El casero llama de nuevo

 

También puede alquilarse a ciertos hombres

 

En alemán: Haus, casa; Mann, hombre.

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Los servicios caseros de Ricardo Hausmann fueron alquilados por primera vez por María Corina Machado en 2004, para que “demostrara” que el referendo revocatorio de ese año contra Hugo Chávez había sido un fraude.

Habiendo “fracasado” en su ostensible intento por demostrar que no hubo fraude—cuando en verdad lo que querían probar era justamente lo contrario—no han podido rechazar la hipótesis de fraude—”Esto nos impide rechazar la hipótesis de fraude”—que habían dicho que no era su hipótesis. En ningún caso han probado ni el fraude ni ninguna otra concebible constelación de factores que pudiera haber causado los resultados de sus alambicados y peculiares cómputos. Para haberlo hecho hubieran tenido que demostrar que no existe ninguna otra configuración factorial, distinta del azar y de una intención fraudulenta en acción, capaz de generarlos. Y siendo ellos quienes cantan fraude, sobre ellos pesa la carga de esa prueba. Pero nunca fue verdad que partieran “de la hipótesis de que no hubo fraude”, sino en realidad de la hipótesis de que no debiera haber discrepancias entre sus firmas y sus exit polls y los datos finales del CNE, discrepancias que fueron justamente lo que suscitó el estudio, lo que fue su origen. Fue su conclusión predeterminada, ya no un voto oculto, ya no una oculta intención de voto, lo que buscaron probar y no pudieron, ni siquiera porque ocultamente la tuvieron, inválidamente, como premisa. (Juvenalia y tropicalia, 9 de septiembre de 2004).

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Y fue precisamente sobre esas encuestas de salida que Súmate montó su pretensión de que había demostrado que aquel fatídico 15 de agosto había sido perpetrado un fraude masivo, al encargar a los impecables profesores Hausmann y Rigobón un análisis estadístico al respecto. Pero el año pasado Alejandro Plaz admitió, ante asedio insistente de Pedro Pablo Peñaloza que le entrevistaba para El Universal, que no se había podido demostrar fraude y que tampoco se podría en el futuro. Antes de tamaña admisión, el profesor Rigobón había declarado al mismo periódico en 2004, poco después de que sus “hallazgos” hubieran sido anunciados con fanfarria, y en imprudente descuido: “Hay dos piezas de evidencia en lo que nosotros mostramos. Uno depende de los exit polls. Pero éstos, como tal, pueden estar muy sesgados. Y eso ocurre en todos los países del mundo. Los exit polls no deberían ser tomados tan en serio como lo hacemos en Venezuela, porque son una porquería en todos los países. Y las diferencias son, generalmente, muy grandes, entre sus resultados y el conteo. En nuestros métodos estadísticos tomamos en cuenta que ese instrumento es muy malo”. (La recta final, 16 de noviembre de 2006).

La ideología de Hausmann

Ésa fue la primera vez que me ocupé de algo firmado por Ricardo Hausmann. Más recientemente, lo mencioné de nuevo en Del catastrofismo como placer (9 de marzo de 2017), presentándolo de este modo: “Ricardo Hausmann. Éste lidera el llamado ‘Grupo de Boston’, una constelación de profesionales que sigue de cerca el caso venezolano desde los EEUU y mantiene nexos operativos con el Fondo Monetario Internacional”. He aquí el cierre de esa entrada:

Creo conocer tres tipos de catastrofistas: 1. el que profetiza el desastre en apropiado tono de preocupación; 2. el que lo hace con rostro indignado, enfurecido, creyendo que es la actitud comme il faut que le reportará mayor admiración y apoyo político—políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que (…) creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento” (Autoungidos furibundos); 3. quien pronostica la catástrofe con una condescendiente sonrisa de superioridad académica. De los tres, prefiero el primer tipo y el segundo sobre el tercero. Hay también quien cree ver en el desastre una buena cosa; hace unos meses, alguien me escribió: “La buena noticia es que la crisis continúa”. Mientras peor le fuera al país, peor le iría al gobierno y esto era lo importante. El más horrible de los cuentos produce placer a ciertos opositores.

Dejo así constancia de que no simpatizo con las posturas de Ricardo Hausmann.

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Arrancando este año (2 de enero) creí mi deber refutarlo de nuevo; en esta ocasión enfilé—en El graznido del pato negro (una alusión a su “estudio del cisne negro”, de 2004)—contra este desvarío suyo:

Con fecha de hoy se publica en Project Syndicate (The World’s Opinion Page) un artículo cuyo autor es Ricardo Hausmann: D-Day Venezuela, del que también hay versión en español. Se trata de una pieza delirante, que aboga por ¡la invasión de Venezuela por una fuerza armada ensamblada con militares de varios países de América y Europa! Hausmann pretende justificar tal crimen internacional sobre la base de una escueta enumeración más de los problemas que aquejan a la población venezolana. (No dice nada que no sepamos). Previamente, despacha como remedios inadecuados o inútiles dos posibles desenlaces: el que proporcionaría una elección presidencial y el que provendría de un golpe de Estado militar, como si se tratara de categorías equivalentes.

Más de un analista internacional (Andrés Oppenheimer, por ejemplo) desestimó como locura tan extraviada prescripción, y pareció oportuno insertar una actualización a la crítica evaluación anterior:

Bloomberg trae hoy (3 de enero) una nota de la que se traduce lo siguiente: “Pero, bajo las leyes actuales, los legisladores pueden expulsar a Maduro y El Aissami y procurar la instalación de un nuevo gobierno conducido por el jefe de la Asamblea Nacional. Esa persona pudiera entonces solicitar a fuerzas internacionales que provean asistencia militar para restaurar un orden democrático, dijo Hausmann”. No existe ninguna ley venezolana que permita tales cosas. Bloomberg, quizás sin proponérselo, no hace otra cosa que confirmar el grado de delirio de Hausmann y su abismal ignorancia—y la de la agencia misma—acerca de la juridicidad venezolana, que más bien lo sometería a juicio por el delito de traición a la patria si pudiera echarle mano. (Ver asimismo la evaluación del desvarío en Americas Quarterly por Sean W. Burges y Fabricio Chagas Bastos: Invadir Venezuela es una pésima idea).

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La pieza de ayer

Hausmann no se quedó quieto. Ayer mismo publicaba Project Syndicate su nuevo artículo, How Democracies Are (re)Born (Cómo renacen las democracias), con pie en el reciente libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, How Democracies Die (Cómo mueren las democracias). El sumario inicial ya es insidioso: “No puede haber una democracia estable si tiene que coexistir con un gran partido político competitivo dedicada a destruirla. Ésta es la lección de Venezuela hoy, tal como lo fue la de Alemania Occidental de la postguerra”. Y a partir del certificado de defunción que expide para la democracia venezolana pregunta:

La cuestión es cómo resucitarla, un reto complicado por las actuales hiperinflación y catástrofe humanitaria del país. ¿Debiera Venezuela posponer el restablecimiento de la democracia y enfocarse en la deposición del presidente Maduro y la reanimación de la economía, o debiera restablecer la democracia antes de acometer los asuntos económicos?

Por supuesto, Hausmann plantea la pregunta para presentar su respuesta, basada en analogías históricas que no se sostienen:

Así que ¿cómo puede revivirse la democracia? Dada la crisis humanitaria, Venezuela necesita una rápida recuperación económica, la que es improbable a menos que el derecho de propiedad sea creíblemente restablecido. Pero ¿cómo es esto posible en el contexto del gobierno de la mayoría? ¿Qué impediría que una futura mayoría electoral de nuevo se apoderara de activos después de la recuperación de la economía, como pasó en Zimbabwe durante y después del acuerdo de cohabitación de 2008 a 2013? (…) Lewitsky y Ziblatt advierten que la democracia requiere competidores políticos que se abstengan de actuar demasiado poco cooperativamente. Tal sistema, basado en el reconocimiento y la tolerancia mutuas, fue formalizado en Venezuela en 1958, mediante lo que se conociera como el Pacto de Puntofijo, que estabilizó la democracia durante 40 años, antes de que Chávez lo denunciara y destruyera. Tales pactos no pueden extender su reconocimiento a organizaciones que se opongan a la democracia. (…) La democracia española murió en los años treinta porque era imposible un sistema de mutuo reconocimiento entre fascistas, conservadores, liberales y comunistas. La democracia en Alemania Occidental después de la Segunda Guerra Mundial requirió un proceso de desnazificación que proscribiera la visión del mundo que había conducido al desastre. (…) Del mismo modo, en la Venezuela de hoy será imposible restablecer la democracia liberal si se permite al régimen actual regresar y expropiar de nuevo. (…) En Venezuela, ese aprendizaje social será más difícil que el de Alemania. A diferencia de Hitler, Chávez murió antes de que la máscara económica cayera, lo que hizo más fácil denunciar a Maduro sin arreglar las cuentas con el chavismo, la ideología subyacente al desastre actual. (…) Para asegurar la democracia liberal, Venezuela debe exorcizar no sólo el régimen y sus secuaces, sino también la visión del mundo que los llevó al poder.

Claramente, Hausmann opta por la primera de las únicas dos avenidas que divisa (sabe bastante de divisas): según él, Venezuela debe “posponer el restablecimiento de la democracia y enfocarse en la deposición del presidente Maduro y la reanimación de la economía”.

