La carta de Adolfo

Adolfo Aristeguieta Gramcko, Maestro de Scouts

Me fue concedida la enorme fortuna de conocer a Adolfo Aristeguieta Gramcko, médico, psiquiatra, educador, venezolano cabal, gracias a la radio. A fines de 1993 comencé a conducir el programa dominical Argumento en Unión Radio (hasta fines de 1995), y él me escuchó decir una vez que yo canonizaría a Pierre Teilhard de Chardin; llegué a nombrarlo como San Pedro Teilhard. Bueno, Adolfo era tal vez más teilhardiano que yo y, de algún modo, obtuvo mi número telefónico y llamó a mi casa para presentarse e iniciar una intensa, fructífera y, lamentablemente, corta amistad. (De esas cosas dejé constancia en las palabras que su viuda, Eva, me pidió dijera en la misa de cuerpo presente al día siguiente de su muerte, acaecida el 31 de julio de 1998. Allí puse: “Adolfo Aristeguieta Gramcko era político. Era infalible, para empezar, en materia de justicia social. Esto le venía de una sensibilidad especial y una rapidez prodigiosa para relacionar la varia simultaneidad del flujo político. Le venía de una invariable irritabilidad ante lo injusto”).

Con frecuencia, almorzamos y conversamos en un restaurante de comida china en San Bernardino, a distancia de a pie de su consultorio pero, antes y a raíz de su llamada inicial, le hice llegar algunos textos y un ejemplar de Krisis: Memorias Prematuras. Guardo con el mayor celo las quince páginas que me enviara con sus comentarios, producto de la incipiente y generosa amistad que me brindara y sus dotes médicas y constructoras de patria. Es con orgullo y amor que reproduzco acá esa comunicación segunda, sobre la que apunté reacciones que pensaba plantearle en cuanto nos viéramos por primera vez. LEA

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Memorias imprudentísimas

 

Personajes que hicieron inevitable a Chávez

 

A José Rafael Revenga, constante maestro y amigo

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Como refiriera en la entrada anterior, trabajé en PDVSA como Consejero de la Presidencia (de marzo de 1982 hasta mayo de 1983): “Renuncié a mi último empleo en mayo de 1983. Hice algún sondeo como para no saltar al vacío y decidí que empezaría a trabajar como asesor externo de organizaciones. Don José Antonio Giacopini Zárraga me aconsejó pensarlo muy bien. Su avezado ojo vislumbraba tiempos más difíciles, inconvenientes para abandonar la seguridad de un ingreso regular. Razón no le faltaba, pero eludí su consejo y di el salto”.

Así comienza el libro Krisis – Memorias prematuras; mi primer libro, mis primeras memorias. No está contado en él, por tanto, mi paso por la mayor empresa del país. La renuncia a mi cargo en ella tuvo que ver con una serie de desengaños que referiré a continuación, pero también obedecía a la recuperación de mi verdadera vocación: la política. (Dos años más tarde, elaboraba un proyecto de asociación política que superase los partidos tradicionales).

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El gran Marcel Roche

Era época de mis últimos días como Secretario Ejecutivo del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas; había hecho conocer a Raimundo Villegas, Ministro de Estado para la Ciencia y la Tecnología, mi deseo de asumir la Presidencia del organismo en momentos cuando éste se aprestaba a cambiar su Directorio de cinco miembros y el resto de su Consejo. Entre los acicates de esa intención fue el más importante una entrevista solicitada por Marcel Roche, el hombre-ciencia del país que fundara el CONICIT. El Dr. Roche me visitó para comunicarme: “Luis Enrique: toda la comunidad científica sabe quién ha sido en los últimos dos años el verdadero Presidente de este organismo; todo el mundo sabe que ése eres tú”. Recuerdo mi azoro y mi gratitud por el reconocimiento a que hubiera podido “cambiar hacia lo positivo un dañado clima organizacional, inspirar y conducir un ambicioso plan operativo, y completar casi el 100% de sus metas físicas en el 80% del tiempo y con un consumo de 70% de los recursos presupuestados”. (Cuestionario prerrevocatorio). Villegas no hizo caso y optó por seleccionar para la Presidencia a Ernesto Palacios Pru; como él mismo, miembro del Opus Dei. Palacios Pru confirmó la evaluación de Roche; al instalarse en su cargo lo primero que hizo fue presentarse en mi oficina a decirme: “Tú has sido últimamente el verdadero Presidente del CONICIT, pero yo acabo de ser elegido para ese cargo y aquí no caben dos presidentes. Creo que tienes que irte”.

Cuando aún no me había ido, llamó a mi casa Wolf Petzall, antiguo, dulce y entrañable amigo a quien debo cosas que todavía no he pagado. Me dijo de una vez: “Por fin tendremos plata para un think tank. El Directorio de PDVSA aprobó en diciembre la creación de la Unidad de Estudios Especiales que responderá directamente a la Presidencia. Tú eres quien más sabe de think tanks en el país, y creo que estás mandado a hacer para montarla y dirigirla. Ven a conversar conmigo”. Nada podía alegrar más mi inminente desempleo.

Petzall me reunió con Alirio Parra, el director de enlace con la nueva unidad, quien me invitó a cenar con mi señora en compañía de la suya. Ya Wolf le había mostrado unas primeras notas mías sobre su composición y se mostró encantado. Cumplidas las formalidades burocráticas, empecé a trabajar en la holding petrolera con el encargo de establecerla y conducirla.

Poco después llegó, procedente de Viena, el exembajador de Venezuela ante la Organización de Países Exportadores de Petróleo, Félix Rossi Guerrero. Me enteré de que él sería en verdad el director de la unidad cuando me encontró en mi oficina y preguntó ¡qué hacía yo en su escritorio! Mi queja ante Petzall no dio resultados; me explicó que Rossi era amigo de Parra y que la dirección de enlace—y la de la Unidad de Asuntos Internacionales (para la que también presenté un diseño el 4 de mayo de 1983)—se le había conferido a este último como un caramelito de consuelo. (Parra había sido hasta hacía poco el Director de Enlace de la poderosa Coordinación de Comercio y Suministro de PDVSA; se le había quitado esa función al conocerse manejos dudosos de su hermano en negociaciones de petróleo venezolano desde Londres para su propio lucro). Petzall razonó que, por su carrera diplomática, Rossi asumiría seguramente la jefatura de la Unidad de Asuntos Internacionales, aún inexistente, y yo volvería a dirigir la de Estudios Especiales.

