CS #351 – Licitación pública

Cartas

Lo sé bien porque en aquel entonces yo mismo formaba parte importante del coro: fue en tiempos de “Pérez, segunda parte” cuando escribí una telenovela que alcanzó gran audiencia nacional, algunos de cuyos personajes más recordados no hacían sino llevar agua al molino de la antipolítica. En aquella telenovela todos los políticos eran cínicos, todos los empresarios estaban por el “Estado pequeño”, y por ello mantenían funcionarios corruptos en su nómina, y todas las transgresiones de la ley por parte de la “lumpenpobrecía” marginada estaban justificadas.

Ibsen Martínez
Una conversación con Moisés Naím
Noviembre de 2007

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Crece la magnitud de un repudio bifronte. Una de sus caras gesticula en rechazo a Hugo Chávez Frías y su gobierno, por supuesto; la otra hace muecas cada vez más críticas a los partidos de oposición, las que significan también, por extensión, una crítica a la Mesa de la Unidad. Hasta un defensor tan tenaz y leal de la oposición formal y sus aprendizajes como Teodoro Petkoff emitió una señal de alarma; el miércoles 23 de septiembre, desde su seudónimo Simón Boccanegra, escribía “¡Auxilio! ¿Adónde va la oposición?”, que iniciaba diciendo: “La verdad sea dicha: este minicronista está a punto de tirar la toalla con la oposición. El espectáculo no puede ser más deplorable. Un lío de órdago en Copei; un proceso interno en AD que termina con la expulsión del ex presidente de ese partido; un plan en marcha de algunos sectores de oposición contra otros”. Tan sólo cinco días antes (18 de septiembre) había alertado contra “El deporte de tirarle piedras a la oposición”. Ahora reportaba dolida incredulidad porque la cosa llegara hasta sostener que la recién nacida hija de Leopoldo López sería “bisbisnieta de Bolívar”, una filiación imposible por cuanto el Libertador no dejó descendencia, que se sepa. Algún asesor de López adujo que políticamente se estaba en una “batalla por los símbolos” e inventó un “astuto” correo electrónico apócrifo en el que se felicitaba a la tierna descendiente del héroe y su orgulloso padre. Boccanegra puso punto final: “Por este camino, Chávez forever”.

En su mismo periódico, Tal Cual, su articulista estrella cogió el cambio de seña; Ibsen Martínez decía desde sus páginas, luego de que otros cinco días hubieran transcurrido (28 de septiembre):

Ciertamente, políticos hemos tenido en el pasado que hicieron todo lo posible por ganarse el descrédito y el hartazgo generales con que ayudaron, como suele decirse, a tenderle la cama a Hugo Chávez. Pero, trascurridos más de diez años de la hecatombe que heló la sonrisa socarrona con que Herrera Campins miraba de soslayo a Irene Sáez como quien miraba a la gran esperanza blanca, el mismo tiempo transcurrido desde que un empequeñecido Alfaro Ucero fue dejado en el hombrillo y sin gato, sin mayor ceremonia, por los líderes de su partido para apoyar a un cacique carabobeño, cabría esperar que los herederos de aquellas carcasas hubiesen aprendido algo de su difícil y noble oficio. No ha sido así. Basta ver los indescifrables tejemanejes internos de “Un Nuevo Tiempo”, la presencia casi exclusivamente declarativa que hoy tiene “Primero Justicia”, la maquinal melancolía con que se desenvuelve la querella copeyana y el fachendoso histrionismo con que Ramos Allup cree velar lo que ocurre a bordo de esa nave de inactuales zombies todavía llamada “Acción Democrática”, para quitarse el sombrero ante la noble consecuencia de la masa opositora.

El título del artículo de Martínez no dejaba lugar a dudas: “¿Chávez forever?”, haciendo eco de la campanada de Petkoff. La cosa es grave. Tan sólo la semana pasada se aludía aquí, antes de ese más reciente artículo de Martínez, a la admisión reproducida en el epígrafe: “La verdad es que los partidos venezolanos, especialmente Acción Democrática y COPEI, que alternaron en el poder suministrando seis personalidades para ejercer ocho presidencias entre 1959 y 1999, no necesitaron ayuda para deteriorarse ante la opinión pública, no necesitaban que Ibsen Martínez expusiera sus defectos en una telenovela que fue posible porque copió de la realidad política, a pesar de que recientemente él haya llegado a pensar que se le fue la mano y se sienta, sin motivo, culpable de la venida de Hugo Chávez por haber atizado la antipolítica”. (Carta Semanal #350 de doctorpolítico, 25 de septiembre, tres días antes de “Chávez forever”).

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La situación es tal que emblemáticos ex líderes de aquellos emblemáticos componentes del bipartidismo difunto—y hasta un ex chavista también emblemático—se ponen de acuerdo en un discurso: estamos en una situación muy delicada: Chávez se viene abajo y del otro lado no hay quien capitalice el desplome; los partidos de la Mesa de Unidad no son capaces; es preciso establecer una organización política nueva. Uno de ellos sostiene que se trata de consolidar un gran partido anti Chávez, que arrancaría con los cinco millones de votos del 15 de febrero en el bolsillo, y algunos parecen entender que Leopoldo López tendría la clave de esa nueva organización. A fin de cuentas, López cuenta con la experiencia acumulada de cuatro organizaciones: Primero Justicia Asociación Civil—la que recibió en su oportunidad reales de la PDVSA de Giusti gestionados por la madre de López, antaño Gerente de Asuntos Públicos de la División de Servicios de la empresa, mientras su hijo se desempeñaba como Analista de Entorno Nacional en la misma compañía—, Primero Justicia partido, Primero Justicia “popular” (al romper con Julio Borges) y Un Nuevo Tiempo (paciente partido con el que también rompe, después de auspiciar un candidato distinto, su propio de a caballo, al de UNT para la Alcaldía de Chacao). Para consolidar esta opción lopecista ante pretensiones de reciclaje candidatural de uno de los viejos, es que se ventila filiaciones bolivarianas. (En realidad, pone Wikipedia: “López’ mother, Antonieta Mendoza, is the daughter of Eduardo Mendoza Goiticoa, who is the great-grandson of the country’s first president Cristobal Mendoza and descended from the same family of Bolivar himself. More specifically, Leopoldo López is the great-great-great-great-nephew of Simón Bolívar”). Retátarasobrinonieto, pues, para estar claros.

En otro eje menos mantuano, una segunda protocandidatura presidencial intenta organizar la oposición a Chávez en su favor. Unidos por la Democracia es la marca que distingue profusos correos electrónicos en promoción de la figura de Antonio Ledezma. A comienzos de la huelga de hambre estudiantil que anoche concluyera abruptamente, las transmisiones electrónicas saludaban que se siguiera “el ejemplo de Antonio Ledezma”, el inventor y titular de la franquicia de las huelgas de hambre en predios de la representación en Caracas de la Organización de Estados Americanos. Ahora escribe (Terminó la huelga sin pena ni gloria) Miguel Ángel Nieto en nombre de Unidos por la Democracia: “…con un profundo dolor y decepción escribo esta noche, y la primera reflexión que me hago es, ‘SERA QUE NOS MERECEMOS A CHAVEZ’, pues en este plan, el país nacional se va decepcionando cada día mas, es así como hace pocos momentos vimos terminar sin pena ni gloria un esfuerzo loable que mantuvo arrinconado al régimen quien estaba pagando un costo altísimo y el mundo entero veía como los heroicos estudiantes dejaban desnudo ante el mundo al régimen, pero al final sucedió como dice el viejo refrán: MATARON AL TIGRE Y LE TUVIERON MIEDO AL CUERO…”

Más adelante pone (se corrige un poco el atropellado texto):

Desde que la huelga empezó se dijo que no era sólo por Julio Rivas, es más en el día de ayer al salir en libertad y declararse en huelga de hambre así lo manifestó, era por algo más importante que un solo preso político que hoy con justicia logró la libertad, pero hasta aquí todo muy bien, pero y dónde queda RICHARD BLANCO, DONDE QUEDAN LOS 11 EMPLEADOS DE LA ALCALDIA METROPOLITANA, DONDE QUEDA MARACAO, no amigos me disculpan si hiero susceptibilidades o les aguo la fiesta a alguien, pero esto no puede ser, pero es que hay algo peor, donde quedó la solicitud de que el régimen permitiese la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a Venezuela, ah?, la cambiaron por una visita de ellos a la OEA en Washington, y me pregunto, carajo será que los Derechos Humanos nos los violan allá?

Etcétera.

Por supuesto, Antonio Ledezma también hizo publicitado turismo opositor de visita a la OEA en Washington, y suspendió su propia huelga de hambre sin que el caso de Richard Blanco o el de los once empleados de la Alcaldía Metropolitana, por los que ahora se fustiga a los estudiantes, estuvieran resueltos. A pesar de sus lamentaciones, Nieto concluye (esta vez sin correcciones): “Pero animo Venezuela, la lucha continua, los Julio, al igual que los valientes de otras anteriores huelgas jamás se dan por vencidos, y ahora es cuando la lucha continua, pero eso si y esto jamás lo olviden: LAS GRANDES HUELGAS DE HAMBRE COMO LAS DE GHANDI, Y OTRAS JAMAS TUVIERON ESTE TRISTE FINAL”.

Se dice que los residuos atávicos de Acción Democrática ven ahora en Antonio Ledezma a su propio candidato presidencial en 2012. Es sabido que, antes de fundar Alianza Bravo Pueblo y destacarse en la prédica abstencionista del “Comando Nacional de la Resistencia”, Ledezma era militante adeco.

¿Será que nos merecemos a Chávez? ¿Chávez forever?

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Desde una óptica distinta, sin embargo, estas cosas que parecen horribles pueden ser entendidas como manifestaciones diversas de una sola preocupación: la lucha contra la dominación de Hugo Chávez. Si pueden estar ésas y otras iniciativas equivocadas, de todos modos revelan una actitud generalizada que procura expresarse en acción, no quedarse con los brazos cruzados.

