Disquisiciones sobre un tema de arepera

 

Lo surgido de nosotros (más dos madres, una hermana y una sobrina)

 

Dejé asentada el 24 de marzo de 2012 (La casa del delfín: Teología conjetural II) esta constancia:

Parece seguro que la causa principal del retraso (dos años y nueve meses) en conseguir el sí de mi esposa es que la hubiera espantado desde un principio. Enamorado con angustia desde la noche en que la conocí, le dejé caer como primera cosa tres páginas y media mecanografiadas de Disquisiciones sobre un tema de arepera, el 3 de junio de 1976. La había visto por vez primera el 11 de mayo, y en una visita a la arepera Las Tres Esquinas—en la intersección de la Avda. Rómulo Gallegos con la Cuarta de Los Palos Grandes—acompañados de Eduardo Plaza Aurrecoechea, mi compadre, y Gisela Marrero Santana, nuestra futura comadre (que apostó en 1979 una caja de champaña que no ha pagado a que Nacha Sucre y yo no duraríamos seis meses de casados), emergió en la noche del 2 de junio una tesis corrosiva y escéptica acerca de las posibilidades del amor.

Comoquiera que yo necesitaba que me quisiera, me pareció harto inconveniente permitir que las cínicas tesis de esa noche permanecieran sin refutación: «La renuncia a construir el futuro. La reducción de uno mismo a caja de resonancia que depende de la cuerda exterior y no de sí misma. Ésa es la más grande declaración de inferioridad que pueda hacer una persona. Sólo aquél que rescata puede inventar. Se necesita, siempre, inventar el amor. Con un realismo orgulloso y apasionado, que también viva el presente con fruición».

Era inevitable que quien todavía no era mi señora se formara la impresión de que mi cerebro estaba, en verdad, tostado. (Ya la habían informado de que yo era medio loco). ¿A quién se le ocurría cortejar de esa manera? Pronto confirmaría su hipótesis.

Tenía yo entonces «la edad de Cristo», y faltaban siete años para que poseyera un computador personal dotado de procesador de palabras, así que me levanté angustiado de la cama para vaciar mediante una obsoleta máquina de escribir la urgencia que me dominaba. Hoy, cuando nuestro matrimonio arriba justamente a cuatro décadas de feliz y fructífera sociedad, creo que Nacha no me abandonará al ver reproducido de seguidas (con alguna edición) el pesado y pretencioso texto, con el que desesperadamente quise convencerla de la solidez del amor que aún no le había declarado pero ella sospechaba. (Debo admitir que hay cosas en él que yo mismo no entiendo bien a cuarenta y tres años de distancia). LEA

………

 

DISQUISICIONES SOBRE UN TEMA DE AREPERA

3 de junio de 1976 – 3:25 a. m.

_______________________________

 

No es nada nuevo afirmar lo siguiente: el mundo y en particular el ser humano se nos presentan como dualidades, pero vale mucho entenderlo para el discurso que se haga en torno al tema del amor.

Cada nivel de conciencia tiene su nivel de certidumbre—diría Hegel—, y parece sin embargo inalcanzable la verdad, pues si cambio tanto de pareceres y a cada paso mi espíritu se halla convencido de su propia certeza ¿qué garantía tengo de llegar alguna vez a la verdad? Si la señal es esa certidumbre subjetiva, se me antoja como efímera e infiel.

Pero si comparo certezas recientes con certidumbres de antaño encuentro una evidencia inmediata: mi nueva certeza incluye de alguna manera mis certezas anteriores, a las cuales ha modificado contradiciéndolas al tiempo que las rescata y las preserva, de modo que puedo ver, felizmente, tal sucesión de contradicciones no como una inconsistente locura, sino como el íntimo mecanismo con el cual se aproxima el espíritu a la verdad.

Hoy en día hay enormes capas de humanidad que ven su mundo y su destino como compuesto por una secuencia de instantes que no se tocan, en contradicción con la cultura precedente que afirmaba su lema sobre la percepción de que había una sola e ininterrumpida línea de tiempo. Para esta concepción, las palancas de la historia eran el raciocinio y la voluntad. «Querer es poder» rezaba la divisa. Ya no es esa la vivencia; ahora la consigna es vivir el presente porque el futuro, en propiedad, no existiría.

Creo—estoy seguro con certidumbre de estreno—que esa convicción aislada es incompleta, que obedece a un aparente manto de revolución liberadora y que en el fondo proviene de un secreto temor. Creo, asimismo, que tal noción es muy explicable: viene como grito escéptico y decepcionado de los testigos de un momento crucial en la historia humana. (La verdadera historia, no la historia que se contabiliza en acontecimientos, sino aquella cuyos hitos están señalados por crisis y sustitución de percepciones). Por todas partes nos asaltan procesos que nos empequeñecen y nos paralizan. Todo nos desahucia. La escala de las instituciones políticas, por ejemplo, ha saltado súbitamente al ámbito planetario, y allí la dimensión del ciudadano y su posibilidad de influencia se miniaturiza con proporcional rapidez. Solución: ¿renuncia a la participación política?

O es la percepción de lo temporal lo que sufre un reacomodo. Vivimos la era de la aceleración frenética de las modas, dentro de un sistema que se sostiene entre otras cosas por eso, que de todo hace un fugaz y transitorio evento. Ya no somos los histéricos reprimidos, súbditos de Victoria; ahora somos los obsesivo-compulsivos que no conocen la fuente de su conducta ni tampoco la posibilidad de reposo. Sin saber por qué, saltamos febrilmente de una cosa a otra, de una experiencia a otra.

Muy bien; ésa puede ser una estrategia para tomar contacto con el mundo. Pero a mí no me satisface, porque elige un polo de una dualidad entre las muchas que componen el ser del hombre. Escoge la ruta del acopio desenfrenado, amplio y superficial del número mientras que, maldita sea, yo ejerzo mi opción a favor de la relación apasionada, concentrada y profunda con el universo de una flor, de un amor, de una persona. En el diseño de una roca puede leerse el universo entero si se mira con suficiente penetración en la mirada. Cuando amo es porque la novia me abre el código conque descifro al mundo. En ese momento me siento poderoso y sincronizado con lo cósmico. Veo, entiendo, creo y creo.

Otros prefieren renunciar a eso. La evidencia que ofrecen parece irrebatible: «En todos los casos que hemos visto, la relación ha terminado por extinguirse, en una explosión repentina y traumática o bien en un lento proceso congelante de cenizas». Los que así hablan, cuando son personas generosas, cometen sin embargo un error compuesto de grave monto. Primero, confunden lo interminable con lo atemporal. Es un idiota el que pone plazo a su sentimiento, sea para minimizarlo con el pánico o para decir que terminará con la muerte y será «eterno» de acuerdo con su óptica pueblerina. Pero peor aún es aquel triste personaje que no sabe amar sin referirse al tiempo, porque el legítimo enamorado es aquel que no tiene la compulsión de medir su pasión, ni con vara pequeña ni con reloj perenne. Simplemente, su amor no tiene tiempo.

En segundo lugar, demuestran su ignorancia de lo que es la vida y, por tanto, de lo que es el hombre. No hubo en la tierra milenaria vida durante longevas eras. Un habitante del espacio que pensara y razonara como los equivocados reportaría a su nave madre: «Hemos examinado todo el planeta. Lo hemos hecho durante larguísimos períodos y no hay rastro de vida. Ergo: es imposible que se dé la vida en este sitio». Otro viajero sideral diría más tarde: «Informo que durante millones de años la forma más avanzada de vida que se encuentra es la de reptiles que ignominiosamente arrastran sus corpulentos rasgos. Hemos concluido que sobre estos terrenos nunca correrán hermosos corceles, ágiles y altos»: Otro finalmente asentará: «Largo tiempo he recorrido este interesante astro, poblado por variedad de espaciosas tribus vegetales, innumerables rebaños de caballos y patrullas de monos incapaces de palabra. Es mi convicción firme la de que aquí no florecerá la palabra inteligente». La historia de la tierra no es más que una cadena de sucesos imprevisibles, fortuitos, imposibles. La ausencia enorme de cada uno nunca negó su presencia posterior.