Absorbí la nueva situación hasta que Rossi se dedicó a encerrarse en su oficina con su secretaria, una dama especialmente agraciada, con el pretexto de que tenía que ver el Campeonato Mundial de Fútbol de ese año. (España: 13 de junio a 11 de julio de 1982). Me quejé con Petzall, mi padrino, porque mi actividad había sido reducida a redactar “una paginita” al mes, mientras ganaba una importante remuneración. (Nuestra industria petrolera clasificaba a su personal en grupos, siendo el más alto el del Directorio de la empresa, el 31; a mí me habían clasificado en el 29, justo por debajo de los coordinadores funcionales, y percibía un atractivo sueldo mensual). Me sentí mal de ganar tanto por tan poco trabajo. Wolf volvió a tranquilizarme; me aseguró que la situación era temporal y me aconsejó: “Entretanto, hazte útil al General. El 27 de agosto será la Asamblea Anual de PDVSA. Escríbele el discurso“. Eso hice; a partir de allí el general Alfonzo quiso conversar conmigo prácticamente todos los días.

Aproveché de solicitar su permiso para visitar al Ministro de Hacienda, Luis Ugueto Arismendi. Corría el rumor de que Leopoldo Díaz Bruzual, quien presidía con rango de Ministro el Fondo de Inversiones de Venezuela, maniobraba para que las divisas internacionales de PDVSA, hasta los momentos bajo control de la empresa, fuesen entregadas a la discreción del Banco Central de Venezuela, que él presidiría después. Yo creía que podría transmitir criterios sobre el delicado asunto a Ugueto; a regañadientes, Alfonzo me dio su autorización.

A las 6 de la tarde del 19 de agosto de 1982, visité al Ministro de Hacienda en su despacho del Centro Simón Bolívar. De entrada le espeté: “Luis, estoy viendo disparidad de opiniones en el Gabinete Económico; tú dices una cosa, Maritza Izaguirre dice otra, Calderón Berti otra más y el ‘Búfalo’—Díaz Bruzual—otra distinta. No creo que eso convenga al país”. Ugueto reaccionó de inmediato, muy molesto: “¡Eso no es verdad! ¡El gabinete económico es un solo hombre!” (¿Él?) “¡Lo que pasa es que el presidente Herrera quiere una segunda voz en materia económica, y ésa es Díaz Bruzual!” De seguidas, introdujo él mismo el tema de las divisas de PDVSA: “Yo no estoy de acuerdo con transferir las divisas al Banco Central, aunque eso sea la ley. Usualmente, los abogados no conocen de realidades económicas”. Me despedía de él con la invaluable información de que PDVSA contaba con Ugueto como aliado.

Rafael Alfonzo Ravard

Regresé a PDVSA, donde el general Alfonzo me esperaba; entré en su despacho a las 7:20 de la noche. Estaba de pie tras su escritorio; conmigo prefería hablar así—él de pie, yo sentado—, creo que por nuestras respectivas estaturas. Le conté la conversación y le dije: “General, lo que me ha dicho el ministro Ugueto es señal de que podemos establecer una entente cordiale con el gabinete económico. Mi consejo es que procure aliviar el problema de caja del Gobierno; decrete dividendos extraordinarios que le alleguen dinero fresco, pero no permita que le cambien las reglas de juego y se lleven las divisas de la empresa al BCV”.

No pude dar crédito a mis oídos con la instantánea respuesta de Alfonzo: “Luis Ugueto no sabe nada de economía; Maritza Izaguirre es una come concha; Calderón Berti lo que quiere es serrucharme el puesto. ¡Yo no voy a a acordarme en nada con el gabinete económico!” Ocho días después decía, en la séptima asamblea de PDVSA, que “habría que apartar una cuota de 100.000 barriles diarios de petróleo durante diez años para pagar la deuda. Entre los asistentes al evento se encontraba el presidente Luis Herrera Campíns, a quien no le gustó nada tal declaración. El discurso sirvió asimismo para que el Contralor General de la República, Manuel Rafael Rivero, quien hasta los momentos no se había manifestado al respecto, ofreciera a la prensa solemnes y preocupadas declaraciones sobre la deuda de la Nación. El presidente Herrera declaró que estas manifestaciones de altos funcionarios públicos no eran convenientes. Pocos días después se produjo su decisión, en contra de la mayoría del gabinete económico, de centralizar todas las divisas del sector público en el Banco Central de Venezuela, incluyendo, muy especialmente, las de la industria petrolera”. (Cuando PDVSA era una empresa).

Al día siguiente, 20 de agosto, me recibiría Rafael Caldera en la sede del partido COPEI. Me había dicho que quería hablar conmigo de think tanks porque yo sabía “mucho de eso”. Al inicio de la conversación indicó: “Yo creo que los think tanks pueden ser muy útiles para generar ideas. Por ejemplo, el hueco de la esquina de Pajaritos está así desde mi gobierno. Un think tank podría decir qué se debe hacer allí; un estacionamiento pigeon hole, por ejemplo”. Mi visita sirvió fundamentalmente para saber que Caldera no tenía idea de la cosa y que tampoco, por cierto, estaba muy informado de los problemas económicos del gobierno de Herrera.

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Desanimado de lo que se exigía de mí en PDVSA, comencé a pensar que tal vez podía mudarme a alguna de sus subsidiarias: Lagovén, Maravén, Corpovén, Menevén. Arrancando 1983, fui a hablar primero con Frank Alcock, antiguo amigo y Presidente de Corpovén (empresa que convenientemente compartía con PDVSA la torre de oficinas de La Campiña), acerca de mi incomodidad. Al rompe me dijo: “Acá no tengo puesto para ti, pero ¿qué es lo que quieres? ¿No quieres comer m… del General y la vas a comer de Quirós Corradi en Lagovén?” Luego de la implícita recomendación, fui a hablar con Renato Urdaneta, el Presidente de Menevén. Éste respondió pocos días después con la oferta de un interesante trabajo desde el que supervisaría cuatro unidades funcionales, incluyendo la Secretaría de la Junta Directiva. Acepté en principio, pero el general Alfonzo impidió mi traslado. Él quería que trabajara con él hasta al menos el mes de septiembre, pero me permitió hablar a la junta que Urdaneta presidía sobre un verdadero think tank para la industria.

Un think tank es un instituto de investigación con un número considerable de al menos, quizá, treinta investigadores que suelen trabajar, en grupos multidisciplinarios y especializados, en la formulación de políticas, en proyectos dirigidos sobre todo a procesos sociales amplios y de largo alcance o carácter estratégico, que examinan sus creaciones y recomendaciones con la mayor rigurosidad científica. Un think tank ha sido establecido porque se cree en la utilidad de un servicio de esa clase (pública o privadamente, pública o secretamente) y por tanto se le dota adecuadamente, hasta generosamente, de recursos (bibliotecas, salones, oficinas, computadoras, correo electrónico y “navegación” en Internet, asistencia en búsqueda y apoyo administrativo). Un think tank, para que sea verdaderamente tal, debe tener garantizada la libertad de pensar y expresar lo que piensa, debe gozar de un derecho equivalente a la libertad de cátedra, de un derecho a la investigación. (De héroes y de sabios, 17 de junio de 1998).