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Hausmann: Exagera y triunfarás

La vistosa retórica de Hausmann sobresimplifica más de una cosa. Primeramente, nos compara con la España de la Guerra Civil: “Estudios, basados en evoluciones demográficas, cifran en 540 000 la sobremortalidad de los años de la Guerra Civil y la inmediata posguerra, y en 576 000 la caída de la natalidad.​ La estimación de víctimas mortales en la Guerra Civil Española consecuencia de la represión puede cifrarse en 200 000 personas”. (Wikipedia). Nos compara con la Alemania de Hitler, directamente causante de la Segunda Guerra Mundial a escasos seis años de su asunción al poder: “la Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más mortífero en la historia de la humanidad, con un resultado final de entre 50 y 70 millones de víctimas”. (Wikipedia). Si se insiste en esas ligeras e irresponsables comparaciones, lo que ocurre ahora en Venezuela puede ser tenido por una verbena ante cataclismos de esa magnitud.

Luego, no ha habido demasiada dificultad en nuestro país para el aprendizaje (“En Venezuela, ese aprendizaje social será más difícil que el de Alemania”, pontifica Hausmann). En noviembre de 2014 medía Datanálisis 80,1% de acuerdo con esta afirmación: “El socialismo del siglo XXI es un modelo equivocado que debe ser cambiado”. Y ya en 2009 todas las encuestas respetables registraban un rechazo mayoritario al socialismo, lo que permitió proponer un referendo consultivo que preguntara al Pueblo: “¿Está usted de acuerdo con la implantación en Venezuela de un sistema político-económico socialista?” (Parada de trote, 23 de julio de 2009). A esa invitación, reiterada al año siguiente y replanteada insistentemente desde 2012 por Dr. Político en RCR, nunca se ha hecho caso; a la democracia que Hausmann dice defender no se la respeta, no se cree en ella. Aunque es justamente ella la que tiene el remedio, Hausmann prefiere que una concertación de políticos profesionales y tecnócratas suplante la soberanía popular.

Hausmann distorsiona el sentido del Pacto de Puntofijo “que estabilizó la democracia durante 40 años”. (Sus palabras). Si bien es cierto que no se invitó al Partido Comunista de Venezuela a suscribirlo, este partido y otros de inspiración marxista pudieron actuar en nuestro escenario político precisamente durante esas cuatro décadas:

El Pacto de Puntofijo era un acuerdo para echar las bases del sistema democrático en un país que, en toda su historia, sólo tuvo elecciones universales en 1947—anuladas rápidamente por otro golpe militar en noviembre del año siguiente—, y difícilmente podía incluir a un partido (PCV) que sostenía como punto de fe programática el esquema marxista-leninista para el establecimiento de una dictadura del proletariado, la negación de la democracia. (El mismo Hugo Chávez se cuidó de aclarar que el PSUV no era marxista-leninista, el 28 de julio de 2007). Pero el Partido Comunista, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el Movimiento Electoral del Pueblo, el Movimiento Al Socialismo y la Causa Radical, todos marxistas, pudieron actuar políticamente en el país durante todo el período que va de 1958 a 1998, a menos que se involucraran en la lucha política insurreccional y armada. Los partidos que lo hicieron—PCV, MIR, URD—, además, tuvieron espacio para actuar sin trabas dentro de un marco democrático luego de la pacificación calderista. (Retórica cuatrofeísta, 5 de febrero de 2015).

La culpa es compartida

Finalmente, el casero escamotea para su conveniencia argumental la responsabilidad de los partidos venezolanos convencionales en nuestra actual tragedia. Tersamente escribe: “En diciembre de 2015, los votantes eligieron una Asamblea Nacional con una mayoría opositora de dos tercios, indicando a Maduro y sus compinches que aun una democracia grandemente iliberal no sería suficiente para mantenerlos en el poder. A partir de entonces, Venezuela cayó en una dictadura absoluta”. En ningún pasaje de su último artículo se registra el hecho de que el Presidente de esa misma Asamblea Nacional proclamó en el acto de su instalación que el cuerpo legislativo consideraba un “compromiso no transable” encontrar en seis meses el modo de salir del gobierno de Maduro, ni se sugiere que esa postura tuviera algo que ver con el endurecimiento de la posición oficialista. (Ver en este blog, para ésa y otras torpezas, La historia desaparecida, 2 de abril de 2017). Mucho antes de eso, lo que Hausmann tal vez admita como nuestra “democracia liberal”—algo liberal; Artículo 99 de la Constitución de 1961: “Se garantiza el derecho de propiedad. En virtud de su función social la propiedad estará sometida a las contribuciones, restricciones y obligaciones que establezca la ley con fines de utilidad pública o de interés general”—se hizo “ilegítima de desempeño”, y permitió el triunfo de Hugo Chávez escasamente un año después de que éste alcanzara, a duras penas, entre 6 % y 8% de intención de voto a su favor.

La historia que cuenta Hausmann es tan distorsionada como incompleta; por eso es una historia falsa, falsificada. En vez de la prohibición por la que aboga debe haber educación; sin que los opositores venezolanos la hayan impartido (o se hayan educado ellos mismos), el pueblo venezolano ha aprendido.

En conciencia del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en la búsqueda de un gobierno más sabio debiéramos mirar primero a la prueba del carácter. Esta prueba debe ser la del coraje moral. (…) Puede que el problema no sea tanto un asunto de educar a funcionarios para el gobierno como el de educar al electorado para que reconozca y premie la integridad de carácter y rechace lo postizo. (Barbara Tuchman, La marcha de la insensatez, 1984).

Aun antes de haber leído ese libro fundamental de la Profra. Tuchman, se redactó al año siguiente, para la enumeración de objetivos de un nuevo tipo de organización política, este propósito primero: “La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general y especialmente de personas con vocación pública…”

Eso sí es confiar en la democracia y fortalecerla. Hausmann, defensor de la democracia “liberal”, no debe ignorar que la cumbre del pensamiento liberal fue, sin duda, el gran pensador y activista inglés John Stuart Mill, quien escribiera en su Ensayo sobre el gobierno representativo:

Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido. Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo.

Hausmann no promueve ninguna de las dos. LEA

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El pecado y no el pecador

 

Las personas no son lo mismo que los hechos

 

En un tiempo de oscuridad, es esencial ser cauteloso y reservado. Uno no debiera despertar innecesariamente una enemistad abrumadora comportándose desconsideradamente. En un tiempo así uno no debe incurrir en las prácticas de otros, pero tampoco arrastrarlos a la luz censurándolos. En las relaciones sociales uno no debiera tratar de saberlo todo. Debe dejar pasar muchas cosas sin dejarse engañar.

I Ching – Hexagrama 36. Oscurecimiento de la luz

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En el caso de este comentario, no uno sino dos pecadores permanecerán anónimos, pero creo de considerable importancia clarificar sus errores, dado que lo que dicen afecta a la ya muy atribulada vida de la Nación. El primero ha dicho: “Supraconstitucional son los reyes absolutos, supraconstitucional es Stalin, es Fidel Castro, es Mao Tse Tung, son los dictadores de derecha, por encima de toda Constitución estoy yo. Eso es supraconstitucional”.

¿Ha dicho ese pecador algo que no sea cierto? No; los reyes absolutos, Stalin, Castro, Mao Zedong (antes Tse Tung) y los dictadores de derecha se han creído colocados por encima de sus respectivas constituciones; “El Estado soy yo”, decía Luis XIV, la cumbre del absolutismo monárquico. El pecado es en cambio de omisión, porque quien dijera lo citado desconoce o ha olvidado o no está de acuerdo con la piedra fundamental de la constitucionalidad venezolana: que el Pueblo, en su carácter de Poder Constituyente Originario, el único con ese carácter, no está limitado por la Constitución. El Pueblo es el único poder supraconstitucional, y no es el Pueblo un rey absoluto ni un dictador de derecha, ni puede asimilárselo a los dictadores de izquierda en la Unión Soviética, Cuba o China. (El Pueblo, sin embargo, está limitado por los convenios con soberanías equivalentes en los que la República haya entrado válidamente y, muy fundamentalmente, por los derechos humanos, que no son únicamente los establecidos en la Constitución; ella misma estipula en su Artículo 23: “Los tratados, pactos y convenciones relativos a derechos humanos, suscritos y ratificados por Venezuela, tienen jerarquía constitucional y prevalecen en el orden interno, en la medida en que contengan normas sobre su goce y ejercicio más favorables a las establecidas por esta Constitución y la ley de la República, y son de aplicación inmediata y directa por los tribunales y demás órganos del Poder Público”).

Quien hablara así de lo que es supraconstitucional ignora o prefirió ignorar tal doctrina de la supraconstitucionalidad popular, que fuera definida decisivamente por la Sala Político-Administrativa de la Corte Suprema de Justicia en su Sentencia #17 del 19 de enero de 1999:

Nuestra Carta Magna, no sólo predica la naturaleza popular de la soberanía sino que además se dirige a limitar los mecanismos de reforma constitucional que se atribuyen a los Poderes Constituidos, en función de constituyente derivado. Así, cuando los artículos 245 al 249 de la Constitución consagran los mecanismos de enmienda y reforma general, está regulando los procedimientos conforme a los cuales el Congreso de la República puede modificar la Constitución. Y es por tanto, a ese Poder Constituido y no al Poder Constituyente, que se dirige la previsión de inviolabilidad contemplada en el artículo 250 eiusdem. De allí que cuando los poderes constituidos propendan a derogar la Carta Magna a través de “cualquier otro medio distinto del que ella dispone” y, en consecuencia, infrinjan el limite que constitucionalmente se ha establecido para modificar la Constitución, aparecería como aplicable la consecuencia juridica prevista en la disposición transcrita en relación con la responsabilidad de los mismos, y en modo alguno perdería vigencia el Texto Fundamental. Sin embargo, en ningún caso podría considerarse al Poder Constituyente originario incluido en esa disposición, que lo hada nugatorio, por no estar expresamente previsto como medio de cambio constitucional. Es inmanente a su naturaleza de poder soberano, ilimitado y principalmente originario, el no estar regulado por las normas jurídicas que hayan podido derivar de los poderes constituidos, aun cuando éstos ejerzan de manera extraordinaria la función constituyente. (…) Ello conduce a una conclusión: la soberanía popular se convierte en supremacía de la Constitución cuando aquélla, dentro de los mecanismos jurídicos de participación decida ejercería.

