el blog de luis enrique alcalá

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

Á propos un acto “amoroso”

 

Un contralor amorosísimo

 

De nota de prensa en El Universal:

El contralor general de la República, Elvis Amoroso, anunció este jueves [28 de marzo] que el jefe legislativo y juramentado presidente encargado, Juan Guaidó, fue inhabilitado para ejercer cargos públicos por supuesta corrupción alegando que “se presume falseó datos en su declaración y recibió dinero de instancias internacionales, sin notificar” (…) Afirmó que, considerando las disposiciones del artículo 105 del Sistema Nacional de Control Fiscal, que faculta imponer las sanciones de inhabilitación del ejercicio de funciones a los servidores públicos que cometan irregularidades hasta por un máximo de 15 años, resuelve “inhabilitar por el ejercicio de cualquier cargo público, al ciudadano Juan Gerardo Guaidó Márquez (…) por el periodo máximo establecido en la Ley con rango, valor y fuerza contra la corrupción”.

Sigue Amoroso la tradición establecida por Clodosbaldo Russián en 2008, cuando dictara 272 sanciones de inhabilitación—que incluían las de Leopoldo López y Enrique Mendoza—, basándose en el mismo Artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría y del Sistema Nacional de Control Fiscal. (Más recientemente, su predecesor, Manuel Galindo Ballesteros, empleó el 6 de abril de 2017 idéntica arma contra Henrique Capriles Radonski y Liborio Guarulla, gobernadores de los estados Miranda y Amazonas, respectivamente).

Con ocasión de las inhabilitaciones de Russián, introduje en el Tribunal Supremo de Justicia, el 11 de agosto de 2008, la denuncia (ver Violación denunciada) de una violación de derechos consagrados en la Constitución ¡por su misma Sala Constitucional, encargada de velar por la integridad y recta aplicación del texto supremo! Ocho días más tarde coloqué en el espacio de YouTube un video con apoyo de títulos acerca de la gravísima trapacería, que nunca monté en este blog. Es lo que ahora coloco a continuación:

 

 

LEA

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Opinión pública

 

Google dedicó un “doodle” al gran músico universal

El programa #340 de Dr. Político en RCR dio cuenta de mediciones recientes de tres firmas encuestadoras, coincidentes en el registro de una inmensa mayoría de la opinión venezolana que prefiere que Nicolás Maduro deje de presidir la República este mismo año de 2019. Se comentó la reciente declaración de Michelle Bachelet sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela, y se consideró un artículo de Frank O. Mora en la venerable revista estadounidense de temática internacional, Foreign Affairs. El Sr. Mora expone el caso de una intervención militar de los EEUU en Venezuela para desaconsejarla claramente.

Scott Joplin compuso The Entertainer, una pieza que ocupó nuestra conciencia auditiva como el tema de la película El Golpe (Paul Newman & Robert Redford). Después, se conmemoró el nacimiento de Juan Sebastian Bach hace 334 años con Fecit potentiam, uno de los poderosos coros de su magnífico Magnificat.

He aquí el archivo de audio de la emisión:

LEA

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Millar segundo

 

La verdad respecto de un hombre es, ante todo, lo que él oculta.

André Malraux

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Preámbulo

Hace unos días me escribió desde Los Ángeles un noble amigo—Leopoldo Hellmund Blanco—cuyo nombre de pila puse a mi hijo mayor, nacido en 1969. Este primer hijo ha sido apoyo fundamental, conceptual y tecnológico, del esfuerzo de treinta y seis años en mi peculiar política: me asistió en la escritura y diagramación de Krisis*, mis “memorias prematuras” (1986), me animó en 2002 a producir lo que en un comienzo fue la Carta de Política Venezolana y luego—desde el #86 del 12 de mayo de 2004 hasta el #356 del 5 de noviembre de 2009—la Carta Semanal de Dr. Político. De hecho, fue él la fuente de tal denominación al instruirme en el concepto de “marca personal” (personal brand) que yo desconocía; me convocó una mañana a su casa para explicármelo y advertirme que mi marca personal debía expresar lo que yo era, lo que yo hacía. Respondiendo a su estímulo, sugerí que si lo que yo hacía era una política médica, clínica, tal vez Dr. Político fuera la marca adecuada. (Muchas veces he explicado que no tengo doctorado alguno, a pesar de nueve años de educación universitaria—tres en Medicina, uno de Estudios Internacionales y cinco de Sociología—; el “doctor” de mi marca es simplemente sinónimo de médico: “Vengo del doctor, el doctor me recetó”). Más adelante, estableció y diseñó este blog y financió sus gastos (lo que hace todavía), y descubrió para mí la maravillosa gratuidad de ivoox.com en el montaje de archivos de audio, que permitió entradas musicales (88 hasta la fecha) y más tarde el almacenamiento de mis programas sabatinos en Radio Caracas Radio. Toda ignorancia mía en el mundo digital es cubierta por él, y le he encargado asegurarse de que este blog me sobreviva como repositorio abierto de los productos de una trayectoria intelectual que se remontan a 1969.