El último error es más grave, porque si los anteriores eran errores lógicos, éste es un error militar. Si aquéllos, los que han logrado desprenderse de obsoletas y mezquinas opiniones, tratan al amor con incredulidad y pesimismo, están entregando bandera y posición al enemigo. Porque los otros, los que discriminan, los que moralizan para el público pero no para ellos mismos, los que acumulan metales o papeles bancarios, los que se creen una especie superior pero no se dan cuenta de que sus clubes exclusivos son elegantes jaulas de un zoológico infecundo, ésos sí hablan del amor a boca llena y corazón vacío; ésos sí dicen respetar el pendón que les dejamos en el suelo. Y eso es una profanación que no tiene nombre, un insulto a nosotros que no debemos permitir. El amor es nuestro. De todos los matices y perfumes, de toda dirección ascendente. El estancamiento, el pesimismo, el cansancio son para ellos.

………

«No creo que el solo sufrimiento enseñe. Si el mero sufrir enseñara, todo el mundo sería sabio, pues cada persona sufre. Al sufrimiento debe añadirse duelo, comprensión, paciencia, amor, apertura y la disposición de seguir siendo vulnerable». Eso lo escribió, no una persona cualquiera, sino una mujer llamada Anne Morrow Lindbergh, cuyo hijo fue secuestrado y muerto de noche el 1º de marzo de 1932.

………

La renuncia a construir el futuro, la reducción de uno mismo a caja de resonancia que depende de la cuerda exterior y no de sí misma; ésa es la más grande declaración de inferioridad que puede hacer una persona. Sólo aquel que rescata puede inventar. Se necesita, siempre, inventar al amor. Con un realismo orgulloso y apasionado, que también viva el presente con fruición. Lo contrario es hacerse inválido al comparar la capacidad propia e igualarla con la del mediocre que no pudo.

Por eso ¡venga el muro! Trataré de fracturarlo con el corazón y con la frente. Si resultare yo fracturado y muerto, ya vendrán detrás cabezas testarudas a resquebrajar la pared de los cobardes. Porque es inevitable la ideología para el amor cuando se tiene amor por la ideología.

Luis Enrique

__________________________________________________________

 

Share This:

Millar segundo

 

La verdad respecto de un hombre es, ante todo, lo que él oculta.

André Malraux

_________________

Preámbulo

Hace unos días me escribió desde Los Ángeles un noble amigo—Leopoldo Hellmund Blanco—cuyo nombre de pila puse a mi hijo mayor, nacido en 1969. Este primer hijo ha sido apoyo fundamental, conceptual y tecnológico, del esfuerzo de treinta y seis años en mi peculiar política: me asistió en la escritura y diagramación de Krisis*, mis «memorias prematuras» (1986), me animó en 2002 a producir lo que en un comienzo fue la Carta de Política Venezolana y luego—desde el #86 del 12 de mayo de 2004 hasta el #356 del 5 de noviembre de 2009—la Carta Semanal de Dr. Político. De hecho, fue él la fuente de tal denominación al instruirme en el concepto de «marca personal» (personal brand) que yo desconocía; me convocó una mañana a su casa para explicármelo y advertirme que mi marca personal debía expresar lo que yo era, lo que yo hacía. Respondiendo a su estímulo, sugerí que si lo que yo hacía era una política médica, clínica, tal vez Dr. Político fuera la marca adecuada. (Muchas veces he explicado que no tengo doctorado alguno, a pesar de nueve años de educación universitaria—tres en Medicina, uno de Estudios Internacionales y cinco de Sociología—; el «doctor» de mi marca es simplemente sinónimo de médico: «Vengo del doctor, el doctor me recetó»). Más adelante, estableció y diseñó este blog y financió sus gastos (lo que hace todavía), y descubrió para mí la maravillosa gratuidad de ivoox.com en el montaje de archivos de audio, que permitió entradas musicales (88 hasta la fecha) y más tarde el almacenamiento de mis programas sabatinos en Radio Caracas Radio. Toda ignorancia mía en el mundo digital es cubierta por él, y le he encargado asegurarse de que este blog me sobreviva como repositorio abierto de los productos de una trayectoria intelectual que se remontan a 1969.

No podía menos que expedir tan insuficiente constancia en esta entrada, que es la número 2.000 de este blog en materia política, cuyo epígrafe es el mismo escogido para Krisis.

………

Materia

No he ocultado que, al menos en cinco ocasiones, he sentido mi deber intentar una campaña por la Presidencia de la República en Venezuela. La más reciente es de hace algo más de tres años, motivada por la pregunta de una dama preocupada por el acontecer nacional:

Doña Amparo Schacher de Wiedenhofer tuvo la amabilidad de preguntarme (en comentario a Una orgullosa alegría): “Tomando en cuenta su visión de la política como acto médico ¿cuál sería el método y cuáles las primeras medidas a tomar si Ud. fuese elegido presidente actualmente?” (Recurso de Amparo, 14 de julio de 2015).

Cerré ésa, mi contestación, con estas palabras:

Dije anteayer a la Sra. Schacher de Wiedenhofer: “Gracias, Doña Amparo, por la confianza implicada en sus preguntas. Me propongo contestarlas con las mayores seriedad y responsabilidad. Deme Ud. unas horas, al cabo de las cuales sustituiré este inmediato acuse de recibo por una verdadera respuesta. Le avisaré a su dirección electrónica”. Lo que antecede es una contestación provisional, tal vez ilustrativa; un trabajo serio con asesores idóneos producirá un programa de mayor corrección. Naturalmente, lo aquí propuesto no es otra cosa que el arranque, lo que creo deben ser “las primeras medidas a tomar”, como lo pone la Sra. Wiedenhofer; mucho más puede y debe hacerse durante el resto del período constitucional. Una cosa sí no haría: buscar la reelección al término de ese plazo. Es estipulación de mi código de ética política—compuesto y jurado públicamente en septiembre de 1995—ésta que me obliga:

Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tales cargos con suficiencia y honradamente. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.

El mejor médico es el que se hace prescindible cuanto antes.

………

Establecido el orden inverso, refiero la penúltima inquietud, esta vez detonada por otras preguntas; las de un íntimo amigo—Carlos Blunck—en una cena en su casa a fines de 2007, quien me disparó a quemarropa: «¿Cómo ves la vaina? ¿Qué crees que va a pasar?»

Veníamos del frenazo del Pueblo a las intenciones socializantes de Hugo Chávez Frías en el referendo del 2 de diciembre del aquel año. (Sobre su proyecto y el de la Asamblea Nacional para reformar la Constitución). Mientras cortaba un trozo de salmón en el plato que tenía por delante, encendí el reproductor de mi cerebro que contenía respuestas ya elaboradas; así le dije automáticamente: «Acabamos de lograr algo importante el pasado 2 de diciembre y la oposición se nota algo más articulada. Pero si no ponemos en la calle una contrafigura eficaz a la de Chávez el mandado no estará hecho porque, como dicen los gringos, You can’t fight somebody with nobody». Callé y puse el salmón en mi boca.

Entonces sentí que me caería mal la comida porque, si yo creía tener los rasgos apropiados de tal contrafigura ¿qué hacía allí comiendo salmón en vez de estar en la calle? (El 3 de enero siguiente, Teodoro Petkoff me invitó a desayunar solos el día de su cumpleaños y le referí el episodio, a lo que repuso: «Yo también creo que tú tienes lo que se necesita. Lo que falta es el plan». De allí no pasó la cosa).

