racionalidad, pero considero mi deber señalar posibilidades sensatas. El caudaloso río de la angustia nacional está a punto de desbordarse, y el gobierno debe saber que a pesar de sus recursos represivos lleva las de perder ante la gigantesca mole de la desesperanza popular, que puede convertirse en agresividad masiva. Un amigo me escribe, al comparar las cifras de asistencia de ayer: “A change is in the offing”. (Un cambio está en el aire). La clase política venezolana, de ambos lados de la destructiva polarización, está obligada a evitar que esa transformación sea muy, pero muy dolorosa. LEA

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*Por ejemplo, porque hubiera experimentado la “epifanía” de que Maduro es un dictador. La utilidad de una etiqueta como ésa es bajísima; lo que es práctico es describir operativamente unas conductas que, en cualquier caso, el país conoce perfectamente desde hace mucho. En 2002 redacté un Acta de Abolición del gobierno de Chávez, que propuse el 25 de febrero de ese año en Televén. Allí ya se decía: “…el gobierno presidido por el ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías se ha mostrado evidentemente contrario a [la paz y la prosperidad de la Nación], al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto…” El 17 de diciembre pasado añadía a ese prontuario, para el caso de Maduro, “impedir la manifestación y el ejercicio de la voluntad popular, encarcelar personas arbitraria e injustamente…” ¿En qué es útil llamarlo dictador?

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La historia desaparecida

El estereotipo

 

recular Dicho de una persona: Ceder de su dictamen u opinión.

Diccionario de la Lengua Española

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Con fecha de hoy aparece en Facebook el siguiente texto, de la autoría de Bernard Horande:

Maduro quiso tirarse al coleto a la AN. Maduro le ordena al TSJ que emita ambas sentencias, disolviendo en la práctica la AN. Maduro recula ante la masiva condena internacional y la presión creciente nacional. Maduro reúne un esperpento de Consejo de Defensa, al cual no acuden dos partes claves en el conflicto: la Fiscal y la AN. Maduro le ordena al TSJ que “revise” las sentencias, lo cual sucede en tiempo récord, como siempre. Ahora Maduro trata de remendar el entuerto tomándose fotos con la Fiscal, para hacernos creer que siguen siendo panas (cuando no es verdad, están más que distanciados, ni hablar de Cilia que la odia), que aquí no ha pasado nada, que seguimos en democracia, que todo ha sido una habilidísima [sic] jugada de ellos para… bueno ¿para qué? pues para nada… perdón, sí, para algo, para que surjan brillantes analistas a decir que nos jodieron otra vez y que caigamos en desesperanza, cosa que el G2 no pela oportunidad de reforzar y nosotros de replicar para dar la sensación de que somos más listos que los demás. Lo cierto es que para el mundo entero Maduro ya es un dictador, internamente para nosotros también lo es, y las condenas y la presión para el final de esta dictadura mediante unas elecciones seguirán creciendo.

Una condena frontal

Eso no es, por supuesto, ni la mitad de la historia, apartando que puede ponerse en duda que a Horande le conste que Nicolás Maduro ordenó al Tribunal Supremo de Justicia que emitiera las sentencias 155 y 156, de las que ha reculado, así como cuestionarse la utilidad de la etiqueta dictatorial. Tiene razón, sin embargo, al destacar que las reacciones internacionales y locales hicieron lo suyo para la reversión de las sentencias, aunque no enfatiza el evento crucial en tal desenlace: la valiente actuación de Luisa Ortega Díaz; fue esto lo que provocó la veloz reculada, por cuanto se trataba de la voz de una funcionaria de gran peso y muy respetada en las filas del oficialismo, quien declaró inequívocamente: “En dichas sentencias se evidencian varias violaciones del orden constitucional y desconocimiento del modelo consagrado en nuestra Constitución de la Republica Bolivariana de Venezuela… lo que constituye una ruptura del orden constitucional”.

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El Consejo de Defensa de la Nación mismo no es un esperpento—DRAE: Persona, cosa o situación grotescas o estrafalarias—; fue creado en la Constitución en su Artículo 323: “El Consejo de Defensa de la Nación es el máximo órgano de consulta para la planificación y asesoramiento del Poder Público en los asuntos relacionados con la defensa integral de la Nación, su soberanía y la integridad de su espacio geográfico. A tales efectos, le corresponde también establecer el concepto estratégico de la Nación. Presidido por el Presidente o Presidenta de la República, lo conforman, además, el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, el Presidente o Presidenta de la Asamblea Nacional, el Presidente o Presidenta del Tribunal Supremo de Justicia, el Presidente o Presidenta del Consejo Moral Republicano y los Ministros o Ministras de los sectores de la defensa, la seguridad interior, las relaciones exteriores y la planificación, y otros cuya participación se considere pertinente. La ley orgánica respectiva fijará su organización y atribuciones”. Si fue convocado no fue porque el asunto tuviera que ver con “la defensa integral de la Nación, su soberanía y la integridad de su espacio geográfico” (aunque el TSJ hubiera manifestado paranoides temores de conmoción nacional grave), sino porque se esperaba la asistencia de Julio Borges, Presidente de la Asamblea Nacional, lo que es inconsistente, puesto que el Tribunal Supremo de Justicia no reconoce su investidura, aduciendo que fue electo írritamente por una Asamblea Nacional en desacato cuyas decisones serían inválidas hasta que se mantenga así. Además, para matar dos pájaros de un tiro, también se esperaba que compareciera Ortega Díaz, quien debió recibir invitación especial, dado que ya no preside el Consejo Moral Republicano (lo hacía en 2014; ahora la función recae en Tarek William Saab, Defensor del Pueblo). Para tales fines, la convocatoria no funcionó, pues ni Borges ni Ortega hicieron acto de presencia. En cambio, la sesión concluyó con la exhortación al TSJ para que “revisara” sus problemáticas sentencias, “la cual aceptó”:

Tras el exhorto del Consejo de Defensa de la Nación y luego de revisar los contenidos de las sentencias 155 y 156, publicadas el pasado 28 y 29 de marzo respectivamente, la Sala Constitucional precisó a través de su portal web: Decisión del TSJ sobre la sentencia 155: “Se Aclara de Oficio la sentencia N° 155 de fecha 28 de marzo de 2017, en lo que respecta a la inmunidad parlamentaria. Se suprime dicho contenido. Se suprime la cautelar 5.1.1 de dicho fallo”. Decisión del TSJ sobre la sentencia 156: “Se Aclara de Oficio la sentencia N° 156 de fecha 29 de marzo de 2017, en lo que respecta al punto 4.4 del dispositivo referido a que la Sala Constitucional garantizará que las competencias parlamentarias sean ejercidas directamente por ésta o por el órgano que ella disponga, para velar por el Estado de Derecho; cuyo contenido se suprime.