No podía menos que expedir tan insuficiente constancia en esta entrada, que es la número 2.000 de este blog en materia política, cuyo epígrafe es el mismo escogido para Krisis.

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Materia

No he ocultado que, al menos en cinco ocasiones, he sentido mi deber intentar una campaña por la Presidencia de la República en Venezuela. La más reciente es de hace algo más de tres años, motivada por la pregunta de una dama preocupada por el acontecer nacional:

Doña Amparo Schacher de Wiedenhofer tuvo la amabilidad de preguntarme (en comentario a Una orgullosa alegría): “Tomando en cuenta su visión de la política como acto médico ¿cuál sería el método y cuáles las primeras medidas a tomar si Ud. fuese elegido presidente actualmente?” (Recurso de Amparo, 14 de julio de 2015).

Cerré ésa, mi contestación, con estas palabras:

Dije anteayer a la Sra. Schacher de Wiedenhofer: “Gracias, Doña Amparo, por la confianza implicada en sus preguntas. Me propongo contestarlas con las mayores seriedad y responsabilidad. Deme Ud. unas horas, al cabo de las cuales sustituiré este inmediato acuse de recibo por una verdadera respuesta. Le avisaré a su dirección electrónica”. Lo que antecede es una contestación provisional, tal vez ilustrativa; un trabajo serio con asesores idóneos producirá un programa de mayor corrección. Naturalmente, lo aquí propuesto no es otra cosa que el arranque, lo que creo deben ser “las primeras medidas a tomar”, como lo pone la Sra. Wiedenhofer; mucho más puede y debe hacerse durante el resto del período constitucional. Una cosa sí no haría: buscar la reelección al término de ese plazo. Es estipulación de mi código de ética política—compuesto y jurado públicamente en septiembre de 1995—ésta que me obliga:

Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tales cargos con suficiencia y honradamente. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.

El mejor médico es el que se hace prescindible cuanto antes.

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Establecido el orden inverso, refiero la penúltima inquietud, esta vez detonada por otras preguntas; las de un íntimo amigo—Carlos Blunck—en una cena en su casa a fines de 2007, quien me disparó a quemarropa: “¿Cómo ves la vaina? ¿Qué crees que va a pasar?”

Veníamos del frenazo del Pueblo a las intenciones socializantes de Hugo Chávez Frías en el referendo del 2 de diciembre del aquel año. (Sobre su proyecto y el de la Asamblea Nacional para reformar la Constitución). Mientras cortaba un trozo de salmón en el plato que tenía por delante, encendí el reproductor de mi cerebro que contenía respuestas ya elaboradas; así le dije automáticamente: “Acabamos de lograr algo importante el pasado 2 de diciembre y la oposición se nota algo más articulada. Pero si no ponemos en la calle una contrafigura eficaz a la de Chávez el mandado no estará hecho porque, como dicen los gringos, You can’t fight somebody with nobody”. Callé y puse el salmón en mi boca.

Entonces sentí que me caería mal la comida porque, si yo creía tener los rasgos apropiados de tal contrafigura ¿qué hacía allí comiendo salmón en vez de estar en la calle? (El 3 de enero siguiente, Teodoro Petkoff me invitó a desayunar solos el día de su cumpleaños y le referí el episodio, a lo que repuso: “Yo también creo que tú tienes lo que se necesita. Lo que falta es el plan”. De allí no pasó la cosa).

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La misma desazón me había asaltado pocos años atrás; de esto doy cuenta en Cuestionario prerrevocatorio: “Diez meses antes del referendo revocatorio del mandato de Chávez en agosto de 2004, el Dr. José Raúl González Ágreda, el hombre de los cuatro acentos, conversaba con Orlando Amaya y conmigo acerca del presunto término del mandato de Hugo Chávez y sobre quién sería un sucesor preferible. Consideró que yo pudiera serlo, si contestaba satisfactoriamente un cuestionario que luego redactó y me hizo llegar”. En el enlace precedente puede ser leída mi contestación de las preguntas, cuya “justificación general” anticipaba:

Según puede predecirse como desenlace probable—no inexorable—de la actual situación política venezolana, estamos ante la posibilidad de una inminente cesación pacífica del actual gobierno y la elección de un nuevo presidente que complete el período constitucional. (…) Tal circunstancia determina de por sí un lapso corto y extraordinario que, por una parte, estará signado por grandes dificultades y, por la otra, convendrá tomar como oportunidad especialísima para introducir cambios sustanciales y suficientes en el esquema político nacional.

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En fecha próxima a la elección presidencial de 1998 ocurrió lo que refiero en Las élites culposas (Memorias imprudentes):

Gustavo Tarre Briceño me invitó a almorzar en enero de 1997 para reclutarme a su proyecto de entonces: convertir a Luis Giusti, Presidente de PDVSA, en el candidato presidencial de COPEI en 1998. (…) Pero luego de ensalzar las indudables capacidades de liderazgo presentes en Giusti, yo le respondí diciéndole que, si era por eso, yo también las tenía. Tarre contestó: “Yo creo que tú serías un buen Presidente de la República, pero ¿quién te conoce?” Rápidamente, respondí que eso era una ventaja cuando la mayoría de los votantes prefería una cara nueva. No hablamos más de este asunto. (En 1989, Alberto Fujimori, un outsider, alcanzó la Presidencia de Perú tras una campaña de tres meses. Dos años antes, yo había prescrito exactamente una campaña corta para un candidato de ese tipo en Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela).

