Un encargo inacabado

Mi esposa ante el busto de Las Delicias

Mi esposa ante el busto de Las Delicias

In memoriam Ricardo Zuloaga

Mi infancia transcurrió en la urbanización Las Delicias de Sabana Grande. Allí jugué pelota en la calle, comí pomagás y bailé trompos en la “placita”, con los muchos amigos que vivían en el vecindario. La casa paterna—16-1 de la Calle Los Mangos, luego bautizada Alcalareña—estaba a una cuadra de la plaza, y frente a ella esperaba a eso de las siete de la mañana el autobús del colegio. El rocío y la neblina mañaneros que humedecían y escondían sus arbustos eran parte de un clima caraqueño que ha desaparecido con el desarrollo de la ciudad.

Fue en esa plaza donde sufrí mi primera de cinco fracturas, en el codo, a mis doce años. Salté ineptamente un seto que enredó mis pies y quedé en el suelo un buen rato, mirando incongruentemente el busto de Rafael Arévalo González que marcó nuestro tiempo infantil desde el centro de la plaza. Fue después cuando leí Memorias de un venezolano de la decadencia, el libro de José Rafael Pocaterra que mi padre atesoraba; por él supe que el caballero que presidía los juegos de la pandilla de Las Delicias había sido un héroe. No podía prever entonces que un empeño de Don Ricardo Zuloaga me regresaría esos recuerdos.

A fines de 2009 llamó Ricardo a la casa; había concluido la lectura de Alicia Eduardo: Una parte de la vida y creyó que mi esposa, la autora, era indicadísima para componer una biografía novelada de Arévalo o, al menos, curar una reedición de sus memorias, que habían sido editadas en 1977 sin demasiado cuidado. Un desayuno de consultas de nosotros tres con Ramón J. Velásquez, Carolina Jaimes Branger y Milagros Socorro produjo la decisión: se trabajaría las memorias, dejando para más adelante la posibilidad de la novela biográfica. Esta circunstancia me permitió cooperar en el proyecto, pues carezco de la habilidad narrativa de mi señora; a cuatro manos acometimos la tarea en 2010, y me tocó aportar un preámbulo que se pone abajo. (También se incluye al final un enlace para descargar el trabajo entregado a la Fundación Ricardo Zuloaga en formato .pdf).

Fue tal vez el último proyecto de Ricardo Zuloaga; todavía espera la edición que acometan los descendientes de Arévalo. LEA

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De las Memorias de Rafael Arévalo González pudiera decirse lo mismo que de la Octava Sinfonía de Franz Schubert: que son una obra inconclusa. Así las llama, por cierto, Luis Villalba Villalba, redactor de una introducción de casi ochenta páginas—un verdadero estudio—a la primera edición de la Editorial Mediterráneo (1977).

Parece que las comienza en 1933; por referencia directa de él mismo, las escribía en 1934, un año antes de morir. Sólo él hubiera podido completarlas. No sólo es que son incompletas en el recuento de su vida y que dejó de contar en el texto que logró escribir muchos episodios, sino que su artesanía está inacabada, especialmente en lo tocante a claridad cronológica. Pero la pluma de Arévalo era elegante, incisiva y amena; las muchas cosas que refiere tocan al lector de manera vívida, y logran transportarle a la circunstancia y la angustia que él vivió con la fortaleza del titanio.

Las Memorias de Arévalo son, por sobre todo, una historia política de Venezuela. En ellas hay poca o ninguna referencia al paisaje, a la geografía; son, a la manière de Theodore Zeldin, historia emocional. También son un solo recuento: el de la lucha de una conciencia recta contra los poderes más retorcidos e implacables. Es la historia de la valentía de un hombre.

Esta nueva edición de las Memorias de Arévalo fue suscitada por el Dr. Ricardo Zuloaga. Habiendo conocido la versión de 1977, encontró en ellas una lección permanente de indoblegable rectitud, capaz de arriesgar la existencia misma por la verdad y por lo que es justo. Entonces hizo que la Fundación Ricardo Zuloaga encargara una nueva edición que las hiciera más legibles—la primera consiste de un solo texto continuo, sin capítulos—y que proporcionara contexto con notas apropiadas.