La commedia è finita.

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¿O no? Creo que falta al menos un tercer acto y asimismo un largo prólogo que recuente los siguientes hechos:

Primero: la proclamación de Nicolás Maduro, que resultó electo Presidente de la República el 14 de abril de 2013 por estrechísimo margen—sus cifras venían en estrepitosa caída; de haberse celebrado la votación una semana después habría perdido por estrechísimo margen—, fue cuestionada y una vez más se habló de fraude electoral. Henrique Capriles Radonski se refirió a Maduro con el cognomento de “El Ilegítimo” durante más de un año, a pesar de la ampliación de la auditoría de las elecciones a 100% de las mesas de votación. (Ver La torpeza de la deshonestidad).

Segundo: en ese mismo año, Capriles pretendió que las elecciones municipales del 8 de diciembre serían un “plebiscito” sobre el gobierno de Maduro—lo perdió de calle—, y veinticuatro horas antes Leopoldo López y Ma. Corina Machado lo torpedearon con la publicación de un manifiesto a favor de una constituyente para “#lasalida” de Maduro (por un breve tiempo conocida como “#lamovida”). El 16 de enero hablaba Capriles de una “puñalada en la espalda”, imagen que ha repetido Maduro por estos días para referirse a su propia disidencia interna. López & Machado torpedeaban asimismo una incipiente cooperación del gobierno con alcaldes de oposición en materia de seguridad ciudadana; tal cosa no podía ser permitida.

Tercero: en 2014 “#lasalida” endureció su línea, inaugurando la temporada de guarimbas con la marcha hacia la Fiscalía General de la República. (Sí, con la misma heroína Luisa Ortega Díaz en su jefatura). En un post scriptum a Leopoldo è mobile qual piuma al vento, puse: “Lo siguiente fue la ocurrencia del 12 de febrero de 2014, ya claramente distanciada de la línea de la MUD. (Ver en este blog La marcha de la insensatez). En la tarde de ese infausto día, quien escribe veía como muchos venezolanos la transmisión de NTN 24, la televisora colombiana que estaba avisada; había programado un grupo de entrevistas que sólo mostrarían a conspicuos radicales: Leopoldo López, Ma. Corina Machado, Diego Arria y ¡Otto Reich! (¿Por qué consideró NTN 24 que el Sr. Reich, gente de Reagan y los Bush, tenía algo pertinente que decir en los justos momentos cuando se desarrollaban los violentos acontecimientos?)”

Cuarto: poco después de las primeras refriegas, asistimos al espectáculo de un “diálogo” televisado en el Palacio de Miraflores (10-11 de abril de 2014), según el guión oficialista. Maduro llegó a decir en su discurso de cierre que vio “la buena intención” en el rostro de los opositores, a pesar de que Capriles había cerrado el grupo de oradores de la Mesa de la Unidad Democrática con una nueva referencia a los cuadernos de votación del 14 de abril del año anterior. (“La Ley Orgánica de Procesos electorales menciona el cotejo de cuadernos electorales para casos del contencioso electoral, es decir, en caso de impugnaciones específicas, no como procedimiento universal según peregrina idea de la MUD-Capriles”; ver Las reglas de juego, 14 de abril de 2013). “El inusual debate de ideas en un país sumido en una extrema polarización en cada institución estatal, contó con la bendición del papa Francisco, que a través de un mensaje leído por el nuncio Aldo Giordano, pidió a ambas partes que se abran, se reconozcan, se respeten y perdonen y que no se detengan ante la coyuntura de lo conflictivo”. (Noticias 24). La manifiesta ineficacia del aparatoso diseño motivó en este blog la recomendación de reconstruir la instancia sobre nuevas bases. (Una segunda oportunidad: Diálogo 2.0).

Quinto: el 6 de diciembre del año siguiente, la oposición lograba una mayoría determinante de 112 diputados en la Asamblea Nacional. Acá puesto anteayer en Sobre renglones torcidos: “…la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia—el órgano llamado a conocer recursos del derecho contencioso electoral—recibió nueve impugnaciones de algunos de los resultados de la votación, a siete de las cuales se opuso el propio CNE. Bastaba, en principio, que prosperara la invalidación de tres diputados opositores para destruir la mayoría de dos tercios, requerida para actos cruciales del control legislativo como la elección de magistrados del TSJ. (Si a ver vamos, la cámara había sido reducida a un total de 163 diputados, y 109 siguen siendo las dos terceras partes de esa base; pero la Asamblea conducida por Henry Ramos Allup nunca quiso probar una votación calificada con esos números)”. En esa misma entrada del 31 de marzo se dio cuenta del persistente desconocimiento del presidente Maduro desde la Asamblea Nacional, evidenciado en la declaración inicial de Ramos Allup en cuanto tomó posesión de su Presidencia, al postular que era “un compromiso no transable” del nuevo Poder Legislativo Nacional “buscar nosotros, dentro del lapso de seis meses a partir de hoy, una salida constitucional, democrática, pacífica y electoral para la cesación de este gobierno”. Es decir, fue él quien iniciara, con esa declaratoria de guerra, el conflicto entre poderes en el que las sentencias 155 y 156 del TSJ han sido las incidencias más recientes. Después intentaría la Asamblea la avenida de invalidar la investidura del Presidente de la República sobre la base de su presunta doble nacionalidad, que abandonó al recibir de la Registraduría Nacional de Colombia la constancia de que Nicolás Maduro no aparece en sus archivos como ciudadano de ese país. También abandonaría la noción de recortar su período mediante una enmienda constitucional, al percatarse de que el Tribunal Supremo de Justicia la declararía de aplicación retroactiva inválida al caso de Maduro, y se sentó a esperar el proceso revocatorio que la Mesa de la Unidad Democrática intentó activar con retraso de tres meses. (Desestimado inicialmente por el propio Ramos Allup y Jesús Torrealba, entre otros que se oponían porque haría subir las acciones de Capriles, posicionado como el titular exclusivo de la franquicia de la revocación, a pesar de que voces diferentes—la del suscrito entre otras, el 14 de abril de 2013 en Se cae de maduro—habían alertado acerca de tal posibilidad constitucional a partir del 11 de enero de 2016).