Las iniciativas, por otra parte, no son exclusivas de los espacios partidistas. En una miríada de puntos del país una angustiada creatividad busca salidas y soluciones. Por ejemplo, los hermanos Vladimir y Rodrigo León han descubierto una ingeniosa fórmula para arribar a postulaciones con apoyo mayoritario a la Asamblea Nacional: que cada partido u organización de la “sociedad civil” confeccione planchas con candidatos a presentar en unas elecciones primarias, cuyos votantes pueden componer la suya propia combinando nombres de una y de otra. Si el estado X tuviera para elegir a doce diputados, cada organización postulante—una treintena, tal vez—presentaría una plancha con doce nombres, y los participantes en las primarias opositoras del estado en cuestión compondrían por su lado sus listas personales. Un programa de computación desenredaría la madeja con ayuda del método D’Hondt y restituiría la representación proporcional que la Ley Orgánica de Procesos Electorales ha debilitado gravemente, al menos para la selección de los candidatos opositores.

Así como la Fórmula León, hay muchas ideas que carecen de espacio para ser analizadas y debatidas, un espacio capaz de crear foco y orden a partir de la cacofonía de la oposición. La Mesa de la Unidad no es, obviamente, ese espacio, pero pudiera ella propiciar el establecimiento de una “Asamblea Democrática”—siglas: A. D.—a la que pudiera llevarse ideas como la descrita u otra cualquiera de mayor gravedad aún. Por ejemplo, la proposición de construir una nueva organización política, en vista del agotamiento práctico, o aun extinción, de los canales partidistas tradicionales.

Bastante ha tardado en emerger el todavía incipiente consenso acerca de la conveniencia de una organización política “de código genético distinto” del que determina la conducta de los partidos conocidos. En innumerables ocasiones se ha tocado el tema en esta publicación. He aquí una típica (Carta Semanal #69 de doctorpolítico, 15 de enero de 2004):

En febrero de 1985, luego de largos meses de trabajo y análisis, fue posible arribar en Venezuela al diseño general de un tipo de asociación política caracterizado por un código genético diferente al de un partido convencional. Subyacía al análisis un diagnóstico de insuficiencia política de los actores políticos tradicionales, y se ubicaba la etiología de esa condición en una “esclerosis paradigmática” de esos actores. Esto es, que no ya la negatividad de tales actores (la idea de que serían intencionalmente nocivos o de que la actividad política es de suyo una praxis “sucia”), sino la insuficiencia de su positividad en razón de que operaban dentro de marcos conceptuales obsoletos, era la causa del deplorable desempeño de nuestro Estado, de nuestras instituciones y de los actores políticos predominantes. Creía tenerse claro para entonces que se requería toda una sustitución de paradigmas y la emergencia de un vehículo asociativo nuevo, que dejara atrás los vicios de constitución que fuerzan a los partidos convencionales, independientemente de la buena voluntad de sus integrantes y dirigentes, a un desempeño insuficiente.

Así, se planteaba en un “documento base” de esta nueva asociación cosas como las siguientes: “Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte? Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos”. Y más adelante especificaba: “No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos”.

Hace casi 20 años, por consiguiente, ya algunas cabezas interesadas en el proceso político nacional veían muy difícil una metamorfosis de los partidos que les permitiera ser portadores de un nuevo paradigma acerca de la Política, distinto del prevaleciente enfoque “realista” o de Realpolitik. Habiendo generado un diseño consecuente con el diagnóstico y el análisis, habiendo tenido éxito en formular un paradigma alterno, experimentaron no obstante todo género de dificultades para constituir la asociación. El experimento era visto como excesivamente romántico.

A las alturas de septiembre de 2004, en cambio, es posible que ya sea más que evidente que la insuficiencia del viejo modo de hacer política, vistos los resultados de un gobierno irresponsable y arrogantemente “revolucionario” y de una oposición insustancial e incompetente, implique la necesidad de construir e impulsar nuevos cauces para la expresión de vocaciones públicas.

La cosa, pues, no es nueva. Es asunto largamente pensado.

Ahora bien, comoquiera que la necesidad de la nueva organización ha aflorado en más de una cabeza venezolana, y dado que algunos—Leopoldo López, por caso—tienen un concepto más o menos aterrizado de lo que pudiera ser, convendría contar con un espacio en el que todas las versiones imaginadas sean cotejadas en licitación política. Conviene hacer su contraste como proposiciones de conjunto, una contra la otra. Acá se sugirió el 28 de agosto de 2003 (Carta Semanal #51):

Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

¿Cuáles pudieran ser, en este caso, los criterios de diseño que guiaran a los licitantes? A juicio de esta publicación debieran ser los siguientes: 1. la organización no debe ser un partido político convencional definido por una ideología, ni nacer para oponerse o desplazar a los partidos; debe regirse, en cambio, por una metodología y deberán poder pertenecer a ella miembros de partidos; 2. la organización no debe serlo de organizaciones, sino de ciudadanos; 3. la organización no debe definirse como instrumento de la “comunidad opositora”, y su apelación universal debe ayudar a subsanar el problema de un país dividido.

Así que los arquitectos que propugnan una nueva organización política—Leopoldo López, por ejemplo—que participen en la licitación política abierta y pública aquí propuesta, en vez de promover su proyecto en arreglo de cogollos o mandarinatos. Esto es, si es que esa cosa de la unidad tiene algún valor. De lo contrario, que cada quien siga su rumbo.

luis enrique ALCALÁ

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CS #350 – Justicia crítica

Cartas

No matter how many teachable moments we have, some people won’t be taught.

Frank Rich  Even Glenn Beck Is Right Twice a Day, The New York Times
19 de septiembre de 2009

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La proximidad de algún evento electoral—y hemos tenido bastante más de uno en la última década—hace resurgir temas recurrentes. Uno de los ya clásicos es el de la inconveniencia de criticar a los partidos de oposición.

En verdad, es una de las más reiteradas críticas a nuestra nación que somos una nación criticona. Es lo que Augusto Mijares criticaba—y refutaba—en Lo afirmativo venezolano. Quien escribe ha resonado desde siempre con sus admoniciones. El 8 de agosto de 1994 exponía:

Imaginemos un paciente en grave condición. Está acostado sobre una cama, asaetado por agujas hipodérmicas de todos los calibres, vendado, amarrado, cosido, conectado. Y supongamos que todo el personal médico y paramédico del hospital se agrupa a su alrededor, y que también todos los miembros de su larga familia se hallen presentes, y periodistas, sacerdotes, sepultureros y vendedores de seguros estén también allí, todos hablando en voz alta, opinando, criticando, debatiendo: “Se ve muy mal. Yo vine a verlo ayer y hoy está mucho peor. Ese suero no está goteando casi nada. El adhesivo se le está desprendiendo. Por aquí se está desangrando. Por este lado le está saliendo pus. Qué sala tan horrible, no hay derecho. A mí me han dicho que ese médico es un pirata. A mí me dijeron que bebía. Este paciente no tiene remedio”. ¿Cómo pensamos que puede recuperarse un paciente en estas condiciones?

Naturalmente, la crítica excesiva, para no hablar de la meramente mal intencionada, es un exceso, es malsana, es en sí misma criticable, aunque esto último parezca llevarnos, indefectiblemente, a una iteración paradójica digna del análisis de Bertrand Russell o Kurt Gödel. En efecto ¿cómo podemos criticar a quien critica si al hacerlo nosotros mismos criticamos? ¿No es quien critica al crítico un cachicamo diciéndole al morrocoy conchudo? ¿No debiera caer su propia crítica sobre sí mismo?

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No es éste, por tanto, tema nuevo en nuestra política. En junio de 1986 el suscrito comentaba:

El desempeño incorrecto del sistema político se va agravando en virtud de su propia ineficacia. Asimismo, otro rasgo digno de notar es que el sistema político se comporta en estas condiciones con una exacerbación de sus respuestas alérgicas. Las críticas al sistema sólo se aceptan si provienen del mismo sistema político.

Aún esto mismo es estrictamente controlado… Una de las modalidades de descalificación de la crítica externa consiste en calificar a los críticos de “conspiradores”. En este juego se incurre con frecuencia en contradicción. Por ejemplo, en las últimas semanas, a raíz de debates sobre una presunta vulneración de la libertad de prensa y de opinión, el Partido Social Cristiano COPEI ha censurado el uso de la palabra “conspiración” por parte del Gobierno, en aparente olvido de que fue el propio Dr. Rafael Caldera quien introdujo el tema de la “conspiración satánica” durante 1985, reforzado por artículo de prensa del Secretario General, Eduardo Fernández, justamente bajo el mismo título.

Ni siquiera es tema nuevo para esta publicación. En el ya vetusto #64 de esta Carta Semanal, del 1º de diciembre de 2003, se trataba en el artículo De mangueras y enemigos. Decía, por ejemplo:

Una de las recetas más persistentes, favorita entre quienes pretenden ser entendidos como los más valientes patriotas que Venezuela haya tenido, se presenta en varias versiones. Una de las más vulgares reza: “no debemos pisarnos la manguera entre bomberos”.

Se trata del rechazo que en ciertas cabezas encuentra cualquier crítica que se haga, por ejemplo, a la Coordinadora Democrática, al Bloque Democrático, a los militares de Altamira, a la Gente del Petróleo. “No debemos atacarnos entre nosotros mismos”.

En la mayoría de los casos la prescripción parece contener una gran dosis de sentido común. Si hay base para presumir que la desunión puede conducir a la derrota, entonces parece suicida e irresponsable la crítica de “nosotros mismos”. Tan claro como el récipe de no trancar una mano segura.

Pero ¿qué pasa si lo que se critica es precisamente la aparente sabiduría de una estrategia estúpida? En retrospectiva ¿no hubiera sido mejor que la crítica a la idea del paro de hace un año se hubiera dejado sentir con más fuerza, si hubiera terminado por imponerse?

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“No puede haber democracia sin partidos”. Axioma fundamental de cierta lógica política, esa afirmación se propone como la base de un silogismo que se erige como muralla protectora de partidos concretos ante la crítica. Si no puede haber democracia sin partidos, el ataque sobre ellos, su crítica, equivaldría a minar la democracia misma.

Esta defensa, por otra parte, se aplica prácticamente de forma exclusiva a los partidos de oposición al gobierno actual. Es un discurso que no se consigue entre los partidarios de ese gobierno. En una de sus versiones, esgrimida con frecuencia creciente, se pretende asignar la culpa del advenimiento de Chávez a la crítica de los partidos en la década de 1990, a la “antipolítica”—ya no a una “conspiración satánica”—, a la telenovela Por estas calles de RCTV.