El suscrito había postulado, el año anterior a la redacción de la crucial sentencia, precisamente esa supremacía popular y encontrado un defecto de redacción de la Constitución de 1961 que, sorprendentemente, había pasado inadvertido hasta entonces:

Es preciso reformar la Constitución de 1961 para que pueda convocarse una constituyente (Brewer-Carías y otros), pues hay que preservar el “hilo” constitucional. Incorrecto. El artículo 250 de la constitución vigente, en el que fincan su argumento quienes sostienen que habría que reformarla antes, habla de algo que no existe: “Esta Constitución no perderá vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone”. El texto de 1961 no dispone de medio ninguno para derogarla. Sólo menciona enmiendas o reforma general. No prescribe medio alguno para sustituirla por conceptos constitucionales cualitativamente diferentes. Además, el Poder Constituyente, nosotros los Electores, estamos por encima de cualquier constitución. Si aprobamos la convocatoria a una constituyente eso es suficiente. (Contratesis, artículo para La Verdad de Maracaibo del 13 de septiembre de 1998).

Hubo quien sostuviera sobre la base de aquel artículo—ver en este blog Lógica anecdótica (17 de mayo de 2017)—que Pedro Carmona Estanga eliminó justificadamente la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia porque, dado que la Constitución de 1961 no podía ser derogada por una constituyente que ella no dispuso, esos órganos no existían; la misma Constitución de 1999 ¡no existía!

………

El segundo pecador es reincidente; acaba de decir:

Cuando en enero de 1999 se dictó una sentencia—inspirada en Carl Schmidt—que abrió la puerta, en nombre del poder originario, al referendo consultivo y luego a una nueva Asamblea Constituyente, se dio un golpe de gracia al Estado de derecho en el país. Pocos parecieron advertirlo. Entre ellos, Rafael Caldera, que se opuso públicamente—ya dejada la primera magistratura—a la realización de ese referendo. La muerte del Estado de derecho traería consigo, de manera progresiva, la ruina de las instituciones. (…) Al cortar la raíz del Estado de derecho, la vida social no podía menos que descomponerse, como se descompone cualquier organismo al morir. Una descomposición progresiva que alcanza hoy extremos de verdadera disolución.

Bueno, en primer lugar, cuando se promulgó la sentencia mencionada Caldera no había dejado aún “la primera magistratura”; la decisión del recurso de interpretación acerca de si podía emplearse el novísimo Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política para consultar al Pueblo si quería elegir una asamblea constituyente fue tomada, como está dicho, el 19 de enero de 1999, y Caldera entregó la Presidencia de la República el 2 del siguiente mes de febrero; si no habló hasta después de esa transferencia de poder guardó silencio por no menos de dos semanas. (No tengo el dato de cuándo lo hizo al fin). Luego, y apartando ese punto relativamente sin importancia, quien expuso lo que acabo de reproducir quiso sugerir que la “inspiración” de la sentencia en Carl Schmitt la marca como algo reprobable, puesto que Schmitt era de afiliación nazi. En esta insinuación reincide; en enero del año pasado él mismo había expuesto:

El viejo Aristóteles decía un pequeño error en el comienzo se hace muy grave al final. El pequeño error fue que el Estado de derecho, que ahora dicen que está muerto, en realidad, sufrió un infarto grave al que le podría poner fecha: 19 de enero de 1999: la Corte Suprema de Justicia dice que es posible hacer un referéndum consultivo sobre una asamblea constituyente. Eso no tenía nada que ver con la Constitución del momento, ni estaba de acuerdo con las facultades de la Sala Político Administrativa solamente, porque si era un tema constitucional concernía a la Corte en pleno. El argumento que se invoca, sorprendentemente, está inspirado en una tesis de Karl Schmitt—el jurista del régimen nazi—, según la cual el poder originario está en el pueblo. Eso es una verdad del tamaño de una Catedral. Pero lo que no es cierto es que el poder originario sea una especie de magma en permanente fluidez, entre otras cosas, porque el poder originario da lugar a unas instituciones. Si esas instituciones no se han destruido, por una guerra civil o lo que fuera, en principio las tienes que tomar en cuenta para reformarlas a ellas mismas. Si invocas un poder originario para actuar en cualquier momento, es como si una institución no tuviera ninguna consistencia.

En esa ocasión le advertí: “Empiezo por algo más bien accesorio, retóricamente útil pero lógicamente inválido. Es la suave insinuación de que la doctrina asentada por la Corte Suprema de Justicia el 19 de enero de 1999 proviene del ‘jurista del régimen nazi’. Como muy bien sabes, has empleado allí un argumento ad hominem: no tiene que ver en nada la veracidad de una afirmación con el carácter de quien la profiere; si ya no Schmitt sino el mismísimo Hitler declarara ‘el Sol sale por el Este’ diría la verdad. (‘La nieve es blanca’ es una proposición verdadera si y sólo si la nieve es blanca. Alfred Tarski, noción semántica de la verdad)”.

A eso repuso: “No me ha gustado nunca la reductio ad hitlerum, como la llamó alguno, para descalificar algo, algún argumento. Mi mención de Carl Schmidt tenía por finalidad identificar la fuente de unas afirmaciones, que no se indica en la sentencia y que debe consultar quien quiera analizarla”, Y añadió: “No puede sorprenderte que haya diversas opiniones al respecto”. Si uno quisiera imitar su referencia a Aristóteles, podría atender a esta observación:

Es de vieja tradición en la filosofía occidental, dicho sea de paso, el establecimiento de la distinción entre opinión y conocimiento. Aristóteles, por ejemplo, propone que si lo opuesto de una proposición no es imposible o no conduce a la autocontradicción, entonces la proposición y su contraria son asunto de opinión. Este criterio excluye las proposiciones de suyo evidentes, así como las demostrables, y ambos tipos de proposición no expresan opinión, sino conocimiento. (Conocimiento y opinión, 14 de junio de 2007)

No es una mera diferencia de opinión; de lo que se trata, justamente, es del conocimiento de nuestra constitucionalidad, y de su reiterada descalificación de la fundamental sentencia de la Sala Político-Administrativa—a la que se había dirigido el recurso de interpretación, no a la Sala Plena, que no era requerida para decidirlo—por aquello del jurista del régimen nazi. Que haya escogido restregar la referencia luego de un año, sugiere que su propósito siempre fue el descrédito ad hominem, la más primitiva de las falacias inventariadas por la ciencia de la Lógica.

Y es decididamente una afirmación del todo falsa que con la Sentencia #17 se haya asesinado al Estado de derecho. Ella misma había explicado tersamente:

Cuando se admite la plenitud del orden jurídico o las lagunas de la ley, incluida la Constitución como ley fundamental, se reconoce que el Derecho se encuentra en una cierta relación de excedencia respecto a la ley, lo que hace que ésta, por definición, no sea apta para decidir todos los casos que puedan presentarse. La Sala entiende que el llamado problema de las lagunas nace del dogma positivista de identificar derecho y ley, y de la exorbitancia del espíritu de la codificación, que aspira a dotar al derecho positivo de un sentido pleno y hermético por razones de certeza jurídica.

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Cierto purismo jurídico, cobijado convenientemente bajo el prestigio de Rafael Caldera como jurista—yo mismo escribí en Ahora tiene que consultar (8 de agosto de 1994): “Va a ser muy difícil cazar a Rafael Caldera en un error jurídico”—para regatear al Pueblo su supremacía como poder, escamotea que en aquel año, al estimarse que el Congreso de la República negaría su aprobación al segundo decreto de suspensión de garantías constitucionales, su gobierno amenazó con un referéndum que lo aprobara, aunque no existía tal figura consultiva en nuestra legislación. (No sería creada hasta la reforma a la Ley Orgánica del Sufragio de diciembre de 1997). A pesar de eso, el Ministro de Relaciones Interiores, José Guillermo Andueza, anunció que tenía “listo” el decreto de convocatoria. (Cuando Acción Democrática ofreció su apoyo a la suspensión segunda, el senador Juan José Caldera no perdió un minuto para declarar que ya el referéndum no era necesario. En aquel momento opiné: “Sería una lástima y seguramente, a la larga, un error político, haber mencionado la posibilidad de un referéndum solamente como amenaza hacia el Congreso de la República, o como promesa electoral demagógica”).

