el blog de luis enrique alcalá

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

El heraldo de la conspiración

La bendición de un golpe de Estado, 5 de marzo de 2002

 

Durante los años de la dominación chavista, la voz y la pluma de Ugalde han pronunciado y escrito agudas advertencias. Se le tiene por una de las cabezas más autorizadas y coherentes de la oposición al régimen de Hugo Chávez. En ocasiones, sin embargo, se ha reunido mal. El martes 5 de marzo de 2002 andaba en mala compañía.

Las élites culposas

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Luis Ugalde S. J. ha vuelto a las andadas. Hace quince años bendecía, en la Quinta La Esmeralda de la popular y populosa barriada de Campo Alegre, la coincidencia de las agendas de Fedecámaras y la Confederación de Trabajadores de Venezuela ante el gobierno de Hugo Chávez, crecientemente repudiado por entonces:

La imagen más penetrante de la reunión de La Esmeralda, ese 5 de marzo, es la de Ugalde en medio de Pedro Carmona Estanga y Carlos Ortega, a quienes había tomado de las muñecas para elevar sus brazos como si se tratara de héroes deportivos que hubieran quedado tablas en un encuentro. Ugalde había asistido al sonado evento “en representación de la Conferencia Episcopal Venezolana” y en señal del beneplácito de ésta por el acuerdo al que habían arribado Fedecámaras y la Confederación de Trabajadores de Venezuela, sobre cómo gobernar a la República una vez que el gobierno de Chávez hubiera cesado. Un mes y siete días más tarde caía ese gobierno, y Carmona Estanga, uno de los protagonistas en la función de La Esmeralda, asumía por pocas horas la dirección del Poder Ejecutivo Nacional. El sentido de la reunión del 5 de marzo era el de impresionar a la Nación, con el anuncio de que el fin del gobierno de Chávez era inminente. El Arzobispado de Pamplona registraba, en su resumen diario de prensa del 7 de marzo de 2002, una nota de esa misma fecha de El País de Madrid, que ponía: “Sindicalistas, empresarios y eclesiásticos de Venezuela firmaron un pacto democrático de emergencia, cuyo objetivo es la superación de la pobreza, para que lo aplique un Gobierno de transición, sin el presidente Hugo Chávez… El presidente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), Carlos Ortega, el presidente de la organización gremial de la patronal venezolana Fedecámaras, Pedro Carmona, y el rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), el padre jesuita Luis Ugalde, en representación de la Conferencia Episcopal Venezolana, firmaron el martes el pacto democrático contra Chávez”. También reportaba el periódico madrileño palabras de Carlos Ortega, pronunciadas en el acto reseñado: “El acuerdo es para crear un clima de diálogo para un gobierno de transición. No estamos pidiendo cacao, ni tirando un salvavidas al Ejecutivo”. La nota cerraba refiriendo lo dicho por quien presidiría al mes siguiente un brevísimo gobierno de treinta y seis horas: “Para el presidente de la patronal, Pedro Carmona, la propuesta tiene carácter permanente y puede servir perfectamente para un nuevo Gobierno”. La reunión de La Esmeralda formaba parte de la agenda de una conspiración. (Las élites culposas).

Dos días antes del publicitado evento, Rafael Poleo me había solicitado un artículo para la Revista Zeta, en el que debía explicar el “tratamiento de abolición” que expuse en Televén el 25 de febrero de 2002 (mes y medio antes del Carmonazo), luego de interesarse en él por la lectura de una nota de Marta Colomina de ese mismo día (3 de marzo) que recomendaba se apoyara mi planteamiento. (En el programa Triángulo que dirigía Carlos Fernandes, había insistido en la definición del derecho de rebelión en la Declaración de Derechos de Virginia, que establece como único titular de tal derecho a “una mayoría de la comunidad”). Escribí lo solicitado por Poleo ese mismo día, diciendo:

…el sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga, el cardenal Velasco, Carlos Ortega, Lucas Rincón o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia.

Luego de la cita en La Esmeralda, llamé al editor para ofrecerle un segundo artículo sobre el tema, pero Poleo lo rechazó: “explicó con paciencia de adulto al ingenuo niño que yo era que lo que iba a pasar era que ‘los factores reales de poder en Venezuela’ depondrían a Chávez y luego darían ‘un maquillaje constitucional` a un golpe de Estado”. (Las élites culposas).

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El sábado 10 de diciembre de 2016, Ugalde puso en venta su recomendación de encontrar un “Larrazábal II” en un foro de la Fundación Espacio Abierto, dirigida por Luis Manuel Esculpi*: Larrazábal II, dijo Ugalde, tomaría “la responsabilidad del Ejecutivo nacional y la Presidencia y proclamaría ante el país un gobierno de transición y de unidad nacional”. (Especial Noticiero Digital, 12 de diciembre de 2016). Ahora (19 de junio) ha escrito El Gobierno de Transición, artículo publicado por Notiespartano y reproducido en El Universal. Así comienza:

Todo gobierno medianamente democrático si llega a una deslegitimación y fracaso parecidos a los de Maduro, renuncia y convoca a elecciones. La Constitución venezolana para situaciones similares prevé el referendo para revocar al Presidente antes de su término. Maduro tramposamente lo impidió; luego anuló la Asamblea Nacional y aplazó las elecciones regionales; ahora pretende eliminar la Constitución con una “constituyente” no convocada por el único que lo puede hacer, el pueblo.

Dos inexactitudes de entrada: 1. la anulación de la Asamblea precedió a la paralización del esfuerzo revocatorio, no fue “luego” de éste; 2. el Presidente de la República puede convocar a constituyente según establece el artículo 348 de la Constitución. (Ver ¿Preguntas sin respuestas?).