Éste es el resultado: las 207 páginas seguidas de la primera edición han sido reorganizadas en 33 capítulos de más fácil digestión y, a las dos notas a pie de página proporcionadas por el propio Arévalo, se ha añadido 115 notas que ofrecen la referencia necesaria para desenmarañar y entender el complejo tejido de personajes y ambiciones ante el que la honestidad del heroico periodista se manifestó con tenacidad indómita.

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Joaquín Crespo, Antonio Guzmán Blanco, Raimundo Andueza Palacio, Juan Pablo Rojas Paúl, Ignacio Andrade, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez son los presidentes venezolanos que definen el acontecer político nacional en el tiempo de Rafael Arévalo González. Forman una secuencia trágica, con honrosísimas y muy escasas excepciones a una historia de apetencia por el poder que es dirimida con primitiva violencia armada, no por los caminos avanzados de la competencia cívica. Aquellos personajes se rodean de corruptas y muchas veces incapaces camarillas, y poco hay de encomiable en la sucesión de períodos de gobierno en su época, poco que pueda ser causa de orgullo para los venezolanos de hoy, aunque sí de preocupación al encontrar en aquella Venezuela del cambio de siglo—fin de siècle y Belle Époque que el delirio de Guzmán Blanco pretendió emular en medio de su peculado—conductas y procesos que no han sido erradicados a estas alturas del siglo XXI.

Es ante ese cuadro que se desarrolla la existencia de Rafael Arévalo González, es por ese contexto que el contraste de su digno proceder se hace más agudo, como los blancos dientes de un perro que está muerto en el camino.

La serenidad del héroe

La serenidad del héroe

Arévalo fue, primordialmente, un político, en el viejo sentido de la raíz griega que nos da los vocablos de polémica y polemólogo. Ejerció ese noble arte desde la tribuna del periodismo que, por propia admisión, no le interesaba tanto cuando fue posible respirar, durante el segundo gobierno de Crespo, una relativa libertad de expresión. Eran las dificultades lo que estimulaba a Arévalo; mientras más arriesgada era la protesta más dispuesto estaba a proferirla.

Era un tiempo de formas todavía románticas, y Arévalo descuella con el modernismo de su prosa, argumentalmente hábil, sólidamente dirigida a lo substancial de los entuertos que combatía. Su atrevimiento estuvo siempre acompañado de una astucia expositiva que dificultaba hacerle prisionero sin desfachatez. Era buen psicólogo; en más de una anécdota muestra el rápido cálculo de las emociones que varias veces le permitió salirse con las suyas. En el tiempo del telégrafo, tan importante como la Internet de hoy para las comunicaciones, Arévalo dominaba la tecnología y la gerencia del invento. Era de inteligencia poco común.

Arévalo ha sido llamado ingenuo por algunos; aseguran que lo fue al proponer en 1913 la candidatura presidencial de Félix Montes, enfrentándola al apetito continuista de Juan Vicente Gómez. La lectura de su artículo en El Pregonero no encuentra en él ingenuidad alguna; es la brutalidad implacable de Gómez el origen de una reclusión de ocho años para el franco periodista y ciudadano que sufriría otras trece prisiones, para un total de veintisiete años de encierro, el cuarenta por ciento de su vida. Una maleta siempre dispuesta en su casa tenía el siguiente membrete: Rafael Arévalo – La Rotunda.

Otros consiguen en sus memorias arrogancia. Rafael Arévalo González (1866-1935) sufrió, como todo hombre excepcional, el peso de su extraordinaria inteligencia; a ella va indisolublemente unida, ineludible, la conciencia clara de sus propias capacidades, y no podía escapar a su entendimiento que la mayoría de los hombres no se conducía con su valor y su diligencia. Arévalo, en consecuencia, escribió más bien con modestia lo que pudo acerca de su vida ejemplar, no para la promoción de su propia figura, sino como testimonio doloroso de la constante bajeza política de su país.