RAND, que visité en 1977

Llevé a Menevén el modelo del más grande think tank del planeta, la Corporación RAND, cuyos proyectos se agrupaban en tres programas: el original programa de investigación para la Fuerza Aérea de los EEUU (Project RAND), el más general para su Departamento (ministerio) de Defensa y el Programa Doméstico que acometía problemas de la más variada índole, como el diseño de políticas de manejo de ciudades, policiales o antiterroristas, por ejemplo. Así, argumenté que un núcleo del think tank que me parecía factible debía dedicarse al desarrollo de nuestra política petrolera nacional, otro a la más amplia política energética y, finalmente, un “programa doméstico” en el que cupieran, por caso, proyectos educativos o sociales. Llegué al salón de juntas con suficiente antelación para preparar el recinto, y me enfrenté al rotafolio en busca de una página libre:

…hace unos años ya en una de las operadoras de PDVSA, nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”. (De héroes y de sabios).

Mi visión de entonces no tuvo acogida. Petzall me llamó poco después para comunicarme que Humberto Calderón Berti, el Ministro de Energía y Minas, quería confiarme una misión; si decidía aceptar, se me mantendría en nómina de PDVSA con todas mis prebendas mientras durase la “comisión de servicio”. Acepté sólo la invitación de Calderón Berti a almorzar en su despacho, donde me comunicó que él quería que lo ayudara dirigiendo una fundación que pensaba establecer, para lo que debía yo viajar a alguna isla italiana (no recuerdo cuál) para asistir a un simposio, y también que él quería ser el próximo Presidente de PDVSA. Mi reacción consistió en mostrarme confundido: “Tú, Humberto, eres el jefe del Presidente de PDVSA, ¿y me dices ahora que quieres ser subalterno del cargo que ahora ocupas?” Calderón Berti respondió sin pensarlo mucho: “Sí, pero es que allí es donde está el poder”. Lo que en verdad quería, como igualmente el general Alfonzo, era ser Presidente de la República de Venezuela; la fundación que pensaba establecer era para ese propósito.

Decidí no aceptar.

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Todavía intenté ser útil a PDVSA y su Presidente. En enero de 1983, supe que por primera vez en su historia se proyectaba para fin de año un déficit de caja de la empresa; los precios del petróleo continuaban en depresión y ya no se contaba con las divisas internacionales, sustraídas a PDVSA mientras Alfonzo estaba de viaje. Obtuve un nuevo permiso del general Alfonzo, esta vez para hablar con banqueros locales que fácilmente podían resolver el problema; a regañadientes de nuevo—Alfonzo se codeaba con el Morgan y el Sumitomo; es decir, con grandes ligas, no con “pulperías” como el Banco Mercantil o el Provincial—, me permitió conversar con cinco banqueros que Iván Lansberg Henríquez reunió a almorzar en su oficina de la Torre La Previsora para que me oyeran: José María Nogueroles (Provincial), Gustavo Antonio Marturet (Mercantil), Iván Senior (Unión), Andrés Velutini (Caracas) y Alfredo Laffé (La Guaira). Como había previsto, con la mayor celeridad los cinco se mostraron en total disposición de cubrir el déficit. Me quedaba tiempo, y se me ocurrió solicitarles que me complacieran consintiendo participar en un ejercicio:

El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras mismas se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir “cada vez mejor y mejor trabajando cada vez menos y menos”. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: “¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!” No fue poca su sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana en octubre de 1982. El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión con los banqueros tomó un camino diferente. De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—se estaba, como quedó dicho, a inicios de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le había sorprendido. En esa conversación, nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: “Bueno, ciertamente que sí, pero ¡la que no nos deja dormir es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!” (Este piazo’e pueblo, 27 de julio de 2006).

Bueno, el 18 del siguiente mes cayó en viernes y fue de color negro. La última cosa que recomendé a Alfonzo (a fines del año anterior) fue que aprovechara su relación con bancos japoneses, para obtener lo que Luis Ugueto Arismendi no pudo lograr: el refinanciamiento. En esta ocasión pareció acoger la sugerencia, pero me fui de PDVSA antes de saber si intentó llevarla a la práctica. Pocos días después renuncié a mi posición en busca de libertad, la que siempre he tenido por más valiosa que la seguridad. LEA

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Justo entre los justos

 

Conmemoración de un ídolo en Centroamérica

 

Arístides fue un estadista ateniense del siglo V a. C. que vivió entre el año 530 a. C. y el 468 a. C., arconte y estratego durante las Guerras Médicas. Obtuvo el sobrenombre de “el Justo”. El antiguo historiador Heródoto, lo citó como «el mejor y más honorable hombre de Atenas», y un tratamiento parecido le dispensó el filósofo Platón en sus escritos.

Wikipedia en Español

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Este año se conmemora el centenario del nacimiento de Arístides Calvani, figura gigantesca, legendaria, benéfica. Hay ya una buena cantidad de artículos sobre su significación y legado. Acá me ocuparé de agrupar recuerdos de nuestra interacción personal, siempre estimulante para mí.

Estuve ante él por primera vez en junio de 1958; Pérez Jiménez había caído y los estudiantes universitarios tendían a verse como héroes de la resistencia final, que comenzara con la carta pastoral de Mons. Rafael Arias Blanco, XI Arzobispo de Caracas, del 1º de mayo de 1957. (Ese documento ejerció un impacto considerable, siendo seguido por comunicados de prensa crecientemente críticos; éstos incluyeron los de profesores de la Universidad Central de Venezuela y su Federación de Centros Universitarios). A mediados de 1958, los estudiantes mayores de bachillerato ya reivindicábamos parte de la gloria, y se formó el Frente Estudiantil, una suerte de federación de centros de estudiantes de secundaria que iba a reunirse en los auditorios del Liceo Andrés Bello o el Instituto Pedagógico Nacional. En el auditorio del Colegio San Ignacio de La Castellana, Jenaro Aguirre S. J., quien presidía la Asociación Venezolana de Educación Católica, y el ya para entonces mítico Arístides Calvani hablaron a más de un centenar de prebachilleres de colegios católicos, y allá fui en representación del Colegio La Salle de La Colina. Mi recuerdo es muy vago: sólo registro que Calvani me impresionó fuertemente, que me pareció harto más interesante que Aguirre, que conocí en ese acto a Eduardo Fernández y Guillermo Betancourt, loyoleros y copeyanos, y que comencé amistad con ellos.

