Cadenas de libertad

Actualizado al final con un video recomendado por Leonardo Durán.

Una cadena de bloques que libera

 

El mundo sólo necesita ser 1% mejor (o incluso una décima de por ciento mejor) cada día para acumular civilización. En tanto creemos 1% más de lo que destruimos cada año, tendremos progreso. Este incremento neto es tan pequeño que es casi imperceptible, especialmente ante el 49% de muerte y destrucción que nos afronta. Sin embargo, este minúsculo, delgado y tímido diferencial genera progreso.

Kevin Kelly – That We Will Embrace the Reality of Progress

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(El siguiente video, de muy buena calidad visual, tiene títulos en español que pueden ser activados mediante el icono de configuración, abajo a la derecha (rueda de engranaje justo a la izquierda del logotipo de YouTube).

 

Como argumentan los participantes del video precedente, el desarrollo tecnológico nombrado blockchain es bastante más que el 1% de progreso de Kevin Kelly, es una revolución de efectos actuales y potenciales diversos y profundos. El interés de este blog se centra, naturalmente, en el uso y consecuencias políticas de este poderoso desarrollo.

El concepto original lo debemos a Satoshi Nakamoto—un seudónimo que pudiera representar una persona o un grupo de colegas, como el Nicolas Bourbaki de las matemáticas francesas—, quien dio a conocer en 2008 la primera base de datos blockchain al introducir la primera de las criptomonedas en el mundo: bitcoin. Actualmente hay más de mil criptomonedas, de las que una decena ha logrado aceptación considerable (Dash, por ejemplo, con importante actividad en Venezuela).

La tecnología posibilita un enorme libro diario de contabilidad, en el que se asienta las transacciones entre miembros de una multitud que la emplea; se caracteriza por carecer de autoridad central—el proceso es enteramente desagregado—y por la seguridad de los registros protegidos por criptografía de primer nivel, puesto que cada nuevo asiento o bloque tiene una referencia a uno previo y la secuencia es inmodificable, a menos que la comunidad de sus usuarios conspire para permitirlo. Estas características hacen que la tecnología pueda ser aplicada a los sistemas de votación electrónicos, los que ya no dependerían de una autoridad central al estilo de nuestro Consejo Nacional Electoral; soluciones como la de Smartmatic han entrado súbitamente en irreversible obsolescencia.

Una cadena de bloques es una lista continuamente creciente de registros, llamados bloques, que están ligados y asegurados con el uso de criptografía. Cada bloque contiene típicamente un señalador (hash) que lo enlaza a un bloque previo, una marca temporal y los datos de una transacción. Por diseño, las cadenas de bloques son inherentemente resistentes a la modificación de los datos. Funcionalmente, una cadena de bloques puede servir como “un libro diario abierto que puede registrar transacciones entre dos partes eficientemente y de modo verificable y permanente”. Para su uso como libro diario distribuido, una cadena de bloques es comúnmente administrada por una red de igual a igual que se adhiere colectivamente a un protocolo para la validación de nuevos bloques. Una vez registrados, los datos en cualquier bloque dado no pueden ser retroactivamente alterados sin la alteración de todos los bloques subsiguientes y la colusión de la mayoría de la red. (Wikipedia).

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Algo así se veía venir:

La época que nos ha tocado en suerte contiene las más asombrosas posibilidades. Si todavía la dimensión de ciertos problemas parece abrumadora, también es cierto que las más recientes rupturas tecnológicas—principalmente en las tecnologías de computación, de comunicaciones y de bioingeniería—permiten avizorar nuevas y más eficaces soluciones. En particular, el horizonte tecnológico de lo democrático se ha expandido, y el actual nivel de participación popular en la formación de las decisiones públicas es muy inferior al que es tecnológicamente posible. (Proyecto SPV, 8 de febrero de 1985).

