Nuestro insólito Rafael Sylva

 

Rafael Sylva Moreno, pintor del desnudo a sus espaldas

 

A Oscar de Jesús, estos recuerdos agradecidos

 

Mi insuperable amistad de infancia y adolescencia con Oscar Álvarez Sylva me condujo a las puertas de su tío Rafael, fallecido el 16 de este mes de enero: los hermanos Sylva Moreno—Dolores Margarita (Loló), Mercedes Helena y Rafael—vivían en casas contiguas de la calle Las Trinitarias en La Campiña de Caracas. A pesar de que algo de sangre Calcaño corre por mis venas y de que mi abuela materna, Mary Chenel-Calcaño de Corothie, era una consumada pianista y la había oído interpretando muchas piezas, no fue sino hasta mis doce años de edad cuando descubrí, de un golpe para el que estaba impreparado, la música sinfónica que desde entonces me llena. El padre de mi compinche, el dulce Oscar Álvarez De Lemos, se preciaba de escuchar música con los mejores equipos de la época: un tocadiscos Garrard y un amplificador McIntosh. (Nada que ver con los computadores de Apple). Una noche que no olvidaré puso a sonar la Obertura-Fantasía Romeo y Julieta de Pyotr Illich Tchaikovsky, una pieza que me poseyó entonces por completo. En mis próximas visitas rogaba a Don Oscar que la repitiera, y poco después consintió en prestarme el disco (Columbia CL-747, con la orquesta de André Kostelanetz) que secuestré en mi casa durante un mes para oírlo incesantemente y torturar a mi familia. Supe que había llegado a un mundo que no dejaría de explorar—We shall not cease from exploration*—y ahorré para comprar mi propia copia, luego la Sexta Sinfonía (Patética) de Tchaikovsky (Erich Kleiber, Orquesta del Conservatorio de París, en una grabación de London Records) y después el Segundo Concierto para Piano y Orquesta de Sergei Rachmaninoff (Eugene Istomin, Eugene Ormandy, Orquesta de Filadelfia, Columbia Records). Esos tres discos fueron mi colección completa por casi un año, pues cada uno costaba Bs. 18 ¡o 20! y mi mesada semanal era de Bs. 10.

El McIntosh de Oscar y Rafael (sin transistores)

Entra en escena Rafael Sylva o, mejor, yo entré en su casa a escuchar música casi todas las tardes de la semana de trabajo. Rafael vivía al lado de los Oscares, en la quinta Santa Helena al centro del terreno común, con su esposa e hijos y su madre, Doña Helena Moreno de Sylva. A eso de las seis de la tarde llegaba de su labor en la agencia publicitaria McCann Erickson, donde fungía como Director de Radio y Televisión, y yo lo esperaba fielmente en la casa contigua de su sobrino, mi amigo, a quien fui progresivamente sustituyendo por el tío. La razón era muy simple: Rafael llegaba invariablemente al descanso de su casa a oír música sinfónica a todo volumen, y su colección discográfica era mucho más abundante que la de su cuñado; él sabía de eso. Además, tenía un equipo de sonido impresionante; también amplificaba con McIntosh y tocaba discos en Garrard, pero la música salía por dos enormes altavoces paralelos, cuando aún faltaba bastante para que nos llegara la estereofonía. Por lo demás, la cultura sinfónica de Rafael Sylva era descomunal, y no sólo de las obras sino también de su discografía. Aprendí de él el placer de escuchar bellezas sonoras en compañía y comparar distintas versiones de una misma pieza, a cotejar ejecutantes diversos en la ejecución de conjunto y, con más detalle, en pasajes específicos. Él era un verdadero connaisseur, un gourmet de la música.

Fue Rafael mi maestro de música, quien descubriera para mí muchas de las maravillas que ahora aprecio; tuve esa inmensa suerte. De temperamento fogoso, él no opinaba prudentemente sino con vehemencia; sus dictámenes musicales eran dogmas de fe, enunciados con seguridad inexpugnable. Así, por ejemplo, nadie habría interpretado de Rachmaninoff la Rapsodia sobre un tema de Paganini con tal fiereza—sustantivo escogido por Rafael—como William Kappell, especialmente su endiablada—él eligió el adjetivo—Variación 19. Acá pongo la pieza completa con ese ejecutante que admiró tanto, acompañado por la Orquesta Robin Hood Dell que dirigió el enorme Fritz Reiner, en interpretación que escuchamos juntos muchas veces:

Rapsodia

Debo a Rafael mi conocimiento de la música de Gustav Mahler, un compositor que le apasionaba. Con su talento para la degustación de la música a pedacitos, me hizo escuchar innumerables veces el pasaje que pongo a continuación, advirtiéndome que se trataba de un terremoto. Ocurre hacia el medio del primer movimiento de la Segunda Sinfonía en Do menor (Resurrección), y aseguraba Rafael que nadie como Leonard Bernstein (con la Filarmónica de Nueva York) lograba la explosión orquestal que tanto apreciara (al minuto y 23 segundos del audio de abajo):

Resurrección

La mayoría de quienes saben de Rafael lo conoce como el inventor de Nuestro Insólito Universo, el extraordinario programa radial iniciado en 1969; no muchos saben de dónde viene su tema musical. Es una composición del británico Ron Goodwin en el disco Music in orbit, y su nombre es The Milky Way. Helo aquí:

La Vía Láctea

Ya había dicho en Música hertziana (18 de noviembre de 2012):

Era mi amigo de infancia, estrecho compinche de barajitas y partidas de béisbol, aviones de plástico y planes de hacer cine, Oscar Álvarez Sylva. Su padre, Oscar Álvarez De Lemos, era ingeniero técnico del Grupo 1BC, y en su casa de La Campiña conocí a Félix Cardona Moreno—Pancho Tiznados y de El Baúl—, Cecilia Martínez y Charles Barry, figuras de RCR y la incipiente RCTV. El cuñado del Sr. Álvarez, hombre bondadoso y de eterno buen humor, era Rafael Sylva Moreno, pintor, publicista y director y productor de programas de televisión. Dirigió, por ejemplo, Kit Carson, héroe y cowboy cuyas aventuras transmitía RCTV con producción de McCann-Erickson (La verdad bien dicha). Era este Sylva el mismo del insólito Nuestro Insólito Universo. La cultura sinfónica de Rafael es asombrosa, y con frecuencia determinaba la musicalización de los programas. Así, escogió Fêtes—aquí por Pierre Boulez y la Orquesta de Cleveland—, uno de los Nocturnos orquestales de Claude Debussy (1862-1918), para la presentación de Kit Carson, cuyo anfitrión era Guillermo Rodríguez Blanco (el charnequeño Julián Pacheco).

Voy a ponerlo de nuevo, en recuerdo de mi amigo y mentor musical Rafael Sylva, hombre de fino espíritu y cultura extensa, de gran inteligencia:

 Fêtes

Arriba dije que Rafael era pintor; lo fue con formación académica, y sólo queda lamentar que no dejara obra numerosa en esa parcela de su territorio estético. Pintaba, creo, en alusiva admiración del estilo de Egon Schiele, el gran austriaco de la Secesión Vienesa. (Ver acá Eros y Euterpe). Del pincel de mi amigo sólo recuerdo un poderoso desnudo femenino y un magnífico autorretrato, del que lamentablemente no he podido conseguir sino esta fotografía que lo muestra parcialmente y en blanco y negro:

El artista ante su autorretrato

 

Otra herencia recibida de Rafael, otro de sus dogmas, es el aprecio insuperado por la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam; con él aprendí a apreciar su precisión interpretativa, sedosa y opulenta—adjetivo favorito de Rafael—, bastante antes de que la revista británica Grammophone la ubicara en 2008 como la mejor orquesta del mundo. Para decirle adiós apaciblemente, no consigo nada mejor que traer a ésa, su orquesta predilecta, en el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, dirigido por Bernard Haitink. (Como se sabe, ese tema musicalizó Muerte en Venecia, la película de Luchino Visconti, y Venezuela es la Pequeña Venecia que lo despide grandemente entristecida).