Mi posterior acercamiento a COPEI resultaba natural:

Por accidente biográfico había sido un insólito copeyano, pues mis padres me inscribieron en el colegio de La Salle en La Colina cuando tenía seis años de edad. Allí estudié hasta egresar como bachiller en 1959. Es así como a los quince años cobro conciencia política con el derrocamiento de Pérez Jiménez, mientras me encuentro en un ambiente naturalmente inclinado a adoptar la perspectiva socialcristiana. Siendo yo un “extremista del centro”, como años más tarde trataba de explicar a compañeros de universidad, la equidistancia copeyana del liberalismo y del marxismo convenía a mi temperamento. Así, pues, desde 1958 había tenido una episódica y semiclandestina simpatía o militancia verde. Para 1983 no me había separado del Partido Socialcristiano COPEI. (Krisis: Memorias Prematuras).

Y estando en COPEI o en sus cercanías—mi infancia y primera juventud transcurrieron en Las Delicias de Sabana Grande, a cuadra y media de Puntofijo, la casa de Rafael Caldera, con cuyos hijos mayores hice amistad—, resultaba imposible no oír frecuentemente el nombre de Arístides Calvani, tenido por una de las figuras más influyentes del socialcristianismo venezolano y continental. A cada rato se le nombraba.

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De regreso de Mérida, donde estudié los primeros tres años de Medicina entre 1959 y 1962, participé en el Movimiento Universitario Católico de la Universidad Central de Venezuela, donde cursé el primer año de Estudios Internacionales. Para alejarme de la política (?) y tratar de completar alguna carrera, me inscribí en Sociología, la principal especialidad de la Escuela de Ciencias Sociales que fundara Calvani en lo que yo suponía era el tranquilo monasterio de la Universidad Católica Andrés Bello. El Dr. Calvani, Director de la escuela, conducía el Seminario en días sábados para los alumnos de primer año; no pasó mucho tiempo sin que debiéramos acostumbrarnos a sus frecuentes regaños: “Ustedes no han tenido infancia. Ustedes no leen. Debieran leer a Blas Pascal”, mientras nos machacaba la máxima “El corazón tiene razones que la razón ignora”. Calvani iniciaba sus clases con una rutina invariable; colocaba un crucifijo que sacaba de un bolsillo sobre el escritorio del profesor y se santiguaba antes de iniciar su clase.

El 3 de diciembre de ese mismo año, lo escuché en el Hotel Tamanaco, donde presentó a la audiencia de la Asamblea Plenaria del Seminario Internacional de Ejecutivos el Instituto para el Desarrollo Económico y Social que había fundado y presidía. (Se supuso que el IDES funcionaría como el “Cordiplán” del Dividendo Voluntario para la Comunidad, la organización ideada por Eugenio Mendoza Goiticoa para consolidar y concentrar recursos de las empresas afiliadas para iniciativas de acción social). Pero es que Calvani ya había fundado para entonces el Movimiento Familiar Cristiano, el Instituto de Estudios Sindicales, el Instituto de Formación Demócrata Cristiana (IFEDEC) que ahora lleva su nombre y organiza el homenaje centenario, la Escuela de Ciencias Sociales ya mencionada, amén de fungir como Consultor Jurídico de COPEI (partido en el que no estaba inscrito) y desempeñarse como Diputado al Congreso de la República por el Estado Táchira (antes, en 1947, lo fue por el Distrito Federal, y más tarde—1979-83—Senador por el Estado Sucre); su firma calza al pie de la Constitución de 1961. (Seguramente se me olvida alguna otra ocupación de este hombre increíble). Por aquella época, me reclutó junto con Alejandro Suels para que hiciéramos análisis de contenido en publicaciones venezolanas, en búsqueda seudo kremlinológica de señales de actividad marxista preocupante, lo que dio lugar a una publicación periódica—al estilo de la revista Este-Oeste—cuyo consejo editorial se reunió por un tiempo en el apartamento de Pierre Paneyko, el fundador de la Librería Médica París. De esas reuniones recuerdo, además de Calvani y Pierre y María (su esposa), a Pedro Pablo Aguilar y Justino De Azcárate.

Una colección de sabios

En julio de 1964 (13 al 17), el IDES celebró en el auditorio del Colegio de Ingenieros de Venezuela el simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, al que Calvani y el Vicepresidente del instituto, José Rafael Revenga, así como el jefe de este último en la Fundación Creole, Alfredo Anzola Montaubán, lograron traer un insólito consorcio de gigantes del desarrollo, incluyendo a los padres Louis Joseph Lebret y Jean Yves Calvez, Alfred Sauvy (el papa de la Demografía), Kenneth Boulding y Jorge Ahumada. La conferencia final del evento, del que no me perdí ninguna de sus sesiones, estuvo a cargo de Calvani: Instauración de las estructuras políticas más favorables al desarrollo del país, donde por ejemplo expuso:

Cuando contemplamos la multitud de cambios tecnológicos y la transformación de toda la instrumentación con la cual se construye el mundo de hoy; y cuando pensamos que, entretanto, las estructuras políticas de las democracias permanecen fundamentalmene sin modificación, nos tenemos que preguntar si esas estructuras políticas incambiadas pueden adaptarse a un proceso de desarrollo. (…) A quien lo quiera comprobar históricamente le bastará leer las primeras constituciones venezolanas y examinar las atribuciones presidenciales. Verá cómo, sustancialmente, salvo algunos pequeños cambios—que no funcionan por cierto—se encuentra uno, hoy, dentro de las estructuras políticas fundamentales de 1830.

Eso, dicho hace casi cincuenta y cuatro años. Al año siguiente, se me encargó la edición del libro que recogió las conferencias del simposio, y en 1966 ingresé a la plantilla del IDES, del que llegué poco después a ser Director.

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De Arístides Calvani siempre recibí luces y bondad; era difícil no venerarlo. También recibí su confianza, de la que me enorgullezco. En 1964, mientras cursaba el segundo año de Sociología en la UCAB de la esquina de Jesuitas, sentado en un pupitre que compartía con Luis Ugalde S. J., Calvani nos encargó a ambos tomar las clases de Historia de las Instituciones mientras durase la convalecencia del profesor, Juan Carlos Rey. (Dimos clases a nuestros compañeros durante más de un mes).