Pecados como los referidos, provenientes de una oposición convencional a Maduro y su constituyente, parecieran oponerse con mayor denuedo que el oficialismo a que el Pueblo decida. El Pueblo tiene, incluso, la potestad de disolver esa constituyente y anular todos sus actos, pero no se lo quiere convocar; se prefiere ignorar su poder. La retórica efectista de “la muerte del Estado de derecho” y la repetida y engañosa alusión a Carl Schmitt—más de cien años antes que él (1789) ya Emmanuel Sieyès había postulado que la soberanía residía en el Pueblo—, sumadas al olvido de su carácter supraconstitucional, son estorbos a la solución política que se necesita en Venezuela. El primero de los pecadores dijo a continuación de sus frases citadas al inicio:

La Constituyente, cuando se da—en el marco de la ley—, es por un lapso limitado y con autorización para cambiar la Constitución, que una vez redactada hay que someterla a consideración del soberano. Pero eso no pasó en Venezuela. Hicieron la Constituyente por lo menos para dos años y la pueden prolongar por otros 20 años. Cualquier cosa que no le guste el gobierno lo pasa a la Constituyente y  como está por encima de todo, aténganse a las decisiones. El gobierno se está manejando de esa manera. La Constituyente es poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial y poder electoral, todo a conveniencia del poder.

Tiene razón; el pedagógico obispo que es Ovidio Pérez Morales ha propuesto esta metáfora: que vivir en Venezuela con una constituyente es como pasear con un cocodrilo. Pues bien, a ese saurio se lo elimina únicamente desde el poder del Pueblo y, como ha medido Datanálisis, una clara mayoría de sus entrevistados disolvería la constituyente y anularía sus actos. En diciembre de 2007, los proyectos estratégicos de reforma constitucional socializante fueron derrotados por 1,31% y 2,02%; ahora hablamos de una ventaja que va de 14 a 20 puntos porcentuales.

La pecaminosa y errónea prédica reseñada ancla con facilidad en un pernicioso estado emocional, pues percibe que nada puede hacerse, que sólo nos queda la “ayuda exterior”, posiblemente sólo la invasión que vende Ricardo Hausmann o lo que promueve un articulista de ocasión al preguntar: “¿Qué tiene de malo un buen golpe de Estado?” Más de uno, por otra parte, le echa injustamente al Pueblo la culpa de nuestro preocupantísimo estado de cosas, razonando que no hay en él, en triple rima asonante, suficiente gente decente. No logran ver que esa misma depresión es causada en gran medida por la reiteración de las equivocaciones, por la improductividad de estrategias incompetentes repetidas sin imaginación.

Es hora de hacer algo distinto y definitivo: hay que convocar a la Corona para que hable y decida, no sólo para que vote, proteste o ponga víctimas. Ella ha comenzado a percatarse de que mandar es muy preferible a votar, protestar o morir. LEA

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¿Qué dicen los demás?

 

A la caza del error donde se encuentre

 

Un observador tan agudo y serio como Andrés Oppenheimer se ha ocupado de la más reciente ocurrencia de Ricardo Haussman: su proposición de que Venezuela sea ocupada por una fuerza multinacional—sudamericana, norteamericana, europea—para “liberarnos”. En Día de Reyes, puso un artículo—¿Una intervención militar en Venezuela?—en su blog (que aloja El Nuevo Herald), y en él desecha la extraviada receta. No la despacha, sin embargo, en términos principistas, sino por ilusa: “…a juzgar por lo que escucho de diplomáticos estadounidenses y latinoamericanos, es muy poco probable que la propuesta de una intervención militar pueda prosperar. Incluso México, Brasil, Argentina y Perú, los países que han criticado más duramente a Maduro, se opondrían a una acción armada”.

En camino a ese juicio que desestima el último desvarío de Hausmann, recoge parte de su argumentación:

Hausmann argumenta que Maduro ha cerrado todas las vías pacíficas* para una solución negociada al drama de Venezuela. Una coalición militar internacional de países dispuestos a apoyar un nuevo gobierno designado por la Asamblea Nacional democráticamente electa en 2015 sería legítima y tendría muchos precedentes históricos, dice. El propio héroe de la independencia de Venezuela, Simón Bolívar, ganó el título de Libertador de Venezuela gracias a una invasión de 1814 organizada y financiada por la vecina Nueva Granada (actual Colombia), argumenta Hausmann. Y Francia, Bélgica y los Países Bajos se liberaron de regímenes opresivos gracias a las acciones militares internacionales en la Segunda Guerra Mundial, agrega. (…) Y uno podría argumentar en apoyo de su argumento de que [un feo dequeísmo] Venezuela ya ha sido invadida por otro país, Cuba, que en muchos aspectos dirige el régimen de Maduro.

Bueno, Cuba no ha ejecutado una invasión armada de Venezuela, aunque no hay duda de que durante todo el desastroso chavismo-madurismo ha sido para Venezuela la “nación más favorecida”. George Washington, grandemente admirado por el Libertador, insistió con su Discurso del adiós (1796) en las siguientes advertencias:

…una vinculación apasionada de una nación a otra produce una variedad de males. La simpatía por la nación favorita, que facilita la ilusión de un interés común imaginario donde verdaderamente no existe ningún interés común real, e infundiendo en la una las enemistades de la otra, traiciona a la primera haciéndola participar en las querellas y guerras de la segunda sin motivo ni justificación adecuadas. Esto conduce igualmente a conceder a la nación favorita privilegios que se niega a otras, lo que puede perjudicar doblemente a la nación que hace las concesiones, al desprenderse innecesariamente de lo que debiera haber conservado, y al excitar los celos, la mala voluntad y la disposición a tomar represalias en aquellos a quienes se rehúsa iguales privilegios. Y también ofrece a ciudadanos ambiciosos, corruptos o engañados (que se consagran a la nación favorita), facilidades para que traicionen o sacrifiquen los intereses de su propio país sin ser odiados, a veces incluso con popularidad, revistiendo, con las apariencias de un sentido virtuoso del deber, una elogiable deferencia hacia la opinión pública, o un laudable celo del bien público, las viles o necias exigencias de la ambición, la corrupción o la infatuación. Como avenidas de la influencia extranjera en formas innumerables, tales adhesiones son particularmente alarmantes para el patriota verdaderamente ilustrado e independiente. (…) La excesiva parcialidad por una nación, así como la excesiva aversión a otra, hacen que aquellos a quienes afectan sólo vean el peligro por un lado, y sirven como velo, y aun de ayuda a las artes e influencias del otro lado. Los verdaderos patriotas, que resisten las intrigas de la nación favorita, se exponen a hacerse sospechosos y odiosos, mientras los instrumentos de ésta, y aquellos que la siguen ciegamente, usurpan el aplauso y la confianza del pueblo cuando abdican sus intereses.

Pero la Campaña Admirable—no tuvo lugar en 1814, como asienta Hausmann y recoge Oppenheimer, sino el año anterior—, si bien contó con recursos y oficiales neogranadinos, tuvo como jefe del ejército que tendría éxito en liberar el occidente de Venezuela—Mérida, Barinas, Trujillo y Caracas—a un venezolano y caraqueño: Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios. En ningún caso se trató de la invasión del Virreinato de Nueva Granada a la Capitanía General de Venezuela, restaurada entonces luego del fracaso de nuestra Primera República en 1812. Los argumentos “históricos” de Hausmann, recogidos por Oppenheimer, son una falsificación de la historia. (Y esto se aplica igualmente a la superficial y medianamente vistosa, pero falsa, equiparación de nuestra tragedia con la de Francia, Holanda y Bélgica durante la Segunda Guerra Mundial; estos tres países estaban ocupados por una previa fuerza de invasión: la Wehrmacht del gobierno nazi alemán).

En todo caso, Andrés Oppenheimer no aprueba el récipe de Hausmann. Ahora bien ¿qué dice de esa recomendación Julio Borges? ¿Qué dicen Antonio Ledezma, Ma. Corina Machado, Leopoldo López, Omar Barboza y Henry Ramos Allup? ¿Qué ha dicho, por ejemplo, Luis Almagro? ¿O es que no establece la Carta de la Organización de Estados Americanos en su Artículo Tercero (Principios):

e) Todo Estado tiene derecho a elegir, sin injerencias externas, su sistema político, económico y social, y a organizarse en la forma que más le convenga, y tiene el deber de no intervenir en los asuntos de otro Estado. Con sujeción a lo arriba dispuesto, los Estados americanos cooperarán ampliamente entre sí y con independencia de la naturaleza de sus sistemas políticos, económicos y sociales.

(…)

g) Los Estados americanos condenan la guerra de agresión: la victoria no da derechos.

h) La agresión a un Estado americano constituye una agresión a todos los demás Estados americanos.

i) Las controversias de carácter internacional que surjan entre dos o más Estados americanos deben ser resueltas por medio de procedimientos pacíficos?