La verdad es que los partidos venezolanos, especialmente Acción Democrática y COPEI, que alternaron en el poder suministrando seis personalidades para ejercer ocho presidencias entre 1959 y 1999, no necesitaron ayuda para deteriorarse ante la opinión pública, no necesitaban que Ibsen Martínez expusiera sus defectos en una telenovela que fue posible porque copió de la realidad política, a pesar de que recientemente él haya llegado a pensar que se le fue la mano y se sienta, sin motivo, culpable de la venida de Hugo Chávez por haber atizado la antipolítica. (Es culpa imposible: Chávez conspiraba al menos desde 1983, y se alzó el 4 de febrero de 1992, casi cuatro meses antes de la salida al aire de Por estas calles).

Este proceso de deterioro, por otra parte, no debe ser atribuido mayormente a la maldad específica de actores políticos concretos. En Venezuela, por sus condiciones propias, por su muy larga historia de caudillos y déspotas y su muy corta historia democrática, por su vulnerabilidad económica intrínseca—en razón de su excesiva dependencia del petróleo—, el proceso planetario de agotamiento del paradigma político clásico se manifestó a la vez con precocidad y crudeza. Es en todas partes del mundo donde la fijación doctrinaria sobre una política de poder y la inscripción en el eje izquierda-derecha produce rendimientos decrecientes. (Obviamente, en términos de las necesidades de los pueblos. Los gobernantes de la Realpolitik ambidiestra sí obtienen evidente usufructo del ejercicio del poder).

Mientras la “política realista”—o “política de poder”—se revelaba cada vez más como improductiva (c. f. John A. Vasquez,  The Power of Power Politics, 1983 y 1998), y cuando el método ideológico se hacía claramente irrelevante, nuestros partidos respondieron a su crisis echando más leña al fuego, con oportunismo, laboratorios de guerra sucia y congresos ideológicos. Insistieron en la interpretación de que, en realidad, no estaba pasando nada.

Y bastante antes de que pudiera decirse que hubo una actividad “antipolítica” en Venezuela, los estudios de opinión anticiparon la crisis de credibilidad partidista que se avecinaba. Tan temprano como en 1984 la encuestadora Gaither mostró cómo, en el lapso de un año, el porcentaje de encuestados que no lograba identificar un “mejor partido” entre las opciones AD, COPEI, MAS y otros—es decir, todos—saltó bruscamente de 27% a 43%, o casi la mitad de la opinión pública. Tradicionalmente, la abstención electoral en Venezuela había sido mínima; todavía para las elecciones presidenciales de 1983, la abstención fue de sólo 12%. Seis meses después, la abstención creció a 40,7% en las elecciones municipales de 1984. Dos años más tarde la empresa Datos registraba que ya 58% de sus entrevistados prefería un candidato presidencial que no viniera de los partidos. Etcétera.

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Es obvio que la práctica de la política requiere organizaciones. El término polis designaba a la clásica ciudad-Estado griega, y de allí viene nuestra palabra. Y es que polis significa muchos, y por ende la política es una actividad impracticable en soledad. Las organizaciones políticas son, pues, imprescindibles.

Pero esto no equivale a admitir que las organizaciones necesarias o adecuadas son exactamente los partidos políticos de la actual oposición venezolana, o aceptar que éstos deben gozar de inmunidad a la crítica. De hecho, cuando los estudios de opinión arrojan que los apoyos ciudadanos a todos los partidos de la oposición en conjunto están en el orden de 10% de los consultados, una inmensa mayoría de 90% de los venezolanos indica que no son ellos las organizaciones necesarias o adecuadas.

Tampoco puede sostenerse que esto último sea un fenómeno momentáneo. Hace años que las preferencias por cualquiera de los partidos de oposición se mide con un dígito inferior a cinco o en decimales, y que sumados todos no componen siquiera la quinta parte del electorado. Para la última elección de Asamblea Nacional (diciembre de 2005), las mediciones en las encuestas hacían presumir que el conjunto de partidos de oposición, a lo sumo, podría obtener no más de 15% de las curules en disputa, y eso que todavía operaba un esquema de representación proporcional de las minorías, que ahora ha sido llevado a un mínimo por la recientemente promulgada Ley Orgánica de Procesos Electorales. Fue esa desagradable expectativa lo que en verdad llevó a los partidos de oposición, luego de encontrar un buen pretexto, a retirarse irresponsablemente de tales elecciones y entregar de ese modo el control absoluto del Poder Legislativo Nacional a Miraflores.

Ahora aparece en la agenda política de la nación una nueva elección de Asamblea Nacional, precedida de la elección de concejales y miembros de juntas parroquiales. ¿De qué desempeño reciente vienen los partidos de oposición? En las elecciones de gobernadores y alcaldes del 23 de noviembre de 2008, hace menos de un año, la oposición formal logró un avance significativo: cuando hasta ese momento contaba sólo con las gobernaciones de Nueva Esparta y Zulia, logró sumar a ellas las de Carabobo, Miranda y Táchira, así como la Alcaldía del Distrito Metropolitano de Caracas.

Pero las candidaturas oficialistas se alzaron con el resto de las gobernaciones (18) y ganaron 281 alcaldías, mientras los partidos de oposición, todos juntos, lograron convertir a sus candidatos en sólo 54 alcaldes. ¿Son éstos resultados auspiciosos?

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Además del cómodo teorema de que no se debe atacar a los partidos porque así se debilita a la democracia—que justamente existe para que pueda haber crítica y diversidad de opiniones—, otro silogismo de aceptación casi universal es que la oposición debe ir unida a sus confrontaciones electorales con el gobierno. En abono a esta tesis son señalados los ejemplos de la gobernación del estado Bolívar y la Alcaldía de Valencia, circunscripciones en las que la ausencia de un esquema unitario redundó en triunfo oficialista.

De nuevo, el razonamiento parece impecable. Si “vamos” desunidos se le sirve la mesa al gobierno.

Sin embargo, hay alianzas que restan en lugar de sumar. Una entrevista a Irene Sáez pudiera conocer su opinión acerca de lo útil que resultó ser la fusión de su candidatura con COPEI, y otra a Henrique Salas Römer sobre cómo afectó el tardío apoyo de Acción Democrática a la suya, eventos que sí contribuyeron decisivamente al triunfo de Hugo Chávez en diciembre de 1998. (Y es mucha la tentación de reproducir, una vez más, la definición de bote salvavidas de Jardiel Poncela: “Lancha que sirve para que se ahoguen juntos los que se iban a ahogar por separado”).

Hay casos en los que pareciera bastar, incluso, un solo partido para asegurar una mayoría de candidaturas exitosas a la Asamblea Nacional el año que viene. De no sobrevenir sorpresas, por ejemplo, Primero Justicia y sus aliados debieran ser capaces de llevar a la Asamblea Nacional más diputados por el estado Miranda que el PSUV. Igual cosa parece capaz de lograr Un Nuevo Tiempo en el caso del Zulia, y la gente de Morel Rodríguez, quizás, pudiera hacer lo propio en Nueva Esparta. (El asunto no es tan claro en Carabobo y Táchira; en estas dos circunscripciones, luchas intestinas debilitan las opciones partidistas).

Y es que la estructura latente de las preferencias partidistas, a estas alturas y grosso modo, arroja la siguiente composición: a favor del PSUV se pronuncia hoy un 25% de los consultados por las encuestadoras; por la suma de los partidos de oposición un 10% apenas. La muy grande mayoría nacional no está alineada a lo largo de ningún partido, y lo estratégicamente lógico, consistente y sensato sería entonces producir candidaturas no alineadas, con un discurso no alineado que alcance a una población no alineada.

Esto es más importante ahora que hay una nueva legislación electoral, pues el mayor peso se concede en ella a los diputados nominales. Como cantaba el grupo ABBA, The winner takes it all, y esto significa que es preciso llegar de primero. En los cotejos nominales no hay subcampeones.

En síntesis, la crítica seria a los partidos es necesaria; ella no se hace por deporte ni como actividad placentera. Sobre todo con Acción Democrática y COPEI tiene el país una deuda inmensa, puesto que ellos crearon la democracia venezolana y produjeron gran parte de la institucionalidad del país, mientras atinaron en muchas de sus políticas públicas. Pero su tragedia es que no han podido superar la entropía que los ha carcomido para reducirlos a una sombra ineficaz, y esto seguirá peor porque reiteran los mismos remedios que ya no funcionan.

El primer deber de un partido político es el de leer la realidad honestamente y sacar las consecuencias que de ella se derivan; si la suma de los partidos de oposición sólo entusiasma a la décima parte de los electores venezolanos, una aplicación estricta del principio de representación proporcional de las minorías—que unánimemente defienden en su crítica a la LOPE—implicaría que sólo uno de cada diez diputados debiera provenir de su alianza perfecta. El país tendría que encontrar la manera de identificar los restantes nueve fuera de esos partidos.

luis enrique ALCALÁ

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CS #349 – Promesas electorales

Cartas

La política responsable es la que puede ofrecerse responsablemente, sin promesas insinceras. Es la política que promete lo que puede cumplir y, en política, más de una vez lo que se puede cumplir es sólo que se tratará lo más que se pueda, hasta donde se pueda, de lograr la solución o tal vez la simple mejora de un problema público mediante la implantación de ciertas políticas. Cuando algún candidato aspire a algún cargo público, sea éste legislativo, ejecutivo o contralor, su campaña electoral será responsable en la medida en que se atenga a la regla enunciada. Sus promesas electorales no debieran rebasarla.

Los médicos, usualmente, no prometen larga vida a los enfermos terminales, a los desahuciados. No mienten. Los médicos no le pintan a un jorobado un futuro atlético. Del mismo modo, los políticos no debieran mentir al electorado. Ningún demagogo puede ser tenido por verdadero político, por alguien que entienda su misión en la vida el alivio de los problemas públicos.

Ningún político serio puede prometer que eliminará la pobreza, como se prometiera en la campaña presidencial de 2006; ninguno puede decir que eliminará la corrupción, como se prometió en la misma campaña, porque todo control imaginable de los erarios públicos puede ser violado y, hasta que la especie humana sea reprogramada genéticamente para evitarlo, sus poblaciones tendrán todas una minoría de miembros con propensión irresistible al peculado; ningún presidente puede garantizar que no habrá crímenes en la sociedad a la que debe servir, ninguno que acabará con la delincuencia. Ni siquiera a plomo limpio, como un cierto candidato a gobernador prometía en 1989 a los electores de su estado. Lo más que puede hacerse a esos respectos es moderar las dimensiones de las dolencias públicas habituales.