Sexto: para coronar las ofensivas bélicas de la Asamblea Nacional contra el Poder Ejecutivo Nacional presidido por Maduro, el 9 de enero de este año culminó el “juicio político” en su contra proclamando su abandono del cargo (¡?), lo que ni siquiera creía ella misma, puesto que omitió oficiar al Consejo Nacional Electoral ordenando la celebración de elecciones presidenciales. Por último, ya en la última fase de su desvarío, aprobó el “Acuerdo sobre la reactivación del proceso de aplicación de la Carta Democrática Interamericana de la Organización de Estados Americanos” el 21 de marzo. ¿Podemos sorprendernos del aumento de la crónica paranoia oficialista que, en su concepto épico de la política, interpretó tal cosa como preludio a una invasión de Venezuela por efectivos muy bien armados del Comando Sur de los Estados Unidos?

Ésta es, esquemáticamente, una historia desaparecida; si bien las decisiones de la Sala Constitucional fueron monstruosas—tanto que Luisa Ortega Díaz fue incapaz de digerirlas—, es igualmente verdadero que Maduro ha experimentado una larga secuencia de intentos de deponerlo desde el mismo día de su elección—que incluye la apelación a “militares decentes” por parte de Juan Carlos Sosa Azpúrua y la recomendación de encontrar “un Larrazábal II” que ha hecho Luis Ugalde S. J.—, y también es cierto que el absurdo de las sentencias es igualado por el de la peregrina declaración de que ha abandonado su cargo. (Al igual que el TSJ, la Asamblea Nacional debiera reconocer su error y “suprimir” tal declaratoria).

Son cosas éstas que naturalmente no cabían en el conciso párrafo de Horande; él ha insurgido contra “brillantes analistas” y su especie de que el gobierno ha tenido un nuevo triunfo al echar para atrás las torpes y extralimitadas sentencias. Tiene razón; el gobierno ha sufrido una vergonzosa y costosa derrota. Ya el 27 de marzo declaraba a El Universal, que lo presentaba como “experto en mercadeo político”:

Definitivamente, en la consulta del pueblo está la clave de la salida de la crisis política, social y económica en la que está sumergido el país; pero no se trataría de una convocatoria a elecciones generales como se insiste de manera radical, sino en el llamado al país, a través de la figura del referéndum consultivo, que permita recoger la opinión de la mayoría de los venezolanos sobre el álgido tema. Así lo estima el consultor en planificación de estrategias de mercadeo, Bernard Horande, para quien “debería insistirse más en la necesidad de una consulta a la gente en este momento, si el Gobierno debe continuar o no; porque entre otros, no podemos dejar que la gente siga pasando hambre, por la carencia y altos costos de la comida que ha llegado al extremo de ver cómo crece cada día más la cantidad de personas comiendo de la basura”.

No puedo menos que saludar esa clara postura de Horande, quien ha puesto en Facebook: “la presión para el final de esta dictadura mediante unas elecciones seguirán creciendo”. La presión, como he argumentado (en ¿Con qué se come eso?, 16 de marzo), debe ejercerse sobre la Asamblea Nacional:

Cuando se piensa en el mantra de la “presión de calle” se le cree dirigido contra el gobierno y sus aliados: la soñada marcha a Miraflores o las protestas ante el Consejo Nacional Electoral. (…) Es tiempo de pensar en la presión ciudadana sobre el Poder Legislativo Nacional, sobre “nuestros” representantes. ¿Para qué? Para que hagan el aporte decisivo al meollo del problema político nacional que, en sentido restringido, se define como la sustitución perentoria del gobierno que preside Nicolás Maduro y, en sentido amplio y no menos importante, requiere el reemplazo del esquema socialista. Para que la Asamblea Nacional establezca alianza con el Poder Constituyente Originario y lo convoque a referéndum. (…) Para traer el Poder Supremo del Pueblo, como grande y definitivo terapeuta, a decidir si conviene el socialismo a Venezuela y si quiere elecciones presidenciales (no elecciones “generales”) inmediatas. (Ver en este blog ¿Qué espera la Asamblea Nacional? y Prontas elecciones, del 8 de marzo y el 22 de octubre de 2016, respectivamente).

Ahora que el gobierno y el TSJ se han visto forzados a reconocer que la Asamblea Nacional debe disponer de todas sus facultades, ella podría convocar la consulta vislumbrada por el experto en mercadeo por mayoría simple, ella pudiera iniciar el tercer acto en el que nosotros, el Pueblo, debemos por fuerza ser los protagonistas eficaces. Somos nosotros quienes podemos darnos elecciones presidenciales inmediatas. LEA

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Actualización: parece ser trending topic el anhelo de enjuiciar a los magistrados de la Sala Constitucional por haber violado la Constitución con las sentencias 155 y 156, que ya han enmendado. A favor de eso se pronuncia, por ejemplo, el exfiscal Javier Elechiguerra. A un amigo que me escribió sobre el asunto le puse: “Pienso que distraerse en la prosecución de los jueces es perder la brújula estratégica”. Se requiere calma para no gastar energía escasa y preciosa en inquisiciones; hay que dedicarla al logro de elecciones presidenciales inmediatas. Vale.

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Doble conminación

Apuntando a dos blancos

 

En el programa de Dr. Político por Radio Caracas Radio del último sábado (emisión #241) se dirigió una exigencia a los Poderes Legislativo y Ejecutivo Nacionales (y al Partido Socialista Unido de Venezuela y la Mesa de la Unidad Democrática)* para que acuerden convocar al Poder Constituyente Originario, a fin de que este Poder Supremo del Estado venezolano dilucide las cuestiones fundamentales de nuestra problemática política: la conveniencia para el país de un régimen político-económico socialista y la celebración de elecciones presidenciales inmediatas. Estas cosas no requieren de un diálogo complicado o prolongado y tampoco el “acompañamiento” de expresidentes o enviados pontificios; basta que cada una de las partes entienda que la democracia participativa tiene la solución a la crisis política nacional: “Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional”. (Gran Referendo Nacional, 5 de febrero de 2003).