¿Será que también Almagro, Secretario General de la OEA, no se guía por el documento fundamental de la organización que dirige sino por el desiderátum de Álvaro Uribe Vélez? (“¿Habrá algún país latinoamericano que preste sus fuerzas armadas para proteger a la oposición venezolana?” 13 de mayo de 2016). Las claras reglas de la Organización de Estados Americanos impedirían que la fuerza invasora tripartita recomendada por Hausmann—”una coalición de países amigos, entre ellos, latinoamericanos, norteamericanos y europeos”—se complete; más le valdría intentar el convencimiento de la OTAN (menos EEUU) para que nos invada. Pudiera comenzar por la venta de su peregrina idea a Angela Merkel. LEA

 

………

*Cuando se pone sobre Nicolás Maduro toda la responsabilidad del recrudecido enguerrillamiento político en Venezuela, se prefiere la ignorancia de lo que ha hecho el otro lado de la ecuación: “…la proclamación de Nicolás Maduro, que resultó electo Presidente de la República el 14 de abril de 2013 por estrechísimo margen—sus cifras venían en estrepitosa caída; de haberse celebrado la votación una semana después habría perdido por estrechísimo margen—, fue cuestionada y una vez más se habló de fraude electoral. Henrique Capriles Radonski se refirió a Maduro con el cognomento de ‘El Ilegítimo’ durante más de un año, a pesar de la ampliación de la auditoría de las elecciones a 100% de las mesas de votación. (…) en ese mismo año, Capriles pretendió que las elecciones municipales del 8 de diciembre serían un ‘plebiscito’ sobre el gobierno de Maduro—lo perdió de calle—, y veinticuatro horas antes Leopoldo López y Ma. Corina Machado lo torpedearon con la publicación de un manifiesto a favor de una constituyente para ‘#lasalida’ de Maduro (por un breve tiempo conocida como ‘#lamovida’). El 16 de enero hablaba Capriles de una ‘puñalada en la espalda’, imagen que ha repetido Maduro por estos días para referirse a su propia disidencia interna. López & Machado torpedeaban asimismo una incipiente cooperación del gobierno con alcaldes de oposición en materia de seguridad ciudadana; tal cosa no podía ser permitida. (…) en 2014 ‘#lasalida’ endureció su línea, inaugurando la temporada de guarimbas con la marcha hacia la Fiscalía General de la República. (…) …la ocurrencia del 12 de febrero de 2014, ya claramente distanciada de la línea de la MUD. (…) En la tarde de ese infausto día (…) NTN 24, la televisora colombiana que estaba avisada; había programado un grupo de entrevistas que sólo mostrarían a conspicuos radicales: Leopoldo López, Ma. Corina Machado, Diego Arria y ¡Otto Reich! (¿Por qué consideró NTN 24 que el Sr. Reich, gente de Reagan y los Bush, tenía algo pertinente que decir en los justos momentos cuando se desarrollaban los violentos acontecimientos?) (…) …el 6 de diciembre del año siguiente, la oposición lograba una mayoría determinante de 112 diputados en la Asamblea Nacional. (…) …la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia—el órgano llamado a conocer recursos del derecho contencioso electoral—recibió nueve impugnaciones de algunos de los resultados de la votación, a siete de las cuales se opuso el propio CNE. Bastaba, en principio, que prosperara la invalidación de tres diputados opositores para destruir la mayoría de dos tercios, requerida para actos cruciales del control legislativo como la elección de magistrados del TSJ. (Si a ver vamos, la cámara había sido reducida a un total de 163 diputados, y 109 siguen siendo las dos terceras partes de esa base; pero la Asamblea conducida por Henry Ramos Allup nunca quiso probar una votación calificada con esos números). (…) el 31 de marzo de 2016 se dio cuenta del persistente desconocimiento del presidente Maduro desde la Asamblea Nacional, evidenciado en la declaración inicial de Ramos Allup en cuanto tomó posesión de su Presidencia, al postular que era ‘un compromiso no transable’ del nuevo Poder Legislativo Nacional ‘buscar nosotros, dentro del lapso de seis meses a partir de hoy, una salida constitucional, democrática, pacífica y electoral para la cesación de este gobierno’. Es decir, fue él quien iniciara, con esa declaratoria de guerra, el conflicto entre poderes en el que las sentencias 155 y 156 del TSJ han sido las incidencias más recientes. Después intentaría la Asamblea la avenida de invalidar la investidura del Presidente de la República sobre la base de su presunta doble nacionalidad, que abandonó al recibir de la Registraduría Nacional de Colombia la constancia de que Nicolás Maduro no aparece en sus archivos como ciudadano de ese país. También abandonaría la noción de recortar su período mediante una enmienda constitucional, al percatarse de que el Tribunal Supremo de Justicia la declararía de aplicación retroactiva inválida al caso de Maduro, y se sentó a esperar el proceso revocatorio que la Mesa de la Unidad Democrática intentó activar con retraso de tres meses. (Desestimado inicialmente por el propio Ramos Allup y Jesús Torrealba, entre otros que se oponían porque haría subir las acciones de Capriles, posicionado como el titular exclusivo de la franquicia de la revocación. (…) …para coronar las ofensivas bélicas de la Asamblea Nacional contra el Poder Ejecutivo Nacional presidido por Maduro, el 9 de enero de este año culminó el ‘juicio político’ en su contra proclamando su abandono del cargo (¡?), lo que ni siquiera creía ella misma, puesto que omitió oficiar al Consejo Nacional Electoral ordenando la celebración de elecciones presidenciales. Por último, ya en la última fase de su desvarío, aprobó el ‘Acuerdo sobre la reactivación del proceso de aplicación de la Carta Democrática Interamericana de la Organización de Estados Americanos’ el 21 de marzo. ¿Podemos sorprendernos del aumento de la crónica paranoia oficialista que, en su concepto épico de la política, interpretó tal cosa como preludio a una invasión de Venezuela por efectivos muy bien armados del Comando Sur de los Estados Unidos?” (La historia desaparecida, 2 de abril de 2017).

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El graznido del pato negro

 

Actualizado con nota al pie

Discípulo de Álvaro Uribe Vélez, “gente decente”

 

Los cisnes—que son, como se sabe, palmípedas—no cacarean. Más bien graznan. Las aves que cacarean se encuentran propiamente dentro de la familia de las gallináceas. (No todas las gallináceas, es de advertir, cacarean). Sin embargo, una de las más cacareadas de las “pruebas” de fraude sistemático y masivo es un estudio cuyos autores son Ricardo Hausmann y Roberto Rigobón y que lleva por título “En busca del cisne negro: Análisis de la evidencia estadística sobre fraude electoral en Venezuela”.

Juvenalia y tropicalia, 9 de septiembre de 2004

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¿Habrá algún país latinoamericano que preste sus fuerzas armadas para proteger a la oposición venezolana?

Álvaro Uribe Vélez, 13 de mayo de 2016

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A sense of disaster pervaded the United States, sharpened by the most widely quoted remark of the war: “It becomes necessary to destroy the town in order to save it.” The American major meant that the town had to be razed in order to rout the Viet-Cong, but his phrase seemed to symbolize the use of American power—destroying the object of its protection in order to preserve it from Communism.

Barbara Tuchman, The March of Folly

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Con fecha de hoy se publica en Project Syndicate (The World’s Opinion Page) un artículo cuyo autor es Ricardo Hausmann: D-Day Venezuela, del que también hay versión en español. Se trata de una pieza delirante, que aboga por ¡la invasión de Venezuela por una fuerza armada ensamblada con militares de varios países de América y Europa! Hausmann pretende justificar tal crimen internacional sobre la base de una escueta enumeración más de los problemas que aquejan a la población venezolana. (No dice nada que no sepamos). Previamente, despacha como remedios inadecuados o inútiles dos posibles desenlaces: el que proporcionaría una elección presidencial y el que provendría de un golpe de Estado militar, como si se tratara de categorías equivalentes.

Dado que todas las soluciones son imprácticas, inviables o inaceptables, la mayoría de los venezolanos anhelan alguna forma de deus ex machina que los salve de esta tragedia. Lo mejor sería poder convocar elecciones libres y justas para llegar a tener un nuevo gobierno. Este es el Plan A de la oposición venezolana organizada en torno a Mesa de la Unidad Democrática, y es lo que se busca en las conversaciones que se están realizando en la República Dominicana. No obstante, es un desafío a la credulidad pensar que un régimen dispuesto a matar de hambre a millones de personas para mantenerse en el poder, va a ceder ese poder en elecciones libres.

(…)

La idea de un golpe militar para restaurar el orden constitucional agrada menos a muchos políticos democráticos porque temen que después los soldados no regresen a sus cuarteles. Por lo demás, el régimen de Maduro ya es una dictadura militar, con oficiales a cargo de muchas agencias gubernamentales. Los oficiales de alto rango de las fuerzas armadas son esencialmente corruptos, habiendo participado durante años en actividades de contrabando, delitos cambiarios y en las compras públicas, narcotráfico y muertes extrajudiciales que, en términos per cápita, son tres veces más prevalentes que en Las Filipinas de Rodrigo Duterte. Un número importante de altos oficiales decentes han estado renunciando a las fuerzas armadas.

El adjetivo que Hausmann adjudica a los altos oficiales que estarían renunciando en “número importante” (?) evoca la fórmula que Juan Carlos Sosa Azpúrua propugnaba en agosto de 2014 (buscar “unos militares decentes”), pero también es un contrasentido la prédica de un procedimiento a todas luces inconstitucional para “restaurar el orden constitucional”. Según el economista de longevo y voluntario exilio, el fuego debe combatirse precisamente con fuego.

No se queda allí, sin embargo; primero desprecia la utilidad de las sanciones internacionales aplaudidas y procuradas por más de un dirigente de la oposición:

Las sanciones focalizadas en individuos, que administra la Office of Foreign Assets Control (OFAC) de Estados Unidos, están incomodando a muchos de los bandidos que gobiernan Venezuela. No obstante, en el mejor de los casos son muy lentas, pues para el tiempo que rindan el efecto deseado se habrán producido decenas de miles de muertes evitables y se habrán ido al exterior millones de nuevos refugiados venezolanos. Y, en el peor de los casos, nunca surtirán efecto. Al fin y al cabo, sanciones como estas no han conducido a un cambio de régimen en Rusia, Corea del Norte, ni Irán.