………

La misma desazón me había asaltado pocos años atrás; de esto doy cuenta en Cuestionario prerrevocatorio: «Diez meses antes del referendo revocatorio del mandato de Chávez en agosto de 2004, el Dr. José Raúl González Ágreda, el hombre de los cuatro acentos, conversaba con Orlando Amaya y conmigo acerca del presunto término del mandato de Hugo Chávez y sobre quién sería un sucesor preferible. Consideró que yo pudiera serlo, si contestaba satisfactoriamente un cuestionario que luego redactó y me hizo llegar». En el enlace precedente puede ser leída mi contestación de las preguntas, cuya «justificación general» anticipaba:

Según puede predecirse como desenlace probable—no inexorable—de la actual situación política venezolana, estamos ante la posibilidad de una inminente cesación pacífica del actual gobierno y la elección de un nuevo presidente que complete el período constitucional. (…) Tal circunstancia determina de por sí un lapso corto y extraordinario que, por una parte, estará signado por grandes dificultades y, por la otra, convendrá tomar como oportunidad especialísima para introducir cambios sustanciales y suficientes en el esquema político nacional.

………

En fecha próxima a la elección presidencial de 1998 ocurrió lo que refiero en Las élites culposas (Memorias imprudentes):

Gustavo Tarre Briceño me invitó a almorzar en enero de 1997 para reclutarme a su proyecto de entonces: convertir a Luis Giusti, Presidente de PDVSA, en el candidato presidencial de COPEI en 1998. (…) Pero luego de ensalzar las indudables capacidades de liderazgo presentes en Giusti, yo le respondí diciéndole que, si era por eso, yo también las tenía. Tarre contestó: “Yo creo que tú serías un buen Presidente de la República, pero ¿quién te conoce?” Rápidamente, respondí que eso era una ventaja cuando la mayoría de los votantes prefería una cara nueva. No hablamos más de este asunto. (En 1989, Alberto Fujimori, un outsider, alcanzó la Presidencia de Perú tras una campaña de tres meses. Dos años antes, yo había prescrito exactamente una campaña corta para un candidato de ese tipo en Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela).

………

Pero la primera vez que sentí el peso del deber fue en 1985. Cuento en Krisis:

Era el día viernes 16 de agosto. Yo había trabajado por la mañana en las oficinas de La Florida y me había ido a almorzar a la casa. Reposando el almuerzo, me encontraba viendo el noticiero de televisión por el canal cuatro, cuando escuché una entrevista que se le hacía a un connotadísimo líder político, de quien uno podría esperar, por su relativa juventud, una postura más moderna respecto de los problemas nacionales. Las respuestas del entrevistado fueron deplorables, y, en gran medida, irresponsables. Sentí un profundo malestar.

“La persona que cree que su propio juicio, aunque falible, es el mejor, y que se impacienta viendo a hombres de menos categoría manejar mal las riendas del poder, por fuerza tiene que ansiar, hasta dolorosamente, hacerse con esas riendas. Ver las chapuzas y los patinazos de otros puede resultar hasta físicamente atormentador para él”. Estas son palabras de Richard Nixon en el capítulo final de aquel libro que me había regalado Arturo Ramos Caldera. Describen cabalmente la sensación que me dominaba ese mediodía. Recuerdo que casi me indigesto de la furia ante la inanidad de las frases del entrevistado, ante su ceguera y falta de comprensión de lo que verdaderamente hervía en Venezuela. No sería la primera vez que lo sentía, no sería la primera vez que pensaba en el asunto, pero ese mediodía sentí como si fuese mi deber intentar una carrera hacia la Presidencia, así luciese imposible desde cualquier punto de vista.

En la introducción de ese mismo libro doy fe de lo siguiente:

El fin de semana, como tantos otros, lo pasé trabajando protegido por mi mujer de los reclamos de los niños. Por la madrugada del domingo 15, revisando textos comenzados e interrumpidos días atrás, encontré uno que implicaba un grave paso. Entonces supe que lo daría y sentí paz. Me sentí incomparablemente mejor que cuando fui por el empleo. Al día siguiente, 16 de diciembre de 1985, di el paso. Me presenté en la Notaría Primera del Distrito Sucre y allí autentiqué un documento. El texto es el que sigue:

Yo, Luís Enrique Alcalá Corothie, venezolano, mayor de edad, casado, titular de la cédula de identidad número dos millones ciento treinta y nueve mil cuatrocientos ocho, ocurro ante Notario Público para certificar la siguiente declaración:

Primero. Que en ejercicio de mis derechos políticos, según lo dispuesto en los Artículos 112 y 182 de la Constitución de la República de Venezuela, he decidido solicitar de los electores venezolanos el apoyo necesario para ser postulado candidato a la Presidencia de la República en la próxima oportunidad constitucional.

Segundo. Que buscaré esta postulación directamente de los electores, según lo contemplado en el parágrafo segundo del Artículo 95 de la Ley Orgánica del Sufragio.

Tercero. Que he tomado esta decisión, en pleno uso de mis facultades y con plena conciencia de mis muchas debilidades, porque, después de un severo y laborioso examen de ambas y de una concienzuda consideración del actual proceso nacional y su posible evolución, creo reunir los requisitos que estimo necesarios para desempeñar el cargo de la Presidencia de la República con eficacia.

Cuarto. Que estoy asimismo plenamente consciente de la enorme dificultad del intento que me propongo y que, también considerada debidamente esa dificultad, creo poder vencerla, con la ayuda de Dios.

Quinto. Que en procura de tal finalidad no cabe otra conducta responsable que la de prepararme más aún, en el tiempo que me es disponible, para el servicio a la Nación desde su más obligante magistratura.

Es declaración dada en Caracas, a los dieciséis días del mes de diciembre de mil novecientos ochenta y cinco.

Con esto último se completa el registro de esa cíclica precandidatura tan gastronómica. (Sólo la contestación a la Sra. Wiedenhofer no tuvo que ver con algún condumio; menos aún con el peligro de indigestión).

………

Es inocultable que vuelve a presentarse en Venezuela una circunstancia de inminente elección presidencial, casi universalmente deseada por su ciudadanía. Estoy a la orden, y lo que pongo a la orden es lo siguiente:

Una aproximación a la Política como arte de carácter médico, definida por la solución a los problemas de carácter público dentro de un código de ética profesional; esto es, distinta de una mera lucha por el poder sobre la base de alguna ideología. Dicho de otra manera, desde un discurso transideológico que está por encima del paradigma decimonónico del eje izquierda-derecha.

Una demostrable capacidad de anticipación del futuro. (Alexis de Tocqueville: «…el verdadero arte del Estado: una clara percepción de la forma como la sociedad evolu­ciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro”).

Una inclinación contraria a la pretensión de perpetuarse en el poder, orientada a un ejercicio breve de la Presidencia de la República.

Una ausencia de intenciones de vindicta, apropiada para la unificación de un país dividido, e independencia de cualquier grupo de interés, aun del más saludable.

Una exitosa trayectoria ejecutiva comprobada.

LEA

………

*Krisis fue el segundo libro impreso en Editorial Ex Libris poco después de fundada por el premiado editor Javier Aizpúrua, y el primer libro venezolano en escribirse y componerse íntegramente en un computador personal (con MacWrite desde un Macintosh Plus con ¡un megabyte de memoria RAM!) Ésta fue su dedicatoria:

Mi padre fue quien me enseñó aquello de que un hombre no está completo si no ha tenido un hijo, si no ha sembrado un árbol y si no ha escrito un libro. Este es mi primer libro y si no sé cuál es el primer árbol que sembré no tengo dudas de quien fue mi primer hijo. Es causa de un amor y de un orgullo de los que no he podido recuperarme. Dedico mi primer libro a Leopoldo Enrique Alcalá Manzanilla.