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Pero la primera vez que sentí el peso del deber fue en 1985. Cuento en Krisis:

Era el día viernes 16 de agosto. Yo había trabajado por la mañana en las oficinas de La Florida y me había ido a almorzar a la casa. Reposando el almuerzo, me encontraba viendo el noticiero de televisión por el canal cuatro, cuando escuché una entrevista que se le hacía a un connotadísimo líder político, de quien uno podría esperar, por su relativa juventud, una postura más moderna respecto de los problemas nacionales. Las respuestas del entrevistado fueron deplorables, y, en gran medida, irresponsables. Sentí un profundo malestar.

“La persona que cree que su propio juicio, aunque falible, es el mejor, y que se impacienta viendo a hombres de menos categoría manejar mal las riendas del poder, por fuerza tiene que ansiar, hasta dolorosamente, hacerse con esas riendas. Ver las chapuzas y los patinazos de otros puede resultar hasta físicamente atormentador para él”. Estas son palabras de Richard Nixon en el capítulo final de aquel libro que me había regalado Arturo Ramos Caldera. Describen cabalmente la sensación que me dominaba ese mediodía. Recuerdo que casi me indigesto de la furia ante la inanidad de las frases del entrevistado, ante su ceguera y falta de comprensión de lo que verdaderamente hervía en Venezuela. No sería la primera vez que lo sentía, no sería la primera vez que pensaba en el asunto, pero ese mediodía sentí como si fuese mi deber intentar una carrera hacia la Presidencia, así luciese imposible desde cualquier punto de vista.

En la introducción de ese mismo libro doy fe de lo siguiente:

El fin de semana, como tantos otros, lo pasé trabajando protegido por mi mujer de los reclamos de los niños. Por la madrugada del domingo 15, revisando textos comenzados e interrumpidos días atrás, encontré uno que implicaba un grave paso. Entonces supe que lo daría y sentí paz. Me sentí incomparablemente mejor que cuando fui por el empleo. Al día siguiente, 16 de diciembre de 1985, di el paso. Me presenté en la Notaría Primera del Distrito Sucre y allí autentiqué un documento. El texto es el que sigue:

Yo, Luís Enrique Alcalá Corothie, venezolano, mayor de edad, casado, titular de la cédula de identidad número dos millones ciento treinta y nueve mil cuatrocientos ocho, ocurro ante Notario Público para certificar la siguiente declaración:

Primero. Que en ejercicio de mis derechos políticos, según lo dispuesto en los Artículos 112 y 182 de la Constitución de la República de Venezuela, he decidido solicitar de los electores venezolanos el apoyo necesario para ser postulado candidato a la Presidencia de la República en la próxima oportunidad constitucional.

Segundo. Que buscaré esta postulación directamente de los electores, según lo contemplado en el parágrafo segundo del Artículo 95 de la Ley Orgánica del Sufragio.

Tercero. Que he tomado esta decisión, en pleno uso de mis facultades y con plena conciencia de mis muchas debilidades, porque, después de un severo y laborioso examen de ambas y de una concienzuda consideración del actual proceso nacional y su posible evolución, creo reunir los requisitos que estimo necesarios para desempeñar el cargo de la Presidencia de la República con eficacia.

Cuarto. Que estoy asimismo plenamente consciente de la enorme dificultad del intento que me propongo y que, también considerada debidamente esa dificultad, creo poder vencerla, con la ayuda de Dios.

Quinto. Que en procura de tal finalidad no cabe otra conducta responsable que la de prepararme más aún, en el tiempo que me es disponible, para el servicio a la Nación desde su más obligante magistratura.

Es declaración dada en Caracas, a los dieciséis días del mes de diciembre de mil novecientos ochenta y cinco.

Con esto último se completa el registro de esa cíclica precandidatura tan gastronómica. (Sólo la contestación a la Sra. Wiedenhofer no tuvo que ver con algún condumio; menos aún con el peligro de indigestión).

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Es inocultable que vuelve a presentarse en Venezuela una circunstancia de inminente elección presidencial, casi universalmente deseada por su ciudadanía. Estoy a la orden, y lo que pongo a la orden es lo siguiente:

Una aproximación a la Política como arte de carácter médico, definida por la solución a los problemas de carácter público dentro de un código de ética profesional; esto es, distinta de una mera lucha por el poder sobre la base de alguna ideología. Dicho de otra manera, desde un discurso transideológico que está por encima del paradigma decimonónico del eje izquierda-derecha.

Una demostrable capacidad de anticipación del futuro. (Alexis de Tocqueville: “…el verdadero arte del Estado: una clara percepción de la forma como la sociedad evolu­ciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro”).

Una inclinación contraria a la pretensión de perpetuarse en el poder, orientada a un ejercicio breve de la Presidencia de la República.