A continuación, anuncia su prescripción pretendidamente infalible con el mayor desparpajo:

Esto nos deja con una posible intervención militar internacional, solución que asusta a la mayoría de los gobiernos latinoamericanos a causa de la historia de agresiones contra sus intereses soberanos, especialmente en México y Centroamérica. (…) Si se trata de soluciones, por qué no considerar la siguiente: la Asamblea Nacional podría destituir a Maduro y al narcotraficante de su vicepresidente, Tareck El Aissami, sancionado por la OFAC y a quien el gobierno estadounidense le ha embargado más de US$ 500 millones. Dado este vacío de poder, la Asamblea, nombraría de forma constitucional a un nuevo gobierno, el que a su vez podría solicitar asistencia militar a una coalición de países amigos, entre ellos, latinoamericanos, norteamericanos y europeos. Esta fuerza liberaría a Venezuela de la misma forma en que canadienses, australianos, británicos y estadounidenses liberaron a Europa en 1944-1945. Más cerca de casa, esto sería semejante a la liberación de Panamá de la opresión de Manuel Noriega por parte de Estados Unidos, la que marcó el inicio de su democracia y del crecimiento económico más rápido de América Latina.

Panamá es propuesto como el modelo a seguir, económicamente y por haber sido objeto de invasión, pero en el original en inglés se nota de modo más inmediato la confusión de Hausmann: “the National Assembly could impeach Maduro”. Hausmann parece creer que es aplicable en Venezuela el procedimiento estadounidense de impeachment, y también luce que ignora que el 9 de enero de 2017 ya la Asamblea Nacional había declarado el “abandono” del cargo de Presidente de la República por parte de Nicolás Maduro; esto es, ya lo habría destituido. (Sin el menor efecto, por cuanto se trató de procedimiento tan arbitrario como nulo. Ni la propia Asamblea Nacional creyó en su decisión, puesto que dejó de oficiar al Consejo Nacional Electoral para que convocara elecciones presidenciales en el plazo de un mes, como manda la Constitución para el caso de falta absoluta del Presidente antes de cumplirse cuatro años del período, lo que ocurriría al día siguiente. Ni siquiera porque habría “llegado en la raya” se le ocurrió a Julio Borges exigir esas elecciones).*

En síntesis, no es ya que Hausmann, contratado en 2004 por María Corina Machado, crea haber demostrado fraude en el referendo revocatorio contra Hugo Chávez; ahora su delirio alcanza nuevas cotas para abogar por una invasión militar de Venezuela que incluiría tropas estadounidenses: “una coalición de países amigos, entre ellos, latinoamericanos, norteamericanos y europeos”. Al menos Uribe Vélez había entrevisto la “ayuda” de sólo “algún país latinoamericano”.

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Hausmann se inscribe en la simplista “comprensión habitual de nuestra política nacional como película en blanco y negro, una historia de héroes contra villanos (en roles cambiantes según quien la cuente) que no admitiría otras salidas”. (El mercado político nacional, 8 de octubre de 2014). Así trasluce cuando escribe “la oposición política organizada está hoy en una posición de mayor debilidad que en julio, a pesar de la crisis y del masivo apoyo diplomático internacional”, como si no hubiera otras opciones. Las próximas elecciones nacionales contarán con candidatos que no se inscriben en tal dicotómica polarización.

Déjenos tranquilos, Prof. Hausmann; desde su exilio dorado, desde su Hausmannskost (cocina casera) no se ocupe más de nosotros. Los venezolanos lo declaramos persona non grata. LEA

………

Actualización: Bloomberg trae hoy (3 de enero) una nota de la que se traduce lo siguiente: “Pero, bajo las leyes actuales, los legisladores pueden expulsar a Maduro y El Aissami y procurar la instalación de un nuevo gobierno conducido por el jefe de la Asamblea Nacional. Esa persona pudiera entonces solicitar a fuerzas internacionales que provean asistencia militar para restaurar un orden democrático, dijo Hausmann”. No existe ninguna ley venezolana que permita tales cosas. Bloomberg, quizás sin proponérselo, no hace otra cosa que confirmar el grado de delirio de Hausmann y su abismal ignorancia—y la de la agencia misma—acerca de la juridicidad venezolana, que más bien lo sometería a juicio por el delito de traición a la patria si pudiera echarle mano. (Ver asimismo la evaluación del desvarío en Americas Quarterly por Sean W. Burges y Fabricio Chagas Bastos: Invadir Venezuela es una pésima idea).

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¡Ah, los Fernández!

Padre e hijo

“Tigre” y tigrito mano gorda

Hace más de un año hice una advertencia a Pedro Pablo Fernández de que publicaría lo que sigue, y éste no ha hecho caso de ella. Creo que le he dado tiempo suficiente. Procedo. LEA

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Como es mi costumbre, por creerlo deber elemental envié a Eduardo y Pedro Pablo Fernández avisos y enlaces de Un reconocimiento mezquino, el resuello por la herida de Fernández padre por la falta de apoyo de Rafael Caldera en 1988, y de Hijo de gato (“tigre”)… nota del hijo que promueve la receta de un “gobierno de unidad nacional”.

Seguramente el primero no había leído la crítica que le dediqué al escribirme: “No entiendo por qué te parece mezquino. La mayoría de los comentarios que he recibido lo califican más bien de muy generoso. Yo lo considero ‘justo’, por eso lo escribí”. A eso repuse: “Es clarísimo por qué llamo así a un artículo que resalta por repetición (tres veces destacas) ‘la parte impura que cabe en el alma de los grandes’. Esa insistencia desvaloriza mucho los elogios. Es inelegante, por decir lo menos”. Allí se detuvo el intercambio.

Pero su hijo sí había leído completa mi evaluación de su pieza y me envió una reacción más extensa; la copio de seguidas y luego mi réplica inmediata. LEA

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(De Pedro Pablo Fernández para el suscrito)

Es natural que tengamos diferencias, pero hay varias cosas en tu escrito que denotan mala fe.

Hay un evento infortunado y es el hecho de que por un error humano EF manda mi artículo. Tu que recibes todos mis artículos te habrás dado cuenta de que los mando yo mismo. Ese error sirvió para que pudieras ridiculizarlo identificando al papito con su hijito.

Tú dices: “Ahora esgrime P. P. otra vez una tesis paterna: “Un gobierno de Unidad Nacional es la mejor apuesta que podemos hacer todos”. Naturalmente, siempre y cuando lo presida su progenitor, el papá de P. P.”

Yo quiero que tu me digas en que parte del escrito yo sugiero algo que tenga que ver con EF. Es un comentario sin sentido que solo se puede explicar en la mala fe.

Escribes mas adelante: “¿No es Fernández el joven el director de una película que “domina el desenlace de la trama y escoge un final feliz” para él y su padre?”

En ninguna parte de mi escrito hay si quiera una sugerencia de trama, ni una especulación sobre cómo puede ser el final. La trama y el final feliz es pura especulación tuya.

La crítica a los partidos fue más que merecida y sigue siéndolo. Los partidos se prostituyeron, se pragmatizaron y se convirtieron en asociaciones para alcanzar el poder. Yo no solo creo eso, he escrito varios artículos afirmándolo. Los considero responsables de una cultura populista que malbarató una formidable renta petrolera. La campaña sistemática contra el sistema es otra cosa.

La extraordinaria novela “Por estas calles” se convirtió en un instrumento al servicio de objetivos políticos concretos. Es bueno leer la entrevista que le hace Marta Rivero a Ibsen Martínez, que aparece en el libro “La rebelión de los náufragos”, para darse cuenta de hasta qué punto se utilizó con fines muy personales.

Yo siempre he tenido el mejor concepto de ti, de tu capacidad intelectual, de tu profundidad y de tu cultura. Este artículo tuyo es una decepción. No porque te metas conmigo sin necesidad, sino por la falta de honestidad. Pones en boca mía cosas que no dije y presupones posiciones sin tener ningún elemento que confirme tus hipótesis. Leíste ese artículo desde una posición completamente prejuiciada.

El artículo que escribí iba dirigido a hacer una reflexión que tiene que ver con cosas que tú y yo compartimos. Dedicarte a descalificar y a ridiculizar al que lo escribió y a su papá no creo que contribuya en nada.

Yo no soy para nada susceptible a las críticas, todo lo contrario. La forma como me ha afectado tu artículo me produce una molestia enorme más conmigo que contigo.

Yo acabo de leer el artículo de nuevo. Si tú tienes la honestidad de volverlo a leer te darás cuenta de que tus comentarios no responden para nada a lo que el artículo dice.

Esta carta que te mando es un desahogo y probablemente una estupidez al mismo tiempo.

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(Mi respuesta)

Pedro Pablo: la Política no será algo serio si sus practicantes actúan con base en conjeturas sin fundamento. No te consta en absoluto que mi motivación haya sido la mala fe. (DRAE: 1. f. Doblez, alevosía. 2. f. Der. Malicia o temeridad con que se hace algo o se posee o detenta algún bien). No penetras ni mi corazón ni mi mente, y por tanto no tienes derecho a postular la existencia en mí de tan feo e inferior motivo. Se trata de algo que me es enteramente desconocido; jamás en mi vida he actuado de mala fe.

Por supuesto que un cierto estado emocional tiñó la redacción de mi artículo: el desagrado. Primero, hacia la excusa de una tal “campaña antipolítica para destruir a los partidos, con Marcel Granier a la cabeza, pensando que iban a ser ellos los llamados a salvar a la patria a la caída del sistema”. He argumentado suficientemente, en el texto que explicablemente te ha caído mal, acerca de la inadecuación de ese pretexto, y ahora traes una evaluación que contradice sus implicaciones, al escribirme “La crítica a los partidos fue más que merecida y sigue siéndolo”.