Leopoldo Enrique también me auxilió en 1989 en Maracaibo (mientras me ocupaba como Editor Ejecutivo del diario La Columna), al instalar la red local para los computadores de la Redacción y el Departamento de Diseño. (Venía de un distinguido empleo en Manapro, una empresa venezolana precursora en el mundo del software, adonde se le conocía como Superchamo).

………

Algunos otros enlaces pertinentes (atención a las fechas):

Si yo fuera Presidente

Solón y Cafreca

Tío Conejo como outsider

Retrato hablado

Hallado lobo estepario en el trópico

___________________________________________________________

 

 

Share This:

Contacto balsámico

Portada de mi primer libro

En este décimo día de diciembre de 2018 he recibido con gran alegría un saludo por Twitter de Yosy Figueira, hija de Abel Figueira Chaves, quien fuera el dueño de Automercado Los Palos Grandes. Ella puso: «Buenas noches, no sé si le sea familiar después de tantos años, pero yo soy la hija de Abel Figueira; entiendo que era su amigo». Nada mejor hubiera podido ocurrirme hoy, y en agradecimiento le comuniqué lo que sigue:

Me alegra mucho su contacto. En efecto, me consideraba amigo de su padre, Don Abel Figueira Chaves. El diseñador de mi primer libro (Krisis – Memorias prematuras) concibió la portada para representar un paquete postal con varios sellos que sugirieran que anduvo de una dirección a otra; yo escogí como etiqueta del destinatario el nombre de Don Abel. (Puede ver la portada en el enlace precedente).

En el texto lo menciono primero cuando refiero una cierta revista (Válvula) que concebí y dirigí en 1984; así puse:

Diego Urbaneja dijo que la revista le había caído como un bálsamo y que le había levantado el espíritu. La repartí con orgullo. Al Dr. Úslar Pietri le había encantado. Recomendó su envío a España y a universidades norteamericanas. La llevé o entregué personalmente a una buena cantidad de gente. A mi madre y mis hermanos, a mis suegros, a Marcel Roche, que pasaba unos días en Venezuela antes de regresar a representar a Venezuela ante la UNESCO en París, a Abel Figueira Chaves, el dueño del Automercado Los Palos Grandes, a Isidro Dos Santos, mi suplidor de leche y periódicos, a Oscar Avilán, el amistoso cobrador de las cuotas del automóvil, al profesor Horacio Vanegas, a Cruz Arguinzones, mi mensajero, a Elías Santana, el dirigente de las asociaciones de vecinos, a Gerardo Cabañas, entre otros. Son personas en las que tiendo a pensar cuando tengo algo que dar.

Más adelante dejo esta constancia:

Una mañana fui, como lo he hecho muchas veces en los últimos seis años, a comprar algunas cosas a la casa de abasto Los Palos Grandes. Abel Figueira estaba al frente de su negocio, como todos los días. Al igual que siempre, me preguntó: “¿Cómo están las cosas?” Le dije que estaba pensando seriamente irme del país, que me era cada vez más difícil aguantar la presión. El silencio de Abel fue un helado y terrible reclamo. Su mirada se dirigió hacia la calle, perdida en algún punto indiferente. Su brazo derecho se desplomó hacia abajo, y su mano dejó caer un bolígrafo que sostenía. Era como si lo que le había dicho constituyera una traición personal que le hacía, como si yo le estuviese abandonando a él al abandonar mi lucha, de la que Abel se enteraba ocasionalmente en nuestras fugaces conversaciones. Durante muchos días esta imagen de la silenciosa demanda de Abel me poseyó, penetrando en mi espíritu con intención de no abandonarme. Más de una vez había yo pensado en Abel como ejemplo admirable de la Venezuela que sufre, adaptándose a la crisis con silencioso redoblar de esfuerzos. Su ejemplo se sumaba al de muchos que laboran incesantemente y cada vez mejor. Algún acostumbrado vendedor ambulante que se notaba más aprendido y profesional, la cuadrilla de obreros del servicio eléctrico que reparaba frente a mi casa una lámpara de la calle a las dos de la madrugada, un empleado del Aseo Urbano que llamó para cerciorarse de que un perro muerto hubiese sido efectivamente recogido. En los últimos años, en los años de la depresión de nuestra economía, son incontables los ejemplos que he visto de los habitantes de este país que compensan con mayor trabajo la dureza de los tiempos. Abel era epítome de estas gentes, y me acusaba en silencio porque yo, que tanto me la pasaba hablando de política y de las buenas posibilidades del país, estuviese dispuesto a claudicar y abandonarlo todo. Esto me removió, y me puso a buscar fuerzas de profundidades insospechadas para combatir de nuevo. Pensando en él y en su honor compuse un corto texto que transcribo acá:

santamaría

A María Ignacia, hija que quise tener.

abasto. (De abastar.) m. Provisión de bastimentos, y especialmente de víveres. || 2. abundancia. || 3. En el arte del bordador, pieza o piezas menos principales de la obra. || 4. adv. m. ant. Copiosa o abundantemente. Ú. en Sal. || dar abasto. fr. Dar o ser bastante, bastar, proveer suficientemente. Hoy se usa más con neg.

Dedicatoria a Abel enviada por su hija

Abel es un Latino Portugués que vive en Venezuela y despacha todos los días desde su casa de abasto. Tiene faena muy tempranera, cuando él mismo va a buscar los víveres del mayorista, pero tampoco comienza tarde los demás días, cuando solo le toca comenzar la jornada abriendo la santamaría de su tienda. Allí trabaja de ocho a ocho de lunes a sábado, y los domingos podrá comprarse cualquier cosa de ocho a una del día, y hasta obtener, si uno es conocido, algo de dinero efectivo para hacerle a los niños el domingo o jugarlo a los caballos, presentando algún cheque que a veces el girador y el mismo Abel sabrán, en silencio, que no tiene fondos y habrá de ser cubierto días más tarde. Abel transcurre casi toda la jornada de pie, desde la caja, dando salida a las provisiones, concediendo crédito y sacando cuentas, ordenando el tráfico de servicios de sus empleados, tomando nota de cuando alguna cosa se ha agotado, recibiendo envíos o enviando a domicilio los pedidos que se le hacen por teléfono, planeando los bastimentos que regalará por Pascua de Navidad a los parroquianos más constantes, pensando su empresa, aceptando la charla de los muchos que aprecian su frugal pero entendida conversación o de los que sólo pueden, por los momentos, pagar por los alimentos con palabras. Después, en su casa, todavía quitará tiempo al descanso para alguna administración que se precise.

Un tiempo atrás la casa de abasto Los Palos Grandes no estaba tan ordenada como ahora, y Abel atendía la clientela las más de las veces sin haberse afeitado. Pero ya la economía de Venezuela no es tan próspera como hace no mucho lo fuera y la respuesta de Abel a la depresión ha sido presentarse con la cara limpia para abrir su tienda transformada. Ahora la mercancía está mejor clasificada y dispuesta según una estética mejor, y la atención del personal es aún más cortés y servicial. No impidió su valerosa reacción la mayor frecuencia de los robos nocturnos ni la de los asaltos diurnos que la creciente miseria de algunos caraqueños le impusiera. (Hace unos meses una bala generosa le agujereó la pierna del pantalón perdonándole la propia.) Y no se queja en voz alta de la lentitud de la cobranza ni del endurecimiento de los suplidores que ahora sólo quieren venderle la mercancía de contado. Algún suspiro se permitió exhalar el día que un árbol viejo se vino, por la lluvia, sobre el letrero que anuncia su razón social resquebrajándolo. Pero allí está Abel trabajando mejor cada día que pasa, aunque cada día se le haga más difícil dar abasto.

Abel es paradigma de la experiencia latina de este momento. Los latinos estamos, por un lado, perdiendo. En otro nivel vamos ganando, vamos dándonos cuenta. Es tanto el sufrir que no podíamos soportarlo sin transmutar esa disminución en crecimiento.

