Concierto del Báltico

Atardecer desde la costa de Estonia

Atardecer calmo sobre la costa de Estonia

 

A la mujer que cantaba más allá del genio del mar

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Supongamos ahora que surcamos el Mar Báltico, desde su apoyo en la pared occidental que le ofrece Dinamarca—por el canal que ésta forma con Suecia se comunica con el Mar del Norte—hasta el extremo oriental ruso de San Petersburgo. Veremos costas danesas, suecas, finlandesas, estonianas, polacas y rusas. (Claro que uno puede abordar el crucero en Ámsterdam para desviarse hasta los fiordos noruegos y omitír las de Letonia y Lituania, que con Estonia forman el grupo, justamente, de los Países Bálticos. Hasta pudiera uno, si la temperatura lo permite, bañarse en Warnemünde, el balneario de Rostock, Alemania).

El nórdico Nordqvist

El nórdico Nordqvist

Se trata del mar. ¿No quedamos en eso? Bueno, para iniciar el programa hagámonos los suecos: que venga a cantar del sueco Gustav Nordqvist Till havs (Al [o hacia] el mar) otro sueco, el mejor tenor de todos los tiempos: Jussi Björling, que gustaba de navegar en velero y pescar en el archipiélago de Estocolmo. (Lo acompaña la Orquesta Real Sueca que dirige Sune Waldimir—¡oh sorpresa—, otro sueco más, otro báltico).

Till havs

A punto de equinoccio (21 al 24 de septiembre), cabe escuchar ahora Otoño, de la suite Las estaciones, compuesta por el ruso Alexander Glazunov (1865-1936), quien fuera Director del Conservatorio de San Petersburgo. (El estoniano Neeme Jarvi conduce a la Orquesta Nacional de Escocia).

Otoño

Poster de W. E.

Poster de W. E.

Reposemos de esa brillante vitalidad con dos piezas más tranquilas: Spiegel im spiegel (Espejo sobre espejo) de Arvo Pärt, tal vez el compositor más destacado del momento (al menos el más grabado), nacido en Estonia; la interpretan Jürgen Kruse al piano y Benjamin Hudson con la viola. Luego, no buscaremos a Federico Chopin ante la costa de Polonia, sino a su compatriota contemporáneo Abel Korzeniowski; su bella pieza Charms (Encantos), parte de la banda de sonido que compuso para musicalizar W. E.—una película dirigida por Madonna en 2011—, es interpretada por una orquesta de ocasión de sesenta ejecutantes que dirigió Terry Davies, grabada en los célebres estudios londinenses de Abbey Road.

Spiegel im spiegel

Charms

 

Intermedio

 

Mapa batimétrico del Báltico

Mapa batimétrico del Báltico

 

Compositor del espacio

El compositor del espacio

La segunda parte del programa la ocupa enteramente la grandiosa Segunda Sinfonía en Re mayor, op. 43 del gran maestro finlandés Jan Sibelius, nacido en el mismo año que Glazunov y fallecido en 1957, a quien veinte años antes la revista Time pusiera en portada. Ésta la dirige estupendamente nuestro Gustavo Dudamel, al frente de la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo (la segunda ciudad más grande de Suecia). Sus movimientos:

I. Allegretto – Poco allegro – Tranquillo, ma poco a poco ravvivando il tempo all’allegro – Poco largamente – Tempo I – Poco allegro.

II. Tempo andante, ma rubato – Poco allegro – Molto largamente – Andante sostenuto – Andante con moto ed energico – Allegro – Poco largamente – Molto largamente – Andante sostenuto – Andante con moto ed energico – Andante – Pesante.

III. Vivacissimo – Lento e soave – Tempo primo – Lento e soave – (attacca).

IV. Finale: Allegro moderato – Moderato assai – Meno moderato e poco a poco ravvivando il tempo – Tempo I – Largamente e pesante – Poco largamente – Molto largamente.

(No hay pausa entre el tercero y cuarto movimientos).

Sinfonía en Re mayor

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Encore. Final del viaje: del compositor danés Carl Nielsen, nacido increíblemente en el mismo año mágico de 1865—muere en 1931—, su Marcha del festival oriental, de la Suite Aladino. (Un ruso, Yevgeny Svetlanov, indica a la Orquesta Philharmonia cómo interpretarla).