Más adelante expone: “Urge hablar públicamente para madurar un gobierno de transición saliendo del actual Ejecutivo deslegitimado. Sería un grave error pensar en elecciones inmediatas”. Esto es, el gobierno transicional que avizora, al no provenir de la voluntad electoral del Pueblo tendría que ser establecido mediante un golpe de Estado. Elecciones para después, según prescribe: “El gobierno de transición debe fijar fecha de elecciones libres antes de un año, con condiciones democráticas y transparencia. (…) Sin dejar la actual protesta de calle (acción decisiva para desbloquear los caminos constitucionales) debemos simultáneamente empezar a formar un gobierno de transición con hombres y mujeres de diversa procedencia pero unidos con claridad programática y  decididos a no prolongarse en el poder más allá de los meses de transición emergente. Un Gobierno de Transición, con todas las de la ley, con una Fuerza Armada decididamente democrática y defensora de la Constitución. Basarnos en la Constitución y en lo que nos queda de instituciones legítimas; en primer lugar la Asamblea Nacional en alianza con el pueblo sufriente alzado y con la Fiscal convertida en defensora de la democracia y unidos en el rescate del CNE y TSJ. La Fuerza Armada está obligada e invitada a asumir su responsabilidad constitucional y democrática en la difícil reconstrucción del país, con lo que recuperará los perdidos reconocimiento y afecto del pueblo”.

En suma, una nueva conspiración, una negociación de los que Rafael Poleo llamaba “los factores reales de poder” en la que el Pueblo no participaría; la democracia es para más tarde (“Sería un grave error pensar en elecciones inmediatas”). Y, por supuesto, nada de eso es basarse “en la Constitución y en lo que nos queda de instituciones legítimas”. Esas cosas, dichas por quien viste sotanas y clergymen, llevan para mentes desprevenidas su garantía personal en su carácter de hombre de Iglesia; como en La Esmeralda, certifican la “corrección moral” de la receta, puesto que es sacerdote y debe ser gente santa. Ugalde sabe cosas, y debe saber bastante de los preparativos y los protagonistas de un complot en la misma dirección en la que apunta. Como en La Esmeralda, sus insistentes llamados parecen formar parte de “la agenda de una conspiración”.

Y no es que la tenga cogida con Ugalde, mi compañero de pupitre en la Escuela de Sociología de la Universidad Católica Andrés Bello, allá por 1964. (Me mueve, eso sí, lo dicho por un sacerdote jesuita verdaderamente grande, Pierre Teilhard de Chardin: “Si no escribiera sería un traidor”). Los mismos argumentos que esgrimí en la Revista Zeta los opuse ante Jorge Olavarría, quien me escribiera el 31 de diciembre del trágico año de 2002: “Luis: te mando el artículo que hoy publico en El Nacional. Por favor, no seas muy severo. Un abrazo. JO”. El artículo en cuestión se llamaba “¿Por qué los militares no sacan a Chávez?”, y en él decía Olavarría que deponer a Chávez militarmente no podía ser tenido por acción subversiva y recomendaba un gobierno militar de transición. A este otro amigo le contesté:

Gracias, Jorge, por el envío, y mis deseos por un Feliz Año para ti y los tuyos.

 No tengo otra severidad que reiterar lo que para mí es un principio clarísimo: que el sujeto del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad. En esto estoy con la Declaración de Derechos de Virginia respecto de un gobierno contrario a los propósitos del beneficio común, la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad: “…a majority of the community hath an indubitable, inalienable, and indefeasible right to reform, alter, or abolish it…” (…) Si se aceptase algo distinto, la validez de la intentona de febrero de 1992, por referirse sólo a un ejemplo, estaría abierta a discusión. Niego esa posibilidad. La aventura de Chávez et al. es un claro abuso de poder, sobre todo cuando la mayoría de la población rechazaba, sí, el infecto gobierno de Pérez, pero rechazaba también el expediente de un golpe de Estado.

 Es por esto que el proyecto de Acta de Abolición que conoces ofrece la única justificación posible al desacato militar: “Nosotros, la mayoría del Pueblo Soberano de Venezuela, en nuestro carácter de Poder Constituyente Originario… mandamos a la Fuerza Armada Nacional a que desconozca su mando y que garantice el abandono por el mismo de toda función o privilegio atribuido a la Presidencia de la República…” (…) Si tenemos, Jorge, la posibilidad real de dictar la abolición desde el piso civil, desde la única legitimidad de la mayoría del pueblo, no debemos admitir que el estamento militar se rebele por su cuenta y riesgo.

 Admito que este planteamiento se ha limitado estrictamente a una consideración de principios. Los aspectos prácticos del asunto constituyen, naturalmente, discusión aparte.

Acá se ha expuesto cómo puede resolverse el problema del gobierno de Nicolás Maduro desde la voluntad del Pueblo, quien debe estar al inicio y no al final de la fase de transición: el 22 de octubre de 2016 en Prontas elecciones, y el 17 de diciembre en Manda Su Majestad (donde se adapta el acta de abolición, pensada en 2002 frente al problema de Chávez, a la actual circunstancia madurista). No sé si Luis Ugalde me ha leído, pero antes se ha dicho que mis prescripciones “no forman parte de la dinámica de la política real”. Hay quienes prefieren—por razones prácticas, naturalmente—las cosas mal hechas. LEA

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*Luis Manuel Esculpi abandonó el Movimiento Al Socialismo para fundar Izquierda Democrática y luego el partido Unión con Francisco Arias Cárdenas. Después de las elecciones de 2000, regresó a Izquierda Democrática para finalmente incorporarse junto con la dirección nacional de este partido a Un Nuevo Tiempo a comienzos de 2007.

