Balmes y el futuro de la oposición

 

Filósofo, teólogo, apologista, sociólogo y tratadista político español (1810-1848)

 

Dicen que Jaime Balmes era tan intelectualmente capaz, que cuando llegaba a sus manos un nuevo libro se sentaba a la mesa con él y miraba fijamente su portada. Luego, lo apartaba a un lado y cavilaba un rato sobre lo que pudiera decirse bajo el título de la obra. Sólo entonces abría el libro y comenzaba a leer. Si después de un tiempo más bien breve, el texto no transitaba por donde había pensado, entonces lo desechaba por entero.

Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi (5) – 26 de octubre de 2009

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Hace unos minutos recibí de rebote una invitación por correo electrónico; esto es, no estaba dirigida a mi persona. La comunicación invita, en nombre de Ramón Guillermo Aveledo, a un foro en el Instituto de Teología para Religiosos (ITER, Universidad Católica Andrés Bello), y anuncia que su tema es: El Futuro de la Oposición en Venezuela. También avisa las intervenciones de José Virtuoso S. J. (Rector de la UCAB), María Gabriela Hernández (Diputada a la Asamblea Nacional) y Negal Morales (Secretario del mismo cuerpo legislativo). Tuve, pues, a mi disposición el título requerido a un ejercicio bálmico.

No me tomó mucho desechar cualquier idea de asistir (tal vez el remitente pensó que pudiera interesarme); el mero hecho de definirse como oposición es, lo he dicho muchas veces, un error fundamental. En 1999, a los dos meses de la primera toma de posesión de la Presidencia de la República por Hugo Chávez, dije a la peña mencionada en el epígrafe que antes que oposición lo indicado era una superposición, y que en vez de un protocolo de acusación se requería uno de refutación. Quince años después, recibí correo de alguien que se definía a sí mismo como chavista; había leído Las élites culposas y me ubicaba con “la oposición”. Así le contesté:

Debo corregir una impresión inexacta: no tengo “compañeros de la oposición”. Precisamente, he sostenido consistentemente que considerarse “de oposición” es la falla de origen de la oposición venezolana. (…) Un artículo de Manuel Felipe Sierra en el diario El Nacional aducía poco después de la derrota de Manuel Rosales en las elecciones presidenciales: “La votación que el CNE le adjudicó al candidato opositor es importante, siempre y cuando éste sepa ejercer el liderazgo del antichavismo…” Exactamente el mismo día de su publicación, un análisis que circuló por correo electrónico se expresaba en términos como los siguientes:

La oposición… decidió no participar en las elecciones legislativas… la Oposición ya había perdido sus Gobernaciones y Alcaldías… para una parte importante de la Oposición el contrincante mayor no era Chávez, era el CNE… Muchos pensaban que la oposición era mayoría… la ausencia de la Oposición de la contienda electoral… La Oposición se debatía entre el método de escogencia del candidato único y la campaña por condiciones… Muestra un liderazgo indiscutible en la oposición durante la campaña… Se ganó al lograr la unidad de toda la oposición… Que la oposición es minoría… ¿Cuál es el estado de la oposición un día después?… La Oposición amanece como un conglomerado nacional de importante magnitud… no desperdiciar esfuerzos en combatir a la oposición desde la oposición misma…

Allí se evidenciaba la falla de origen de la inmensa mayoría de los planteamientos políticos distintos del chavismo: que sólo atinan a definirse como antichavistas. Desaparecido Chávez, dejarían también, entonces, de tener sentido sus existencias. (…) Una nueva acción política que quisiera ser viable no podía pensarse como oposición a Chávez; era preciso que procurara superar el estado de cosas por superposición, por salto a un nivel superior del discurso político. (…) La refutación de Chávez debía venir, para usar términos evangélicos, por añadidura, nunca como única justificación. Que rechace el chavismo no significa que apoye a “la oposición” o tenga en ella compañeros.