 Adagietto

Gracias, Rafael. No te olvides de resucitar. LEA

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We shall not cease from exploration/ And the end of all our exploring/ Will be to arrive where we started/ And know the place for the first time. T. S. Eliot, Little Gidding

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A mitad de camino

Aquí descansa Jussi

 

A Don Yunis Zujur Meneses, que hubiese querido cantar Au fond du temple saint con Bjoerling

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Justo entre Navidad y Año Nuevo, el Cantique de Noël compuesto por Adolphe Adam (1803-1856) es un pretexto para escuchar de nuevo la impar voz de Johan Jonatan “Jussi” Björling (1911-1960). Adam, famoso por el ballet Giselle, compuso la canción en 1847 para musicalizar los versos de Minuit, chrétiens (Medianoche, cristianos) del comerciante de vinos y poeta Placide Cappeau (1808-1877). Fuera de Francia se la conoce como Oh Holy Night o, entre nosotros, se la llama Oh Santa Noche. Acá la canta en sueco el incomparable Jussi:

  Cantique de Noël

Adolphe Adam & Placide Cappeau

 

Establecida la coartada decembrina, ahora traigo arias cantadas por Björling (o Bjoerling) que no he puesto antes en este blog (en La voz de titanio, Voces de varón, Porque sí, Messa da Requiem, La música pictórica, El tío meloastroquímico, La voz de la serenidad, Ad nauseam).

La primera vez que oí la voz de Jussi fue la primera vez que escuché alguna ópera; mi tío meloastroquímico, Edgar Corothie, me sentó a escuchar a mis catorce años, y en sucesión (ambas venían en el mismo álbum de RCA Victor), Cavalleria Rusticana, de Pietro Mascagni, y Pagliacci, de Ruggiero Leoncavallo, dos óperas breves que compitieron por el gusto del público entre 1890 y 1892. A continuación canta la voz de titanio en siciliano O Lola, el preludio a la acción de la ópera de Mascagni, y luego podemos escucharla en la de Leoncavallo, en compañía de Victoria De Los Ángeles y Leonard Warren, a cargo de Un tal gioco, credetemi, Vesti la giubba y Non, Pagliaccio non son, aria esta última que lleva a la conclusión con la frase de Tonio, La commedia è finita!:

O Lola

Un tal gioco, credetemi

Vesti la giubba

No, Pagliaccio non son!

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Mario Cavaradossi estaba enamoradísimo de Floria Tosca, y en la ópera de Giacomo Puccini alterna entre la pasión y la dulzura al recordar a su amante; es la última emoción la que aflora en O dolce mani:

O dolce mani

Es del ruso Nikolai Andreievitch Rimsky Korsakoff la sedosa Canción de la India, de su ópera Sadko; hela aquí en una vieja grabación de Bjoerling en un disco de 78 r. p. m.

Canción de la India

Es, en cambio, de su grabación más reciente—del año mismo de su prematura muerte a sus 49 años—su rendición del papel de Calaf, en la última ópera de Puccini: Turandot. Bjoerling la grabó con Giorgio Tozzi (Timur, su padre), Renata Tebaldi (la esclava Liù) y Birgit Nilsson (Turandot), bajo la dirección de Erich Leinsdorff; un elenco imbatible. En Non piangere, Liù la voz paterna y la de la esclava insertan comentarios:

Non piangere, Liù

Un Do de pecho era pan comido para Jussi Bjoerling; el poderosísmo que cierra Nessun dorma en Turandot puede ser escuchado acá al final de La voz de titanio, pero asombra cómo canta sin el menor esfuerzo el de una de las más famosas arias operísticas: La donna è mobile, del Rigoletto de Giuseppe Verdi. (El maestro sabía que había compuesto un éxito digno de los Top Ten, e hizo jurar al tenor Raffaele Mirate que no cantaría o siquiera silbaría la melodía del aria antes del estreno). Todos hemos aprendido, frecuentemente en la juventud, la frase La donna è mobile qual piuma al vento (“La mujer es mudable como pluma al viento”), pero no es conocimiento común que el libretista de Giuseppe Verdi, Francesco Maria Piave, tomó esa imagen del Filostrato (abatido de amor) de Giovanni Boccaccio, que el poeta joven y enamorado dedicara—en 1335 o 1340—a su Fiammetta, la rubia Maria D’Aquino, hija natural de Roberto el Sabio, Rey de Nápoles. La vio por vez primera en misa de Sábado Santo de 1331 y su rostro se convirtió en obsesión para él.