Treinta años más tarde podía decirse:

Las ideologías han perdido su poder de producir soluciones. El registro de la Organización Internacional del Trabajo hace tiempo que superó el millón de oficios diferentes en el mundo. ¿Cómo puede un partido representar en la única categoría de trabajadores una riqueza así, una complejidad de esa escala? Ya no vivimos la Revolución Industrial, cuando toda ideología se inventara; ahora vivimos la de la Internet, la telefonía móvil, las tabletas, las interacciones instantáneas, las enciclopedias democráticas, las apps. La de la biogenética, la cirugía mínimamente invasiva, la posibilidad de introducir al planeta especies vegetales o animales nuevas. La de una sonda espacial posada sobre un cometa, la comprobación experimental de la partícula de Dios o Bosón de Higgs, la fotografía cada vez más extensa y detallada de los componentes del cosmos, la materia oscura, la geometría fractal y las ciencias de la complejidad. La de la explosión de la diversidad cultural, la del referendo, del escrutinio inmisericorde de la privacidad de los políticos y el espionaje universal. La del hiperterrorismo, las agitaciones políticas a escala subcontinental, el cambio climático. Nada de esta incompleta enumeración cabe en una ideología, en la cabeza de Stuart Mill, Marx, Bernstein o León XIII. Cualquier ideología—la pretensión de que se conoce cuál debe ser la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que aún no lo sea—es un envoltorio conceptual enteramente incapaz de contener ese enorme despliegue de factores novísimos y revolucionarios. Ésta es una revolución de revoluciones. (El medio es el medio, 29 de abril de 2015).

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Un nuevo actor

De algún modo, el chavismo se abrió tempranamente a estas posibilidades; en febrero de 2001 decretaba Hugo Chávez la Ley de Mensajes de Datos y Firmas Electrónicas, cuyo Artículo 4 estableció: “Los Mensajes de Datos tendrán la misma eficacia probatoria que la ley otorga a los documentos escritos…” Hace varios años que el Tribunal Supremo de Justicia tramita recursos de amparo constitucional que reciba por correo electrónico, y hace dos días declaraba Wilmar Castro Soteldo, Ministro de Agricultura Productiva—¿hay agricultura improductiva?—y Tierras, en bienvenida de las criptomonedas: “Ahora existe la posibilidad de abrirse espacios en las nuevas formas de transacciones. Es una de las grandes alternativas que tienen los pueblos de preservar la integridad de la humanidad, consolidar la paz y garantizar una vida, así como tener acceso a los bienes, servicios y alimentos”. Claro que tenía que insertarlas en el marco conceptual socialista; también dijo que para la humanidad monedas como el Bitcoin son “una herramienta para alcanzar su soberanía y darle soporte con sus riquezas a través del incentivo que establezcan para estimular la inversiones y el desarrollo productivo de esa economía. Puede ser una opción que cree una nueva etapa económica y financiera globalmente. Y se podría evitar la crisis que quieren generar regando dinero devaluado que se traduce en inflación”. (¿No es esto justamente lo que hace el gobierno de Maduro?) Para Castro Soteldo, las monedas digitales podrían protegernos de la malévola “guerra económica” del capitalismo imperial que tiene la culpa de nuestras privaciones económicas cotidianas. Pero de su exposición se colige que no ha entendido el asunto, pues postula: “La moneda digital es un instrumento que los gobiernos de todo el mundo pueden tener bajo su control y lanzarlo luego en una cesta global que se transa digitalmente, ésta a su vez puede tener como soporte el oro u otros minerales o riquezas tangibles de los países  que le den fortaleza a esquemas alternativos de transacción de bienes y servicios”. Ni las criptomonedas necesitan estar soportadas en otra cosa—oro, por caso—que las propias transacciones ni requieren gobiernos que las controlen; ellas se controlan a sí mismas en los millones de interacciones peer to peer (igual a igual) de los miembros de la comunidad.

Una cierta forma de hacer política—reptiliana: agresiva, territorial, ritual, jerárquica—está muriendo ante nuestros ojos. (¿Cómo puede ser uno territorial en Internet? ¿Quién es su jefe?) (Política natural, 19 de marzo de 2009).

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Ya hay las primeras aplicaciones políticas blockchain en desarrollos recentísimos, como consta en el reportaje Patentan un sistema de votación basado en blockchain. Sus capacidades permitirían tanto votaciones como referendos seguros, inviolables y profundamente democráticos, como se lee allí de un informe del Parlamento Europeo de septiembre del año pasado:

Los procesos de votación electrónicos tradicionales siempre se han caracterizado por realizarse de manera centralizada, es decir, es una empresa o un gobierno quien gestiona todo el proceso de votación y recuento.

El principal inconveniente de estos sistemas es que no son en absoluto transparentes para los ciudadanos, a quienes no les queda más remedio que confiar ciegamente en dicha entidad. En caso de haber cualquier tipo de manipulación en la votación, no podrían detectarlo.