Fue la suya una vida valiente, pues no entraba inconsciente en el peligro. Tenía los pies firmemente plantados sobre una tierra peligrosa, y siempre supo a qué represalias se exponía con su comportamiento. Es la humanidad entera, no sólo la sociedad venezolana, la que debe agradecer y atesorar la trayectoria ejemplar de Rafael Arévalo González.

Pues él arriesgó todo—familia, posesiones (modestas), salud y vida—por la justicia enfrentándose una y otra vez al despotismo. La Enciclopedia Británica publicó en 1963 la colección Gateway to the Great Books, en cuyo Tomo 4 reproduce la obra Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen. Acerca de ella dice: “Un hombre solo de pie, con la justicia de su lado contra el tirano, es una figura dramática familiar y poderosa. Pero también existe en la vida real. A menudo sufre la derrota personal, incluso la muerte. Pero su acción heroica no perece con él. Ella perdura, y hace a la vida más justa y habitable para el resto de nosotros. El idealismo, pues, en lugar de ser tonto e impráctico, puede resultar al final el único camino práctico”. Es ése el veredicto exacto sobre la vida del inolvidable héroe de Río Chico.

Luis Enrique Alcalá

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Memorias R. Arévalo G

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Gourmet de la inteligencia

Tristes, como Durero, por el adiós de Luis

Tristes, como Durero, por el adiós de Luis Penzini Fleury

Es un caballero que se ha ido. Ya no celebrará a Kepler y Copérnico ni hablará orgulloso de sus hijos, ni mejorará el paisaje urbano, ni jugará dominó con nosotros, ni nos obsequiará libros o aderezos deliciosos. No contará más chistes ingeniosos y finos o anécdotas hilarantes, no nos sorprenderá más con las cosas muchas que sabía; no nos abrazará con su sonrisa, no nos llamará con su voz dulce, gentil y pedagógica, no nos convocará a la bondad. El peso de todo eso reunido lo sentiremos ahora, como una sola mole de amistad descomunal, en su elocuente ausencia. Luis Penzini Fleury fue él mismo un generoso regalo cósmico.

Hubo cosas que no pudo conocer: la doblez, la mezquindad, la malicia; en esto era un ignorante. Despedía luz, eso sí; inventaba incesantemente iniciativas bondadosas y eficaces, pintaba las conversaciones de nobleza, comunicaba con entusiasmo su admiración por los hechos de la inteligencia, no se rendía.

El país era, tras la familia, su interés supremo; jamás dejó de vivirlo, de sufrirlo y gozarlo. Últimamente, predicaba que a la sucesión de los discursos de la vieja democracia y el prevaleciente del hombre fuerte militarista, buscáramos superponer a la patria el discurso de los valores, el del hombre sabio.

Una última sonrisa me regaló el lunes, con ojos que se despedían, al regresar a su casa de la diálisis rutinaria en la que puso conmovedora esperanza, pasando frente a la mía para morir. De algún modo, supe que no volvería a verlo y que no le había agradecido adecuadamente todo lo que me había dado.

Mañana será cremado como Sigfrido, la paz de la victoria. Ha muerto un gigante amable, y su huella enorme ha quedado impresa suavemente, como suave era su corazón, en el territorio de nuestras almas y en el de la geografía. Esa marca irá creciendo con la edad de nuestra nostalgia. LEA

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Funeral de Sigfrido e inmolación de Brunilda – George Szell y Orquesta de Cleveland

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Libro en El Librero

Es para mí El Librero la revista más hermosa que se haya visto en Venezuela; su materia y su empaque son de primerísima calidad. No podía ser menos, estando en manos de Sergio Dahbar, su Editor, y Rafael Osío Cabrices, su Coordinador Editorial. Con ella tengo una relación envidiosa y afectuosa, aumentada anecdóticamente porque mi hijo Luis Armando, hasta hace poco Gerente de Producción del Grupo Santillana, cuidaba en un tiempo su impresión. Ha sido un honor poco común que Dahbar ordenara una entrevista a mí por el libro Las Élites Culposas, y que el propio Osío Cabrices se tomara un café en mi casa para grabar lo que se me antojó decir. La relación de mis palabras en El Librero de noviembre de 2012 es fidelísima, pero ellas han sido mejoradas por la generosidad de un entrevistador de lujo. Mauricio Villahermosa tomó fotos pacientemente, logrando que Musiú se tomara la sesión en serio. Tengo ahora el permiso de Osío para reproducir a continuación su entrevista-reseña. Gracias, gracias, gracias. LEA