Marcha del festival oriental

Snart (hasta pronto en danés). LEA

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El cumpleaños de Claudio

 

Debussy, dueño de la hermosura

El nuevo dueño de la hermosura

 

A Don Yunis Zujur Meneses, quien hoy llamó mi atención en Facebook sobre el aniversario del nacimiento de Debussy

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El impresionismo musical tiene un patriarca indisputable: Claude Debussy (22 de agosto de 1862 – 25 de marzo de 1918). Fue él quien inventara, al borde del Romanticismo, un lenguaje musical enteramente nuevo, a partir de su experiencia con piezas exóticas durante la Exposición Internacional de París de 1889, cuando la inauguración de la Torre Eiffel, entonces amarilla, marcara el centenario de la Revolución Francesa en el Campo de Marte. Mi señora alude al mágico encuentro en su libro, Alicia Eduardo – Una parte de la vida:

La música, protagonista principal de la exposición, fue potenciada por las más nuevas tecnologías. Josefina disfrutó de la interpretación de algunas de las mejores óperas, en aparatos telefónicos de un centro experimental que mucha gente visitó, y pudo conocer el gramófono de Edison, por primera vez expuesto ante el público, y escuchar la música extranjera que transformó la exposición en calidoscopio de nuevos sonidos. Éstos impresionaron a Claude Debussy, especialmente la música de los grupos Gamelán, venidos de la isla indonesa de Java. El compositor tomó de esta música étnica, interpretada en instrumentos artesanales construidos con metales y maderas exóticas, cadencias y contrastes desconocidos en Occidente, que luego llevaría a sus propias composiciones, interpretadas más tarde por todos los rincones del mundo civilizado. Hasta en los músicos venezolanos llegó a causar un impacto importante esta corriente musical impresionista.

(Josefina Sucre era la bisabuela de mi esposa, y tocó valses venezolanos durante la monumental exposición en compañía de su amiga, una de mis tías bisabuelas: Graziella Calcaño).

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Fue el Preludio a la siesta de un fauno (1894), sobre poema de Stéphane Mallarmé—Prélude à l’après-midi d’un faune—, la obra que traería una nueva época de la música. (El canto inicial de la flauta por el fauno, aludido en la estampilla postal con ilustración de Jules Piel, fue imitado 19 años más tarde por Igor Stravinsky para inaugurar un ulterior idioma musical al comenzar Le Sacre du Printemps, sólo que en el fagote). De hermosura penetrante, la pieza de Debussy fue calificada por Pierre Boulez como el inicio de la música moderna: “la flauta del fauno trajo un nuevo aliento al arte de la música”. Hela aquí por Claudio Abbado al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres:

Très moderé

Nubes de Boudin

Nubes de Boudin (clic amplía)

El término impresionista que se emplea para referirse a la música de Debussy y sus seguidores—Maurice Ravel, Erik Satie, Frederick Delius, Manuel de Falla, Joaquín Turina, Ottorino Respighi—es muy apropiado. Dice Michael Kennedy en The Oxford Dictionary of Music que esa música atmosférica “transmitía los estados de ánimo y las emociones suscitadas por el tema antes que una imagen tonal detallada”. En efecto, el lenguaje del impresionismo musical se parece al de bordes difusos que evaden el detalle realista en los cuadros de los pintores impresionistas. Esto es evidente, por caso, en el primero de los Nocturnos para orquesta de Debussy, Nuages, evocador de las nubes de Eugène Boudin (1824-1898) en la Playa en Trouville. Son esas parsimoniosas nubes de sonido que escuchamos de la Orquesta Sinfónica de Chicago, dirigida por Sir Georg Solti:

Nuages

Y he aquí el segundo (Fêtes) y el tercero (Sirènes) del mismo grupo de Nocturnos. Esta vez, es su compatriota Pierre Boulez, importante compositor modernista él mismo, quien dirige a los músicos de la Orquesta de Cleveland y su coro:

Fêtes

Sirènes

Posiblemente sea La mer la obra más completa de Debussy para orquesta—Pelléas et Mélisande lo sería como ópera—, una suite en la que despliega toda la paleta con la que pintaba música; nadie antes ni después de él se atrevió a retratar el mar con tanta elocuencia. Sus tres movimientos llevan estos sugestivos nombres: De l’aube au midi sur la mer, Jeux de vagues, Dialogue du vent et de la mer. (La inclinación poética de Claude Debussy llegaba a los nombres de sus piezas, como se evidencia en el título de algunos de sus preludios para piano: La catedral sumergida, Eso que ha visto el viento del oeste o La niña de los cabellos de lino). El mar es interpretado acá por Roger Désormière en su conducción de la Orquesta Filarmónica Checa:

La mer

Pero es Clair de lune, de su Suite bergamasque, su obra más universalmente conocida. En Frankie y Johnnie, la película de 1991 en la que Michelle Pfeiffer y Al Pacino construyen difícilmente un amor inolvidable, el varón solicita con éxito a un locutor de radio neoyorquino que ponga de madrugada esa pieza de belleza incomparable—en versión combinada de orquesta y piano—para obsequiarla a su amada. Ésta es la escena final (que puede ser vista a pantalla completa):

Gracias, Claudio, en nombre de los amantes de todo el mundo. LEA

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Addenda. En El misterio de las 88 teclas incluí dos piezas para piano de Debussy de las que dije: “…fueron más descubiertas que inventadas; tanta es su lógica musical, su inevitable hermosura, que tenían por fuerza que existir: Rêverie y Arabesque”.

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Anticipo musical

 

La coacción de un director

La seductora coacción de Gustavo Dudamel

 

El próximo sábado 16 de julio, en el programa #205 de Dr. Político en RCR, sonarán fragmentos de dos piezas del repertorio sinfónico: el popularísimo Bolero de Maurice Ravel y la Danza sinfónica #1 de Sergei Rachmaninoff. Aquí se colocan completas.

Motivo rítmico (redoblantes) del Bolero

Motivo rítmico (redoblantes) del Bolero

La obra de Ravel es interpretada por la grande y noble Orquesta Filarmónica de Viena—siempre entre las mejores del mundo—, que sigue la batuta de Gustavo Dudamel. Es una brillante rendición, en la que es patente el genio del director venezolano al coaccionar a un gran ejecutante para que rinda una interpretación fuera de lo común. El solo del primer trombón de la orquesta vienesa, Dietmar Küblböck, que se inicia a los 9 minutos y 17 segundos, es un ejemplo de este talento de Dudamel para sacar lo mejor de un músico excepcional; lleva una calidad jocosa, un tumbao, diríamos en criollo, que habría hecho las delicias del compositor. La edición del 28 de octubre de 2006 del Magazine del venerable The New York Times traía un artículo de Arthur Lubow (Director del Pueblo) que destacaba esa habilidad:

Los músicos procuran asir palabras para expresar lo que hace tan excitante tocar para él. “Cuando está dirigiendo la pieza, uno siente como si estuviera siendo compuesta en ese momento; es como si la estuviese creando él mismo”, dice la primera clarinetista de la Filarmónica de Los Ángeles, Michele Zukofsky. “Lanza hacia atrás el pasado. Uno no se queda atascado en lo que está supuesto a ser. Es como jazz, en cierta forma”. En un ensayo para el debut de Dudamel en Disney Hall, Zukofsky ejecutó un extenso solo que aparece en las Danzas de Galanta, de Zoltan Kodaly. “Toqué un pasaje ascendente muy suavemente, pianissimo”, recuerda ella. “Él dijo, ‘Oh, eso me encanta’.” Es un pasaje que normalmente toca mezzoforte, o moderadamente fuerte. “Aun cuando era un error, disfrutó la diferencia”, dice. E hizo que lo tocara así en cada uno de los conciertos.

Antes, al comenzar su admirada y extensa nota, Lubow registra la precoz opinión de Esa Pekka Salonen, predecesor de Dudamel como Director de la orquesta californiana y miembro del jurado que concedió a éste el premio de la primera Competencia Internacional de Dirección Orquestal Gustav Mahler (2004), en Bamberg, Alemania: “Gustavo no se preocupa por la autoridad. Se preocupa de la música, que es exactamente la aproximación correcta. La orquesta es seducida a tocar bien para él, en lugar de ser forzada”.