La trigésima ottava rima del Filostrato

El plagio—¿la elogiosa alusión?—se disimula algo al comparar el verso en Rigoletto con la metáfora del autor del Decamerón, que puso: Giovane donna è mobile… Volubil sempre come foglia al vento. Maria hizo de su esposo, el Conde de Aquino, un frondoso cornudo, antes y después de rendirse al asedio de Boccaccio; Piave generalizó la liviandad a todas las mujeres y sustituyó la hoja por una pluma. Oigamos cómo se canta el aria con pasmosa naturalidad:

Bueno, Verdi especificó otro Do de pecho para una ópera menos emproblemada que Rigoletto, que tuvo que sortear con dificultad los censores de una época en la que CONATEL no existía (por la implícita crítica a los poderosos en la obra teatral que sirvió de base al libreto: Le Roi s’amuse, de Víctor Hugo, prohibida a raíz de su primera representación el 22 de noviembre de 1832, diecinueve años antes de la ópera). En Di quella pira, de su Il trovatore, se encuentra otra nota agudísima que Giacomo Lauri-Volpi entonaba sin mayores dificultades como Re sobreagudo. Acá lo hace Bjoerling como lo pedía Verdi:

Su Majestad Entonadísima

Añadamos una reivindicación de las señoras (y de los amantes en general). La bohème, de Giacomo Puccini, narra el trágico amor de dos enamorados fieles, Rodolfo y Mimí. En el Acto I de la entrañable ópera, el poeta (ya no Boccaccio), se describe a sí mismo con sinceridad conmovedora, a la espera de la aceptación de la dama. Su elocuencia la convence, y en la noche de Navidad consuman su amor luego de festejar en el Barrio Latino de París—¡nada menos!—con la cuerdita de amigos del varón. Es una de las versiones más refinadas de la dulce aria ésta del Rey de los Tenores, Jussi Bjoerling:

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Habiendo pasado los venezolanos una menesterosa Navidad, que 2018 sea, si no próspero, al menos no peor que el año que cierra. Por si acaso, consintámonos derramar Una furtiva lagrima (Gaetano Donizetti, L’elisir d’amore, 1832) acompañando a Jussi:

Hagamos para Venezuela un Feliz Año. LEA

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El parto de Pärt

Dos ancianos muy satisfechos: Arvo y Francisco

 

A Doña Sylvia y Doña Susana

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El compositor viviente más interpretado del mundo (por sexto año consecutivo), el estoniano Arvo Pärt, ha sido agrupado con dos teólogos, uno católico y otro luterano—Pärt se convertiría del luteranismo a la ortodoxia rusa a mediados de los setenta, lo que lo hace de fe católica—, para recibir el Premio Ratzinger de 2017 en ceremonia celebrada en la Ciudad del Vaticano. El premio se concede para honrar a personas sobresalientes por su investigación en teología y campos afines o por su arte religioso; fue conferido por primera vez en 2011, luego de su creación por José Ratzinger, el papa Benedicto XVI. En ese mismo año, Pärt fue elegido como Miembro del Consejo Pontificio para la Cultura, de modo que la cosa se veía venir.

Tintinábulo de la Basílica de San Francisco en Asís, encabezado por la tiara papal y las llaves de San Pedro

Pärt acaba de cumplir 82 años, y es un prolífico compositor que produce música de gran sencillez y belleza. Llama a su técnica compositiva tintinnabuli, nombre que alude al sonido simple de las campanillas de vidrio; por lo demás, se llama tintinábulos a las pequeñas campanas que adornan las basílicas para significar su proximidad al Sumo Pontífice.

Cuando estudiaba en el Conservatorio de Tallin, la bella capital de Estonia, se decía de él que le bastaba sacudir sus mangas para que cayeran notas musicales, en descripción de su notable abundancia natural de compositor. La pura simplicidad de su música puede ser calibrada en este blog, por ejemplo, en Spiegel im Spiegel (Espejo sobre espejo) en La música pictórica. Acá puede escucharse de Pärt una pieza perfecta para la ocasión del premio, su Salve Regina, en interpretación del Coro de Cámara de la Orquesta Filarmónica de Estonia dirigido por Paul Hillier con acompañamiento de órgano:

Salve Regina

Que luteranos y ortodoxos sigan la misma fe que los católicos sin reconocer la autoridad del Papa, no ha sido óbice para que Arvo Pärt se alzara con el diploma y un cheque por 87.000 dólares, que siempre vienen bien. LEA

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Carmen

 

Una obra maestra de la danza, la música y el cine

 

A todos los españoles; es decir, a todos nosotros, catalanes incluidos.

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Carmen es un nombre propio femenino, del hebreo כרמל Karmel (Monte Carmelo); o del latín Canto, Música, Poema, Conjuro, Hechizo. (Wikipedia en Español).