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El protagonismo de Musiú (foto de Mauricio Villahermosa)

LANZAMIENTO Las élites culposas, memorias imprudentes

“PREFIERO SER BRUJO DE LA TRIBU QUE BRUJO DEL CACIQUE”

Sociólogo, periodista, en suma científico social, en su nuevo libro Luis Enrique Alcalá mira al pasado, el presente y el futuro de Venezuela con una crítica feroz pero argumentada, en la que no se salvan ni políticos ni antipolíticos

Rafael Osío Cabrices

Luis Enrique Alcalá (Caracas, 1943) es un hombre con una denuncia. La tragedia de la política venezolana, dice al final de su libro Las élites culposas (editado en Libros Marcados, con una foto en la tapa en la que María Corina Machado saluda a Hugo Chávez), consiste en que el país “sufre la más perniciosa dominación de nuestra historia—invasiva, retrógrada, ideologizada, intolerante, abusiva, ventajista—mientras los opositores profesionales se muestran incapaces de refutarla en su discurso y superarla, pues en el fondo emplean, seguramente con mayor urbanidad, el mismo protocolo de política de poder afirmada en la excusa de una ideología cualquiera que, como todas, es medicina obsoleta, pretenciosa, errada e ineficaz”.

También es un hombre con una misión. En el mismo libro expresa, pocas líneas más adelante, que “el mal no dura un siglo”, y que “es de esperar que el pueblo venezolano aprenda de estos años terribles, tal como los alemanes—hoy la nación más sólida de Europa y no sólo económicamente—pudieron aprender de una de las dictaduras más espantosas que ha sufrido alguna parte de la humanidad. Pero no puede dejarse eso al azar. Es preciso educar al Pueblo, es necesario elevar su cultura política. Es ineludible hacer una política responsable y seria, que abreve de las más modernas nociones aportadas por la ciencia. Es urgente identificar y ayudar a liderazgos más modernos y clínicos. Es imperioso acercar recursos a cabezas nuevas que tienen otro enfoque de la tarea política, que discurren acerca de las implicaciones concretas de la vocación política desde nuevos paradigmas”.

Sociólogo de la UCAB, en principio, Alcalá tiene un extenso currículum que lo ha llevado a distintas funciones en la administración privada y pública, y a otras más en el periodismo, como la de editor del diario La Columna y editor jefe de El Diario de Caracas, entre otras. En su nuevo libro, que subtitula Memorias imprudentes a sabiendas de que lo que cuenta será desagradable para unos cuantos, organiza su visión de lo que nos ha pasado y elabora su tesis de que nuestras distintas élites—que él agrega que se han transformado con la llegada de Chávez y los suyos—han fallado en conducir adecuadamente al país porque lo que tienen en la cabeza no sirve en la realidad del presente.

Con tres presentaciones, de Victoria de Stefano, José Rafael Revenga y el ex presidente Ramón J. Velásquez, Las élites culposas rebosa de citas, de argumentos y de una escritura cuidadosa y vehemente. Alcalá revisa varios momentos pivotales en la historia contemporánea venezolana y sus propias observaciones sobre el país que publicó entonces. Sus muchas advertencias sobre el mal rumbo que llevaba—que lleva—Venezuela, desoídas todas ellas, como las de otros. Por ejemplo, sus profecías sobre un próximo golpe de Estado que puso en su libro Krisis, en 1987.