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Los electores venezolanos tenemos por delante unas cuantas elecciones. Las de Asamblea Nacional, el año que viene; dos años después las presidenciales; este mismo año las de concejales y miembros de las juntas parroquiales. Los candidatos a los cargos derivados de estas elecciones tendrán que hacer promesas electorales. El objeto fundamental de toda campaña electoral es una promesa ¿Cuáles serían los tipos de promesa que debiéramos permitir, que pudiéramos admitir los electores?

Por ejemplo, un candidato a la diputación a la Asamblea Nacional no puede prometer resultados ejecutivos, puesto que las atribuciones de ese órgano del Poder Público son legislativas, indagatorias, contraloras, de autorización o aprobación, limitantes del Poder Ejecutivo. Pero como cada diputado individual no es sino uno entre muchas decenas de iguales, un candidato a la Asamblea Nacional no puede prometer una ley cualquiera que considere beneficiosa a la comunidad o parte de ella sin dañar otras partes. Lo que pudiera prometer es que intentará persuadir a sus colegas—en número suficiente para su aprobación—acerca de su bondad. Si en su campaña, por caso, hubiera ya convencido a dos candidatos más, y si éstos resultaren electos, pudiera anticipar que presentará un proyecto legislativo, puesto que la iniciativa de las leyes puede ser ejercida por un grupo de tres diputados. Hasta allí; no puede prometer más. No puede decir a los electores del estado Guárico que serán felices por su causa o a los electores del municipio Brión que meterá al Presidente de la República en cintura. Por supuesto, puede prometer con sinceridad que trabajará para lograrlo, puede prometer que dará su voto a favor de una legislación que proteja los árboles de caimito o que privilegie las relaciones de Venezuela con las islas Caimán, suponiendo que ella se presente a la discusión en cámara.

Cualquier otra cosa prometida por un candidato a la Asamblea Nacional constituye una promesa irresponsable.

Otra cosa distinta es su explicación honesta al electorado de cómo entiende la cosa política, de cómo ve o comprende los problemas de la nación o alguna de sus regiones, de los criterios que emplea para juzgar la cosa pública. Esto también es una obligación, pero no es una promesa estrictamente, más allá de la obvia de que regiría su actuación como diputado con arreglo a ese entendimiento, esa visión, esos criterios.

Esto es, entonces, lo que puede prometerse, y en buena medida lo que se promete es una conducta antes que resultados concretos. Es por esto, seguramente, que Bárbara Tuchman predicaba así, en el epílogo de La marcha de la locura: “Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en busca del gobierno más sabio debamos encontrar primero la prueba del carácter. Y esa prueba debiera ser el coraje moral”. Es por eso, seguramente, que unas líneas más abajo escribe: “El problema puede no ser tanto un asunto de educar funcionarios para el gobierno como uno de educar al electorado para que reconozca y premie la integridad de carácter y rechace lo postizo”.

………

Un candidato a la Presidencia de la República puede prometer, ciertamente, muchas más cosas, puesto que un presidente tiene mucho más poder, y éste es fundamentalmente ejecutivo. El Presidente de la República tiene una enorme organización bajo su mando, con atribuciones de intervención en muchos aspectos de la vida de la comunidad nacional. (En especial desde que tenemos al actual gobernante, que ha expandido brutalmente su radio de acción en detrimento del territorio que antes era prerrogativa de la sociedad. El Estado de Chávez ha arrancado facultades que antes ejercía el enjambre ciudadano por su cuenta, ha sido un invasor de la ciudadanía, incluso de la de sus partidarios, que ya se atreven a señalar cómo es que su “hiperliderazgo” no deja espacio a otros líderes, ni siquiera a una “dirección colectiva”).

Pero aun con esas recrecidas facultades ningún presidente puede hacer, o garantizar que se haga, cosas que la sociedad hace por sí misma. Es esta limitación fundamental la que hace que cualquier “proyecto-país” sea en principio un espejismo. Los países tienen la costumbre de hacerse ellos mismos, y lo hacen sin proyecto. Incluso bajo férulas tan apretadas como la que impusiera José Stalin, la mayor parte del aporte soviético al mundo se debía al trabajo, a la acción de los pueblos soviéticos, no a la de su régimen totalitario.

Allá por 1980 llegó a manos del suscrito un documento inusual. Era la declaración completa y precisa, aunque escueta, de las políticas del Ministerio de Industrias de Israel, explicadas en cincuenta páginas a lo sumo. Llamó su atención porque contrastaba con los documentos típicos de nuestra costumbre en planificación pública. Por ejemplo, el Plan Petroquímico Nacional, en siete u ocho tomos, promulgado durante el primer gobierno de Rafael Caldera. Era tan detallado, y sus componentes estaban tan íntimamente trabados, que nunca fue llevado a la práctica en proporción apreciable, entre otras cosas porque al no completarse unos cuantos eslabones colocados al principio, las cascadas de proyectos que dependían de aquéllos se veían irremisiblemente interrumpidas. El V Plan de la Nación, ensamblado durante el sucesor de aquél, Carlos Andrés Pérez, no llegó al cincuenta por ciento de metas ejecutadas, como tampoco “Mi compromiso con Venezuela”, el programa de gobierno de Luis Herrera Campíns recogido en dos volúmenes, fue llevado a la práctica en proporción significativa. Las innumerables promesas programáticas del gobierno de Hugo Chávez, desde el Eje Orinoco-Apure hasta la universidad en Miraflores, pasando por el plan de conversión del Aeropuerto de la Carlota, típicamente se quedan a mitad de camino, cuando no en la primera piedra y el más reciente discurso.

En cambio, el documento israelí se limitaba a describir cómo se comportaría el Ministerio de Industrias ante ciertas circunstancias, y a enumerar cuáles prioridades e iniciativas fomentaría o apoyaría. De nuevo, el “plan” del fomento industrial israelí era más un compromiso de conducta que un conjunto de proyectos públicos excesivamente articulado y concatenado. El ejemplo encierra una lección, e ilustra cómo no es lo serio y responsable que los candidatos a Presidentes de la República prometan programas de gobierno demasiado específicos.

De nuevo, las poderosas atribuciones conferidas al presidente venezolano—veintitrés especificadas en la Constitución en su Artículo 236, amén de “[l]as demás que le señale esta Constitución y la ley”—no pueden lograr lo imposible. En Krisis, Memorias Prematuras (Ex Libris, 1986), quien escribe contaba:

Fue pensando sobre todo en el drama de Luís Herrera Campíns que escribí el primero de una serie de artículos que publiqué en El Diario de Caracas durante 1983. Lo llamé: Lo que puede hacer un presidente. Advertía allí sobre la verdadera capacidad de un jefe de gobierno venezolano. Estábamos en período electoral y pronto nos lloverían las promesas. Un presidente en Venezuela puede, aparentemente, lograr mucho, considerando la acumulación de mando que administra. Para moderar las expectativas recordé la fábula de la industria petroquímica nacional. Durante años había arrojado pérdidas, llegando a convertirse en uno de los clásicos quebraderos de cabeza de la administración pública venezolana. Luego fue entregada a la gerencia petrolera local. En cinco años dejó de ser lo que era y rindió su primer flujo de caja positivo. Ahora bien, este exitoso experimento era justamente eso: un experimento de laboratorio en condiciones harto especiales. La nueva gerencia era la mejor gerencia del país, y actuaba sin limitaciones prácticas de fondos y sin la incidencia del constante escrutinio al que se somete a un Presidente de la República. Ninguna de estas condiciones son asequibles a un jefe de gobierno. Ninguna lo era en esos momentos para Luís Herrera Campíns. Ninguna lo sería para su sucesor.

Si algo conoce ya la conciencia de Hugo Chávez—y prefiere no pensar en eso—es que mucho de lo que criticaba en sus antecesores, a los que despreciaba, no ha podido él remediarlo, a pesar de contar con poderes muy marcadamente mayores que los de ellos, prácticamente dictatoriales, y con presupuestos mucho más ricos. Si supo conseguir pretextos para alzarse en armas, en violación de nuestro marco constitucional, por comportamientos mucho peores que esas excusas tendría que admitir que hubiera debido alzarse contra sí mismo muchas veces más.

………

Y es que un Presidente de la República no es el jefe del país. El Presidente no debe mandar a los ciudadanos; éstos pueden mandarle a él. El Presidente de la República es, meramente, el jefe del aparato del Poder Ejecutivo Nacional, el que debe dirigir en el servicio exclusivo de la comunidad.

Nosotros debemos tomar conciencia de los límites presidenciales y de nuestra propia soberanía sobre nuestros presidentes. Por eso hace residir Tuchman la clave del asunto en la educación del electorado. No es que no sean importantes las luces que puedan adornar a un gobernante, sino que más importante aún son las que deben distinguir a un pueblo mejor preparado para la democracia, para que, entre otras cosas y muy precisamente, sepa escoger bien a quien le conferirá poderes enormes.

Esta publicación ha reproducido más de una vez estas palabras de John Stuart Mill: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”.

Pero, claro, las condiciones del estadista, y antes del candidato, son muy pertinentes. Un candidato idóneo a la Presidencia de la República debiera satisfacer, al menos, las condiciones que Alexis de Tocqueville consideraba esenciales al “verdadero arte del Estado” (El antiguo régimen y la revolución): “…una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro…”

Tales rasgos o talentos no son el contenido de una promesa, de una tesis política, de un programa; tan sólo son objeto de ostensión, tan sólo puede mostrárselos.

Las tesis políticas, por lo demás, no se fabrican en laboratorios políticos para luego encontrar líderes que las asuman. En la práctica humana, ellas vienen encarnadas en los líderes. El programa de Roosevelt, el de Reagan, el de Clinton, el de Obama no existieron antes de lo que fuesen sus convicciones más acendradas acerca de la conducta correcta del gobierno; cada uno de esos programas fue el desarrollo, justamente, de esas convicciones, con el auxilio experto que siempre es aconsejable para evitar que el candidato diga necedades.

Así que la promesa más básica que puede hacer un candidato a gobernar es una política seria, una política responsable.