La votación electrónica basada en blockchain resuelve este problema al realizar todo el proceso de manera descentralizada y totalmente transparente para los usuarios, dando el poder de control a la gente.

El poder planetario de las cadenas de bloques permite visualizarlas como la herramienta fundamental de una polis del mundo en formación. En Avant-garde Politician – Leaders for a New Epoch (2014), Yehezkel Dror postula la necesidad perentoria de una “Constitución de la Humanidad”; en eso concurrimos, pero diferimos en el modo de aprobarla. Dror, acostumbrado a moverse en los corridors of power, la imagina redactada y pactada por gobiernos del mundo, mientras que quien escribe, como minúsculo ciudadano del planeta, exige que sea aprobada y promulgada en un referendo planetario, y una aplicación blockchain que aloje una consulta de esa escala es perfectamente posible.

Viene una nueva y más poderosa democracia. LEA

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He aquí otro video que complementa la noción de blockchains y criptomonedas. (Como con el anterior, puede vérsele con subtítulos en español).

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Libros pequeños, grandes ideas

 

A M. G.*

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Un gran pequeño libro

El título de esta entrada es el lema de otra feliz iniciativa de TED—Technology, Entertainment, Design—, la magnífica organización de estimulantes conferencias que obliga al más pintado de los Premios Nobel a exponer un tema importante para la persona 21—”aquella que es capaz de entender y navegar el siglo en el que vive”—en no más de veinte minutos. Tengo en mis manos The Great Questions of Tomorrow de David Rothkopf, el ejecutivo jefe de Foreign Policy, en edición de TED Books. Es un libro de formato pequeño y sólo ciento diez páginas que nos abre la mente al futuro multidimensional que llueve sobre nosotros, en lo que el autor llama “el día antes del Renacimiento”.

El epígrafe, que Rothkopf certifica ha sido atribuido a Albert Einstein, es la guía de la obra:

Si tuviera una hora para resolver un problema y mi vida dependiera de eso, emplearía los primeros cincuenta y cinco minutos en la determinación de la pregunta adecuada que habría que hacer, porque una vez que supiera la pregunta adecuada podría resolver el problema en menos de cinco minutos.

Rothkopf—ver de él en TED.com una presentación relacionada—hace preguntas muy pertinentes a nuestra adaptación al tsunami que se avecina por causa de la era digital: ¿Quién soy? (¿Quiénes somos?), ¿Quién gobierna? ¿Qué es el dinero? ¿Qué es un trabajo? ¿Qué es la paz? ¿Qué es la guerra? Todas estas cuestiones, que creíamos ya definidas para siempre, adquieren con la explosión digital significados inéditos y complejos, que el autor anticipa y explica. Por ejemplo: “¿Necesitan los gobiernos grandes equipos en sus embajadas cuando tantas comunicaciones ya no pasan de persona a persona y, de hecho, a menudo sobrepasan a los diplomáticos por completo (cuyo papel, después de todo, era fundamentalmente el de correveidiles que llevaban formas de comunicación hoy pasadas de moda)?” O esta noticia: “Sólo el 12% de los miembros del Congreso [de los EEUU] tiene un adiestramiento en ciencia o tecnología, según un estudio del Instituto de Políticas de Empleo en 2011”. O, por caso: “Ya existen flujos de datos que mostrarán las fluctuaciones económicas en tiempo real con un increíble nivel de detalle: por comunidades, por cuadras, por familias, por negocios, comoquiera que querramos medirlas. Con el uso de estas herramientas y las nuevas fuentes de datos, el mundo será capaz de encontrar correlaciones jamás imaginadas”. Etcétera.

La lectura del libro me produjo algo cercano al vértigo, que potenció algo que me dijo (hablando de otra cosa) quien me lo trajera de regalo: “Ya nosotros estamos de salida; lo que nos toca hacer es para los jóvenes”. Terminada la lectura, sentí que el cambio es tan descomunal que tal vez nuestros nietos, ni siquiera nuestros hijos, podrán comprenderlo por completo.