Siempre conté con su consejo, práctico y experimentado. En unas pocas ocasiones compartimos tribuna, como en el ciclo de conferencias sobre Seguridad, Defensa y Democracia que organizaran Luis Castro Leiva y Aníbal Romero para la Universidad Simón Bolívar en 1980. Pero, sobre todo, recibí del irrepetible Dr. Calvani enseñanzas; era un educador nato, y son innumerables quienes pueden reconocer precisamente eso.

Arístides Calvani Silva, venezolano, nació en Puerto España, Trinidad, el 19 de enero de 1918. Su padre, Luis Francisco Calvani Grisanti, era a la sazón Cónsul General de Venezuela en esa isla que una vez fue nuestra, y allí fungió como padrino de bautizo del mío, Pedro Enrique Alcalá Reverón, pues mi abuelo, Pedro José Alcalá Lozano, era gerente de la Compañía Anónima Venezolana de Navegación allí mismo. No supe de esa relación cuasi familiar hasta después de muertos ambos. El Dr. Calvani fue a morir en compañía de su esposa, Doña Adela Abbo Fontana, y dos de sus hijas, a Guatemala, en la Centroamérica que fue motivo de sus desvelos y su crucial ayuda. Aún recuerdo la puntada de dolor que sentí en el alma al conocer la noticia. LEA

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Nuestro insólito Rafael Sylva

 

Rafael Sylva Moreno, pintor del desnudo a sus espaldas

 

A Oscar de Jesús, estos recuerdos agradecidos

 

Mi insuperable amistad de infancia y adolescencia con Oscar Álvarez Sylva me condujo a las puertas de su tío Rafael, fallecido el 16 de este mes de enero: los hermanos Sylva Moreno—Dolores Margarita (Loló), Mercedes Helena y Rafael—vivían en casas contiguas de la calle Las Trinitarias en La Campiña de Caracas. A pesar de que algo de sangre Calcaño corre por mis venas y de que mi abuela materna, Mary Chenel-Calcaño de Corothie, era una consumada pianista y la había oído interpretando muchas piezas, no fue sino hasta mis doce años de edad cuando descubrí, de un golpe para el que estaba impreparado, la música sinfónica que desde entonces me llena. El padre de mi compinche, el dulce Oscar Álvarez De Lemos, se preciaba de escuchar música con los mejores equipos de la época: un tocadiscos Garrard y un amplificador McIntosh. (Nada que ver con los computadores de Apple). Una noche que no olvidaré puso a sonar la Obertura-Fantasía Romeo y Julieta de Pyotr Illich Tchaikovsky, una pieza que me poseyó entonces por completo. En mis próximas visitas rogaba a Don Oscar que la repitiera, y poco después consintió en prestarme el disco (Columbia CL-747, con la orquesta de André Kostelanetz) que secuestré en mi casa durante un mes para oírlo incesantemente y torturar a mi familia. Supe que había llegado a un mundo que no dejaría de explorar—We shall not cease from exploration*—y ahorré para comprar mi propia copia, luego la Sexta Sinfonía (Patética) de Tchaikovsky (Erich Kleiber, Orquesta del Conservatorio de París, en una grabación de London Records) y después el Segundo Concierto para Piano y Orquesta de Sergei Rachmaninoff (Eugene Istomin, Eugene Ormandy, Orquesta de Filadelfia, Columbia Records). Esos tres discos fueron mi colección completa por casi un año, pues cada uno costaba Bs. 18 ¡o 20! y mi mesada semanal era de Bs. 10.

El McIntosh de Oscar y Rafael (sin transistores)

Entra en escena Rafael Sylva o, mejor, yo entré en su casa a escuchar música casi todas las tardes de la semana de trabajo. Rafael vivía al lado de los Oscares, en la quinta Santa Helena al centro del terreno común, con su esposa e hijos y su madre, Doña Helena Moreno de Sylva. A eso de las seis de la tarde llegaba de su labor en la agencia publicitaria McCann Erickson, donde fungía como Director de Radio y Televisión, y yo lo esperaba fielmente en la casa contigua de su sobrino, mi amigo, a quien fui progresivamente sustituyendo por el tío. La razón era muy simple: Rafael llegaba invariablemente al descanso de su casa a oír música sinfónica a todo volumen, y su colección discográfica era mucho más abundante que la de su cuñado; él sabía de eso. Además, tenía un equipo de sonido impresionante; también amplificaba con McIntosh y tocaba discos en Garrard, pero la música salía por dos enormes altavoces paralelos, cuando aún faltaba bastante para que nos llegara la estereofonía. Por lo demás, la cultura sinfónica de Rafael Sylva era descomunal, y no sólo de las obras sino también de su discografía. Aprendí de él el placer de escuchar bellezas sonoras en compañía y comparar distintas versiones de una misma pieza, a cotejar ejecutantes diversos en la ejecución de conjunto y, con más detalle, en pasajes específicos. Él era un verdadero connaisseur, un gourmet de la música.

Fue Rafael mi maestro de música, quien descubriera para mí muchas de las maravillas que ahora aprecio; tuve esa inmensa suerte. De temperamento fogoso, él no opinaba prudentemente sino con vehemencia; sus dictámenes musicales eran dogmas de fe, enunciados con seguridad inexpugnable. Así, por ejemplo, nadie habría interpretado de Rachmaninoff la Rapsodia sobre un tema de Paganini con tal fiereza—sustantivo escogido por Rafael—como William Kappell, especialmente su endiablada—él eligió el adjetivo—Variación 19. Acá pongo la pieza completa con ese ejecutante que admiró tanto, acompañado por la Orquesta Robin Hood Dell que dirigió el enorme Fritz Reiner, en interpretación que escuchamos juntos muchas veces:

Rapsodia

Debo a Rafael mi conocimiento de la música de Gustav Mahler, un compositor que le apasionaba. Con su talento para la degustación de la música a pedacitos, me hizo escuchar innumerables veces el pasaje que pongo a continuación, advirtiéndome que se trataba de un terremoto. Ocurre hacia el medio del primer movimiento de la Segunda Sinfonía en Do menor (Resurrección), y aseguraba Rafael que nadie como Leonard Bernstein (con la Filarmónica de Nueva York) lograba la explosión orquestal que tanto apreciara (al minuto y 23 segundos del audio de abajo):

Resurrección

La mayoría de quienes saben de Rafael lo conoce como el inventor de Nuestro Insólito Universo, el extraordinario programa radial iniciado en 1969; no muchos saben de dónde viene su tema musical. Es una composición del británico Ron Goodwin en el disco Music in orbit, y su nombre es The Milky Way. Helo aquí:

La Vía Láctea

Ya había dicho en Música hertziana (18 de noviembre de 2012):