Porque es que si se trata de elegir a un hombre, es a él, a su carácter, a su trayectoria, a lo que debe dirigirse la atención ciudadana. Es lo que nos daría la pista para saber, más que el contenido concreto de sus decisiones, por lo demás de absoluta importancia, cómo se comportaría en el poder.

luis enrique ALCALÁ

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CS #348 – Futuro en ramas

Cartas

Los logros cumbre del pensamiento, al menos en Occidente, tardan un tiempo antes de llegar, en una suerte de goteo o trickling down a lo Ronald Reagan, al vulgo y, cuando finalmente lo hacen, con décadas de retraso, muy poco de su esencia es entendido por quienes lo reciben. Así, por caso, justo al comienzo de los años sesenta—en tiempos aún pre Beatles y pre hippies—se dio la pasajera moda, en estratos medios y altos de la población, de celebrar “fiestas existencialistas”. Un golpe de vista fugaz sobre cualquiera de estas reuniones habría registrado la fastidiosa escena de jóvenes vestidos preferentemente de negro, si posible con suéteres cuello de tortuga—las damas usaban con frecuencia boinas y pañuelo al cuello—, sentados en el piso de las casas, fumando sin parar—las féminas buscaban distinguirse haciéndolo con largas boquillas—, creyendo que vestían el atuendo de la intelectualidad francesa y esforzándose por mantener conversaciones a partir de frases absurdas. La bebida era habitualmente abundante, la comida parca y no muy gustosa.

Una vaguísima noción de lo que fuera el existencialismo era el conocimiento promedio de los asistentes a tan tediosos festejos. En general, bastaba la información de que “los existencialistas” iban por la vida en actitud desapegada y aburrida, nada jovial; el rostro serio que suponíamos era correspondencia gestual de la postura filosófica era copiado disciplinadamente por los contertulios en nuestras fiestas; no se escuchaba mucho reír en ellas.

Alguno de mediana cultura sabría de la existencia imprecisa de Jean Paul Sartre, y quizás lo habría visto fotografiado en el artículo superficial de una revista de barbería—Bohemia, quizás—y llevara por eso además de la pinta negra o gris oscuro una pipa, para completar el look existencialista. En cualquier caso, todos admitíamos sin entenderlo que el existencialismo y los existencialistas eran, de algún modo para nosotros borroso, la vanguardia de la modernidad.

Nadie—con la posible excepción de José Rafael Revenga que estudió Filosofía en Lovaina—había leído La náusea, y mucho menos tenía idea de que el precursor de Sartre era un teólogo y filósofo danés que en vida respondiera al nombre de Søren Kierkegaard. En la infancia del país del que Pérez Jiménez había desaparecido, el existencialismo no prometía mucha utilidad. Cuando ya no hacíamos fiestas como las descritas, Luchino Visconti nos permitió creer que entreveíamos, en 1967, al menos como se trata un tema con el lente “existencialista”, al llevar al cine El extranjero, de Albert Camus. Pero éste mismo rehusaba esa etiqueta, y habría sido más apropiado considerarlo como el líder del absurdismo, al sostener que es humanamente imposible encontrar sentido o significado al universo. No estábamos, pues, tan perdidos, cuando nos sentábamos en el piso de una casa en penumbras para intercambiar humo y absurdidades, sobre un telón de jazz, antes de que la psicodelia y las patotas motorizadas suplantaran ese tedio con el grito de guerra de Timothy Leary: Turn on, tune in, drop out.

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Estas filtraciones de cultura de un piso a otro de las conciencias sociales puede ocurrir, no obstante, con algo de mayor rigurosidad, no tan irresponsablemente como la indiferencia autorizada en inocuas fiestas juveniles. Hay ocasiones en las que teorías exitosas de cierta disciplina son objeto de transplante a otros campos. Por ejemplo, la poderosa eclosión del evolucionismo de Carlos Darwin no tardó en suscitar un “darwinismo social”, la interpretación de la historia humana como resultado de la competencia y el predominio del más fuerte. (Spencer, Galton, Carnegie y otros. El propio Darwin había atizado este fuego, al exponer en El origen del hombre y de la selección en relación al sexo: “Así, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su tipo. Nadie que haya atendido la cría de animales domésticos pondrá en duda que esto debe ser altamente injurioso a la raza humana. Es sorprendente cuán rápidamente conducen una falta de cuidado o un cuidado en la dirección incorrecta a la degeneración de una raza doméstica; pero, con la excepción del hombre mismo, casi nadie es tan ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan”). En el bicentenario del nacimiento de Darwin, ya no se toma literalmente su principio de supremacía del más dotado como explicación suficiente de la evolución de las especies (hay que leer a Stuart Kauffman), por una parte; por la otra, el darwinismo social no duró mucho como teoría tomada en serio por las ciencias sociales.

En otros casos el asunto procede de otra manera: en campos muy distintos se nota la emergencia de procesos de estructura muy similar, los que parecen seguir una misma matemática. Los modelos de teoría del caos, por ejemplo, se aplican con idéntica pertinencia a problemas de turbulencia de fluidos, fibrilación ventricular, colapsos bursátiles, dinámica planetaria, meteorología o acústica.

Pero, las más de las veces, dentro de la ciencia más seria la contaminación de una disciplina a partir de otra ocurre inconscientemente. La ciencia precursora, por así llamarla, contribuye a la conformación de un contexto cultural genérico, un telón de fondo, casi un “inconsciente colectivo” en el que es posible que una disciplina tome, sin advertirlo, alguna noción prestada de otra disciplina. Éste es el caso de los esfuerzos profesionales por hacer predicción social seria.

………

Es en 1794 cuando el Príncipe de los Matemáticos, Carlos Federico Gauss, describió el método, hoy de uso común y elemental por la ciencia estadística, de los “mínimos cuadrados” que permite representar un número suficiente de mediciones de algún fenómeno o proceso por una línea recta. En verdad, la ecuación que relaciona, digamos, la presión y la temperatura de un gas dentro de un recipiente da origen a una línea recta como representación, aun cuando en la práctica las mediciones reales llevadas a un gráfico nos proporcionan más bien una nube de puntos que más o menos se extiende en una trayectoria borrosamente rectilínea. El método de Gauss, pues—que empleó a sus diecisiete años para predecir el trayecto del planetoide Ceres—permite lo que los estadísticos llaman una “regresión lineal”, la conversión de una serie de datos en una línea recta cuya pendiente sigue aproximadamente la dirección general de los puntos que esos datos determinan en un gráfico. Es la recta que mejor representa a los puntos; ninguna otra lo haría mejor.

Muy pronto comenzó a trasladarse esta técnica al problema de la predicción social; no en balde el nombre de la Estadística viene del término Estado. A pesar de que hay Física Estadística, y que los sistemas de control de calidad en una fábrica de cerveza se fundan en métodos estadísticos, aquella ciencia se considera fundada en 1662, con la obra del demógrafo precursor inglés John Graunt: Observaciones naturales y políticas sobre las partidas de defunción. Los Estados serios debían asentar sus decisiones sobre censos y otras mediciones confiables, y la ciencia que los trataba era la Estadística.

Pero al principio la Estadística no se usaba para predecir. Es en el siglo XIX cuando comienza a generarse líneas de regresión para series temporales, las que correlacionaban el progreso de alguna magnitud—tamaño de una población en habitantes, por ejemplo—con el mero paso del tiempo. Al obtener líneas rectas que representaban el crecimiento poblacional, los profesionales de la Estadística sucumbieron a la tentación de simplemente prolongar sus líneas hacia fechas del futuro. Así pronosticaban, y con marcado acierto, el tamaño de una población en tiempos del porvenir.

Pero es en el mismo siglo XIX cuando Carlos Marx pregona su pretensión de que ha dado con un método para tratar científicamente el despliegue histórico de la humanidad: el materialismo histórico. Marx creyó haber descubierto, como si fuera un Newton social, las “leyes de la historia”, las que le permitirían pronosticar el decurso futuro de la humanidad como si se tratara de una trayectoria balística, fácilmente determinable mediante ecuaciones de mecánica racional.

Y, en gran medida, la cultura inmediatamente postmarxista llegó a pensar que, en efecto, el futuro de la humanidad era predecible. En cierto sentido, todos éramos marxistas a comienzos del siglo XX, como éramos todos darwinistas. Allí estaba el telón de fondo cultural que reforzaba la validez de la regresión lineal como método adivinatorio del futuro cuantificable.

………

Sin embargo, es justamente en los propios inicios del siglo veinte, entre 1905 y 1916 para ser precisos, cuando Alberto Einstein construye una nueva física de lo más grande: sus teorías especial y general de la relatividad. Uno de sus gráficos más didácticos consiste en una mitad inferior en la que una línea vertical choca hacia arriba, perpendicularmente, contra una línea horizontal que representa el instante presente; la línea vertical representa la trayectoria del pasado hasta este momento. De ese pasado no hay duda; ya ocurrió, ya colapsó, aunque pueda ser ignorado mientras no sea descubierto. A Julio César se le asesinó de veintitrés puñaladas el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo; no fue el 16 de marzo ni el 8 de enero, y no fueron cinco puñaladas ni cincuenta, sino las referidas.

¿Qué pasa con el futuro? La mitad superior del gráfico consiste en dos líneas oblicuas divergentes que se originan en el punto de encuentro de las líneas vertical y horizontal ya descritas; aquéllas limitan la distancia que puede ser recorrida en cierto tiempo a la velocidad de la luz. Naturalmente, a mayor tiempo es mayor la distancia que puede recorrerse, y por esto las líneas divergen como los bordes de un abanico, para describir un área que es más grande a medida que uno se adentra en el futuro. Lo que cae fuera de estas líneas oblicuas queda definido como futuro imposible: cualquier punto en el exterior del abanico representaría un lugar al que sólo podría alcanzarse viajando a una velocidad mayor que la de la luz, que para la teoría de la relatividad es la velocidad máxima absoluta.

Es seguro que no se razonó así—a partir de un gráfico einsteniano—en la Corporación RAND a comienzos de los años sesenta para replantearse el problema de la predicción social. Mientras unos asistíamos, sin mucho entusiasmo, a fiestas “existencialistas”, los científicos sociales del mayor think tank del mundo inventaban la técnica de predecir mediante la construcción de “escenarios”. Pero puede presumirse que las nociones relativistas fueron permeando, fueron goteando durante décadas para cristalizar en el campo de la futurología social en la idea de que el futuro no era único, como pretendió el materialismo histórico, sino plural. Al mismo tiempo, la constatación evidente de que los más entre los procesos sociales son bastante erráticos, y no pueden ser razonablemente representados por una línea recta, complementó la erosión en la noción de que el futuro era lineal. (En procesos de gran inercia, de cambio lento, como el crecimiento de una población lo suficientemente grande, todavía resulta adecuada la herramienta de la regresión lineal; no así en procesos más volátiles, como por ejemplo en el caso de los valores de acciones o productos en el tiempo).