Por supuesto, Chávez ya no está, sino su designated survivor; la conducta de “la oposición”, sin embargo, es exactamente la misma. El “Frente Amplio”, donde Aveledo y Virtuoso son protagonistas, es receta ya probada con idéntica vocación de ineficacia, pues se sigue pensando como oposición. En 1996, el partido COPEI se sintió impelido a explicarle el país—que no se lo preguntaba—sus líneas de estrategia:

Fue Oswaldo Álvarez Paz el dirigente escogido por el Comité Nacional del partido para hacer la explicación. Las líneas de estrategia de COPEI eran: 1. oponerse al gobierno de Rafael Caldera; 2. deslindarse de Acción Democrática; 3. continuar en la búsqueda de alianzas con el Movimiento Al Socialismo (MAS), la Causa R y otros partidos similares. (…) …se trataba de una estrategia alienada, fuera de sí, pues COPEI se definía en función de terceros actores, y no parecía tener nada sustancial que decir acerca de sí mismo. (Las élites culposas).

Cierro con una reiteración, esta vez del 30 de octubre de 2008 (Retrato hablado):

…la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del Pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos* mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Gracias, Balmes**, por el método. LEA

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* Datincorp, mayo 2015: Las soluciones a los problemas del país ¿vendrán de…?” Respuestas: del oficialismo, 17%; de la oposición, 18%; de nuevos liderazgos, 56%.

** Jaime Balmes nace el mismo año del Acta del 19 de Abril y muere en el de la publicación del Manifiesto Comunista.

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Primer Decreto del Pueblo

 

Mariantonia Palacios, fina pianista

Un comentario sobre el turismo político del ministro Jorge Rodríguez, tras una mínima mención del nuevo cono monetario (el segundo del gobierno de Nicolás Maduro), dio paso en el programa #290 de Dr. Político en RCR a la consideración de las preguntas que debe contestar el Pueblo para enderezar aspectos fundamentales en la marcha de la sociedad venezolana. Ellas incluyen un posible Primer Decreto del Poder Constituyente Originario, tal como fuera anticipado quince emisiones atrás, el 18 de noviembre del año pasado. Del compositor venezolano José Vicente de Aramburu se escuchó el vals Di que no, interpretado al piano por Mariantonia Palacios, y luego la Fanfarria para el hombre común del estadounidense Aaron Copland. Acá el audio de la transmisión:

LEA

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Gracias, Maestro de maestros

 

Los hijos de José Antonio

La primera vez que estuve en presencia de José Antonio Abreu (diciembre de 1962), fue para escucharle una conferencia en materia económica cuyo contenido he olvidado del todo. Lo que no olvidaré nunca es la fuerte impresión que me produjo la articulación perfecta de sus palabras, tan exacta que, si se hubieran transcrito, quien las escribiera habría sentido sin equivocarse dónde debía marcar los signos de puntuación. Supe que su cerebro estaba mejor organizado que el mío, y que no en balde se había graduado de economista Summa Cum Laude en la Universidad Católica Andrés Bello.

Luego haríamos algo de amistad, que incluyó su invitación a almorzar en 1974, en el restaurante Anatole de San Bernardino, cuando José Antonio era el número dos en la Oficina de Coordinación y Planificación (CORDIPLAN) de la Presidencia de la República, con sólo 35 años de edad. Llegué a la cita puntualmente, pero siendo el anfitrión, ya él me esperaba en una mesa. Lo encontré leyendo el Breviario Romano, el libro del que todo sacerdote debía leer todos los días; entendí que eso era una indicación de santidad.

Poco tiempo después (1975) se ocupaba de la obra más importante de su vida, que presentó en el Poliedro de Caracas al dirigir la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar en la imponente Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven. Antes de ese concierto fundamental, mi gran amigo de juventud y compadre, Eduardo Plaza Aurrecoechea, me había colado en un evento con instructores de dirección orquestal en el balneario Los Caracas, donde encontré también a Andrés Ignacio Sucre Guruceaga, uno de los primeros colaboradores de Abreu y primo de mi esposa. Fue Andrés quien me llevara al Poliedro esa noche especialísima; recuerdo haberle señalado con pedantería algunos errores de ejecución de la enorme pieza, y haber criticado que Abreu impusiera allí mismo una medalla a los jóvenes músicos cuando apenas empezaban; me pareció mala pedagogía, pero estaba totalmente equivocado. (En 1983, escribí una nota de avergonzado desagravio por esa crítica enteramente privada, cuando ya era obvia la potencia del sueño de José Antonio).