Era mi amigo de infancia, estrecho compinche de barajitas y partidas de béisbol, aviones de plástico y planes de hacer cine, Oscar Álvarez Sylva. Su padre, Oscar Álvarez De Lemos, era ingeniero técnico del Grupo 1BC, y en su casa de La Campiña conocí a Félix Cardona Moreno—Pancho Tiznados y de El Baúl—, Cecilia Martínez y Charles Barry, figuras de RCR y la incipiente RCTV. El cuñado del Sr. Álvarez, hombre bondadoso y de eterno buen humor, era Rafael Sylva Moreno, pintor, publicista y director y productor de programas de televisión. Dirigió, por ejemplo, Kit Carson, héroe y cowboy cuyas aventuras transmitía RCTV con producción de McCann-Erickson (La verdad bien dicha). Era este Sylva el mismo del insólito Nuestro Insólito Universo. La cultura sinfónica de Rafael es asombrosa, y con frecuencia determinaba la musicalización de los programas. Así, escogió Fêtes—aquí por Pierre Boulez y la Orquesta de Cleveland—, uno de los Nocturnos orquestales de Claude Debussy (1862-1918), para la presentación de Kit Carson, cuyo anfitrión era Guillermo Rodríguez Blanco (el charnequeño Julián Pacheco).

Voy a ponerlo de nuevo, en recuerdo de mi amigo y mentor musical Rafael Sylva, hombre de fino espíritu y cultura extensa, de gran inteligencia:

 Fêtes

Arriba dije que Rafael era pintor; lo fue con formación académica, y sólo queda lamentar que no dejara obra numerosa en esa parcela de su territorio estético. Pintaba, creo, en alusiva admiración del estilo de Egon Schiele, el gran austriaco de la Secesión Vienesa. (Ver acá Eros y Euterpe). Del pincel de mi amigo sólo recuerdo un poderoso desnudo femenino y un magnífico autorretrato, del que lamentablemente no he podido conseguir sino esta fotografía que lo muestra parcialmente y en blanco y negro:

El artista ante su autorretrato

 

Otra herencia recibida de Rafael, otro de sus dogmas, es el aprecio insuperado por la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam; con él aprendí a apreciar su precisión interpretativa, sedosa y opulenta—adjetivo favorito de Rafael—, bastante antes de que la revista británica Grammophone la ubicara en 2008 como la mejor orquesta del mundo. Para decirle adiós apaciblemente, no consigo nada mejor que traer a ésa, su orquesta predilecta, en el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, dirigido por Bernard Haitink. (Como se sabe, ese tema musicalizó Muerte en Venecia, la película de Luchino Visconti, y Venezuela es la Pequeña Venecia que lo despide grandemente entristecida).

 Adagietto

Gracias, Rafael. No te olvides de resucitar. LEA

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We shall not cease from exploration/ And the end of all our exploring/ Will be to arrive where we started/ And know the place for the first time. T. S. Eliot, Little Gidding

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El paradigma jurídico-militar

 

Una obra fundamental del siglo XX

 

A mediados de la década de los sesenta, estimulado por una incesante alimentación intelectual provista por José Rafael Revenga—mi profesor de Filosofía Política y Social en la Universidad Católica Andrés Bello—, inicié mi inmersión en temas de lógica y filosofía de la ciencia. Poco después, el Arq. Hugo Manzanilla Guerra me prestó Criticism and the Growth of Knowledge, la colección de conferencias y debates del Coloquio Internacional sobre Filosofía de la Ciencia celebrado en Londres en 1965. Las estrellas de ese simposio eran Thomas Kuhn, cuyas tesis sirvieron como centro de las deliberaciones, y la patriarcal figura de Karl Popper, quien había publicado La lógica de la investigación científica en 1934. El debate de estos dos gigantes me pareció fascinante, y pronto me hice de sendos ejemplares del libro de Popper y la seminal obra de Kuhn: La estructura de las revoluciones científicas, de la que ya tuve noticia en julio de 1972, cuando me cupo la fortuna de asistir al Taller de Análisis de Políticas para Tomadores de Decisiones de Alto Nivel, que condujera el profesor Yehezkel Dror durante su primera visita al país, en un aula de seminario del recién estrenado edificio del IESA (Instituto de Estudios Superiores de Administración); el profesor Dror tomó un tiempo para aplicar los conceptos básicos de Kuhn ¡al proceso de toma de decisiones!

En su obra central, La estructura de las revoluciones científicas, Kuhn introduce el concepto de paradigma para referirse al conjunto de nociones básicas y fundamentales—casi los axiomas—de una determinada disciplina. Popper enfatizaba como característico de la actividad científica una incesante crítica de las teorías; Kuhn sostiene que la “ciencia normal” hace todo lo contrario: intenta proteger al paradigma dentro del que se opera cuandoquiera que un evento empírico parece contradecir la teoría. De este modo la ciencia, normalmente, sería conservadora, y la actividad típica del científico sería la de resolver acertijos—puzzle solving—que hagan congruente la teoría con los datos aportados por la observación. (…) Ahora bien, de cuando en cuando ciertos acertijos permanecen irresueltos. Cuandoquiera que la acumulación de acertijos sin resolver es demasiado grande, o cuando éstos parecen ser fundamentales, el paradigma entra en crisis. El trabajo de los científicos va produciendo los postulados teóricos que darán paso a la formulación de un nuevo paradigma que absorba los acertijos irresueltos y se produce una revolución teórica, una revolución paradigmática. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, diciembre 1990).

En el simposio de Londres participó Margaret Masterman con una presentación sobre La naturaleza de un paradigma, conferencia en la que mostró cómo el propio Kuhn empleaba el término en no menos de veintiún sentidos diferentes. (Ver unos cuantos en Wikipedia en Español: Paradigma según Thomas S. Kuhn). Pero la idea fundamental es que un paradigma provee un marco mental dentro del cual puede pensarse la realidad, y entonces el concepto puede ser trasvasado con utilidad a actividades humanas distintas de la ciencia.

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Fue en 1980 cuando, luego de once años de trabajo en un grupo industrial, me encargaba de la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT). Allí hubo oportunidad, en alguna reunión con los directores y jefes de unidades de la organización que me estaban subordinados, de declarar que en Venezuela predominaba un paradigma jurídico-militar, tan conservador como la “ciencia normal” de Kuhn. Postulé, entonces, que el trámite de los asuntos públicos en nuestra sociedad se entendía como un problema predominantemente jurídico o como algo que debe ser dirimido o controlado por la fuerza de las armas. (Marcel Antonorsi e Ignacio Ávalos, que habían escrito a cuatro manos La planificación ilusoria, una crítica del Primer Plan Nacional de Ciencia y Tecnología de 1975, empleaban asimismo el concepto kuhniano). Poco después tendría una confirmación de la primera mitad de mi tesis.