La definición técnica completa de un escenario incluye la descripción de un estado futuro posible de alguna sociedad o proceso social, junto con la especificación de los pasos por los que la situación actual pudiera alcanzar ese futuro. El empleo de esta técnica, por tanto, es técnicamente exigente cuando se emplea con rigor, aunque en el fondo sea un ejercicio de imaginación.

El reconocimiento de la pluralidad del futuro, en consecuencia, comenzó a ser manejado con la redacción de diversos escenarios considerados como posibles, en el sentido de ser capaces de imaginar la serie de pasos que llevarían del presente a la situación que describen. Un esquema frecuente es el de imaginar un “mejor escenario”, un “peor escenario” y un “escenario intermedio”. Pero no hay nada de mágico u obligatorio en el número de tres escenarios. Puede perfectamente redactarse cinco escenarios, o seis, u ocho…

La técnica de predicción por escenarios se inventó delante del telón de fondo cultural del abanico relativista. A medida que el futuro es más lejano, la incertidumbre es mayor, como lo es el área del abanico a medida que se aleja del vértice que es el momento presente.

Pero al hacerlo así acogió inadvertidamente una premisa no explícita: que el área del abanico es continua, y que en principio sería posible imaginar una infinitud de escenarios. Entre dos escenarios cualesquiera, siempre resultaría posible imaginar un escenario intermedio.

………

Así llegamos a una nueva percepción. El nuevo telón de fondo conceptual viene provisto por las teorías de la complejidad y el caos, y con su matemática apropiada: la matemática fractal. Son disciplinas que han emergido en la segunda mitad del siglo XX, y por tanto son de goteo reciente.

Estas teorías tratan con procesos que proceden a paso de bifurcaciones y ramificaciones, como la anatomía de un árbol o la configuración de un delta fluvial. El formalismo matemático sobre el que se asienta la teoría de la complejidad permite, también, describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente.

Los sistemas complejos, como el clima, la ecología o la sociedad, se mueven a lo largo de unos pocos cauces. El futuro, entonces, no está compuesto de una variedad infinita de escenarios. Son tan sólo unos pocos cursos, carriles o cauces—sus atractrices—los que conducen el cambio de un sistema complejo. Son, por ejemplo, unos pocos conductos los que están desaguando el caudal político venezolano, y si esto es así la incertidumbre viene siendo algo menor de lo que habitualmente se supone. Hay incertidumbre, naturalmente, pero al menos podemos estructurarla, al menos conocemos la forma general del delta de los cauces políticos en Venezuela a fines de 2009.

La forma seria y responsable de considerar el futuro político es, pues, la de imaginarlo como el delta de un río. Está formado por brazos o caños diversos, los que no llevan todos el mismo caudal. Los más caudalosos son los más probables.

Es así como aun en condiciones de extrema complejidad es posible tanto predecir el futuro como seleccionarlo. Por el lado de la predicción social, el problema es ahora un asunto de identificación de las atractrices (cauces) actuantes en un momento dado. Por el lado de la acción, se trata de evitar ciertas atractrices indeseables y de seleccionar alguna atractriz conveniente o, más allá, de crear una nueva atractriz altamente deseable. Eso es, fundamentalmente, la esencia de una imagen-objetivo. Eso es lo que deben proporcionar los estrategas políticos.

luis enrique ALCALÁ

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CS #347 – Canción del Sur

Cartas

Everybody’s got a laughing place

Ray Gilbert

Song of the South
Walt Disney, 1946

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El hijo mayor de quien escribe fue llevado por su padre al viejo cine Lido para ver la película Dumbo, de Walt Disney. Tenía en ese entonces unos cuatro años de edad. A la salida de la función de vermut, su padre notó en el niño un rostro desacostumbrado. Era tan preocupante la mirada de su hijo, que se puso en cuclillas para que sus rostros estuvieran más o menos a la misma altura y le preguntó qué le pasaba. El niño se echó llorando intensamente en sus brazos y atinó a decir entre sollozos y mocos: “¡Es que a la mamá de Dumbo la metieron presa!”

El poder sobre las emociones que ejerce una película de Disney no es despreciable, y menos cuando se trata de las emociones infantiles. También el suscrito tuvo alguna vez cuatro años. Recién cumplidos, asistió con su madre al cine Río en Sabana Grande a ver Canción del Sur—los cuentos del Tío Remus (de origen en el folklore yoruba) acerca de la versión gringa de nuestro Tío Conejo—, que fue la película que más lo ha hecho llorar en toda su vida, esta vez porque el niño protagonista fue corneado por un toro y su vida, que afortunadamente se salvó, corrió grave peligro.

Canción del Sur—no lo podía saber entonces—parecía ser una película racista, o por lo menos así fue calificada por algunos críticos. La Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP) reconoció los méritos artísticos del filme al tiempo que condenó la “impresión que da de una relación idílica amo-esclavo”, y la folklorista Patricia A. Turner—hoy en día Profesora de Estudios Afro Americanos y Africanos en la Universidad de California en Davis—escribió:

La recreación de la historia de Harris por Disney en el siglo XX es mucho más odiosa que el original. Los días en la plantación localizada en los “Estados Unidos de Georgia” comienzan y terminan con negros no supervisados cantando canciones sobre su maravilloso hogar, mientras marchan hacia los campos y desde ellos. Disney y compañía no hicieron ningún intento de presentar la música al estilo de los spirituals y canciones de trabajo que habrían sido cantadas en la época. No proveyeron indicación alguna del estatus de los negros en la plantación. Joel Chandler Harris colocó sus historias en la era posterior a la esclavitud, pero la versión de Disney parece ocurrir durante un tiempo surrealista en el que los negros vivían en alojamientos de esclavos en una plantación, trabajaban diligentemente sin recompensa aparente y consideraban a Atlanta un sitio viable para el retiro de un negro viejo. El amable viejo Tío Remus atiende las necesidades del tierno niño blanco cuyo padre lo ha dejado inexplicablemente con su madre en la plantación. Un niño negro de la misma edad, obviamente mal mantenido, es asignado a cuidar de Johnny, el niño blanco. Aunque Toby hace referencia a su “ma”, sus padres no se ven por ningún lado. Los afroamericanos adultos del filme sólo le ponen atención cuando descuida sus responsabilidades como cuidador y compañero de juegos de Johnny. Se levanta de mañana antes que Johnny para llevar a su carga blanca agua con qué lavarse y para mantenerla entretenida. […] curiosamente, Toby está ausente de las escenas de fiesta. Toby es suficientemente bueno para cazar ranas con él, pero no lo suficientemente bueno para comer torta con él.

Etcétera. La figura del Tío Remus remitía a la del Tío Tom, símbolo de la esclavitud sumisamente aceptada, y Harris, el recopilador de los cuentos, era él mismo racista y defensor de la esclavitud, de lo que dejó expresamente constancia en el prólogo de uno de sus libros. Pero Walt Disney no era Joel Harris, y se cuidó de un posible sesgo sureño blanco que introdujera el guionista Dalton Reymond. Disney no quería que el guión fuese “tiotomoso” (Uncle Tomish), y para evitar la distorsión buscó complementar a Reymond con la adición de Maurice Rapf. Neal Gabler refiere en Walt Disney: The Triumph of the American Imagination (2006): “Rapf era miembro de una minoría, judío y franco izquierdista, y él mismo creía que la película sería inevitablemente Uncle Tomish. “Eso es exactamente por lo que quiero que trabajes en ella”, le dijo Walt, “porque sé que no piensas que debo hacer la película. Tú estás contra el Tío Tomismo, y eres un radical”.

Las apariencias engañan. Walt Disney no era el racista que Patricia Turner pintó con poca justicia.

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Otra canción del sur pareció cantarse a coro, aunque muy desafinada, en la reciente cumbre de UNASUR desde Bariloche, Argentina. En general, el tema de la canción era el de la desconfianza suscitada por el acuerdo colombo-estadounidense de ampliar el acceso de fuerzas militares norteñas, en especial aéreas, a las bases militares de Colombia. Pero los miembros del coro, la mayoría de los presidentes nacionales de América del Sur, parecían cada uno vocalizar una letra distinta, y mientras unos cantaban con preocupada tranquilidad, otros lo hacían con jocosa agresividad. Everybody’s got a laughing place.

Ninguno aplaudió o celebró en modo alguno la ocurrencia de Álvaro Uribe Vélez, a cuyo tercer período presidencial van abriéndose las puertas una tras otra. Pero su posición es comprensible: Colombia no ha dejado de estar asediada por la guerrilla y el narcotráfico, socios criminales de una rebeldía que hace mucho dejó de tener el más mínimo sentido. Y si algún cambio positivo para los colombianos ha traído alguno de sus gobiernos en esta lucha contra la violencia, la negación de la política, es el presidido por Uribe. Colombia es otra desde que él es presidente.

Uribe recibió la Presidencia de Colombia de las manos de Andrés Pastrana, quien había accedido al cargo el 7 de agosto de 1998, cuatro años antes. Pastrana probó primero una distensión de la guerra contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional, a los que llegó a conceder un santuario enorme en el interior del país, con un área equivalente a la de Suiza. Su esperanza era que a ese gesto sobrevinieran negociaciones definitivas, que acabaran con la lucha armada en su país. Salió del experimento con las tablas en la cabeza. Las FARC y el ELN jamás cesaron su cruel actividad terrorista.

Pero cuando Pastrana apenas comenzaba su gobierno, hizo su primera visita de Estado a Venezuela para reunirse con Rafael Caldera, a cuya presidencia le quedaba menos de seis meses de vida. En aquella ocasión la corresponsal de Univisión quiso conocer la opinión de quien escribe sobre la intención ya sabida de Pastrana, sobre su oferta de distensión. La contestación fue más o menos así: “Me parece una señal de respeto que el primer viaje al exterior del presidente Pastrana sea una visita al presidente Caldera, en busca de su criterio y su consejo tal vez porque pudo desactivar nuestras propias guerrillas durante su primer gobierno. Y creo que debe ofrecerse la bienvenida a su intento de desarmar a Colombia por las buenas. Pero si su iniciativa fracasa, la próxima visita debería procurar un acuerdo militar de Colombia y Venezuela, hacia donde más de una vez se ha desbordado la guerrilla, como en Cararabo, para que el ejército colombiano y el ejército venezolano atenacen en maniobra de pinzas a los insurgentes terroristas y narcotraficantes para cercarlos y acabar definitivamente con ellos”. Era, por supuesto, una recomendación radical y también ilusa. El presidente que hubiera tenido que recibir la segunda visita era Hugo Chávez, quien preferiría más bien unas tenazas de las FARC y el ejército de Venezuela contra las “cúpulas podridas” de Bogotá.