Hoy ha muerto José Antonio Abreu Anselmi, sobre el que llovieron honores y reconocimientos del mundo: premios de las más importantes instituciones culturales y doctorados honoris causa que pocos merecieron tanto. Ha debido estar entre sus preseas el Premio Nobel de la Paz. En mi caso, escribí de él en 2009 (Dictamen 2010):

El maestro Abreu es una figura que es ampliamente querida, hasta venerada, por una inmensa mayoría de los venezolanos. Su profesión, además de la de músico, es la de economista; esto es, fue adiestrado en una disciplina social diferente de la jurídica, más propiamente científica. El maestro Abreu ha sido bendito por una grandísima inteligencia, y además hace gala de una envidiable “mano izquierda”, que le ha permitido crear y desarrollar, para admiración planetaria, el ejemplar, benéfico y único Sistema de Orquestas Juveniles. El maestro Abreu tuvo una temprana vocación política, que sacrificó a la música pero le ha servido para adquirir dotes de negociación y convicción que facilitaron sus logros increíbles. De hecho, tiene conocimiento directo de la administración pública, al haber sido el segundo hombre en Cordiplán (1974) y Ministro para la Cultura (1984). El maestro Abreu, además de su Doctorado en Economía en la Universidad Católica Andrés Bello, realizó estudios de postgrado en Economía Petrolera en la Universidad de Michigan. El maestro Abreu es hombre probo, de hábitos frugales, como corresponde a quien se concentra en la búsqueda de valores espirituales permanentes. El maestro Abreu, por encima de todo, ha sido el inventor y animador principal de un movimiento que ha beneficiado directamente a cientos de miles de niños y jóvenes venezolanos, en manifestación poderosísima de una vocación social sin parangón.

El 31 de agosto de este año, José Antonio Abreu recibió de manos del rey Carl XVI Gustaf de Suecia el Premio Polar de Música, conferido por la Academia Real Sueca de Música. Esta academia dijo de él:

El Premio Polar de Música 2009 se concede al director, compositor y economista José Antonio Abreu. Impulsado por una visión de que el mundo de la música clásica puede ayudar a mejorar las vidas de los niños venezolanos, ha creado la red musical El Sistema, que ha ofrecido a cientos de miles las herramientas para superar la pobreza. La exitosa creación de José Antonio Abreu ha promovido valores tradicionales, como el respeto, la solidaridad y la humanidad. Su logro nos muestra lo que es posible cuando se hace de la música un terreno común y por eso mismo parte de la vida cotidiana de la gente. Simultáneamente, se ha dado a niños y padres, así como a los políticos, una nueva esperanza para el futuro. La visión de José Antonio Abreu sirve de modelo para todos nosotros.

En suma, José Antonio Abreu está mandado a hacer para la dificilísima tarea de asumir la jefatura del Poder Ejecutivo Nacional a la cesantía de Hugo Chávez, con una capacidad incomparable y una disposición real de unir a los venezolanos.

Habría sido un gran Presidente de los venezolanos. Hoy se ha despedido, tras una larga caminata por la enfermedad que soportó con estoicismo y grandeza, como todo lo que hizo. El país, el planeta entero, le están grandemente agradecidos. LEA

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Golpe y contragolpe

 

Antonín Leopold Dvořák

Se dedicó la emisión #289 de Dr. Político en RCR, mayormente, a contradecir las prescripciones de golpe de Estado para “solucionar” el grave deterioro de Venezuela como sociedad y economía, la más reciente de las cuales emergió de parte de Ramón Muchacho, Alcalde del Municipio Chacao. También se refutó nociones equivocadas de Vladimir Padrino López, Eduardo Semtei y Carlos Romero, en recientes declaraciones o artículos. Antonín Dvořák se hizo presente con la segunda de sus Danzas Eslavas y Sergio Rachmaninoff con la recapitulación del cuarto movimiento (Allegro vivace) de su Segunda Sinfonía en Mi menor. Acá abajo, el archivo de audio correspondiente a esa transmisión:

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288 y contando

 