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Nombre universal

El nombre Carmen evoca el canto. La grandiosa cantata escénica de Carl Orff, Carmina burana, quiere decir en latín “canciones del Beuern” (Cantiones profanæ cantoribus et choris cantandæ comitantibus instrumentis atque imaginibus magicis). Junto con ella y Trionfo di Afrodite, forma Catulli carmina, o “Canciones de Cátulo”, el magnífico tríptico de canto, orquesta y danza que Orff llamara Trionfi.

La ópera Carmen, de Georges Bizet, amada por medio mundo, anidó en el corazón de Pyotr Illich Tchaikovsky, que gustaba de tocar algunos de sus pasajes al piano para solazarse. (No había en su época discos compactos, mucho menos iTunes). Basada en la novela homónima (1845) de Prosper Mérimée, sirvió de inspiración para la poderosa película (1983) de Carlos Saura, que contó con la compañía de nadie menos que Antonio Gades y nada menos que la guitarra de Paco De Lucía. En 1975, Carlos Fuentes precedió su novela Terra nostra de unos cuantos reconocimientos; después del que dedicase a Luis Buñuel y Alberto Gironella, el segundo fue para “Carlos Saura y Geraldine Chaplin, demiurgos del pastelón podrido de Madrid”. (Diccionario de la Lengua Española: pastelón. Pastel en que se ponen otros ingredientes, como pichones, pollos, despojos de aves etc., además de la carne picada). A fines de ese mismo año moría Francisco Franco Bahamonde, el repostero del pastelón que confeccionó con medio millón de muertos entre 1936 y 1939).

En la primera entrada musical de este blog—La tesis de la elegancia, 12 de abril de 2010—, hice constar esta opinión: “Uno ve el movimiento de los bailarines de Antonio Gades en la película Carmen, de Carlos Saura, y sabe que está frente a una sobrecogedora elegancia, ante una prestancia salerosa y poderosa, existente, por caso, en la sangre primordial del caballero madrileño, orfebre del requiebro amoroso”.

He aquí algunas de sus escenas:

 

 

Carmen forever. LEA

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Mariaca Piaf

 

Un espectáculo de clase mundial

Un espectáculo de clase mundial

 

Mi señora y yo tuvimos el privilegio de asistir a la última función de Piaf, voz y delirio, un insólito espectáculo montado sobre los hombros de María Carolina (Mariaca) Semprún en el Centro Cultural Chacao. La habíamos visto en teatro puro—Un informe sobre la banalidad del amor, de Mario Diament—, cuando encarnó a Hannah Arendt en el teatro de la Asociación Cultural Humboldt, y ya aquella tarde en San Bernardino nos impresionó su poderosa y competente actuación en la pieza que da cuenta de los accidentados amores de la pensadora judía con Martín Heidegger, el importante filósofo alemán. Eso fue a comienzos de 2011; en septiembre del mismo año sentimos curiosidad por ver su interpretación como María Von Trapp en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, donde se montó una precisa y ágil rendición de La Novicia Rebelde (Rodgers & Hammerstein). No sospechábamos que pudiera cantar tan bien, y nuestra admiración creció al constatar cómo pasaba con facilidad de la palabra declamada a la cantada. Cinco años después, oímos los rumores elogiosos de su desempeño como avatar de Édith Piaf y nos agenciamos dos boletos cuyo costo asumió mi señora (gracias). Íbamos preparados para ver un trabajo importante, pero nuestras expectativas fueron grandemente excedidas por la maravilla de su encarnación del Gorrión de París.

Su esposo, Leonardo Padrón, escribió el texto inteligente, profundo, fresco, sabio, instantánea e irreversiblemente convincente de sus parlamentos, acicateado por la idea original de Mariaca y “el remolino” de su temprana y concienzuda preparación para el desafío, que incluyó la ayuda de un coach de francés. Luego de incorporar al director—Miguel Issa—y su hábil concepto teatral, se inició la fase de ensayos; entonces reporta el libretista:

Y una tarde, en un espacio desnudo de artificios teatrales, con una luz que atravesaba limoneros y matas de mango, mientras Mariaca desconfiguraba su cuerpo para simular la artrosis y la decadencia de Piaf, mientras de su garganta salían los primeros versos de “La Vie en Rose”, y unos largos percheros giraban a su alrededor simulando una escenografía en movimiento, ocurrió un instante decisivo: el presentimiento de la belleza.