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Cronología de Dr. Político

De un calendario español

 

En fase de luna llena del mes de diciembre de 1984—el domingo 9—expresé por primera vez a otros mi convicción de que la Política debía ser entendida como un oficio de carácter médico; hace de eso casi 33 años, y mi madre habría dicho: “¡La edad de Cristo!” El episodio está narrado en Krisis – Memorias prematuras (1986):

La noche de la víspera, el domingo, pedí a Diego Urbaneja y Gerardo Cabañas que pasaran por la casa a conversar… (…) En esa reunión en mi casa expuse por primera vez mi noción de la ruta que estaba marcada para nuestra legitimación en tanto políticos como un camino “médico”. La llamé “la metáfora médica”. El acto político es un acto médico, dije, pues en el fondo se trata de proponer, seleccionar y aplicar tratamientos a los problemas. (…) A comienzos del año siguiente, 1985, recibí copia de unos trabajos de Yehezkel Dror, enviados a mí por intermedio de Suhail Khan, gerente de planificación de CORPOVEN. En uno de ellos Dror, amigo y maestro desde el año de 1972, decía lo siguiente: “…policy sciences are, in part, a clinical profession and craft”. (Las ciencias de las políticas son, en parte, una profesión y un arte clínicos). Esto fue para mí una confirmación de que andaba por el camino correcto. Yehezkel Dror es uno de los hombres que más experiencia tienen con los problemas y los sistemas concretos de la política. Su posición era sólo ligeramente menos radical que la mía, puesto que lo que a mí me interesaba era el territorio conceptual que se define, justamente, por esa parte que es una profesión y un arte “clínicos”.

No fue sino hasta 2004 cuando un egregio médico venezolano me ofreciera un dato que desconocía: “La voz amable del Dr. Francisco Kerdel Vegas me ha enseñado más de una cosa. Por ejemplo, que el ilustre fundador de la Patología, el alemán Rudolf Virchow, que también fue político en la época de Bismarck y uno de sus más fieros oponentes, entendía su actuación pública como un acto de carácter médico”. (Historia emocional, 4 de julio de 2006). Y once años después sería Yehezkel Dror quien me diera una noticia más antigua, al escribir en la reseña de un libro de Henry Marsh—Do no harm, una exposición acerca de la política como arte médico cuyo título viene de la fórmula hipocrática latinizada: Primum non nocere—, en la que generosamente me nombra: In imperial Portuguese statecraft rulers and their advisors often viewed themselves as medical healers of the body politic. Some contemporary thinkers impressively continue this tradition, such as “Dr. Politico” (Dr. Luis Enrique Alcala) in Venezuela. Si bien desconocía los antecedentes alemán y portugués no me sorprendieron, puesto que la analogía entre Política y Medicina siempre me ha parecido evidente y el propio profesor Dror había sembrado en mí la semilla:

La imagen o metáfora médica de la política no me es enteramente original. Recibí el trabajo mencionado de Yehezkel Dror unos meses después de la exposición que hice a los amigos nombrados, como también es cierto que el foco de mi proposición está desplazado respecto de la admisión parcial de Yehezkel. Sin embargo, en mi memoria inconsciente ha debido quedar algo de la lectura de uno de sus libros: Design for Policy Sciences (Diseño para las ciencias de las políticas). Allí dice, en 1971: “…the analogue between policy sciences and medicine is nevertheless a very suggestive one, because of strong similarities in some of the main paradigms and secondary characteristics”. (“La analogía entre las ciencias de la políticas y la medicina es, no obstante, una muy sugestiva, en razón de fuertes similitudes en algunos de los paradigmas principales y algunas características secundarias”). En el mismo punto cita a René Dubois, quien, en Man, Medicine and Environment, dice lo siguiente: “…la medicina parece mejor adaptada para presidir en una forma arquitectónica sobre el desarrollo de una nueva ciencia de la vida humana”. (“…Medicine seems best suited to preside in an architectonic way over the development of a new science of human life”). Mi aporte consiste, tal vez, en poner el énfasis en la profesión, en el arte, más que en las ciencias o disciplinas que le dan basamento a esa actividad. Pero me siento muy orgulloso de mi raíz droriana. El día que recibí el texto que Yehezkel Dror me envió en 1985 sentí una profunda alegría. Era bueno constatar nuestra sintonía una vez más y la oportunidad de su envío me pareció cuasimágica. (Krisis).

Un poco antes había dejado esta constancia:

Al día siguiente de mi conversación dominical con Gerardo y Diego intenté explicar el concepto del acto político como actividad “médica” a una reunión de muy irregular puntualidad. Andrés Sosa llegó tardísimo, Alberto Krygier se despegó de otra reunión para asistir y Tulio Rodríguez vino un pequeño rato para irse antes de que se concluyera. No se pudo discutir, en consecuencia, el enfoque con suficiente profundidad. En esa reunión Diego dijo que eso eran “mis” ideas.

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Mi libro primero

Dos años antes había renunciado a mi empleo en PDVSA, y la razón que me di a mí mismo para hacerlo era que no quería seguir negando mi verdadera vocación: la política. También en Krisis – Memorias prematuras: “La cena fue programada para el 23 de agosto [de 1984]. Pocas horas antes de la reunión, y presa de una fuerte excitación, fui a hablar con Corina hasta su casa. Allí le dije que había decidido transparentar mi inquietud de fondo ante los invitados, pues no sentía sincero hablarles de un producto comercial de una empresa (el Informe Krisis), cuando lo que verdaderamente me movía era una vocación hacia una carrera pública. (La declaración de que esto era mi dirección la había confiado por primera vez a Francisco y Thaís Aguerrevere en 1983, durante la campaña electoral de ese año)”. El Informe Krisis fue una publicación que producía mensualmente para sobrevivir una vez desempleado; logré colocar unas cuantas suscripciones que representaron un módico ingreso para mi casa. Luego emplearía la misma palabra para titular mis primeras memorias, en cuya introducción expliqué: “Esto es la historia de una decisión personal de quien escribe. (…) La palabra crisis es de origen griego y en ese idioma significa decisión. Nada parecería más apropiado, pues, que llamar a esta historia de una decisión con el nombre de mi antigua publicación. Ha sido una larga crisis, una difícil pero pacificante decisión”. Consta en esa misma fuente lo siguiente:

Esta lectura de los hechos [de la campaña de 1983] fue discutida con algunos de los miembros del “Grupo de Análisis y Predicción” del Informe Krisis y publicada en diciembre de 1983. Yo había querido apuntalar lo limitado de mis posibilidades analíticas con el aporte de personas cuyo juicio respetaba. Así constituí ese grupo, siguiendo el modelo del “Grupo de Predicción e Interpretación” que organicé para la Corporación Industrial Montana en 1974. Asistieron a algunas de sus reuniones Enrique Brucker, Thaís Valero de Aguerrevere, Pedro Mario Burelli, Diego Bautista Urbaneja, Manuel Felipe Sierra, Eduardo Capiello, Franklin Whaite Valery y Moisés Naím. De uno o dos meses antes de la invención del informe y la constitución del grupo es mi primera conversación con Diego Urbaneja sobre la posibilidad de alguna nueva asociación política en Venezuela…

En febrero de 1985 di a conocer a unos pocos centenares de personas el diseño de esa nueva organización—Congreso para la Formación de una Nueva Asociación Política – Documento Base—que, como explicaría bastantes años más tarde, portaba un código genético distinto del común a los partidos tradicionales. Después de un año de intentos por establecerla, el proyecto nunca se concretó; como experimentaría luego muchas veces, nadie atinó a refutar ninguno de mis planteamientos—”todavía hay AD y COPEI para mucho rato”, se me dijo—, pero tampoco nadie se entusiasmó suficientemente con el dibujo como para ofrecer el apoyo financiero requerido, y una división ulterior en el reducido grupo de los promotores metió la idea en el congelador. ¿Por qué se suscitó la división? Refiero en mis Memorias prematuras:

Era el día viernes 16 de agosto [de 1985]. Yo había trabajado por la mañana en las oficinas de La Florida y me había ido a almorzar a la casa. Reposando el almuerzo, me encontraba viendo el noticiero de televisión por el canal cuatro, cuando escuché una entrevista que se le hacía a un connotadísimo líder político, de quien uno podría esperar, por su relativa juventud, una postura más moderna respecto de los problemas nacionales. Las respuestas del entrevistado fueron deplorables y, en gran medida, irresponsables. Sentí un profundo malestar.

“La persona que cree que su propio juicio, aunque falible, es el mejor, y que se impacienta viendo a hombres de menos categoría manejar mal las riendas del poder, por fuerza tiene que ansiar, hasta dolorosamente, hacerse con esas riendas. Ver las chapuzas y los patinazos de otros puede resultar hasta físicamente atormentador para él”. Estas son palabras de Richard Nixon en el capítulo final de aquel libro que me había regalado Arturo Ramos Caldera. Describen cabalmente la sensación que me dominaba ese mediodía. Recuerdo que casi me indigesto de la furia ante la inanidad de las frases del entrevistado, ante su ceguera y falta de comprensión de lo que verdaderamente hervía en Venezuela. No sería la primera vez que lo sentía, no sería la primera vez que pensaba en el asunto, pero ese mediodía sentí como si fuese mi deber intentar una carrera hacia la Presidencia, así luciese imposible desde cualquier punto de vista.

Por la tarde estaban citados a las oficinas de La Florida tanto Gerardo Cabañas como Diego Urbaneja. Les confié la sensación que me dominaba. Las reacciones fueron muy diferentes. Gerardo dijo: “Yo lo veía venir. Sólo quiero decirte que te quedan treinta meses”. En cambio Diego declaró: “Espero que te des cuenta de que esto significa la muerte de la spV, de la ASOVAP y de Heuris”.

Yo no entendía bien sus razones. Por un lado, el diseño mismo de las normas de la “spV” estipulaba claramente que a la asociación no le estaría permitido postular candidatos. Si finalmente yo llegaba a decidirme por la búsqueda de mi postulación, esto ocurriría fuera del ámbito de la “spV”. Por otra parte, yo había confiado mi estado de ánimo a dos amigos, a quienes no quería ocultarles nada. Ni siquiera estaba solicitando su apoyo en ese momento. Diego me explicó: “Si yo estoy contigo en Heuris, si estoy contigo en la spV, si estoy contigo en la ASOVAP, nadie va a creer que no estoy contigo en lo de tu campaña”. Volví a recordarle que yo no quería cargos directivos en la “spV” o en la ASOVAP y que lo que les estaba confiando era una inclinación personal, no algo para lo que estuviese contando con las plataformas de las organizaciones implicadas.

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Ya en soledad, me propuse actuar seriamente como médico-político, y compuse en junio de 1986 mi primer acto explícito en ese papel: Dictamen, en el que desarrollé el diagnóstico ya esbozado en el proyecto de asociación: que la observable insuficiencia política nacional no se explicaba a partir de una maldad de los actores políticos tradicionales sino por su “esclerosis paradigmática”:

…no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales. Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos.

Esta vez puse en la introducción de Dictamen:

Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento. La junta médica que pueda opinar debe hacerlo pronto, y debe también descartar, responsable y claramente, las proposiciones terapéuticas que no conduzcan a nada, las que no sean más que pseudotratamientos, las que sean insuficientes, las que agravarían el cuadro clínico, de por sí extraordinariamente complicado, sobrecargado, grave. Así, se vuelve asunto de la primera importancia establecer las reglas que determinarán la escogencia del tratamiento a aplicar. Fuera de consideración deben quedar  aquellas reglas propuestas por algunos pretendidos médicos, que quieren hacer prevalecer sus tratamientos porque son los que más gritan, o los que hayan tenido éxito en descalificar a algún colega, o los que sostengan que a ese paciente “lo vieron primero”. La situación no permite tolerar tal irresponsabilidad. No se califica un médico porque haya logrado descalificar a otro. No se convierten en eficaces sus tratamientos porque los vocifere, como no es garantía de eficacia el que algunos sean los más antiguos médicos de la familia. El paciente requiere el mejor tratamiento que sea posible combinar, así que lo indicado es contrastar los tratamientos que se propongan. Debe compararse lo que realmente curan y lo que realmente dañan, pues todo tratamiento tiene un costo. Es así como debe seleccionarse la terapéutica. Será preferible, por ejemplo, un tratamiento que incida sobre una causa patológica a uno que tan sólo modere un síntoma; será preferible un tratamiento que resuelva la crisis por mayor tiempo a uno que se limite a producir una mejora transitoria. Y por esto es importante la comparación rigurosa e implacable de los tratamientos que se proponen. Solamente así daremos al paciente su mejor oportunidad.