El docto jurista

En mayo de 1982 se reunía una vez más el Grupo Santa Lucía en Puerto Rico. Éste era un corte transversal de élites venezolanas—empresariales, académicas, políticas, militares—ensamblado en 1977 para discutir, en condiciones óptimas para la reflexión crítica, acerca de los más importantes problemas nacionales. Allan Randolph Brewer Carías y el suscrito teníamos tiempo fastidiando al grupo con una prédica común: que debía discutirse el tema de la reforma de la administración pública venezolana, la que reiteramos en Puerto Rico. Esa vez la mesa de la reunión reaccionó con hartazgo: “¡Caray ¡Reúnanse Randy y Luis Enrique y tráigannos una proposición concreta al respecto!”

Unos dos meses después nos citamos Randy y yo en la Casa de Italia, para almorzar un risotto estupendo y comparar notas a partir de las que pudiéramos cumplir lo que se nos había encargado. Inicié el trabajo exponiendo:

Creo ver en el país de la democracia dos escuelas en materia de reforma de la administración pública. Una es la de la Comisión de Administración Pública creada por Rómulo Betancourt, cuya dirección confiara al economista Héctor Atilio Pujol. Ésa fue una oficina que se aproximó al problema desde el punto de vista de sistemas y procedimientos; armada de los consabidos diagramas de flujo, resolvía los casos de insuficiencia que identificara con algún nuevo procedimiento representado en una flecha o cajita. “¿Hay muchas colas en esta oficina de cedulación? ¿Cuántas taquillas hay? ¿Cuatro? Pongamos ocho”. O tal vez: “¿Están desapareciendo fondos? ¿Cuántas copias hacen de las requisiciones? ¿Original y duplicado nada más? Hágase cinco: original, duplicado, copia amarilla, copia rosada, copia azul… y fírmeselas todas”. El problema con este enfoque de abajo hacia arriba es que la velocidad de complicación del aparato público es superior a la de una oficina de sistemas y procedimientos.

Uno de los “compendios” de Randy (clic amplía)

Luego vino Caldera en 1969. Caldera es un abogado latino, deductivista, socialcristiano, que cree que para cambiar una rueda desinflada hay que remontarse a Santo Tomás de Aquino y las fuentes del Derecho Natural para ir descendiendo por la Constitución, las leyes orgánicas, las leyes ordinarias, los reglamentos… hasta que ¡por fin! se llega al gato, la llave de cruz y el neumático de repuesto. Este presidente, entonces, te nombra a ti, abogado latino de obra extensa, deductivista, socialcristiano, cuya experiencia acerca de organizaciones complejas se reduce a una secretaria del Instituto de Derecho Público y las sesiones del Consejo de la Escuela de Derecho, para que presidas la Comisión de Administración Pública y te ocupes de la reforma. (No fue muy prudente de mi parte mencionar de ese modo irónico la experiencia de Randy con organizaciones complejas; soy incorregible). ¿Qué haces? Produces dos tomos de 500 páginas cada uno en los que consta qué debe ser modificado en la pirámide entera de la administración, desde la Corte Suprema de Justicia hasta el Concejo Municipal de Humocaro Alto (usé este ejemplo), pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos, todas las empresas del Estado. “…apunté que no había en el país capacidad gerencial suficiente como para acometer tal cantidad de cambio, y que si llegare a haberla—mediante la contratación, por ejemplo, de Henry Kissinger, Robert McNamara, Peter Drucker y Lee Iacocca—, la intervención de un fornido atleta para trepanar su cráneo, resecarle medio pulmón, reducirle fracturas de costillas, extraerle la vesícula, colocarle una válvula mitral, suturarle úlceras gastroduodenales y circuncidarlo simultáneamente, crearía tal cantidad de trauma que, en cuanto se le destripase una espinilla en la nariz, moriría de shock irremediablemente. Creí que entendería al recomendarle una estrategia de radicalismo selectivo (Yehezkel Dror), para escoger unos pocos puntos estratégicos en el aparato del Estado y en ellos practicar una reforma a fondo. Si la cosa resultaba, entonces pudiera considerarse la extrapolación del esfuerzo a otras dependencias. Las ciencias sociales, le dije, son demasiado incipientes como para permitirse la arrogancia de un cambio omnicomprensivo. Me escuchó con gran atención y, después de considerar mi exposición como ‘muy interesante’, extrajo de su maletín veinte hojas anotadas en papel tamaño extra oficio; ellas contenían tan sólo el índice de una ponencia sobre reforma del Estado que debían discutir los miembros del Grupo Santa Lucía en intervenciones de tres minutos per cápita durante una sesión de media mañana. Había perdido mi tiempo”. (El eje chucuto, 25 de agosto de 2012).

Entre abogados te veas, dicen por ahí.

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Respecto del componente militar del paradigma no se necesita decir mucho, ante la monumental evidencia de su exacerbación elefantiásica durante el chavismo-madurismo:

Los militares “bolivarianos” piensan

Desde que entró, en mala hora, Hugo Rafael Chávez Frías a la política venezolana, el 4 de febrero de 1992, este ciudadano se ha conducido, constantemente, como un modelo agresivo. Por supuesto, por sus actos de esa fecha, que fueron armados para la agresión. Pero también en su campaña electoral de 1998, cuando ofrecía freír cabezas de adecos y copeyanos; también el 4 de febrero de 1999—cuarenta y ocho horas después de haber jurado sobre una constitución a la que declaró, frente a su padre, moribunda, en revelación de su carácter despiadado—cuando emplazó a la Presidenta de la Corte Suprema de Justicia para que aceptara el robo por necesidad; también cuando sugirió a Marcel Granier que su vida corría peligro; también cuando escribía cartas, en plan de colega revolucionario, al terrorista criollo Illich Ramírez Sánchez, alias “El Chacal”; también cuando incitó agresiones de otros, como las de la banda de Lina Ron, a la que declaraba luchadora meritoria; también cuando despidió con sorna a los ejecutivos de PDVSA; también cuando insulta a mandatarios extranjeros e instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales en cualquier parte del globo; también cuando excita las invasiones de propiedades privadas, como él mismo hace en aplicación del “método Chaz”; también cuando amenaza a quienes se le opongan con el empleo de la fuerza armada; también cuando compra armas—fusiles, helicópteros, submarinos—y establece contingentes de reservistas más grandes que el ejército regular; también cada vez que golpea la palma de su mano diestra con el puño siniestro; también cuando no cesa de hablar de guerra, de magnicidio, de guerrilla, de resistencia; también cuando ofrece la expropiación a cuanto factor social no se alinee con su voluntad; también cuando acuña el lema de “patria, socialismo o muerte”. (Nocivo para la salud (mental), 5 de julio de 2007).