Una ausencia de intenciones de vindicta, apropiada para la unificación de un país dividido, e independencia de cualquier grupo de interés, aun del más saludable.

Una exitosa trayectoria ejecutiva comprobada.

LEA

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*Krisis fue el segundo libro impreso en Editorial Ex Libris poco después de fundada por el premiado editor Javier Aizpúrua, y el primer libro venezolano en escribirse y componerse íntegramente en un computador personal (con MacWrite desde un Macintosh Plus con ¡un megabyte de memoria RAM!) Ésta fue su dedicatoria:

Mi padre fue quien me enseñó aquello de que un hombre no está completo si no ha tenido un hijo, si no ha sembrado un árbol y si no ha escrito un libro. Este es mi primer libro y si no sé cuál es el primer árbol que sembré no tengo dudas de quien fue mi primer hijo. Es causa de un amor y de un orgullo de los que no he podido recuperarme. Dedico mi primer libro a Leopoldo Enrique Alcalá Manzanilla.

Leopoldo Enrique también me auxilió en 1989 en Maracaibo (mientras me ocupaba como Editor Ejecutivo del diario La Columna), al instalar la red local para los computadores de la Redacción y el Departamento de Diseño. (Venía de un distinguido empleo en Manapro, una empresa venezolana precursora en el mundo del software, adonde se le conocía como Superchamo).

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Algunos otros enlaces pertinentes (atención a las fechas):

Si yo fuera Presidente

Solón y Cafreca

Tío Conejo como outsider

Retrato hablado

Hallado lobo estepario en el trópico

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El Pueblo que confíe en sí mismo

El dueño de My Way

Durante la 339ª reunión de Dr. Político en RCR con sus oyentes, se propugnó un aumento de confianza del Pueblo en sí mismo, dado que su propia falta de fe es tal vez la causa principal de la resistencia a un tratamiento referendario de nuestros problemas fundamentales como nación. El balsámico Largo de Georg Friedrich Händel fue seguido por My Way—la canción de Claude François y Jacques Revaux que popularizara Frank Sinatra hace cincuenta años—en el aderezo musical de la sesión, cuyo archivo de audio se ofrece a continuación:

LEA

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Lloviendo sobre mojado

 

Algunos símbolos episcopales

 

Aproveché el Día de Reyes de este año para enviar comunicación a un obispo que conociera en 1963 y admiro y respeto desde entonces. Creo que contiene un registro de la trayectoria política nacional hasta la toma de posesión de Juan Guaidó como Presidente de la Asamblea Nacional; creo también que vale la pena tomarla en cuenta como preludio a lo que ha sido el guión telenovelesco de su radicalizada agenda, por lo que la reproduzco a continuación:

Apreciado Monseñor: en la oportunidad de la Centésima Undécima reunión de la Conferencia Episcopal Venezolana, y tomando en consideración la muy agravada circunstancia nacional, he sentido como deber allegar a ese augusto cuerpo una cierta lectura que pudiera ser de utilidad a sus deliberaciones.

En su discurso de toma de posesión como nuevo Presidente de la Asamblea Nacional, el diputado Juan Guaidó anunció que el Poder Legislativo Nacional no recibirá el juramento de Nicolás Maduro como Presidente de la República para el período constitucional 2019-2025 y lo calificó de usurpador, una nueva etiqueta que pareció indicarse a sí misma al haber sido demasiado usadas las de fraudulento, írrito, ilegítimo y similares. Lexicográficamente, es infortunada esa elección; el Diccionario de la Lengua Española define usurpar con dos acepciones: 1. Apoderarse de una propiedad o de un derecho que legítimamente pertenece a otro, por lo general con violencia. 2. Arrogarse la dignidad, empleo u oficio de otro, y usarlos como si fueran propios. ¿A quién ha usurpado Nicolás Maduro la Presidencia? ¿A Javier Bertucci, Henri Falcón, Reinaldo Quijada o Luis Alejandro Ratti? El proceder de Guaidó se inscribe en la práctica ya larga de etiquetar denigrantemente al adversario y condenarlo sin pruebas, lo que a mi parecer es un acto inmoral—Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquiera crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente. William Clifford, La ética de la creencia—y de holgazanería conceptual y política. Una de las dos rutinas opositoras, desde 1999, es acusar todos los días, cuando lo que se necesita es refutar. (La otra es oponerse—definirse como oposición, alienadamente, en función de algo externo—en lugar de superponerse desde un discurso político de nivel superior).

Tras ese reiterado procedimiento están, por supuesto, la falsa premisa de que la Asamblea Nacional Constituyente fue convocada en contravención del Art. 347 de la Constitución, que en interpretación errónea del afamado jurista Allan Randolph Brewer Carías debió provenir de un referendo. Eso no es así; el artículo siguiente indica con precisión quiénes pueden convocar ese órgano (incluida la iniciativa popular calificada de 15% de los electores), y el Art. 5 de la misma ley suprema establece claramente:

La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamentemediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público.      

La convocatoria a constituyente por el Presidente de la República, cuyo cargo se origina en el sufragio, es ejercicio indirecto de la soberanía. (Otra cosa son las bases comiciales que se empleó, pero la Asamblea Nacional es culpable de omisión al no haber legislado acerca de las mismas).