Es que este es un país diferente al de 1958 y al de 1998, en verdad. Mucho más indescifrable. “En 1991”, contó a El Librero en su casa de Caracas, “Adán Celis, un hombre del grupo Mendoza que fue presidente de Fedecámaras, me dijo que el país se había vuelto muy complicado; que antes uno levantaba el teléfono, hablaba con Rafael Caldera y luego con Gonzalo Barrios, y listo. El país de antes era mucho más simple. En 1958, la Caracas que se le alzó a Pérez Jiménez tenía no más de 800.000 personas. En esa época, en ese pequeño país, todavía había relativa lucidez en las élites venezolanas: en 1962, el año del Porteñazo, Eugenio Mendoza lanzó en una asamblea de Fedecámaras en Mérida la idea del Dividendo Voluntario para la Comunidad, una iniciativa de responsabilidad social empresarial que empezó en Venezuela tres décadas antes de que se hablara de eso en esta región. Cuando un personaje cuyo nombre no mencionaré le propuso al empresariado organizar paramilitares para combatir a la guerrilla, Pedro Tinoco le dijo que el empresariado lo que tenía que ayudar era a fortalecer la democracia para quitarle piso político a la extrema izquierda. Hasta que el chorro de ingreso petrolero de 1974 hizo creer al Estado que ya no necesitaba al sector privado y empezó a querer hacer todo por su cuenta”.

Alcalá brinda en la conversación algunos de los matices que no faltan tampoco en su libro. “Sería muy injusto decir sobre las élites criollas que su crisis no forma parte de una crisis global del oficio político mismo, de lo que se ha entendido como política”. Llama por eso a las élites “culposas”, no “culpables”. Alcalá dice que aquí todos, chavistas y no chavistas, están “esclerosados en sus paradigmas” y siguen creyendo que la política era lo que creían que era. “Siguen viéndola de manera newtoniana, mecanicista. Creen que la política es una ciencia deductiva. No la miran con la complejidad con que deben hacerlo. Mientras, hay mucha inteligencia en las clases D y E de la población venezolana, donde está el 71% de los internautas del país. Hay una gran vocación de modernidad en el barrio venezolano. No se puede pensar que ahí votan sólo con la barriga”.

Luego de los resultados de las elecciones del 7 de octubre de 2012, Alcalá piensa en ampliar su libro con un capítulo adicional. Pero adelanta algunas de sus notas sobre el presente: “Aquí, la oposición sigue viéndose como oposición y es tan representativa de la vieja política como lo es Chávez, por su apego a la tan vencida Realpolitik como por su carga ideológica. En Capriles el tema ideológico aparece muy rara vez y él dice que no cree en el dilema izquierda versus derecha, pero igual pertenece a un partido que, como todos los demás, hizo un congreso ideológico, y en el fondo, como todos nuestros políticos, cree que puede tener el derecho de ser el jefe del pueblo y administrar el Estado petrolero”.

Respira en él una frustración que uno respira en muchos otros autores venezolanos y latinoamericanos sobre la frecuente derrota ante los jefazos, ante los que insisten en que a esta sociedad lo que le gusta es que la manden y punto, al margen de que la despojen de buena parte de lo que es suyo. “Pero la Humanidad es así aquí y en Japón. Basta leer un poco de Historia para darse cuenta de que lo que pasa aquí pasa en todas partes y en todas las épocas. Sin embargo, hay que llevar eso con filosofía, evitar neurotizarse. Yo opté por mirar la política y escribir y hablar sobre ella desde un ángulo médico, desde la figura de la política clínica. Me interesa estar entre los brujos de la tribu, no entre los brujos del cacique. Siento que debo empaquetar mi política clínica para gente con vocación pública, para la nueva generación de líderes, y en ese sentido va un taller que ofreceré próximamente. La propuesta: sustituir la ideología por la metodología”.

Alcalá cierra la entrevista con la misma propuesta con que cierra el libro. Él se ofrece a formar. “Un político debe ser un profesional del arte de responder a problemas de carácter público, cosa que debe hacerse con seriedad y con un código de ética. La tarea profunda es quitarle las mentiras al electorado. Practicar la enseñanza política. Que la gente aprenda a que no le caigan a cobas, cobas además elaboradísimas, que son toda una estructura. Es lo que intento hacer con mi programa en RCR, con mi blog (doctorpolitico.com) y con mis libros: compartir un manual de ciudadanía”.