La suite de Prokofiev

La transmisión #288 de Dr. Político en RCR echó mano de textos en la revista referéndum (1994-1998) y en la obra de Carl Sagan The Demon-Haunted World, que en su capítulo final cita a Thomas Jefferson, para establecer al Pueblo como actor político principal de la democracia. Una referencia a la Proclama del Frente Amplio Nacional (Aula Magna UCV, 6 de marzo) extrajo una consecuencia directa de sus planteamientos: que la Asamblea Nacional Constituyente es una máquina infernal para sepultar la soberanía popular y que es hora del protagonismo del pueblo. El corolario no es otro que el aterrizaje operativo de tales premisas, en un decidido apoyo del Frente al referendo que puede decidir la disolución de la ANC y la anulación de todos sus actos. Albert Ketèlbey nos visitó de nuevo con el tema de En el jardín de un monasterio; luego se escuchó Troika, una de los números de la Suite del Teniente Kijé, de Sergio Prokofiev. Aquí está el audio de la emisión de hoy (debajo de éste, se coloca un fragmento de seis minutos con la esencia del planteamiento al Frente Amplio):

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El cuestionario de Granier (I)

 

Amigos desde hace 54 años

 

Ayer 8 de marzo recibí correo electrónico del Dr. Marcel Granier, quien escribía a raíz del último artículo de Ricardo Hausmann, comentado en este blog ese mismo día; también había leído él esa nueva refutación de Hausmann. Ambos cosas avivaron sus inquietudes, que me comunicó en forma de preguntas. Éstas fueron:

¿Necesitamos una nueva Constitución, o debemos regresar a la del 61 temporal o definitivamente?

¿Cómo restablecer el orden público y garantizar la seguridad física y jurídica de las personas? ¿Cómo restablecer la vigencia de los derechos humanos?

¿Qué hacer con la Fuerzas Armadas, las policías, el Poder Judicial, los sistemas de Registro Público? ¿Cómo resolver los problemas de identidad de las personas?

¿Qué hacer con el botín del narco-chavismo y de los socios de Lula da Silva?

¿Quiénes son los enemigos de Venezuela, de su libertad, democracia, independencia, soberanía, dignidad y justicia? ¿Cómo identificarlos, neutralizarlos y llevarlos a juicio?

¿Como evitar que esta tragedia se repita?

¿Qué hacer con los espacios y territorios perdidos?

¿Cómo manejar la situación de las potencias que nos dominan? ¿Qué hacer con Cuba, Rusia, China, Irán, Arabia Saudita, Brasil, Colombia, USA?

¿Cómo crear instituciones sólidas, viables, que nos permitan crecer?

¿Cómo establecer sistemas de rendición de cuentas que traigan transparencia a las actividades públicas?

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Al Dr. Granier contesté: “Marcas una agenda que querré acometer en mi blog (en varias entregas, dada la longitud de tu lista)”. También le pregunté si podía identificarlo y obtuve su autorización. Acá inicio la tarea de contribuir a la discusión de tan importantes problemas sugiriendo soluciones, algunas de las cuales he planteado en oportunidades anteriores. (Por ejemplo, el 14 de julio de 2015 en Recurso de Amparo). En esta entrada acometo la primera cuestión múltiple: “¿Necesitamos una nueva Constitución, o debemos regresar a la del 61 temporal o definitivamente?”

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Hay quien escribe (Espacio de Isaurajriver): “La más explícita demostración de inestabilidad política de la República es precisamente su evolución constitucional; desde 1811 hasta el día de hoy, nuestro país ha tenido veintiséis constituciones”. Sin embargo, nadie menos que Thomas Jefferson opinó contrariamente: “El mundo pertenece a las generaciones vivientes y ninguna sociedad puede hacer una Constitución perpetua; en consecuencia, la Constitución y las Leyes extinguen su curso natural con aquellos que le dieron el ser. Toda Constitución expira normalmente a los 35 años”. (En carta a James Madison del 6 de septiembre de 1789). Por otro lado, Arístides Calvani, cuyo centenario natal se conmemora este año, expuso (el 17 de julio de 1964, en el Simposio Desarrollo y Promoción del Hombre):

Cuando contemplamos la multitud de cambios tecnológicos y la transformación de toda la instrumentación con la cual se construye el mundo de hoy; y cuando pensamos que, entretanto, las estructuras políticas de las democracias permanecen fundamentalmene sin modificación, nos tenemos que preguntar si esas estructuras políticas incambiadas pueden adaptarse a un proceso de desarrollo. (…) A quien lo quiera comprobar históricamente le bastará leer las primeras constituciones venezolanas y examinar las atribuciones presidenciales. Verá cómo, sustancialmente, salvo algunos pequeños cambios—que no funcionan por cierto—se encuentra uno, hoy, dentro de las estructuras políticas fundamentales de 1830.