Leer la poderosa obrita de Rothkopf fue a la vez para mí causa de maravilla y sobrecogimiento, y eso que ya yo había planteado en el Coloquio El Comunicador Necesario (19 de mayo de 1994): “Cuando aprendíamos historia universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la prehistórica y la histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja”. No hace mucho reincidí en la cosa (El medio es el medio, 29 de abril de 2015):

Las ideologías han perdido su poder de producir soluciones. El registro de la Organización Internacional del Trabajo hace tiempo que superó el millón de oficios diferentes en el mundo. ¿Cómo puede un partido representar en la única categoría de trabajadores una riqueza así, una complejidad de esa escala? Ya no vivimos la Revolución Industrial, cuando toda ideología se inventara; ahora vivimos la de la Internet, la telefonía móvil, las tabletas, las interacciones instantáneas, las enciclopedias democráticas, las apps. La de la biogenética, la cirugía mínimamente invasiva, la posibilidad de introducir al planeta especies vegetales o animales nuevas. La de una sonda espacial posada sobre un cometa, la comprobación experimental de la partícula de Dios o Bosón de Higgs, la fotografía cada vez más extensa y detallada de los componentes del cosmos, la materia oscura, la geometría fractal y las ciencias de la complejidad. La de la explosión de la diversidad cultural, la del referendo, del escrutinio inmisericorde de la privacidad de los políticos y el espionaje universal. La del hiperterrorismo, las agitaciones políticas a escala subcontinental, el cambio climático. Nada de esta incompleta enumeración cabe en una ideología, en la cabeza de Stuart Mill, Marx, Bernstein o León XIII. Cualquier ideología—la pretensión de que se conoce cuál debe ser la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que aún no lo sea—es un envoltorio conceptual enteramente incapaz de contener ese enorme despliegue de factores novísimos y revolucionarios. Ésta es una revolución de revoluciones.

Es mi más decidida y entusiasta recomendación conseguirse una copia del librito de Rothkopf y leerlo. Algún editor inteligente en lengua española debiera publicarlo inmediatamente traducido al castellano. LEA

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* MG era una marca de automóviles deportivos que algunos pavos de los años 50 admirábamos, junto con los Austin Healey, los Triumph, los AC Bristol…

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Mariaca Piaf

 

Un espectáculo de clase mundial

Un espectáculo de clase mundial

 

Mi señora y yo tuvimos el privilegio de asistir a la última función de Piaf, voz y delirio, un insólito espectáculo montado sobre los hombros de María Carolina (Mariaca) Semprún en el Centro Cultural Chacao. La habíamos visto en teatro puro—Un informe sobre la banalidad del amor, de Mario Diament—, cuando encarnó a Hannah Arendt en el teatro de la Asociación Cultural Humboldt, y ya aquella tarde en San Bernardino nos impresionó su poderosa y competente actuación en la pieza que da cuenta de los accidentados amores de la pensadora judía con Martín Heidegger, el importante filósofo alemán. Eso fue a comienzos de 2011; en septiembre del mismo año sentimos curiosidad por ver su interpretación como María Von Trapp en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, donde se montó una precisa y ágil rendición de La Novicia Rebelde (Rodgers & Hammerstein). No sospechábamos que pudiera cantar tan bien, y nuestra admiración creció al constatar cómo pasaba con facilidad de la palabra declamada a la cantada. Cinco años después, oímos los rumores elogiosos de su desempeño como avatar de Édith Piaf y nos agenciamos dos boletos cuyo costo asumió mi señora (gracias). Íbamos preparados para ver un trabajo importante, pero nuestras expectativas fueron grandemente excedidas por la maravilla de su encarnación del Gorrión de París.

Su esposo, Leonardo Padrón, escribió el texto inteligente, profundo, fresco, sabio, instantánea e irreversiblemente convincente de sus parlamentos, acicateado por la idea original de Mariaca y “el remolino” de su temprana y concienzuda preparación para el desafío, que incluyó la ayuda de un coach de francés. Luego de incorporar al director—Miguel Issa—y su hábil concepto teatral, se inició la fase de ensayos; entonces reporta el libretista:

Y una tarde, en un espacio desnudo de artificios teatrales, con una luz que atravesaba limoneros y matas de mango, mientras Mariaca desconfiguraba su cuerpo para simular la artrosis y la decadencia de Piaf, mientras de su garganta salían los primeros versos de “La Vie en Rose”, y unos largos percheros giraban a su alrededor simulando una escenografía en movimiento, ocurrió un instante decisivo: el presentimiento de la belleza.