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Pseudo e-book

La portada diseñada por Ariel Toledano

En 1987 pude publicar mis Memorias prematuras, que llevaron por nombre Krisis. Había concluido su redacción el año anterior, y fue el apoyo monetario de Gerd Stern lo que permitió la impresión del libro en edición privada. La nueva imprenta de Javier Aizpúrua se ocupó del trabajo; era el segundo libro que Ex Libris imprimía y el primer libro venezolano que fuera escrito y compuesto íntegramente en un computador personal. (Un Mac Plus con un megabyte de memoria RAM, adquirido en diciembre de 1985; el procesador de texto era MacWrite).

Como expliqué en la introducción, Krisis viene del griego krinein, decidir. Era la historia de una decisión política personal, que fue incubándose entre 1983 y 1985; las memorias relatan mi creciente inmersión en política en esos años. “En cierto sentido, mi proceso personal no es otra cosa que el modo como la crisis del país me pasaba por dentro. (…) Lo que aquí se lee no es otra cosa que el tránsito de la crisis que a todos influye por el alma de una persona que se ha dejado deliberadamente penetrar por aquélla“.

No era fácil a muchos venezolanos, aun a los muy preparados, percibir la profundidad de la crisis. A pesar de que el lapso relacionado es posterior al tristemente célebre Viernes Negro (18 de febrero de 1983), la lectura generalizada era que ese episodio era un ajuste momentáneo, después del cual el país retomaría su ritmo acostumbrado. En esas memorias se menciona un cierto informe mensual por suscripción, con el que pretendía alimentar a mi familia después de que renunciara a un lucrativo empleo para dedicarme a la política. Lo que no se cuenta es que pedí a un querido amigo—desparecido ya—que contribuyera con el capital de trabajo de la aventura. De visita en mi casa me preguntó de qué pensaba escribir, a lo que expliqué: “De los procesos fundamentales de la crisis”. Entonces mi amigo, uno de los más importantes y preparados ejecutivos venezolanos del momento, contestó luego de sopesar mi respuesta unos breves segundos: “Y cuando acabe la crisis ¿de qué vas a escribir?” Casi tres décadas después, la crisis no ha concluido.

En este blog se encuentra el texto íntegro de aquellas memorias, pero debo convenir en que su lectura se hace muy difícil en el formato convencional de una entrada típica desde un navegador de Internet. He convertido el archivo de texto original en archivo de formato .pdf y lo coloco abajo para su descarga. Es casi un libro electrónico; los manejadores de archivos en portable document format—Acrobat Reader™, por ejemplo—permiten que se pase sus páginas como si se tratara de un e-book. Tal vez pueda hacerlo auténticamente, y también con Las élites culposas – Memorias imprudentes, más adelante.

Ariel Toledano intentó que la portada simulara un sobre de Manila dirigido a una persona en particular pues, según dijo, el contenido del libro era algo que había dado vueltas antes de encontrar su destinatario; de allí los varios sellos y matasellos. El nombre que se lee parcialmente en la etiqueta corresponde a una persona real que ya no está con nosotros. Es el del dueño del antiguo Abasto Los Palos Grandes, Don Abel Figueira, uno de los personajes importantes del relato. Curiosamente, su segundo apellido era Chaves, con la ortografía portuguesa. LEA

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KRISIS – Memorias Prematuras

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En asiento de primera clase

Facsímil digital de la página 6 (clic para ampliar)

Gracias a indicaciones expresas de Teodoro Petkoff, y recordatorios oportunos de Azucena Correa, su asistente, el diario Tal Cual asignó a su Coordinador de Política, Víctor Amaya, la tarea de entrevistarme sobre la publicación de la editorial Libros Marcados: Las élites culposas. Quedo muy agradecido a este inteligente periodista por la generosidad con la que trató mi obra y su exactitud al describir el propósito y el contenido de la misma. No ha podido recibir juicio más benévolo.