El habla es un registro de la vida de un pueblo. En nuestra experiencia de latinos hubo tiempos de abundancia que proveyeron suficientemente. Era época en la que se podía dar abasto. Así nos da a entender el diccionario, al referirnos que ahora dar abasto se usa más como expresión negativa. Nuestro lenguaje diario retrata la presente coyuntura. No es nueva la penuria. En la memoria latina el recuerdo de nuestra prosperidad es antiguo; la conciencia del trabajo es más reciente, más actual la recesión.

Por debajo del dolor, sin embargo, fermenta más rápido ahora una dulce catástrofe. Un cataclismo de la conciencia de los Estados desunidos. Ya se ha invertido la tendencia que nos llevó por las rutas de la dispersión. Los hermanos se aproximan. Cada vez más los discursos latinos aluden al contexto máximo, más allá de las fronteras que distinguen sus países pero que nunca pudieron, en el fondo, anular el verdadero Estado. “Unirse es renunciar cada uno a estar por encima de los demás”. Pronto el dolor nos permitirá la humildad para entender esa serena admonición de Paulo VI.

Entonces, visto el astro que surcará el firmamento con el Año Nuevo, nacerá el Estado de Estados, porque es menester que la carne se haga verbo. Y así Abel renacerá, a pesar de los caínes, y reconocerá la prosperidad que su trabajo merece. Así nos presentaremos, con un mismo pasaporte, a ofrecer al mundo lo que Dios ha querido que pase por la santamaría. Ya aprendemos la nueva economía y pronto sabremos que el costo de no hacerlo no es más que el desperdicio de la oportunidad.

costo2. (Del lat. costus, y éste del gr. kóstos.) m. Hierba vivaz, propia de la zona tropical, y correspondiente a la familia de las compuestas. El tallo es ramoso, las hojas alternas y divididas en gajos festoneados, las flores amarillas, y la raíz casi cilíndrica, de dos centímetros de diámetro aproximadamente, porosa, cenicienta, con corteza parda y sabor amargo; pasa por tónica, diurética y carminativa. || 2. Esta misma raíz. || hortense. hierba de Santa María.

Luego añadí: «Muchas gracias por su mensaje, que transforma el día para bien, como su padre hacía», y después:

A continuación del extracto del libro que transcribí, se lee esta explicación:

Hay veces cuando creo ser testigo de la magia. “La lógica le da al hombre lo que necesita; la magia le ofrece lo que él quiere”.* Así como aquella vez cuando recibí el trabajo de Yehezkel Dror con su afirmación del carácter clínico de las “ciencias de las políticas”, poco después de haberme puesto yo a formular algo parecido. El texto que llamé “santamaría” lo concluí una madrugada. Había estado jugando, como lo hago en ocasiones, con el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Busqué la palabra “abasto” para encabezar la composición con una trascripción del artículo del diccionario, habiendo ya decidido el nombre del título, en alusión tanto a mi hija, que lleva ese nombre, como en referencia a esas puertas de acero corrugado arrollable que son características de nuestras casas de abasto y que en Venezuela llamamos “santamaría”. También, por supuesto, es ése el nombre de la nave capitana del Descubridor. Al haber terminado de escribir fui a cerrar el diccionario, colocado a mi izquierda sobre el escritorio. Había quedado abierto en una página cuya última palabra resultó ser “costo”, que había usado en la última frase del texto. Resultó ser que además de la acepción económica significaba también una hierba propia de la zona tropical, como nuestros pueblos, dividida en gajos, como nuestros pueblos, y resultó llamarse también hierba de Santa María.

*Frase en Another Roadside Attraction, la primera novela de Tom Robbins.

………

Gracias eternas para Abel, gracias a su hija. LEA

___________________________________________________________

 

Share This:

La carta de Adolfo

Adolfo Aristeguieta Gramcko, Maestro de Scouts

Me fue concedida la enorme fortuna de conocer a Adolfo Aristeguieta Gramcko, médico, psiquiatra, educador, venezolano cabal, gracias a la radio. A fines de 1993 comencé a conducir el programa dominical Argumento en Unión Radio (hasta fines de 1995), y él me escuchó decir una vez que yo canonizaría a Pierre Teilhard de Chardin; llegué a nombrarlo como San Pedro Teilhard. Bueno, Adolfo era tal vez más teilhardiano que yo y, de algún modo, obtuvo mi número telefónico y llamó a mi casa para presentarse e iniciar una intensa, fructífera y, lamentablemente, corta amistad. (De esas cosas dejé constancia en las palabras que su viuda, Eva, me pidió dijera en la misa de cuerpo presente al día siguiente de su muerte, acaecida el 31 de julio de 1998. Allí puse: «Adolfo Aristeguieta Gramcko era político. Era infalible, para empezar, en materia de justicia social. Esto le venía de una sensibilidad especial y una rapidez prodigiosa para relacionar la varia simultaneidad del flujo político. Le venía de una invariable irritabilidad ante lo injusto»).

Con frecuencia, almorzamos y conversamos en un restaurante de comida china en San Bernardino, a distancia de a pie de su consultorio pero, antes y a raíz de su llamada inicial, le hice llegar algunos textos y un ejemplar de Krisis: Memorias Prematuras. Guardo con el mayor celo las quince páginas que me enviara con sus comentarios, producto de la incipiente y generosa amistad que me brindara y sus dotes médicas y constructoras de patria. Es con orgullo y amor que reproduzco acá esa comunicación segunda, sobre la que apunté reacciones que pensaba plantearle en cuanto nos viéramos por primera vez. LEA

………

 

 

___________________________________________________________

 

 

Share This:

Memorias imprudentísimas

 

Personajes que hicieron inevitable a Chávez

 

A José Rafael Revenga, constante maestro y amigo

_________________________________________________

 

Como refiriera en la entrada anterior, trabajé en PDVSA como Consejero de la Presidencia (de marzo de 1982 hasta mayo de 1983): «Renuncié a mi último empleo en mayo de 1983. Hice algún sondeo como para no saltar al vacío y decidí que empezaría a trabajar como asesor externo de organizaciones. Don José Antonio Giacopini Zárraga me aconsejó pensarlo muy bien. Su avezado ojo vislumbraba tiempos más difíciles, inconvenientes para abandonar la seguridad de un ingreso regular. Razón no le faltaba, pero eludí su consejo y di el salto».

Así comienza el libro Krisis – Memorias prematuras; mi primer libro, mis primeras memorias. No está contado en él, por tanto, mi paso por la mayor empresa del país. La renuncia a mi cargo en ella tuvo que ver con una serie de desengaños que referiré a continuación, pero también obedecía a la recuperación de mi verdadera vocación: la política. (Dos años más tarde, elaboraba un proyecto de asociación política que superase los partidos tradicionales).

………

El gran Marcel Roche

Era época de mis últimos días como Secretario Ejecutivo del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas; había hecho conocer a Raimundo Villegas, Ministro de Estado para la Ciencia y la Tecnología, mi deseo de asumir la Presidencia del organismo en momentos cuando éste se aprestaba a cambiar su Directorio de cinco miembros y el resto de su Consejo. Entre los acicates de esa intención fue el más importante una entrevista solicitada por Marcel Roche, el hombre-ciencia del país que fundara el CONICIT. El Dr. Roche me visitó para comunicarme: «Luis Enrique: toda la comunidad científica sabe quién ha sido en los últimos dos años el verdadero Presidente de este organismo; todo el mundo sabe que ése eres tú». Recuerdo mi azoro y mi gratitud por el reconocimiento a que hubiera podido «cambiar hacia lo positivo un dañado clima organizacional, inspirar y conducir un ambicioso plan operativo, y completar casi el 100% de sus metas físicas en el 80% del tiempo y con un consumo de 70% de los recursos presupuestados». (Cuestionario prerrevocatorio). Villegas no hizo caso y optó por seleccionar para la Presidencia a Ernesto Palacios Pru; como él mismo, miembro del Opus Dei. Palacios Pru confirmó la evaluación de Roche; al instalarse en su cargo lo primero que hizo fue presentarse en mi oficina a decirme: «Tú has sido últimamente el verdadero Presidente del CONICIT, pero yo acabo de ser elegido para ese cargo y aquí no caben dos presidentes. Creo que tienes que irte».