He aquí el fragmento de audio correspondiente a ese reclamo:


LEA

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* Venebarómetro, febrero de 2017: PSUV, 24,5%; los cinco mayores partidos de la MUD (el quinto COPEI con 1,0%) suman 25,9%; no saben o no responden, 40,8%.

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Atribuciones de una autoridad planetaria

Opinión de un ciudadano del mundo

 

El conocimiento de un único gobierno temporal sobre la humanidad es lo más importante y lo menos explorado. Dado que esta teoría es una ciencia práctica, su primer principio es la meta de la civilización humana, la que debe ser una y la misma para todas las civilizaciones particulares. Por el gobierno temporal del mundo o imperio universal entendemos un único gobierno sobre todos los hombres en el tiempo, esto es, sobre y en todas las cosas que pueden ser medidas en tiempo.

Dante Alighieri De Monarchia, 1313

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Todavía falta tiempo bastante para que una conciencia irreversible se apodere de los seres humanos: que la suprema condición política es la de ciudadano del planeta, que la polis que finalmente tiene sentido es la planetaria.

Ciudadanía mundialCarta Semanal #285 de doctorpolítico, 8 de mayo de 2008

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Lectura obligatoria

Urgently needed is a Humanity Constitution which institutionalizes a suitable global regime and decision-making bodies, while avoiding “structural sin”, such as expanding interventions beyond what is essential.

Yehezkel DrorAvant-Garde Politician – Leaders for a New Epoch, 2014

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En la carta de la que procede el segundo epígrafe, se formulaba el problema hace casi una década en estos términos:

…no tenemos gobierno mundial. Hay una asociación de estados-nación, más bien tenue, en la Organización de las Naciones Unidas, y ciertamente han ido añadiéndose instituciones planetarias con autoridades hasta hace poco inexistentes. (La Corte Penal Internacional es el caso más destacado y significativo). Por otra parte, hay megaprocesos cuya presión va llevándonos a conformar, en algún momento no tan lejano, una polis del mundo. Hay un calentamiento global que todos causamos, desde una vaca en Abisinia hasta un fumador en Estocolmo, desde un tractorista en Wisconsin hasta un talador en la Selva Amazónica. El clima no reconoce fronteras. Hay, desde hace tiempo ya, corporaciones transnacionales, pero también crimen transnacionalizado, desde el más vulgar hasta el terrorista, incontenible por policías locales. Hay, también, un cerebro del mundo en construcción. Google procesa ya alrededor de mil millones de búsquedas por día, y todavía la Internet está en pañales. Nos preocupa Chávez, pero también Putin y Bush, y se nos engurruña el corazón con un volcán chileno o un ciclón birmano. El mundo es plano, argumenta Thomas Friedman.

Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones. ¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario, compuesto por miembros elegidos por los bloques de la “geotectónica política”. Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como subbloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagará?

En la base de todo tendría que estar la conciencia apuntada al principio: la de que en verdad somos, por encima de cualquier otra cosa, ciudadanos del planeta; la de que es una nueva soberanía planetaria, emanada del único pueblo del mundo, lo que dará base a un gobierno del mundo.

Esta última noción, la de soberanía planetaria, establece la única legitimidad posible para un gobierno del mundo: que la “Constitución de la Humanidad” propuesta por Yehezkel Dror sea aprobada por una mayoría calificada—¿dos terceras partes?—de la población del mundo expresada en referéndum, lo que es, en época de la extensa Internet, tecnológicamente posible. Cualquier otra cosa sería la imposición aristocrática de los barones del mundo. Aquí difiero de esta percepción del Prof. Dror: “La democracia global, en un sentido u otro, no es factible en el futuro previsible y la ficción de la igualdad entre los estados no puede servir de base para el régimen global requerido”. Si bien su advertencia opera para la toma de decisiones ordinaria de una autoridad mundial, sólo un origen constitucional democrático de ésta en un referéndum planetario que es viable dará fundamento a su legitimidad. Pudiera organizarlo un Consejo Mundial Electoral que presida Mark Zuckerberg.

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A la creación de los Estados Unidos en América del Norte (1777), sus padres fundadores redactaron y aprobaron su primer texto constitucional, en el que establecieron la igualdad fundamental de tránsito y comercio de sus ciudadanos—salvo para los pordioseros, vagabundos y prófugos de la justicia—en todo el territorio de la unión (la integración económica de un plumazo en su Artículo 4).* En ese documento—Articles of Confederation—se plasmó la sabia decisión de limitar los poderes del nuevo estado federal a tres cosas: 1. la conformación y jefatura de un solo ejército; 2. la dirección de una sola política exterior; 3. el establecimiento y administración de una sola moneda. (En el Artículo Segundo se estableció clara y explícitamente: “Cada estado retiene su soberanía, libertad e independencia, y todo poder, jurisdicción y derecho que no sean por esta Confederación expresamente delegados a los Estados Unidos reunidos en Congreso”).

Algo así sería necesario para establecer una autoridad planetaria, la Global Authority que Dror visualiza;** la propone formada por un Directorio, un Consejo—mayormente científico—y una Corte Global de Justicia. Es de suprema importancia que Dror especifique un espacio a la inteligencia y el conocimiento en el Consejo de tal gobierno mundial. (Carl Sagan era más radical, según reporta Guy Soreman en Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo):

¿Qué propone, pues, Sagan a una humanidad bloqueada incómodamente a medio camino entre la mundialización y la autodestrucción? Es poco probable, estima él, que la sabiduría gane la batalla, si permanecemos encerrados en los marcos políticos y mentales concebidos en una época en que los hombres eran menos numerosos e incapaces de destruir el planeta. Sólo la utopía es hoy razonable. La utopía política: hay que retirarle el poder a la clase política, para dárselo… ¡a los sabios! “La ciencia tiene respuestas, a condición de que se nos quiera escuchar”. (Citado en La hora del filósofo-rey).

En la tradición de Elías

Dror sugiere tentativamente que el Consejo “esté compuesto por 16 miembros, la mitad de ellos ganadores del Premio Nobel” que sean menores de 60 años de edad. (¿Debiera permitirse que las academias sueca y noruega, por más prestigiosas que sean, determinen la composición de la mitad de un cuerpo de autoridad mundial?) Pero Dror tiene razón al incluir bajo ese Consejo lo relativo a la “evaluación de los peligros que se deriven de desarrollos de la ciencia y la tecnología”, que han sido su preocupación constante; hay que hacer caso al autor de Crazy States (1971),*** al vigilante del terrorismo como fenómeno, cada vez más globalizado y sofisticado.