Eso fue lo que vimos ayer mi señora y yo en una sala repleta: dos horas de belleza actoral y lírica, dos horas de monólogo—otros actores de apoyo no pronuncian palabra mientras cambian constantemente el escenario o inyectan morfina a la Momme—, y ella sola canta ¿una veintena de canciones? No es sólo la potencia de su voz o su entonación, es la metamorfosis de Piaf desde su juventud hasta su término vital, cuando nos confía: “Je ne regrette rien”. ¿Cómo puede alguien monologar y cantar durante 120 minutos con tanta eficacia? ¿Cómo pudo ella envejecer ante los ojos del público, cada gesto a la vez estudiado y espontáneo, cómo mostrarnos su dolor y su amor esencial—¡es físico!”—por su canto, cómo aprendió los pasos cortos y deslizantes de una persona mayor disminuida por el deterioro físico y la pena? Gesticulación, dicción, énfasis, convicción, ritmo, amalgamados en un profesionalismo asombroso, digno de Nueva York, Londres o, por supuesto, París.

La increíble performance se apoyaba, además, en una escenografía que diseñara Alfredo Correia como móvil perpetuo, y una información visual de la época de los acontecimientos que se proyectaba sobre el panel traslúcido que retenía atrás la maravillosa ejecución de los músicos, que tocaban los arreglos de Hildemaro Álvarez, el estupendo pianista del conjunto. Todo digno de Nueva York, Londres o, por supuesto, París; todo digno de Édith Piaf.

¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Gracias! El público, que premiaba cada fiel canto con explosivos o tiernos aplausos, siempre agradecidos y asombrados, se puso unánimemente en pie para la ovación de cierre en una explosión de alegría y orgullo venezolano, en gritos y silbidos de júbilo y gratitud incontenibles por lo que se nos había concedido, digno de Nueva York, de Londres, de París, de Piaf, en cada detalle de la producción. ¡Qué Maraca’e Piaf! LEA

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No pudiendo disponer del registro de lo que escuchamos en la voz de Mariaca Semprún, deberemos pasar con seis canciones en la de Édith Piaf. C’est dommage!

Sous le ciel de Paris

La foule

La vie en rose

Les feuilles mortes (en inglés)

Padam, padam

Non, Je ne regrette rien

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Soplando en el viento

larousse-semeuse

El diccionario de nuestra infancia

 

El Premio Nobel en Literatura para 2016 es conferido a Bob Dylan “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición americana de la canción”.

Boletín de Prensa de la Academia Sueca

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El Diccionario Larousse nos aportó su suave divisa: “Je sème à tout vent” (Yo siembro a todos los vientos). Eso mismo era el lema de combate musical-literario de Bob Dylan—Blowin’ in the wind—, Premio Nobel de Literatura de 2016. Alguien me preguntó hoy: “¿Y él escribió un libro?” No hacía falta; la literatura siempre fue cantada, como consta del Diccionario de la Lengua Española:

rapsoda Del fr. rhapsode, y este del gr. ῥαψῳδός rapsōidós, de ῥάπτειν ráptein ‘coser’ y ᾠδή ōidḗ ‘canto’ Recitador que en la Grecia antigua cantaba poemas homéricos u otras poesías épicas.

Que no venga nadie, por consiguiente, a cuestionar al poeta Dylan, que cosió sus canciones en nuestros oídos. Agradezcamos, en cambio, la profunda sabiduría de la Academia Sueca que ha reconocido su trayectoria de literato en un mensaje de humana solidaridad.

How many roads must a man walk down
Before you call him a man ?
How many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand ?
Yes, how many times must the cannon balls fly
Before they’re forever banned ?
The answer my friend is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind.

Yes, how many years can a mountain exist
Before it’s washed to the sea ?
Yes, how many years can some people exist
Before they’re allowed to be free ?
Yes, how many times can a man turn his head
Pretending he just doesn’t see ?
The answer my friend is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind.

Yes, how many times must a man look up
Before he can see the sky ?
Yes, how many ears must one man have
Before he can hear people cry ?
Yes, how many deaths will it take till he knows
That too many people have died ?
The answer my friend is blowin’ in the wind
The answer is blowin’ in the wind.

 


LEA

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