Cuando aún no me había ido, llamó a mi casa Wolf Petzall, antiguo, dulce y entrañable amigo a quien debo cosas que todavía no he pagado. Me dijo de una vez: «Por fin tendremos plata para un think tank. El Directorio de PDVSA aprobó en diciembre la creación de la Unidad de Estudios Especiales que responderá directamente a la Presidencia. Tú eres quien más sabe de think tanks en el país, y creo que estás mandado a hacer para montarla y dirigirla. Ven a conversar conmigo». Nada podía alegrar más mi inminente desempleo.

Petzall me reunió con Alirio Parra, el director de enlace con la nueva unidad, quien me invitó a cenar con mi señora en compañía de la suya. Ya Wolf le había mostrado unas primeras notas mías sobre su composición y se mostró encantado. Cumplidas las formalidades burocráticas, empecé a trabajar en la holding petrolera con el encargo de establecerla y conducirla.

Poco después llegó, procedente de Viena, el exembajador de Venezuela ante la Organización de Países Exportadores de Petróleo, Félix Rossi Guerrero. Me enteré de que él sería en verdad el director de la unidad cuando me encontró en mi oficina y preguntó ¡qué hacía yo en su escritorio! Mi queja ante Petzall no dio resultados; me explicó que Rossi era amigo de Parra y que la dirección de enlace—y la de la Unidad de Asuntos Internacionales (para la que también presenté un diseño el 4 de mayo de 1983)—se le había conferido a este último como un caramelito de consuelo. (Parra había sido hasta hacía poco el Director de Enlace de la poderosa Coordinación de Comercio y Suministro de PDVSA; se le había quitado esa función al conocerse manejos dudosos de su hermano en negociaciones de petróleo venezolano desde Londres para su propio lucro). Petzall razonó que, por su carrera diplomática, Rossi asumiría seguramente la jefatura de la Unidad de Asuntos Internacionales, aún inexistente, y yo volvería a dirigir la de Estudios Especiales.

Absorbí la nueva situación hasta que Rossi se dedicó a encerrarse en su oficina con su secretaria, una dama especialmente agraciada, con el pretexto de que tenía que ver el Campeonato Mundial de Fútbol de ese año. (España: 13 de junio a 11 de julio de 1982). Me quejé con Petzall, mi padrino, porque mi actividad había sido reducida a redactar «una paginita» al mes, mientras ganaba una importante remuneración. (Nuestra industria petrolera clasificaba a su personal en grupos, siendo el más alto el del Directorio de la empresa, el 31; a mí me habían clasificado en el 29, justo por debajo de los coordinadores funcionales, y percibía un atractivo sueldo mensual). Me sentí mal de ganar tanto por tan poco trabajo. Wolf volvió a tranquilizarme; me aseguró que la situación era temporal y me aconsejó: «Entretanto, hazte útil al General. El 27 de agosto será la Asamblea Anual de PDVSA. Escríbele el discurso«. Eso hice; a partir de allí el general Alfonzo quiso conversar conmigo prácticamente todos los días.

Aproveché de solicitar su permiso para visitar al Ministro de Hacienda, Luis Ugueto Arismendi. Corría el rumor de que Leopoldo Díaz Bruzual, quien presidía con rango de Ministro el Fondo de Inversiones de Venezuela, maniobraba para que las divisas internacionales de PDVSA, hasta los momentos bajo control de la empresa, fuesen entregadas a la discreción del Banco Central de Venezuela, que él presidiría después. Yo creía que podría transmitir criterios sobre el delicado asunto a Ugueto; a regañadientes, Alfonzo me dio su autorización.

A las 6 de la tarde del 19 de agosto de 1982, visité al Ministro de Hacienda en su despacho del Centro Simón Bolívar. De entrada le espeté: «Luis, estoy viendo disparidad de opiniones en el Gabinete Económico; tú dices una cosa, Maritza Izaguirre dice otra, Calderón Berti otra más y el ‘Búfalo’—Díaz Bruzual—otra distinta. No creo que eso convenga al país». Ugueto reaccionó de inmediato, muy molesto: «¡Eso no es verdad! ¡El gabinete económico es un solo hombre!» (¿Él?) «¡Lo que pasa es que el presidente Herrera quiere una segunda voz en materia económica, y ésa es Díaz Bruzual!» De seguidas, introdujo él mismo el tema de las divisas de PDVSA: «Yo no estoy de acuerdo con transferir las divisas al Banco Central, aunque eso sea la ley. Usualmente, los abogados no conocen de realidades económicas». Me despedía de él con la invaluable información de que PDVSA contaba con Ugueto como aliado.

Rafael Alfonzo Ravard

Regresé a PDVSA, donde el general Alfonzo me esperaba; entré en su despacho a las 7:20 de la noche. Estaba de pie tras su escritorio; conmigo prefería hablar así—él de pie, yo sentado—, creo que por nuestras respectivas estaturas. Le conté la conversación y le dije: «General, lo que me ha dicho el ministro Ugueto es señal de que podemos establecer una entente cordiale con el gabinete económico. Mi consejo es que procure aliviar el problema de caja del Gobierno; decrete dividendos extraordinarios que le alleguen dinero fresco, pero no permita que le cambien las reglas de juego y se lleven las divisas de la empresa al BCV».

No pude dar crédito a mis oídos con la instantánea respuesta de Alfonzo: «Luis Ugueto no sabe nada de economía; Maritza Izaguirre es una come concha; Calderón Berti lo que quiere es serrucharme el puesto. ¡Yo no voy a a acordarme en nada con el gabinete económico!» Ocho días después decía, en la séptima asamblea de PDVSA, que «habría que apartar una cuota de 100.000 barriles diarios de petróleo durante diez años para pagar la deuda. Entre los asistentes al evento se encontraba el presidente Luis Herrera Campíns, a quien no le gustó nada tal declaración. El discurso sirvió asimismo para que el Contralor General de la República, Manuel Rafael Rivero, quien hasta los momentos no se había manifestado al respecto, ofreciera a la prensa solemnes y preocupadas declaraciones sobre la deuda de la Nación. El presidente Herrera declaró que estas manifestaciones de altos funcionarios públicos no eran convenientes. Pocos días después se produjo su decisión, en contra de la mayoría del gabinete económico, de centralizar todas las divisas del sector público en el Banco Central de Venezuela, incluyendo, muy especialmente, las de la industria petrolera”. (Cuando PDVSA era una empresa).

Al día siguiente, 20 de agosto, me recibiría Rafael Caldera en la sede del partido COPEI. Me había dicho que quería hablar conmigo de think tanks porque yo sabía «mucho de eso». Al inicio de la conversación indicó: «Yo creo que los think tanks pueden ser muy útiles para generar ideas. Por ejemplo, el hueco de la esquina de Pajaritos está así desde mi gobierno. Un think tank podría decir qué se debe hacer allí; un estacionamiento pigeon hole, por ejemplo». Mi visita sirvió fundamentalmente para saber que Caldera no tenía idea de la cosa y que tampoco, por cierto, estaba muy informado de los problemas económicos del gobierno de Herrera.