Luego, se reputa de fraudulenta la convocatoria a las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018 por cuanto habría provenido de la ANC y porque se produjeron en fecha desacostumbrada. (Algunos, Cecilia García Arocha y José Virtuoso S. J., por ejemplo, argumentaron equivocadamente que la Constitución especificaba una fecha a fines de año). Las elecciones terminaron siendo convocadas y organizadas por el Consejo Nacional Electoral, y este órgano no podía desacatar a la ANC:

Art. 349: Los poderes constituidos no podrán impedir las decisiones de la Asamblea Nacional Constituyente.

En tanto esas decisiones sean de rango subconstitucional—la Constitución no está suspendida mientras la ANC opera—, como lo es la fijación de fecha para unas elecciones, la validez de ese artículo se sostiene.

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Naturalmente, el actual gobierno y su inmediato predecesor son lo peor que ha ocurrido políticamente en nuestra nación.

La dominación chavista-madurista es, sin duda, una grave y dolorosa enfermedad que ha caído sobre el país; habiéndola repudiado desde febrero de 1992, a comienzos de 2003 creí apropiado bautizarla como chavoma, para enfatizar su carácter invasivo y maligno. (El problema, 30 de agosto de 2017 en el blog de Dr. Político).

Pero también asenté en Las élites culposas (2012):

…ésa es la tragedia política de Venezuela: que sufre la más perniciosa dominación de nuestra historia—invasiva, retrógrada, ideologizada, intolerante, abusiva, ventajista—mientras los opositores profesionales se muestran incapaces de refutarla en su discurso y superarla, pues en el fondo emplean, seguramente con mayor urbanidad, el mismo protocolo de política de poder afirmada en la excusa de una ideología cualquiera que, como todas, es medicina obsoleta, pretenciosa, errada e ineficaz. Su producto es mediocre.

O, en ¿Qué se debe hacer? (19 de agosto de 2015):

…el chavoma es sólo el aspecto más agudo de la enfermedad política venezolana, una manifestación superpuesta y derivada del crónico cuadro de insuficiencia política—la incapacidad de las instituciones políticas para resolver los problemas públicos de importancia—que tiene su origen en la obsolescencia, por esclerosis, de los marcos mentales de los actores convencionales. Ellos son, fundamentalmente, la idea de que la política es una lucha por el poder justificada sobre una ideología particular, noción que es compartida por los actores políticos en todo el mundo, lo que explica por qué la política misma es lo que está en crisis en todas partes.

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Las valoraciones estándar de nuestro problema político dejan de considerar lo que llamé La historia desaparecida (2 de abril de 2017). Por ejemplo, que el Presidente de la Asamblea Nacional (Henry Ramos Allup) desenterró el hacha de guerra en su discurso inaugural el 5 de enero de 2016, declarando como “compromiso no transable” del parlamento “la cesación de este gobierno”, en formulación evidentemente anticonstitucional. Tampoco se evoca la absurda declaración de abandono del cargo por Nicolás Maduro conducida por su sucesor (Julio Borges) del 9 de enero de 2017. (Ojalá lo hubiera abandonado). O que el nombramiento de un Tribunal Supremo de Justicia paralelo, hoy en el exilio, no creó un órgano legítimo al contravenir lo pautado en la Constitución y la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia, que exige la participación del Poder Ciudadano en el proceso. Etcétera.

Es también parte de esa historia que dirigentes opositores se dedicaron a vender falsedades como las enumeradas parcialmente a diversas autoridades internacionales, en vergonzante solicitud de apoyo a una tal “comunidad internacional” para superar un problema que es exclusivamente nuestro y cuya solución está en manos de los venezolanos.

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Escribí el 21 de febrero de 2014 (La salida) sobre la marcha hacia la Fiscalía General de la República, liderada por Leopoldo López y Ma. Corina Machado:

Existe una larga tradición filosófica acerca de las condiciones de una guerra justa; gente como Santo Tomás de Aquino se ha ocupado de eso. De modo esquemático, son éstas las que justifican una acción violenta ante la agresión a una colectividad: 1. El daño infligido por el agresor en contra de la comunidad ha sido grave y continuado; 2. Todo otro medio de detenerlo se ha mostrado impráctico o ineficaz; 3. La probabilidad de éxito de la acción reparadora es elevada o suficiente; 4. El empleo de la violencia no debe producir males mayores que lo que se pretende repeler. Puede admitirse que la primera y, tal vez, la cuarta condición están cumplidas—el momento económico nacional, que pesa sobre toda la Nación, ciertamente se agravará con los disturbios—, pero ni están agotados todos los medios para parar el trote a Nicolás Maduro ni era en absoluto probable que fuera exitosa la iniciativa propugnada por López & Machado. Los hechos lo dicen. La salida no es la calle. La salida es la apelación al Soberano. (…) No puede ocultarse lo pernicioso del régimen chavista, y la condición a la que ha sometido al país es repudiable en todo sentido. Es por ello que las ganas de mucho Pueblo de protestarlo son harto explicables; el gobierno nos ha llevado a los límites de la exasperación. Pero mandar es muy preferible a protestar.