En todo caso, y más allá de esa área específica, falta por establecer cuáles serían los asuntos sobre los que la autoridad mundial debiera tener injerencia exclusiva.

Como a los estadounidenses de 1777, convendría mucho a los pueblos de la tierra que hubiera en el planeta una única moneda, pues así cesarían de cuajo los serios problemas que se derivan de las tasas de cambio diferenciales de monedas diferentes. Esto es, debe pensarse en una autoridad monetaria única del mundo, y tal vez esto deba caer fuera de las tres instituciones sugeridas por Dror, del mismo modo que un banco central sano goza de autonomía respecto de la autoridad ejecutiva en un país sanamente gobernado. (Es previsible que una moneda única mundial llegue a expresarse como criptomoneda, como bitcoin).

En materia de defensa, debiera pasar al dominio exclusivo de la autoridad mundial todo el arsenal de armas de destrucción masiva; no debe permitirse, por ejemplo, a ninguna nación la posesión de armas nucleares.

Mucho se ha pensado, en una especie de convicción de invulnerabilidad final muy acusada en nuestro pueblo, que una conflagración nuclear en países del Hemisferio Norte (OTAN-Varsovia), si bien nos afectaría grandemente por el lado económico, al menos nos sería leve en cuanto a lo físico, a los daños por los efectos mismos de las explosiones, entre otras cosas por distancia y por factores naturales tales como el pulmón del Matto Grosso. Pero los modelos más recientes de meteorología nuclear nos muestran cómo nos veríamos directa e impensablemente afectados por un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, que incluiría la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación) y de nubes intensamente radiactivas. (Para un caso base de un intercambio de 5.000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal actual. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, agosto de 1984). (En Debate Viso, Urbaneja, Alcalá; 10 de diciembre de 1984).

Luego, es mi opinión que la exploración del espacio extraterrestre, así como la posible explotación de recursos fuera de la tierra, debe ser conducida por la autoridad mundial: “Los astrofísicos consideran muy seriamente la posibilidad de vida inteligente extraterrestre. En realidad, dado el gigantesco número de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos solos en el cosmos resulta, decididamente, una conjetura presuntuosa”. (Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990). “Para prevenir escenarios de invasiones agresivas extraterrestres, o para demoler aerolitos amenazantes en imitación de Bruce Willis en Armagedón, la Organización de las Naciones Unidas debiera asumir un único control planetario de esta clase de armamentos [nucleares]”, escribía en Ideas para la crisis el 7 de abril de 2009. Bueno, ahora ese control debiera estar en manos de la autoridad global droriana.

La demolición de las torres gemelas del Centro Mundial de Comercio en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, fue el primer acto de hiperterrorismo por el que el mundo se alarmara y acongojara, y el gobierno de los Estados Unidos respondió con una retaliación militar, la invasión de Irak, que habría sido lo indicado si se tratara de que un estado fuera el responsable de los ataques. Pero, por más grande que fuese, el monstruoso atentado fue un hecho criminal a tratar policialmente, sólo que no tenemos una policía antiterrorista mundial. Pues bien, ella debe ser establecida para ocuparse del terrorismo transnacional y tal vez otros delitos penetrantes de fronteras, como el tráfico de armas y la trata de blancas. Necesitamos una policía planetaria, un FBI mundial. (Precedente: el secuestro del hijo de Charles Lindbergh y Anne Morrow en 1932 propulsó la declaratoria de esa ofensa como delito federal; es decir, fue sustraída de la jurisdicción penal de los estados una vez que sus fronteras fueran cruzadas por los secuestradores).

Definitivamente, por último, debe caer bajo el control de la autoridad mundial lo concerniente a la protección del ambiente terrestre, con multas y todo. “El clima no reconoce fronteras”, y en esto, como también en los restantes problemas, la autoridad mundial puede echar mano de los recientes progresos en materia de acuerdos internacionales; en este caso, sobre la protección ambiental del mundo.

………

En suma, hay que pensar como Yehezkel Dror lo hace. Ya en 2001 proponía en su reporte al Club de Roma (The Capacity to Govern) una noción que relanzaría una década después en The New Ruler: que la razón de Estado debía ser superada por la razón de Humanidad. LEA

………

* The better to secure and perpetuate mutual friendship and intercourse among the people of the different States in this Union, the free inhabitants of each of these States, paupers, vagabonds, and fugitives from justice excepted, shall be entitled to all privileges and immunities of free citizens in the several States; and the people of each State shall free ingress and regress to and from any other State, and shall enjoy therein all the privileges of trade and commerce, subject to the same duties, impositions, and restrictions as the inhabitants thereof respectively, provided that such restrictions shall not extend so far as to prevent the removal of property imported into any State, to any other State, of which the owner is an inhabitant; provided also that no imposition, duties or restriction shall be laid by any State, on the property of the United States, or either of them.

** En el siguiente enlace puede descargarse una sección del capítulo Circumscribed Global Leviathan de Avant-Garde Politician – Leaders for a New Epoch (págs. 39-42) de Yehezkel Dror, en archivo de formato .pdf: Global Authority

*** “Un estado loco 1. tiene objetivos muy agresivos en contra de otros; 2. mantiene un profundo e intenso compromiso con esos objetivos (dispuesto a pagar un alto precio por su logro y a correr grandes riesgos); 3. está imbuido de un sentido de superioridad frente a la moralidad convencional y las reglas habitualmente aceptadas de la conducta internacional (dispuesto a la inmoralidad e ilegalidad en términos convencionales en nombre de ‘valores superiores’); 4. exhibe un comportamiento lógicamente consistente dentro de tales paradigmas; 5. lleva a cabo acciones externas que impactan la realidad (incluyendo el uso de símbolos y amenazas)”. A los veinte años de la publicación de Crazy States, Daniella Ashkenazy entrevistaba a Dror en The Jerusalem Post; allí destacó:

Crazy States was written in an era before terrorists and separatist and liberation movements began blowing up aircraft and buses, kidnapping civilians and politicians, and killing Olympic sportsmen. Dror put a great deal of energy into proving that his vision of the future was within the realm of probabilities. Crazy States mapped out a vision that humanists found hard to accept. The prestigious American Political Science Review observed: “Brilliant thinking … but how can he be so fantastic and distanced from reality?” In retrospect, while Dror may have the last laugh, it’s a hollow one. “I have mixed feelings about being right – both satisfaction and regret,” he replied; “intellectual satisfaction; regret as a human being.”