………

Desanimado de lo que se exigía de mí en PDVSA, comencé a pensar que tal vez podía mudarme a alguna de sus subsidiarias: Lagovén, Maravén, Corpovén, Menevén. Arrancando 1983, fui a hablar primero con Frank Alcock, antiguo amigo y Presidente de Corpovén (empresa que convenientemente compartía con PDVSA la torre de oficinas de La Campiña), acerca de mi incomodidad. Al rompe me dijo: «Acá no tengo puesto para ti, pero ¿qué es lo que quieres? ¿No quieres comer m… del General y la vas a comer de Quirós Corradi en Lagovén?» Luego de la implícita recomendación, fui a hablar con Renato Urdaneta, el Presidente de Menevén. Éste respondió pocos días después con la oferta de un interesante trabajo desde el que supervisaría cuatro unidades funcionales, incluyendo la Secretaría de la Junta Directiva. Acepté en principio, pero el general Alfonzo impidió mi traslado. Él quería que trabajara con él hasta al menos el mes de septiembre, pero me permitió hablar a la junta que Urdaneta presidía sobre un verdadero think tank para la industria.

Un think tank es un instituto de investigación con un número considerable de al menos, quizá, treinta investigadores que suelen trabajar, en grupos multidisciplinarios y especializados, en la formulación de políticas, en proyectos dirigidos sobre todo a procesos sociales amplios y de largo alcance o carácter estratégico, que examinan sus creaciones y recomendaciones con la mayor rigurosidad científica. Un think tank ha sido establecido porque se cree en la utilidad de un servicio de esa clase (pública o privadamente, pública o secretamente) y por tanto se le dota adecuadamente, hasta generosamente, de recursos (bibliotecas, salones, oficinas, computadoras, correo electrónico y “navegación” en Internet, asistencia en búsqueda y apoyo administrativo). Un think tank, para que sea verdaderamente tal, debe tener garantizada la libertad de pensar y expresar lo que piensa, debe gozar de un derecho equivalente a la libertad de cátedra, de un derecho a la investigación. (De héroes y de sabios, 17 de junio de 1998).

RAND, que visité en 1977

Llevé a Menevén el modelo del más grande think tank del planeta, la Corporación RAND, cuyos proyectos se agrupaban en tres programas: el original programa de investigación para la Fuerza Aérea de los EEUU (Project RAND), el más general para su Departamento (ministerio) de Defensa y el Programa Doméstico que acometía problemas de la más variada índole, como el diseño de políticas de manejo de ciudades, policiales o antiterroristas, por ejemplo. Así, argumenté que un núcleo del think tank que me parecía factible debía dedicarse al desarrollo de nuestra política petrolera nacional, otro a la más amplia política energética y, finalmente, un «programa doméstico» en el que cupieran, por caso, proyectos educativos o sociales. Llegué al salón de juntas con suficiente antelación para preparar el recinto, y me enfrenté al rotafolio en busca de una página libre:

…hace unos años ya en una de las operadoras de PDVSA, nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”. (De héroes y de sabios).

Mi visión de entonces no tuvo acogida. Petzall me llamó poco después para comunicarme que Humberto Calderón Berti, el Ministro de Energía y Minas, quería confiarme una misión; si decidía aceptar, se me mantendría en nómina de PDVSA con todas mis prebendas mientras durase la «comisión de servicio». Acepté sólo la invitación de Calderón Berti a almorzar en su despacho, donde me comunicó que él quería que lo ayudara dirigiendo una fundación que pensaba establecer, para lo que debía yo viajar a alguna isla italiana (no recuerdo cuál) para asistir a un simposio, y también que él quería ser el próximo Presidente de PDVSA. Mi reacción consistió en mostrarme confundido: «Tú, Humberto, eres el jefe del Presidente de PDVSA, ¿y me dices ahora que quieres ser subalterno del cargo que ahora ocupas?» Calderón Berti respondió sin pensarlo mucho: «Sí, pero es que allí es donde está el poder». Lo que en verdad quería, como igualmente el general Alfonzo, era ser Presidente de la República de Venezuela; la fundación que pensaba establecer era para ese propósito.

Decidí no aceptar.

………

Todavía intenté ser útil a PDVSA y su Presidente. En enero de 1983, supe que por primera vez en su historia se proyectaba para fin de año un déficit de caja de la empresa; los precios del petróleo continuaban en depresión y ya no se contaba con las divisas internacionales, sustraídas a PDVSA mientras Alfonzo estaba de viaje. Obtuve un nuevo permiso del general Alfonzo, esta vez para hablar con banqueros locales que fácilmente podían resolver el problema; a regañadientes de nuevo—Alfonzo se codeaba con el Morgan y el Sumitomo; es decir, con grandes ligas, no con «pulperías» como el Banco Mercantil o el Provincial—, me permitió conversar con cinco banqueros que Iván Lansberg Henríquez reunió a almorzar en su oficina de la Torre La Previsora para que me oyeran: José María Nogueroles (Provincial), Gustavo Antonio Marturet (Mercantil), Iván Senior (Unión), Andrés Velutini (Caracas) y Alfredo Laffé (La Guaira). Como había previsto, con la mayor celeridad los cinco se mostraron en total disposición de cubrir el déficit. Me quedaba tiempo, y se me ocurrió solicitarles que me complacieran consintiendo participar en un ejercicio:

El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras mismas se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir “cada vez mejor y mejor trabajando cada vez menos y menos”. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: “¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!” No fue poca su sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana en octubre de 1982. El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión con los banqueros tomó un camino diferente. De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—se estaba, como quedó dicho, a inicios de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le había sorprendido. En esa conversación, nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: “Bueno, ciertamente que sí, pero ¡la que no nos deja dormir es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!” (Este piazo’e pueblo, 27 de julio de 2006).

Bueno, el 18 del siguiente mes cayó en viernes y fue de color negro. La última cosa que recomendé a Alfonzo (a fines del año anterior) fue que aprovechara su relación con bancos japoneses, para obtener lo que Luis Ugueto Arismendi no pudo lograr: el refinanciamiento. En esta ocasión pareció acoger la sugerencia, pero me fui de PDVSA antes de saber si intentó llevarla a la práctica. Pocos días después renuncié a mi posición en busca de libertad, la que siempre he tenido por más valiosa que la seguridad. LEA

___________________________________________________________

 

Share This:

Justo entre los justos

 

Conmemoración de un ídolo en Centroamérica

 

Arístides fue un estadista ateniense del siglo V a. C. que vivió entre el año 530 a. C. y el 468 a. C., arconte y estratego durante las Guerras Médicas. Obtuvo el sobrenombre de «el Justo». El antiguo historiador Heródoto, lo citó como «el mejor y más honorable hombre de Atenas», y un tratamiento parecido le dispensó el filósofo Platón en sus escritos.

Wikipedia en Español

________________________

 

Este año se conmemora el centenario del nacimiento de Arístides Calvani, figura gigantesca, legendaria, benéfica. Hay ya una buena cantidad de artículos sobre su significación y legado. Acá me ocuparé de agrupar recuerdos de nuestra interacción personal, siempre estimulante para mí.

Estuve ante él por primera vez en junio de 1958; Pérez Jiménez había caído y los estudiantes universitarios tendían a verse como héroes de la resistencia final, que comenzara con la carta pastoral de Mons. Rafael Arias Blanco, XI Arzobispo de Caracas, del 1º de mayo de 1957. (Ese documento ejerció un impacto considerable, siendo seguido por comunicados de prensa crecientemente críticos; éstos incluyeron los de profesores de la Universidad Central de Venezuela y su Federación de Centros Universitarios). A mediados de 1958, los estudiantes mayores de bachillerato ya reivindicábamos parte de la gloria, y se formó el Frente Estudiantil, una suerte de federación de centros de estudiantes de secundaria que iba a reunirse en los auditorios del Liceo Andrés Bello o el Instituto Pedagógico Nacional. En el auditorio del Colegio San Ignacio de La Castellana, Jenaro Aguirre S. J., quien presidía la Asociación Venezolana de Educación Católica, y el ya para entonces mítico Arístides Calvani hablaron a más de un centenar de prebachilleres de colegios católicos, y allá fui en representación del Colegio La Salle de La Colina. Mi recuerdo es muy vago: sólo registro que Calvani me impresionó fuertemente, que me pareció harto más interesante que Aguirre, que conocí en ese acto a Eduardo Fernández y Guillermo Betancourt, loyoleros y copeyanos, y que comencé amistad con ellos.