Dichas estas cosas, admito mi convicción de que necesitamos otra Constitución, aunque no pienso que esa necesidad sea urgente. Dentro de la actual, elefantiásica, en más de un punto ambigua o mal redactada, es posible desempeñarse políticamente con libertad y democráticamente; el problema no es tanto cambiar el texto constitucional como respetarlo. Esa conciencia llevó a los candidatos a las primarias de la Mesa de la Unidad Democrática del 12 de febrero de 2012—por orden de inscripción, Leopoldo López, María Corina Machado, Henrique Capriles Radonski, Pablo Pérez, Pablo Medina y Diego Arria (creo que el último no firmó)—, a suscribir el 23 de enero de ese mismo año su apoyo a los Lineamientos del Programa de Gobierno de Unidad Nacional, tres de cuyas estipulaciones decían a la letra:

44. La base normativa fundamental para el nuevo gobierno es la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la cual calificamos como una Constitución democrática, respetuosa del Estado de Derecho y de los derechos humanos.

45. Ella representa no sólo el punto de partida ineludible desde la perspectiva de la validez y vigencia formal de las normas, aunado ello a su ratificación popular, sino también una plataforma jurídica aceptable para el despliegue de las políticas de un gobierno democrático. Permite el funcionamiento de instituciones democráticas y garantiza los derechos humanos.

46. La prioridad político-institucional del nuevo gobierno no ha de cifrarse en el cambio global de esa Constitución, ni en la convocatoria de una Asamblea Constituyente.

En comentario de tales lineamientos programáticos (MUD: marca de camisas de fuerza, 16 de enero de 2012), observé:

Se trata de la misma Constitución que no gustaba en 1999 a los principales partidos de oposición. (“AD, Copei, Primero Justicia, Proyecto Venezuela y Fedecámaras hicieron campaña contra la aprobación de la Constitución”, Wikipedia en español). Cuando Luis Ugalde argumentaba en El Nacional—El día después, 25 de octubre de 2007—que votar contra los proyectos de reforma constitucional del Ejecutivo y el Legislativo nacionales era lo mismo que abstenerse de votar, también defendía con denuedo la Constitución de 1999: “Chávez ha decidido imponer una nueva Constitución (acabando con la bolivariana)… La nueva constitución es una locura… Hay que… evitar que se aplique un régimen que reduzca los derechos humanos y elimine la democracia pluralista”. Hace tiempo que la oposición al elefantiásico texto de 1999 ha quedado en el olvido.

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Ahora mis preferencias. En cuanto convenga proponer un nuevo texto constitucional a la aprobación referendaria por el Pueblo, el Poder Constituyente Originario, preferiría que el mismo se desdoblase en un Estatuto de Derechos—un Bill of Rights—y una Constitución propiamente dicha; es decir, una especificación de los poderes públicos y sus atribuciones y obligaciones. Tal descripción arquitectónica y funcional del Estado venezolano debiera ser, a mi criterio, breve, compacta; una sociedad más compleja que la nuestra, la de los Estados Unidos, ha podido funcionar con un reducido conjunto de principios y reglas que formaron primero sus Artículos de la Confederación y más tarde su Constitución que, aunque enmendada veintisiete veces, todavía está vigente desde su promulgación en 1789.