Eso fue lo que vimos ayer mi señora y yo en una sala repleta: dos horas de belleza actoral y lírica, dos horas de monólogo—otros actores de apoyo no pronuncian palabra mientras cambian constantemente el escenario o inyectan morfina a la Momme—, y ella sola canta ¿una veintena de canciones? No es sólo la potencia de su voz o su entonación, es la metamorfosis de Piaf desde su juventud hasta su término vital, cuando nos confía: “Je ne regrette rien”. ¿Cómo puede alguien monologar y cantar durante 120 minutos con tanta eficacia? ¿Cómo pudo ella envejecer ante los ojos del público, cada gesto a la vez estudiado y espontáneo, cómo mostrarnos su dolor y su amor esencial—¡es físico!”—por su canto, cómo aprendió los pasos cortos y deslizantes de una persona mayor disminuida por el deterioro físico y la pena? Gesticulación, dicción, énfasis, convicción, ritmo, amalgamados en un profesionalismo asombroso, digno de Nueva York, Londres o, por supuesto, París.

La increíble performance se apoyaba, además, en una escenografía que diseñara Alfredo Correia como móvil perpetuo, y una información visual de la época de los acontecimientos que se proyectaba sobre el panel traslúcido que retenía atrás la maravillosa ejecución de los músicos, que tocaban los arreglos de Hildemaro Álvarez, el estupendo pianista del conjunto. Todo digno de Nueva York, Londres o, por supuesto, París; todo digno de Édith Piaf.

¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Gracias! El público, que premiaba cada fiel canto con explosivos o tiernos aplausos, siempre agradecidos y asombrados, se puso unánimemente en pie para la ovación de cierre en una explosión de alegría y orgullo venezolano, en gritos y silbidos de júbilo y gratitud incontenibles por lo que se nos había concedido, digno de Nueva York, de Londres, de París, de Piaf, en cada detalle de la producción. ¡Qué Maraca’e Piaf! LEA

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No pudiendo disponer del registro de lo que escuchamos en la voz de Mariaca Semprún, deberemos pasar con seis canciones en la de Édith Piaf. C’est dommage!

Sous le ciel de Paris

La foule

La vie en rose

Les feuilles mortes (en inglés)

Padam, padam

Non, Je ne regrette rien

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Soplando en el viento

larousse-semeuse

El diccionario de nuestra infancia

 

El Premio Nobel en Literatura para 2016 es conferido a Bob Dylan “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición americana de la canción”.

Boletín de Prensa de la Academia Sueca

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El Diccionario Larousse nos aportó su suave divisa: “Je sème à tout vent” (Yo siembro a todos los vientos). Eso mismo era el lema de combate musical-literario de Bob Dylan—Blowin’ in the wind—, Premio Nobel de Literatura de 2016. Alguien me preguntó hoy: “¿Y él escribió un libro?” No hacía falta; la literatura siempre fue cantada, como consta del Diccionario de la Lengua Española:

rapsoda Del fr. rhapsode, y este del gr. ῥαψῳδός rapsōidós, de ῥάπτειν ráptein ‘coser’ y ᾠδή ōidḗ ‘canto’ Recitador que en la Grecia antigua cantaba poemas homéricos u otras poesías épicas.

Que no venga nadie, por consiguiente, a cuestionar al poeta Dylan, que cosió sus canciones en nuestros oídos. Agradezcamos, en cambio, la profunda sabiduría de la Academia Sueca que ha reconocido su trayectoria de literato en un mensaje de humana solidaridad.

How many roads must a man walk down
Before you call him a man ?
How many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand ?
Yes, how many times must the cannon balls fly
Before they’re forever banned ?
The answer my friend is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind.

Yes, how many years can a mountain exist
Before it’s washed to the sea ?
Yes, how many years can some people exist
Before they’re allowed to be free ?
Yes, how many times can a man turn his head
Pretending he just doesn’t see ?
The answer my friend is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind.

Yes, how many times must a man look up
Before he can see the sky ?
Yes, how many ears must one man have
Before he can hear people cry ?
Yes, how many deaths will it take till he knows
That too many people have died ?
The answer my friend is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind.

 


LEA

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Dios es un cerebro

 

Imagen por rayos X de un cerebro

Imagen por rayos X de un cerebro

 

A Juan Manuel Santos, Premio Nobel de la Paz

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Cuatro de la mañana o algo así, cuatro y cuarto de la madrugada a lo sumo. Me despierta un intenso fulgor, pero al abrir los ojos la habitación está a oscuras, como se supone que esté a esa hora. A mi lado, mi esposa duerme un sueño profundo.