Claro, Norberto Ceresole le había dicho que la clave de su conducción revolucionaria estaría en el trípode “líder, ejército, pueblo”. (Nosotros siempre en último lugar).

Pero quiero anotar acá que lo jurídico y lo militar se complementan simbióticamente, se realimentan mutuamente.

Rafael Caldera rugía desde México en 1984 porque se había hecho lugar común la noción de que “el modelo de desarrollo venezolano” se había agotado. El Dr. Caldera respondió que eso no era cierto, que lo que en verdad ocurría era que el modelo de desarrollo no había visto su culminación, y que podía encontrársele definido en el Preámbulo de la Constitución de 1961. Para la época, los militares habían acogido ese concepto: la conferencia magistral del curso del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional sobre Objetivos Nacionales abría con el siguiente catecismo: “Los Objetivos Nacionales se dividen en Objetivos Nacionales Permanentes y Objetivos Nacionales Transitorios. Los Objetivos Nacionales Permanentes están expresados en el Preámbulo de la Constitución Nacional”. (Mitología proyectiva, 26 de abril de 2011).

Hay algo extraño en esa definición. El sentido en ella del término “objetivo” es el de la octava acepción del Diccionario de la Lengua Española: “Punto o zona que se pretende alcanzar u ocupar como resultado de una operación militar”. Naturalmente, hace mucho que ese significado ha ingresado a la cotidianidad civil para designar un sinónimo de meta o propósito, y si algo es una meta o propósito “permanente”, entonces es algo que nunca se alcanza.

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El cambio político necesario en el país (y en el mundo) es paradigmático; más que crisis políticas particulares, asistimos a una crisis de la política que ha adquirido dimensión planetaria. En una comprensión de la política como lucha por el poder, no puede sorprendernos que la fuerza militar ocupe un lugar privilegiado, y ya hemos visto que el último año y medio de la política local ha alojado un ping-pong jurídico de sentencias de desacato, enmiendas de recorte de período, declaraciones de abandono del cargo presidencial, demandas de la Fiscal General de la República ante el Tribunal Supremo de Justicia, discusiones sobre la interpretación del Artículo 347 de la Constitución, etcétera. Birretes de legista y gorras militares parecen ser lo que cuenta.

Necesitamos una Política Clínica, que se entienda a sí misma como arte u oficio de resolver los problemas de carácter público. El abogado y el militar deben estar subordinados a esa tarea, que es para lo que el Pueblo, el Poder Constituyente Originario, ha dado origen al Estado. De lo contrario, la institución perfectamente representativa de los venezolanos va a terminar siendo un tribunal militar. LEA

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Hace 15 años

 

Ortega, Ugalde, Carmona: la unción preparatoria de La Esmeralda (5 de marzo de 2002)

 

El 11 de abril de 2002 se reunió, en torno a las oficinas de PDVSA en Chuao, la más gigantesca concentración humana que se haya visto en Venezuela. Un descomunal río de gente inundaba la arteria vial de la autopista Francisco Fajardo. Personas de todas las edades y extracciones sociales se daban cita para protestar el atropello de la industria petrolera y exigir, a voz en cuello, como ya se había gritado el 23 de enero, la salida de Hugo Chávez de Miraflores. Confiado en su innegable y colosal fuerza, y estimulado por la consigna de los oradores de Chuao, que veían excedidas sus más optimistas expectativas, el inconmensurable río comenzó a desbordarse en dirección a ese palacio de gobierno. Por aclamación de unanimidad asombrosa, la mayoría aplastante del pueblo caraqueño, para asombro y terror de Chávez y sus acólitos, pedía que los militares se pronunciaran y sacaran al autócrata de la silla presidencial.

El grandioso movimiento encontró eco en todo el país. Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, Puerto La Cruz, Margarita, las ciudades todas alojaban la unánime manifestación de repudio. Y el gobierno se aprestó a dar la batalla de Caracas. Freddy Bernal comandó las huestes armadas del chavismo, cuya presencia fue exigida por el Ministro de la Defensa, José Vicente Rangel. Si lo hubiera querido, la portentosa masa hubiera asolado las oficinas de éste en la base aérea de La Carlota, aledaña al escenario de Chuao.

Luego los muertos. Muchos portaban chalecos que les hacían aparecer como fotógrafos de prensa. Asesinados a mansalva, con ventaja, con alevosía. La sociedad civil puso los mártires necesarios a una conspiración que, sordamente, se había solapado tras la pureza cívica de un movimiento inocente.

Dos semanas antes del sangriento día, un corpulento abogado trasmitía las seguridades que enviaba una “junta de emergencia nacional” a una reunión de caraqueños que habían descubierto su vocación por lo político en la lucha contra Chávez. Enardecido, con una bandera norteamericana prendida en la solapa, admitía que conspiraba junto con otros, que una junta de nueve miembros—cinco de los cuales serían civiles y el resto militares—ineluctablemente asumiría el poder en cuestión de días. Por ese mismo tiempo, Rafael Poleo rechazaba una contribución mía—ofrecida a su revista luego de aquel artículo* sobre el Acta de abolición—, en la que exploraba otros caminos constitucionalmente compatibles; explicó con paciencia de adulto al ingenuo niño que yo era que lo que iba a pasar era que “los factores reales de poder en Venezuela” depondrían a Chávez y luego darían “un maquillaje constitucional” a un golpe de Estado.

Pedro Carmona Estanga emergería como el líder de un golpe cuyo blanco, antes de que Hugo Chávez fuera depuesto por la presión de un pueblo, era este mismo pueblo, manipulado y utilizado por la sofisticación artera de operadores políticos que habían decidido la operación inconstitucional con bastante antelación. Los conspiradores viajaron a los Estados Unidos desde fines de 2001 para consultas, coordinaron calendarios, calibraron la temperatura creciente de la protesta popular, y estuvieron listos para el golpe de mano. Nada de esto sabían los que marcharon el 11 de abril. Nada sabrían hasta que la verdadera cara de los golpistas emergiera al día siguiente.

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El cardenal Velasco firma el decreto de Carmona (12/04/02)

* …el sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga, el cardenal Velasco, Carlos Ortega, Lucas Rincón o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia. (De artículo del suscrito solicitado por la Revista Zeta, 3 de marzo de 2002).

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Texto de la entrada tomado de Las élites culposas, Editorial Libros Marcados, Caracas, 2012, a su vez extraído de Tragedia de abril (El Carmonazo), 14 de junio de 2002. LEA

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