Por otra parte, escribí un artículo para El Diario de Caracas (Grados de libertad, 18 de enero de 1999) en el que dije:

En momentos cuando nos aprestamos a discutir un nuevo modelo de Estado, un nuevo concepto constitucional, es importante permitir la contrastación de conceptos diferentes, no un único concepto. Por ejemplo, la nueva Constitución pudiera caracterizarse por ser un documento más escueto y simple que el texto que ahora nos rige. Podría ser mucho más flexible, y permitir mayor grado de libertad, mayor respeto por el futuro. Pudiera ser, además, mucho menos programática que la actual. Pensada más para limitar los poderes del Estado ante el ciudadano, especificando con claridad lo que el Estado no puede hacer, que imponiendo sobre éste una carga de compromisos inmanejables. Sobre este punto Nicomedes Zuloaga ha emitido una clara opinión, en su trabajo “Crítica constitucional” de 1991: “Si regresamos a la comparación crítica de las disposiciones de la Constitución venezolana con la norteamericana nos encontramos que la americana protege derechos de sentido negativo al establecer lo que el Estado no puede hacer porque constituiría una violación de los derechos de los ciudadanos. Esa es una Constitución coherente donde el Poder Judicial puede ejercer lógicamente su facultad contralora de revisión examinando si una disposición emanada del Poder Legislativo o una medida tomada por el Poder Ejecutivo violan las garantías constitucionales. La Constitución venezolana, en cambio, otorga tanto derechos individuales en sentido negativo como derechos individuales en sentido positivo, y una constitución así resulta incoherente y sus disposiciones son de muy difícil interpretación por el Poder Judicial… La eliminación que propongo de todo el Capítulo IV de la Constitución Nacional, que establece los llamados derechos sociales no producirá una disminución de la actividad social del Estado ni de la beneficencia pública, como no produjo su inclusión un aumento de esa actividad del poder público. Esas actividades se seguirán cumpliendo al través del Ejecutivo y del Legislativo, con el destino político de los ingresos fiscales decididos por el Congreso y por el Presidente de la República siguiendo el resultado de las discusiones políticas, y el poder electoral relativo de las diversas ideologías de las organizaciones políticas en el poder”.

Creo esencialmente correcta tal opinión del fallecido amigo; que una constitución no es un programa político o social, por más que así lo entienda gente del actual gobierno:

Rondón preguntó qué pasaría con la autonomía universitaria y la libertad de cátedra si algún profesor se conducía como opositor al régimen. A lo que Istúriz respondió que no habría ningún problema si algún profesor no “estaba alineado” con Chávez, pero que la educación tenía que “estar alineada con el proyecto de país”, y que este proyecto estaba contenido en la Constitución o era la Constitución misma. (¿Alineación o alienación?, 21 de abril de 2005).

En ese artículo de la Carta Semanal de doctorpolítico, en el que comentaba una entrevista de César Miguel Rondón a Aristóbulo Istúriz, entonces Ministro de Educación, no pude menos que observar: “La educación, maestro Istúriz, con lo único que tiene que estar alineada es con la verdad”. Pero no sólo el chavismo-madurismo piensa de ese modo:

Rafael Caldera rugía desde México en 1984 porque se había hecho lugar común la noción de que “el modelo de desarrollo venezolano” se había agotado. El Dr. Caldera respondió que eso no era cierto, que lo que en verdad ocurría era que el modelo de desarrollo no había visto su culminación, y que podía encontrársele definido en el Preámbulo de la Constitución de 1961. Para la época, los militares habían acogido ese concepto: la conferencia magistral del curso del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional sobre Objetivos Nacionales abría con el siguiente catecismo: “Los Objetivos Nacionales se dividen en Objetivos Nacionales Permanentes y Objetivos Nacionales Transitorios. Los Objetivos Nacionales Permanentes están expresados en el Preámbulo de la Constitución Nacional”. (Mitología proyectiva, 26 de abril de 2011).

Alguien mucho más joven que el Dr. Caldera, Elías Santana (quien fuera mi alumno en la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela), sostenía un concepto idéntico, aunque con lenguaje actualizado:

Allá en la década de los noventa, por ejemplo, Elías Santana, el incansable dirigente vecinal y cívico, buscaba organizar el movimiento “Venezuela 20-20”. En principio quería visualizar, sobre el año 2020, la clase de país que sería Venezuela tras la aplicación de un “proyecto-país”. (En realidad la designación 20-20 aludía no sólo al año, sino por vía metafórica a una vista o “visión” 20-20, la fórmula abreviada con la que se designa a una vista perfecta. El uso de la metáfora no era, por otra parte, demasiado original. Ya por entonces existía para la Península Malaya, uno de los “milagros” económicos del Lejano Oriente, el plan “Malasia 20-20”, exactamente con la misma intención simbólica de Santana). La convocatoria inicial de Santana afirmaba de una vez que el “proyecto de país” debía cristalizar en una nueva constitución. (Lecciones del caso verde, 31 de julio de 2008).