Esta prescripción, este modo de seleccionar la terapéutica, con la que seguramente estaríamos de acuerdo si un familiar nuestro estuviese gravemente enfermo, debiera ser la misma que aplicásemos a los problemas de nuestra sociedad.

Venezuela es el paciente. Es obvio que sus males no son pequeños. Ya casi se ha borrado de la memoria aquella época en la que nuestros medios de comunicación difundían una mayoría de buenas noticias, cuando en la psiquis nacional predominaba el optimismo y la sensación de progreso. La política se hace entonces exigible como un acto médico. En las condiciones actuales, en las que el sufrimiento es intenso y creciente, ya no basta que los tratamientos políticos sean lo que han venido siendo. Por esta razón este dictamen se ofrece en la justa dimensión indicada por su nombre. Es lo que yo propondría en la junta política que tuviera que atender la salud de la Nación en la presente circunstancia. Lo ofrezco en el espíritu con el que deben emitirse los dictámenes: a la vez con la fuerza del mejor tratamiento que uno sabe proponer y con la conciencia de su imperfección, deliberadamente abierto y vulnerable ante la refutación. A fin de cuentas aún lo que propone el hombre más seguro no pasa de ser una mera conjetura.

Dror: How to spring surprises on history

Faltaban seis años para la reaparición del golpismo militar en el país, y al año siguiente publiqué otro estudio (Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, septiembre de 1987), que consideró dos sorpresas (ocurrencias de eventos de baja probabilidad): un golpe militar y un outsider en la Presidencia de la República. Para más de un lector del trabajo debió ser obvio que yo pretendía ser ese outsider, y en una sección del estudio (Rasgos necesarios de la campaña) llegué a prescribir:

Por diversas ra­zones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesa­rios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga “guerra de trincheras” contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea.

Tal recomendación anticipó por tres años el fenómeno de Alberto Fujimori—”entonces desconocido en las esferas políticas…” (Wikipedia en Español)—quien hizo una exitosa campaña de sólo tres meses. Por lo que respecta a la sorpresa del golpe, el estudio de 1987 observaba:

Por otra vía, los golpistas podrían buscar apoyo, ya no en los sectores económicos, sino en los estratos de más bajos ingresos, planteando una orientación populista (al estilo de Perú en los años sesenta) nutrida ideoló­gicamente de fórmulas de izquierda, esto es, con dosis variables de mar­xismo. Los requisitos de un golpe de esta naturaleza son básicamente los mismos que los de cualquier intento militar. Principalmente, requiere un ni­vel muy acusado de descontento popular e incidentes reiterados de protesta social. Pero además requiere la presencia muy marcada de un liderazgo militar con ideología de izquierda. (…) …de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales (…) el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabi­lidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable.

En 1989 ocurriría el Caracazo, y el 4 de febrero de 1992 la intentona de Chávez y sus asociados; ésta (se supo más tarde) estuvo inicialmente planeada para el 16 de diciembre de 1991, pues los “bolivarianos” querían amanecer en Miraflores al día siguiente, en un nuevo aniversario de la muerte de Simón Bolívar. El 21 de julio de 1991 escribí para El Diario de Caracas (Salida de estadista): “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional”. Parece ser que el ojo clínico, la comprensión de la política como medicina, permitía esas anticipaciones. (El Director del periódico, Diego Bautista Urbaneja, quien ha dicho recientemente que alguna de mis prescripciones “no forma parte de la dinámica de la política real”, escribió tres días después de mi artículo comentándolo: “No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…”)

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Con la segunda rotativa

Naturalmente, no pude ser candidato a la Presidencia de la República en 1988, pero al año siguiente se abrió la oportunidad de hacer algo que nunca había hecho: dirigir un periódico desde su concepción hasta su lanzamiento. El 10 de marzo llegaba con mi familia a Maracaibo para encargarme del relanzamiento de La Columna, un periódico de la Arquidiócesis de Maracaibo que había cerrado operaciones en junio del año anterior. (Mi señora describió su estado a nuestra llegada: “Un edificio viejo con goteras, una rotativa echada a perder, un vigilante y un murciélago”). En De héroes y de sabios (junio de 1998) me referí a la feliz aventura sin mencionarme:

En mi escueta experiencia las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y tres meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso. (…) Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.

De regreso en Caracas, produje y conduje en Unión Radio el programa Argumento (1993-95), del que registré, de nuevo sin identificarme, justo antes de la cita anterior:

En un programa de radio dedicado al análisis político, hace pocos años, el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una “caja de conversión”, cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: “Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debería hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque eso no lo entiende el pueblo-pueblo?” Mientras el conductor del programa contraargumentaba para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: “Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar”.

Mucho después escribiría en El político virtuoso (octubre de 2007): “La segunda virtud a exigir de un político es la humildad. El mejor de los médicos, graduado en Boloña, con postgrados sucesivos en París y Boston y una longeva experiencia clínica, sabe que el cuerpo humano es mucho mejor médico que él. Sabe, por ejemplo, que nada en el arsenal terapéutico que domina es tan sabio, o tan refinado y preciso, como el sistema inmunológico natural del organismo humano. Del mismo modo, un político responsable debe entender que el cuerpo social le supera en entendederas, y que no debe jamás creerse autorizado a imponer al pueblo su criterio individual”. Pero fue en Argumento (24 de septiembre de 1995) donde leí y juré cumplir el Código de Ética para la Política que había compuesto esos mismos mes y año, con el Juramento de Hipócrates por delante para imitarlo intencionalmente en sus nociones fundamentales y su orden de exposición. Éstas son sus cláusulas quinta y sexta:

Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.

No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.