Al lado se reproduce una versión digital de la página que reservó el diario en su edición de hoy (25 de julio) al trabajo de Amaya; haciendo clic sobre ella se la amplía hasta la legibilidad, y también puede leérsela en el sitio web de Tal Cual, bajo el sugestivo título escogido por Amaya: Una nueva política.

Fue este periódico el que me facilitara la fotografía de su archivo para la portada del libro, sobre la que Pedro Penzini López insistió cuando me recibiera en Jueves de Libros, sección de su programa en Éxitos FM. (El audio de ésta, reproducido abajo, puede también ser escuchado en Conversaciones bibliológicas, junto con el de tres otras precedentes). Antes escribieron gentilmente sobre el libro Fernando Luis Egaña (Quinto Día), Eduardo Martínez (El Nuevo País) y Leopoldo Puchi (Últimas Noticias). Éste escribió: “Las élites culposas es el nuevo libro del director de la página web doctorpolitico.com, Luis Enrique Alcalá, en el que repasa los acontecimientos de las dos últimas décadas de nuestro país. Ciertamente, desde una óptica opositora a Chávez, pero que destaca por sus acertadas críticas de las extraviadas conductas de la oposición y por la búsqueda de nuevos paradigmas que guíen de manera más científica el quehacer político”.

Jueves de Libros

Agradezco, pues, al Director de Tal Cual, a su Asistente y, sobre todo, a Víctor Amaya por su amable texto y a Saúl Uzcátegui por su fotografía, que no me desmejora. LEA

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A 17 páginas por año

El 11 de mayo, fue gentilmente entrevistado el suscrito por Fausto Masó, en el programa Golpe a golpe de Radio Caracas Radio, sobre el libro Las élites culposas. He aquí el archivo de audio de esa emisión:


 

Libro en mano... y bastante más de cien volando

Son muchos los incidentes que he apartado en el relato, las más de las veces de modo intencional; la historia completa del tiempo que cubro es mucho más nutrida que la que aquí refiero. Otros, simplemente, los desconozco, y no he suprimido con insinceridad ninguno que pudiera contradecirme para conveniencia de mi interpretación.

Luis Enrique Alcalá

Vestíbulo – Las élites culposas

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Un cuarto de siglo de política venezolana ha sido comprimido en 424 páginas de la primera edición de Las élites culposas (Editorial Libros Marcados). Ya está disponible al público en librerías. Un buen número de ejemplares ha sido ya entregado a las distribuidoras Las Novedades, Tecniciencia, Best Seller y próximamente a Librerías de Nacho. He aquí algunas librerías específicas donde puede ser adquirido el volumen: Alejandría I, II y III, El Buscón, Europa Costa Verde (Maracaibo), Júpiter, Ludens, Mundial, Pasillo (Universidad Central de Venezuela), Suma y Summa; Sophia Producciones alcanzó a exhibirlo en el stand 32 en la útima fase de la Feria del Libro, celebrada en la Plaza Francia de Altamira. En los próximos días llegará a más puntos este libro que salió de imprenta, hace diez,  justo antes de la semana del 1º de mayo.

El autor, quien escribe este aviso, está abierto a la refutación; en septiembre de 1995 juré cumplir un Código de Ética Política que incluye esta estipulación: Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.

No dudo que mi libro suscitará más de una inquietud, o incluso irritación en algunos casos. Son muchas las personas y las posturas mencionadas y criticadas en Las élites culposas; su índice onomástico lista más de seiscientas. La justificación de ese recuento se ofrece en el preámbulo (Vestíbulo), y Ramón J. Velásquez me hizo el favor de certificar, en la nota prologal que amablemente escribió: “Alcalá es un pensador polémico…”

Pero si en algo sirve este juicio de lo que sucedió* es para mostrar las inconvenientes consecuencias de una forma de hacer política que debe y puede ser sustituida. Siento que he cumplido mi deber al haber retratado equivocaciones para señalar caminos. LEA

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* La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Jorge Luis Borges: Pierre Menard, autor de El Quijote.

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