El autor de Más y mejor democracia

El autor de Más y mejor democracia

Granier ha luchado más que muchos contra Chávez, y con costos superiores, como para que se ponga, en palabras tuyas, que esa “campaña antipolítica para destruir a los partidos” no imaginó que “el llamado sería el Teniente Coronel nacido en Sabaneta”. Discrepo de varias cosas sostenidas por Granier, pero él tenía todo el derecho de hacer su propia política, objetivo límpidamente patente en sus libros a partir de 1984. Que buscara sus legítimos objetivos fuera de los partidos actuantes no es lo mismo que hacer “antipolítica”, que fue lo que sugeriste y lo que tu padre argumentó en 1985: “que criticar a los partidos equivaldría automáticamente a denigrar de la democracia como sistema” (como registré en mi primer libro, en el que añadí a continuación: “No hacía más, pues, que repetir la falacia de la identificación de partidos concretos con democracia”). Jamás hizo Granier “campaña sistemática contra el sistema”; por lo contrario, predicó “más y mejor democracia”, concepto que tu padre repite por estos días a cada rato sin atribuirlo a Marcel, así ganando indulgencias con escapulario ajeno.

Como dijera Newton, hypotheses non fingo; tampoco penetro yo tus neuronas para saber si eso de “campaña política para destruir a los partidos, con Marcel Granier a la cabeza” procede de una mala fe de tu parte. Pero no es verdad que lo político sea únicamente lo que hacen ciertos partidos específicos y nadie más. Poco antes de La conspiración satánica (Eduardo Fernández), yo escribía (febrero de 1985):

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla in­volucra una responsabilidad bastante grande, una responsa­bilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte? Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicio­nales es justamente la afirmación que hacemos. Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tra­dicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales. Los descalificamos porque nos hemos convencido de su in­capacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio in­telectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los ver­daderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa. Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de enten­der la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experien­cias y conocimientos distintos. Las organizaciones políticas que operan en el país no son canales que permitan la emergencia de los nuevos actores que se requieren. Por lo contrario, su dinámica ejerce un efecto deformante sobre la persona política, hasta el punto de imponerle una inercia conceptual, técnica y actitudinal que le hacen incompetente políticamente. Hasta ahora, por supuesto, el país no ha conocido opciones diferentes, pero, como bien sabemos, aún en esas condiciones los registros de opinión pública han detectado grandes desplazamientos en la valoración popular de los actores políticos tradicionales, la que es cada vez más negativa.

Además de lo que por la época hiciera Granier, quizás esas palabras, que él conocía, estuvieran en la mente de tu padre cuando escribió su deplorable artículo. No sé; hypotheses non fingo. Insisto, entonces añadía: “…el país no ha conocido opciones diferentes, pero, como bien sabemos, aún en esas condiciones los registros de opinión pública han detectado grandes desplazamientos en la valoración popular de los actores políticos tradicionales, la que es cada vez más negativa”. Tal estado de opinión era independiente de lo que gente como Granier o yo escribiéramos, aunque él influía mucho más que yo en esa opinión, en virtud de su poder comunicacional.

Lo que ahora me dices—“La crítica a los partidos fue más que merecida y sigue siéndolo”—es bien distinto de lo que escribiste, y sigue siendo verdad esto que puse: “Es realmente irónico que quienes fueron los principalísimos responsables de la llegada de Hugo Chávez Frías a Miraflores quieran cargar la culpa a los que se preocuparon de advertir a tiempo la necesidad de corrección, que pretendan pasar factura a Ibsen Martínez y RCTV por la transmisión de un registro de la realidad: la magnífica telenovela Por estas calles”.

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Para reivindicar a CAP

Para reivindicar a CAP

Mirtha Rivero, que yo sepa, no posee el don de infalibilidad cuando habla ex cathedra de política y costumbres. Todo su libro es un intento por reivindicar a Carlos Andrés Pérez; así lo admite tácitamente al publicarlo con prólogo de Alonso Moleiro, que certifica: “…comienza a emerger una corriente de pensamiento que aspira a restituir los méritos al primer Presidente reelecto por el voto popular en la historia venezolana. El volumen que tiene usted en sus manos no es el primero que apunta en esa dirección, pero seguramente es uno de sus intentos más acabados (…) un libro como La rebelión de los náufragos se entrega a la causa de la reivindicación…” Y en la Carta Semanal #350 de doctorpolítico (25 de septiembre de 2009) me ocupé de asentar: “La verdad es que los partidos venezolanos, especialmente Acción Democrática y COPEI, que alternaron en el poder suministrando seis personalidades para ejercer ocho presidencias entre 1959 y 1999, no necesitaron ayuda para deteriorarse ante la opinión pública, no necesitaban que Ibsen Martínez expusiera sus defectos en una telenovela que fue posible porque copió de la realidad política, a pesar de que recientemente él haya llegado a pensar que se le fue la mano y se sienta, sin motivo, culpable de la venida de Hugo Chávez por haber atizado la antipolítica”. (¿Necesito repetir que Por estas calles inició sus transmisiones cuatro meses después del 4F?)

Pero si la tomáramos como oráculo infalible, habría que admitir la verdad de lo siguiente:

La incorporación de Copei al gobierno [de Pérez] tampoco fue tarea fácil. Casi inmediatamente después del golpe se había planteado el tema, e inclusive a finales de febrero el ex presidente Luis Herrera Campins llegó a sugerirlo, pero en los copeyanos había demasiado rechazo a participar, y cuando por fin decidieron incorporarse al gobierno lo hicieron a regañadientes. Aunque Eduardo Fernández, como secretario general de su partido, afirmó ese día que el país estaba por encima de las diferencias, en la votación que hizo el Comité Nacional de Copei para decidir el asunto, casi todos los organismos funcionales votaron en contra, y muchos dirigentes hablaron muy mal del futuro de un gobierno “de unidad nacional”, como preferían llamarlo los socialcristianos en sus comunicados oficiales. (Pág. 263 de La rebelión de los náufragos).

No es de ahora la inclinación de tu padre hacia los gobiernos “de unidad nacional”.

Y también dice Rivero lo siguiente (pág. 261): “Eduardo Fernández reiteró su llamado a una Asamblea Constituyente…” La única vez que tu padre me hablara airadamente fue en el acto inaugural de la Fundación Venezuela Positiva (1995), en lo que fue el auditorio del Banco Consolidado; me reclamó muy molesto porque yo había resaltado que él se había sumado a la causa constituyente en declaraciones que diera en Valencia después de la intentona de Chávez y me dijo que tal cosa no era verdad. Claro, no le convenía que se ventilara tal contradicción de su habitual prédica contraria.

………

No me chupo el dedo, Pedro Pablo. Tengo motivos, históricos y biográficos, para suponer que tu padre cree que puede, y aspira con todo derecho como puse hace ocho días en Un reconocimiento mezquino—sobre reciente artículo suyo acerca de Caldera—a presidir un “gobierno de unidad nacional”, que es la “salida muy sencilla” que postulas en tu artículo. Lo vi muy satisfecho en reciente entrevista que le hiciera Pedro Penzini López por Globovisión, en la que precisamente eso fue claramente planteado sin negación del entrevistado. Fue algo muy diferente a su respuesta en la entrevista que mencioné al final, cuando contestó, según la nota de Noticias 24: “Al ser consultado sobre la posibilidad de poner a la orden su nombre para ser considerado un posible candidato a la presidencia, Fernández no dudó en responder: ‘Mi reacción inicial sería decir que no, pues no estoy seguro que mi nombre sirva’. No obstante, manifestó su disposición para promover el consenso”. [Negritas de Noticias 24; nótese lo de reacción “inicial”. Es decir, a lo mejor después diría que sí]. Una vez más, no hago hipótesis, pero sí puedo imaginar, porque no me chupo el dedo, que padre e hijo han hablado muchas veces de esa posibilidad. ¿Querrás negarlo?

No tiene nada que ver el “error” de la procedencia del correo que recibí (con tu artículo) mi reacción al mismo; habría sido idéntica si lo hubiera recibido de tu parte.

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La pregunta que pongo al cierre—¿No es Fernández el joven el director de una película que “domina el desenlace de la trama y escoge un final feliz” para él y su padre?está enteramente justificada; tú escribiste, refiriéndote a los que “ridiculizas” porque plantean “salidas muy sencillas” (no mucho más sencillas que “un gobierno de unidad nacional”): “Actúan como que fueran los directores de una película que dominan el desenlace de la trama y escogen el final feliz”. No he hecho otra cosa que aplicar a tu muy sencilla salida tu propia analogía. Me has reclamado así: “quiero que tu me digas en que parte del escrito yo sugiero algo que tenga que ver con EF”. No es necesario; hay algo que se llama subtexto: “El subtexto o matiz es el contenido de una obra que no se anuncia de manera expresa por los personajes (o por el autor), pero está ‘implícito’ o se convierte en algo comprensible para el observador a través del desarrollo de la misma. (…) El subtexto es el contenido que no se enuncia en un texto, pero que se expresa por medio del comportamiento del personaje a través, por ejemplo, del ocultamiento y los sobreentendidos”. (Wikipedia en Español).

Si me atreviera, como tú lo haces conmigo, a psicologizar tu reacción, diría que he metido el dedo en la llaga, que he tocado un punto sensible.

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Rechazo de plano estas palabras: “Este artículo tuyo es una decepción. No porque te metas conmigo sin necesidad, sino por la falta de honestidad. Pones en boca mía cosas que no dije y presupones posiciones sin tener ningún elemento que confirme tus hipótesis. Leíste ese artículo desde una posición completamente prejuiciada”. Pues no, Pedro Pablo, leí tu artículo desde una posición suficientemente informada y puse en tu boca lo que tú mismo dijiste. ¿Tienes tú elementos que confirmen tu hipótesis de que era la intención de Granier “destruir a los partidos”? ¿Es que cuando se trata de tus propias conjeturas es obligatorio aceptarlas como verdades incontrovertibles? Atribuirme falta de honestidad es un irrespeto y una ofensa que no te admito. Espero que tengas el valor viril de retirar esa injusta acusación y ofrecerme tus disculpas. De lo contrario, me veré impelido a publicar nuestra correspondencia en mi blog, un espacio público. Tú verás.