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Al cambio de nombre

Fue mi hijo mayor quien me animara en 2003 a publicar, para ser enviada por correo electrónico a suscriptores, lo que primero se llamó Carta de Política Venezolana. Al año siguiente me explicó el concepto de personal brand (marca personal). Me sentó en su casa frente a su computador, me mostró cómo profesionales diversos escogían una “marca” para designarse a sí mismos y me dijo dos cosas: “Te conviene usar una marca personal” y “Tu marca debe decir de algún modo quién eres tú”. De inmediato reaccioné así: “Bueno, si mi aproximación a la política es en tanto arte o profesión de carácter médico, tal vez sea ‘doctor político’ la marca personal que me convenga, por aquello de ‘vengo del doctor’, ‘el doctor me recetó’. ¿Qué te parece?” El hijo mágico, Leopoldo Enrique Alcalá Manzanilla, ducho en tantas cosas, rediseñó poco después la presentación del newsletter y a partir de su número 86 del 13 de mayo de 2004 la publicación decía: doctorpolítico Carta Semanal. Sería publicada hasta el 17 de diciembre de 2009, cuando inicié el trabajo en este blog, de nuevo posible gracias a su invalorable ayuda. El último número evocaba el trabajo de 1986, al llamarse Dictamen 2010. A sus lectores advertía:

El presente estudio, ofrecido para esta fecha (17 de diciembre de 2009) a los suscritores de la Carta Semanal de doctorpolítico el pasado 11 de noviembre de 2009, es probablemente el ejercicio más clínico de los presentados en esa publicación. De este modo, hay más acercamiento a las tres primeras cláusulas del Código de Ética compuesto y jurado públicamente por el suscrito el 24 de septiembre de 1995. Se las reproduce a continuación:

*Recomendaré o aplicaré, según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas o asociaciones que pidan mi consejo o asistencia.

*Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas o lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.

*Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general.

De modo que me mudé del correo electrónico a la web, y aquí llevo con ésta 1.799 entradas de tema político, pues cargué en sus fechas propias, además de todos los documentos mencionados acá, artículos y trabajos anteriores a 2009 (no todos políticos), que se remontan a 1970 (con una narración—Apocagénesis—que una dama conocedora me aseguró que no era un cuento y lleva piquete político).

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Diseño de mi hija Eugenia para una franela

Fue entonces cuando mi queridísimo y añorado amigo Luis Penzini Fleury me invitara a almorzar en diciembre de 2011. En nuestra conversación, le expuse algo que por primera vez adelantara en 1999, a los tres meses de la ascensión al poder de Hugo Chávez: que para superarlo no era lo indicado una oposición sino una superposición, que la tarea no era tanto acusarlo como refutar su discurso, en la cabeza de los Electores del país, con otro de nivel superior. También afirmé que yo me creía capaz de cumplir la misión así delineada.

Luis se encontró al año siguiente, durante el asueto de Semana Santa, a Jaime Nestares, el Director General de Radio Caracas Radio. Le repitió mi argumento y sugirió que se me diera un espacio en la emisora. Nestares se mostró enteramente dispuesto, confiando a mi tocayo que “me seguía” desde la época de mi programa en Unión Radio. En efecto, Nestares fue uno de los suscritores de la carta de doctorpolítico.

Días después, Jaime Nestares me atendía en la sede de El Paraíso para abrirme las puertas de RCR (750 AM). En ese primer encuentro me dijo: “Tú di lo que te dé la gana, pero ojalá puedas contribuir desde tu espacio a la sanación de la psiquis venezolana, que bien maltrecha está”. El 7 de julio de 2012 salía por primera vez al aire Dr. Político en RCR, el programa en el que digo lo que me da la gana y que conduzco para comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades”, y para contradecir “aquellas interpretaciones que considere inexactas o lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros”. Desde entonces van 253 transmisiones de Dr. Político en RCR. El apoyo de Don Jaime es motivo de agradecido orgullo, pues sé que su permiso de usar los micrófonos de la noble emisora es un privilegio único. LEA

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Para descargar esta entrada como archivo de formato .pdf: Cronología de Dr. Político

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Fuera de línea

La bella durmiente por el American Ballet Theater

Poco característicamente, el programa #253 de Dr. Político en RCR admitió a los oyentes el tono depresivo expresado en Buenos días, tristeza, entrada que fue leída durante la transmisión. Recientes declaraciones de Herman Escarrá confirman lo sostenido varias veces en el programa: que sólo el Pueblo puede decidir en referendo expreso la entrada en vigencia de una nueva constitución. También se formuló una clara consigna para las elecciones de constituyente esperadas para el 30 de julio: una masiva inasistencia que causaría la falta de “quórum de representatividad”, considerada igualmente por Escarrá como una posibilidad. Dos números del ballet La bella durmiente de P. I. Tchaikovsky—Panorama y Vals final—fueron la música escuchada hoy durante la transmisión. Su archivo de audio, como es costumbre, se coloca acá a continuación:

LEA

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Buenos días, tristeza

Sobre la novela de Françoise Sagan

 

A los hijos y los nietos

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Usualmente soy profesional optimista cuya especialidad médica no es la corrupción, pero hoy desperté deprimido tras leer anoche en La Patilla, con algún retraso, la terrible pieza de Gustavo Azócar Alcalá: La batalla entre Cilia y Luisa. Luego de un inapetente desayuno, me refugié en versos de T. S. Eliot—No cesaremos de explorar, y al término de nuestra exploración, regresaremos al sitio donde comenzamos y conoceremos el lugar por la primera vez—y los de un sólido amigo foráneo que también es poeta. Quise releer la curativa cita de Will Durant (The Pleasures of Philosophy):

Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas. 

(Eliot escribió a un amigo: “El Missouri y el Mississippi me han dejado una impresión más profunda que cualquier otra parte del mundo”).