Oigamos el producto de la cooperación de los vieneses bajo el mando de Dudamel:

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El hombre que sudaba melodías

El hombre que sudaba melodías

La pieza de Rachmaninoff—op. 45 #1, Non allegro—tiene en general un carácter enérgico, evidente desde su poderoso comienzo, pero hacia el final emerge sorpresivamente, en las cuerdas acompañadas por flautas y campanillas, uno de los temas más hermosos del compositor, un canto que dura 25 segundos y se inicia a los 10 minutos y 3 segundos de esta ejecución de la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Eugene Ormandy. El opulento tema no se repite en la pieza, ni es empleado más nunca por Rachmaninoff en alguna otra; es como si le hubiera sobrado y lo hubiera abandonado allí, pero también pudiera pensarse que toda la fuerza precedente de la primera Danza sinfónica debía desembocar en él, que hubiera justificado una sinfonía entera.

Buen provecho. LEA

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Los vientos Alirios siempre soplarán música

La guitarra de La Candelaria

La guitarra de La Candelaria

 

En día de la Batalla de Carabobo, hace 11 días, el guitarrista italiano Marco Vinicio Carnicelli rendía su Omaggio ad Alirio Diaz, su maestro, en la Piazza La Corte de Andria, ciudad de Pulia en el sur de Italia. Hoy, en otra fecha patria, el eximio guitarrista larense ha fallecido en Roma, tras 92 años de generosa existencia. Nacido en el caserío La Candelaria, vecino a Carora, quien fuera heredero del Papa de la Guitarra en el siglo XX (Andrés Segovia) se distinguió por su virtuosismo instrumental y su nobleza personal.

Luego de sus primeros estudios musicales con Laudelino Mejías y Raúl Borges, Alirio Díaz consiguió viajar a Madrid (1950) para recibir instrucción de nadie menos que Regino Sainz de la Maza, a quien Joaquín Rodrigo dedicara el justamente famosísimo Concierto de Aranjuez. (El mismo compositor ciego dedicaría luego Invocación y danza a nuestro compatriota, una pieza que ganaría el Primer Premio de la Coupe Internationale de Guitare de la Oficina de Radiodifusión y Televisión Francesa). En 1951 ya estaba en Siena, puesto bajo la enseñanza de Segovia en la Accademia Musicale Chigiana, y al cabo de tres años de disciplina era el asistente y suplente del mítico maestro, tanto en labores administrativas como docentes. A partir de entonces, Alirio Díaz fue un concertista de elección en las mejores salas de Europa, solo o con las más prestigiosas orquestas. Hay, afortunadamente, una extensa discografía con sus ejecuciones impecables.

Nunca olvidó su terruño—su autobiografía lleva por título Al divisar el humo de la aldea nativa—, y a él le debemos una abundante recopilación de nuestro folklore musical y sus estupendos arreglos. La presidencia de Luis Herrera Campíns publicó en 1980 sus entrañables ensayos: Música en la vida y lucha del pueblo venezolano. No hay duda de que Italia fue para él su segunda patria.

La semana pasada despedimos a Inocente Carreño; ahora hacen él y Alirio Díaz música etérea. Seguramente Alirio tocará la Suite para guitarra del maestro margariteño. Ésta es la grabación de su encompinchamiento celestial:

LEA

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Al Inocente lo protege Dios

 

El viejo puerto de Porlamar

El viejo puerto de Porlamar (circa 1920)

 

El próximo 28 de diciembre habría cumplido Inocente Carreño 97 años de edad; era, por supuesto, el Día de los Santos Inocentes en Porlamar cuando naciera allí en 1919. Aún recuerdo mi felicidad musical cuando, en 1961 (¿o 1962?), escuché por primera vez la Suite o, más propiamente, la Glosa Sinfónica Margariteña en un atestado Paraninfo de la Universidad de Los Andes; él mismo dirigía a la Orquesta Sinfónica Venezuela, de visita en Mérida. Allí supe, sobrecogido del impacto sonoro, que Carreño era un compositor tan competente como poderoso. (Mi hija mayor, casada en San Juan Bautista de Guarame, Isla de Margarita, escogió abrir la música de su boda con el tema principal de la obra). He aquí esa pieza inmortal con la Orquesta Juvenil Simón Bolívar dirigida por Gustavo Dudamel:

 

 

Más tarde sabría de su humor estupendo, gracias a los recuerdos de Eduardo Plaza Alfonzo y José Antonio Calcaño. Para muestra de eso, este botón: recién electo Nicolás Maduro en 2013, el Maestro Carreño recitó la décima que había compuesto sobre las privaciones alimenticias de los venezolanos:

 


Siempre estará con nosotros. LEA

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Porque sí

Helen Rhodes (Guy d'Hardelot)

Helen Guy Rhodes (Guy d’Hardelot)

Puedo afirmar sin faltar a la verdad que me parece la canción Because, compuesta por Guy d’Hardelot en 1902, la canción perfecta; esto es, que en mi opinión es la canción mejor de todas las que conozco, la mejor escrita de todos los tiempos. (Si hubiera una que la superase ya me habría enterado). Es un signo inconfundible de perfección su concisión de poco más de dos minutos en los que se dice todo. También sostendré, y puedo poner aquí la prueba, que el cantor perfecto de esa perfección fue Jussi Bjoerling, la voz de titanio. ¿Quién más?

Helen Rhodes (1858-1936) fue una talentosísima compositora de canciones, protegida por Charles Gounod y estimulada por Jules Massenet. Nacida de padre inglés y madre francesa en el Château d’Hardelot—Pas de Calais, Boulogne sur Mer—, tomó de allí el seudónimo por el que se la conoce. El viejo castillo alojó una vez a una famosa pareja de enamorados, Henrique VIII y Ana Bolena, los padres de Isabel I de Inglaterra, y Because es la canción de un enamorado agradecido, a Dios y a su amor porque se digna hablarle, because you speak to me! Edward Teschemacher (en verdad Edward Frederick Lockton) escribió sus elocuentes versos:

Un fino espíritu musical

Un fino espíritu musical

Because, you come to me,
with naught save love,
and hold my hand and lift mine eyes above,
a wider world of hope and joy I see,
because you come to me!

Because you speak to me in accent sweet,
I find the roses waking `round my feet,
and I am led through tears and joy to thee,
because you speak to me!

Because God made thee mine,
I’ll cherish thee,
through light and darkness through all time to be,
and pray His love may make our love divine,
because God made thee mine!

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La canción, una pieza que tenía que ser creada, tan ineludible como Rêverie y el Arabesque de Claude Debussy—”dos piezas que fueron más descubiertas que inventadas; tanta es su lógica musical, su inevitable hermosura, que tenían por fuerza que existir”—, la ha interpretado y grabado un gentío, y acá pondré unas pocas versiones, comenzando por la de Enrico Caruso (dejaré a Bjoerling la última palabra, el cierre definitivo). El gran napolitano la grabó en francés en 1912:

Caruso (1873-1921)

Veinte años más tarde, afrontaba esa gran melodía el mejor cantante de operetas de la primera mitad del siglo XX: Richard Tauber. Acá su versión, en el inglés de Teschemacher. (Se las arregló para que fuera la más larga):

Tauber (1891-1948)

Fue en 1939, en cambio, cuando Deanna Durbin cantara la canción perfecta en la escena final de la película Three smart girls grow up. Tenía entonces 17 años de edad:

Durbin (1921-2013)

Y ahora escuchamos al estupendo gran danés (no canino) Lauritz Melchior en su rendición de 1950:

Melchior (1890-1973)

Un año después, Mario Lanza impulsó todavía más la popularidad de la maravillosa canción cuando la incluyó en la película El gran Caruso:

Lanza (1921-1959)

Ya estamos suficientemente preparados para la grandiosa, la insuperable interpretación de Jussi Bjoerling. (En 2′ 02″, es la más corta de todas). Para mí, es ésta la que vale la pena:

Bjoerling (1911-1960)

Nadie alcanzó nunca su potente y melodiosa dulzura. Ya no hay nada más que decir o escuchar. LEA

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