Luis Enrique Alcalá

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En artículo posterior (Últimas Noticias, 15 de junio de 2016), Pedro Pablo Fernández escribe ya sin careta: “Apoyar e impulsar al gobierno para que profundice las medidas que viene tomando es lo mejor que podemos hacer en beneficio del país, del gobierno, y sobre todo, en beneficio de los que pretenden sucederlo, porque las medidas que no se tomen hoy se tendrán que tomar mañana a un costo político mayor”. ¿Querrá decir, por ejemplo, apoyar, impulsar y profundizar los CLAP?

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Incensurado

Actualizado al final con nuevo intercambio.

La edición de esta entrada

 

Hoy ha llegado a las 4:05 p. m. un comentario del Sr. Noé Barrera a Constituyente habemus. Se pone a continuación:

Entre letras, y espero equivocarme, asumo que sos chavista. En Venezuela y demás países social-comunistas no hay régimen de ley. Para Mi la posición de la mud de exigir elecciones prontas sintoniza mucho con el sentir popular; la oportunidad de dialogar ya pasó. Ahora me parece demasiado ingenuo aceptar los resultados del CNE por carecer de pruebas de fraude. Una América libérrima para todos

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He procedido, después de publicarlo, a suprimirlo, aunque dándole el honor de esta entrada; no se permiten en este blog tratamientos irrespetuosos, ni contra mí ni contra terceros. Aun así, las palabras del Sr. Barrera se preservan para la posteridad (mientras pueda accederse a este blog).

Copio ahora lo que pensaba ponerle como contestación:

En el artículo que usted comenta no se discute el tipo de país que sería Venezuela ni el tema de lo que queda de ley; no se menciona el tema del diálogo, que para mí es acuerdo; no se acepta en ninguna forma los resultados del Consejo Nacional Electoral. Eso y el hecho de que carecemos de pruebas de fraude son cosas distintas.

Entre palabras, yo podría suponer (no “asumir, que en su sentido es anglicismo) que Ud. entiende la política venezolana como película en blanco y negro de superhéroes contra supervillanos (papeles cambiantes según quien la cuente). Yo podría suponer que o es argentino o es presuntuoso y confianzudo. Yo podría suponer que también es soberbio y narcisista, al escribir el posesivo “mi” con inicial mayúscula, como si viniera de majestades o divinidades.

Yo podría suponer que usted cree que puede haber elecciones con sólo exigirlas, cuando las que tenemos por delante son las regionales, en mora constitucional, y las municipales este año y las presidenciales el año que viene. La única forma de tener prontas elecciones presidenciales anticipadas es mediante mandato del Poder Supraconstitucional en referendo, uno que la Asamblea Nacional no quiso convocar aunque se le propuso. Esas elecciones no pueden ser negociadas en una mesa de acuerdos; eso sería inconstitucional, y sólo el Pueblo puede incurrir en inconstitucionalidad, y no en lo tocante a derechos humanos o el respeto que debemos a soberanías equivalentes a la nuestra.

No es que yo podría suponer que usted ignora quién soy; es que lo supongo. No creo tampoco que usted haya hecho ni la centésima parte de lo que yo sí en combate del chavismo-madurismo. Baste este inventario parcial que sólo alcanza hasta el 19 de agosto de 2004 (algo he hecho en los últimos trece años):

Pocos días después del 4 de febrero de 1992, el diario El Globo me publicaba artículo en el que asentaba contundentemente mi opinión de que la asonada de aquel día era un evidente abuso de parte de Hugo Chávez y sus secuaces de conjura. (El día 3 de febrero me había publicado asimismo, la víspera del golpe cuya preparación ignoraba, un artículo en el que por enésima vez exigía la renuncia de Carlos Andrés Pérez).

En 1994 escribí, a raíz del sobreseimiento de la causa de los prisioneros de Yare, que han debido cumplir, contra lo concedido por Rafael Caldera, la pena exacta que las leyes venezolanas preveían en materia de rebelión.

En desayuno al que fui invitado en plena campaña electoral de 1998 (en las oficinas de la agencia de publicidad J. Walter Thompson) dije al mismísimo Hugo Chávez, expositor de circunstancia, que el titular del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad, y no una logia de una decena de comandantes que sin ningún derecho juraran alzarse ante los restos de un decrépito y patriótico samán. En la misma ocasión le quise hacer entender que si insistía en glorificar su criminal aventura de 1992 no tenía ningún sentido establecer un diálogo al que me invitaba, tras mi declaración primera, en compañía de William Izarra.

El 19 de agosto de ese mismo año escribí, para el diario La Verdad de Maracaibo, un artículo en el que se estableció, por primera vez de modo público, una comparación entre la figura de Chávez Frías y la de Adolfo Hitler.

En enero de 1999, ya electo Chávez, me permití decir en voz tan alta que llegó a todo el auditorio, y en su presencia a distancia de dos metros, que estaba completamente equivocado en su concepto constituyente, en acto convocado en La Viñeta.

Durante todo el transcurso de su desgobierno, por escrito, por radio, por televisión, he hecho explícita mi consistente oposición a sus ideas y sus métodos. El 25 de febrero de 2002, por citar un solo caso, propusimos un procedimiento para abolir su régimen en conocido programa matutino televisado.

En síntesis, no me gusta el animal político que es Chávez, como tampoco simpatizo con su simple personalidad, porque rechazo el abuso y la idea de que alguien se crea con derecho a imponer su inconsulta voluntad a todo un pueblo.

(El 17 de diciembre del año pasado adapté el procedimiento de abolición al caso del presidente Maduro).

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Un Mundo libérrimo para todos, Sr. Barrera; no ponga usted nada que se parezca a su nombre. El Poder Constituyente Originario del Estado de la Tierra es la población toda del mundo. LEA

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Actualización: se ha producido entre el Sr. Barrera y el suscrito un intercambio que se transfiere de seguidas.

Sr. Barrera: es norma de mi blog no publicar comentarios irrespetuosos en contra de nadie, incluyéndome. Había publicado sus letras para contestarlo en ese espacio, pero decidí llevarlo a primera página, donde se lee en Incensado. Como comentario queda suprimido.

Directamente

Luis Enrique Alcalá

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Entiendo, en mi contexto tambien es de mal gusto que te tilden de sandinista. No te tomes tan en serio, pero tacitamente haces lobby chavista. Es mi opinion.

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Ud. no me conoce, y no tiene la menor base para asentar esa opinión, que además es falsa. Esto (en Manda Su Majestad, 17 de diciembre de 2016) no es hacer lobby chavista:

Nosotros podemos mandar, como Soberano que somos, directamente desde nuestro Poder Supremo, sin la mediación de algún poder constituido o la regulación legal o reglamentaria. Podemos mandar como Corona y punto. No necesitamos una consulta previa que nos pregunte si queremos mandar. He aquí nuestros mandatos, contenidos en un Acta de Abolición del gobierno presidido por Maduro y su necesario Estatuto de Transición:

ACTA DE ABOLICIÓN

Nosotros, la mayoría del Pueblo de Venezuela, Soberano, en nuestro carácter de Poder Constituyente Originario, considerando

Que es derecho, deber y poder del Pueblo abolir un gobierno contrario a los fines de la prosperidad y la paz de la Nación cuando este gobierno se ha manifestado renuente a la rectificación de manera contumaz,

Que el gobierno presidido por el ciudadano Nicolás Maduro Moros se ha mostrado evidentemente contrario a tales fines, al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, insultar, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, impedir la manifestación y el ejercicio de la voluntad popular, encarcelar personas arbitraria e injustamente, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto,

Por este Acto declaramos plenamente abolido el gobierno presidido por el susodicho ciudadano, ordenamos a la Fuerza Armada Nacional que desconozca su mando y que garantice el abandono por el mismo de toda función o privilegio atribuido a la Presidencia de la República y decretamos el siguiente

ESTATUTO DE TRANSICIÓN

Cláusula Primera. A la cesación del mandato del ciudadano Nicolás Maduro Moros, el Consejo Nacional Electoral procederá a organizar una nueva elección universal, directa y secreta dentro de los noventa días consecutivos siguientes para completar lo que resta de período constitucional. Mientras se elige y toma posesión el nuevo Presidente o Presidenta, se encargará de la Presidencia de la República el Presidente o Presidenta de la Asamblea Nacional, quien no podrá postularse en esa elección.

Cláusula Segunda. El ciudadano así investido no podrá postularse en las elecciones presidenciales que sucederán al término del período.

Cláusula Tercera. El Presidente de la República elegido según lo dispuesto en la Cláusula Primera procederá a restablecer plenamente la libertad de opinión y prensa y resarcir a sus antiguos dueños los medios de comunicación confiscados.

Como queda claro, el Pueblo manda de esa manera a la Fuerza Armada Nacional, al Consejo Nacional Electoral y al propio nuevo Presidente de la República; tiene poder suficientísimo para emitir esas órdenes, así como para pautar un procedimiento especial que regule el curso institucional posterior a la abolición del régimen.

Para seguir en las suposiciones, yo podría suponer que usted no es suficientemente caballero como para reconocer su error ni ofrecer sus debidas disculpas.

Luis Enrique Alcalá

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