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Volví sobre mis propias defensas: que las señales dolorosas son más vívidas por razón de supervivencia, y así la picada de un bachaco puede terminar el más dulce de los embelesos cuando muerde el menor de los dedos en el pie de un amante. Que los medios de comunicación prefieren difundir las noticias malas porque son las más leídas y refuerzan su circulación. (El fundador de USA Today, Al Neuharth, dijo en sus autobiográficas Confessions of an S. O. B. que la línea editorial del Washington Post era echar a perder el desayuno de sus lectores con la peor noticia disponible en primera plana). Yo mismo escribí esto en Krisis: Memorias prematuras:

El otro factor digno de mencionar es el marcado aumento en el escrutinio que de las ejecutorias públicas hacían, principalmente, los medios de comunicación social. Se puede decir que a este respecto aumentó la democracia venezolana durante el período de Luís Herrera. En efecto, nunca antes un gobierno había estado expuesto a un asedio tan insistente o tan escudriñador. El día que llegue a ser posible una cuenta más objetiva de los casos de corrupción administrativa y se haga una comparación entre los producidos en el gobierno de Pérez y en el de Herrera, será posible notar que durante el período de este último aumentó la frecuencia de reporte. Habrá que decidir entonces si hubo más corrupción absoluta durante el mandato de Luís Herrera o si la percepción de que así lo fue dependió más de una mayor cantidad de iluminación, si el tumor era realmente más grande que antes o si se veía más porque la lámpara del quirófano alumbraba mejor.

Eso fue señalado diez años antes de que Internet llegara a nosotros, para cambiarnos la vida de modo múltiple y profundo abrumándonos con información, cuando éramos sólo 4.700 millones de terrícolas; hoy somos 7.500 millones y hay más gente mala en el mundo. El primer acto hiperterrorista de la historia inauguró nuestro tercer milenio el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, cuando éramos ya 6.200 millones. Pero en la misma proporción hay gente buena; también en Krisis (1986):

…se comprende a la realidad política como si estuviese compuesta por un conjunto de los honestos y un conjunto de los corruptos, por un conjunto de los poseedores y un conjunto de los desposeídos, un conjunto de los reaccionarios y uno de los revolucionarios, etcétera. La realidad social no es así. Tómese, para el caso, la distinción entre “honestos” y “corruptos” que parece tan crucial a la actual problemática de corrupción administrativa. Si se piensa en la distribución real de la “honestidad”—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama corrientemente “las cualidades morales”: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.

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¿El futuro? Copio de Mundo nuevo y bueno (23 de octubre de 2008, días antes de la elección de un hombre de color a la Presidencia de los Estados Unidos):

Hace unos días, la cadena CNN presentaba un interesante capítulo de su serie “Destinos”, dedicado a mostrar al Paraguay como atractivo país para la visita turística. Al tiempo que mostraba hermosos parajes y significativos elementos de cultura, el programa entrevistaba a varios visitantes, la mayoría de otros países sudamericanos, aunque también de uno que otro europeo. Una pareja muy joven, procedente de Colombia, fue igualmente requerida por los periodistas, y sus respuestas sobresalieron nítidamente respecto de las de los restantes entrevistados, por más que ninguna de estas últimas dejó de ser atinada y positiva. El contenido concreto de las respuestas juveniles no tuvo nada fuera de lo común; la diferencia estuvo en el tono natural de sus observaciones. Cosas como la hermandad primordial de pueblos distintos, la importancia de la cultura autóctona, la igualdad de hombres y mujeres, no eran dichas como declaración solemne o programas políticos, sino con la misma naturalidad con que uno hablaría de la lluvia o una sopa cotidiana. No hacían el menor esfuerzo por convencer a nadie, puesto que daban su discurso por sentado, comme il faut, as a matter of fact. Ni siquiera estaban conscientes de su propia frescura: se trataba, simplemente, de la visión inmediata de la juventud. (…) El mundo va a ser mejor porque llegarán los jóvenes con esa perspectiva. Cuando vengan a ocuparse de la cosa pública no tendrán que ser convencidos de la importancia de preservar el planeta, porque serán ecólogos natos; no pasarán trabajo con la diversidad cultural del mundo, pues habrán nacido en la globalidad; no conocerán el prejuicio étnico, ya que las vallas publicitarias multiraciales de los colores unidos de Benetton serán historia remota, convertida por el tiempo en el modo estándar de la percepción. No serán locales.

Esto no es poesía, o deseo ingenuo. De un observador tan intenso y agudo como Kevin Kelly escuchamos esto (That We Will Embrace the Reality of Progress): “Soy optimista acerca de lo único que, por definición, podemos ser optimistas: el futuro. Cuando anoto lo positivo y lo negativo que hoy trabajan en el mundo, veo progreso. El mañana luce como que será mejor que hoy. No sólo en progreso para mí, sino para todo el mundo en el planeta tanto en conjunto como en promedio… Como dijera una vez el rabino Zalman Schacter-Shalomi: ‘Hay más bien que mal en el mundo, pero no por mucho’. Inesperadamente, ‘no mucho’ es todo lo que necesitamos cuando tenemos el poder del interés compuesto en operación. El mundo sólo necesita ser 1% mejor (o incluso una décima de por ciento mejor) cada día para acumular civilización. En tanto creemos 1% más de lo que destruimos cada año, tendremos progreso. Este incremento neto es tan pequeño que es casi imperceptible, especialmente ante el 49% de muerte y destrucción que nos afronta. Sin embargo, este minúsculo, delgado y tímido diferencial genera progreso”. No se trata, por tanto, de negar el mal social en el mundo. Allí está, pero está allí para superarlo, y en más de un caso es posible progresar en proporciones mayores que la medida por Kelly.

Es verdad que ahora está el autodestructivo Donald Trump en lugar de Barack Obama en el cargo más poderoso del mundo, pero ya su país se prepara a despedirlo. Los neonazis europeos han sido derrotados última y convincentemente en elecciones, y nosotros hemos decidido remover el chavoma—ver Memoria Clínica: Tratamiento de abolición (5 de febrero de 2003)—con metástasis mutada en maduroma, que es peor. (Manda Su Majestad, 17 de diciembre de 2016).

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Por último, me dije, es cosa de postura. El 28 de junio de 2015 publicaba el semanario La Razón la entrevista que me hiciera Eduardo Agüero, donde consta este punto de intercambio:

Hay quienes afirman que existen factores dentro de la MUD que en función de sus intereses políticos y pecuniarios, juegan a favor del gobierno. ¿Qué habrá de cierto en ello?