………

Obviamente, una mayor presencia militar estadounidense en Colombia, además de su objetivo explícito contra las FARC y el ELN, es un poderoso disuasivo de aventuras bélicas venezolanas contra Colombia, que es un escenario que el vecino país debe haber considerado desde hace ya mucho rato. No en balde son groseramente patentes las actitudes del gobierno presidido por Chávez—a favor de las FARC y en contra de Uribe—y especialmente el desmesurado armamentismo venezolano de los últimos años. Si Chávez tuviera de vecino un país cuyo gobierno se armara hasta los dientes sin motivo aparente, se aliara con sus enemigos internos y lo insultara semanalmente, hace mucho tiempo que se habría rasgado las vestiduras, chaleco antibalas incluido, y en cada interminable discurso se hubiera presentado, con más denuedo del que habitualmente aplica, como víctima de siniestros designios. Si Uribe no tuviera planes contra una posible, hasta probable, agresión abierta de Venezuela, sería muy mal Presidente de Colombia y, como no se chupa el dedo, tiene que estar plenamente consciente de que un incremento de la ayuda militar de los Estados Unidos es la mejor vacuna contra tan desagradable infección.

De modo que el exceso en la reacción de Chávez—a comparar con la mesura de otro vecino de Uribe, como Lula—lleva a pensar que, antes de ser una amenaza activa contra Venezuela, el polémico acuerdo de Colombia y los Estados Unidos puede ser el entorpecimiento de la suya propia, de sus propios planes anticolombianos.

Claro que es posible una retórica de preocupación, aun de grande preocupación sudamericana, pues es verdad que la historia del intervencionismo estadounidense, en el mundo y en este continente del sur en especial, es larga y densa. Pero la retórica de Chávez sonó hueca en más de una ocasión. Dijo, por ejemplo, que la Guerra de Irak mostraba que los Estados Unidos abusaban de su poder sin miramientos, y que “ni siquiera si el imperio fuera a jurar al Vaticano” él les creería. Pero el mundo sabe que no todos los estadounidenses aprobaron esa guerra, que muy particularmente no lo hizo Barack Obama, cuya política es diametralmente opuesta a la de su antecesor, quien la inició. El mismo día que Chávez expresaba esa incredulidad, John Kerry hacía un elocuente elogio de Ted Kennedy en las muy atípicas exequias—celebratorias de la productiva vida del finado—que se le hacían en Boston. Allí dijo que el voto de Ted Kennedy contra la guerra en Irak había sido su voto más orgulloso. (“His proudest vote”).

De modo que Chávez pretendió hacer creer a sus colegas de UNASUR que Walt Disney era Joel Harris y Barack Obama es George W. Bush, y ninguna de estas cosas es cierta.

Por lo demás, Chávez tiene un serio problema de carencia de autoridad moral. Si alguien tiene baja credibilidad—ni que fuera a jurar hasta la Meca—es él; si alguien fue golpista antes que los militares hondureños fue él mismo; si alguien ha seguido una política exterior procazmente intervencionista es él. De aquí la advertencia de Uribe: “No podemos caer en la trampa de que hay intervencionismos malos e intervencionismos buenos”.

Uribe Vélez no es nuestro presidente, y el Vicepresidente de Ecuador, Lenin Moreno, no es el nuestro. Pero en este caso una abrumadora mayoría de los venezolanos hace suyas recientes palabras de Moreno: “Si es que el propósito del presidente Chávez fuera el de involucrarnos en un conflicto militar, no lo vamos a aceptar”.

Va a tener que ir a pelear solo.

luis enrique ALCALÁ

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CS #346 – Sequía de líderes

Cartas

Cuando, en los inicios de 2002, comenzaba a discutirse abiertamente en Venezuela sobre métodos que rindieran una terminación anticipada del mandato que Hugo Chávez recibiera en diciembre de 1998, era una de las cartas de la baraja el planteamiento de una enmienda constitucional para recortar el período que resultó de las elecciones de julio de 2000, en las que resultara vencedor sobre uno de sus viejos socios golpistas, Francisco Arias Cárdenas. La ineficaz idea era postulada por el partido Primero Justicia. Resulta difícil comprender cómo una agrupación política competente podía entonces suponer que tal diseño tuviera alguna viabilidad.

Se suponía que la iniciativa de la susodicha enmienda surgiría del seno de la propia Asamblea Nacional. (Nunca se habló de suscitarla desde un quince por ciento de los electores, que es lo que el primer numeral del Artículo 341 de la Constitución estipula para la iniciativa popular de una enmienda). Es posible que, en una Asamblea Nacional en la que las curules opositoras, en minoría, excedían el treinta por ciento de sus diputados (condición prescrita en el mismo numeral), la fase de la iniciativa—la introducción de la enmienda a debate—pudiera superarse de haberlo intentado. Lo que era verdaderamente ilusorio es la creencia de que la enmienda hubiera sido aprobada por la mayoría simple estipulada en el segundo numeral del mismo artículo. Los partidarios de Hugo Chávez eran mayoría en la Asamblea; jamás hubieran sancionado la enmienda imaginada, ni siquiera porque al comenzar el año 2002 el gobierno tuvo un apoyo muy disminuido.

Antes, a mediados de los años ochenta, hubo un importante movimiento a favor de la uninominalidad en la elección de los cuerpos deliberantes—lo mismo que ahora se cuestiona en la nueva Ley Orgánica de Procesos Electorales—, y voces tan graves como la de Arturo Úslar Pietri abogaban por esa modalidad. La asociación civil Queremos Elegir llevó la voz cantante, y en 1987 entregó a la Cámara de Diputados una petición para que se reformara la Ley Orgánica del Sufragio en esa dirección, aunque la comunicación limitaba el asunto a la uninominalidad de los concejales. Para la época, por supuesto, estaba en vigencia la Constitución de 1961, y el numeral 5º de su Artículo 165 señalaba que la iniciativa de las leyes también correspondería a “un número no menor de veinte mil electores identificados de acuerdo con la ley”. Queremos Elegir reportó haber recogido ciento cuarenta mil firmas en esa oportunidad, siete veces la cantidad requerida para introducir toda una ley por iniciativa popular, a pesar de lo cual tuvo miedo del cuero del tigre que había matado, y se limitó a consignar un tímido petitorio.

………

Esta publicación ignora cómo transcurren los procesos de deliberación estratégica en el seno de la Mesa de Unidad opositora pero, a juzgar por sus resultados, el método empleado en aquéllos debe ser errático, superficial y apresurado. La serenidad parece estar ausente de esa deliberación, así como la unidad de criterio. (Al menos en esto último no hay nada de unitario en la mesa). En respuesta a la angustia ciudadana causada por la aprobación de la Ley Orgánica de Educación, líderes de distintos partidos han saltado ante la opinión pública con urgentes anuncios a nombre de “la oposición”, sólo para contradecirse en pocas horas.

La prensa reseñaba, por ejemplo, el 14 de agosto: “El diputado del partido Podemos, Ismael García, anunció que a partir de este momento se declaran en rebeldía y desacato contra el instrumento legal, que calificó de absurdo… Indicó que acudirán al Consejo Nacional Electoral para solicitar un referéndum abrogatorio…” A continuación reportó su ocurrencia de sugerir una imitación de Manuel Zelaya, cuando dijo: “… y si el CNE nos negara esa posibilidad, nosotros colocaríamos una cuarta urna en las plazas de Venezuela para que el pueblo vote”. (El Universal).

La misma nota, de Yaneth Fernández y Alicia De La Rosa, recogía la posición de Antonio Ledezma: “Declaramos a todos los sectores democráticos en Venezuela, a los partidos políticos, a los sectores estudiantiles, a los educadores de universidades, liceos y escuelas, a los padres y representantes, a los transportistas, a los comerciantes de los pueblos del país, a los congresantes, a los legisladores, nos declaramos a partir de este momento en lucha permanente en defensa de la Constitución y la democracia venezolana”. De seguidas recomendaba esta novísima táctica: “Convocamos a Venezuela a activarnos esta noche haciendo sonar un gran cacerolazo en rechazo a la Ley inconstitucional. Esta noche a las ocho comenzará el corneteo en calles, autopistas de toda Venezuela y que se hagan escuchar en barrios y urbanizaciones las cacerolas”. No hubo reportes posteriores de cacerolas batientes dignas de reseñar.

Al domingo siguiente el mismo diario titulaba: “Oposición acuerda apoyar referendo abrogatorio contra Ley de Educación”. Daba cuenta de una reunión en la que el alcalde Ocariz sirvió de anfitrión: “Alcaldes de oposición del área metropolitana, acordaron con la gobernación de Miranda, la Alcaldía Metropolitana, padres, representantes y docentes en contra de la Ley Orgánica de Educación, organizar la convocatoria a un referendo para eliminar este instrumento jurídico”. El primer orador del acto fue Juan José Molina, diputado por Podemos, quien dijo: “… queda el camino de la democracia y solicitar un referendo abrogatorio para seguir viviendo en la democracia que todos estamos acostumbrados”. También hablaron Gerardo Blyde (ex Primero Justicia, ahora de Un Nuevo Tiempo), Antonio Ledezma (Alianza Bravo Pueblo) y Carlos Ocariz (Primero Justicia), quien “se comprometió a apoyar a la sociedad civil en la recolección de firmas para el abrogatorio”. Ledezma, dice el periódico, “insistió en la necesidad de hacer un referendo abrogatorio que derogue la Ley Orgánica de Educación ya firmada este sábado por el presidente de la República Hugo Chávez Frías”. Blyde afirmó: “Hay que borrar [la LOE] del mapa jurídico venezolano y para eso es el abrogatorio”. Cerró el acto el Gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles Radonski, quien contribuyó anunciando la creación del Comando Moral y Luces—siguiendo la pauta de Chávez, que todo lo relaciona con Bolívar—, cuya misión sería la de “solicitar formalmente” a las autoridades del Consejo Nacional Electoral activar un referéndum para “que sea el mismo pueblo venezolano el que apruebe o no la Ley de Educación”.