“Resueno, pues, con la tristeza de Yehezkel Dror; no hay diversión en ver cómo se desenvuelve un resultado negativo del que uno advirtiera”. (Hallado lobo estepario en el trópico, 28 de mayo de 2011).

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Del catastrofismo como placer

Un camino a la notoriedad

 

catastrofismoActitud de quien, exagerando con fines generalmente intimidatorios, denuncia o pronostica gravísimos males.

Diccionario de la Lengua Española

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El estropicio causado en Venezuela por el chavismo-madurismo es de muy grandes proporciones. Al término de su dominación, será preciso practicar cirugía reconstructiva sobre el Estado venezolano y hacer mucha psiquiatría política de nuestra sociedad, pues el daño en la psiquis nacional que esa dominación ha producido es muy considerable.

Desde que entró, en mala hora, Hugo Rafael Chávez Frías a la política venezolana, el 4 de febrero de 1992, este ciudadano se ha conducido, constantemente, como un modelo agresivo. (…) Cualquier cosa positiva que Chávez haya podido traer a su pueblo es anulada por esta permanente modelación de la violencia, por cuanto aquí el daño que infiere es a lo psíquico de nuestra sociedad. (…) Preparémonos para una inmensa tarea de psiquiatría política al cese de su mando. (Nocivo para la salud mental, 5 de julio de 2007).

Entonces llevaba el pernicioso modelo socialista ocho años de haberse inaugurado, y esa peligrosidad era previsible. Cuatro días antes de su primera elección, el ingeniero petrolero Marco Antonio Suárez escribía muy preocupadamente a sus amigos:

No puedo votar por Chávez. Hago uso de mi muy democrático derecho a disentir. Por mucha arrechera que también tenga encima no pretendo lanzarme del trampolín sin saber si la piscina tiene agua, o por lo menos si hay piscina. No he visto en Chávez ni la intuición de saber gobernar esta complicación llamada Venezuela. No le he leído una frase coherente, sino efectista; no le he escuchado una propuesta sabia, sólo una denuncia hiperbólica llena de malabares. Lo cual no me impide ver que su triunfo es inminente y hasta posiblemente necesario. Creo que en su rabia represada los venezolanos estaremos tomando una decisión propia de ignorantes. (…) En cuarenta años la democracia venezolana ha preparado una generación completa de ignorantes, educados mediocremente, que leen y escriben su propia lengua mediocremente, mientras el chorro petrolero nos pasaba a todos por encima en cantidades encandilantes e iba a parar a bolsillos más que identificados, los mismos que de quienes hoy se rasgan las vestiduras. He aquí la combinación de la cual Hugo Chávez es producto: Venezuela está a punto de tomar una decisión marcada por la ignorancia innata de toda una generación estafada por nuestra versión de democracia. (…) Ya ni siquiera hace falta pensar en los culpables, que en su hirsuto afán de aferrarse a cualquier tipo de poder no se detienen a pensar que están frente a lo que crearon, y que lo mejor es encararlo con una dignidad que desconocen. Ojalá que entre la miríada de interrogantes que Chávez se niega a responder con algún dejo de claridad esté escondida en alguna parte una declaración de emergencia de la educación venezolana. Si alguno, ése debe ser su legado. Porque una vez electo, no son cinco, ni diez, son veinte años antes de que volvamos a ver luz. Y mientras tanto una nueva generación podrá educarse para que estos resbalones históricos no vuelvan a suceder. Para que la retórica superficial y sabanera no vuelva a ser protagonista. Para que los adornos baratos del lenguaje no sustituyan la discusión seria. Por lo pronto, Chávez habemus, con todo y verruga. Es nuestra manera particular de recibir el siglo XXI. Por ahora. (Anfitrionía, 4 de diciembre de 1998).

Más todavía, la posibilidad de la emergencia golpista fue anunciada en julio de 1991 (Salida de estadista) y ¡en septiembre de 1987! (Aunque en esta última fecha el suscrito la tenía por la menos probable entre los tipos concebibles de golpe de Estado: Modelo del Cono Sur, Modelo populista, Modelo cívico-militar):

Por otra vía, los golpistas podrían buscar apoyo, ya no en los sectores económicos, sino en los estratos de más bajos ingresos, planteando una orientación populista (al estilo de Perú en los años sesenta) nutrida ideoló­gicamente de fórmulas de izquierda, esto es, con dosis variables de mar­xismo. Los requisitos de un golpe de esta naturaleza son básicamente los mismos que los de cualquier intento militar. Principalmente, requiere un ni­vel muy acusado de descontento popular e incidentes reiterados de protesta social. Pero además requiere la presencia muy marcada de un liderazgo militar con ideología de izquierda. (…) …de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales (…) el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabi­lidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable. (Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela; originalmente, los golpistas de febrero de 1992 planearon asaltar el poder en movimiento del 16 de diciembre de 1991, para amanecer en Miraflores en día de la muerte de Bolívar).

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La sociología de la Revolución Francesa

No toda predicción es, sin embargo, catastrofista. Alexis de Tocqueville consideraba la visión como una cualidad imprescindible en el verdadero estadista. Así dijo en L’Ancien Régime et la Révolution:

…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hom­bres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la adminis­tración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evolu­ciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario.