Mi aproximación a la política es clínica. Si un médico intentara curar un hígado enfermo tratando célula por célula se volvería loco; por eso no me intereso por la chismografía política acerca de actores particulares. Si tuviera que descalificar a algún actor político no lo haría por su negatividad, sino por la insuficiencia de su positividad. No me intereso por esa clase de asuntos.

Pero aunque poco me interesan asuntos como el tratado por Azócar, aún me queda algo de tristeza y eso está bien; para algo tenemos esa emoción. Emilio Mirá y López identificaba en Cuatro gigantes del alma, en orden creciente de más primitiva a más evolucionada, estas grandes pasiones del espíritu: el miedo, la ira, el amor y el deber. Es del deber cumplido de donde nos llega la mayor de las felicidades. LEA

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La revolución horrorosa

Para la defensa de la ciudadanía

 

¿En qué país vive el Defensor del Pueblo? ¿No requieren los acontecimientos en el grupo residencial conocido como “Los Verdes” su actuación firme, “hasta las últimas consecuencias”? ¿Es que aún no le ha llegado la notitia criminis de la longeva e impune actuación de grupos armados paramilitares alineados con la revolución “bonita”? ¿Es que no es de su competencia defender al Pueblo del terrorismo de Estado? LEA

Para fabricar lágrimas impotentes

 

¿Quién paga a herreros y cerrajeros?

 

Según el color del cristal con que se mira

 

Según el color del cristal que se revienta

 

Urbanismo colectivo

 

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Tuit y reacción

El tuitero Brito

 

Fue opinión de hoy del Arqto. José Brito C. lo siguiente, que expresara en tuit—Diccionario de la Lengua Española: tuit Del ingl. tweet. 1. m. Mensaje digital que se envía a través de la red social Twitter® y que no puede rebasar un número limitado de caracteres—dirigido al suscrito:

@jobricor @doctorpolitico Venezuela necesita urgentemente un doctor político que le suministre un tratamiento de terapia intensiva

Copio mi respuesta en mensaje directo (no limitado a 140 caracteres):

En la Introducción de Dictamen (junio de 1986), mi primer acto explícito de Política Clínica:

Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento. La junta médica que pueda opinar debe hacerlo pronto, y debe también descartar, responsable y claramente, las proposiciones terapéuticas que no conduzcan a nada, las que no sean más que pseudotratamientos, las que sean insuficientes, las que agravarían el cuadro clínico, de por sí extraordinariamente complicado, sobrecargado, grave. Así, se vuelve asunto de la primera importancia establecer las reglas que determinarán la escogencia del tratamiento a aplicar. Fuera de consideración deben quedar aquellas reglas propuestas por algunos pretendidos médicos, que quieren hacer prevalecer sus tratamientos porque son los que más gritan, o los que hayan tenido éxito en descalificar a algún colega, o los que sostengan que a ese paciente “lo vieron primero”. La situación no permite tolerar tal irresponsabilidad. No se califica un médico porque haya logrado descalificar a otro. No se convierten en eficaces sus tratamientos porque los vociferen, como no es garantía de eficacia el que algunos sean los más antiguos médicos de la familia. El paciente requiere el mejor tratamiento que sea posible combinar, así que lo indicado es contrastar los tratamientos que se propongan. Debe compararse lo que realmente curan y lo que realmente dañan, pues todo tratamiento tiene un costo. Es así como debe seleccionarse la terapéutica. Será preferible, por ejemplo, un tratamiento que incida sobre una causa patológica a uno que tan sólo modere un síntoma; será preferible un tratamiento que resuelva la crisis por mayor tiempo a uno que se limite a producir una mejora transitoria. Y por esto es importante la comparación rigurosa e implacable de los tratamientos que se proponen. Solamente así daremos al paciente su mejor oportunidad.

Esta prescripción, este modo de seleccionar la terapéutica, con la que seguramente estaríamos de acuerdo si un familiar nuestro estuviese gravemente enfermo, debiera ser la misma que aplicásemos a los problemas de nuestra sociedad. Venezuela es el paciente. Es obvio que sus males no son pequeños. Ya casi se ha borrado de la memoria aquella época en la que nuestros medios de comunicación difundían una mayoría de buenas noticias, cuando en la psiquis nacional predominaba el optimismo y la sensación de progreso. La política se hace entonces exigible como un acto médico. En las condiciones actuales, en las que el sufrimiento es intenso y creciente, ya no basta que los tratamientos políticos sean lo que han venido siendo. Por esta razón este dictamen se ofrece en la justa dimensión indicada por su nombre. Es lo que yo propondría en la junta política que tuviera que atender la salud de la Nación en la presente circunstancia. Lo ofrezco en el espíritu con el que deben emitirse los dictámenes: a la vez con la fuerza del mejor tratamiento que uno sabe proponer y con la conciencia de su imperfección, deliberadamente abierto y vulnerable ante la refutación. A fin de cuentas aun lo que propone el hombre más seguro no pasa de ser una mera conjetura.

(…)

Fuera de la metáfora médica puede asemejarse esta necesidad a la de una licitación política. El país está convocando a una licitación. Uslar dice: “El país está deseoso de que se le señale un rumbo”. Aquí me atrevo, después de mucho escrúpulo, a proponer uno. Invito a mis colegas en la preocupación por el diseño societal a que propongan otros, para que veamos cuál resuelve la mayor cantidad de problemas, los problemas más importantes, al menor costo relativo. Invito especialmente a todos aquellos venezolanos que han supuesto que dirigirían correctamente al país desde sus más poderosas magistraturas a que participen de esta licitación política a la que Venezuela ha convocado. (…) Están particularmente obligados los que piensan luchar por la máxima conducción en Venezuela. Están obligados a ofrecer, más que su poder, cualquiera que sea el que tengan, su propio dictamen.

Pero sobre todo debe participar el Pueblo. Es él el convocante. Es él el paciente. Es él, a la postre, quien tiene que comparar los dictámenes. Y tal vez puede hasta ser él su propio médico. Es aquél a quien debemos consultar, en una democracia que si no lo hiciera ya no lo sería, el tratamiento que pensamos debe aplicarse él mismo. LEA

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