Siento que mi incipiente conciencia madrugadora pasa gradualmente a ser poseída por otra que no es la mía, y entiendo que sólo los músculos de mis ojos me obedecerán mientras dure la posesión, que no sé si tendrá término. Una voz con acento centroamericano empieza a hablarme al interior de mi cráneo, pronuncia mi nombre, y aumenta su volumen hasta estabilizarse en un nivel tolerable, desde el que me llama una y otra vez, como si dijera probando, probando, 1, 2, 3, probando…

—Soy Claudio Salazar, salvadoreño. Estoy muerto; es decir, mi cuerpo ha muerto. Perduro en alguna de las neuronas de Dios. Se me ha permitido constatar que hay, por decirlo así, vida perdurable. Bueno, no sólo a mí, sino a toda alma que persiste en el cerebro que es Dios y se interese en el asunto.

Intenté una réplica en pregunta y me fue imposible. Como si hubiera leído mi mente, la voz prosiguió.

—Deja que te explique. No es la vida perdurable en un cielo concebido para premio de vidas justas, para adoración del Creador; Dios no es católico. (Ni budista; tampoco de la religión de los celtas o de ninguna otra). Es más bien que Dios no puede hacer otra cosa que recordarnos, pues almacena automáticamente en su memoria descomunal—no sé a ciencia cierta si es infinita, aunque sospecho con buenas razones que no lo es—el registro de la vida de cada uno de nosotros. Y cuando te digo registro te digo que es de absolutamente todo lo que experimentamos mientras nuestras conciencias fueron el epifenómeno de una materia gris. He vuelto a oler la leche de mi madre, por ejemplo; he vuelto a ver la niña de quien me enamoré por vez primera, a sentir el dolor de una nalgada de mi padre y a saber por qué me la propinó; he recuperado con todas sus palabras la cuarta clase de Mineralogía que recibí con mis compañeros en el bachillerato; he jugado todos los juegos de pelota con todos mis sudores y esfuerzos y la pérdida de aliento por ellos; he recordado de memoria cada uno de los libros que he leído… Todo eso está aquí, en la neurona divina que se me ha asignado. No nos acompaña el cuerpo que tuvimos, aunque sí la información de todas sus sensaciones, todas. Ahora continuamos pensando dentro de Dios.

Creo que intenté preguntar de nuevo y oí algo que sonó como un bufido apagado que salió por mis fosas nasales. Era yo presa de la inquietud, y entonces vi el rostro de Salazar, serenamente sonriente—un holograma de ultratumba, por supuesto—, y una calma placentera disolvió suavemente mi angustia. En cuanto estuve tranquilo ya no vi más su cara. Decidí no formular preguntas; él parecía saber lo que hacía y no me amenazaba.

—Yo no puedo acceder a tus experiencias guardadas en otra neurona divina, pero se me ha permitido comunicarme contigo. Parece que todo muerto puede hacer eso con un puñado de vivos, y escoger el mensaje verdadero y bueno (son las dos condiciones) que transmitirá a quienes todavía son mortales.

Entonces me invadió una curiosa anticipación, casi intolerable, de nuevo inquieto, expectante. Salazar habló una vez más antes de desaparecer de un todo.

—Te elegí en un mapa de la Tierra. ¿Sabes lo que hace Google Earth? Bueno, algo así, sólo que en vez de calles y árboles ves personas, y no estáticas como si hubieran sido fotografiadas en algún instante de pasado, sino en su vida actual, en sus exactas circunstancias momentáneas. Voy a decirte a qué vine.

Sentí, no sé cómo, que mis ojos brillaban de esperanza en la oscuridad y terminé de escuchar.

—Vine a decirte que dar no es un deber—sentenció—, es un derecho. Todos tenemos derecho a dar.

Después de eso no percibí otra cosa de él. Salazar no se despidió—tal vez quiso dejar la verdad que me había regalado sin la distracción de su adiós, que la habría hecho borrosa disminuyéndola de algún modo—, pero supe que se había ido de mi cabeza y también que yo no soñaba. Vi a mi esposa de nuevo, memoricé con precisión, como si fuere a ser necesario atestiguarlo luego, los objetos apilados sobre mi mesa de noche y la exacta disposición que adoptaban—”minúsculos granos de ceniza que adoptan una presuntuosa disposición”, he leído en alguna parte—, y entonces entró mi hijo, enfundado en su bata, con ánimo de despertarme sin saber que yo no estaba dormido. Me dijo:

—Papá: tienes una llamada telefónica de Oslo. §

 