En el año del Caracazo, varios ministros de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez venían de posiciones ejecutivas exitosas en la empresa privada o en las filas académicas del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA); Moisés Naím, por ejemplo. Eran gente experimentada en las técnicas de gestión, pero el nombrado escribió un libro acerca del gigantesco desorden desde su voluntario y permanente exilio:

Naím estuvo entre quienes expresaron su sorpresa por la eclosión del descontento popular. En 1994, el Fondo Carnegie publicó su libro Paper Tigers and Minotaurs – The Politics of Venezuela’s Economic Reforms, sobre el paquete de Pérez y sus vicisitudes. (Puede leerse en este blog una crítica de ese libro en Minotauro de papel, artículo de diciembre de ese año). Naím argumentó que el Caracazo no se debió a que la política económica que él, como Ministro de Fomento, contribuyó decisivamente a implantar, estuviera fundamentalmente errada, sino a la falla de orden comunicacional de un gobierno que no supo explicar por qué el pueblo tenía, para alcanzar “la mayor suma de felicidad posible”, que someterse a la infelicidad de los desalmados ajustes del Consenso de Washington. El economista Jeffrey Sachs escribió una introducción al libro de Naím en la que comparte la sorpresa del autor:  “La gran paradoja de la experiencia venezolana es que logros macroeconómicos significativos—un rápido crecimiento del PNB, el haber esquivado la hiperinflación, la promoción de exportaciones—hayan sido acompañados por una profunda agitación política, incluyendo dos intentos de golpe. ¡Uno se estremece de pensar en lo que un fracaso macroeconómico hubiera producido!” (Apostilla a un texto defectuoso).

Los experimentados gerentes y profesores, Sachs incluido (como asesor del segundo gobierno de Pérez), no habían hecho caso de las advertencias: “un ni­vel muy acusado de descontento popular e incidentes reiterados de protesta social… (…) …la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabi­lidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable”. A posteriori, el mismo Sachs diría en The End of Poverty (2005):

…la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar.

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Hasta manuales hay

Muy recientemente (28 de febrero) la web de Prodavinci publicó un trabajo de Douglas Barrios y Miguel Ángel Santos, que acometió la siguiente cuestión: “¿Cuánto tiempo tomará recuperarnos de la debacle económica?

¿Cuánto tardaría Venezuela en recuperarse de la debacle económica de estos años? Es una pregunta frecuente en las conversaciones cotidianas, en los salones de clases y en los foros de discusión dentro y fuera del país. Es también una pregunta sencilla, relativamente intuitiva, cuya respuesta es compleja por diferentes razones. En primer lugar, la pregunta supone que el país corrige el rumbo a partir de cierto punto, mediante una transición política de la que hoy en día nadie sabe a ciencia cierta cómo ni cuándo puede ocurrir. En segundo lugar, no todos entendemos lo mismo por recuperación. ¿Es detener la recesión? ¿Es recuperar el nivel de algún punto reciente? ¿Es volver a nuestro mejor momento? ¿Es alcanzar el nivel o las tasas de algún país que nos sirva de referencia? ¿Cuál es la base de referencia en la que piensan quienes se hacen esta pregunta? Es importante encontrar una definición de éxito que balancee nuestras ambiciones y posibilidades. Por último, aun suponiendo que sabemos a dónde queremos llegar y que ocurre un cambio político capaz de enrumbar al país en esa dirección, está el hecho de cuan factible es una recuperación acelerada.

Los autores del estudio sugerían que lo más probable es que Venezuela consuma veinticinco años, una generación, en el proceso, cuya esencia definen en el citado párrafo. Así resume esa conclusión un colega de ellos, Leonardo Vera, en artículo publicado en la misma web (¿Por qué Venezuela podría recuperarse de la debacle económica más rápido de lo que algunos suponen?, 8 de marzo):

S&B establecen que aun creciendo ininterrumpidamente a una tasa de 2,3% cada año, a Venezuela le tomaría 25 años retornar a los niveles de ingreso por habitante que exhibió en el año 2012 (dicho y sea de paso, su tercer mejor marca en más de 60 años de historia). Para ellos éste escenario, 25 años, es el “escenario relativamente más probable” en tanto que un crecimiento de la producción de este tipo (de 2,3%) ha sido registrado en Venezuela en al menos 50% de todas las secuencias posibles de diez años entre 1961 y 2015. Mucho más difícil sería volcarse a una meta de alcanzar el ingreso per cápita de 2012 en 10 años. Para ello se requeriría crecer durante ese lapso a tasas anuales de 4,6%, algo que ha ocurrido en sólo 5 de las 54 secuencias de 10 años entre 1961 y 2015.

Los lectores pueden acometer por su cuenta la lectura de ambos trabajos, y dejarse convencer por la más o la menos catastrofista de las evaluaciones. Barrios y Santos leyeron una versión preliminar del artículo de Vera (lo que éste hace constar), y ambos son profesores en la Universidad de Harvard, donde es académico de mucha importancia otro economista venezolano: Ricardo Hausmann. Éste lidera el llamado “Grupo de Boston”, una constelación de profesionales que sigue de cerca el caso venezolano desde los EEUU y mantiene nexos operativos con el Fondo Monetario Internacional. (Hausmann compuso en 2004 junto con su colega Roberto Rigobón, poco después del referendo revocatorio contra Hugo Chávez y por encargo de Súmate, el primer estudio de corte estadístico que pretendiera demostrar fraude electoral en ese evento; en este blog puede leerse una refutación—Juvenalia y tropicalia—de sus argumentos).

Ayer remití a un amigo los enlaces a la pareja de artículos publicados por Prodavinci, recibiendo el siguiente comentario: “Muchas gracias. Enfoque académico pero válido como marco de referencia; cambié mi opinión acerca del autor” (Santos). A mi vez respondí:

Santos siempre tuvo empaque académico, desde que era la estrella joven del IESA. Pero creo que se trata de lo académico al servicio de un propósito: decir lo peor posible respecto del gobierno actual, así sea mediante la justificación académica del catastrofismo. (“Esto es una crisis humanitaria, una hambruna” (Ma. Corina), cuando estas denotaciones tienen definiciones precisas que no corresponden a nuestra grave situación). (…) Estoy más de acuerdo con Vera. El razonamiento de Santos y Barrios es que las cosas no pueden mejorar más rápidamente porque en el pasado las cosas se comportaron de cierto modo. (“La historia siempre se repite”, lo que es una falacia).

Me permito recordarte de Recurso de Amparo (14 de julio de 2015):

Naturalmente, algunas cosas positivas vendrán de la mera omisión de lo negativo. La erradicación instantánea, por ejemplo, del abuso comunicacional del Ejecutivo Nacional actual y del estilo pugnaz y condenatorio en la retórica de los altos funcionarios del Estado. Un tratamiento respetuoso de nuestros empresarios, de nuestros universitarios, de nuestros obreros, de nuestros científicos, junto con la inmediata mejora del clima nacional, restañaría significativamente la hemorragia de la dolorosa emigración de nuestros talentos. Lo económico es en gran medida climático, y el solo hecho de la cesación de lo malo actual, del cambio de rumbo y de estilo, producirá efectos beneficiosos. Entonces escamparía.

