el blog de luis enrique alcalá

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

Intercambio por WhatsApp

 

Hijo de Rafael Caldera, Ministro de la Secretaría de la Presidencia de su segundo gobierno

 

El propósito medular del discurrir humano es la consecución de la verdad. En Política—el arte de resolver problemas de carácter público—, además, es no sólo moralmente aconsejable conseguirla, sino prácticamente necesaria, pues las políticas fundadas sobre nociones equivocadas conducen al daño social. (…) Aquella política que se diseñe sobre lecturas equivocadas de la realidad muy probablemente fracasará en su ejecución. Siendo esto así, se convierte en deber la mostración del error, así sea uno que se cometa “de nuestro lado”.

Lógica anecdótica – 17 de mayo de 2017 (Epígrafe precedente: Solíamos decir de él que sería el mejor de los compañeros si no dijera siempre la verdad. Oscar Wilde – La esfinge sin secreto)

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Recibí de Andrés Caldera Pietri, ayer domingo 16 de febrero, el enlace a una entrevista que publicara el sitio web de La Razón, que el medio titula así: ANDRÉS CALDERA: “No estamos en un estado de derecho”. Esto le comenté en retorno ese mismo día::

Gracias, Andrés, una buena entrevista. Encuentro en ella mucho de pasado y una recomendación a futuro cercano con la que estoy en desacuerdo: “lo lógico es que todos nos pongamos detrás de Juan Guaidó y sigamos la línea que la oposición, mayoritariamente plantea”. Guaidó ha fundado su actuación sobre una patraña tras otra. Él, para empezar, no es el Presidente de Venezuela. Hay que “ponerse detrás” de una estrategia fundada sobre bases correctas, no detrás de una persona. No se combate el error con la mentira, sino con la verdad.

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Un comentario adicional. En la entrevista destacas: “La Conferencia Episcopal ha propuesto que se consulte al soberano. Yo estoy seguro de que si se hace una consulta al país, la mayoría de la gente va a pedir que se hagan unas elecciones presidenciales este año”. La CEV propuso eso el 12 de enero de 2018 (Corolarios episcopales);* yo lo propuse el 22 de octubre de 2016 (Prontas elecciones) y hablé extensamente del asunto a la plana mayor de la CEV. Igualmente, te recibí en mi casa** e intenté venderte un tratamiento referendario de la crisis; con posterioridad, eludiste el tema y mi invitación a que te sumaras a la promoción de tal salida.

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Este comentario tuyo es lamentable: “no se conseguían jueces, para que lo condenaran” [a Chávez]. ¿No y que la justicia debe ser autónoma? ¿Cómo es que se formulaba la condena antes del juicio?

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Con razón “no estamos en un Estado de Derecho”; desde hace tiempo viene la cosa.

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Estoy esperando la reacción de Caldera Pietri. Recuerdo, entretanto, esto que puse en De Oslo a Bridgetown el 9 de julio del año pasado:

…de las múltiples aristas del problema político venezolano, es la más aguda el ejercicio de la Presidencia de la República en manos del Sr. Nicolás Maduro (no en las de Juan Guaidó). Pero no puede celebrarse nuevas elecciones presidenciales mientras Maduro ejerza su cargo, pues el presente período constitucional expira el 10 de enero de 2025; tendría Maduro que renunciar a él para abrir la puerta o el único poder capaz de hacerlo, el Pueblo en su carácter de Poder Constituyente Originario y Supraconstitucional (no limitado por la Constitución), tendría que ordenar nuevas elecciones mediante referendo convocado al efecto. De no darse alguna de esas dos circunstancias, un acuerdo de fuerzas políticas en Barbados sólo sería convenir en la violación a cuatro manos de la Constitución.

Y es del 28 de noviembre de 2017 una previa entrada que hace referencia al mismo medio de comunicación empleado en el intercambio precedente (What’s up in WhatsApp). Allí dije hacia el final:

La ANC no es algo que pueda decidirse en una mesa de negociación. Si bien sobre bases comiciales deformes, fue legítimamente convocada. A pesar de la propensión de moda a las etiquetas, ella no es fraudulenta y fue elegida por 8 millones de votantes. (Según el CNE; 7 millones según el alegato no probado de Smartmatic, una votación parecida a la del “plebiscito” del 16-J, o 38,5% del registro electoral). Sólo el Poder Constituyente Originario, el Pueblo expresado en referendo, podría disolverla e incluso anular todos sus actos.*** Tampoco puede decidirse en una mesa por los negociadores elecciones fuera de los ciclos constitucionales (las “elecciones generales” que propusiera José Guerra por CNN el 25 de octubre del año pasado).

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En verdad lo que planteó la Conferencia Episcopal Venezolana en enero de 2018 fue que el Pueblo asumiera “su vocación de ser sujeto social con sus capacidades de realizar iniciativas como, por ejemplo, que la sociedad civil lleve adelante una consulta para señalar el rumbo que quiere dar a la nación como prevé nuestra Carta Magna (Cfr. Art. 71)”. En esa oportunidad comenté en Corolarios episcopales: “Bueno, ése no es el objeto de los referendos consultivos; el Artículo 71 citado por los obispos indica que ellos tienen por propósito genérico considerar ‘materias de especial trascendencia nacional’, pero el rumbo que se quiere dar al país está más directamente relacionado con el plan de desarrollo económico y social de la nación, cuyos lineamientos generales deben ser aprobados por la Asamblea Nacional en ejercicio de prerrogativa especificada en el numeral 8 del Artículo 187 de la Constitución, que establece sus facultades”.

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** En noviembre de 2017.

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*** Datanálisis consultó, poco después de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal mencionada arriba, acerca de la disposición a disolver la Asamblea Nacional Constituyente en funciones y anular todos sus actos. Éstas fueron sus mediciones:

Hallazgos de Datanálisis (febrero 2018)

 

El total de los entrevistados que estaba de acuerdo con la disolución de la ANC superaba por 14 puntos a quienes se mostraban en desacuerdo, y esa ventaja ascendía a 20,3 puntos respecto de la posible anulación de sus actos. Ni siquiera ese registro, universalmente sabido, hizo que la dirigencia que se hace llamar “opositora” se animara a organizar la convocatoria de un referendo sobre tales cuestiones. Por entonces no logré interesar a Andrés Caldera Pietri en esa avenida de democracia participativa. LEA

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De la inteligencia como deber

 

El pasaje crucial de La Ética de la Creencia

 

Presentación: lo que sigue—con la adición de tres anotaciones—es la traducción del muy recomendable artículo en brainpickings de María Popova acerca de una obra fundamental de William Kingdon Clifford: La ética de la creencia. Mi admiración por este agudo y certero autor británico es muy grande, y no vacilo en reconocer que ese ensayo suyo es una de mis principales guías éticas, tal vez la más importante, en materia política.

Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).

La prédica central de Clifford es esencial para no perderse en esta época de fake news, cuando la política está infestada de ellas y de dogmáticas condenas. LEA

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La Ética de la Creencia: el gran matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford sobre la disciplina de la duda y cómo podemos confiar en una verdad

 

 

“La confianza que las personas tienen en sus creencias no es una medida de la calidad de la evidencia sino de la coherencia de la historia que su mente ha logrado construir”, observó el psicólogo Daniel Kahneman*, ganador del premio Nobel, al resumir sus estudios pioneros de psicología del comportamiento sobre cómo y por qué nuestras mentes nos engañan. Y, sin embargo, nuestras creencias son la brújula con la que navegamos por el paisaje de la realidad, la que dirige nuestras acciones y conforma así nuestro impacto sobre esa misma realidad. El gran físico David Bohm capturó esta dependencia ineludible de manera memorable: “La realidad es lo que consideramos cierto. Lo que consideramos verdadero es lo que creemos… Lo que creemos determina lo que consideramos verdadero ”.

¿Cómo, entonces, alinear nuestras creencias con la verdad en lugar de la ilusión, para que podamos percibir la representación más precisa de la realidad de la que sea capaz la mente humana, y a la vez guiar nuestras acciones hacia fines nobles y constructivos?

Eso fue lo que el matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford (4 de mayo de 1845 – 3 de marzo de 1879) exploró con visión poco común y elegancia retórica casi un siglo y medio antes de la edad de oro de los “hechos alternativos“.

Cuando la tuberculosis reclamó su vida a la edad injusta de treinta y tres años, Clifford había revolucionado las matemáticas desarrollando el álgebra geométrica, había escrito un libro de cuentos de hadas para niños y se había convertido en la primera persona en sugerir que la gravedad podría ser una función de una geometría cósmica subyacente, al desarrollar lo que llamó una “teoría espacial de la materia” décadas antes de que Einstein transformara nuestra comprensión del universo al unir el espacio y el tiempo en una geometría del espacio-tiempo.

Pero una de las contribuciones más duraderas de Clifford es un ensayo titulado La ética de la creencia, publicado originalmente en 1877 en la revista Contemporary Review y luego incluido en Razón y responsabilidad: lecciones sobre algunos problemas básicos de filosofía. En el ensayo, Clifford investiga la naturaleza del bien y el mal, el infernal abismo entre la creencia y la verdad, y nuestra responsabilidad por la verdad a pesar de nuestras habituales desviaciones humanas de la sinrazón, el engaño y la racionalización.

Clifford, con solo treinta y dos años, comienza con una parábola que contiene un experimento mental de carácter ético:

Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le causaban infelicidad; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.

¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto. 

Clifford agrega una capa de complejidad ética al argumentar que incluso si el barco no se hubiera hundido, el propietario del barco sería culpable del mismo error de juicio, ya que “no habría sido inocente, sino que no habría sido descubierto”. Así escribe:

La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.

[…]

Porque no es posible separar la creencia de la acción que ella sugiere para condenar a una sin condenar a la otra. Ningún hombre que tenga una fuerte creencia a favor de un lado de una cuestión, o incluso que desee sostener una creencia en ese lado, puede investigarlo con tanta justicia e integridad como si realmente estuviera en duda y fuera imparcial, de modo que la existencia de una creencia que no está basada en una investigación justa hace incompetente a un hombre para el desempeño de ese necesario deber.

Un siglo antes de que los psicólogos llegaran a identificar defectos cognitivos tales como el sesgo de confirmación y el efecto contraproducente**, Clifford agregaba:

Tampoco se trataba en absoluto, verdaderamente, de una creencia que no tuviera influencia alguna sobre las acciones de quien la sostenía. Quien realmente cree en lo que lo impulsa a una acción lo ha considerado para codiciarla, ya se ha comprometido con ella en su corazón. Si una creencia no se realiza de inmediato en actuaciones manifiestas, se almacena para la orientación del futuro. Pasa a formar parte de ese agregado de creencias que vincula la sensación y la acción en cada momento de nuestras vidas y se organiza y compacta tanto que ninguna de sus partes puede aislarse del resto, más bien cada nueva adición modifica la estructura del conjunto. Ninguna creencia real, por minúscula y fragmentaria que parezca, es realmente insignificante; nos prepara para recibir otras similares, confirma las anteriores que se le parecen debilitando a otras y así, gradualmente, establece una furtiva cadena de íntimos pensamientos que puede explotar algún día como acción abierta, dejando su impronta en nuestro carácter para siempre.

En un sentimiento evocador de las reflexiones del poeta y filósofo indio Tagore sobre la interdependencia de la existencia, Clifford se encarga de resaltar el tapiz sociológico del que se ha arrancado cada hebra de nuestras creencias privadas:

La creencia de alguien no es, en ningún caso, un asunto privado que le concierne sólo a él. Nuestras vidas están guiadas por esa concepción general sobre el curso de las cosas, que ha sido creada por la sociedad con fines sociales. Nuestras palabras, nuestras frases, nuestras formas y procesos y modos de pensamiento, son propiedad común, formada y perfeccionada por una época tras otra; un legado que cada generación sucesiva hereda como precioso depósito y sagrado fideicomiso para ser entregado a la siguiente; no sin cambios, sino ampliado y purificado, con algunas claras señales de su propio trabajo. En esto, para bien o para mal, se entrelaza cada creencia de cada hombre que oye hablar a sus semejantes. Es un tremendo privilegio y una tremenda responsabilidad que tengamos que crear el mundo en el que vivirá la posteridad.

En un pasaje de asombrosa pertinencia para la actualidad—dado que ciertas peligrosas ideologías divorciadas de la verdad ofrecen un falso consuelo con los llamados “hechos alternativos“, en detrimento de nuestro bien común—, advierte Clifford:

La creencia, esa facultad sagrada que incita las decisiones de nuestra voluntad, y teje en armoniosa obra todas las energías compactadas de nuestro ser, no es nuestra para nosotros sino para la humanidad. Se la usa correctamente en verdades que hayan sido establecidas por una larga experiencia y trabajo paciente, que permanezcan erguidas ante la feroz iluminación de un libre e intrépido cuestionamiento. Entonces sirve para unir a los hombres y fortalecer y dirigir su acción común. Se la profana cuando se la concede a declaraciones no probadas o cuestionadas, para consuelo y placer privado del creyente, para agregar un esplendor de oropel al sencillo camino recto de nuestra vida y mostrar más allá de él un brillante espejismo, o incluso para ahogar las penas comunes de nuestra especie mediante un autoengaño que le permite no solo derribarnos, sino también degradarnos. Quien, en este asunto, desea merecer bien de parte de sus semejantes protegerá la pureza de sus creencias con un verdadero fanatismo que cuidará celosamente, no sea que en algún momento llegue a descansar sobre objeto indigno y adquiera una mancha que nunca podrá ser borrada.

Tres siglos después de que el padre fundador de la filosofía occidental y cruzado de la razón, René Descartes, afirmara que “no es suficiente tener una buena mente; lo principal es emplearla bien”, Clifford agregaría:

En lo que respecta, entonces, a la sagrada tradición de la humanidad, aprendemos que ella no consiste en proposiciones o declaraciones que deban ser aceptadas y creídas por autoridad de la tradición, sino en preguntas correctamente formuladas, conceptos que nos permitan formular preguntas adicionales y métodos para responder las preguntas. El valor de todas estas cosas depende de que sean sometidas a prueba todos los días. La propia condición sagrada de ese precioso depósito nos impone el deber y la responsabilidad de someterlo a prueba, de purificarlo y agrandarlo al máximo de nuestras fuerzas. El que hace uso de sus resultados para sofocar sus propias dudas o para obstaculizar la investigación de otros, es culpable de un sacrilegio que los siglos nunca podrán borrar.

Un método para purificar y ampliar nuestro acceso a la verdad es lo que Carl Sagan esquematizó un siglo más tarde en su inmortal Caja de detección de engaños, pero fue el propio Clifford quien cristalizara el enfoque más eficaz en una frase*** maravillosamente sucinta:

Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquiera crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente.

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En Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, 9 de enero de 2004: “Para un tratamiento bastante exhaustivo y técnico del tema de los marcos, con especial aplicación a la elección entre opciones con diferentes resultados espe­rados, y su diferente presentación o ‘enmarcamiento’, puede verse Choices, Values and Frames, editado por Daniel Kahneman y Amos Tversky y publicado por Cambridge University Press en 2000. Los autores se hicieron acreedores al Premio Nobel de Economía por sus trabajos desde la perspectiva de la psicología de la cognición. Tversky murió antes de recibirlo”.

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** “El efecto contraproducente es un nombre para el hallazgo de que, dada la evidencia en contra de sus creencias, las personas pueden rechazarla y creerlas aun más fuertemente”. (Wikipedia).

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*** El compacto y poderoso dogma de Clifford se sigue por estas palabras: “Si un hombre que sostiene una creencia que se le enseñara en su infancia o de la que se le persuadiera más tarde, abate y repele cualesquiera dudas que sobre ella surgieran en su mente, evita adrede la lectura de libros y la compañía de hombres que la cuestionan o discuten, y considera impías aquellas preguntas que no puedan ser formuladas fácilmente sin perturbarla, la vida de ese hombre es un largo pecado contra la Humanidad.

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La resurrección de un padre

 

Ariana y Hans Neumann

 

Lo que sigue es traducción al español de una reseña—Hiding from the Gestapo in plain sight in Berlin—que aparecerá el sábado 15 de este mes en la edición impresa de The Spectator, la venerable revista inglesa fundada en 1828. Da cuenta de una obra extraordinaria, producto de la investigación de Ariana Neumann Anzola sobre la vida de su padre antes de su llegada a Venezuela en 1949, de la que él prácticamente no hablaba. Tuve la inmensa suerte de trabajar para él durante más de once años; Hans era un caballero verdaderamente monumental. Cuando se estrenó en el Centro Comercial Chacaíto de Caracas la sala Cinema Uno, se escogió abrirla con El dios fingido (The Magus), película basada en la novela homónima de John Fowles, y mi entusiasmo con el filme me llevó a verlo tres veces, la última en compañía de Hans, a quien convencí de que valía la pena. Una de sus escenas reconstruye la masacre con ametralladoras nazis de ciudadanos griegos comunes, y Hans, sentado a mi derecha, saltó en su asiento clavando sus dedos en mi brazo. Mi inconsciencia no había calculado la aguda pena que la escena le causaría removiendo sus insoportables recuerdos. En otra ocasión, cuando se separaba de su primera esposa para casarse con la madre de Ariana, me confió: “Cuando me casé con Milada [Svaton], vivíamos una época en la que quien se permitiera un sentimiento era hombre muerto”. LEA

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Escondiéndose a plena vista de la Gestapo en Berlín

 

Ariana Neumann describe la extraordinaria existencia de su padre en tiempos de guerra, como judío checo que se movía libremente por la capital alemana

 

Anne Sebba

 

De los muchos momentos sombríos que se han alojado en mi mente desde que leí este libro extraordinario, el más inquebrantable es la imagen del otrora respetable Otto Neumann caminando hacia su muerte bajo una lluvia torrencial, por cuyo rostro y ojos corría betún negro. Su destino quedó sellado cuando un cabello plateado revelado debajo aseguró que se le considerara demasiado viejo como para ser seleccionado para trabajar. Fue enviado a las cámaras de gas de Auschwitz.

Pero si este aguacero, en un mundo horriblemente loco, se puede considerar mala suerte—después de todo, Otto y su esposa Ella se las habían arreglado para sobrevivir en el infierno que fue Terezín durante dos años—Hans, su pequeño hijo. escondido, llegaría a tener momentos de asombrosa buena suerte que aseguraron su supervivencia. Después de la guerra, tal vez su mayor suerte fue tener una hija que ha dedicado años a desentrañar y reconstruir las experiencias de guerra de las que nunca podría hablar con nadie, y menos aún con ella. Sin embargo, él quería claramente que ella escribiera esta historia, y a su muerte en 2001 le dejó una caja de papeles que, ella cree, le dio permiso para continuar la búsqueda.

En realidad, la búsqueda comenzó mucho antes, cuando Ariana, criada como católica en Caracas, jugaba con algunos amigos de la escuela que pretendían ser parte de un club de detectives o espías, al que llamaron el Club de la Bota Misteriosa. Uno de los primeros documentos que descubrió fue una tarjeta de identidad de 1943 con el nombre de Jan Sebesta y una estampilla de Hitler, pero con una foto de su padre cuando era joven. Sin embargo, cuando corrió hacia su madre gritando que su padre debía ser un impostor, nadie le dijo nada más. No se alentaba ninguna discusión acerca de lo que había sucedido antes de su exitosa vida como un rico industrial y coleccionista de arte en Venezuela, adonde se mudó con casi nada en 1949. Y sin embargo, hubo vislumbres ocasionales y desconcertantes, como cuando en 1990 llevó a su hija de regreso a Praga y, deteniéndose en la cerca de malla de alambre a lo largo de las vías del tren de Bubny, rompió a sollozar incontrolablemente. Nunca pudo contarle a su única hija el devastador evento que tuvo lugar allí en 1942. Tendría que averiguarlo por sí misma.

Durante los años transcurridos desde la muerte de su padre, Neumann ha localizado y reunido cientos de documentos y pistas para crear este conmovedor recuento de la supervivencia de su progenitor en tiempos de guerra. Hacia la mitad del libro está el relato de cómo evitó por primera vez la deportación, escondiéndose en una partición estrecha especialmente construida en la fábrica de pinturas de su familia en Praga. Cuando su existencia allí se volvió demasiado peligrosa, él y su amigo Zdenek, en cierto sentido el verdadero héroe de este libro, idearon un intrépido plan para que él viajara a Berlín con papeles falsificados y trabajara bajo un nombre falso en una fábrica de pinturas de Berlín que estaba desarrollando un nuevo sistema de camuflaje para cohetes alemanes.

La historia de cómo este judío checo buscado por la Gestapo, escondido a la vista en Berlín donde tuvo una relación con una viuda de guerra alemana, fue elogiado por su innovador trabajo por un jefe abiertamente nazi, y recorrió la capital alemana en 1943, es impresionante. Hacia el final de la guerra, incluso, se convirtió en espía que pasaba información a un compañero de trabajo holandés en la fábrica de pinturas.

El libro en Amazon

“Lo que queda”, parte del subtítulo de este poderoso libro, es una frase modesta para lo que es un logro gigante. Porque lo que queda es tan vasto… mucho más que una vida sacada de las sombras: es el profundo amor y la humanidad de una hija hacia un padre complejo y ocasionalmente difícil que trató de protegerla del dolor de saber sobre su vida anterior, pero también es la historia amorosamente recreada de toda una familia. Especialmente reveladora es la manera, valientemente tierna, con la que Neumann escribe sobre los abuelos que nunca conoció y que ahora ha compartido con nosotros: una pareja de mediana edad que se acercó a la devastación de los campamentos con actitudes marcadamente diferentes ante la vida.

Ella, ligeramente coqueta, habría hecho casi cualquier cosa para sobrevivir (el casi es importante), lo que resultó en las acusaciones de su esposo Otto de que tenían un ‘matrimonio fallido’ y que su esposa estaba teniendo una aventura con el hombre del campamento para el que ella fungía como ama de llaves. Neumann, lejos de ser crítica, muestra simplemente cuán imposible era la vida, agradecida de que por fin encontrara a la familia que estaba oculta por el silencio. “He recuperado la esencia de ellos y los llevo en mi corazón; ahora que finalmente están conmigo, me niego a decirles adiós”.

Una de las fortalezas clave de las memorias de Neumann es su terca investigación de los asombrosos detalles de la vida cotidiana en los campamentos, gracias en parte a las cartas que sus abuelos sacaron de contrabando, pero también a los relatos escritos por quienes los conocieron. La historia de su agotado abuelo, condenado a muerte por el fallido tinte de betún para el cabello bajo la lluvia de noviembre, proviene de un testigo en el mismo transporte. Este libro es escalofriantemente triste, pero en general optimista, y de ninguna manera es simplemente otra historia del Holocausto. Es un tesoro para saborear como testamento de la voluntad humana de sobrevivir.

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Castillos y armas de la C. I. A.

 

La obra más reciente (2019) de Mario Vargas Llosa

 

La más reciente novela de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura en 2010, versa sobre la abusiva y criminal intromisión estadounidense en Guatemala para deponer el gobierno presidido por Jacobo Árbenz. El escritor escogió titularla Tiempos recios.

He aquí hechos reportados por Wikipedia en Español acerca de la deposición de Árbenz, Presidente de Guatemala elegido democráticamente en 1950, mediante golpe de Estado urdido por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) a partir del cabildeo de la United Fruit, también conocida como UFCO. (“Durante el siglo XX, United Fruit Company se convirtió en una fuerza política y económica determinante en muchos países de dicha región (las llamadas «repúblicas bananeras»), influyendo decisivamente sobre gobiernos y partidos para mantener sus operaciones con el mayor margen posible de ganancias, al extremo de auspiciar golpes de Estado y sobornar políticos”).

La empresa frutera había reportado un valor bajo de sus propiedades ante el fisco guatemalteco, de modo que cuando se implementó la reforma agraria, la indemnización ofrecida estaba basada en esta información y no en el valor real de las propiedades; el gobierno del presidente Dwight Eisenhower consideró un atropello que el gobierno de Guatemala se basara en la información que la UFCO había proporcionado al gobierno guatemalteco para ofrecer la indemnización, y lo hizo saber a Árbenz mediante el embajador Peurifoy. John Foster Dulles, secretario de Estado y miembro del consejo directivo de la UFCO, exigió veinticinco veces más que el valor reportado—que era lo que realmente valían las tierras, pero que no se había informado al gobierno guatemalteco para pagar únicamente la vigésimo quinta parte de los impuestos correspondientes. Paradójicamente, Jacobo Árbenz, acusado de conspiración comunista, no se había inspirado en los trabajos de Lenin sino en los de Abraham Lincoln para impulsar la reforma agraria mediante el decreto 900, el cual se proponía modernizar el capitalismo en Guatemala y era más moderado que las leyes rurales norteamericanas del siglo xix. Ahora bien, los directivos de la United Fruit Company (UFCO) habían trabajado intensamente en los círculos del gobierno de Harry S. Truman y del general Dwight Eisenhower para hacerles creer que el coronel Árbenz intentaba alinear a Guatemala al Bloque Soviético. Lo que ocurría era que la UFCO se veía amenazada en sus intereses económicos por la reforma agraria de Árbenz, que le quitaba importantes cantidades de tierras ociosas, y el nuevo Código de Trabajo de Guatemala, que ya no le permitía utilizar las fuerzas militares guatemaltecas para contrarrestar las demandas de sus trabajadores. Como la mayor terrateniente y patrona de Guatemala, el Decreto 900 resultó en la expropiación del 40 % de sus terrenos. Los oficiales del gobierno norteamericano tenían pocas pruebas del crecimiento de la amenaza comunista en Guatemala, pero sí una fuerte relación con los personeros de la UFCO, demostrando la fuerte influencia que los intereses corporativos tenían sobre la política exterior norteamericana:

-El secretario de Estado norteamericano John Foster Dulles era un enemigo declarado del comunismo y un fuerte macartista, y su firma de abogados Sullivan and Cromwell ya había representado los intereses de la United Fruit y hecho negociaciones con gobiernos guatemaltecos;

-Por su parte, su hermano Allen Dulles era el director de la CIA y además, miembro del consejo directivo de la UFCO. Junto a su hermano, estuvo en la planilla de la UFCO durante 38 años.

-El hermano del subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos John Moors Cabot había sido presidente de la frutera.

-Ed Whitman, quien era el principal lobista de la United Fruit ante el gobierno, estaba casado con la secretaria personal del presidente Eisenhower, Ann C. Whitman.

(…)

Con el apoyo de los Estados Unidos, bajo el mando del coronel Carlos Castillo Armas que se encontraba exilado en Honduras, de Juan Córdova Cerna, director de la CIA en Centroamérica, y El Cristo Negro de Esquipulas como Capitán General de la Cruzada Liberacionista, se inició la invasión.

Invasión

A las 20:00 del 18 de junio [de 1954] las fuerzas del coronel golpista Castillo Armas cruzaron la frontera. Divididas en cuatro grupos de unos 480 soldados, entraron a través de cinco puntos a lo largo de la frontera hondureña y salvadoreña para simular mayor número de soldados de un amplio frente y para reducir la posibilidad de que la tropa entera se encaminara por un único camino desfavorable. Además de estas tropas regulares, diez saboteadores entrenados en Estados Unidos fueron delante explotando los puentes claves y cortando las líneas de telégrafo. Todas las fuerzas de invasión fueron instruidas para reducir al mínimo encuentros reales con el ejército guatemalteco, sobre todo para evitar dañar la imagen del ejército nacional contra los invasores. El desarrollo entero de la invasión fue expresamente diseñado para sembrar el pánico, dar la impresión de poseer fuerzas insuperables, y atraer la población y a los militares a su lado, antes que derrotarlos.

Durante la invasión, la propaganda radiofónica que transmitía Lionel Sisniega Otero desde la embajada norteamericana enviaba falsos informes de enormes fuerzas que se unían a la población local en una revolución popular. Pero casi inmediatamente, las fuerzas de Castillo Armas fracasaron rotundamente: movilizándose a pie y obstaculizados por su pesado equipo no dieron impresión alguna de ser una fuerza poderosa. Esto debilitó el impacto psicológico de la invasión inicial, pues los guatemaltecos comprendieron que no había peligro inmediato; además, uno de los primeros grupos que llegaron a su objetivo —ciento veintidós rebeldes que pretendían capturar la ciudad de Zacapa— fue aplastado por un pequeño contingente de treinta soldados del ejército guatemalteco y sólo veintiocho rebeldes pudieron escapar.

Una derrota mayor sobrevino al grupo de ciento setenta rebeldes que emprendieron la tarea de capturar la protegida ciudad costera de Puerto Barrios: después de que el jefe de policía descubriese a los invasores, rápidamente armó a los trabajadores portuarios locales y les asignó papeles defensivos; en cuestión de horas casi todos los rebeldes fueron muertos o apresados, mientras que el resto huyó de regreso a Honduras. Tras tres días de supuesta invasión, dos de los cuatro grupos golpistas de Castillo estaban vencidos. Intentando recuperar el ímpetu, Castillo ordenó un ataque aéreo sobre la capital al día siguiente, que fracasó puesto que sólo un avión logró bombardear una pequeña cisterna de petróleo, creando un fuego menor sofocado en veinte minutos.

Se formaron las brigadas de sanidad y las brigadas juveniles comunistas que patrullaban las calles por la noche, y que reclamaron infructuosamente al gobierno la entrega de armas.

Después de los rotundos fracasos rebeldes, el presidente Árbenz mandó a su comandante militar que permitiese a los rebeldes adentrarse en el país, ya que tanto él como su comandante principal no temían al ejército rebelde pero estaban preocupados de que si eran aplastados darían un pretexto para una intervención abierta militar norteamericana, como ya había amenazado el embajador Peurifoy. La clase oficial, temerosa del ataque norteamericano, no quiso contraatacar y derrotar a la diezmada tropa de Castillo. Árbenz temió que sus oficiales intimidados pactaran con Castillo; lo cual se confirmó cuando una guarnición entera del ejército se rindió ante Castillo unos días más tarde en la ciudad de Chiquimula; finalmente, el 27 de junio de 1954, los jefes del Ejército de Guatemala decidieron ignorar la autoridad de Árbenz y exigir su renuncia. Árbenz convocó su gabinete para explicar que el ejército estaba en la rebelión y luego anunció su renuncia al pueblo guatemalteco.

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Acá está el video de una presentación de Mario Vargas Llosa en Casa de América (Madrid), introducida y moderada por Pilar Reyes, Directora de la División Literaria de Penguin-Random House. Luego de una introducción por el escritor, quedó registrada una nutrida secuencia de preguntas a Vargas Llosa y sus respuestas.

Karina Sainz Borgo, enviada de la revista Vozpópuli en la que escribe profusamente y, por supuesto, autora venezolana de La hija de la española, hizo una pregunta a Vargas Llosa que suscitó una respuesta de casi diez minutos, la que eludió por completo lo que se le había preguntado. (¿Incomodidad con la pregunta? ¿Olvido senil?) He aquí el audio de esa interacción, entresacado del video precedente:

 

Bienvenida esta novela del Premio Nobel peruano, cuya lectura recomiendo a Juan Guaidó. LEA

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El problema de los seguidores

 

seguidor, ra 1. adj. Que sigue algo o a alguien. (Diccionario de la Lengua Española)

 

Lo que Ud. piensa y dice es formidable, luminoso pero, si me permite que lo diga, su problema es que no tiene un grupo.

Ramón J. Velásquez (citado en Hallado lobo estepario en el trópico, 28 de mayo de 2011)

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A fines de 1984, el exministro Arturo Sosa me espetó: “Dime, carajito: ¿qué harías tú si tuvieras la fortuna de Rico MacPato y diez carajos que te sigan adonde tú digas?” Claramente, mi contestación no fue la que esperaba, pues le dije que probablemente montaría un periódico aunque hacía poco, el 7 de septiembre de ese año, le había anticipado por carta que me encontraba diseñando una organización política.

Recordé ese intercambio con Arturo Sosa el 10 de noviembre de 2018, en el programa #322 de Dr. Político en Radio Caracas Radio, para comentar la intervención de un oyente que suponía la existencia de “seguidores” míos. Éste es el fragmento correspondiente, de menos de dos minutos:

 

Creo que más bien Sosa suponía que pensaba entonces en una candidatura presidencial, a pesar de haberle escrito: “…varios crearemos una nueva sociedad política en y desde Venezuela. Una nueva sociedad política, no un partido. No una organización que sólo acierta a definirse si postula, casi en el mismo instante de su nacimiento, un candidato a la Presidencia de la República”. En febrero del año siguiente (1985), el proyecto de asociación hacía eso imposible: “La Sociedad Política de Venezuela en ningún caso postulará a persona alguna para un cargo público electivo”. De seguidas se explicaba: “…la Sociedad podrá emplear recursos financieros y téc­nicos en apoyo a la postulación de miembros suyos a cargos electivos, pero siempre y cuando los miembros en cuestión soliciten los recursos descritos luego de que hayan obte­nido el apoyo de un grupo de electores. Este apoyo deberá expresarse en un número de electores aun superior al que determinen las actuales leyes electorales venezolanas como definición de grupo de electores”. Poco después, se añadía dos condiciones más: 1. “Los miembros que aspiren al apoyo de la Asociación deberán haber completado un programa de formación análogo al descrito en la cláusula de operaciones estatutarias para autoridades y funcionarios de la Asociación” (esencialmente, en un taller de política clínica). 2. “Quienes aspiren al apoyo de la Asociación en su postulación para cargos públicos, deberán someter sus programas o plataformas a la consideración y evaluación de una comisión técnica provista por la Asociación según reglamentación que ella elaborará al respecto”. (¿Ud. quiere ser Alcalde de Humocaro Alto? ¿Qué se propone hacer en ese cargo?)

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Tampoco pensaba en un medio de comunicación como vehículo de una candidatura. Mientras ejercía como Editor Jefe de El Diario de Caracas, Hans Neumann me refirió cómo le habían visitado Allan Randolph Brewer Carías y Pedro Nikken (recientemente fallecido) para pedirle, en la Navidad de 1999, que “le diera un periódico” a Teodoro Petkoff. Comenté esto a Neumann en tres páginas de notas, de las que guardo imágenes de escáner, no un archivo de texto. Ésta es una de sus secciones:

Fragmento de facsímil de comunicación a Hans Neumann del 9 de enero de 2000

 

Como es sabido, Neumann fundó una nueva empresa editora que produciría el diario Tal Cual y, a pesar de que me dijo tres veces que estaba “muy satisfecho” con mi gestión en El Diario de Caracas, poco después me comunicó que cerraría este medio—lo que ocurrió en abril de ese año—porque no podía “mantener dos periódicos” y había decidido que la última misión de su vida sería la de derrotar a Hugo Chávez. (Irónicamente, la rotativa de El Diario de Caracas, propiedad de Neumann, había impreso desde sus inicios el desaparecido Correo del Presidente, diario de distribución gratuita que dirigiera Juan Barreto).

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Cuando planteaba a Arturo Sosa que tal vez crearía un periódico, pensaba más bien en una función pedagógica. El proyecto de asociación que por entonces preparaba tenía como el primero de sus propósitos “Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general”. Así recordé en Catástrofe anticatastrófica (26 de febrero de 2018):

“…la actual crisis política venezolana no es una que vaya a ser resuelta sin una catástrofe mental que comience por una sustitución radical de las ideas y concepciones de lo político”. (De la presentación del Proyecto SPV). En Krisis – Memorias prematuras (1986), volvería sobre el concepto: “… la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces”.

Nada de esto dije a Sosa; mi impensada respuesta a su insinuación de abundante apoyo a lo que pudieran ser mis planes políticos fue desechada de inmediato por él con estas palabras: “Eso no funciona; cuando hicimos el diario La Verdad lo que logramos fue un fracaso”. (Sosa fue socio de ese periódico, editado en Caracas en la década de los sesenta como apuntara Luis Henrique Ball Zuloaga en una semblanza de Nicomedes Zuloaga hijo: “Fue uno de los grandes promotores de la candidatura presidencial de Arturo Uslar Pietri y ejerció el cargo de diputado en el antiguo Congreso Nacional, desde donde ejerció enérgicamente la defensa de la libertad individual y la libertad económica. Fundó el extinto diario ‘La Verdad’ para defender esos principios y durante años mantuvo una línea editorial que le costó no solo la enemistad de políticos intervencionistas sino también de muchos empresarios, de esos que siempre han vivido del compadrazgo y los subsidios que logran obtener a cuesta de los intereses nacionales”). Claro que una golondrina no hace verano; el fracaso de La Verdad no implicaba que otros intentos tendrían el mismo destino, como pude demostrar como Editor Ejecutivo del diario La Columna en Maracaibo, entre 1989 y 1990:

En un patio dominado por la presencia de Panorama, la hegemonía informativa de este periódico nunca había sido quebrada por otro diario; ni La Columna, que era más antigua, ni El Diario de Occidente, ni Crítica, ni El Nacional de Occidente, ni El Zuliano, habían podido hacer mella en un cuasi-monopolio que decidía el mundo que existiría oficialmente para los zulianos: el registrado en las páginas de Panorama. Pero La Columna nueva ya alcanzaba en febrero de 1990, a seis meses de su reaparición, una circulación pagada que superaba la de ese periódico en unos seis a nueve mil ejemplares diarios en la ciudad de Maracaibo; en abril alcanzaba (en ocho meses) el punto de equilibrio entre costos de operación e ingresos por publicidad (USA Today se conformaba con lograr esa meta en cuatro años) y en junio no hubo más remedio que reconocer su increíble proceso con el premio máximo del periodismo nacional. (La erección de una columna nueva, 27 de junio de 2010).

……

Y es que, además, la constitución de la Sociedad Política de Venezuela no requería la fortuna de Rico Mac Pato, pero mi torpe reacción desperdició el obviamente entusiasta ofrecimiento de Sosa. Creo que ella, más que un desinterés monetario, expresaba cierto desagrado con su prescripción: “diez carajos que te sigan adonde tú digas”. Jamás me he visualizado con “seguidores”, y si ellos son una condición infaltable del éxito político entonces no lo alcanzaré nunca. No procuro apoyo incondicional de nadie. De nuevo, en el proyecto de la Sociedad Política de Venezuela incluí una sección cuyo título era Consagración de la crítica, donde escribí:

La Sociedad Política de Venezuela realizará operaciones políticas que formen parte de programas establecidos explí­citamente por ella. Estos programas surgirán de la inventi­vidad política de sus miembros, no de un proceso deductivo que parta de algún texto supremo. Ya no es posible deducir la solución de los problemas sociales concretos a partir de supertextos cuasibíblicos, sean éstos encíclicas papales o los libros capitales del marxismo. La política no se de­duce; la política se inventa y se escoge. La Sociedad Polí­tica de Venezuela instrumentará el ambiente necesario para dar alojamiento a la invención política y para que las proposiciones que por ella surjan puedan ser adoptadas luego del más estricto análisis y la consulta más amplia posible. Así, cualquier miembro podrá en cualquier instante elevar proposiciones programáticas a los órganos competentes de la Sociedad Política de Venezuela a fin de que éstas sean eva­luadas y convertidas en programas si se las encuentra im­portantes y conmensurables con los recursos que pueda la Sociedad arbitrar. Cualquier miembro podrá hacer eso en cualquier momento, aún si se trata de proposiciones que as­piren a sustituir a programas vigentes de la sociedad. Para esto se instrumentará una normativa que permita la compara­ción crítica de proposiciones alternas o competidoras y que asegure un máximo de objetividad política tal como la defi­nimos anteriormente. Por tanto, no será objeto de sanción de ninguna natura­leza aquel miembro que sustente una opinión diferente o aun opuesta a lo que sean los programas corrientes de la socie­dad, puesto que creemos que es de la refutación constante de las ideas y las formulaciones de los hombres de donde proviene el progreso, en un incesante proceso de superación de las cotas alcanzadas por anteriores esfuerzos.

En el apéndice de ese mismo texto (Tiempo de incongruencia), se expuso: “El actor político tradicional parte del princi­pio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como al­guien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra”.

Luego concluía, el 8 de febrero de 1985:

Más de una voz se alzará para decir que esta conceptuali­zación de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que “no estamos maduros para ella”. Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pre­tenden sólo para ellos. Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos ac­tores. Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la compe­tencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro pro­blema es que “los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”. Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los proble­mas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra so­ciología se profiera y se conquiste la realidad de un bri­llante futuro que es posible. Para que más allá de esa de­mocracia mínima, de esa política mínima que es la oferta política actual, surja la política nueva que no tema la le­janía de los horizontes necesarios.

Seguramente es terquedad que siga creyendo que eso es lo correcto, y que no es correcto nada que sea imposible. LEA

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Lecciones de los juegos

 

Debe decirse “se puede obtener” y “cómo se resuelve” (ver Crimen y Castilla)

 

A Delta Pi, Σας ευχαριστώ πολύ

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Desde Theory of Games and Economic Behavior (1944) de John von Neumann, matemático, y Oskar Morgenstern, economista, disponemos de una técnica formalizada para que los oponentes en una competencia seleccionen una estrategia preferible entre varias a su disposición. Nos explica Wikipedia en Español:

La teoría de juegos es un área de la matemática aplicada que utiliza modelos para estudiar interacciones en estructuras formalizadas de incentivos (los llamados «juegos»). La teoría de juegos se ha convertido en una herramienta sumamente importante para la teoría económica y ha contribuido a comprender más adecuadamente la conducta humana frente a la toma de decisiones. Sus investigadores estudian las estrategias óptimas así como el comportamiento previsto y observado de individuos en juegos. (…) Los conflictos entre seres racionales que recelan uno del otro, o la pugna entre competidores que interactúan y se influyen mutuamente, que piensan y que, incluso, pueden ser capaces de traicionarse uno al otro, constituyen el campo de estudio de la teoría de juegos, la cual se basa en un análisis matemático riguroso pero que, sin embargo, surge de manera natural al observar y analizar un conflicto desde un punto de vista racional. (…) La teoría de juegos plantea que debe haber una forma racional de jugar a cualquier «juego» (o de negociar en un conflicto), especialmente en el caso de haber muchas situaciones engañosas y segundas intenciones…

En otro artículo—Juegos de suma cero—precisa:

En teoría de juegos no cooperativos, un juego de suma cero describe una situación en la que la ganancia o pérdida de un participante se equilibra con exactitud con las pérdidas o ganancias de los otros participantes. Se llama así porque si se suma el total de las ganancias de los participantes y se resta las pérdidas totales el resultado es cero. (…) Situaciones donde los participantes pueden beneficiarse o perder al mismo tiempo, como el intercambio de productos entre una nación que produce un exceso de naranjas y otra que produce un exceso de manzanas, en la que ambas se benefician de la transacción, se denominan «de suma no nula».

¿Es posible en la situación política venezolana formular un particular juego de suma no nula? Hace tiempo que en este blog se ha apostado por eso. (Ver Diálogo 2.0 de 2014, Plantilla del Pacto de 2016, Del armisticio como programa y Versión formal de 2017 o De Oslo a Bridgetown de 2019).

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Pero también se ha abogado acá insistentemente por una estrategia englobante que convendría a los venezolanos como conjunto, sin separarnos en jugadores opuestos. Ella no es otra que la remisión de nuestros conflictos a la decisión referendaria del Pueblo, con fundamento en la crucial sentencia de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999. (Ver, por caso, Cronología referendaria, 22 de noviembre de 2016). Su basamento carece de misterio, como se asentara en Catecismo constituyente (11 de agosto de 2017):

La piedra angular de la constitucionalidad venezolana reciente fue colocada como cimiento principal de ella por esa sentencia del 19 de enero de 1999. Ella definió la doctrina fundamental de que el Pueblo, por su carácter de Poder Constituyente Originario es el Poder Supraconstitucional, no limitado por la Constitución (que sólo limita a los poderes constituidos); el Pueblo está únicamente limitado por los derechos humanos y por los tratados en los que haya entrado válidamente la República con soberanías equivalentes de otras naciones.

En consecuencia, sólo el Pueblo puede decidir asuntos que contradigan a la Constitución o no estén contemplados en ella. (Como elecciones presidenciales antes de agotarse un período constitucional concreto, por ejemplo).

El desconocimiento de esa doctrina fundamental del acervo constitucional venezolano equivaldría a pulverizar las bases jurídicas del régimen público nacional; la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, por caso, debe su existencia a la Constitución Nacional, que emergiera al mundo de la vigencia cuando el Poder Constituyente Originario la refrendara en referendo aprobatorio del 15 de diciembre de 1999. Y ese referendo fue convocado para decidir sobre el producto de la Constituyente de 1999, que fue elegida en votaciones mandadas por otro referendo, el consultivo del 25 de abril de ese mismo año. (…) …ese referéndum consultivo vinculante fue posible porque la Corte Suprema de Justicia así lo estableció el 19 de enero de 1999. (…) Toda la legitimidad del Poder Público venezolano reside en la invulnerabilidad de esa precisa sentencia y su clarísima doctrina, que permitió decidir sobre un punto no contemplado en la constitución de la época: la elección mandatoria de una asamblea constituyente, pues el Poder Constituyente Originario no está limitado por la Constitución. (Prontas elecciones, 22 de octubre de 2016).

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Retornemos al mundo de los juegos, esta vez de los que conocemos como solitarios, sin contrincantes, pues el Pueblo es una entidad única. Con frecuencia, mientras lidio con algún problema enrevesado, juego dos juegos de esa clase en mi computador. Son muy distintos: el primero (Klondike Forever) es el clásico de naipes, “cuyo objetivo es utilizar todas las cartas de la baraja, para construir las cuatro pilas de naipes clasificadas por pintas comenzando por los ases en orden ascendente”. (Wikipedia en Español). Nada garantiza que todas las manos tengan solución; ésta depende de la distribución de inicio luego de barajar el paquete. El segundo (Moonlight Mahjong) es otra cosa; el computador se ocupa de presentar fichas del juego chino para retirarlas todas tomándolas consecutivamente por pares, y en este caso cada distribución tiene solución si uno no comete errores. (Eficiencia de 100%). Está claro que el éxito en el primer juego sólo depende de la suerte, y la mayoría de las distribuciones no conduce al triunfo. En cambio, es nuestra habilidad, nuestra concentración, en síntesis, nuestra disciplina, lo que permitirá resolver cada nuevo arreglo del segundo, pues el computador sólo sirve distribuciones con solución; depende enteramente de nuestra habilidad resolverlas.

Dos solitarios muy distintos

Tales imágenes emergieron en mi cabeza con la renovación, hoy, del contacto con un investigador académico al que mucho estimo. Hoy me dijo: “En lo político, tanto local como internacionalmente, no se ve nada positivo”. A lo que repuse: “Lo político no debe sorprendernos; hemos visto suficientes demostraciones de mediocridad”, sin que estuviera pensando sólo en la mediocridad local. Entonces mostró su temor: “Ya no veo cómo se puede resolver la cosa en Venezuela; antes estaba pensando en la opción que hemos hablado la última vez que nos vimos… ahora no la veo”. Sólo me quedó proponer que conversemos, adquiriendo de ese modo el compromiso de decirle algo nuevo.

Parte de la novedad es explicarle que el modelo de nuestro problema no es el de Mahjong; en ningún caso está asegurado el éxito si se siguiera una particular operacionalización del tratamiento referendario aunque, por supuesto, debe procurarse una que en principio sea eficaz. Son demasiados factores en juego; la cosa no es un geométrico juego de billar.

Klondike, en cambio, nuestro familiar solitario de cartas, ofrece una simulación que se aproxima más al asunto: (“La simulación es el proceso de diseñar un modelo de un sistema real y llevar a término experiencias con él, con la finalidad de comprender el comportamiento del sistema o evaluar nuevas estrategias—dentro de los límites impuestos por un cierto criterio o un conjunto de ellos—para el funcionamiento del sistema”. Wikipedia en Español).

El solitario de cartas resulta, ocasionalmente, en una distribución soluble, y por tanto lo que hay que hacer es insistir hasta que aparezca una. No había pensado antes en esa analogía, pero siempre creí que no debe cejarse en el empeño. En algún momento tendremos éxito en convocar al Pueblo para que él decida, como Soberano que es, y así solucione los problemas fundamentales de nuestra crisis. Hay que intentar lo correcto, contando con que en algún momento será posible. Para mí, lo correcto * es ineludible.

Es el Pueblo, lo diré una vez más, el único actor capaz de disolver tan destructiva dinámica. No puede ser más urgente el llamado a que se pronuncie en referendo; ningún otro agente es capaz de cortar nuestro pernicioso nudo gordiano. (Tragicomedia de equivocaciones, 7 de enero de 2020).

LEA

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* Nunca permitas que tu sentido de la moral te impida hacer lo que es correcto. Isaac Asimov

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