LEA

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Concierto del Báltico

Atardecer desde la costa de Estonia

Atardecer calmo sobre la costa de Estonia

 

A la mujer que cantaba más allá del genio del mar

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Supongamos ahora que surcamos el Mar Báltico, desde su apoyo en la pared occidental que le ofrece Dinamarca—por el canal que ésta forma con Suecia se comunica con el Mar del Norte—hasta el extremo oriental ruso de San Petersburgo. Veremos costas danesas, suecas, finlandesas, estonianas, polacas y rusas. (Claro que uno puede abordar el crucero en Ámsterdam para desviarse hasta los fiordos noruegos y omitír las de Letonia y Lituania, que con Estonia forman el grupo, justamente, de los Países Bálticos. Hasta pudiera uno, si la temperatura lo permite, bañarse en Warnemünde, el balneario de Rostock, Alemania).

El nórdico Nordqvist

El nórdico Nordqvist

Se trata del mar. ¿No quedamos en eso? Bueno, para iniciar el programa hagámonos los suecos: que venga a cantar del sueco Gustav Nordqvist Till havs (Al [o hacia] el mar) otro sueco, el mejor tenor de todos los tiempos: Jussi Björling, que gustaba de navegar en velero y pescar en el archipiélago de Estocolmo. (Lo acompaña la Orquesta Real Sueca que dirige Sune Waldimir—¡oh sorpresa—, otro sueco más, otro báltico).

Till havs

A punto de equinoccio (21 al 24 de septiembre), cabe escuchar ahora Otoño, de la suite Las estaciones, compuesta por el ruso Alexander Glazunov (1865-1936), quien fuera Director del Conservatorio de San Petersburgo. (El estoniano Neeme Jarvi conduce a la Orquesta Nacional de Escocia).

Otoño

Poster de W. E.

Poster de W. E.

Reposemos de esa brillante vitalidad con dos piezas más tranquilas: Spiegel im spiegel (Espejo sobre espejo) de Arvo Pärt, tal vez el compositor más destacado del momento (al menos el más grabado), nacido en Estonia; la interpretan Jürgen Kruse al piano y Benjamin Hudson con la viola. Luego, no buscaremos a Federico Chopin ante la costa de Polonia, sino a su compatriota contemporáneo Abel Korzeniowski; su bella pieza Charms (Encantos), parte de la banda de sonido que compuso para musicalizar W. E.—una película dirigida por Madonna en 2011—, es interpretada por una orquesta de ocasión de sesenta ejecutantes que dirigió Terry Davies, grabada en los célebres estudios londinenses de Abbey Road.

Spiegel im spiegel

Charms

 

Intermedio

 

Mapa batimétrico del Báltico

Mapa batimétrico del Báltico

 

Compositor del espacio

El compositor del espacio

La segunda parte del programa la ocupa enteramente la grandiosa Segunda Sinfonía en Re mayor, op. 43 del gran maestro finlandés Jan Sibelius, nacido en el mismo año que Glazunov y fallecido en 1957, a quien veinte años antes la revista Time pusiera en portada. Ésta la dirige estupendamente nuestro Gustavo Dudamel, al frente de la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo (la segunda ciudad más grande de Suecia). Sus movimientos:

I. Allegretto – Poco allegro – Tranquillo, ma poco a poco ravvivando il tempo all’allegro – Poco largamente – Tempo I – Poco allegro.

II. Tempo andante, ma rubato – Poco allegro – Molto largamente – Andante sostenuto – Andante con moto ed energico – Allegro – Poco largamente – Molto largamente – Andante sostenuto – Andante con moto ed energico – Andante – Pesante.

III. Vivacissimo – Lento e soave – Tempo primo – Lento e soave – (attacca).

IV. Finale: Allegro moderato – Moderato assai – Meno moderato e poco a poco ravvivando il tempo – Tempo I – Largamente e pesante – Poco largamente – Molto largamente.

(No hay pausa entre el tercero y cuarto movimientos).

Sinfonía en Re mayor

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Encore. Final del viaje: del compositor danés Carl Nielsen, nacido increíblemente en el mismo año mágico de 1865—muere en 1931—, su Marcha del festival oriental, de la Suite Aladino. (Un ruso, Yevgeny Svetlanov, indica a la Orquesta Philharmonia cómo interpretarla).

Marcha del festival oriental

Snart (hasta pronto en danés). LEA

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