La esperanza renacería, y con ella la energía necesaria para acometer metas ambiciosas. El país debe ser estimulado para que responda con su ingenio y su trabajo en pos de direcciones no tradicionales; es preciso encontrar actividades económicas distintas de la industria petrolera, pues necesitamos entrar en la economía del futuro, distinta de la mera extracción que es lo característico de una economía primaria, otra cosa que nuestra propia estimulación del calentamiento global. Es la marca de los tiempos la expansión indetenible de las actividades informáticas en la Internet o las de ingeniería genética; en actividades como ésas, en la nueva economía—ver New Rules for the New Economyde Kevin Kelly—siempre habrá espacio, siempre será posible, como demostró Irlanda, saltar de una economía tradicional a lo más adelantado.

Esa audacia es necesaria; esa audacia será bienvenida por los venezolanos, que queremos reto y acicate. Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. En una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento. No es imposible que en el año 2015 el venezolano promedio tenga un nivel de conocimientos equivalente a una licenciatura de estudios generales. La educación primaria garantizada estaba bien para el país de Guzmán Blanco. A comienzos del siglo XXI los venezolanos todos deberíamos disponer de una educación superior. (En El mes de Janoreferéndum #11, 21 de enero de 1995. Digamos ahora, luego del tiempo perdido, en 2035).

Naturalmente, el estropicio es enorme. Habrá que hacer cirugía reconstructiva del Estado venezolano y psiquiatría política de nuestra sociedad. Pero Santos & Barrios (y Hausmann por detrás) hacen, con “estudios” como ése, más difícil que fácil el que el FMI nos tienda la mano. Están encareciendo la recuperación y agravando la depresión (no económica, sino psicológica).

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Creo conocer tres tipos de catastrofistas: 1. el que profetiza el desastre en apropiado tono de preocupación; 2. el que lo hace con rostro indignado, enfurecido, creyendo que es la actitud comme il faut que le reportará mayor admiración y apoyo político—políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que (…) creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento” (Autoungidos furibundos); 3. quien pronostica la catástrofe con una condescendiente sonrisa de superioridad académica. De los tres, prefiero el primer tipo y el segundo sobre el tercero. Hay también quien cree ver en el desastre una buena cosa; hace unos meses, alguien me escribió: “La buena noticia es que la crisis continúa”. Mientras peor le fuera al país, peor le iría al gobierno y esto era lo importante. El más horrible de los cuentos produce placer a ciertos opositores. LEA

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La defensa de Tomás

 

Cuando la retransmitía Venezolana de Televisión

 

La Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL) ha ordenado “la suspensión y salida inmediata de las transmisiones del Canal de Noticias CNN en español en el territorio nacional”. En su justificación de la medida, adujo que a través de la cadena de noticias “sin argumento probatorio y de manera inadecuada difaman y distorsionan la verdad”. No deja de necesitarse cara dura para repudiar una conducta que justamente caracteriza al gobierno presidido por Nicolás Maduro. (Estoy dispuesto a retractarme de esta última afirmación cuando el gobierno termine presentando pruebas irrefutables de que, por ejemplo, Julio Borges escogiera los blancos que serían bombardeados en Caracas por un mítico avión Tucano a comienzos de 2015. También pudiera ser que eso no fuese para CONATEL difamación sin argumento probatorio; a fin de cuentas, los alzados del 4 de febrero de 1992 no eran golpistas; eran rebeldes).

Comoquiera que Cable News Network es una agencia noticiosa estadounidense, cabe acá que salga en su defensa uno de los más importantes abogados de los Estados Unidos: Thomas Jefferson, uno de sus Padres Fundadores.

Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, y ella no puede limitarse sin perderla. (Carta al Dr. James Currey, 28 de enero de 1786).

Siendo la base de nuestro gobierno la opinión del pueblo, su primer objeto debe ser el mantenimiento de ese derecho; si me fuere dado decidir si debiéramos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría un instante en preferir lo segundo. (Carta al coronel Edward Carrington, 16 de enero de 1787).

Estoy por la libertad de prensa, y en contra de toda violación de la Constitución para silenciar por la fuerza y no por la razón las quejas o críticas, justas o injustas, de nuestros ciudadanos contra la conducta de sus agentes. (Carta a Elbridge Gerry, 26 de enero de 1799).

Para preservar la libertad de la mente humana y la libertad de prensa, todo espíritu debiera estar presto a entregarse al martirio, puesto que mientras pensemos como queramos y hablemos como pensamos, la condición del hombre procederá a mejorar. (Carta a William Green Mumford, 18 de junio de 1799).

Ningún experimento puede ser más interesante que el que ahora intentamos, y que confiamos terminará estableciendo el hecho de que el hombre puede ser gobernado por la razón y la verdad. Nuestro primer propósito debe ser, entonces, mantener abiertas para él todas las avenidas que llevan a la verdad. La más eficaz encontrada hasta ahora es la libertad de prensa. Es, por consiguiente, la primera que es cerrada por aquellos que temen la investigación de sus acciones. (Carta al juez John Tyler, 28 de junio de 1804).

Si una nación espera ser ignorante y libre, en estado de civilización, espera lo que nunca fue y nunca será. Los funcionarios de todo gobierno propenden a ordenar a voluntad sobre la libertad y la propiedad de sus constituyentes. No hay seguridad de ambas que no sea el mismo pueblo, ni podrán estar seguras sin información. Donde la prensa sea libre, y todo hombre capaz de leer, todo estará seguro. (Carta al coronel Charles Yancey, 6 de enero de 1816).

La única seguridad de todo reside en una prensa libre. La fuerza de la opinión pública no puede ser resistida cuando se permite que se exprese libremente. Debemos someternos a la agitación que produzca. Ella es necesaria para mantener las aguas puras. (Carta al Marqués de Lafayette, 4 de noviembre de 1823).

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Claro, se trata del abogado que escribiera en carta a William Stephens Smith, fechada en París el 13 de noviembre de 1787: “El árbol de la libertad debe ser regado de tiempo en tiempo con la sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural”. LEA

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