En efecto, no se ha intentado—como medio “para parar el trote a Nicolás Maduro”— la apelación al Soberano. Ciertamente, la 109ª Asamblea Ordinaria Plenaria de la Conferencia Episcopal Venezolana planteó en el acápite sexto de su Exhortación Final (12 de enero de 2018):

Las dificultades de entendimiento cada vez más graves entre el gobierno y la oposición política, a falta de un punto de apoyo común que se respete en la realidad, como debería ser la Constitución vigente, exigen al pueblo que asuma su vocación de ser sujeto social con sus capacidades de realizar iniciativas como, por ejemplo, que la sociedad civil lleve adelante una consulta para señalar el rumbo que quiere dar a la nación como prevé nuestra Carta Magna (Cfr. Art. 71).

Eso hay que promoverlo y organizarlo, y estas tareas pueden ser estimuladas y auspiciadas por una declaración más específica de parte de la CEV. Su autoridad puede superponerse a la resistencia de los opositores convencionales a permitir el rol protagónico que el Pueblo, como único poder supraconstitucional en Venezuela, puede y debe ejercer para cortar el nudo gordiano nacional.

En febrero del año pasado, Datanálisis midió una ventaja de 14 puntos de quienes estaban de acuerdo con un referendo que disolviera la Asamblea Nacional Constituyente y de 20 puntos de los que querían anular todos sus actos. En posesión de esos datos, escribí el 13 de marzo del año pasado a la rectora Cecilia García Arocha luego de la presentación del Frente Amplio Venezuela Libre en el Aula Magna de su universidad:

Al leer la Proclama del fresco movimiento no pude menos que conjugar dos de sus declaraciones con intención operativa; me refiero a éstas: 1. “El fraude constituyente es la máquina infernal encargada de sepultar la soberanía popular”; 2. “Es la hora del cambio, la hora del protagonismo del pueblo”. Creo que se muestra, como operación derivada de ambas afirmaciones, la convocatoria de un referendo por iniciativa popular que resuelva sobre la disolución de la Asamblea Nacional Constituyente instalada el 4 de agosto de 2017 y la anulación de todos sus actos hasta la fecha.

El planteamiento no tuvo acogida. Por esos días, escribí a un amigo:

El 11 de agosto del año pasado expuse: “La supremacía del Poder Supraconstitucional le permitiría disolver la constituyente dudosamente elegida el 30 de julio. Igualmente tiene el Pueblo poder más que suficiente para anular todas y cada una de las decisiones de esa asamblea contraria a la voluntad mayoritaria nacional. El Artículo 349 no nos obliga; nosotros sí podemos impedir las decisiones de la Asamblea Nacional Constituyente, pues no somos un poder constituido: somos el Poder Constituyente Originario, el único originario, el Poder Supraconstitucional”. He explicado el asunto por RCR y convencido a un gentío. (Hace dos semanas, llamó una señora al programa para decir que mucha gente de Altagracia quiere colaborar con la convocatoria). Me comprometí a promover ese referendo, antes de que Datanálisis midiera apoyo mayoritario a la iniciativa. Hay quienes razonan que siempre he sido un iluso comeflor, que no entiende que “el régimen” nunca va a permitir ese referendo. Yo creo que le será al gobierno muy difícil impedirlo. Conozco al enemigo; tú hiciste universidad en el “monasterio” de la UCAB, yo también allí, pero antes estuve tres años en Mérida (donde fui el participante más destacado de un curso antiguerrillero bajo instrucción de un capitán cubano anticastrista) y uno en la UCV, adonde fui armado a rescatar cuatro decanos no izquierdistas secuestrados en el salón del Rectorado. He debatido más de una vez con comunistas, y ellos siempre salieron en derrota. Sé cómo piensan y cómo operan, sé qué trampas emplean y dónde las colocan; sé rebatirlos. (En 1962, fui elegido como primer Presidente del Movimiento Universitario Católico de la ULA porque dos días antes logré revolcar a un mirista y un comunista en su Facultad de Humanidades). Sé también que, en último caso, pueden matarme, pero ya estoy demasiado mayor como para que eso me importe. (…) No soy un comeflor; no me chupo el dedo.

Creo haber asegurado los pocos recursos financieros necesarios a la iniciativa, pero sería un bálsamo para el alma nacional que los obispos dieran un claro espaldarazo a la iniciativa, más allá de la exhortación citada de enero del año anterior, más concretamente.

Es igualmente importante que la CEV apuntale las recientes palabras de Su Santidad a favor de la concordia en Venezuela; en efecto, unir a la oposición no es el problema, sino unir a un país dividido.

En ¿Jugada maestra? (27 de septiembre de 2018) dejé esta constancia:

En momentos cuando el gobierno torna a proponer un diálogo con la oposición, Luis Ugalde y Benigno Alarcón Deza (Director del Centro de Estudios Políticos y Gobierno de la UCAB) hablan de una “salida negociada” y de prepararse para una elección presidencial. (Ver en este blog Dos enfoques, 24 de septiembre de 2018); antes (26 de julio), Baltazar Cardenal Porras preparó el terreno: “Es muy mala palabra hablar de diálogo en Venezuela por todo lo que ha ocurrido, pero los problemas se arreglan hablando”, en entrevista que le hiciera El Universal. (En esa ocasión dijo también: tenemos que unirnos para responder mejor a las necesidades, ver mucho más lo que nos une y no lo que nos diferencia, se debe hacer con la participación de todos porque nadie tiene la verdad absoluta”).

He sostenido que no se trata de diálogo sino de acuerdo, por lo que un proyecto de éste es esencial, así como entender que un diálogo gobierno-oposición es intrínsecamente asimétrico. Así expuse en Plantilla del Pacto (25 de abril de 2016):

El 5 de febrero de 2003 redactaba el suscrito Gran Referendo Nacional, una proposición de acuerdo entre las partes enfrentadas en ese momento: el gobierno que presidía Hugo Chávez y la Coordinadora Democrática. Estábamos en medio del paro organizado por la Gente del Petróleo, que coordinaba sus acciones, como lo hacían las organizaciones cúpula empresariales y sindicales, con la central opositora; el gobierno contaba, naturalmente, con los militantes del Movimiento V República, el resto del Polo Patriótico y unas cuantas unidades más combativas, como la que comandaba Lina Ron. Era una coyuntura que presagiaba guerra civil.

Hoy nos encontramos en una situación parecida—ver Desactivemos la bomba—, aunque los componentes no son exactamente los mismos; ahora no es la oposición algo que esté minoritariamente representado en la Asamblea Nacional, ahora la controla. Es por esto que la prescripción de hace trece años no puede ser aplicada de forma idéntica; en lugar de un acuerdo entre gobierno y oposición, lo que conviene al país es un pacto de los poderes públicos nacionales. Dice el segundo parágrafo del Artículo 136 de la Constitución: “Cada una de las ramas del Poder Público tiene sus funciones propias, pero los órganos a los que incumbe su ejercicio colaborarán entre sí en la realización de los fines del Estado”. Asamblea Nacional y Gobierno, Tribunal Supremo de Justicia, Poder Ciudadano y Poder Electoral, están constitucionalmente obligados a acordarse en procura de los fines del Estado, que no son otros que los de la consecución de la paz y la prosperidad de la Nación.

La CEV puede resaltar esa obligación constitucional y exigir su cumplimiento.

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Creo de la mayor importancia, Monseñor, que la Conferencia Episcopal Venezolana no se sume al coro superficial e irresponsable de quienes propugnan un mero facilismo terminológico, con frecuencia en desconocimiento de la Constitución. (Sostienen un día que hay que “defender la Constitución” y al siguiente recomiendan procedimientos que la violarían, como la recomendación de “juntas” o “consejos de transición”). Poco antes del discurso de Guaidó, la Academia de Ciencias Políticas y Sociales incurría en los errores conceptuales descritos al comienzo de estas notas, como eco de lo que un mal informado Grupo de Lima exigiera casi simultáneamente.

Los obispos venezolanos, pienso, deben emplear su altísima credibilidad en traer un enfoque fresco y sano para la superación de nuestros graves y crecientes problemas. Mi esperanza está puesta en Uds.

Con afecto y admiración,

Luis Enrique Alcalá

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Política fragmentaria

Arma explosiva hecha de fragmentos desprendibles

 

El 7 de septiembre de 1984, escribía una carta a Arturo Sosa hijo, el financista, ministro y padre de Arturo Sosa Abascal S. J., Padre General de los jesuitas del mundo. Está recogida íntegramente en Krisis – Memorias prematuras, mi primer libro. De esa comunicación tomo dos fragmentos hacia el final, descriptivos de una nueva clase de organización política que ya estimaba necesaria en Venezuela. Lo que sigue es, entonces, el primer esbozo de un posterior proyecto político que aún no ha cristalizado. (O terminado de explotar. Ver Tarea pendiente, 5 de octubre de 2016).

Una nueva sociedad política, no un partido. No una organización que sólo acierta a definirse si postula, casi en el mismo instante de su nacimiento, un candidato a la Presidencia de la República. Una nueva sociedad, un pacto social. Que sea ella misma el paradigma para la sociedad venezolana. Que para ella sea inconsecuente que alguno de sus miembros sea, por supuesto, mujer o negro o empresario o musulmán o militar, como que tampoco tenga necesidad ninguna de impedir la entrada de los que sean copeyanos, adecos, masistas, o fieles a cualquiera otra de estas subrreligiones, con tal de que entiendan que ninguno de esos puntos de vista fragmentarios tiene la respuesta a los verdaderos problemas de hoy día. Y que por ende les dote de un lenguaje común en el que puedan formular proposiciones que les hagan acordarse, si es que aún no se han percatado de que son sus puntos de partida los que les mantienen enconados.

Una idea, que genere un movimiento que funde una organización que preste un servicio. Una organización que emplee recursos de su presupuesto central para alimentar operaciones políticas. Como campañas pro leyes que se introduzcan por iniciativa popular. O como la elección de miembros a cargos representativos, siempre y cuando cada uno de éstos haya sido capaz de juntar un grupo de electores que lo apoye. Una sociedad que propugne un pacto social cuya encarnación no se limite a ser la Comisión Nacional de Costos, Precios y Salarios. Que lo extienda más allá de una transferencia de la economía pública a la economía privada, y que lo lleve a la transferencia de lo hipertrofiado del gobierno central al estrato del interés y la gerencia provincial y municipal. Que no restrinja la formulación de un “plan de la Nación” a la recomendación terapéutica y tenga la audacia de emplear concentrada y concienzudamente una fracción de sus recursos en conquistas más audaces. Una sociedad que lleve a todas las aulas la revolución de la informática y que al mismo tiempo establezca una comunicación regular con sus miembros que trascienda la esporádica convocatoria a un “acto de masas”. Una sociedad que nunca más se refiera a sus miembros como “masa”. Una sociedad que haga uso de la inmediata posibilidad tecnológica para dar paso a la participación de la voz del pueblo, que promueva la encuesta, la consulta, el referéndum.

Ya hace, pues, más de treinta y cuatro años que propugnara por primera vez consultas referendarias, y tres meses después de lo reproducido hablaba de la política como arte de carácter médico. He aquí otros dos fragmentos de la granada:

En una reunión de Diego Urbaneja, Andrés Sosa Pietri, Alberto Krygier y yo, llegamos a la estimación de que la emergencia pública de la “sociedad política de Venezuela”, cuyo diseño estaba prácticamente listo, no debía producirse en un tiempo tan cercano a la Navidad. De hecho, en el mes de enero siguiente el país estaría dominado por la presencia de Juan Pablo II. Su atención estaría poco dispuesta a interesarse por un planteamiento como el nuestro. No obstante, quise hacer una reunión en diciembre con los nombrados y con la adición de Tulio Rodríguez, un profesional empleado en Krygier, Morales & Asociados a quien conocí en un curso que dicté a la División de Consultoría de esa empresa. También quise incorporar a Ariel Toledano, el inteligente diseñador de Válvula. La reunión se efectuó un lunes de diciembre en las oficinas de Alberto Krygier. La noche de la víspera, el domingo, pedí a Diego Urbaneja y Gerardo Cabañas que pasaran por la casa a conversar, en preparación de la reunión. Ya yo le había hablado a Urbaneja de Gerardo. Este último, tal vez por su inmersión cotidiana en lo operativo, tenía un tono distinto al de Urbaneja ante los proyectos. Mientras Diego presentaba dudas, expresaba inseguridad, enumeraba obstáculos, Gerardo exhibía una conducta práctica y positiva. Le dije a Diego que nos convenía un hombre como él. En esa reunión en mi casa expuse por primera vez mi noción de la ruta que estaba marcada para nuestra legitimación en tanto políticos como un camino “médico”. La llamé “la metáfora médica”.

El acto político es un acto médico, dije, pues en el fondo se trata de proponer, seleccionar y aplicar tratamientos a los problemas. De hecho, tesis como la que propuse en Válvula o aún la misma receta de la “sociedad política de Venezuela” no eran otra cosa que tratamientos, propuestos para ofrecer respuestas que, a diferencia de las respuestas insuficientes, las respuestas sub-estándar emitidas por los actores políticos tradicionales, fuesen al menos un intento de atacar los problemas en sus dimensiones más importantes. (Krisis).

En la carta a Sosa, se nombra la Comisión Nacional de Costos, Precios y Salarios. Un fragmento de Dictamen (una granada posterior, de junio de 1986) ofrece contexto y significado:

Así, por ejemplo, se constituye durante el presente período constitucional la Comisión Nacional de Costos, Precios y Salarios. El empleo de un mismo paradigma por parte de los partidos opuestos—Acción Democrática y COPEI—se pone de manifiesto al recordar que el expresidente Luis Herrera Campíns también intentó la constitución de un “Consejo Nacional de Precios, Costos y Salarios”. El Nacional del sábado 2 de enero de 1983 destacaba su reportaje sobre la alocución de Año Nuevo de Herrera Campíns con el siguiente titular: “La creación del Consejo Nacional de Precios, Costos y Salarios y el bono alimenticio de cien bolívares lo más sobresaliente del Mensaje”. El Presidente Lusinchi cambió el orden en “CONACOPRESA”—primero los costos y después los precios—y la denominación de “Consejo” por la de “Comisión”. (El bono alimenticio de Herrera Campíns, jamás realizado, corresponde al subsidio familiar preconizado por Luis Matos Azócar, el que tampoco ha sido llevado a la práctica).

Así quise destacar que dos presidentes, de ideologías distintas—socialcristianismo, socialdemocracia—, proponían en el fondo la misma cosa, sobre la noción de que el “país nacional” (distinto del “país político” del Estado y los partidos) quedaba completamente representado en las cúpulas empresarial y sindical. Era como la respuesta aprendida al caletre a una pregunta estándar de la escuela primaria: ¿cómo se divide el cuerpo humano? Pues en cabeza (gobierno), tronco (empresas) y extremidades (sindicatos). La política era entonces verdaderamente simple. LEA

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