Esta fase del proceso merece tres comentarios. Primero, la iniciativa popular no solicita; manda, a pesar de la redacción constitucional. Segundo, éste no es asunto en el que debieron involucrarse de manera tan protagónica alcaldes y gobernadores electos, cuya exclusiva función es la de rendir un servicio público en sus respectivas circunscripciones; no puede servir de excusa que Hugo Chávez excede su función presidencial al actuar como líder del PSUV y meterse en cosas que no le incumben—era costumbre sana, ya olvidada, de nuestra democracia liberar de disciplina partidista al Presidente de la República—, y si los partidos mencionados querían estar en aquel acto, sus voceros han debido ser Omar Barboza, Oscar Pérez (o Richard Blanco) y Julio Borges. Tercero, esta publicación ya había alertado—Nota Ocasional #21—que el camino abrogatorio sería impedido irremisiblemente, sobre la disposición del último párrafo del Artículo 74 de la Constitución. (“No podrán ser sometidas a referendo abrogatorio las leyes… que protejan, garanticen o desarrollen los derechos humanos…”)

Debe reconocerse que Acción Democrática no participó de este sarao, y que Un Nuevo Tiempo anunció poco después su posición oficial de rechazo a la idea del referéndum abrogatorio.

No fue sino hasta el miércoles 19 de agosto cuando El Universal reportara: “La determinación de la Mesa de la Unidad contra un abrogatorio se tomó en una reunión plenaria la noche del lunes—según algunas fuentes, a instancias del MAS—en el entendido de que el anuncio de García no contaba con el consenso pleno, existiendo incluso dentro de la cúpula de los partidos posiciones divergentes. Éste fue el caso de Primero Justicia, pues Julio Borges dejó claro que el apoyo expresado a la consulta electoral por el gobernador de Miranda, Henrique Capriles, durante el acto del domingo en La Urbina, no contaba con el respaldo de la dirección nacional, confió uno de los asistentes al pleno… El secretario general de COPEI, Luis Carlos Solórzano, sí estima procedente impulsar un referendo contra la LOE, pero ninguno de los directivos de ese partido asistió a la reunión del lunes. Asimismo, las versiones coinciden en que en el debate, tanto Acción Democrática como La Causa R presentaron posiciones institucionales firmes desde el principio en contra de esa posibilidad… En cuanto al MAS, la posición inicial favorable expresada de manera pública por sus dos coordinadores nacionales, José Antonio España y Nicolás Sosa, debió ser reconsiderada tras la demanda del resto de los miembros de la dirección naranja por una posición colegiada”. También anotó el diario: “…otro dirigente, molesto por las marchas y contramarchas estratégicas de la alianza de oposición, estuvo en desacuerdo con responsabilizar a García exclusivamente y puso de bulto la concatenación de sucesos, pues tras la rueda de prensa del viernes—recalcó—se realizó el acto de calle en Chacaíto y el pronunciamiento de los alcaldes del Área Metropolitana de Caracas y del gobernador de Miranda a favor del abrogatorio, de modo que, a su juicio, hay una responsabilidad compartida en el apresuramiento del anuncio y el costo político que deberán pagar ahora una vez reconsiderada la decisión”.

………

Una vez muerta la peregrina noción abrogatoria, sin embargo, parece que la Mesa de la Unidad busca ahora una ganga. (La décima parte de las firmas requeridas para forzar una consulta de abrogación). El lunes de esta semana continuó informando El Universal (Carolina Contreras): “Henrique Capriles Radonski, Gobernador de Miranda, acudió en representación de la Mesa de Unidad al Consejo Nacional Electoral (CNE) para solicitar un mecanismo que permita la reforma de la Ley Orgánica de Educación (LOE) vía iniciativa popular”. Y citó al mandatario mirandino, quien habría dicho: “Ya que se negó el referendo abrogatorio (…) el artículo 204 de la Constitución, 205 de la Constitución establece claramente de un 0.10% de los electores inscritos en el CNE pueden solicitar la reforma de una ley. Es decir que el Consejo Nacional Electoral tendría que fijar el mecanismo para que nosotros podamos a buscar la voluntad de ese 0.10% de electores”. (Sic, sic, sic, sic, sic).

Bueno, en primer término, la iniciativa popular de las leyes puede ejercerse con 1% de los electores, no con 0,1%. (Suponiendo que Capriles—que aparentemente fue designado representante ante el CNE, olvidando rápidamente su error abrogatorio, como modo de hacer control de daños a la imagen de un gobernador de oposición—no haya sido citado incorrectamente). Luego, la iniciativa popular no puede reformar ninguna ley; tan sólo puede introducir un proyecto de reforma, cuyo destino será determinado por la Asamblea Nacional, lo que lleva a las consideraciones que siguen.

Para empezar, el Artículo 205 de la Constitución reza: “La discusión de los proyectos de ley presentados por los ciudadanos y ciudadanas conforme a lo dispuesto en el artículo anterior, se iniciará a más tardar en el período de sesiones ordinarias siguiente al que se haya presentado. Si el debate no se inicia dentro de dicho lapso, el proyecto se someterá a referendo aprobatorio de conformidad con la ley”. Si fuera seria la intención de la Mesa de Unidad, lo más rápidamente que pudiera actuar sería recoger las firmas a tiempo para introducir el proyecto de reforma antes del 15 de diciembre de este año, cuando concluirá el segundo período de sesiones ordinarias de 2009. En tal caso, la Asamblea tendría la obligación de iniciar—no necesariamente concluir—la discusión del proyecto antes del 15 de agosto de 2010. A Cilia Flores le bastaría dar la palabra a un solo orador que “iniciara” la discusión el mismo 15 de agosto de 2010 en horas de la tarde.

Pero el obstáculo principal—que remite al recuerdo de la pretendida enmienda de recorte de período en 2002—es que la misma Asamblea Nacional que acaba de aprobar la Ley Orgánica de Educación es el órgano encargado de discutir y aprobar, o más probablemente rechazar, un proyecto de reforma introducido por iniciativa popular, así venga respaldado por dieciocho millones de firmas, o el registro electoral en pleno. La Constitución no garantiza que un proyecto de ley introducido por iniciativa popular será aprobado. ¿En qué cabeza cabe, pues, que es una idea medianamente productiva la introducción de un proyecto de ley que niegue lo que la asamblea de Cilia acaba de aprobar?

Más aún: ¿qué carrizo hacía Capriles Radonski, “en representación de la Mesa de la Unidad”, en el Consejo Nacional Electoral “solicitando” de este organismo—otra vez pidiendo el favor—vías expeditas para un acto que, como la introducción de un proyecto de ley por iniciativa popular, no es en absoluto un acto electoral? No existe disposición alguna en la recién aprobada Ley Orgánica de Procesos Electorales—que derogó la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política y el Estatuto Electoral del Poder Público—, como tampoco en la Ley Orgánica del Poder Electoral que establezca que el Consejo Nacional Electoral tenga vela alguna en ese entierro. Ninguno de sus artículos establece que las firmas que soporten un proyecto de ley de iniciativa popular deban ser certificadas por el Poder Electoral. La iniciativa de una ley no es un acto electoral y, por consiguiente, esta materia queda fuera de la jurisdicción del Consejo Nacional Electoral. El fulano proyecto—idea malísima—tendría que ser llevado directamente a la Asamblea Nacional, y sería ésta la que tendría que ver cómo certifica la legitimidad de las firmas.

………

Así están las cosas, pues, con la oposición formal venezolana. Si la Mesa de la Unidad no vuelve a revertir la actuación de su delegado, Henrique Capriles Radonski, para deslindarse de tamaño desatino, ya no tendrá un chivo expiatorio, como en el caso de Ismael García, a quien atribuir el nuevo apresuramiento y la nueva equivocación, después de que se convocara—¡por Dios!—una enésima marcha por aquella profunda máxima estratégica de que “hay que calentar la calle”. (Quien escribe certifica, no obstante, que fue obedientemente a marchar y hacer bulto).

La representación de Capriles, por otra parte, revela holgazanería política en la Mesa de la Unidad. Cuando todos los estudios de opinión reportan rechazos muy mayoritarios a casi toda ejecutoria reciente del gobierno, se conforma con captar la aquiescencia de uno por ciento de los electores (¿0,1%?), lo que ciertamente es más barato que diez por ciento de ellos.

En esta publicación se recomendó (23 de julio, #341), agarrar el toro por los cachos y plantear un referéndum consultivo frontal, capaz de parar el trote a Hugo Chávez Frías: “¿Está usted de acuerdo con la implantación en Venezuela de un sistema político-económico socialista?” (El Movimiento 2D pareció alinearse en esa misma dirección en su comunicado del pasado domingo 23 de agosto, exactamente un mes después: “Puesto que la implantación del comunismo en Venezuela significa el cambio radical de sistema político, de vida, de ideales y de principios, por qué el Presidente de la República no convoca a un referéndum con una sola pregunta, que sería ésta: ¿Quiere usted que el régimen comunista sea establecido en Venezuela?” Por supuesto, la pregunta es retórica; por un lado, Chávez no habla de comunismo, sino de “socialismo del siglo XXI”, aunque en su cabeza esto sea realmente comunismo o marxismo radical. Luego, el asunto no es confiar en que el Presidente de la República consentiría en plantear tal cosa, sino en forzarlo desde la iniciativa popular, sobre la confiada y realista base de que en este punto sí hay una mayoría que votaría contra el socialismo, la excusa y coartada central del gobierno).

Pero la dirigencia opositora formal no consigue fuerzas para atreverse, y va a suplicar al Consejo Nacional Electoral una gracia que no corresponde a este órgano conceder. Es terrible, pero la errática y equivocadísima conducta de esa dirigencia la revela, una vez más, como incompetente.

La situación reclama a gritos una nueva formación política, construida sobre la base de un código genético distinto del de los partidos tradicionales, capaz de unir al país y de hablar a la inmensa mayoría no alineada, que ve con horror la perniciosa, abusiva y arrogante trayectoria del gobierno y con atónita incredulidad la supina ineficacia de los partidos de oposición.

luis enrique ALCALÁ

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