Apartando que los países tienen la sana costumbre de hacerse a sí mismos, sin que la entelequia de un “proyecto-país” les diga en qué deben convertirse, los programas o modelos de desarrollo no deben implantarse en el territorio constitucional, sino en el de los planes que la misma Constitución especifica. El Artículo 187 (“Corresponde a la Asamblea Nacional…) en su Numeral 8, establece: “Aprobar las líneas generales del plan de desarrollo económico y social de la Nación, que serán presentadas por el Ejecutivo Nacional en el transcurso del tercer trimestre del primer año de cada período constitucional”. Si la Constitución fuese el programa, el plan, el “proyecto-país”, ese numeral no debiera existir; ella misma contradice la errada noción.

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No creo que debemos volver a la Constitución de 1961. A comienzos de 1994, manifesté esta opinión:

La Constitución de 1961 era ya, para la fecha misma de su promulgación, un texto jurídico obsoleto. Como las sinfonías de Gustav Mahler, era un documento ampuloso, el desarrollo exagerado de conceptos políticos del siglo XVIII—la división clásica de los poderes según Montesquieu—a los que se había añadido una legislación de corte social inspirada, en gran medida, en los enfoques de la prédica social de la Iglesia Católica que Rafael Caldera hizo incluir como gran redactor del texto. Se asemejaba así a aquella primera planta siderúrgica que la Corporación de Guayana de Pérez Jiménez compró a la empresa italiana Innocentti: cuando finalmente fue puesta en operación ya su tecnología había sido superada. (Una visión de Venezuela, 4 de abril de 1994).

Y la Constitución vigente ha innovado en materia de la expresión de una democracia participativa a través de los distintos referendos que especifica—inexistentes en el texto de 1961 salvo para el caso de una “reforma general” de él mismo—y la expansión de la iniciativa popular, que en la constitución anterior se limitaba a la capacidad de introducir proyectos de ley al Congreso de la República (Artículo 165, numeral 5: por veinte mil electores). En esto no puede haber retroceso; la Constitución de 1961, a pesar de su obsolescencia de origen, fue una ley suprema principalmente beneficiosa para la República y sus pobladores, pero ha fenecido. Su resurrección sería involución.

Por supuesto, la iniciativa popular y la manifestación decisiva del Pueblo debe ser expandida. Por ejemplo, en el trabajo citado de último se lee:

Ya a estas alturas, no obstante, la obsolescencia del texto constitucional que nos rige es evidente. Hasta el propio Rafael Caldera—que hace diez años preconizaba que esa enésima versión de la Constitución venezolana era muy suficiente, que no era cierto que el “modelo de desarrollo” venezolano estuviese agotado, que ese modelo, expresado en el Preámbulo de 1961, estaba todavía por ser llevado a cabo—ha prepropuesto—todavía no lleva su proyecto jurídicamente formulado a las Cámaras Legislativas—un admirable conjunto de reformas. Propone referenda consultivos, aprobatorios, abrogatorios y revocatorios; ciertamente un notable progreso en los poderes que se le permite al pueblo ejercer directamente. Pero es preciso llegar más allá. Lo aconsejable es confiar más en este pueblo. Lo aconsejable es un referéndum anual de la República.

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Más arriba escribí: “…admito mi convicción de que necesitamos otra Constitución, aunque no pienso que esa necesidad sea urgente”. Lo que es urgente es que se la respete, y el sistema chavista-madurista no se ha caracterizado precisamente por ser respetuoso de ella. Por poner un solo caso, el 5 de agosto de 2008, la propia Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, cuyo deber es velar por la preservación de la Constitución, procedió a mutilarla. (Ver en este blog Violación denunciada, 12 de agosto de 2008). Lo que es urgente, por tanto, es salir de tal sistema. Es importante que tal cosa se logre correctamente, pero ése es otro asunto. LEA

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