Mi posterior acercamiento a COPEI resultaba natural:

Por accidente biográfico había sido un insólito copeyano, pues mis padres me inscribieron en el colegio de La Salle en La Colina cuando tenía seis años de edad. Allí estudié hasta egresar como bachiller en 1959. Es así como a los quince años cobro conciencia política con el derrocamiento de Pérez Jiménez, mientras me encuentro en un ambiente naturalmente inclinado a adoptar la perspectiva socialcristiana. Siendo yo un “extremista del centro”, como años más tarde trataba de explicar a compañeros de universidad, la equidistancia copeyana del liberalismo y del marxismo convenía a mi temperamento. Así, pues, desde 1958 había tenido una episódica y semiclandestina simpatía o militancia verde. Para 1983 no me había separado del Partido Socialcristiano COPEI. (Krisis: Memorias Prematuras).

Y estando en COPEI o en sus cercanías—mi infancia y primera juventud transcurrieron en Las Delicias de Sabana Grande, a cuadra y media de Puntofijo, la casa de Rafael Caldera, con cuyos hijos mayores hice amistad—, resultaba imposible no oír frecuentemente el nombre de Arístides Calvani, tenido por una de las figuras más influyentes del socialcristianismo venezolano y continental. A cada rato se le nombraba.

……..

De regreso de Mérida, donde estudié los primeros tres años de Medicina entre 1959 y 1962, participé en el Movimiento Universitario Católico de la Universidad Central de Venezuela, donde cursé el primer año de Estudios Internacionales. Para alejarme de la política (?) y tratar de completar alguna carrera, me inscribí en Sociología, la principal especialidad de la Escuela de Ciencias Sociales que fundara Calvani en lo que yo suponía era el tranquilo monasterio de la Universidad Católica Andrés Bello. El Dr. Calvani, Director de la escuela, conducía el Seminario en días sábados para los alumnos de primer año; no pasó mucho tiempo sin que debiéramos acostumbrarnos a sus frecuentes regaños: «Ustedes no han tenido infancia. Ustedes no leen. Debieran leer a Blas Pascal», mientras nos machacaba la máxima «El corazón tiene razones que la razón ignora». Calvani iniciaba sus clases con una rutina invariable; colocaba un crucifijo que sacaba de un bolsillo sobre el escritorio del profesor y se santiguaba antes de iniciar su clase.

El 3 de diciembre de ese mismo año, lo escuché en el Hotel Tamanaco, donde presentó a la audiencia de la Asamblea Plenaria del Seminario Internacional de Ejecutivos el Instituto para el Desarrollo Económico y Social que había fundado y presidía. (Se supuso que el IDES funcionaría como el «Cordiplán» del Dividendo Voluntario para la Comunidad, la organización ideada por Eugenio Mendoza Goiticoa para consolidar y concentrar recursos de las empresas afiliadas para iniciativas de acción social). Pero es que Calvani ya había fundado para entonces el Movimiento Familiar Cristiano, el Instituto de Estudios Sindicales, el Instituto de Formación Demócrata Cristiana (IFEDEC) que ahora lleva su nombre y organiza el homenaje centenario, la Escuela de Ciencias Sociales ya mencionada, amén de fungir como Consultor Jurídico de COPEI (partido en el que no estaba inscrito) y desempeñarse como Diputado al Congreso de la República por el Estado Táchira (antes, en 1947, lo fue por el Distrito Federal, y más tarde—1979-83—Senador por el Estado Sucre); su firma calza al pie de la Constitución de 1961. (Seguramente se me olvida alguna otra ocupación de este hombre increíble). Por aquella época, me reclutó junto con Alejandro Suels para que hiciéramos análisis de contenido en publicaciones venezolanas, en búsqueda seudo kremlinológica de señales de actividad marxista preocupante, lo que dio lugar a una publicación periódica—al estilo de la revista Este-Oeste—cuyo consejo editorial se reunió por un tiempo en el apartamento de Pierre Paneyko, el fundador de la Librería Médica París. De esas reuniones recuerdo, además de Calvani y Pierre y María (su esposa), a Pedro Pablo Aguilar y Justino De Azcárate.

Una colección de sabios

En julio de 1964 (13 al 17), el IDES celebró en el auditorio del Colegio de Ingenieros de Venezuela el simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, al que Calvani y el Vicepresidente del instituto, José Rafael Revenga, así como el jefe de este último en la Fundación Creole, Alfredo Anzola Montaubán, lograron traer un insólito consorcio de gigantes del desarrollo, incluyendo a los padres Louis Joseph Lebret y Jean Yves Calvez, Alfred Sauvy (el papa de la Demografía), Kenneth Boulding y Jorge Ahumada. La conferencia final del evento, del que no me perdí ninguna de sus sesiones, estuvo a cargo de Calvani: Instauración de las estructuras políticas más favorables al desarrollo del país, donde por ejemplo expuso:

Cuando contemplamos la multitud de cambios tecnológicos y la transformación de toda la instrumentación con la cual se construye el mundo de hoy; y cuando pensamos que, entretanto, las estructuras políticas de las democracias permanecen fundamentalmene sin modificación, nos tenemos que preguntar si esas estructuras políticas incambiadas pueden adaptarse a un proceso de desarrollo. (…) A quien lo quiera comprobar históricamente le bastará leer las primeras constituciones venezolanas y examinar las atribuciones presidenciales. Verá cómo, sustancialmente, salvo algunos pequeños cambios—que no funcionan por cierto—se encuentra uno, hoy, dentro de las estructuras políticas fundamentales de 1830.

Eso, dicho hace casi cincuenta y cuatro años. Al año siguiente, se me encargó la edición del libro que recogió las conferencias del simposio, y en 1966 ingresé a la plantilla del IDES, del que llegué poco después a ser Director.

………

De Arístides Calvani siempre recibí luces y bondad; era difícil no venerarlo. También recibí su confianza, de la que me enorgullezco. En 1964, mientras cursaba el segundo año de Sociología en la UCAB de la esquina de Jesuitas, sentado en un pupitre que compartía con Luis Ugalde S. J., Calvani nos encargó a ambos tomar las clases de Historia de las Instituciones mientras durase la convalecencia del profesor, Juan Carlos Rey. (Dimos clases a nuestros compañeros durante más de un mes).

Siempre conté con su consejo, práctico y experimentado. En unas pocas ocasiones compartimos tribuna, como en el ciclo de conferencias sobre Seguridad, Defensa y Democracia que organizaran Luis Castro Leiva y Aníbal Romero para la Universidad Simón Bolívar en 1980. Pero, sobre todo, recibí del irrepetible Dr. Calvani enseñanzas; era un educador nato, y son innumerables quienes pueden reconocer precisamente eso.

Arístides Calvani Silva, venezolano, nació en Puerto España, Trinidad, el 19 de enero de 1918. Su padre, Luis Francisco Calvani Grisanti, era a la sazón Cónsul General de Venezuela en esa isla que una vez fue nuestra, y allí fungió como padrino de bautizo del mío, Pedro Enrique Alcalá Reverón, pues mi abuelo, Pedro José Alcalá Lozano, era gerente de la Compañía Anónima Venezolana de Navegación allí mismo. No supe de esa relación cuasi familiar hasta después de muertos ambos. El Dr. Calvani fue a morir en compañía de su esposa, Doña Adela Abbo Fontana, y dos de sus hijas, a Guatemala, en la Centroamérica que fue motivo de sus desvelos y su crucial ayuda. Aún recuerdo la puntada de dolor que sentí en el alma al conocer la noticia. LEA

_____________________________________________

 

Share This: