Las artes catastróficas

Anthony Frederick Augustus Sandys (1829-1904): Casandra

Anthony Frederick Augustus Sandys (1829-1904): Casandra

Casandra fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. (…) El «síndrome de Casandra» es un concepto ficticio usado para describir a quien cree que puede ver el futuro, pero no puede hacer nada por evitarlo.

Wikipedia en español

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Tengo un amigo que me remitió una noticia que mucho le preocupaba: la agencia Moody’s, una calificadora de riesgos estadounidense, acababa de rebajar “la calificación de los bonos venezolanos en bolívares de B1 a Caa1 y en dólares de B2 a Caa1 con perspectiva negativa, ante el ‘notorio incremento’ del riesgo de colapso económico y financiero”. (Entorno Inteligente). Le comenté que había gente acá que celebraba cosas así; mientras peor pueda pintarse el cuadro nacional más parece aumentar su satisfacción ciudadana. Ripostó diciendo que había que saber dónde estábamos parados, como si no nos hubiéramos percatado de la difícil situación económica de la nación antes de que Moody’s, y previamente Standard & Poor, hablaran.

Este amigo no es el único que me alarma; otro tiene meses hablándome de lo mismo, y en los últimos días ha arreciado su angustia. Ayer me advirtió del crack económico, fiscal, monetario que se nos viene encima”. Este último allegado es de las personas mejor informadas que conozco; produce un blog que se adentra con gran conocimiento en los eventos y procesos descollantes del planeta, y en 2011 y comienzos de 2012 pronosticó en una serie de trabajos poco menos que la desaparición de Europa. Éstos son algunos de los títulos con los que encabezaba sus artículos de ese tiempo: La eurozona zozobra; Europa en barrena; El “efecto cascada” incendia a Europa; Grecia: cuna y tumba de Europa; La des-Unión Europea; Al borde del caos; Europa: un pandemonio; Europa en el desbarrancadero; Euro 2012: un nuevo Titanic; La pandemia europea; Los últimos días de Europa.

Por la misma época (18 de noviembre de 2011), este blog veía las cosas de diferente modo:

…crujen las economías de doce repúblicas de la Unión Europea. Conductas macroeconómicas en gran medida irresponsables, exageradamente optimistas o arrogantes, han puesto en peligro el gran experimento de la integración de Europa. Ya hay quien expide certificados de defunción del euro; Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, ha hecho precisamente eso: “This is the way the euro ends. Not with a bang but with bunga-bunga”. (El 9 de noviembre en su blog en The New York Times). Como él, la mayoría de los analistas espera el deceso del sueño europeo.

Y, sin embargo, viendo las cosas bien, asistimos a un inusitado esfuerzo de cooperación de los jefes de Estado de Europa. Nunca antes, los líderes del Viejo Continente habían actuado de manera tan coordinada, tan sinérgica. (Merkel y Sarkozy destacan por su diligencia y desprendimiento, por su prudencia). Antes resolvían sus problemas con guerras que extendían al mundo, dos veces el siglo pasado. Ahora los líderes se reúnen y acuerdan tratamientos sensatos.

La Zona Euro no ha muerto todavía; es más, se puede argumentar que se dirige a un nuevo estadio evolutivo. El peligro común alimenta el cambio, dirigido a un ulterior fortalecimiento de las instituciones centrales. Así, se le pide al Banco Central Europeo que funcione abiertamente como lo hace la Reserva Federal de los Estados Unidos, que intervenga para salvar a la moneda única del continente.

Stuart Kauffman es el biólogo teórico que destacara que la rica complejidad de la vida resulta no sólo de la selección natural de una competencia darwiniana, sino de una auto-organización que emerge de dinámicas bastante distantes del equilibrio. Un cristal es completamente organizado, sus átomos en posiciones fijas dentro de una estructura regular; pero un cristal es una estructura muerta. La desorganización total, por otra parte, es también la negación de la vida, que requiere la preservación de estructuras orgánicas. Por eso dice Kauffman que la complejidad de los organismos y los sistemas biológicos se crea en una franja al borde del caos.

Creo que es justamente eso lo que ahora ocurre en Europa y que, a pesar de los anuncios de Casandra, la fuente de la cultura occidental terminará por resolver su crisis sistémica. Europa saldrá fortalecida, una vez más, de tierras griegas y romanas. (En Los apremios de una mujer fenicia).

Hoy, 18 de diciembre, escribe Melvyn Krauss en The Irish Examiner el artículo Razones tras la misteriosa fortaleza del euro, donde certifica: “Desde septiembre, el euro ha aumentado su valor en más de 4%, a US$ 1,37 ayer sobre US$ 1,31%”. También hoy, se reporta que los ministros de finanzas de la Zona Euro han hecho progresos en negociaciones clave para la formación de una unión bancaria, la que incluye provisiones de financiamiento de bancos en grave situación. La Unión Europea subsiste como la mayor economía del mundo, superando a la de los Estados Unidos y la de China; Europa dista mucho de ser un montón de ruinas.

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Europa no ha terminado de superar su recesión, obviamente (los Estados Unidos a duras penas), y Venezuela ha alcanzado una tasa de inflación anual que supera 50%, sufre de una marcada escasez de productos básicos y mantiene una tasa oficial de cambio nada realista: el mercado paralelo de dólares, ante la escasez de divisas provistas por el gobierno, ya ha llegado a ofrecer por la divisa estadounidense diez veces el valor oficial, mientras disminuyen las reservas de moneda extranjera y la economía como conjunto desacelera. Encima de esos problemas coyunturales, persisten rasgos estructurales—principalmente la excesiva dependencia de la industria petrolera—que hacen de la economía venezolana un sistema acromegálico y, para coronar, el simplismo ideológico del oficialismo le lleva a la guerra con la empresa privada. Una parte considerable del aparato productivo ha sido destruida o estatizada con destacada ineficiencia.

Pero ¿está el colapso económico de Venezuela a la vuelta de la esquina, o es tal cosa un mal augurio más de los coleccionistas de worst-case scenarios? Mark Weisbrot, un economista estadounidense que simpatiza con el gobierno venezolano, no cree que ése sea el caso; así argumentaba en The Guardian (El tan esperado apocalipsis en Venezuela es poco probable) el 7 de noviembre:

Es poco probable. En los análisis de la oposición y de los medios internacionales, Venezuela está entrampada en un espiral de inflación y devaluación. La hiperinflación, una deuda externa en aumento y una crisis en la balanza de pagos marcarían el final de este experimento económico. Pero en el año 2012, Venezuela alcanzó los $93,6 millardos en ingresos petroleros, frente a importaciones totales en la economía—a unos niveles históricamente altos—de $59,3 millardos. La cuenta corriente en la balanza de pagos registraba un superávit de $11 millardos. Los pagos de intereses sobre la deuda pública externa sumaban apenas $3,7 millardos. A este gobierno no se le van a agotar los dólares. Actualmente, el Banco Central cuenta con $23 millardos en reservas, y los propios economistas de la oposición estiman que existen otros $15 millardos en manos de otras instancias del gobierno, sumando así un total de $36,4 millardos. Normalmente, las reservas que puedan cubrir tres meses de importaciones son consideradas suficientes; Venezuela cuenta con las reservas necesarias para cubrir por lo menos ocho meses, y posiblemente más. También tiene la capacidad de solicitar créditos a nivel internacional. (…) Lo que verdaderamente disparó la inflación, ya hace un año, fue un recorte en el suministro de dólares al mercado de cambio de divisas, los cuales se redujeron a la mitad en octubre del 2012 y prácticamente fueron eliminados en febrero. Esto hizo que más importadores tuvieran que comprar dólares cada vez más caros en el mercado negro. La devaluación de febrero también contribuyó en algo a la inflación, aunque probablemente no tanto. Pero desde entonces el gobierno ha aumentado sus subastas de dólares, anunciando también un plan para aumentar las importaciones de alimentos y otros bienes, lo cual seguramente ejercerá cierta presión hacia la baja en los precios. (…) Ciertamente, Venezuela se enfrenta a algunos problemas económicos serios. Pero éstos no son del tipo que sufren por ejemplo Grecia (ya en su sexto año de recesión) o España, que se ven atrapadas en un arreglo donde la política macroeconómica es fijada por factores cuyos objetivos entran en conflicto con su recuperación económica. En cambio, Venezuela cuenta con suficientes reservas e ingresos en divisa extranjera para hacer lo que quiera, incluyendo empujar hacia abajo el valor del dólar en el mercado negro y eliminar buena parte del desabastecimiento. Estos son problemas que pueden ser resueltos de manera relativamente rápida mediante cambios en las políticas. Venezuela—al igual que la mayor parte de las economías del mundo—también sufre problemas estructurales de largo plazo, como lo son una sobredependencia respecto del petróleo, una infraestructura deficiente y una capacidad administrativa limitada. Pero no son éstas las causas de sus dificultades actuales.

En verdad, hay dos rasgos de consistente prudencia financiera que han caracterizado a las administraciones del chavismo: los presupuestos se calculan a precios del petróleo significativamente menores que los reales, y las obligaciones de deuda externa han sido canceladas puntualmente. Es su concepto de “guerra económica”, que le ha sido necesario para apaciguar a sus partidarios radicales, lo que le ha impedido la flexibilidad que una versión moderna de la economía exige.

Pero ya están atrás las elecciones municipales que cierran el ciclo de cuatro comicios en catorce meses (7 de octubre y 16 de diciembre de 2012 y 14 de abril y 8 de diciembre de este año), uno detrás de otro. Tal vez las autoridades económicas venezolanas estén ahora más abiertas a considerar el modelo de un patriarca del socialismo: China, cuyo Partido Comunista ha reunido su 18º Comité Central para aprobar el mes pasado el Plan 383 (con penetración hasta 2030), que comienza por declarar: “En primer lugar, se trata de implementar reformas estructurales para fortalecer los cimientos de una economía basada en el mercado por medio de la redefinición del rol del gobierno; reformar y reestructurar las empresas del Estado y los bancos del sector público; desarrollar el sector privado; promover la competencia; y profundizar las reformas en cuanto a los factores tierra, trabajo y mercados financieros”. Los jerarcas chinos no llaman a los empresarios privados la derecha “fascista” o “parasitaria”; son sus socios en el desarrollo de la cuna de Confucio y de Mao.

Gracias a la invención del “Plebiscito de la Inmaculada Concepción” por Capriles Radonski, el gobierno dispone de mayor capacidad de maniobra después de su triunfo electoral. Ya habla con tranquilidad del aumento-tabú de la gasolina—mientras la mayoría de los dirigentes opositores critica lo que antes propugnaba—, y se prepara para una nueva devaluación, una de las medidas de ajuste que alejarían el riesgo de colapso temido por Moody’s. Haría bien en atender la recomendación implícita en el artículo de Weisbrot: los problemas “pueden ser resueltos de manera relativamente rápida mediante cambios en las políticas”. Lo que no debe hacer es emperrarse en la rígida lógica revolucionaria. Hasta Vladimir Ilich Lenin—para Ángel Bernardo Viso “probablemente el maestro indirecto de Hugo Chávez Frías” (Las revoluciones terribles)—tuvo que dar “un paso atrás para dar dos adelante” con su NEP (Nueva Política Económica) de 1921.

Es natural, por descontado, que luego de una derrota electoral como la del 8 de diciembre aumente en los voceros de la oposición su tendencia a hacer predicciones catastróficas, y que quienes tienen de nacimiento una vocación catastrofista se sumen a esos profetas del desastre. Si fueran consistentes con sus pedimentos de diálogo, pudieran disponerse, en bien del país, a contribuir con una prédica moderada; si persiguen, con muy buenas razones y algunas bastante malas, que el gobierno cambie, pudieran comenzar por cambiar ellos. LEA

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La Edad Compleja

Una genio de 26 años

Una genio de 27 años

A mi estrellita, otra vez, en el mes de sus 28

Por amable aviso de Gonzalo Pérez Petersen he sabido de la existencia del video visible al final de esta nota; da cuenta del desarrollo civilizatorio posiblemente más importante, más fundamental de todo el siglo que comienza. Sobre la red digital que se expande y se llena de significados en cantidades multimillonarias, sobre ese complejo cerebro del mundo en construcción, Kira Radinsky, investigadora israelí de 27 años de edad, ha logrado implantar un nuevo lóbulo frontal de interpretación y predicción. Reporta The Times of Israel: “Radinsky, junto con su socio Eric Horvitz, co-director de Microsoft Research en Redmond, Washington, desarrolló un software que analiza la web en busca de señales de patrones, en sitios de noticias y archivos históricos, que han conducido a la emergencia de enfermedades, muerte o motines en el pasado y los compara con las condiciones actuales. Es una forma muy sofisticada de minería de datos, que permite un análisis profundo de eventos dispares y percibe cómo se repiten una y otra vez”. La aplicación de los algoritmos que ha desarrollado permitirá la prevención de tragedias.

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El 19 de mayo de 1994, participé en el Coloquio El comunicador necesario, organizado en Maracaibo en honor al influyente profesor Sergio Antillano, formador de varias generaciones de brillantes periodistas. (El texto de mi participación fue reproducido en la Ficha Semanal #215 de doctorpolítico, que dediqué a mi hija María Ignacia—pluma y carácter—, comunicadora social de la UCAB que ahora se apresta al Master en Arte y Comunicación de la Universidad de París). Allá expuse hace casi veinte años:

…estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.

Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.

Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.

(…)

Cuando aprendíamos historia universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la prehistórica y la histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.

(…)

Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.

Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prygogine.

Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.

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Existe la matemática de la complejidad: la geometría fractal.

Los fractales son estructuras matemáticas cuyo desa­rrollo comienza a princi­pios de siglo, con el trabajo del matemático polaco Waclaw Sierpinski y del francés Gaston Julia, pero su designación por ese nombre se produce en 1975 y re­almente se toma conciencia general de ellos en 1983, con la publi­cación de la obra de Mandel­brot, “La geometría fractal de la naturaleza”.

Los fractales ofrecen un método extraordinariamente compacto para la descripción de ciertos objetos y formaciones. Muchas estructuras exhiben una regularidad geométrica subya­cente que se conoce como invariancia a la escala o autosimilaridad. Este es el caso, por ejem­plo, de la línea de las costas, en las que uno se topa con la misma “fractalidad” a medida que las mira desde diferentes distancias. Si se somete al examen a estos objetos en diferentes es­ca­las, se encuentra repetidamente a los mismos elementos fundamentales. El patrón repetitivo de­fine la dimensión fraccional, o fractal, de esas estructuras. Mandelbrot acuñó la expresión “fractal” a partir del latín fractus, partido o fraccionado.

La geometría fractal describe las formas naturales de un modo mucho más sucinto que la geometría de Euclides. De aquí su poder descriptivo y una de sus principales aplicaciones prác­ticas. La descripción de un cierto objeto complejo por medio del lenguaje fractal puede redu­cir significativamente la cantidad de datos necesarios para transmitir o almacenar una imagen. La hoja de un helecho, por ejemplo, puede ser completamente descrita por un algo­ritmo fractal que se basa en 24 números. Un procedimiento euclidiano que pretendiera hacer lo mismo punto a punto requeriría el manejo de varios cen­tenares de miles de valores numéricos. Es por esto que las técnicas fractales son hoy objeto de intenso estudio por los especialistas en transmisión de imágenes por televisión. El tiempo, la complejidad y el costo de transmitir imágenes de saté­lites podrían ser reducidos drásticamente con el empleo de códigos basados en fractales.

Es difícil imaginar a los fractales sin recurrir a imágenes. Esto, que para un matemático clásico constituiría una concesión de mal gusto y atenta­toria contra el estilo de las matemáticas puras, es hoy en día herramienta co­tidiana de los matemáticos de la fractalidad, quienes hacen uso intensivo de computadores de alto poder para estudiar las estructuras generadas por sus ecuaciones. Que son estructuras complejísimas, de una riqueza insólita, gene­radas a partir de ecuaciones sencillísimas.

Este hecho es lo que hace que la geometría fractal sea el lenguaje ma­temático del “caos”, otra teoría contemporánea y novísima que promete una comprensión mucho más profunda de los procesos del universo. La teoría del caos estudia aquellos fenómenos que siguen reglas deterministas estrictas y sin embargo son impredecibles en principio. La turbulencia atmosférica, el latido del corazón humano, el movimiento de los precios en un mercado, el “ruido rosado” que los ingenieros de sonido emplean para calibrar sus equi­pos, son algunos de los fenómenos que tienen comportamiento caótico y que comienzan a ser entendidos ahora con ayuda de la ciencia fractal. Esos fenó­menos exhiben patrones de variación similares si se les considera en di­feren­tes escalas temporales, del mismo modo que los objetos con invariancia a la escala exhi­ben patrones estructurales similares a diferentes escalas espaciales. Hay, pues, una profunda rela­ción entre la geometría fractal y los comporta­mientos caóticos: la geometría fractal es la geometría del caos.

El dominio del lenguaje fractal hace entrever la posibilidad de mejo­res y más profundas intuiciones acerca de los procesos básicos del universo, de la evolución de las especies, de la conducta humana. Se trata de una revo­lución excitante, que posiblemente sea el componente más profundo y pode­roso de una nueva episteme, de una nueva concepción del mundo. (Tratamiento al problema de calidad de la educación superior en Venezuela, diciembre de 1990).

Los algoritmos descritos en el video hacen uso de nociones de fractalidad, puesto que encuentran similaridades de los fenómenos, y es la autosimilaridad fractal de la historia lo fundamental para los historiadores venideros; haremos historia fractal. Kira Radinsky es el producto de una estrategia educativa como la esbozada arriba, y nada debiera impedir su adopción en Venezuela: “Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro”.  (El mes de Jano, referéndum #11, enero de 1995). Una edad nueva de la historia ha comenzado. Después de malversar trece años de un nuevo siglo en política regresiva, es tiempo de lanzarnos al porvenir. LEA

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Programa de estudio

Estructura en la naturaleza

Estructura en la naturaleza. (Fotografía de Klaus Enrique)

A Leo, mi constante solución

Antes de que mi curiosidad se mudara a otros terrenos,* el campo al que dirigía casi toda mi atención era el biológico, al punto de que al salir del bachillerato opté por la carrera médica, lo que complació mucho a mi madre. Tal interés fue en gran medida alimentado por las clases de José Abel Montilla, Profesor de Biología en el Colegio La Salle de La Colina. Cuando hacía con mis compañeros el cuarto año de bachillerato, Montilla inventó un debate en el que confrontaríamos las ideas sobre la evolución de las especies de Charles Darwin (1809-1882) y del predecesor Jean-Baptiste Pierre Antoine de Monet, Chevalier de Lamarck (1744-1829). Tocó a Bernardo Augusto Nouel Perera—a quien desde entonces nos referiríamos como Cromagnon—postular las tesis darwinistas, mientras yo debí hacer la defensa de Lamarck. Éste sostenía que los organismos poseían una tendencia a hacerse más complejos, ascendiendo por una escalera de progreso: “Le pouvoir de la vie or la force qui tend sans cesse à composer l’organisation”. (Histoire naturelle des animaux sans vertèbres, 1815).

Ciento ochenta años después, Stuart Kauffman reivindicaría en cierto modo esa noción lamarckiana, y declararía incompleta la explicación darwinista de una evolución ciega a base de variaciones azarosas, que serían preservadas cuando fuesen útiles en un predominio del más fuerte al competir con otros organismos por la supervivencia. Lo que se reproduce abajo son tres extractos de su obra de 1995—At Home in the Universe: The Search for Laws of Self-Organization and Complexity—: el Prefacio y dos fragmentos de su Capítulo 1, cuyo título es el mismo del libro.

Algún ignorante creyó ver en mí un anarquista cuando, cuatro años antes del libro de Kauffman, presenté y comenté en el Instituto de Formación Arístides Calvani el video Chaos, en una copia VHS que obtuve de Maravén, la subsidiaria de PDVSA que patrocinaba la serie Dimensión de la Televisora Nacional. Entre los asistentes a mi presentación se encontraba el empresario Henrique Machado Zuloaga, y esta circunstancia me impulsó a sugerir que las nociones de las nacientes teorías del caos y la complejidad ofrecían una base más sólida para sostener la naturalidad de los mercados que una defensa ideológica sobre la idea de libertad: el liberalismo. (Ver en este blog las dos primeras secciones de Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela).

El geómetra del cosmos

El geómetra del cosmos

No es nada común que los operadores políticos convencionales—prácticamente toda la dirigencia nacional, oficialista u opositora—tengan al menos noticia de las teorías de la complejidad, el caos, los enjambres o las avalanchas. Pero son ellas las que proveen ahora los marcos mentales más pertinentes y poderosos para la comprensión de las sociedades humanas y sus economías. (“El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos”. Proyecto de la Sociedad Política de Venezuela – Documento Base – febrero de 1985. Ya para entonces yo había leído The Fractal Geometry of Nature, Benoît Mandelbrot, 1982).

Nuestros políticos son, en buena medida, darwinistas, puesto que entienden su oficio como lucha por el poder. (“Mi planteamiento es que los intelectuales, los sectores profesionales y empresariales, los líderes de la sociedad civil no pueden seguir de espaldas a la realidad de los partidos, y sobre todo, a la realidad de los partidos que protagonizan la lucha por el poder”. Pedro Pablo Aguilar, en El Nacional, 7 de junio de 1986). El mismo presidente Chávez, a las pocas semanas de su primera toma de posesión, envió una misiva a la Corte Suprema de Justicia que comenzaba así: “Montesquieu evidenció que las verdades no se hacen sentir sino cuando se observa la cadena de causas que las enlaza con otras y, en términos de introspección e inferencia de relaciones entre ideas y contenidos descubrió que las leyes son relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas”. Esa carta cerraba con estas palabras: “Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado”. (Destacados de Hugo Chávez). Sus concepciones, entonces, les impiden hacer una política competente, una que comprenda la complejidad de las sociedades de este siglo. Pudieran empezar por leer a Kauffman.

De él dice la presentación de su libro por Amazon, la gran librería virtual: “Ha comenzado una gran revolución científica, un nuevo paradigma que rivaliza en importancia con la teoría de Darwin. En su centro está el descubrimiento del orden que reside profundamente dentro de los sistemas más complejos, desde el origen de la vida y pasando por el funcionamiento de corporaciones gigantescas hasta el surgimiento y la caída de grandes civilizaciones. Más que de nadie, esta revolución es la obra de un hombre, Stuart Kauffman, un visionario pionero en la nueva ciencia de la complejidad”.

(Sobre temas cosmo-teológicos rozados por Kauffman en el material aquí reproducido, puede leerse en este blog El dios de Mandelbrot era el de Borges y Proyecto Fénix: Teología conjetural). LEA

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* “Bajo la guía del Prof. Yehezkel Dror [me dediqué] a estudios en Policy Sciences, y de modo autodidacta al campo de la lógica y la filosofía de la ciencia. [Soy] aficionado lector en física, principalmente sobre temas de cosmología y principios de física subatómica. [Mis] más recientes intereses se han dirigido a la exploración de las teorías del caos y la complejidad, en busca de la aplicación de sus nociones fundamentales a los problemas de la predicción y la acción sociales”. (Trayectoria).

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EN CASA EN EL UNIVERSO

Prefacio

Vivimos en un mundo de asombrosa complejidad biológica. Moléculas de todas clases se unen en una danza metabólica para hacer células. Las células interactúan con células para formar organismos; los organismos interactúan con organismos para formar ecosistemas, economías, sociedades. ¿De dónde salió esta gran arquitectura?

Por más de un siglo, la única teoría que ha ofrecido la ciencia para explicar cómo surgió este orden era la selección natural. Como nos enseñara Darwin, el orden del mundo biológico evoluciona mientras la selección natural cuela mutaciones azarosas para preservar formas especialmente útiles. Desde este punto de vista de la historia de la vida, los organismos son artilugios improvisados que forja la selección, ese silencioso y oportunista metalúrgico. La ciencia nos hace quedar como accidentes improbables e inexplicables ante el frío e inmenso telón de fondo del espacio y el tiempo.

Treinta años de investigación me han convencido de que esta visión dominante de la biología es incompleta. Como argüiré en este libro, la selección natural es importante pero no ha trabajado sola en la elaboración de las arquitecturas finas de la biósfera, de la célula al organismo al ecosistema. Otra fuente—la auto-organización—es el origen y raíz del orden.

He llegado a creer que el orden del mundo biológico no es el resultado de meros ajustes, sino que surge natural y espontáneamente de los principios de la auto-organización, las leyes de la complejidad que estamos empezando a descubrir y entender.

Los últimos tres siglos de la ciencia han sido predominantemente reduccionistas, en su intento por descomponer sistemas complejos en partes simples y estas partes, a su vez, en partes aun más simples. El programa reduccionista ha sido espectacularmente exitoso, y continuará siéndolo. Pero a menudo ha dejado un vacío: ¿cómo usamos la información atisbada acerca de las partes para construir una teoría del conjunto? Una dificultad profunda reside en el hecho de que el conjunto complejo puede exhibir propiedades que no son fácilmente explicadas por la comprensión de las partes. El conjunto complejo, en un sentido enteramente no místico, puede a menudo exhibir propiedades colectivas, rasgos “emergentes” en sí mismos lícitos.

Este libro describe mi propia búsqueda de leyes de la complejidad que gobiernan cómo la vida surge de una sopa de moléculas, evolucionando hasta la biósfera que vemos hoy. Sea que hablemos de moléculas que cooperan para formar células o de organismos que cooperan para formar ecosistemas o de compradores y vendedores que cooperan para formar mercados y economías, encontraremos bases para creer que el darwinismo no es suficiente, que la selección natural no puede ser la única fuente del orden que vemos en el mundo. Al elaborar el mundo viviente, la selección ha actuado siempre sobre sistemas que exhiben un orden espontáneo. Si estoy en lo cierto, este orden subyacente, afilado ulteriormente por la selección, augura un nuevo puesto para nosotros: antes que vastamente improbable, esperado, de forma recientemente entendida, en casa en el universo.

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Capítulo 1. En casa en el Universo

Fuera de mi ventana, justamente al oeste de Santa Fe, yace el paisaje casi espiritual del Nuevo México norteño—barrancas, mesas, tierras sagradas, el Río Grande—, hogar de la civilización más vieja de Norteamérica. Es mucho, tan antiguo y tan moderno, preñado con el pasado remoto y el próximo milenio, lo que se mezcla acá azarosamente, ligeramente intoxicado con anticipación. A cuarenta millas está Los Álamos, la brillantez mental, la brillantez de una luz resplandeciente en aquel amanecer del desierto en 1945, hace medio siglo, a mitad de nuestras suposiciones. Poco más allá se despliega el Valle Grande, restos de una montaña arcaica, de la que se cuenta que una vez tuvo una altura de más de 30.000 pies, que voló su cima esparciendo ceniza hasta Arkansas, dejando obsidiana para posteriores labores más finas.

Kauffman en Santa Fe

Kauffman en Santa Fe

Hace unos meses, me encontraba almorzando con Günter Mahler, un físico teórico de Munich que visitaba el Instituto de Santa Fe, donde un grupo de colegas y yo se involucra en la búsqueda de leyes de la complejidad que puedan explicar las extrañas formas que emergen a nuestro alrededor. Günter miraba al norte, más allá del piñón y el junípero, enfocando lejos hacia Colorado, y de algún modo me sorprendió al preguntarme cuál era mi imagen del paraíso. Mientras me afanaba en una respuesta, propuso una: no las altas montañas, o el borde de los océanos ni las tierras llanas. Más bien, sugirió, justamente el terreno que yacía largo delante de nosotros desarrollándose bajo fuerte luz, sus lejanas cordilleras definiendo un horizonte distante hacia el que marchan, en procesión evanescente, elocuentes y gráciles formas del terreno. Por razones que no entiendo completamente, sentí que tenía razón. Pronto caímos en especulaciones sobre el paisaje del este de África y nos preguntamos si, de hecho, pudiéramos llevar con nosotros la memoria genética de nuestro lugar de nacimiento, el Edén real, nuestro hogar.

¡Qué historias nos contamos a nosotros mismos de orígenes y términos, de forma y transformación, de dioses, la palabra y la ley! Todo el mundo en todo tiempo ha debido crear mitos e historias para esbozar una imagen de nuestro lugar bajo el sol. El hombre de Cromagnon, cuyas pinturas de animales parecen mostrar respeto y maravilla, por no decir línea y forma que igualan o superan las de milenios posteriores, debe haber narrado historias sobre estas preguntas: ¿quiénes somos? ¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Habrán preguntado lo mismo el Neanderthal, el Homo habilis o el erectus? ¿Alrededor de qué hoguera de un pasado de 3 millones de años de evolución homínida surgieron estas preguntas por primera vez? ¿Quién sabe?

En algún punto de nuestro sendero se ha perdido el paraíso, perdido para la mente occidental y, al extenderse la civilización mundial, perdido para nuestra mente colectiva. Pudiera John Milton haber sido el último poeta superior de la civilización occidental que buscara justificar las maneras de Dios con el hombre en aquellos años tempranos que prefiguraban la era moderna. El paraíso se ha perdido, no al pecado, sino a la ciencia. En un tiempo, hace escasamente pocos siglos, nosotros los occidentales nos creímos los elegidos de Dios, hechos a su imagen, guardianes de sus palabras en una creación forjado con su amor por nosotros. Ahora, 400 años más tarde, nos encontramos en un minúsculo planeta, al borde de una monótona galaxia entre millones como ella regadas sobre vastos megaparsecs, a lo largo de la curvatura del espacio hasta el Big Bang. No somos sino accidentes, se nos dice. Sólo nosotros haríamos propósito y valor.

Sin Satán y sin Dios, el universo luce ahora como el hogar neutral de la materia, la oscuridad y la luz, absolutamente indiferente. Somos bulliciosos, pero ya no estamos en casa en el sentido antiguo. Por supuesto, aceptamos que el surgimiento de la ciencia y la consecuente explosión tecnológica nos ha llevado a nuestra secular visión del mundo.

No obstante, permanece el hambre espiritual. Conocí recientemente a N. Scott Momaday, un autor americano nativo, ganador del Premio Pulitzer, en una pequeña reunión al norte de Nuevo México que trataría de articular los problemas fundamentales que la humanidad confronta. (¡Cómo si pudiera un pequeño grupo de pensadores hacer algo así!) Momaday nos dijo que el problema central que confrontamos es la reinvención de lo sagrado. Nos contó de un escudo sagrado de los Kiowa, santificado por los sacrificios y el sufrimiento de los guerreros honrados al portarlo en una batalla. El escudo había sido robado al término de una batalla contra fuerzas de caballería de los Estados Unidos después de la Guerra Civil. Nos contó que había sido redescubierto recientemente y cómo había sido retornado desde el hogar del general de la Guerra Civil que lo había tomado. La voz profunda de Momaday cayó suavemente sobre nosotros al describir la bienvenida preparada para el escudo y el lugar que ocupa, silencioso, sombrío, quieto, venerado por la pasión y el sufrimiento destilados en su arco.

La búsqueda de Momaday por lo sagrado se asentó profundamente en mí, pues tengo la esperanza de que lo que algunos llaman las nuevas ciencias de la complejidad puedan ayudarnos a encontrar nuestro sentido de lo valioso, nuestro sentido de lo sagrado, así como los Kiowa terminaron recobrando aquel escudo sagrado. En la misma reunión, sugerí que el problema más importante que enfrentaba la humanidad era la emergencia de una civilización mundial, su profunda promesa y las dislocaciones culturales que tal transformación causaría.

Para ceñir la comunidad global pluralista que está naciendo necesitaremos, creo, una base intelectual expandida, una nueva manera de pensar acerca de los orígenes, la evolución y la profunda naturalidad de la vida y la miríada de patrones en los que se desarrolla. Este libro es un esfuerzo por contribuir a esa nueva concepción, pues las ciencias emergentes de la complejidad, como veremos, ofrecen apoyo fresco a la idea de una sociedad democrática pluralista, al proveer evidencia de que ella no es meramente creación humana sino parte del orden natural de las cosas.

Uno siempre teme deducir de primeros principios el orden político de su propia sociedad. James Mill, el filósofo del siglo XIX, pudo deducir de primeros principios que una monarquía constitucional, sorprendentemente parecida a la inglesa a comienzos del siglo pasado, era la más elevada forma natural  de gobierno. Pero, como espero mostrar, las mismas leyes de la complejidad que buscamos mis colegas y yo sugieren que la democracia ha evolucionado como, quizás, el mecanismo óptimo para lograr los mejores compromisos alcanzables entre intereses prácticos, políticos y morales en conflicto. Momaday también puede tener razón. También necesitaremos reinventar lo sagrado—este sentido de nuestro valor profundo—y reinvertirlo en el corazón de la nueva civilización.

La historia de nuestra pérdida del paraíso es familiar, pero vale la pena recordarla. Hasta Copérnico, creímos estar en el centro del universo. Hoy en día, en nuestra cacareada sofisticación, miramos de reojo a una iglesia que buscó suprimir la visión heliocéntrica. El conocimiento por el conocimiento mismo, decimos. Sí, por supuesto. Pero ¿era la preocupación de la iglesia con el trastorno del orden moral sólo una estrecha vanidad? Para la civilización pre-copernicana, la visón geocéntrica no era sólo un asunto científico; más bien, era la evidencia, piedra angular, de que el universo giraba alrededor de nosotros. Con Dios, los ángeles, el hombre, las bestias y las plantas fértiles hechas para nuestro beneficio, con el sol y las estrellas rodando encima, conocíamos nuestro lugar: el centro de la creación divina. La iglesia temió con razón que los conceptos copernicanos terminarían desmantelando la unidad de una tradición milenaria de deber y derechos, de obligaciones y roles, de tejido moral.

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Ramas generadas por iteración fractal en un computador

Ramas generadas por iteración fractal en un computador

Como veremos, las ciencias emergentes de la complejidad empiezan a sugerir que el orden no es sólo accidental, que tenemos a mano vastas vetas de orden espontáneo. Las leyes de la complejidad generan espontáneamente mucho del orden del mundo natural. Es sólo entonces cuando la selección entra en juego, para moldear y refinar ulteriormente. Tales vetas de orden espontáneo no eran enteramente desconocidas; sin embargo, están apenas surgiendo como poderosas nuevas claves de los orígenes y la evolución de la vida. Todos hemos sabido que los sistemas físicos simples exhiben orden espontáneo: una gota de aceite en agua forma una esfera; los copos de nieve exhiben su evanescente simetría hexagonal. Lo que es nuevo es que el rango del orden espontáneo es enormemente mayor que lo que habíamos supuesto. Se descubre un orden profundo en sistemas grandes, complejos, aparentemente azarosos. Creo que este orden emergente subyace no sólo el origen de la vida misma, sino mucho del orden que hoy contemplamos en los organismos. Así, también, lo creen muchos de mis colegas, que comienzan a acumular evidencia de tal orden emergente en toda clase de sistemas complejos.

La existencia del orden espontáneo es un desafío sorprendente a nuestras ideas establecidas a partir de Darwin en biología. La mayoría de los biólogos ha creído por más de un siglo que la selección es la fuente única de orden en la biología, que la mera selección es el artesano que elabora las formas. Pero si las formas entre las que la selección escoge fueran generadas por las leyes de la complejidad, entonces la selección ha tenido siempre una ayuda. No es, después de todo, la única fuente de orden, y los organismos no son artefactos ajustados por ella, sino la expresión de leyes naturales más profundas. Si todo esto es cierto, ¡qué revisión de la concepción darwiniana del mundo yace ante nosotros! No nosotros lo accidental, sino nosotros lo esperado.

La revisión de la concepción darwiniana del mundo no será fácil. Los biólogos carecen, hasta ahora, de un marco conceptual en el que puedan estudiar un proceso evolutivo que combina la auto-organización y la selección. ¿Cómo funciona la selección en sistemas que ya generan orden espontáneo? La física tiene su orden espontáneo profundo, pero no necesita la selección. Los biólogos, subliminalmente conscientes de tal orden espontáneo, nunca lo ignoraron y siempre se enfocaron en la selección. Sin un marco que comprenda a la vez la auto-organización y la selección, la auto-organización ha sido poco menos que invisible, como el fondo de una imagen en psicología de la Gestalt. Con un súbito cambio visual, el fondo puede pasar a primer plano, y el antiguo primer plano, la selección, puede convertirse en fondo. Ninguno de los dos basta por sí solo. La vida y la evolución han dependido siempre del abrazo mutuo del orden espontáneo y la elaboración selectiva de ese orden. Necesitamos pintar un cuadro nuevo.

Stuart Kauffman

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Stuart Kauffman en la Universidad de Vermont, 2 de diciembre de 2011

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Butterfly! Butterfly! Butterfly!

La atractriz de Lorentz granulada

La atractriz de Lorenz granulada

El efecto mariposa es un concepto que hace referencia en la noción del tiempo a las condiciones iniciales dentro del marco de la teoría del caos. La idea es que, dadas unas condiciones iniciales de un determinado sistema caótico, la más mínima variación en ellas puede provocar que el sistema evolucione en ciertas formas completamente diferentes. Sucediendo así que, una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande a mediano o corto plazo de tiempo. Su nombre proviene de las frases: “el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo” (proverbio chino) o “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un Tsunami al otro lado del mundo” así como también “El simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo”. Este nombre también fue acuñado a partir del resultado obtenido por el meteorólogo y matemático Edward Lorenz al intentar hacer una predicción del clima atmosférico.

Wikipedia en Español

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Se dice que el presidente Rafael Caldera resistía, durante su segundo gobierno, las reiteradas recomendaciones de aumentar el precio de la gasolina para enderezar las finanzas de PDVSA: “¡Ni se les ocurra! La última vez que eso se hizo tuvimos el Caracazo”, contestaría una y otra vez a sus asesores. La prudencia era virtud notable en el experimentado estadista, y en una mente clásica como la suya el escarmiento de 1989 había sido bastante más que suficiente.

Pero las sociedades contemporáneas son sistemas cada vez más complejos, cada vez con mayor número de componentes relacionados en un número creciente de interacciones. Para la época de la formación de las ideologías—entre la Revolución Francesa (1789) que trajo el liberalismo hasta la primera encíclica social (1891), pasando por el Manifiesto Comunista (1848) y la socialdemocracia o socialismo reformista (1875-90)—, se entendía que el problema social moderno era dilucidar cómo se distribuía la renta social entre patronos y obreros; es decir, entre dos roles sociales. Hoy en día, la Organización Social del Trabajo reconoce más de un millón de oficios diferentes.

En 1959, Edward Lorenz, meteorólogo, manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo com­putador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al compu­tador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo. El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.

Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, de­cidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impre­sas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.

Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las va­riables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un des­perfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había espe­cificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el com­putador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilé­sima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.

Rápidamente, Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos reve­lan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales. La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popu­larizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en Cali­fornia. (Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, 2004).

Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989 en Caracas y otras ciudades del país “son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional”. (Los rasgos del próximo paradigma político, 1994). Fueron la explosión caótica, o una gran avalancha, en el seno de un sistema de gran complejidad. Las condiciones iniciales de hoy, o durante el segundo gobierno de Caldera, no son las mismas de fines de febrero de 1989, y un aumento del precio de la gasolina no tenía ni tiene por qué conducir a un nuevo Caracazo.

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Ahora el ambiente político nacional está, una vez más, sobrecargado. Las escandalosas revelaciones recientes, en audios grabados a Mario Silva o Wilmer Ruperti, no contribuyen al alivio de la desazón ciudadana, asqueada de nuestra política. (Ver video del regaño de Hugo Chávez a Diosdado Cabello). ¿Estaremos llegando a un punto de quiebre? (Tipping point). La “Primavera Árabe” de 2010 fue ciertamente un proceso de este tipo, descrito ya por Bohdan Hawrylyshyn en Road Maps to the Future (1980), su informe al Club de Roma: “En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipi­tados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan dema­siadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cas­settes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia”. (Citado en Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, 1987). A veces, basta quitar una pluma. (Ver el sorprendente video de Miyoko Shida).

Y ya que mencionamos a una dama japonesa, una Señora Mariposa (Butterfly, farfalla) es el nombre que Giacomo Puccini escogió para la consentida de sus óperas. (Una vez sufrió un accidente automovilístico que casi le cuesta la vida; tendido en el piso, repetía dulcemente: “Mia povera Butterfly”). Son las últimas palabras de su libreto “Butterfly! Butterfly! Butterfly!”, anticipatorias (1904) de Edward Lorenz. Pero la ópera incluye el tema de la esperanza que no cesa, cuando la protagonista canta “Veremos un bello día”. Aquí entona Angela Gheorghiu, la estupenda y hermosa soprano rumana, Un bel di vedremo.

No desesperemos. LEA

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La miopía tiene cura

Bifurcaciones de Feigenbaum

Bifurcaciones de Feigenbaum

El término paradigma y su uso en la expresión paradigma político se ha hecho de uso bastante generalizado. El sentido en el que se emplea no es el original del DRAE—modelo o ejemplo: Jesús era un paradigma de virtudes, ni su uso en Lingüística—, sino el propuesto por Thomas S. Kuhn en su obra de 1962: The Structure of Scientific Revolutions. Kuhn se refiere con el término paradigma al núcleo esencial de una determinada teoría o doctrina científica. Por ejemplo, en materia del fenómeno de la gravitación, el paradigma de la física aristotélica quedaba definido por el concepto de causa final: Aristóteles explicaba que los cuerpos caen porque todos los cuerpos buscarían ir hacia su lugar natural, la tierra, dado que todos los cuerpos estarían hechos del «elemento» tierra. Sobre el mismo fenómeno, el paradigma de Newton sustituye el concepto de Aristóteles por la idea de «acción a distancia», que permite concebir una «fuerza de gravitación universal» existente entre dos cuerpos cualesquiera. Einstein prescinde de esa noción de acción a distancia y la sustituye, a su vez, por la proposición de que la presencia de masa en el espacio induce una curvatura en éste; sería esta curvatura la que seguirían los astros al girar en derredor de cuerpos de mayor tamaño, y no una fuerza de gravitación.

El famoso ensayo de Kuhn describe el progreso de la ciencia entre épocas de estabilidad conceptual, de permanencia de un determinado paradigma, hasta que una crisis en el poder explicativo del paradigma convencional conduce a la formulación de uno nuevo. Esta idea ha sido extendida para explicar la sucesión en el tiempo de las distintas concepciones sobre lo político. Los paradigmas, pues, son las unidades conceptuales básicas a partir de las cuales se interpreta la realidad. Obviamente, de ellos depende la conducta humana; en su Ensayo sobre el gobierno representativo, dice John Stuart Mill: Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”.

La crisis de los paradigmas sociopolíticos tuvo una grave expresión en el descrédito que sufrió la llamada planificación estratégica. Comúnmente se acostumbra fechar la primera derrota importante de los planificadores estratégicos con el embargo petrolero árabe de fines de 1973. Las predicciones dejaron de ser confiables, al generalizarse la impresión de volatilidad o impredecibilidad del mercado petrolero. La discontinuidad, por otra parte, comenzó a manifestarse en el mundo político. La caída del régimen del Shah de Irán fue la primera “sorpresa” de cierta magnitud, la que inicia la serie de acontecimientos “impensables” que incluye cataclismos tales como el derrumbamiento del Muro de Berlín y la desmembración de la Unión Soviética como secuela de la perestroika de Gorbachov. Una turbulencia de tan grande magnitud dejaba mal parados los intentos predictivos de los más sofisticados centros de análisis; junto con el agotamiento del recetario clásico, esa inestabilidad fue la razón principal de que cundiera el escepticismo ante los intentos de manejar el ambiente social desde marcos generales como guía para la acción.

El profesor Dror

El profesor Dror

Pero no todos los estrategas estaban perdidos o confundidos. Para el caso venezolano tiene especial relevancia la intuición analítica de Yehezkel Dror, puesto que se trata de un investigador que vino muchas veces al país y se reunió con los miembros más representativos de sus élites. Dror no sólo describió adecuadamente la inestabilidad intrínseca del régimen de Palevi bastante antes de su desplome, sino que caracterizó el problema general de la “endemia de las sorpresas” en un brillante artículo de 1975. (How to Spring Surprises on History: “Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica”). Si bien, pues, era evidente que la mayoría de los analistas no sabía qué decir respecto del futuro en ciertas áreas especialmente volátiles, unos pocos mostraban que era posible manejar satisfactoriamente el problema cambiando el punto de vista y la comprensión de la dinámica propia de los acontecimientos sociales.

A pesar de esto, en Venezuela fue muy intenso el rechazo a los “habladores de paja” de los departamentos de planificación estratégica. Un centro local de formación gerencial publicó en 1985 un libro (El caso Venezuela) en el que sus líderes de la época—Moisés Naím y Ramón Piñango—objetaban a la planificación estratégica: El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado «la carpintería». Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques”. Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos.

Entre 1989 y 1993, muy connotados profesores—Naím entre ellos—así como gerentes reconocidamente capaces del sector privado ejercieron importantes funciones públicas, con resultados desastrosos (el Caracazo, las asonadas de 1992). Por esta razón resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI, cuando  la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos –hombres de Estado, Intendentes, los magistrados– hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado –o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro– estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario”. (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

Es sólo muy recientemente que la Teoría de la Complejidad, que incluye la llamada Teoría del Caos, ha podido proporcionar un paradigma adecuado. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística ofrecía la herramienta de la regresión lineal, mientras el determinismo histórico de las doctrinas marxistas contribuía a la opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta, así que un ineludible reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de “escenarios” (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, la técnica de escenarios está asociada con una percepción del problema en forma de abanico de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en principio, infinitos.

Bifurcaciones históricas (clic amplía)

Bifurcaciones históricas (clic amplía)

El formalismo matemático (fractales) sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o atractrices por los que puede discurrir la evolución del presente. Benôit Mandelbrot, investigador del Thomas Watson Research Center de la compañía IBM, presentó en 1982, en su libro The Fractal Geometry of Nature, la noción de fractal—en términos generales, una línea que exhibe “autosimilaridad”, que se parece a sí misma. (La matemática fractal reproduce, con ecuaciones de extrema simplicidad, estructuras ramificadas complejas, sea ésta el perímetro de un helecho o la forma del aparato circulatorio humano. Cuando los investigadores de fenómenos caóticos—el clima, la turbulencia de los líquidos, los ataques cardíacos, etcétera—buscaban una herramienta analítica que les permitiera describir estos procesos, encontraron que la matemática fractal era justamente lo que necesitaban. Las atractrices, o cauces del orden subyacente a los fenómenos caóticos, son líneas de tipo fractal). Son nociones como ésas, las provistas por Mandelbrot, Edward Lorenz o Mitchell Feigenbaum, asibles con facilidad por un alumno de bachillerato, las que permiten una comprensión más ajustada a la complejidad de las sociedades humanas, que son los sistemas más ricos que conocemos.

Aun en condiciones de extrema complejidad, es posible tanto predecir el futuro como seleccionarlo. Por el lado de la predicción social, el problema es ahora un asunto de identificación de las atractrices actuantes en un momento dado. Por el lado de la acción, se trata de evitar ciertas atractrices indeseables y de seleccionar alguna atractriz conveniente o, más allá, de crear una nueva atractriz altamente deseable. Eso es, fundamentalmente, la esencia de una imagen-objetivo. Eso es lo que deben proporcionar los estrategas políticos. Los tácticos son necesarios, pero no son suficientes. LEA

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La casa del delfín: Teología conjetural II

Un delfín que filosofa

A mi hijo Luis Armando, que hoy se casa religiosamente

Parece seguro que la causa principal del retraso (dos años y nueve meses) en conseguir el sí de mi esposa es que la hubiera espantado desde un principio. Enamorado con angustia desde la noche en que la conocí, le dejé caer como primera cosa tres páginas y media mecanografiadas de Disquisiciones sobre un tema de arepera, el 3 de junio de 1976. La había visto por vez primera el 11 de mayo, y en una visita a la arepera Las Tres Esquinas—en la esquina de la Avda. Rómulo Gallegos con la Cuarta de Los Palos Grandes—acompañados de Eduardo Plaza Aurrecoechea, mi compadre, y Gisela Marrero Santana, nuestra futura comadre (que apostó en 1979 una caja de champaña que no ha pagado a que Nacha Sucre y yo no duraríamos seis meses de casados), emergió en la noche del 2 de junio una tesis corrosiva y escéptica acerca de las posibilidades del amor.

Comoquiera que yo necesitaba que me quisiera, me pareció harto inconveniente permitir que las cínicas tesis de esa noche permanecieran sin refutación: “La renuncia a construir el futuro. La reducción de uno mismo a caja de resonancia que depende de la cuerda exterior y no de sí misma. Ésa es la más grande declaración de inferioridad que pueda hacer una persona. Sólo aquél que rescata puede inventar. Se necesita, siempre, inventar el amor. Con un realismo orgulloso y apasionado, que también viva el presente con fruición”.

Era inevitable que quien todavía no era mi señora se formara la impresión de que mi cerebro estaba, en verdad, tostado. (Ya la habían informado de que yo era medio loco). ¿A quién se le ocurría cortejar de esa manera? Pronto confirmaría su hipótesis.

En agosto volvía por mis fueros; me propuse como su tutor privado para un curso al que llamé El hombre y su mundo. Es decir, pretendía darle clases que tuvieran el objetivo de “Ofrecer una visión global de la información disponible en 1976 para la comprensión de ese fenómeno llamado hombre y el mundo en el que se desenvuelve y contribuye a crear”. Entonces fueron once páginas escritas a máquina las que dejé en su casa, que contenían el esquema del curso y la lección introductoria. Naturalmente, el programa nunca se llevó a cabo. ¿A quién se le ocurre semejante locura?

Esas páginas han sido preservadas en una gran carpeta de argollas que recopila mis ocurrencias escritas durante el asedio, el que culminó en éxito el 22 de febrero de 1979. Dice el comienzo de la lección inicial:

Imaginemos lo siguiente: un delfín—podría haber sido cualquier otro animal—desarrolla súbitamente una capacidad intelectual diferente a la que le impele naturalmente a curiosear lo que le rodea. Cruza así una tenue frontera psicológica y empieza a hacerse curioso de sí mismo. Empieza a cuestionarse de repente, de las múltiples formas como los hombres habitúan preguntarse cosas a sí mismos.

¡Ah, si ella me hablara!

Supongamos que ese delfín mutante se plantease cuestiones como éstas: “¿Por que nací? ¿Para qué vivo? ¿A quién le importo? ¿Qué relación tengo con esos puntos luminosos que veo cuando nado de noche en la superficie? ¿De qué estoy hecho? ¿Por qué floto yo y no flota ya aquella embarcación hundida? ¿Por qué me disgustan tales y cuales delfines y me gustan tales otros, en particular, muy en particular, aquella delfina de chillido ronco? [Nacha, of course, que era contralto del coro que dirigía Eduardo] ¿Por qué demonios (quizás diría ‘por qué tiburones’) debe pesar sobre mí la contradicción de querer ser libre e inmortal y encontrarme limitado y perecedero?” Etcétera, etcétera, etcétera.

El delfín estaría en una situación relativamente más cómoda que la nuestra, si continuamos imaginando que se encuentra un día con un hombre y se le hace posible “hablarle”. Contaría con un interlocutor distinto a él, superior a él en la escala zoológica, que podría verlo desde afuera y suministrarle una información objetiva que quizás le facilitara la contestación de esas preguntas.

No estiremos demasiado el ejemplo porque tiene obvias limitaciones. Volveremos a la consideración de algunas de esas fallas. Por ahora esa escueta fábula incompleta (no ha tenido ni conclusión dramática ni moraleja) nos sirve para ilustrar simplemente que cuando el ser humano, un ser humano concreto, se hace preguntas similares, no cuenta con la conversación posible (al menos hasta ahora) con otro ser de mayor calibre intelectual que él mismo.

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Nacha cree que hay vida inteligente en muchos otros planetas del paisaje universal. Imagina que en cuanto establezcamos contacto con alguno, un baño sideral de modestia recaerá sobre nosotros, haciendo que muchos de los dolorosos conflictos humanos del mundo actual dejen de tener sentido. Acompaño su fe en la premisa; en diciembre de 1990 escribí:

Otras intuiciones pertinentes nos vienen, como de contrabando, junto con el tema de “los otros”: la presencia de otros seres inteligentes en el uni­verso. Los astrofísicos consideran muy se­riamente la posibilidad de vida in­teligente extraterrestre. En realidad, dado el gigantesco nú­mero de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos so­los en el cosmos resulta, decididamente, una conjetura presuntuosa.

Hasta ahora no hay resultado positivo de los incipientes intentos por es­tablecer comunica­ción con seres extraterrestres, a pesar de la seriedad cientí­fica de tales intentos. (Por ejemplo, el proyecto OZMA, que incluyó la transmisión hacia el espacio exterior de información desde el gran radiotelescopio de Arecibo*, en Puerto Rico, en códigos que se supone fácilmente desci­frables por una inteligencia “normal”).

¿Qué consecuencias podría esto tener para, digamos el paradigma cris­tiano, hasta cierto punto asentado sobre una noción de unicidad del género humano en el universo? Aun antes de cualquier contacto del “tercer tipo”, la mera posibilidad del encuentro ejerce presión sobre los postulados actuales de al menos algunas—las más “personalizadas”—entre las religiones terres­tres.

En otra dirección, ¿qué alteraciones impensadas podrían producirse en el sentimiento trascendental y religioso del hombre si efectivamente se lle­gara a construir “inteligencias arti­ficiales” operacionalmente indistinguibles de la de un ser humano? ¿Qué nuevas nociones éticas, qué nuevas figuras de de­recho requeriría un hecho tal? ¿Tal vez una bula pontificia que declare—como en Short circuit II, la película reciente—la “humanidad” de estos seres sintéticos? ¿Sería admisible su esclavización? ¿Es la especie humana la última fase de la evolución biológica, o será una nueva especie una combinación de metales y cerámicas que hayamos programado con inteligencia y con capacidad de au­torreproducción?

*(En 1978, en viaje exploratorio para la posible adquisición de una planta de anhídrido ftálico en la que Corimón, donde trabajaba, se había interesado, llegué a las afueras de Arecibo. El Gerente General de la fábrica obtuvo permiso para sobrevolar en su avioneta, conmigo adentro, el sobrecogedor radiotelescopio, suspendido en el aire sobre una excavación parabólica de cien metros de diámetro. Todavía Nacha no me hacía caso).

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Por mi parte, encuentro sentido a la hipótesis o principio de Gaia. Dice Wikipedia:

James Lovelock cumplirá 93 años

La hipótesis Gaia, también conocida como teoría Gaia o principio Gaia, propone que todos los organismos y sus ambientes inorgánicos en la Tierra están estrechamente integrados para formar un único sistema complejo, que mantiene las condiciones para la vida en el planeta. [Destacado de este blog]. La investigación científica de la hipótesis Gaia se enfoca en la observación de cómo la biósfera y la evolución de las formas de vida contribuyen a la estabilidad de la temperatura global, la salinidad de los océanos, el oxígeno en la atmósfera y otros factores de habitabilidad en una homeostasis** preferible. La hipótesis Gaia fue formulada por el químico James Lovelock y co-desarrollada por la microbióloga Lynn Margulis en los años setenta. Inicialmente recibida con hostilidad por la comunidad científica, es ahora estudiada en las disciplinas de geofisiología y ciencia del sistema Tierra, y algunos de sus principios han sido adoptados en campos tales como biogeoquímica y ecología de sistemas. Esta hipótesis ecológica ha inspirado asimismo analogías e interpretaciones diversas en ciencias sociales, política y religión bajo una vaga filosofía y movimiento.

No me he inscrito en tal movimiento, pero sigue informando Wikipedia: “…la Hipótesis Gaia ha sido soportada por varios experimentos científicos, así como provisto unas cuantas predicciones útiles, de allí que debe hacerse referencia a ella como la teoría Gaia. De hecho, una investigación más amplia contradijo la hipótesis original, en el sentido de que no es sólo la vida sino el sistema entero de la Tierra que hace la regulación”.

Bueno, si no es descabellado entender a la Terre entière*** de Teilhard de Chardin como un superorganismo que mantiene una homeostasis que permite la vida en su superficie y sus océanos, sus ríos y cavernas, puedo yo permitirme una conjetura: el universo entero es un megasuperorganismo en el que fenómenos como la Tierra acontecen.

**(DRAE: homeostasis. 1. f. Biol. Conjunto de fenómenos de autorregulación, que conducen al mantenimiento de la constancia en la composición y propiedades del medio interno de un organismo. 2. f. Autorregulación de la constancia de las propiedades de otros sistemas influidos por agentes exteriores).

***Puisque, une fois encore, Seigneur, non plus dans les forêts de l’Aisne, mais dans les steppes d’Asie, je n’ai ni pain, ni vin, ni autel, je m’élèverai par-dessus les symboles jusqu’à la pure majesté du Réel, et je vous offrirai, moi votre prêtre, sur l’autel de la Terre entière, le travail et la peine du Monde. Pierre Teilhard de Chardin: La Misa sobre el Mundo, primera parte de Himno al Universo.

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David Kaiser, Marvin Minsky y Ed Fredkin en MIT

En Proyecto Fénix: Teología conjetural, Edward Fredkin hizo su aparición con la idea de un computador coextensivo al universo, que una inteligencia ha dotado de un programa que ha puesto a correr “para ver qué pasa”. (Recordemos que la filosofía digital de Fredkin sostiene que lo biológico se explica por lo químico, lo químico por lo físico y esto último sería sólo comprensible en términos de información). Conversando con el autor de Three Scientists and their Gods, Robert Wright, es requerido por éste, que admite una inclinación teleológica, la preferencia por una visión que postula una intencionalidad o propósito en ese “proyecto” informático universal: “Desde su punto de vista, la razón por la que todo esto ha ocurrido… es porque algo se propuso resolver un problema por simulación ¿no es así?” Fredkin responde: “…uno debe ver dónde fue que [ese algo] puso sus recursos. Los puso en las galaxias y las estrellas. (…) Puede que haya más sistemas interesantes que los que conocemos. ¿Quién sabe lo que ocurre en el interior de una estrella? La idea de que todo lo que vemos en ella es un trozo de total desperdicio cósmico, natural y azaroso, y que nosotros somos el único material ordenado por estos lados es muy inverosímil. Así que creo que hay algo mucho más complejo en las estrellas y galaxias que lo que reconocemos”.

Le faltó el salto final. ¿No es mucho más complejo todavía el universo entero? ¿No mantendrá esta Hipergaia una homeostasis descomunal que permite que haya millones de galaxias, formadas de innumerables estrellas que atraen planetas en los que puede darse la vida como la conocemos? ¿No será el universo todo, él mismo, un inmenso organismo vivo?

De tener algo viviente una escala cósmica sería prácticamente imposible que no tuviera inteligencia y, si esto fuera así, espero que algún día nos hable, como nosotros podremos algún día hablar a los delfines, y conteste nuestras más azoradas inquietudes. Probablemente ese delfín conjetural nos vería como dioses; yo no tendría inconveniente en llamar Dios al universo entero si se dignara dirigirme la palabra. LEA

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Para descargar en .pdf: La casa del delfín

Una discusión recentísima sobre la mentalidad de criaturas no humanas es la de Robert W. Lurz, Mindreading Animals: The Debate over What Animals Know about Other Minds, MIT Press, 2011. Una reseña de esta obra por Kristin Andrews se lee en Notre Dame Philosophical Reviews.

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